Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización de publicar esta sección.

PERASHA AJARE MOT:

"Un sólo cuerpo"

 

Nos encontramos en los días de Sefirat Haomer o sea los días que corren entre Pesaj y Shabuot. Está escrito en Vaikrá 23: "Y contareis para vosotros desde el día siguiente al Shabat (se refiere al primer día de Pesaj que también es llamado Shabat), desde el día en el que trajeran el Omer del balanceo, siete semanas completas serán. Hasta el día siguiente del séptimo Shabat contaréis cincuenta días y ofreceréis una oblación nueva para el Eterno". Nuestros Sabios preguntan: ¿Cuál es el sentido de esta cuenta? ¿Para qué debemos contar? Veamos la respuesta del Sefer Hajinuj: "el motivo de la salida de Egipto fue para que recibieran la Torá en el monte de Sinai y la cumplieran y era el mejor bienestar para ellos, más importante aún que salir de la esclavitud a la libertad... por eso debemos contar desde el otro día de Pesaj hasta el día de la entrega de la Torá, para mostrar el deseo de nuestra alma de alcanzar ese día, ya que la cuenta refleja el sentimiento de ansiedad que se posee".

 

Muchos ejemplos hay al respecto: alguien que está en la cárcel y sabe que en una fecha determinada será liberado, cuenta con exactitud los días que le faltan para poder salir; una novia que fijó su día de bodas no sabe sólo aproximadamente cuántos días faltan para su casamiento, sino que conoce con exactitud los días que aún deben transcurrir, por el deseo de llegar al momento más importante de su vida. El pueblo de Israel salió de la esclavitud a la libertad, pero sabían que la libertad verdadera sólo la alcanzarían en el monte de Sinai al recibir la Torá. Por eso contaron con ansiedad los días que faltaban. Es lo mismo que debe suceder con nosotros en la actualidad, ya que Shabuot no es una fecha histórica de algo que sucedió hace mucho tiempo atrás, sino que año tras año debemos prepararnos para recibir la Torá nuevamente con todo lo que ello implica.

 

Nuestros Sabios comparan el sentido de esta cuenta con la que realiza la mujer, quien luego de su período menstrual deberá contar siete días para posteriormente concurrir al Mikve y purificarse para su esposo. Debemos contar no sólo siete días, sino siete semanas para llegar a la pureza necesaria para poder recibir la Torá. El pueblo de Israel había llegado en Egipto a 49 grados de impureza. Si descendían un poco más, no existía la posibilidad de salvación. Para ir al encuentro de la Torá, debemos contar 49 días en los que nos elevamos espiritualmente día tras día para poder recibirla. Es por eso que la ofrenda del Omer que se ofrecía al otro día de Pesaj era de cebada: representaba el alimento de un animal. En cambio, al finalizar la cuenta en Shabuot se ofrecía una ofrenda de trigo que representaba el alimento humano. La Torá nos enseña de esta forma la modificación de la persona desde Pesaj hasta Shabuot. Corroboramos el concepto de que la libertad sin Torá es la misma libertad que posee un animal, ya que el hombre es libre sólo cuando acepta la palabra de Hashem en la Torá. Si una vaca en el medio del campo pudiera hablarnos nos diría: "¡Soy libre! ¡Voy hasta dónde quiero y como del pasto en cualquier lugar!". Es la misma libertad que dispone quien vive fuera de la palabra de Di-s. Nuestra misión consiste en luchar para alcanzar el objetivo del ser humano: igualar las cualidades del Creador; ser piadoso y misericordioso como El. Ese objetivo sólo se alcanza con Torá. El término Adam con el que se conoce al ser humano proviene no sólo de que la persona fue creada de la tierra (adamá), sino también del término: "Adamé Laelion" (compararse al Eterno). Por eso, debemos elevarnos en estos días para ser el ser humano que fue creado a imagen y semejanza Divina.

¿Por qué debían esperar tantos días para recibir la Torá? ¿Acaso después del corte del Mar Rojo no se habían elevado lo suficiente? ¡Habían alcanzado el nivel de los profetas de Israel! La persona más sencilla de Israel vio en ese momento lo que el profeta Iejezkel no alcanzó a observar en su visión profética. "¡Éste es mi Hashem y lo enalteceré!", dijeron en ese momento. ¿Por qué debían esperar? La fe que habían alcanzado en ese momento era completa e incluso confiaron íntegramente en Moshe Rabenu: "Y confiaron en Hashem y en Moshe su sirviente" (Shemot 14). Aparentemente, no había nada que impidiera que en ese mismo instante recibieran la Torá. ¿Por qué debieron esperar? La respuesta la encontramos en algo que todos sabemos, pero que es indispensable repetir porque aún no logramos solucionar. Una de las condiciones necesarias para recibir la Torá era que llegaran unidos, cada uno con su corazón pensando en el otro como si se tratara de una sola persona. Así comenta Rashi sobre el versículo "y acampó allí Israel frente al monte" (Shemot 19): "como una sola persona con un sólo corazón". ¿Qué significa esto? Lo podemos ejemplificar diciendo en forma imaginaria que si a alguien le dolía la cabeza, su compañero tomaba una aspirina. ¿Alguno de nosotros tiene ese sentimiento por el prójimo? ¡Ése es el concepto de unión en un sólo cuerpo! Cuando alguien tiene una infección -por ejemplo- en el dedo del pie, puede suceder que le duela la cabeza e incluso que su temperatura se eleve. ¿Por qué? ¡Sólo el dedo está infectado! La respuesta es que se trata de un sólo cuerpo y si el dedo duele, todo el cuerpo está mal. Es lo que sucedió en el pueblo de Israel en el momento de la entrega de la Torá y es el nivel que debemos intentar alcanzar en estos días.

 

El Talmud en Meguilá 28 comenta que Ribi Zerá decía: "nunca me alegré con el tropiezo del prójimo". ¿Cuál es el mérito de actuar así? ¡Cualquier ser humano racional no se alegra de la desgracia de su compañero! Nuestros Sabios nos explican que el concepto verdadero era que Ribi Zerá no podía estar alegre -aunque algo importante y feliz sucediera en su vida- si existía un tropiezo en el prójimo. La jurisprudencia marca que se deja de decir en la Tefilá una parte de ruegos (Tajanunim) si en el Minián se encuentra un novio. Es posible que los integrantes del Minián ni siquiera conozcan al novio, pero si junto a ellos se encuentra alguien que está de fiesta, deberán compartir con él ese sentimiento, y si no modifican su Tefilá procederán incorrectamente. Es cierto, los Iehudim habían alcanzado el nivel de los profetas al salir del Mar Rojo, pero todavía debían elevar las cualidades humanas y fue lo que alcanzaron en esos 49 días. Sin el buen corazón, sin unión ni compañerismo y sin pensar bien del prójimo, no era posible recibir la Torá.

 

Sucedió en una oportunidad que un padre y un hijo se presentaron delante de un Rab para que éste realizara un Din Torá sobre una discordia que tenían. El Rab sorprendido de que un padre y un hijo llegaran a ese extremo, escuchó con atención el problema. ¿De qué se trataba? El tema era que había comenzado el invierno y tenían un sólo abrigo. El padre argumentaba ser una persona mayor que por lo tanto sufría más el frío que su joven hijo. El Rab le dio la razón al padre y le preguntó al muchacho en qué basaba su argumento. La respuesta fue: "Yo voy a trabajar a la calle desde la mañana temprano hasta altas horas de la noche. El frío es mucho más intenso a la intemperie que en el hogar donde se encuentra mi padre durante todo el día". El Rab también le dio la razón al joven y sin alternativa, les pidió que regresaran al otro día para ver si Hashem lo iluminaba para encontrar una salida. Esa noche nadie durmió, ni el Rab buscando en sus libros una respuesta, ni el padre y el hijo esperando ansiosos el amanecer. Cuando se presentaron nuevamente delante del Rab, éste les dijo: "Lamentablemente, no encontré la respuesta. Sólo les pido ahora que cada uno de ustedes argumente a favor de la otra parte. Quizás de esa forma Di-s me iluminará". Ambos aceptaron y el padre dijo: "¿Acaso un padre puede tener calor con su abrigo sabiendo que su hijo está corriendo en la calle sufriendo el frío? ¡A él le corresponde el abrigo!". El hijo por su parte comentó: "La Torá iguala el respeto al padre con el respeto a Hashem. Mi padre es anciano, ¡a él le corresponde el abrigo! Por otra parte, yo estoy en continuo movimiento y no sufro el frío como mi padre que al ser más anciano no se moviliza". El Rab, conmovido por lo que escuchaba, les pidió que esperaran. Fue hasta su pieza, trajo su propio abrigo y les dijo: "basta de problemas, les regalo mi abrigo con tal que ambos se alegren". El padre se abrazó con su hijo y no tenían palabras para agradecerle al Rab por su gesto. Cuando se retiraban, el padre se animó a preguntarle al Rab: "¿Por qué no se le ocurrió esta solución el primer día en que vinimos a visitarlo? La respuesta del Rab fue: "Realmente lo pensé, pero al ver que cada uno de ustedes decía que el abrigo le pertenecía, yo también me dije: el abrigo es mío ¿por qué debo regalarlo? Pero al ver hoy que cada uno de ustedes quiere al otro más que a sí mismo, me di cuenta de que bien podía pensar en ustedes y regalarles el abrigo". "Como un sólo hombre y con un sólo corazón". Se trata de un claro ejemplo del nivel que debemos adquirir en estos días.

 

Esta base fundamental es la que le transmitimos a un joven el día de su Bar Mizva. El término "Ahabá" que significa amor suma numéricamente trece . En el momento en que un joven llega a los trece años y recibe los derechos y obligaciones de cualquier adulto, sus padres deben educarlo con la base de amor a la Torá, a los valores espirituales y por sobre manera a querer a cada uno y uno de Israel como a sí mismo. Pero este precepto fundamental no puede instrumentarse por órdenes, no se puede obligar a nadie a que quiera o que odie a alguien. Depende de su propio corazón. Pero se debe preparar el terreno sacando todo el odio guardado en él; quitando las piedras que están escondidas dentro de sí, ya que un corazón de piedra nunca podrá brindar cariño ni amor. Nuestros Jajamim nos indican el camino por donde alcanzar esta cualidad: la persona por naturaleza es egoísta y cree que todo el mundo le pertenece. A veces critica muchas situaciones que observa, pero cuando él mismo se comporta de esa forma, encuentra los justificativos que le permitan aprobar su actitud. Se trata de dos visiones para un mismo tema, sólo depende de quién sea el protagonista y de eso dependerá la crítica o la aprobación.

 

El error consiste en pretender siempre sentirse superior al prójimo. En una oportunidad, un maestro le enseñaba las primeras letras a un alumno y le explicó que cuando dos letras "iod" se encuentran una pegada a la otra, representan uno de los nombres de Hashem. El alumno rápidamente buscó en su libro otros ejemplos similares, hasta que encontró al finalizar un versículo lo que se conoce con el nombre de "Sof Pasuk" y que se grafica colocando un punto sobre el otro. El niño confundió los puntos con dos letras "iod" y le mostró a su maestro lo que había descubierto. El maestro le respondió: "Debes saber hijo mío, que para llegar a ser un sabio de Israel deberás tener esta regla fundamental: cuando dos letras "iod" se encuentran pegadas una a la otra y ninguna se enaltece sobre su compañera, ahí podrás encontrar el nombre de Hashem. Pero cuando -como en el ejemplo de "Sof Pasuk"- una sobresalga sobre la otra y sienta que está por encima de ella, que es más inteligente o que tiene mejores condiciones, sólo encontrarás "el final del versículo", o sea, la separación y la diferencia". El precepto de respetar al prójimo sólo se encontrará si nadie se siente superior al otro. De lo contrario será imposible hallarlo".

 

Pero para llegar a ese nivel, hay que trabajar en la vida en forma continua para corregir las malas cualidades. Si ese trabajo no se realiza, hasta el último instante de la vida perdurarán los errores. O quizás se los llevará aún hacia el mundo venidero. Los Jasidim cuentan que en una oportunidad llegó al tribunal celestial el alma de un carretero que en su vida había sido una persona ignorante y alejada de la Torá. El veredicto fue que debía ir al infierno. Un ángel defensor argumentó que en una oportunidad había arriesgado su vida para detener a uno de los caballos que se habían desbocado y conducían a la carreta hacia un precipicio. "A un Iehudi que actuó de esa forma no se lo puede mandar al infierno", argumentó el ángel. Todos estuvieron de acuerdo, pero por otro lado tampoco se podía enviarlo al paraíso. ¿Qué haría alrededor de almas que estudian Torá y tienen provecho de la Shejiná? ¿Acaso se había preparado para poder disfrutar de ese deleite? El veredicto final fue que el propio carretero determinara lo que prefería y le sería concedido. El carretero no dudó: "Quiero una buena carreta con dos fuertes caballos, que me otorguen un camino llano y sin obstáculos por el que pueda conducir con facilidad...". Quienes conocen el relato comentan que hasta hoy -así termina la fábula- el carretero conduce su carreta con mucho provecho en las condiciones que pidió.

 

Quizás no comprendamos todo lo que esta historia nos enseña, pero un mensaje claro nos deja: quien no eleva sus aptitudes espirituales al nivel que le corresponde de acuerdo con su capacidad, puede llegar a creer que golpear con un látigo el lomo de un caballo es el placer máximo que puede alcanzar. Será imposible que a esa persona le otorguen en el mundo venidero algo por lo que no se esforzó en este mundo. Nosotros pensamos: ¡Pobre carretero! Nosotros, Baruj Hashem nos identificamos con otro nivel superior. Tenemos una calidad de vida distinta. ¿Es cierto? ¿Acaso el mundo está dividido en dos grandes niveles solamente: el nivel del carretero y el nuestro? Del cero hasta el infinito las categorías son incontables. ¿Quién de nosotros puede decir que alcanzó en su vida el nivel especial para el que estaba preparado? ¿Acaso podemos decir que llegamos al máximo de nuestro potencial espiritual?

 

En resumen, debemos esforzarnos en mejorar nuestras cualidades para ser dignos de recibir la Torá en Shabuot. Sólo lo podemos hacer siguiendo la receta que el Creador nos dio. En ella se encuentran todas las indicaciones para poder ser lo que el Todopoderoso pretende del ser humano. Estudiemos y pongamos en práctica la receta maravillosa de la Torá. Sólo así lo conseguiremos.

PERASHA KEDOSHIM:

"¿Robo o picardía?"

 

En esta Perasha llena de preceptos hacia Di-s y hacia el compañero, se encuentra una de las prohibiciones que todo ser racional comprende: no robar. En efecto, en el capítulo 19 en el versículo 11 la Torá nos enseña: "no robarán, no mentirán ni falsearán, hombre a su compañero". El Talmud en Sanhedrín 86 comenta que si bien uno de los diez mandamientos consiste en "no robar", en ese caso el versículo se refiere a secuestrar personas. En cambio, en nuestra Perasha en coincidencia con los temas que se tratan en ella a continuación, la prohibición de no robar es respecto a temas económicos.

 

Si antes de comenzar este artículo nos preguntáramos si realmente nosotros robamos, nuestra respuesta clara como hombres de bien sería un "¡No!" rotundo y contundente. Sin embargo y al profundizar en la Tefilá que decimos diariamente, en el momento de confesar nuestros pecados reconocemos: "pecamos, transgredimos, robamos ...". ¿Que significa esto? Quizás podamos tranquilizar nuestra conciencia pensando que la frase es dicha en plural. Cada Iehudi es responsable por lo que sus hermanos realicen. Seguramente, lo que hacemos es confesar en nombre de aquellos hermanos que lamentablemente no tienen sus manos limpias. Nosotros nunca tocamos lo que no nos pertenece. De esta forma, no sólo tranquilizamos nuestra conciencia, sino que incluso nos sentimos orgullosos de que por nuestro intermedio reciban el perdón quienes realmente robaron. Según esta idea, nuestra función es similar a la del Sumo Sacerdote que en el Día del Perdón pide por todos sus hermanos. ¿Realmente es así? Analicemos algunos casos de nuestra vida diaria para comprobar la realidad. ¿Qué sucede -por ejemplo- si un empleado utiliza el teléfono de su lugar de trabajo para realizar llamadas particulares sin el permiso del dueño? ¿Acaso no le estará robando el valor de esa llamada además del tiempo de trabajo que utilizó para hacerla? ¿Que opinamos de quienes visitan el negocio o la casa de un amigo o pariente y utilizan el teléfono diciéndole: "Voy a hacer una llamada"? ¿No sucede en muchos casos que sólo por vergüenza le permiten hacerlo cuando el sentimiento verdadero es de no autorizarlo?

 

Muchas veces observamos a personas que apoyan sus pertenencias -portafolios, bolsos ,etc.- sobre los automóviles estacionados en las calles, para que no se ensucien al apoyarlos sobre el piso. Otros no encuentran mejor lugar para descansar que sentarse sobre esos mismos automóviles. ¿A quién no le sucedió que en alguna oportunidad guardó en su bolsillo -sin intención alguna- una lapicera que había pedido prestada sólo por un instante? ¿Se preocupó rápidamente de devolverla como correspondía? ¿O se permitió a sí mismo seguir utilizándola hasta que fortuitamente se encontrara con el dueño para reintegrársela? En muchos casos como éste, se pretende justificar utilizar algo que no es nuestro con el argumento de: "Lo cuidé, el dueño no tuvo ninguna pérdida y lo devolví como estaba". Sin embargo y de acuerdo con el concepto del Talmud: "el que utiliza algo sin permiso del dueño es un ladrón" (Babá Mesiá 41). Tomemos conciencia de que no es necesario tener un prontuario en los tribunales judiciales del país para transgredir el precepto de "no robar" con el que todos estamos de acuerdo. Sólo en el caso de haber recibido permiso del dueño para utilizar el objeto en cuestión las veces que fueran necesarias, podrá hacerlo aunque en esa precisa ocasión no haya solicitado el permiso correspondiente.

 

En muchos casos se comete el error de creer que sólo no se puede robar a alguien particular, pero si se trata de una compañía determinada o de una institución social todo está permitido. Es común escuchar -lamentablemente- cómo alguien que no posee una obra social para realizar una consulta médica, se presenta ante el doctor con un carnet que no le pertenece y que su amigo le hizo "el favor" de prestarle. La tergiversación de los hechos llega a tal punto de creer que se realizó una gran Mizva al darle el carnet, ya que de esta forma recibió la atención debida. ¿Qué opinará la obra social al respecto? No nos preguntamos, ya que los argumentos para justificar ese proceder incorrecto parecen muy razonables. En muchos casos, existen profesionales que emiten facturas dobles de la prestación del servicio variando las fechas de las mismas, para que el paciente pueda cobrar en su obra social el reintegro de dos consultas cuando en realidad sólo una se llevó a cabo. ¿Acaso no es común escuchar frases tales como: "me prestás el carnet de auxilio mecánico que se descompuso mi automóvil?". Lo que es más lamentable aún es que estos hechos no se ocultan, sino que se presentan como una "viveza" o una hazaña, demostrando la "picardía" que se posee para poder sobrellevar épocas difíciles. Algunos cometen la irracionalidad de decir que el dinero que obtienen de esa forma incorrecta lo utilizarán para realizar Sedaká. ¿Acaso el mérito de la Sedaká no salva de la muerte? ¡Seguramente que borrará el pecado de robar!, piensan equivocadamente aquellos que pretenden justificar su mal comportamiento.

 

En situaciones determinadas se cree que se puede robar al prójimo sólo porque "a mí también me robaron". Es lo que sucede -por ejemplo- cuando alguien recibió un billete falso y como no se dio cuenta de que lo habían estafado, piensa que lo más normal es intentar "pasar" ese billete a alguien que desprevenido lo aceptará. ¿No se considera robar actuar de esta manera? Algunas madres educan a sus pequeños hijos con el concepto de que si le sacaron una goma de borrar de su cartuchera, debe hacer lo mismo con la goma de algún otro compañero. Lamentablemente, éstas son sólo algunas de las reglas "normales" con las que convivimos en sociedad.

 

Nuestra jurisprudencia determina que quien toma un libro de la biblioteca del Bet Hakeneset y después de usarlo no lo devuelve a su lugar, provoca que otra persona que lo necesita no lo pueda encontrar. De esta manera, le roba el tiempo que le lleva ubicarlo, al margen del sufrimiento y molestia que le provocó. No hablemos de aquellos casos en los que se llevan a sus hogares libros, gorras u otros elementos que pertenecen al Templo o a la Ieshiba sin solicitar la autorización correspondiente. Incluso los libros particulares no pueden ser leídos sin la autorización previa del dueño, ya que en muchos casos la persona cuida su libro de una manera especial y no está dispuesta a prestarlo a quien lo pueda romper o maltratar. Mencionamos recién la prohibición de robar el tiempo del otro. ¿No conocemos casos en los que se molesta a una persona con una larga conversación innecesaria sólo porque no se tiene lo qué hacer, sin pensar que el otro está ocupado con temas más importantes? ¿Y si se trata de un empleado que dispone de su tiempo para cumplir su función que en este caso no podrá realizar? ¿No le estaremos robando al dueño?

 

¿Qué decir con respecto a robar el sueño? En cuántos casos la música se sube a un alto volumen porque tenemos una fiesta, sin importar que los vecinos no participan de la misma y desean dormir. En cuántos casos se realizan llamadas telefónicas a altas horas de la noche y se cree que todo se soluciona preguntando inocentemente: "¿estabas durmiendo?". ¿No sabemos lo difícil que resulta reconciliar el sueño luego que alguien nos despertó en forma imprevista? Los ejemplos se podrían ampliar y desarrollar. Temas tales como, preguntar precios en negocios cuando sabemos positivamente que nunca compraremos aquello por lo que demostramos tener interés, implican robar el pensamiento del compañero. Adelantar el lugar en las filas o el turno para realizar algún trámite, forma parte de la prohibición de robar el tiempo de los que esperan pacientemente su momento. ¿Acaso se puede aprovechar que en el lugar se encuentra alguien conocido? ¿Se puede pedirle que como él ya está en la fila realice el trámite por nosotros? ¿No roba de todas formas el tiempo de los otros? ¿No provoca peleas, enojo y por sobre todo Jilul Hashem? ¿Y qué decir con respecto a la mercadería robada? Todos sabemos que está prohibido adquirirla porque se incita de esa forma al robo. El Talmud en Arajim 30 comenta que "no es el ratón el que roba, sino el orificio", significando que si el ratón no tuviera un lugar en donde guardar lo que robó no podría hacerlo. En forma similar, si el ladrón no tuviera a quien vender lo robado, dejaría de hacerlo. Aunque no se tenga seguridad de que la mercadería es robada, sólo ante la duda o sospecha de que así sea no se debe comprarla. Para la jurisprudencia, robar a un gentil es más grave aún que robarle a un judío, ya que provoca que se profane el nombre de Di-s, demostrando así una actitud incorrecta rechazada por el Todopoderoso.

 

Seguramente que a esta altura nuestra conciencia no estará tan tranquila como al principio del artículo, cuando preguntamos si nosotros tenemos la manos limpias o no. Para tener más claro aún la gravedad del tema, mencionemos el siguiente suceso escrito en el libro "Cuiden el dinero de vuestros compañeros": Ribi Meir Miparmishlan había ido a hospedarse de una persona conocida y le pidió que le enseñara su establo. Al hacerlo, el Rab le señaló uno de los caballos y le pidió al dueño que se lo entregara. La respuesta fue: "Por favor, querido Rab, elija otro caballo, ya que éste es el mejor de todos y el que más necesito para cargar mercadería". El Rab no le respondió y al poco tiempo le solicitó a esa persona que le mostrara el cuaderno en donde estaban anotados los documentos que le adeudaban. Al ver un documento, el Rab se lo pidió. Nuevamente la respuesta fue negativa: "Esa persona ya falleció y no dejó ningún heredero a quien cobrar. Por lo tanto no tiene sentido que le entregue el documento", le dijo el dueño de casa al Rab. Ante la insistencia de Ribi Meir, le entregó el documento y se lo regaló. El Rab lo rompió y enseguida el cuidador del establo se presentó con una terrible noticia: "el mejor caballo que teníamos se murió repentinamente". Ribi Meir le explicó lo que había sucedido: "Debes saber que al firmante del documento por no haber saldado su deuda, se le decretó en el cielo que debería reencarnarse en ese caballo y servirte en una forma fuera de lo normal, para así saldar lo que debía. Al romper el documento, la deuda quedó saldada y de esa forma su alma encontró el arreglo que tanto ansiaba".

 

Recordemos también que en el momento más sublime del año, en el día de Kipur y a la hora de la Nehilá, cuando las puertas del cielo se cierran después de todo un día en el que rogamos a Di-s para encontrar Su perdón, en el punto central de la Tefilá recordamos: "para que nos privemos del robo de nuestras manos", porque realmente se trata de un tema básico y fundamental para el desarrollo de la vida particular y en sociedad. ¿Acaso alguien desea que su arrepentimiento y sus ruegos en ese día tan especial no sean aceptados por el Todopoderoso porque sus manos no están limpias del dinero ajeno?

 

Hay quienes preguntan: ¿No sería más fácil la vida si nos basáramos en esa frase tan famosa : "Lo mío es tuyo y lo tuyo es mío"? Sin embargo, el Pirke Abot comenta sobre quien sostiene este criterio que es un ignorante. Muchos capítulos del Talmud tratan de aclarar diferencias económicas para que nadie posea algo que no le pertenece. ¿Cuál es el motivo por el que nuestros Sabios se cuidaban al extremo de no malgastar cada moneda que poseían? ¿Por qué -por ejemplo- Iaacob Abinu regresó cruzando un río para tomar pequeñas cosas que había olvidado? Está escrito -por otra parte- que los Sadikim cuidan su dinero más que su propio cuerpo, ya que no tienen provecho de cosas robadas. La respuesta a todos estos temas es que Hashem le otorgó al ser humano medios económicos para cumplir con Su voluntad. Cuando le roban a alguien lo que Hashem le había determinado, se provoca que la prueba que debía enfrentar esa persona en el mundo sea aún más difícil, porque las condiciones favorables que previamente tenía ya no están.

 

Concluyamos este comentario con algunos consejos que nos enseñan nuestros Sabios para no tropezar con este pecado tan grave. En principio, estudiar las leyes correspondientes ya que muchas veces se tropieza por falta de conocimiento. Se deben leer libros de ética sobre el tema, que nos enseñan lo despreciable que es el engaño, la mentira y el robo. Se debe hacer Tefilá al Todopoderoso para que lo ayude a sobreponerse a la tentación del dinero, para que sus manos siempre se encuentren limpias del robo. Fortalecer la fe en que Hashem es el que otorga y todo es de Su mano. Vivir de acuerdo con sus posibilidades económicas, alejándose de gastos no acordes a su situación. Orden en la vida, anotando las deudas que se contraigan desde la más grande a la más pequeña, para que nada quede en el olvido. Los padres deben educar a sus hijos a valorar los bienes de sus compañeros y a no dañarlos ni usarlos sin permiso, para que adquieran este concepto desde pequeños. Cuando se realizan trabajos o se contrata personal para hacerlo, se debe dejar en claro el precio de la prestación para evitar inconvenientes futuros. Por último, debe razonar el ser humano que si para cumplir preceptos de nuestra Sagrada Torá -Tefilín, Mezuzot, Masot, Lulab,etc.- está dispuesto a invertir su dinero para poder hacerlos, con más razón que debe entregar dinero para salvarse de caer en pecados. Por lo tanto, que piense en el momento en que se presenta la posibilidad de engañar, mentir o robar, que será mejor privarse de esa actitud para poder cumplir tantos preceptos escritos en la Torá como: "no robarán, no mentirán ni falsearán hombre con su compañero... no oprimirás a tu compañero ni lo robarás...no retendrás el pago de su trabajo...no cometerás torceduras en el juicio, en las monedas, en el peso y en la capacidad...balanzas justas, pesas justas y medidas justas existirán para vosotros, yo soy el Eterno que los saqué de la tierra de Egipto" (Vaikrá 19). Tengamos el Zejut de que nuestras manos estén limpias no sólo de cualquier suciedad externa, sino también de todas las prohibiciones de la Torá. Amén.