Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización de publicar esta sección.
PERASHA BAMIDBAR:
"Por
mí fue creado el mundo"
Comenzamos el cuarto libro de la Torá -el libro de Bamidbar- con
la orden de Hashem a Moshe para que contara numéricamente al pueblo de
Israel. Sobre este tema, Rashi comenta: "por el cariño que Hashem
les tiene, los cuenta a cada instante. Los contó cuando salieron de
Egipto; cuando cayeron en el pecado del becerro de oro los contó para
saber cuántos se salvarón; cuando quiso depositar la Shejiná
sobre ellos los contó nuevamente". ¿Cuál es el sentido de
esta cuenta? Evidentemente que Hashem no necesita contar al pueblo para saber cuántos
son, ya que todo es sabido por El. Sin embargo, la cuenta se lleva a cabo en
forma detallada, tribu por tribu es censada sin que nadie permanezca al margen
del censo. ¿Por qué? Por ellos mismos, por el propio pueblo, para
que cada uno sienta en su interior el valor de sí mismo. El Midrash
Rabá lo compara con un rey que tenía muchos graneros, pero el
trigo que había en ellos no era de buena calidad. Sólo en uno de
ellos poseía trigo de primer nivel y ordenaba a sus sirvientes que los
contaran uno por uno por el cariño que les tenía. Precisamente, el
término que utiliza la Torá para este censo es: "Seú
Et Rosh Bené Israel", o sea "eleven a cada cabeza de los hijos
de Israel". Como explica el Ramban, se trata de un lenguaje de elevación
para obtener así la valoración necesaria para enfrentar la misión
de ser la luz de las naciones.
Hashem quiere que sepamos que El nos quiere.
"Son queridos Israel (por Di-s), fueron llamados hijos de Hashem", nos
dice el Pirke Abot 3. Todos sabemos el cariño que un padre dispensa a su
hijo. Sin embargo, no conocemos a padres que para demostrarlo se dediquen a
contar a sus hijos. ¿Por qué Hashem lo hace? Más aún,
cuando comienza el libro de Shemot se mencionan a los hijos de Iaacob Abinu.
Rashi comenta: "aunque los había contado en vida, los vuelve a
contar en el momento de su muerte, para demostrar el cariño que les
tiene, ya que se igualan a las estrellas que Hashem las entra y las saca con número
y cuenta, como dice el versículo en Ieshaiá 40: "el que saca
sus ejércitos por número y llama a todos por su nombre". Todos
los medios son buenos para llegar al mismo resultado: Hashem quiere que sepamos
que nos quiere. El mismo concepto se reitera cuando celebramos la fiesta de
"Sheminí Haseret", cuyo sentido es explicado por nuestros
Sabios: luego de finalizar Jag Hasukot, Hashem nos pide con un lenguaje cariñoso
"quédense un día más. Me cuesta separarme de
ustedes". ¿Acaso
Hashem no está en todos los lugares? ¿Qué significa "me cuesta separarme de
ustedes"? Y si fuera así ¿acaso al otro día no se producirá
la separación y quizás sea más difícil aún?
Otra vez encontramos la misma y única respuesta posible: todos los
medios son válidos para que sepamos que Hashem nos quiere.
El objetivo del censo era que cada Iehudi supiera su valor individual, al
margen de pertenecer al pueblo en conjunto.
Todos conocemos cómo la Torá desprecia a quien se comporta con
altivez y orgullo, pero a pesar de ello en este caso nos hace saber que cada uno
de nosotros es una personalidad importante e insustituible dentro del pueblo. No
sólo que no hay orgullo al saber esto, sino que por el contrario nos
previene de caer en él, ya que ¿quién de nosotros puede
atestiguar sobre sí mismo que se comporta de acuerdo con los
requerimientos que alguien querido por Di-s debe cumplir? La persona que se
considera importante, no puede vestir cualquier clase de ropa sólo porque
todos lo hacen, ni tampoco comer en cualquier lugar público o cometer
errores que quizás otra persona sí podría cometer. Por el
contrario, debe ser un ejemplo en toda su vida, ya que permanentemente es
observado por todos para ver cuál es su comportamiento. Sin leer en
esta Perasha este concepto, todos comprobamos en la vida diaria que somos
importantes. Basta con ver que por cualquier error que cometemos, recibimos la
señalización: "es judío"; mientras que cualquier
otra persona que tropieza con el mismo tema pasará desapercibida o en
todo caso no recibirá una mayor crítica. Cuando seis millones de
judíos fueron asesinados cruelmente en cámaras de gas, el mundo
permaneció en silencio, las naciones callaron como si nada sucediera.
Hoy, esas mismas naciones critican a los soldados judíos por las
condiciones en que son tratados los terroristas asesinos que son tomados
prisioneros. Los ejemplos se podrían ampliar, pero, en síntesis,
se resumen en el nombre de "Bene Melajim" que recibimos: "hijos
de reyes". Pero atención: el calificativo no sólo que nos
enorgullece, sino que nos obliga, nos compromete a vivir en forma honesta y bajo
los lineamientos que Hashem nos dio.
En realidad, cada persona es única y especial. No se trata
simplemente de alguien más dentro de los seres que caminan en la Tierra.
El hecho de que cada ser humano posea una fisonomía distinta, como así
también sentimientos e inclinaciones especiales hasta tal punto que con
seguridad no existen dos personas iguales en el mundo, merece un análisis
profundo. Incluso en el caso de gemelos que creemos que son iguales, la madre
llama a cada uno por su nombre sin confundirse sobre quien es quien. El deseo de
ser original y no uno más en el mundo se encuentra en el corazón
de cada uno. Nadie quiere tener el mismo traje o la misma tela que el otro,
incluso los profesionales poseen distintos estilos en cada especialidad. En el
estudio de la Torá, también hay un deseo de cada sabio de
descubrir y explicar cada uno facetas novedosas sobre ella. ¿Cuál es
la raíz de esta forma de ser? En la Torá está escrito
que Hashem hizo a la persona "a su imagen y semejanza". Muchas
explicaciones se dan al sentido de esa frase. Una de ellas se refiere
precisamente a que así como decimos en uno de los trece principios básicos
de nuestra fe: "Hashem es único y no hay único como él";
también esto sucede con el ser humano donde nadie es igual al prójimo.
Todas las criaturas que Hashem creó -tanto aves, peces, animales y
reptiles- fueron hechas en distintos grupos de cada especie. En cambio, el ser
humano fue creado de una manera distinta: sólo hubo un Adam Harishon.
No hubiese sido difícil para Hashem -nada es difícil para El-
crear a varios Adam Harishon a partir de los cuales se desarrollara la
humanidad. Sin embargo, Hashem lo creó único. ¿Por
qué? El Talmud en Sanhedrín 37 responde: "por eso fue
creado Adam Harishon único, para enseñarte que todo el que
mantiene un alma de Israel es considerado como si hubiese mantenido a un mundo
entero". Miles de millones de personas existen en el mundo, pero cada
uno es único no sólo física o ideológicamente, sino
también en la función que debe desempeñar.
Coincidentemente, el término "Adam" no tiene plural en hebreo,
enseñándonos así que no existe suplente para lo que cada
uno debe hacer. Está escrito en Bereshit 9: "el que vierte sangre
del hombre, por el hombre su sangre será vertida, porque a imagen de Di-s
hizo al hombre". El asesinato es uno de los peores pecados que pueda
existir, porque el asesino sacó del mundo a alguien que no posee un
substituto. De esta forma, un mundo entero se destruyó: "todo el que
destruye un alma de Israel, se le considera como si hubiese destruído un
mundo entero".
Si observáramos -por ejemplo- en una vidriera de un comercio,
distintos tipos de cuchillos, cada uno con un tamaño y forma distinta,
llegaremos rápidamente a la conclusión de que cada uno fue
fabricado para una función específica y por eso posee una forma
especial. A la misma conclusión debemos llegar con la creación
del mundo. Hashem nos hizo distintos porque cada uno debe cumplir una función
especial con los elementos y condiciones que Hashem le otorgó. Si
quisiéramos dar un ejemplo práctico, diríamos que el
objetivo general es fabricar la corona con la que que coronaremos al Rey del
mundo. Pero no se trata de una simple corona, sino que está compuesta por
partes muy pequeñas y distintas una de la otra. Cada ser humano es
responsable por su propia parte. Nadie podrá hacer lo que él no
realice. No hay ayuda posible de nadie, cada uno debe construir a lo largo
de la vida su propia parte de la corona de Di-s. ¿Qué sucederá si
un integrante de una orquesta musical -luego de años de preparación
para actuar delante de un rey muy importante- se quedara dormido en el momento
en que debía tocar su instrumento? La vergüenza lo acompañará
por siempre, nunca podrá olvidarse de esos segundos fatales de su vida.
La mayoría de nosotros no es músico, pero la función de
nuestra vida es la misma que ese integrante de la orquesta debía cumplir.
Nadie podrá hacer la parte de la corona de Di-s que nosotros no
realicemos. No debemos quedarnos dormidos.
Más aún, el Rambam en Halajot Teshuba comenta que puede
suceder que cuando una persona realice una Mizva incline la balanza del mundo
para el lado positivo trayendo así la salvación que tanto
ansiamos. "El Sadik es la base del mundo" (Mishle 10): este versículo
se refiere no sólo a la persona que en todas sus actitudes es recta e
íntegra, sino que también a personas -como todos nosotros- que con
un solo acto pueden alcanzar ese objetivo. Quizás en este momento el
mundo se encuentre en esas condiciones y dependerá de lo que alguno de
nosotros haga para que se incline o no para el lado bueno. La responsabilidad
es mucha, pero refleja el valor de cada alma judía.
Es sabido que cuando debían contar al pueblo de Israel se hacía
por intermedio de monedas. No se contaba directamente a las personas, sino que
cada una de ellas depositaba una moneda las que finalmente eran contadas para así
saber la cantidad total. ¿Por qué debía ser así? Para
responder esta pregunta, debemos formularnos otro interrogante: ¿Cómo es
posible censar al pueblo de Israel como si fuesen cosas inertes? ¡Estamos
hablando de creaciones hechas a imagen y semejanza Divina! Quien cuenta un
alma judía, debería detenerse y reflexionar sobre la belleza
espiritual que hay dentro de ella. ¿Cómo se comporta quien recibió
como regalo miles de dólares? ¿Acaso no los coloca delante suyo y los
cuenta una y otra vez sorprendido por el presente que recibió? ¡Sus
manos tiemblan al contar y debe detenerse entre cada billete y billete! Si al
contar dinero se produce esa reacción, mucho más deberá
suceder con un alma judía al ser contada y será imposible hacerlo.
Sólo si la cuenta se hace por intermedio de monedas se podrá
alcanzar el número final. Si aprendemos a valorarnos, no caeremos en
las manos del instinto del mal que pretende hacernos pecar, ya que conoceremos
nuestra importancia y nivel y entenderemos que no es digno actuar de esa forma.
El Talmud comenta que la manera en que el Bet Din amedrentaba a quienes
iban a testimoniar falsamente sobre alguien que podía ser ajusticiado por
ese testimonio, era recordándole que Hashem había creado un solo
Adam Harishon para enseñarnos que quien destruye un alma es como si
destruyera todo un mundo. Por
eso, cada persona debe decirse a sí misma: "por mí fue creado
el mundo". Rashi
explica que el sentido de esa frase era para que se valorara a sí mismo y
que no perdiera su mundo por culpa de una transgresión. Incluso esos
falsos testigos que están a punto de provocar que se derrame sangre
inocente, si sólo pensaran en la grandeza que ellos tienen como ser
humano, se privarían de hacerlo.
No sólo que esta valoración priva a la persona de caer en
el pecado, sino que también lo eleva espiritualmente a niveles que ni
él mismo imagina. La construcción del Mishkan fue hecha por
personas que como el versículo atestigua: "Y vinieron todos aquellos
que elevarón su corazón" (Shemot 35). El Ramban explica que
todos esos artesanos no habían aprendido anteriormente el oficio, pero el
deseo y el sentimiento les permitió presentarse delante de Moshe Rabenu
con ese orgullo positivo de encaminarse en la senda de Hashem. Así
pudieron construirlo, demostrando que quien se valora a sí mismo se
dará cuenta de que no hay límite para lo que puede alcanzar.