• E’ele beTamar, El calendario hebreo: una invitación a celebrar

    MardechiMaaravi
    El Rab Mordejai Maarabi nació en Argentina y vive en Israel desde julio del 2009. Médico, con especialidad en Psiquiatría en el campo de la asistencia y prevención de las adicciones. Fundó hace 15 años en Buenos Aires la Institución “Maor, retorno a la vida”, única en su estilo para la asistencia y prevención de las fármaco-dependencias de la comunidad judía. En el mes de Marzo de 2010 se inauguró el Primer Centro de Día de Maor. Fue Rabino de la Comunidad Israelita Latina de Buenos Aires (Congregación Marroquí) por espacio de 4 años. Más tarde, ejerció el Rabinato de la Comunidad ‘Chalom’, de judíos oriundos de Rodas, Salónica y Cos. Fue Gran Rabino de la Comunidad Judía del Uruguay, por espacio de 7 años, hasta su Aliá a Israel.

    Introducción
    Cómo alcanzar la dimensión del tiempo? ¿Cómo vivirlo y
    entenderlo? ¿Cómo penetrar sus instantes –únicos y eternos–, que
    dejan huellas indelebles en el alma? ¿Cómo, por último, ¿trascenderlo y
    alcanzar, de ese modo, “jaié olám” – la vida eterna– “asher
    natá’ be-tojenu”, que el Todopoderoso ha plantado, pacientemente, en
    medio de nosotros?
    “Cotbem al luaj libeja”, “Inscríbelos en las tablas-pizarras de tu corazón”,
    dice el libro de Mishlé, Proverbios. “Luaj” es el calendario; “libeja”, tu
    corazón.
    ¿Qué es el calendario hebreo?, se pregunta. Precisamente eso: el corazón
    de la celebración judía. Así como el órgano del corazón ocupa el centro
    de la vida humana, el calendario se instala en el núcleo de la vivencia
    judaica.
    Así como por el corazón transcurren los fluidos esenciales que alimentan
    el organismo todo, le cabrá al luaj –en su recorrido mes a mes, día a
    día– transportar la quintaesencia del ser espiritual de toda una nación.
    Al igual que el corazón, los latidos del calendario hebreo insinúan
    movimiento, vida, sensaciones, emociones. Allí entonces, en el “Luaj
    ha-Leb”, se inscriben nuestras mejores páginas de vida…
    El pueblo judío ha sido convocado a un encuentro en tiempo y lugar.
    Celebrar es hallar ese tiempo, encontrar ese lugar para, entonces, sumar
    la sensación de festejo y regocijo. Sólo los individuos libres pueden
    transitar tiempos y espacios.
    Es por eso que, sólo a partir de la libertad, comienza a conjugarse el
    tiempo en todos sus tiempos: presente, pasado y futuro. Antes de
    aprehenderlo, nada; después de ello: todo.
    Y permítasenos agregar: no está planteado –desde nuestras fuentes,
    escritas y orales– conflicto alguno con el tiempo. Al contrario, será
    condición sine qua non el disponer del tiempo, en su totalidad, para
    luego ordenarse y vivenciar lo que está dado por él.
    Todas, absolutamente todas las festividades judías, disponen de un
    tiempo fijo. De un día que se multiplica, pero de un día al fin.
    “Ze ha-iom tejilat Maaseja…”, “Este día es el comienzo de tus acciones”,
    sugiere la plegaria. No sólo el Todopoderoso establece el tiempo como
    inicio de nuestro mundo. También el hombre deberá ubicarse en el
    tiempo y darle su propia forma. Porque tener tiempo es, simplemente,
    ser humano, ser libre, ser tiempo…
    Shabat
    SHABAT Y CREACIÓN
    Y será entonces el Creador, el encargado de establecer el principio
    del tiempo en el mundo de la Creación.
    “Y concluyó el Eterno en el Día Séptimo toda la obra de creación. Y
    descansó en el séptimo día de toda tarea creativa, y lo santificó, dado
    que en él, Shabat, descansó toda obra de creación…”
    Shabat y Creación. Toda la obra reposa en un día. Todo un día –tiempo
    sin fin– se yergue por sobre toda la Obra Divina.
    El Todopoderoso le indica a Adam –al ser humano por doquier– acerca
    de la existencia de este tiempo, desde los orígenes mismos. Será tarea
    de Adam, encontrar ese tiempo para reencontrarse con su Creador.
    De allí emanará la relación dialéctica con el tiempo, que conjuga la
    presencia de la Divinidad por un lado, y la del ser humano, por el otro,
    en un único espacio llamado Santidad. “Viakadesh otó”, al decir de
    nuestros sabios: “hizo sentir Su presencia”. De allí en más será Shabat
    Kodesh: Shabat de Santidad.
    Shabat es el punto de partida para Adam. Es todo el tiempo en un solo
    día. Es el cauce y el lecho de atardeceres y amaneceres, que darán a
    luz nuevos días, semanas, meses y años, que abrevan sus luces y fulgores
    de una misma fuente: la del Creador, en su armónico y decidido
    recorrido en beneficio de Su Creación, tal es el mundo y el hombre.
    “Ha-Mejadesh be-tuvó be-jol iom Maasé Bereshit…”, canta nuestra
    plegaria matutina cotidiana. Agradecemos a Él por lo que renueva.
    Agradecemos a Él porque renueva con bondad. Agradecemos a Él, en
    definitiva, porque este mundo –Su mundo– ha desplegado Su Bereshit,
    y nosotros, junto a Él, nuestra vida…
    IOM SHE-KULÓ SHABAT
    Así, entonces, emerge en medio de la Creación, la figura del Shabat
    que, con su nombre propio, único entre los demás días, es más que un
    día. Es un mundo en sí mismo. Y tal dimensión habrá de alimentar,
    incesantemente, el fluido vital de la existencia del ser humano en general
    y del pueblo judío en particular.
    Más que una conclusión, el Shabat anuncia el tiempo de otro comienzo.
    “Vaijulu ha-Shamaim ve-ha-arets, ve-jol tsebaam…” nos anuncia el final
    de la obra de la Creación en el Libro del Génesis.
    Cielos y Tierra llegan a su realización final. “Vaijulu”; “y se completaron”
    en su traducción literal; es un verbo que habla de un todo (la palabra
    col es la raíz del verbo mencionado). Hay un mundo que asoma a su
    totalización.
    Así es como el versículo que continúa afirma esta idea, diciéndonos:
    “Vaijal Elokim ba-iom ha-shevií et col melajto asher asá…” También el
    Todopoderoso, Él como un Todo en Sí mismo, “Vaijal”, coloca el “sello
    del todo” en Su Obra. Y ese sello se asocia con el día séptimo. Día que
    habla de orden. Un nuevo orden en ese mundo creado según Su
    voluntad (“be-almá di berá jir’uté…” “en el mundo creado de acuerdo a
    Su voluntad”, al decir de nuestro Kadish).
    Shabat, como día séptimo, no sólo es prosecución de los seis anteriores;
    indica un “tiempo nuevo”, en otras palabras, un tiempo totalizador. Es
    sumatoria de todos los anteriores, que más allá de depositarse fielmente
    en él, otorga a los días un nuevo sentido, al retornar éstos a la fuente de
    la Creación, al Creador…
    De ese modo lo afirma el texto de Bereshit: “Ki bo Shabat mi-col melajtó,
    asher bará…”, “…pues en el Shabat, cesó (holgó) de toda Su labor de
    Creación, que había creado”. No hay sólo descanso en la concepción
    del Shabat. Hay un retorno del mundo a su estado ideal. Al mundo
    concebido “be-majashaba tejilá…” es decir, “con un pensamiento
    inicial”, con un orden, una meta, con objetivos claros y constantes, y
    por sobre todo, con un propósito: el de un mundo donde la presencia
    del Todopoderoso se manifiesta día a día, alcanzando su permanencia
    entre los hombres –entre nosotros, Su pueblo– en la Santidad de un día:
    Shabat Kodesh, Shabat de Santidad.
    JEMDAT IAMIM OTÓ KARATA
    De tal forma, asoma el Shabat entre los claroscuros de la Creación, entre
    las luces y las sombras del día por partir, las estrellas del día por venir y
    las intensidades de los corazones de los hombres que caminan por el
    mundo de los hechos –de los fracasos y los éxitos– hacia la búsqueda
    de un placer. El placer de reencontrarse con aquellas cosas que les son
    propias y de las cuales se enajenan en su cotidiano quehacer; el placer
    de poder contar las horas de su día sin la ayuda de un reloj digital o
    analógico; el placer de saber que hay un tiempo “sin tiempos”, donde
    el verdadero monarca es él, y será visitado ni más ni menos que por la
    reina… Una reina que no sólo sabe de esperas y postergaciones, sino
    que anhela el alma de ese rey, venido a menos con los ropajes ajustados
    de la rutina y agobiado entre pensamientos y preocupaciones, carceleros
    ellos entre los demás días de un espíritu apesadumbrado y dolorido…
    Entonces, sólo entonces, podremos comprender aquello de “Jemdat
    Iamim” que sugerimos. Porque el Shabat resulta ser, de entre los restantes
    y por sobre los restantes días definido como: “Jemdat Iamim”, o sea: “el
    más preciado, hermoso y amado de los días.” Notemos que nos ha
    tomado, al menos, tres adjetivos para definir una sola palabra: Jemdá.
    Pues si la dimensión del Shabat resulta difícil de explicar, el sentido que
    este día concede a la vida, se torna casi inescrutable.
    Porque si los días de la vida merecen ser vividos tal cual se presentan, es
    decir, como un regalo del Creador a Sus criaturas, y por lo tanto, sólo por
    ello resultan invariablemente bellos y únicos, ¿cuánto más deberá ser este
    séptimo tiempo en el cual confluyen todos los demás, cada uno y uno con
    su particularidad? Y por sobre todo, al tener presente que él es un espacio
    de “no creación”, donde el “deber ser“ original y auténtico impone el mayor
    esfuerzo del hombre, es decir, ser uno mismo y ser junto a D’s.
    Así fue como lo denominó el Todopoderoso: Jemdat Iamim. Para que
    podamos establecer con claridad un criterio para con la vida que nos
    ha insuflado: los días deben llevar un sello de belleza, de nobleza, de
    amor, de dar, en tanto que el Shabat, la reina que espera y llega radiante
    cada semana, es la más bella, la más noble, la que da más amor de
    entre todos los demás días. Días únicos por cierto, pero sin la eternidad
    sembrada en el sagrado Shabat.
    TOV LEHODOT
    Y es el día, santificado por el Creador desde la Creación, el que propone
    la condición primera del ser judío: agradecer, ser agradecido.
    “Ha-Páam hodé et HaShem” expresaba una mamá regocijada ante la
    llegada de su cuarto hijo. Leah, mujer de Iaacov, daba a luz a Iehudá. Y
    con él, cerraba un primer ciclo de vida para sellar nuestra condición
    con nombre y adjetivo.
    Leah inspiró en nosotros la posibilidad de ser a partir de un nombre.
    Iehudí –ser judío hoy– es poder asomar a ese agradecimiento, primero
    y primario, al Todopoderoso.
    “Esta vez agradeceré a D’s“, resuena en el eco del despertar matutino,
    cuando ninguna plegaria es dicha aún, porque es necesario expresar
    nuestra condición. Y así nos llega la reina, cada siete días. Para cantarnos
    en su armonía: ”¡Cuán bueno es agradecer a HaShem y entonar cánticos
    a Su Nombre elevado…!”
    Pero ante todo, agradecer. Ejercicio espiritual básico para que la santidad
    del Shabat quepa en nuestros días. Ejercicio indispensable, para que la
    santidad de la vida tenga lugar en nuestros días.
    Enseña el Midrash que este Salmo (92) “Mizmor shir le-iom ha-Shabat:
    Tov lehodot…” lo cantó Adam ha-Rishón, en su primer paso hacia la
    semana, en su llegada al jol. A lo común de los días.
    Pero su agradecimiento está ligado a la generosidad del Creador por
    haberle enseñado los fulgores del fuego, una vez que “el mundo se
    hubo oscurecido por su causa” (a causa de su transgresión por
    desobedecer la Voluntad Divina).
    El hombre agradece como medida de supervivencia en un mundo donde
    se torna difícil vivir. Y descubre, por medio de su palabra enhebrada en
    canto, que puede allegarse al Creador y habitar junto a Él, si decide
    permanecer siendo hombre y no dios.
    Agradecer cada día, coronando nuestra tarea cada llegada del Shabat,
    nos traduce la condición primera y sincera entregada en nuestras manos,
    para hacernos humanos y merecedores de la Atención Divina.
    Shabat propone el ejercicio cuando ninguna fuerza es permitida. Excepto
    la de mejorar al hombre. Mejorar su condición y acercarlo al Creador
    con sabiduría…
    Así es como el día de Shabat Kodesh humaniza al ser humano. No lo
    revitaliza. Lo torna más sensible, menos mecanicista, más atento, menos
    compulsivo.
    ATÁ EJAD
    “Abraham iaguel, Itzjak ieranen, Iaacov u-banav ianuju bo…” canta
    nuestra plegaria en la Minjá del Shabat. Allí está Abraham –nuestro
    padre– dichoso. Itzjak, su hijo amado, entonando una melodía. Iaacov,
    hijo y nieto, junto a sus hijos-nietos; todo el pueblo en el desarrollo
    generacional, abrazando el descanso… Descanso de elevación,
    descanso de contemplación. Contemplar al mundo, Su Creador y
    Conductor, contemplar la dicha y la canción.
    “Menujat ahavá undabá”, nos sugiere la letra. ¿Qué es el descanso, nos
    preguntamos, sino la conjunción entre el amor verdadero y la capacidad
    de dar, con integridad y decisión? Descanso activo. No sólo del dormir
    habla la tradición sabática. Sino del dar: dar afecto, comprensión, calor
    y amistad.
    “Menujat emet ve-emuná”, continúa la plegaria. Para que nuestro
    descanso repose sobre la verdad y la integridad de la fe y entonces sea
    testimonio viviente. De los vivientes que son los herederos, los
    continuadores.
    “Menujat shalom, hashket va-betaj” nos susurra la letra elevada en
    melodía de nuestra alma. Un descanso que nos proporciona paz, nos
    regala quietud y nos rodea de seguridad y confianza. Porque tras estos
    ascensos en la plegaria ya somos parte de la corte del Rey, el Santo
    Bendito Él. Y al aproximarnos hacia Él, nuestro descanso y nuestro
    Shabat alcanzan la plenitud por Él anhelada: “Menujá shelemá she Atá
    Hu rotzé bá.” Abrazamos el descanso completo –la integridad total– a
    través de la cual confluimos en la mismísima voluntad del Creador…
    Shabat es Creación y toda la Creación reposa en el día de Shabat.
    Recipiente de la bendición y efluente de la misma, Shabat Kodesh,
    Shabat de Santidad, nos regala una porción intensa del mundo todo.
    Este mundo en el cual habitamos, y el mundo por venir al cual aspiramos
    llegar por medio del descanso; un descanso que conjuga eternidad.
    Rosh Jodesh
    Rosh Jodesh
    ¿QUÉ HAY DE NUEVO?
    El comienzo de la existencia se asocia al inicio de los tiempos.
    Así, en el mundo de la Creación, la palabra “Bereshit” nos señala el instante primero de todo lo por crear, tanto, como el primero de los tiempos en el recorrido del universo.
    Como la Creación en general, acontece con la creación en particular.
    Nosotros como pueblo judío, somos llamados a nacer a una nueva
    existencia, a partir de la consagración del tiempo.
    “Hajodesh hazé lajem, Rosh Jodashim…” Le mostró (D’s) a Moshé la
    luna en su renovación y le dijo: “Cuando veas en los cielos esta imagen
    de la luna, ¡conságrala para los hijos de Israel!”
    Poder divisar la nueva luz en la densa oscuridad de la esclavitud egipcia,
    es la señal que perdura desde entonces hasta hoy.
    “Este mes será para vosotros Rosh Jodashim, principio de meses.
    Comienzo de los tiempos propios.” Rosh Jodesh, la neomenia o luna
    nueva, instala a renglón seguido de la reina Shabat, una segunda
    dimensión en la santificación de los tiempos.
    “Er’á lo le Moshé et haLebaná bejidushá veamar: Kazé reé veKadesh…!”
    La luna, la blanca esfera (lebaná) es llamada a renovarse en lo alto.
    Nosotros, los hijos del Creador de la luna –entre todo el resto de la
    Creación– somos llamados a ver y consagrar ese amor.
    Nada puede pasar inadvertido en la vida. Aún el movimiento rutinario
    de los astros, distantes y distintos, debe ser considerado. Porque en lo
    constante está latente lo nuevo… La nueva luna trae consigo algo nuevo
    para el hombre. Y así como el tiempo transcurre, nosotros por la vida.
    Pero no hablamos del pasar, sino del consagrar. “Reé veKadesh”. Poder
    observar, detener los ojos en la figura que corre delante de mí y
    apreciarla, significarla, apartarla un instante de su transcurso…
    A eso nos llama el Rosh Jodesh. A considerar siempre que el Creador
    “…mejadesh betubó bejol iom Maasé Bereshit”, “…renueva con Su
    bondad en cada día Su obra del Bereshit…”
    Y si el mundo puede ser renovado cada día, el hombre lo será también.
    Cada día como el mundo, pero a cada hora encontrará la puerta
    entreabierta para asomarse y ver ese mundo –el externo y el interno– y
    poder cambiar… Renovándose.
    BAREJÍ NAFSHÍ
    Así recibe David Hamélej cada luna que se renueva. Con la palabra
    exaltada en el canto y la melodía del alma allegándose a las puertas
    celestiales. Un alma que bendice –barejí nafshí– al Creador para poder
    unirse a Él, con Él, cada mes que comienza.
    Nuestra unión con el Creador de los tiempos debe siempre llevar un
    sentido. Debe siempre contemplar una dirección. Necesita, siempre,
    abrevar de las aguas más profundas, de las fuentes más puras.
    Y así el rey David nos acompaña en ese intento. Y nos despliega con su
    magistralidad habitual, el mapa que diseña la Creación. Así el Tehilim
    104 nos regala instantes, imágenes y sonidos, para que puedan ser
    atesorados en el punto de luz más recóndito de ”esa alma que bendice”
    para tornarse junto al rey y nosotros, en un ramillete frondoso y
    perfumado de notas y sentidos que se elevan y se elevan…
    “Ma rabú maaseja HaShem, culam bejojmá asita, maleá haaretz
    kinianeja” nos evoca el salmo. ”¡Cuántas son Tus obras, mi D´s, todas
    ellas con profunda saber las has hecho! ¡Toda la tierra está repleta de Tu
    crear…!”
    ¿Qué es Rosh Jodesh sino la capacidad del hombre, pequeño ser y finito,
    de observar e incorporar la Creación hacia él a través de la esbelta y
    delicada figura de la luna renovándose hasta completar su plena luz y
    color?
    ¿Qué significa poseer el tiempo sino intentar –una vez cada mes– elevar
    mis ojos hacia lo alto, salir de mi pereza rutinaria y despertar en un
    sueño nocturno frente a una mar de estrellas incontables que bailan y
    sonríen desde los cielos “relatando la gloria de D´s”?
    Allí el secreto de milenios. Aquí el futuro de miríadas de generaciones.
    Saber ver para saber reconocer. Y más tarde, poder bendecir… Pues
    sólo aquel que sabe ver aprenderá de sus ojos a poseer un corazón
    agradecido. Y cuando los ojos junto al corazón se conjugan, la bendición
    aflora como el delicado capullo en flor que anida la más hermosa
    fragancia y la más delicada piel de sus pétalos… ”Berajá” –bendición–
    es el recipiente más extenso que posee el hombre para contener, si lo
    quiere, a Su Creador… “Bendice oh alma mía, a HaShem…”

    Tiempo de Nisán, PÉSAJ DE AMBOS LADOS DE LA LIBERTAD
    El tiempo, decíamos, es el comienzo de la vida misma. Y junto a
    él, habremos de construir el espacio singular donde confluirán las personas y sus ideales, transcurriendo ese tiempo.
    Adam, la dimensión humana, nace libre y vive para la libertad. El Creador
    ha depositado en él la ardua tarea de recorrer y reconocer el mundo
    creado, dominarlo inteligentemente y usufructuar uno a uno, los infinitos
    beneficios materiales que hay en él, para edificar a lo largo de sus días
    “el ser interior”, es decir, su conformación espiritual, única, excluyente
    en el mundo del Bereshit que le pertenece y debe hacer suya…
    Nuestra historia como pueblo, nace como producto moral de esa
    libertad. Abraham nuestro padre es el prototipo del Adam concebido
    por D’s en la Creación. Porque Abraham elige –en libertad– el transitar
    por una vida donde los valores posean su valor y donde el hombre
    pueda someterse –voluntariamente– a sus propias elecciones,
    destruyendo uno a uno los aspectos que lo limitan y enfrentando a cada
    instancia y circunstancia, con sus propias palabras y sus propios hechos…
    ¿Y todo por qué, nos preguntamos? Por cuanto Abraham, en soledad, logra
    penetrar lo recóndito. Por cuanto Abraham –nuestro padre– logra superar
    las limitaciones de un mundo sujeto a voluntades humanas (y tiranas), para aferrarse a otra voluntad: la de su Creador, y para
    expresar por medio de ella, el vasto y ancho horizonte del libre
    albedrío, hijo dilecto del ejercicio del hombre libre, moralmente libre
    en una sociedad atada y maniatada.
    Abraham Abinu no es ejemplar. Es un ejemplo. Y será prudente así como
    sabio, establecer las diferencias si pretendemos comprender su obra.
    Pues Abraham nos muestra cómo poder alcanzar la plenitud del ser de
    Adam –el primer ser llamado a vivir en el mundo del Génesis–
    caminando los estrechos senderos y los más extensos caminos de un
    mundo el cual habría de ser trabajado, elaborado, pensado desde el
    lugar del hombre, y acercarlo a su meta definitiva, o sea, al encuentro
    con el Creador. Y la “convivencia” entre ambos, si se nos permite esta
    expresión inadecuada. Porque el Todopoderoso y Su Sagrado Nombre,
    nos habla de Eternidad; y porque el hombre, creado a “Su imagen y
    semejanza” deberá instalar dicha Eternidad en el mundo, más allá de
    sus propios tiempos, físicos y espirituales.
    Abraham Abinu logra plasmar en su tiempo tal realidad. Y la planta,
    pacientemente, en sus hijos, quienes recorrerán los días venideros,
    sabedores de una misión, de un deber y de un día, aunque el camino,
    ofrece paisajes más o menos bellos, y días plenos de luces y de soles, y
    por cierto, largas y profundas noches oscuras, de destierros y desvelos…
    NES LEHITNOSES:
    IZANDO EL ESTANDARTE DE LOS TIEMPOS
    El tiempo que acaba de comenzar, mes de Nisán, trae consigo un sonido
    muy singular. El sonido de la libertad.
    ¿Cómo suena tal sonido? ¿Será el son de campanas? ¿O será tal vez, el
    clamor de trompetas triunfales? ¿Serán acaso infinitas voces de júbilo
    sumadas en coro que se elevarán con júbilo en medio de la noche?
    Nisán nos anuncia libertad. Libertad es ante todo, el hombre, su entorno
    y su relato. Familia que cuenta y canta –verbos que suenan como la
    mejor de las melodías– y que nos permiten, en el ejercicio diario del ser
    padres, afianzar aquello que “sólo es libre aquel que puede ocuparse
    del estudio de la Torá…”
    Los días que llegan nos acercan al objetivo. Ser libres para estudiar la
    Torá. No hay mejor libertad que esa. Y sólo allí es donde se instala el
    diálogo fecundo, la pregunta tibia al principio e incisiva después de los
    hijos –de cada hijo– para con sus padres.
    Pésaj llegará a nuestras mesas para “abrir nuestras bocas”. Abrirlas de
    par en par para ejercer el sano ejercicio del ser soberano, tener la palabra
    y transmitirla… Como padres debemos prepararnos. Cada año y en cada
    séder. Por eso tal vez se llame “séder” a esta hermosa noche. Para
    imponernos un orden vital. Pésaj y la libertad, son en tanto y en cuanto
    podemos responder a preguntas eternas.
    Y nuestros hijos, confiamos, anhelamos, soñamos en algún despertar
    de cada día, de esos días que nuestra Torá nos anticipa con tanta
    delicadeza: “Y será cuando te pregunte tu hijo mañana diciendo…”
    Nuestros hijos, decíamos, confiamos una vez más que con sus preguntas
    nos dejen boquiabiertos.
    Ojalá que así sea. ¡Jodesh Tov umeboraj! ¡Un hermoso séder en familia!
    SHABAT HAGADOL:
    TIEMPO PARA SER GRANDES
    Un Shabat con aromas de familia. Reminiscencias de otras épocas que
    vuelven para quedarse una vez más, impregnando la memoria de padres
    e hijos… De generaciones forjadoras de un destino común, una meta
    conjunta y una herencia compartida.
    Es un Shabat de confluencias. El calendario todo se reúne en este día
    para dar la bienvenida al comienzo de los tiempos. Al comienzo de los
    tiempos propios de un pueblo, que se torna hacia la libertad, celebrando
    en familia. En conjunto. Volviendo a conjugar el plural, tras dejar atrás
    la pesada carga que el egoísmo y la enajenación egipcias. El mirarse a
    sí mismo para poder descubrir al otro y así, poder allegarse hasta el
    mismo D’s.
    Es este un Shabat con dimensiones propias. “Shabat ha-Gadol” lo ha
    llamado la tradición rabínica. No excede los tiempos habituales, pero
    su intensidad y significado son extraordinarios… Lo grande de este
    Shabat es porque evoca un milagro. Un gran milagro. La liberación está
    por ocurrir. D’s la ha anunciado. Sólo resta que Su pueblo –aquel que
    ha recordado– se disponga a dar sus pasos también. Así se construyen
    los milagros. En la coincidencia de voluntades. La Voluntad de D’s y mi
    voluntad…
    Un Shabat que recibe un invitado especial. A lo largo de centurias y
    milenios, lo aguarda. Lo espera pacientemente. A aquel anciano y sufrido
    hombre, que lleva en su nombre los Nombres de D’s mismo y que él
    también, aguarda por nosotros. Confía en nosotros. Reza por nosotros…
    En cada generación.
    Eliahu ha-Naví es nombre y leyenda a la vez. Realidad y utopía. Toda
    la esperanza y toda la desesperanza. Es profeta y es hombre simple.
    Y está allí, en las puertas mismas de la liberación de los judíos en
    cada año, en cada siglo, en cada generación, expectante… Espera
    por los padres y espera por los hijos. Anhela que ese tejido conectivo
    no pierda jamás conductividad. Los visita en cada maravillosa noche
    de Jag haPésaj, cuando las puertas se entornan para su arribo. Cuando
    una copa se llena y cuando el recitado que habla de su celo, de su
    amor profundo, de su pasión por D’s y por el pueblo judío, se ponen
    de manifiesto…
    Este Shabat, se anuncia su arribo. El último de los profetas de Israel,
    llamado Malají, nos lo hace saber… “He aquí que yo os envío para
    vosotros a Eliahu el Profeta, antes de la llegada del Día de D’s, un día
    temible y estremecedor…”
    Un día está reservado para la humanidad toda. No será un tiempo
    común. El día de HaShem, dice el Profeta. Un tiempo cuando todo se
    conmoverá. Nada será ya igual. Cuando todo lo elevado –lo que se
    asocia con la soberbia y el poder desmedido– se verá reducido al llano…
    A lo imperceptible. Será nulo. Un tiempo cuando nada ni nadie se eleve
    en este mundo físico. Sólo la presencia del Creador dominará el
    escenario.
    Antes de ese día, D’s enviará a Eliahu ha-Naví. Su visita tiene misión
    familiar. “Y tornará el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón
    de los hijos hacia los padres, no sea que venga Yo (dice D’s), y castigue
    a la tierra con la destrucción definitiva…”
    Recomponer la célula primordial. La célula madre de la sociedad
    humana. El vínculo. Padres e hijos. En ese orden de retorno. Volver a
    hablar. Volver a comunicar. Volver a transmitir. Volver a…
    Nada hay más simple que ello en la antesala de la libertad. Celebrar
    es posible cuando tengo con quien… Conjugar libertad es hacer la
    familia sustentable. Evitar la hecatombe del mundo, es intentar
    sostener los principios de la Creación: hombre y mujer ”unidos por
    una sola carne”: los hijos que llegan para solidificar la condición
    humana. De aquel humano creado a imagen y semejanza de D’s.
    Ser humano que es ser libre; ser humano que es ser palabra. Ser
    humano que es ser constructor de la libertad de la palabra y de la
    palabra en libertad…
    Este Shabat tiene aromas de familia. Aromas que despiertan en
    nosotros un mandato y un deseo. Continuarnos en los que llegan y
    ser sostenedores orgullosos de los que han partido… Allí lo grande. Lo
    enorme de nuestra tarea en las puertas de Jag haPésaj.
    AHORA, HIJOS DE LIBRES
    Tiempo de Pésaj, tiempo de enhebrar con melodías simples ideas
    complejas.
    Tiempo de cantar, porque somos libres. Tiempo de pensar en nosotros
    y en nuestros hijos, porque somos familia antes de ser pueblo…
    Cuando la estación de los tiempos se viste de primavera, allí nace el
    canto. Como el mismísimo pájaro en vuelo de libertad, nosotros, los
    hijos de libres, asomamos a la historia de los pueblos.
    “Al canfé nesharim” nos relata la sagrada Torá. “Sobre las alas de águilas”
    ocurre la portentosa salida de Egipto. Pues “como el águila defiende a
    su nido, sobre sus polluelos extenderá sus alas”, tal fue la Divina
    Protección que se extendió sobre las frágiles alas de la nación hebrea,
    alas quebradas por tanta esclavitud, cuerpos desfigurados por tanta
    muerte.
    Llegamos a Jag haPésaj para vestirnos con ropas diferentes. Cambiamos
    los atuendos de esclavos por ropajes de libres. Y somos a partir de ello,
    “hijos de libres”. Las ropas también anuncian un cambio.
    De ahí que uno de los aspectos salientes a cumplir entre las mitzvot de
    la salida de Egipto, fuera el “pedir cada mujer de su vecina, objetos de
    oro y de plata, así como vestidos…” ordena la Torá.
    “Ki hilbishani bigdé iesha, meil tsedaká ieatani…” proclama el profeta.
    “Pues me ha revestido con ropajes de salvación, con atuendos de justicia
    me ha cubierto.” Tal la explicación de nuestro primer pasaje a la libertad.
    Ropas libres para hijos de libres…
    Pero a partir de ese paso, los caminos parecen abrirse aún en medio del
    laberíntico desierto. “Sagar alehem hamidbar…” Esa era la expectativa
    del faraón. ”El desierto los ha encerrado” y a partir de allí, justifica una
    nueva persecución de los ahora hijos de libres, benei jorín.
    Nada es suficiente para el insaciable y mucho menos para quien –como
    el faraón– carecía de corazón. Y es por ello que nuestro relato de
    libertad, eternizado en la Hagadá de Pésaj requiere comenzar desde
    ese lugar. Desde el lugar donde los hechos cobran realidad permanente
    y desde donde nosotros debemos valorar lo ocurrido y lo obrado por
    D’s…
    Las preguntas de la noche de libertad son muchas, pero para llevar un
    orden las llevamos a cuatro. Las famosas “fir kashes”, que más que
    preguntas se tornan problemas o dificultades a la hora de responder.
    Pero como usted sabe, querido lector y estimada lectora, todas ellas
    llevan a un mismo punto, eje sobre el cual gira esta fiesta para ser fiesta:
    una sola respuesta, contundente y memoriosa, para todas las preguntas
    de la noche: “Avadim haínu le-Faró beMitsraim…Atá, Benei Jorín…”
    “Esclavos fuimos del faraón en Egipto, pero ahora, somos hijos de
    libres…” Y queremos poner énfasis en esto de no ser sólo libres, sino
    hijos de libres… ¿Y sabe por qué? Porque nacimos siendo libres con el
    gallardo Abraham Abinu, y continuamos amando la libertad de la mano
    de Itzjak, su hijo y crecimos en libertad –laboriosa y cruenta libertad–
    en los días de Iaacov, el tercero de este trípode existencial de libertades
    e hidalguías entre los humanos.
    Por eso, en estas noches y días mágicos de Pésaj, volvemos a ser los de
    siempre. Volvemos a abrazarnos con los Padres –monumento a la
    libertad-, y retornamos a nuestra condición de hijos… benei Israel, los
    hijos de Israel, pero ahora también benei jorín… hijos de libres.
    En los días de Jag haPésaj –la fiesta de la libertad– volvemos a nuestras
    ropas de siempre, las más simples así como bellas: ropas que conjugan
    pertenencia, que hablan de familia, que pretenden un orden, que
    susurran libertad…
    “Atá, benei jorín…” “Ahora, hijos de libres…” Imagino que ya sabremos
    el por qué.
    KE-NEGUED ARBAÁ BANIM
    Cuatro formas de ver la vida. ¿Pueden ser más? Con seguridad… Pero
    nuestra sabia tradición descubre por entre las preguntas que asoman
    en nuestra Torá, que son cuatro las modalidades a manifestarse en
    tiempos de libertad. Porque como decíamos, ser libres es ante todo no
    sentir que ninguna atadura ni mordaza cubre nuestra expresión así como
    nuestra acción.
    Banim: hijos. Bonim: constructores, interpretan nuestros sabios de
    bendita memoria. Cada hijo en la vida, edifica la conciencia del ser
    padre. Va sumando, palabra tras palabra hacia la erección del edificio
    singular donde habita el hombre libre. Pésaj, la fiesta de “la boca que
    habla” al decir del santo maestro el Arizal, identifica en nuestra mesa a
    cuatro de ellos. Hablan, cuestionan, preguntan, afirman, niegan, aceptan
    con integridad y… ¡hasta no saben qué preguntar!
    Allí los cuatro exponentes de nuestra realidad en algún lugar de nuestra
    vida. ¿Cuándo, querido lector, dejó usted de preguntar? ¿Cuándo, me
    pregunto, sus requisitorias no parecieron ofensivas ante el escucha
    consustancial? ¿Cuántas otras veces su ingenuidad e integridad lo
    llevaron hacia aguas apacibles en el mar de lo espiritual? ¿Y cuántas
    otras veces, su enojo adolescente y su distancia adulta lo llevaron a
    sentirse por fuera de cuanto veía y escuchaba?
    Así también, imagino, habrá sumado silencios. Silencios de asombro,
    silencios donde sólo los ojos observan anonadados, todo un orden
    establecido, una mesa que es un altar y un libreto escrito con paciencia
    esperando por usted, por los suyos, por los que vendrán.
    Los “hijos de la Hagadá” son ante todo hijos de la realidad. Porque
    nacen de la pregunta. “Ve-haiá ki ishaljá binjá majar leemor…” La
    pregunta inquieta que plantea nuestra sagrada Torá, a ser formulada
    por “tu hijo, el día de mañana, diciendo…” Desafíos expuestos.
    Respuestas para pensar. Hechos contundentes que no podrán ser
    pasados por alto si es que pretendemos que “lo nuestro” viva y
    sobreviva.
    La riqueza del ser judío pasa por intentar ver, intentar verse cada uno
    en todas las épocas, en todas las situaciones, y poder vestirse con esas
    ropas eternas –las preguntas– que ora como hijos deberemos preguntar
    y ora como padres, deberemos responder…
    La identidad judía transcurre por el delicado entramado de palabras
    –que son lecciones– y de preguntas que formulan la inquietud de cada
    generación. El texto, es el mismo. Las preguntas que elevan los hijos,
    idénticas. Pero un año más ha transcurrido. Todos hemos crecido.
    Nosotros como padres y el hijo sabio como tal… También el malvado –de
    preguntas complejas y distantes– cambia. Y el “tam” vuelve con su inquietud
    latente tanto como el que no sabe preguntar, aguarda ansioso por su mamá:
    “At petaj lo” dice la Hagadá. “Tú (femenino) deberás abrir sus
    compuertas.”
    Cuatro hijos. Cuatro estaciones vitales que nos devuelven la sensación
    del haberlo ya vivido. Pero cuando tenemos la pregunta frente a nosotros,
    ¡allí comienza el desafío! La tradición judía, lejos de manifestarse
    teórica, expone.
    Porque vivir es exposición. Y cuando asomamos a la mesa, allí
    componemos. Los cuatro hijos son la ronda mágica que nos envuelve
    con su música año tras año para regalarnos un sonido de eternidad,
    pero por sobre todo, concedernos el valor de vernos a nosotros mismos
    pasando por todas esas etapas.
    Allí conjugamos la fiesta. “Jag” en hebreo. Que proviene de “jug”, ciclo.
    Un círculo virtuoso que nos invita a sumarnos –desde el lugar del hijo
    que estemos– a ese baile maravilloso. A esa noche de ronda, donde
    padres e hijos, la familia de Israel, construye el círculo más sagrado:
    aquel que no tiene principio ni fin. Sólo continuidad. Es decir, una
    partecita minúscula de la eternidad…
    DE LA MANO DE MAMÁ
    Llega Jag haPésaj. Todo parece transformarse. Todo parece renovarse.
    Y no tan sólo en la naturaleza. Por sobre todo, en cada uno de nosotros.
    Pésaj huele a familia. Trae consigo olores tan especiales, impregnados
    en una memoria que nos hace recobrar el sentido del vivir, el recuerdo
    de los que no están y la presencia inacabable de todos aquellos quienes
    se allegarán a nuestra mesa para compartir… Para “partir el pan de la
    pobreza” –Ha Lajmá Aniá– alimento esencial para poder celebrar. Pan
    de pobres, pan de humildad, pan que evoca y también testimonia…
    Llegan días en los cuales “todos ponen”, según la vieja expresión de un
    antiguo juego de nuestra niñez. Los padres son más padres que nunca
    y los hijos, más “preguntones” que nunca.
    Una hermosa forma de armar el rompecabezas familiar que, en el recorrido
    del año laboral y educativo ya empezado, parece desintegrarse
    cuando “cada cual atiende su juego” –según otra modalidad de otro
    nostalgioso juego de la infancia– y estamos ocupados (cuando no preocupados)
    por los distintos avatares de la vida cotidiana.
    Pésaj es una “isla” en ese tiempo, que nos permite divisar el paraíso que
    habita en nosotros, cuando sentados a la mesa disponemos de lo
    esencial: tiempo para compartir. El pan y también las palabras. El disfrutar
    del comer con contenidos. ¡Qué sentido tan profundo, no le parece!
    Estamos todos en torno a ese altar que es nuestra mesa, cuando el
    “korbán Pésaj” –el sacrificio de Pésaj– será la transmisión… Porque eso
    es “korbán” como sacrificio: acercarnos, aproximarnos, sentir al otro
    cerca de mí, estar con el próximo… Y compartir como decíamos.
    Y si Pésaj nos llena de aromas y olores, mesas y comidas, la mano de
    mamá –y de la abuela– se hace sentir. Aunque la mesa del séder nos
    invita a sentir otro tipo de hambre también… Hambre por saber. ¿Por
    qué? ¿Cuándo? ¿Para mí también? ¿Y si no quiero? ¿Siempre lo mismo?
    Preguntas que se suman, de tiempo en tiempo, y las cuales nunca se
    deben dejar sin responder. En Pésaj no hay lugar para el sobreentendido…
    En Pésaj partimos de la premisa de la afirmación. Porque ser libres supone
    ante todo, poder saber qué queremos. Cuánto queremos y cómo
    lo deseamos. Afirmar la condición es superar la primera barrera
    existencial que se opuso al desarrollo natural de Israel como familia:
    pues la tarea primordial de los egipcios no fue esclavizarnos, sino
    enajenarnos. Transformarnos en “ilustres desconocidos”. Hacer que
    ningún hijo varón importe y que la natalidad –eje central de la vida
    conyugal– sea un castigo más que una bendición.
    Y es por ello que regresan en la noche del séder las manos mágicas de
    aquellas mujeres, definidas por los sabios de las generaciones como
    “nashim tsadkaniot” –mujeres justas y abnegadas– por cuyo mérito la
    salida de Egipto fue posible… Así de simple. Así de contundente. A cada
    mujer judía en Egipto le cupo un rol protagónico. No sólo en engendrar los
    hijos, sino en darles la vida y procurarles sustento y ánimo. A sus hijos tanto
    como a sus esposos. A sus propias familias… Contra ellas, el Faraón no
    pudo. Curiosa paradoja en la ecuación de las “fuerzas”…
    Una y otra vez, ante la llegada del tiempo de Jag haPésaj, la libertad se
    conjuga en femenino. Y será bueno hurgar en las fuentes para proveer
    de sentido a nuestra afirmación. Esa será la segunda barrera a derribar,
    pero esta vez, la que ha sido construida por nosotros mismos, al pensar
    que nuestra tradición sólo habla de postergaciones y de “quitas” en los
    méritos para con la mujer, y por sobre todo, la mujer bíblica…
    Cuando llega Pésaj será otra vez mamá la que llame a la mesa. “Shulján
    Orej” –la mesa que está siempre servida– esperando a todos los hijos.
    Los “iguales a uno” y “los diferentes a uno”. Porque cada uno tiene
    lugar, si lo sabe respetar. Si lo puede apreciar. Y porque Pésaj se escribe
    siempre sobre la tinta fresca de una receta milenaria… La receta del
    abrazo y la sonrisa que una madre, sólo una mamá, sabe dar en la
    antesala de cada fiesta… Es decir, de cada día de la vida que D´s nos
    bendijo en compartir.
    Y todo ello, mamá lo sabe. Lo siente y crea la magia de un ambiente
    único. Un “monoambiente celebratorio” donde todo cabe. Desde las
    comidas tan especiales hasta las respuestas tan necesarias…
    A veces, cuando llega Pésaj, el hijo sabio, el rebelde y negador hasta el
    mismísimo simple de las Hagadot impresas, dejan su lugar a uno único,
    símbolo a veces de nuestra posmodernidad: “Mi sheeinó iodea lishol…”
    Quien se quedó en medio del camino y ya no sabe siquiera lo que
    preguntar… Qué preguntar. Allí, la laboriosa mano de mamá, se hace
    otra vez presente. Ya no sólo para elaborar la magia de los aromas y los
    olores incomparables. Ya no…
    Mire la Hagadá… ¿Sabe lo que dice cuando llega ese hijo? “At petaj lo…”
    (Tú, ábrele a él su boca…) Ese Tú –At– como usted lo sabe, es femenino.
    De la mano de mamá, Pésaj es más libertad que nunca. De la mano de
    mamá se abren las compuertas del saber. Del saber vivir, para apreciar la
    libertad…
    En bendita memoria de quien me hizo crecer al amparo de una sabiduría
    incomparable… Aquella del jamás renunciar a las cosas que se
    empiezan. Mi madre –de bendita memoria– Delma Esther Dana de
    Maarabi bat Shoshana, para quien la mesa de cada día fue el Santuario
    de su vida…
    Tiempo de Iyar, DÍAS PARA TENER EN CUENTA
    Ser libre presupone como primer ejercicio dominar mi tiempo. Y
    a eso nos llevan los días de Jag haPésaj, siete en total (ocho
    entre nosotros), cuando y durante en las noches y días de la celebración
    aprendemos la lección de la libertad.
    Ante todo hay un “orden” que traducido hacia el sentido familiar, se
    conjuga en “séder”. Disponer de mí significa prestar atención a quien
    tengo junto a mí. Y es en el séder, precisamente, que nada ni nadie
    podrá pasar inadvertido. Aquel que tiene hambre, tiene un lugar, tanto
    como aquel cuyas preguntas no pueden esperar ya más en su afán de
    ejercer su derecho de ser libre…
    Así es como –humildemente pensamos– debuta la libertad entre nosotros.
    Junto a una mesa, en un hogar, con comensales. Los conocidos y los
    otros. Porque ser libres, decíamos, era poder romper aquel cerco tejido
    fina y astutamente por el faraón y su pueblo de hacernos ajenos. De no
    permitir que la solidaridad formase parte del destino común que
    poseíamos desde siempre.
    Pero Pésaj nos trae otro desafío. Desafío que forma parte, otra vez, de
    nuestra capacidad de hablar. Ya no es sólo el relato “…y todo aquel
    que narra reiteradamente la liberación de Mitsraim merece ser alabado”
    como decía nuestra Hagadá. Ahora, con la llegada del segundo día, la
    tarea –simple y contundente en su sentido– es la de contar días y
    semanas… Esa cuenta tiene nombre propio: Sefirat haOmer, la Cuenta
    del Omer.
    Ahora arriba el tiempo donde más allá de disponer del tiempo, debemos
    contabilizarlo. “Tenerlo en cuenta” si nos permiten jugar con las
    palabras. Porque para un pueblo que no supo de días ni de noches, o
    que tal vez, sus días fueron como noches sin distinción alguna, le llega
    como corona de su liberación el contar su relato, tener a quien contarlo
    y a partir de ello, ejercer el dominio básico y esencial de cada ser
    humano: su tiempo, el propio, y conducirse en él hacia objetivos y metas
    claras.
    Estos días del Omer, que nos llevan a semanas –siete en total–
    multiplicarán el recorrido inicial de la libertad de Pésaj, multiplicando
    nuestras ambiciones y asegurando nuestra libertad. “Ein lejá ben jorín,
    ela mi sheosek baTorá”, sentenciaban nuestros maestros. “No hay
    persona verdaderamente libre como aquella que puede ocuparse de la
    Torá.”
    Estos días merecen tenerse en cuenta porque nos conducen hacia la
    Torá, es decir, hacia el punto máximo del ejercicio de una noche, que
    en su magia familiar, nos permitió cantar junto a nuestros hijos: “esclavos
    fuimos del faraón (Avadim Hainu) pero ahora somos hijos de libres (atá
    benei jorín…).”
    Sefirat haOmer, la cuenta misma de la libertad. Una libertad para tener
    en cuenta…
    UN ALTO EN LA CUENTA
    Hay un día que no es un día común. Porque si bien cada día que
    podemos renovar nuestra esperanza en el vivir, hacer y progresar es
    fantástico, este día en particular limita un antes y un después…
    Lag baOmer marca un tiempo extraordinario. Abre una cuenta diferente
    para con los días que llegan. Cierra una herida difícil de cicatrizar para
    el calendario espiritual del pueblo judío. Deja atrás la tristeza y propone
    la alegría. Al menos, para una tradición religiosa, se transforma en un
    día único pero lo suficientemente pleno como para celebrar, reír y ver
    el futuro que se avecina con ojos de esperanza como decíamos…
    Treinta y tres días de la Sefirá (la cuenta del Omer) traen consigo cierto
    alivio. Por un lado, nuestros sabios de la tradición oral nos enseñaron
    que en este día “paskú milamut talmidéi Rabí Akiva”. La terrible
    mortandad que asoló a los dilectos alumnos del santo maestro Akiva,
    quienes en cantidad de 12.000 pares, murieron en este corto lapso de
    tiempo, llegó a su fin. Aunque la soledad y vacío que dejaron era difícil
    –cuando no imposible– de reemplazar… Y no sabemos ya, qué era peor.
    ”La sagrada Torá corrió el riesgo de ser olvidada y de perderse en el
    seno del pueblo judío” llegaron a aseverar nuestros jajamim. Hasta tal
    punto… Y si hubiera sido así, los romanos brindarían por su victoria. La
    única que no lograron plasmar en el campo de la realidad.
    Pero nuestras fuentes nos anuncian que “ad shebá Rabí Akiva etzel
    rabotenu shebaDarom”. La esperanza volvió a conjugarse en tiempo
    presente. Rabí Akiva fue hacia los sabios que habitaban en el sur del
    país –entre ellos Rabí Shimon bar Iojai– quienes al decir de la Guemará
    “amedú umileú col Eretz Israel Torá”. Estos maestros, de la mano del
    infatigable Rabí Akiva “llenaron toda la tierra de Israel de Torá”.
    Esperanza. Estudio. Vida. ¡Qué coraje les cupo a estos hombres en plena
    época de persecución y destrucción!
    Eso venimos a celebrar en Lag baOmer. La osadía de vivir al amparo de
    la Torá. Y el actor principal en esta obra, fue Rabí Shimon bar Iojai,
    quien enfrentó la adversidad, se mantuvo oculto junto a su hijo por 13
    años y se coronó como uno de los santos maestros del pueblo judío,
    por su saber incomparable, por su amor inconfundible por sus hermanos
    y la tierra y por su irrefrenable pasión por la Torá.
    En Lag baOmer, Rabí Shimon ascendió a su morada celestial. Y para un
    sabio, residir junto al Creador, significa una fiesta. “Hilulá deRibí
    Shimón” la denomina la más pura tradición sefaradí.
    Poder sobrevivir a la muerte. Poder superar la adversidad y la
    persecución. Lograr que el mundo judío haya superado la barrera de la
    desaparición física y espiritual, son motivos suficientes para que el duelo
    de estos días se tiña de una sonrisa, y se dibuje la esperanza. Un alto en
    la cuenta para continuar a la espera de la Torá de Vida.
    OMER Y CREACIÓN
    Contar los días y las semanas es la tarea. Considerar cada tiempo,
    medirlo, apreciarlo, aguardar con impaciencia lo que habrá de llegar,
    superar con inteligencia lo pasado, parece ser la cuestión en este período
    del año.
    ¿Por qué, se pregunta, debemos hacerlo ahora y no en otro momento?
    ¿Acaso nuestro luaj no es un desafío permanente a la memoria y al
    porvenir por igual?
    Sin embargo, sólo estos 49 días serán contados, minuciosamente, noche
    a noche, en una cuenta personalizada. Nadie lo podrá contar por
    nosotros… Nadie. “U-Sefartem lajem”, “contaréis para vosotros”, para
    cada uno y uno.
    Curiosa dimensión de nuestra Halajá, la normativa de la ley, que en
    infinitos casos, nos coloca en posición de “hacer cumplir a los demás
    con su obligación respecto a alguna mitzvá” (“le-hotzí mi-iedei jová” lo
    decimos en hebreo). No aquí.
    La Cuenta del Omer, Sefirat haOmer, debe ser personal e intransferible.
    ¡Nadie puede llevar la cuenta de los días –de tu propio tiempo– más
    que tú mismo! Parece insinuarnos nuestra Halajá.
    Y tal vez, la más simple razón acuda en ayuda de la exigencia. Cuando
    se nace, allí comienzan los días propios. La cuenta individual. El racconto
    de hechos, vivencias y experiencias que son únicas e intransferibles.
    Sefirat haOmer narra en forma de cuenta progresiva, un nacimiento. La
    expectativa por aquello que está en formación. Que requiere tiempo e
    imaginación. Que necesita de ilusión y de promesas. Todo está
    contenido en un espacio que sólo nosotros podemos diseñar. Que sólo
    nosotros –al nacer libres– debemos “tener en cuenta”…
    Es por ello que la idea del Omer nace en la mismísima santidad de la
    fiesta de la libertad, Jag haPésaj. Allí las agujas de un invisible reloj
    comienzan a danzar, lentas, pausadas pero decididas hacia el encuentro
    con la próxima hora…
    Y las horas que van al encuentro con el nuevo día. Los días, caminan
    seguros, hacia el tiempo. Tiempo total que forma, tiempo total que
    instruye, tiempo total que abraza a ese hombre nacido en la noche,
    con el rayo de una luz que no tiene día, pero que brilla, cuando el
    hombre lo espera, lo anhela, lo desea…
    Es allí cuando D’s ordena. “Y contaréis para vosotros”. La Cuenta del
    Omer es tarea para libres. Para los que pueden diagramar su tiempo.
    Sólo entonces el individuo puede pasar a diagramar su yo. Su persona.
    Ser tiempo para ser persona sería la ecuación… “Ein lejá adam she-ein
    lo shaá”; “pues no tienen persona que no disponga de su hora”, afirmaba
    el Pirké Avot. Si eres hombre es porque tienes tiempo…
    }El Santo Bendito sea ha establecido ese tiempo. Bereshit es el comienzo.
    El inicio mismo de la maravilla de la existencia. Allí estableció el “vaiehí
    erev vai-ehí boker…” ¿se acuerda? Pues bien, desde entonces,
    somos promotores de la idea. Vivir cada día con la intensidad de una
    eternidad. Pues cada día refleja parte de aquel “y fue la noche y fue la
    mañana, día uno…” Día uno, y no primero. Comprender esa esencia
    nos ayudará a saber más de nosotros.
    Al comenzar la Cuenta del Omer, lo reproducimos. “Ha-Iom, Iom Ejad
    la’Omer…” Hemos creado junto al Creador. Allí lo peculiar. Allí la
    libertad del ser. Allí el desafío a continuar siendo. Desafío que está en
    continuar esa cuenta. Llevarla “a cabo”… es decir, a término.
    ¿Y de quién depende? De usted, de mí, de cada uno reunido en torno a
    una congregación de libres que caminan hacia un día, el día cincuenta,
    cuando dejamos de contar ya para celebrar el tiempo de Atzéret, tal
    como denomina la tradición rabínica a Shavuot. Al día cuando somos
    comunidad. Cuando la libertad se multiplica por cada uno de los que
    han contado y pasa a ser relato y precepto: Torá y mitzvot.
    Allí también, usted debe ser sólo usted… Cuenta como comunidad,
    pero recibe la Torá con sus propias fuerzas, su propia intensidad, sus
    emociones y conmociones.
    Sefirat haOmer es multiplicar el tiempo. Es revertir el pasado egipcio y
    convertir las arenas de un desierto en tierra firme. En tierra donde me
    afirmo en mi condición. Tierras que descubren montañas. Tierras que
    no tienen dueño alguno. Tierras donde somos gestores de cada paso y
    somos protegidos en cada escala.
    Tierra de Torá. Tierra de libertad incondicional. Desde allí, caminamos
    a la otra tierra. La que es promesa eterna. Llevamos hacia ella la libertad
    contada y la Torá aprendida. Comenzamos a vivir como “cada hombre
    que tiene su propia hora y que cada cosa en su vida tiene su lugar”.
    LE ARTZÍ IESH IOM HULEDET
    Así cantaba una bellísima canción que nos permitía asociarnos en la
    emoción de un festejo, aún a aquellos que distantes, participábamos de
    un singular cumpleaños.
    Y tal vez, allí radica la verdadera dimensión del relacionamiento con
    esta tierra, nuestra tierra… Sentirla cerca, estar siempre invitado como
    parte de una extensa familia, que abraza y abraza, más allá de las
    geografías caprichosas desde donde vive y sobrevive, a llegar, ocupar
    un lugar en su mesa y cantar, y desear, y sumarse en los infinitos y
    recónditos deseos de felicidad y bienestar.
    Si hay algo tal vez que podamos recuperar a lo largo de estas décadas
    –nuestra pequeña tierra cuenta aún en décadas su existencia– es esa
    figura que crece y crece… Israel como nuestra casa. Israel como la cita
    con un día, con un tiempo que más allá del cumpleaños, nos propone
    desafíos. El desafío primero de quedarnos para siempre en su mesa o al
    menos de llevarnos –impregnada en el alma– la melodía conocida pero
    jamás olvidada de una canción que nos identifica.
    Israel asoma una vez más en el calendario de la vida sumando un nuevo
    año. Cada año, así como en nosotros, presenta sus aspectos. No ha
    habido año, en donde Israel, como pueblo o como estado, no haya
    crecido… ¿Qué queremos decir? Simplemente que crecer es producir
    –casi inconscientemente– un proceso de desprendimiento y rupturas;
    crecer significa entender y comprender las propias reglas del cuerpo
    tanto como las dimensiones más ocultas del alma. Claro que en la
    realidad humana, D´s nos ha agraciado con una ventaja: no percibimos
    cuánto y cómo crecen nuestros huesos; cuánto y cómo el aparato
    muscular extiende y presiona articulaciones y ligamentos; todo parece
    seguir un cauce natural. “La sabia naturaleza” dicen algunos, que todo
    lo hace.
    Y así, esas explosiones silenciosas que transcurren por los tiempos del
    crecer, nos llevan a dimensionarnos tal cual somos hoy… en mayor o
    menor medida.
    ¿Cómo está su Israel hoy? ¿Cómo siente ese cuerpo y esa alma suya el
    correr de los años? ¿Lo invade la emoción de cumplir con la vida?
    ¿Cuánto, nos preguntamos, se eriza la piel al llegar estos días donde
    todo confluye, el recuerdo por los que fueron, la expectativa por los
    que habrán de llegar?
    Mucho hemos leído acerca de Israel y nuestra pertenencia a ella. Mucho
    más es lo que hemos soñado –sino vivido– con hacer realidad ser parte
    de su historia y de sus días. Pero cuando llegan estos días, algo se mueve.
    Algo nos conmueve…
    ¿Le pasa a usted lo mismo que a mí? ¿Siente que el llamado parece ser
    más insistente que otras veces? ¿O por el contrario, las distancias parecen
    haber crecido entre su pasado y su actualidad?
    Tanto, decía, hemos leído acerca de las bondades de esta bendita tierra,
    que ya es poco lo que se puede agregar. Y es verdad. Parecería que con
    decir “Israel” ya está todo dicho. Porque es nuestro nombre, nuestra
    identidad, nuestra tradición de fe y hasta nuestra porción de suelo.
    Pero hay algo más. Y tal vez, sólo con el correr de los años, uno lo
    percibe. Porque a medida que crecemos, somos más y más sensibles.
    Nos damos cuenta de quiénes somos, cuánto somos, cómo somos. Y
    de cómo vivimos. Y por sobre todo, de cómo queremos vivir. Y tal vez,
    eso que he leído me ha acercado una dimensión nueva en este nuevo
    año de vida. De Israel y mía…
    Decía Maran HaRab Kuk, Primer Gran Rabino de Medinat Israel: “Así
    me dieran joyas preciosas y todo el oro que hay, no iría a ningún otro
    lugar del mundo a respirar otro aire, pues todo el mundo, con todo su
    oro, no vale nada comparado a un solo respiro en Eretz Israel…”
    Un respiro. Inhalar la porción de aire necesaria, vital, como para decir
    que estoy vivo. Conciencia de estar vivo. Eso es respirar. E Israel significa
    esa conciencia en la existencia del pueblo judío.
    Así como el judío agradece cada mañana al despertar de su sueño –de
    su noche prolongada en los “valles de la muerte”– con tan solo el simple
    “Modé Aní…” (condición primaria de la existencia es ser agradecido),
    allí se despliegan las palabras más sentidas: “sheejezarta bi nishmatí”,
    ”que me has retornado mi neshamá” –esencia primera y última de cada
    ser vivo– la cual se manifiesta por la capacidad del respirar… Tomar del
    aire vital, de la presencia inacabable del Creador para marchar. Para
    comenzar el día. Para vivir los tiempos de la vida.
    Hace 59 años, la conciencia de despertar con vida “ha tomado cuerpo”
    en nuestra existencia individual y colectiva. Las sombras de la muerte,
    entremezcladas con los negros humos de chimeneas y los grises de la
    mediocridad humana, dejaron su lugar a la aurora… Un tiempo donde
    las luces aún no son del todo claras, pero anuncian la llegada de un
    nuevo día.
    Un 5 de Iyar (Erev Shabat) emergía de entre esas sombras de la asfixia,
    el oxígeno liberador inyectado por los hombres, mujeres, ancianos y
    niños que lejos de quitarse de encima la contaminación enfermiza de
    un mundo aletargado y adormecido en el silencio de la complicidad,
    sentían que respirar lejos del oro y las piedras preciosas, sólo aire puro
    de una tierra –aquella prometida por siglos y milenios– valía la pena…
    Hoy celebramos junto al pueblo judío la condición de estar vivos. Hoy
    miramos a otro Cielo, desde donde nuestro aire es más puro y desde
    donde el Creador percibe con claridad cada plegaria. Hoy, somos todos
    sabedores que ningún otro aire podrá sustituir a este respiro. Un respirar
    –a veces jadeante, otras exultante pero siempre vivo– de una nación
    que aprecia desde el inicio del día, esto del “aire que respira”.
    Hoy queridos amigos, he sumado una dimensión más a la realidad de
    mi vida, reflejada en el espejo inigualable de esta amada tierra. ¡No
    cambiarla por nada en el mundo! Hoy, cuando las opciones parecen
    ser las más variadas. Cuando ser “comunitario” en el lenguaje de la
    humanidad pasa a ser parte de otras geografías…
    HaRab Kuk Z”L con palabras simples, me lo ha dicho claro: puedo
    encontrar todo, lo mejor en toda otra geografía. Pero el aire que respiro,
    proviene de un solo cielo. Un cielo que como la tierra parece ser
    reducido. Pero que es infinitamente grande, como para darnos el aliento
    suficiente y la fuerza necesaria, la inspiración constante y la dignidad
    cotidiana de vivir como judíos.
    Medinat Israel cumple años con la vida. Nosotros podemos respirar
    tranquilos. Nuestro oxígeno está garantizado. “Le Artzí iesh iom
    huledet”, cantaba esa vieja y hermosa melodía… ¡Iom Huledet Sameaj,
    Artzí! ¡Un muy feliz día, mi tierra!
    TAN LEJOS DE TI
    Mencionar su nombre conlleva un encanto. Algo así como que la magia
    misma de los sonidos se conjugan para decir la más dulce melodía en
    una sola palabra.
    Acariciar las letras de su nombre, es recorrer lentamente su geografía.
    Callejuelas estrechas en su “iod” y otras rutinas de aceras que se abren
    cual arco bondadoso e inquieto que brinda bienvenidas en su “reish”…
    Instantes de eternidad que se detienen frente a uno y nos llevan en la
    línea a mirar la tierra y el cielo; su letra “vav” une lo imperceptible del
    caminante; reúne los extremos del pensamiento que busca y rebusca
    en sus adentros una explicación lógica cuando no emocional a tanta
    belleza y simpleza en el mismo lugar…
    Sólo los latidos de un corazón agitado, parecen hallar reposo y quietud
    cuando se apoyan en su “shin”, que susurra un silencio de paz y un
    canto silencioso de amor a cada órgano atento de un cuerpo afligido y
    doliente por siglos y milenios.
    Y entonces se yergue por sobre el renglón de los tiempos su “lamed”,
    invitando a hurgar en cada laberinto de sus contornos, en cada
    luminosidad de sus soles crepusculares y matinales, en los fulgores de
    cientos y miles de estrellas que le brindan su canto de amor cada noche,
    enamoradas todas del perfume que exhala el estudio cotidiano…
    Para volver a la conciencia de la pequeñez, frente a tanta grandeza…
    Una nueva y tímida “iod” se asoma hacia el final de su nombre como
    queriendo dibujar en su nombre el otro nombre: el de la mismísima
    Divinidad, que jamás la abandonó y que la ama con amor eterno.
    Su letra posterior es el todo que la cierra y que contiene… Es el marco
    de una “mem” que dibuja el contorno más simple y más extenso de su
    nombre, de sus aromas y sus olores sin igual. Es la letra que la multiplica
    y la hace resonar como un tambor en medio del silencio prolongado
    de la ausencia de sus hijos.
    Sí mi querido lector, usted conmigo habrá formado la palabra anhelada
    y con ella hemos abierto las puertas de los Cielos: “Ierushalaim” en sus
    consonantes inspiradoras que nos llevan a un vuelo rasante por la
    historia, por los tiempos, por los deseos y los recuerdos del pasado, del
    presente, del futuro…
    Hay un lugar que supera las geografías. Hay una geografía que no suele
    caber en un mapa. Y hay un nombre, demasiado grande para ser inscripto
    en la simple cartografía. Porque su nombre sabe a miel y a hiel. Porque
    ha sido el motivo del llanto de generaciones y del regocijo de miles
    más. Ierushalaim es hogar y es tierra. Es montañas y cielos. Es historia y
    testimonios.
    Ierushalaim es reyes y profetas que la amaron. Es pueblo que jamás la
    abandonó y perdió el habla a causa de ella. Ierushalaim es David rey
    llorándola y cantándole, es Salomón su hijo, adosando cada piedra de
    Su Santuario…
    Ierushalaim es visión y es poder. Es esperanza y seducción. Es el llamado
    al vivir por siempre, es el recinto donde lo eterno juega de local…
    Ierushalaim es y es y no deja de ser. Todo lo despierta y a todo los somete
    con su encanto sin igual a un dulce sopor de ensueños, donde caminar
    por ella es abrazarse con ella, con sus piedras, con sus paredes, con sus
    soles y sus lunas que son más bellos y más luminosos cuando alumbran
    y calientan su cielo.
    Mencionar su nombre es hablar otro idioma. Es poder hablar ante todo.
    “Yo soy la paz, y es cuando hablo…” al decir del rey que la amó.
    Porque Ierushalaim es la fuerza de la Palabra. Es la Palabra llevada a la
    fuerza –la potencia– de Abraham que la llamó; de su nieto que la soñó
    y de sus herederos que la avistaron desde lejos hasta hacerla propia y
    llevándosela consigo a cuanto destierro alcanzasen…
    Hoy regresamos a ella una vez más. Ierushalaim es un relato de partidas
    y llegadas. Partidas que navegaron en mares de lágrimas sin consuelo.
    Llegadas que surcaron arterias de sangre y dolor. Pero estamos. Con
    ella. Junto a ella. Y ella, como una buena madre que siempre espera,
    nos aguarda con sus mejores ropajes y su más bella sonrisa… Aquella
    que dibuja cada sol poniente en sus atardeceres, desplegando sus
    murallas protectoras y de encanto. Aquella que suspira como luna en
    menguante cuando todo parece oscurecerse despojándose
    paulatinamente de luz. Aquella que destila su fulgor en el tintineo de
    cada estrella que en su cielo parecen multiplicarse más y más.
    Ierushalaim es canto de enamorados… Del amor eterno con que D´s la
    amó. Del sentir profundo de un pueblo que la amó. De los hijos que
    aman a Su Padre y que tienen una cita cada día, cada tarde, cada noche
    frente a un muro que retribuye solitario cada gota de amor, a la espera
    de los suyos, que se suman en manos y fuerzas y sueños y corazones,
    para volver a levantar sus piedras haciéndolas Santuario…
    Cuando usted me pregunta qué es Ierushalaim, creo que me atrevería a
    decirle, honestamente: Ierushalaim es letra y es palabra; es el torrente
    de imaginación y ternura que aflora sólo con mencionar su nombre…
    Es la vida misma que no se explica y que se lleva tan dentro, pero tan
    dentro, que “si me olvidare de ti Ierushalaim, se olvide mi mano derecha;
    se pegue mi lengua a mi paladar si no te recordare… Si no te elevare mi
    Ierushalaim por sobre cada alegría…”

    Cuarenta peldaños y uno
    Asciendo en los peldaños de los días para hurgar entre recuerdos no vividos
    Los sonidos, las ausencias, los aromas y las melodías
    Escenarios de poetas y de reyes; de mendigos y magnates, soñadores y videntes,
    Historias mil veces contenidas, en retorcidas vasijas de barro revestidas
    Por el oro y por los bronces, la plata y la codicia…
    Ingreso por una calle que se abre en mil pedazos, y destila un fino olor
    De rosas y de jazmines; en cada paso retumba un eco, que tiene de cielos
    Y de tierra, semblanzas de pisos conocidos… ya caminados, ya recorridos…
    Recuerdos del futuro que se abren en cada sentir de cada huella
    Y regalan un fresco alivio a pies cansados, de tanto exilio, dolor y ajenjo…
    Me elevo por puertas y umbrales invisibles, que se abren con la magia del suspiro
    Y me invitan a contemplar desde lejos, figuras oro teñidas con el sol de media tarde
    Que pelea entre la sombras por seguir iluminando cuanta cúpula y mezquita…
    Me sumo a sus rayos cada mediodía para ser luz, sentido y suaves melodías,
    Susurros de cantos y de elegías; de almas que se elevan, alcanzando el fulgor de vida…
    Y por entre muros y murallas silenciosas, la historia se da cita en el recuerdo
    De reyes y profetas que la habitaron, de hombres y mujeres que la hicieron
    Las palabras parecen vestirse de fina seda, para hablar de ella, y evocarla,
    Las letras se pelean por ser primeras, en inscribir su trazo en melodías,
    Y cantarle, y adorarla, y entonarle y adornarla con mil cantos, de noches y de días…
    Jerusalén es paz y es guerra; es el fervor de la batalla junto al reparo del vencido,
    Ierushalaim es visión y sueño, es padre e hijo ascendiendo a su montaña;
    Es espera y esperanza, desilusión tardía; es morir y renacer, es ocaso y es día.
    Te camino y te respiro y vuelve el alma –alma mía– a su confort y su rezo…
    ¡Te necesito mía!, le reclama entre sus llantos… ¡Indivisiblemente, mía…!
    Jerusalén es poema, es relato y fantasía; basta subirse a cada una de sus estaciones
    Con el amor del poeta, el fervor del narrador y los sueños del que camina,
    Para encontrar entre sus piedras, un puñado de cuentos y sonidos
    Que nos traen milenios de voces contenidas; que regalan el polvo más sagrado
    Donde embeber las plantas de pies errantes, que la anhelaron cual oasis de vida…
    Hoy traigo mi canción, entre las manos de mi vida; los hijos de mis hijos
    Te recorren y te sueñan, te complacen y te admiran; somos más, y más y más
    Entre tus piedras jamás vencidas… Tus estrechos nos regalan plenitud de sintonías,
    Y de voces y de manos, de corazones y ojos, henchidos entre llantos de alegría…
    Hoy te vengo a abrazar, cuarenta años más joven, Jerusalén renacida…
    Un niño te mira y se asombra; y su padre, con mano temblorosa le acaricia;
    Las arrugas de un abuelo se despliegan en las tiernas miradas de generaciones;
    ¿Qué eres tierra amada sino madre? ¿Qué eres ciudad única sino novia?
    Un cortejo de amantes te persigue, junto a un coro de profetas apasionados
    Aguardando la llegada de Tu Rey, de los tiempos cuando el sol nunca se apague…
    Ierushalaim, Ierushalaim… Nombre de Paz. La Paz del Nombre. En tu día…

    Tiempo de Siván, SHAVUOT
    “Y ésta será para ti la señal: cuando saques a los hijos de Israel de
    Egipto, habréis de servirme sobre este monte…”
    Dejar Egipto presupone otra suerte de esclavitud. Abandonar la
    temporal para ingresar en la servidumbre del Eterno. “Ki avadai hem”
    afirma el Creador en otro contexto como para dejar intacto el sello de
    un pueblo que apreciará su libertad en el transcurso de los días y las
    semanas de su liberación.
    El hombre a liberar requiere de señales que aseguren el pasaje a una
    estación segura y estable. El monte Sinaí será la estación en el tiempo
    de los liberados que haga las veces de reaseguro de la libertad iniciada
    semanas atrás.
    Pero las geografías se tornan insuficientes cuando nos presentan sólo
    accidentes geográficos. Es necesaria entonces una señal…
    HaShem le ofrece a Moshé esa señal mucho antes de iniciarse el camino
    –tenso y agobiante– del Éxodo, del caminar con pie firme y brazo alzado
    hacia esa señal…
    “Ot” –señal– se escribe en el hebreo con dos letras que incluyen el
    todo: alef y tav, primera y última del alef bet –el alfabeto hebreo– quien
    deja un claro mensaje: la señal que provee el Todopoderoso lo abarca
    todo, lo contiene todo, lo dice todo… “Vezé lejá haOt” le dijo HaShem
    a Moshé en la montaña. El hombre aún necesita de lo visible ante el
    Invisible. No puede ver por ahora más allá de sus propias limitaciones.
    Luego alcanzará –con el tiempo– lo que ningún otro hombre sobre la
    faz de la tierra: “que conoció al Creador cara a cara…” al decir de
    nuestro texto bíblico.
    Sinaí como señal. Sinaí como espacio para el encuentro. Encuentro
    que conduce al reencuentro de los hijos con sus padres. Abraham, Itzjak
    y Iaacov contemplan la promesa de D´s para con ellos. Los benei Israel
    se unen a su Padre Celestial.
    Hace siete semanas atrás, nuestra canción en la mesa del séder familiar
    era: “Hilu kerbanu lifné Har Sinai ve-lo natán lanu et haTorá, ¡Daienu!”
    “Si tan sólo nos hubiera acercado al monte Sinaí sin entregarnos la Torá,
    ¡nos hubiera sido suficiente!”, cosa que nos llama poderosamente la
    atención. ¿Acaso todo el milagro de la redención no conducía a la
    entrega de la Torá?
    Con idéntico asombro percibe las cosas Rab Abigdor Nebentzal shlita,
    Rab de Ierushaláim bei haJomot, quien afirma que: ”…el solo hecho de
    pararnos a los pies del Sinaí, sin recibir la Torá, parecería ser suficiente.
    El hecho de ser testigos presenciales del evento, posee cierto aspecto
    de regalo maravilloso, que el pueblo judío por sus generaciones habría
    de obtener. Un beneficio espiritual grandioso, sin siquiera recibir la Torá
    en Sinaí…”
    Sin embargo afirma el sabio Rab que “el pueblo de Israel ciertamente
    alcanzó en ese momento un status singular que nunca antes abrazó…
    Se revistió de un espíritu de pureza tal frente a la revelación de D´s, que
    “paská zohamatam” –toda la impureza que le cupo al mundo todo
    cuando Adam y Javá transgredieron la voluntad del Creador– pudo en
    ese momento disiparse…”
    Israel es parte de ese mundo y lo que el ser humano por doquier hace,
    es también parte de su vivencia y experiencia. Llegar a Sinaí es una
    señal por cierto. Para Moisés y los hijos de Israel. Aunque también para
    el mundo todo.
    Hasta aquí ingresamos en la normalidad de los hechos. Lo común de
    los días. El Har Sinai nos lleva a lo extraordinario. A lo metafísico. Al
    lugar donde las señales se tornan visibles y donde los hombres se vuelven
    humanos…
    Sinaí es señal para las generaciones. Un antes y un después. Sinaí es
    vínculo entre el pueblo y su D´s. Es la Palabra que desciende de los
    altos Cielos y es la respuesta que asciende de la profundidad de los
    hombres.
    Allí todo fue diferente. Allí todo fue unidad en la diversidad. Como el
    monte mismo. Con sus laderas escarpadas, su cima casi invisible, con
    sus matices verdes, marrones, rojizos y fuego.
    “HaShem bam, Sinai baKodesh” canta David en sus Tehilim. “D´s estaba
    entre ellos, el Sinaí en la Santidad.” Allí la señal. Allí la vivencia singular.
    Irrepetible. Maravillosa. Única.
    “Si tan solo nos hubiera acercado al Har Sinai y no nos hubiera
    entregado la Torá, ¡nos hubiera bastado!”
    ZEMAN MATÁN TORATENU
    Zeman Matán Toratenu. Tiempo para la entrega de nuestra Torá. Así,
    en la plegaria de la fiesta, Shavuot recibe una nueva denominación.
    Las semanas contabilizadas se funden en un tiempo y en un sentido.
    Lograr que los cielos desciendan y besen a la tierra dejando en ella el
    sello de un Amor inconfundible.
    “Ishakeni mineshikot pihu” cantaba la amada en su Cantar de Cantares.
    “Béseme Mi Amado con besos de Su boca”. La Torá –ese beso eterno
    del Eterno– conjuga el tiempo de una entrega. Y allí se desenvuelve
    todo ese ir y venir por las letras del mandamiento y la ley del vínculo
    entre D´s y Su pueblo.
    Shavuot supera al tiempo por cierto. Porque cuando nos ponemos en
    contacto con la eternidad, las horas, los días y los años pasan a ser
    recursos humanos fundidos en lo Divino. Es allí donde no hallamos la
    fecha cierta. Es allí cuando debemos buscarla. Hurgar por entre los días
    y las horas de un calendario que se propone desde el principio mismo
    coronar un día para coronar a un mundo. Un mundo de hombres que
    esperan recibir. Porque todos ellos saben que hay Alguien que anhela
    dar.
    El “tiempo de entrega de nuestra Torá” tal como lo define la plegaria,
    nos habla de un Dador Universal y de un receptor particular…
    No ha sido fácil ni simple para la humanidad alcanzar el tiempo de
    Shavuot como “Shevuot”, tiempo de compromisos y juramentos.
    No es juego de palabras, no. Es el total de los sentidos desplegados en
    un día que no figura en el calendario pero que está sellado en las mentes
    y los corazones –así como en las sensaciones y emociones– de todo
    aquel sensible a la idea.
    En este tiempo hubo un juramento. Así lo vieron entre las letras que
    emergen de Shavuot nuestros sabios. Semanas que son juramentos…
    Idea noble, declaraciones que no pasarán desapercibidas.
    ¿Hasta cuándo el tiempo me compromete? ¿Cuánto estoy dispuesto a
    proponerme –en el hacer y en el estudiar– cuando me hacen entrega
    de lo sublime? ¿Existen palabras que anuncien un juramento? ¿Cuál
    será el mío, el suyo, el nuestro?
    A los pies del monte Sinaí se dejó escuchar una vocación. Una
    declaración de amor si se quiere. Un compromiso y tal vez, ese
    juramento. “Naasé veNishmá.” “Haremos y escucharemos.” Acción
    inteligible. Oídos que hacen. Sentidos todos puestos en marcha para
    empezar a andar un camino que se abre paso entre las estrecheces
    geográficas y humanas del desierto.
    Un desierto que con sus arenas profusas, deja sin visión al vidente.
    Desierto que con su aridez y sequedad, reseca las voces y el alma del
    liberado. Desierto que en su soledad sin igual, desampara y extingue la
    luz del calor entre dos hombres…
    Allí está el tiempo para la entrega de la Torá. En las condiciones más
    difíciles y en los receptores menos esclarecidos. Allí se deja oír el
    juramento. A viva voz y en el mayor de los silencios. Pues Él “que sabe
    los pensamientos humanos”, conocía ya la respuesta. Sólo faltaba el
    hombre que supiera que estaba en condiciones de responder; de
    responderse… Y al tomar ese juramento –shevuá– halla su respuesta.
    Porque respuesta no es otra cosa que responsabilidad. Capacidad de
    recibir y obrar en consecuencia. Sin dilaciones, sin esperas, sin excusas.
    Allí es cuando llega el beso del Amado. Para sellar el pacto de amor
    contenido en el juramento. En el pacto que se renueva en cada entrega.
    Y por ello, el tiempo es siempre de entrega de nuestra Torá. Matán
    Toratenu.
    Porque en cada generación se la está dando y en cada generación la
    estamos recibiendo. Renovando el pacto con el tiempo, que es la vida.
    Renovando el juramento en ese tiempo, que es el compromiso.
    Renovándonos nosotros, en nuestros hijos y nietos, que son nuestra
    historia viviente y testimonio de eternidad.
    Porque padres e hijos son Torá. Son transmisión. Son ese juramento y
    ese tiempo que requiere nuestra fiesta. Esta es la fiesta del tiempo que se
    eleva a compromiso. Tiempo comprometido. Vidas plenas. Sensación
    de un beso prolongado que nos llama a cada uno a despertar de un
    sueño de una noche, de una mañana, de una vida.
    ¿POR QUÉ EL TIKÚN LEIL SHAVUOT?
    La noche que anuncia el arribo del primer día festivo de Jag haShavuot
    solemos permanecer despiertos estudiando. Esta hermosa tradición
    diseñada por nuestros sabios se denomina “Tikún Leil Shavuot”. He
    aquí una aproximación a su sentido y nuestra recomendación a
    compartirla.
    Porque felizmente siempre estamos a tiempo de corregir y porque sólo
    a través del educarnos llegará la instancia correctiva individual y del
    mundo. El tiempo de la llegada de la Torá viene acompañado de nuestro
    intento, esforzado y voluntario, de aguardarla prontos a hacer de su
    mensaje y su contenido una realidad tangible en nuestro medio.
    Tikún significa corregir. Y en educación, en aprendizaje y lecciones, el
    verbo de elección es el corregir. Porque auspicia el mejorar. Porque
    anuncia que nada está terminado sino por terminar… Nos asegura que
    jamás perderemos la posibilidad de encontrar y encontrarnos en alguna
    parte del camino a corregir.
    La función correctiva es privativa del ser humano. Lo eleva, lo dignifica,
    le demuestra cuanto es. En la medida que tiene esperanzas por cambiar,
    por modificar cuanta realidad le parezca “incorregible”…
    En la hora de Shavuot –Matán Torá– se impone ese tiempo correctivo.
    Porque para recibirla debemos ser recipientes, más allá de receptivos.
    Y ser recipientes, “kelim” en hebreo, es poder llenarnos de contenido.
    “Umaleá haaretz deá et HaShem, kamaim laiam mejasim”, decía el
    profeta Ieshaiahu cuando se refería al tiempo por venir. “La tierra se
    colmará del conocimiento de D´s, así como las aguas cubren la mar.”
    Nada más significativo.
    Nuestro porvenir está en poder acercar ese tiempo. Tikún es la posibilidad.
    Para unir, superar lo que se debe y establecer un contacto definitivo
    con el Creador. Nosotros como kelim lo podemos. Sólo nosotros, los
    seres humanos. Porque la palabra keli, recipiente, utensilio, proviene
    de kol, es decir, el todo. Lo que puede contener al todo. Allí nosotros
    frente al Creador. Como en Shavuot. Donde estamos frente a Él y Él
    frente a nosotros. Nadie más. Y allí la posibilidad del Tikún. Al decir de
    nuestro Aleinu Leshabeaj: “LeTaken Olam BeMaljut Shadai.” Corregir
    este mundo bajo el reinado de D´s. Hoy cuando llega Shavuot, arribamos
    en la Cuenta del Omer a un tiempo final. En nuestra cuenta última,
    arribamos a “Maljut shebaMaljut”, el reinado del reinado. De allí nuestra
    posibilidad del Tikún.
    DVASH VE-JALAB TAJAT LESHONEJ
    Hay una tierra prometida, una tierra ”que mana leche y miel”. La
    imaginación supera la promesa. La certeza que brinda la gueulá de
    Egipto, la corona.
    Un pueblo acude ansioso a los pies de una montaña. El árido desierto
    parece transformarse en un vergel. La naturaleza toda se predispone al
    momento único e irrepetible cuando la Voz de HaShem se “manifestará
    en el Cóaj“(“Kol HaShem ba-Cóaj”). En la fuerza. En la potencia. Porque
    hay un Solo Creador y una Única Voz. Pero decenas de miles, cientos
    de miles de oídos y de corazones. Y cada cual percibirá según Su
    fuerza… Nada más elocuente. Nada más grande en la definición.
    Y allí, de repente, la montaña se abre ante los ojos de una nación. Un
    antes y un después en la historia del mundo mismo marcará ese
    momento. Padres e hijos agrupados en torno a la Palabra. Y esa voz
    que descenderá como nutriente vital del alma de una nación que se
    tornará más y más libre cuando se amamante de la “leche y la miel”,
    cada letra y letra, cada coronita y coronita de la sagrada Torá a recibir.
    “Pues no tienes persona verdaderamente libre sino aquella que se ocupa
    del estudio de la Torá…” aseveraban los sabios. El estudio presupone
    libertad. Torá hace del hombre que la estudia un donante de libertad.
    “Benei jorín” cantamos en las noches de la fiesta donde la libertad se
    engalana. Pues somos hijos y somos padres que transferimos libertad al
    que viene. Al “por venir…”
    “Ein haolam mitkaiem ela me-hebel pihem shel tinokot shel beit rabán”.
    ¡El mundo todo se sostiene del aliento de las bocas de los “lactantes” de
    las casas de estudios! He aquí la imagen más lograda que el judaísmo
    expresa respecto al estudio y a los que dedican su tiempo –su libertad–
    para hacerlo… “Tinokot” los lactantes… Nuestra sagrada Torá es ella
    misma la leche y la miel, ese sabor que sabe a mamá y a bondad a la
    vez. Es el nutriente primero, único; es el contacto esencial… Es el valor
    del crecer en los primeros tiempos de la vida. Es la condición para ser, a
    lo largo de los fecundos años de nuestro trascender.
    El monte Sinaí no sólo es una montaña de piedras rocosas, arenas y
    desierto. David Hamélej lo percibió desde su sabor interior. “Har
    Gabnunim” lo llamó en sus Tehilim. Un monte donde la leche –y sus
    derivados– han pasado a ocupar el espacio alimenticio del cuerpo y
    del alma de una nación. “Gabnunim” explicaban los intérpretes,
    proviene de “guebiná”, queso… Una montaña de queso. Imagen poco
    frecuente para el lector circunstancial que sólo encontrará tamaña
    descripción en un libro de cuentos infantiles. Pero allí estábamos
    nosotros. Padres e hijos. Y el alimento espiritual del más rico sabor.
    Desde allí, incorporaremos las “energías esenciales” para caminar destino
    a “una tierra que mana leche y miel…” Porque Eretz Israel es tierra de Torá.
    Llevamos con nosotros, el contenido esencial. La leche y la miel debajo
    de nuestras lenguas. El remedio más apetecible para enfrentar cualquier
    mal. Y más dulce. Y de más rápida absorción: ¡sublingual! …Nada
    quedará librado al azar en los tiempos del ser libres.
    HaKadosh Baruj Hu ha diseñado este –Su mundo– con sabiduría.
    “Culam bejojmá asita…”, cantaba el rey David. Para que la noche de la
    esclavitud quedase atrás, fue necesario atravesar un profundo mar. Un
    mar que se dividió para forjar nuestra unidad. Pero para que Egipto
    fuese pasado verdadero, era necesario algo más. Ese mar lo cruzamos
    “ligzarim” entre sus partes, doce en total, pues ello indicaba también
    cómo éramos y cómo estábamos a la hora de la salida… “Arbaá kitot
    naasú al ha-Iam” denuncia el Midrash. “Cuatro grupos (discusiones
    encontradas) se hicieron en el mar.”
    La llegada al Har Sinai nos vio como compacto. “Va-iján sham…”
    –acampó allí– ”como un solo hombre, con un solo corazón”, nos
    regala el Midrash.
    Olvidar a Egipto pasaba por sentir la unidad. Pero por sobre todo, olvidar
    la amargura de centurias. “Va-iemarerú et jaiehem…” Si bien el “maror”
    formará parte integral de nuestro séder familiar, la amargura deberá ser
    olvidada. Es por ello que frente a la montaña de Sinaí, recibimos “la
    leche y la miel”. Porque la verdadera sensación de libertad pasa por la
    plenitud de los sentidos. El gusto es uno de los privilegiados a la hora de
    ser Torá y pueblo. Un sabor dulce que nos lleva hacia una tierra dulce.
    “Veha-‘arev na… et dibré Torateja, befinu…” reza la hermosa plegaria
    matutina. “Torna dulces las palabras de Tu Torá en nuestras bocas, y en
    la boca de nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos…” Queremos
    vivenciar el Sinaí cada día. Necesitamos sentirnos tinokot (lactantes)
    que perciben, tocan y abrevan de la bondad a cada instante. Anhelamos
    que esa Torá, la que heredaremos a los hijos y a los nietos, sea dulce…
    Como “la leche y la miel que están debajo de tu lengua.”
    SHAVUOT, FIESTA DE LAS CAPACIDADES
    A todos los que somos capaces…
    Capaces de soñar, capaces de crecer
    Capaces de aceptar, capaces de entender
    “Kol HaShem ba-Cóaj…” así cantaba David el rey una de las tantas
    alabanzas hecha salmo en cada amanecer y atardecer.
    La Voz del Creador está en la fuerza, la potencia, la capacidad. Y eso
    nos abre una puerta muy particular en la esfera de los seres humanos.
    D´s habla. Su Voz se torna perceptible sólo a partir de una condición: la
    de cada ser humano, presente, latente, oyente o viviente.
    Ser testigo presencial nos concede un privilegio. Permanecer en la
    latencia, nos compromete a ser. Asistir para oír agudiza nuestra
    sensorialidad. Vivenciar la experiencia, suma cada partecita para
    construir el estrecho diagrama humano que intenta en cada paso
    acercarse a la verdad. A Su verdad.
    A los pies de un monte, toda la historia parece plegarse ante nuestros
    ojos y oídos. Tanto como para ser atesorada en una retina que no puede
    sino contemplar estupefacta toda la belleza de la Creación allí reunida.
    Y cuando los ojos contemplan entonces los oídos potencian… Elevan
    los sonidos, amplifican las emociones, hacen audible el menor susurro
    de una Voz, que de lo imperceptible y silente, “Kol Gadol ve-lo iasaf”,
    “…habló desde los Cielos para no tener final jamás”, al decir del texto.
    Sinaí es espacio común y extraordinario. Nos convoca cada día
    cincuenta a partir de la libertad, a contar otra libertad: la del hombre, la
    mujer, el niño, el anciano, todos, en un lugar que reúne. Que vuelve a
    unir los sentidos. Que trae recuerdos de eternidad y futuros promisorios.
    Allí estamos todos bajo un manto común. Un talit blanco, extenso,
    aterciopelado, cae sobre cada cabeza y oculta los rostros de los
    presentes. Ya no sabremos quién es quién sino a partir del latido de un
    corazón, de una lágrima que surque cada mejilla; de una mano que se
    abre para abrazar otra mano, de cuerpos inmóviles que tiritan pero no
    de frío…
    Allí lo extraordinario. Lo que supera la imaginación y nos hace a cada
    instante más humanos. Sí, más humanos receptando al Cielo. Allí el
    desafío. Permanecer humanos frente al Cielo. Y asumirlo, frente a D´s.
    Allí lo extraordinario que habita en cada uno y uno de los presentes y
    los latentes, como nosotros. De los potentes y los que no, como nosotros.
    De los oyentes y los vivientes, como hoy y siempre. Sinaí es nuestra
    biografía desplegada en un desierto que, como su nombre lo define,
    carece de todo y sin embargo puede ser todo.
    Shavuot con sus semanas nos invita a un encuentro. A los pies de aquel
    monte que en cada generación espera pacientemente a sus hijos.
    Nosotros y el Sinaí parecemos haber nacido el uno para el otro. Creemos
    haberlo merecido como pocos…
    Shavuot arriba a nuestras vidas para traernos el fresco olor a verde de
    un monte que en la aridez del desierto puede vestirse de color cuando
    la vida tiene un sentido. Cuando los días son dueños de un propósito.
    El monte y la persona comparten un común destino. Y durante Shavuot,
    una meta extraordinaria…
    El hombre es monte y desierto a la vez. Porque a la rutina que se somete,
    necesita despertarla como la figura escarpada de un monte en el llano
    de la geografía. Allí la sorpresa, allí la grandeza aún de lo pequeño.
    Sinaí significa ese desafío. Poder elevar los ojos y elevarnos en lo auditivo
    para emerger de un mundo a veces silencioso y las más indiferente. De
    nuestros mundos, que construimos cada día imaginando fortalezas y
    vidas palaciegas que nos alejan no sólo de “ser monte”. Nos postergan
    en la ecuación más simple y compleja a la vez: dejar lugar, avistar al
    otro, atender la cercanía, comprobar las diferencias.
    ¿A quién entregó HaShem la Torá en Shavuot? “Kol HaShem ba-Cóaj”
    cantaba el rey David. Y sabía bien lo que decía. Nuestra sagrada meta
    en aquel encuentro, y en cada encuentro que reproduce el primero, es
    poder estar y contemplar por entre los bordes de aquel talit que como
    Cielo descendió para cubrir de santidad a cada uno y uno de Israel…
    Creo humildemente que nadie quedó fuera de ese talit… Nadie. La
    Voz de D´s “depende de la fuerza de cada oído” sugiere una y otra vez
    el Midrash.
    Y es por ello que el rey hablaba de la fuerza, es decir la potencia, es
    decir la capacidad. Porque cada uno de los de allí entonces como cada
    uno de los de aquí hoy, estuvieron y estamos en condiciones de percibir
    Su Voz y comprender –cada cual de acuerdo a sus fuerzas– cada rocío
    hecho palabra y cada letra grabada a fuego en su conciente.
    David el rey quería decirnos que hay un lugar para todos cuando de
    Torá se trata. No importan los rostros que no se pueden dibujar en su
    totalidad; tampoco importan los aspectos físicos que vibran por debajo
    de aquel manto especial; y mucho menos el aparato intelectual que
    tanto nos separa hasta hoy día y que nos transforma en seres mutantes
    de ideología y moralidad.
    Shavuot es la fiesta de las capacidades. Todas. Los que han tenido la
    bendición de la pluripontecialidad a la vista y los que no. Porque HaShem
    habló a todos. Habló con todos. Y cada cual pudo apreciar el aspecto más
    resonante en su interior. ¡Y vaya si es suficiente! Al menos para D´s, mi
    querido lector. Al menos para Él que nos conoce tanto que habla desde la
    fuerza –ba-Cóaj– al decir del Midrash: “…becojó shel col ejad ve-ejad”, es
    decir, “de acuerdo a la potencia (capacidad) de cada uno y uno de Israel”.
    Matán Torá es un acto único por parte del Creador. Y eso quiere decir
    mucho a nuestro humilde entender. Porque HaShem ha hablado una
    vez y para siempre, y desde nuestro monte y desierto circuntancial
    debemos hacer de Su voluntad, la nuestra.
    No hay otra concepción de mundo en la cuestión judía que esa. “Haz
    Su voluntad como si fuera la tuya, para que Él haga tu voluntad como si
    fuera la Propia” como sugería la genial propuesta del Pirké Avot.
    Un mundo, parece insinuarnos la genial Mishná, hecho de voluntades
    que suben y bajan haciendo del intercambio la riqueza, y de las
    diferencias, un tesoro peculiar… Coincidir en las voluntades es el arte
    de la convivencia y la comprensión mutua finalmente.
    Hoy frente a Shavuot, la realidad nos muestra otra montaña y casi los
    mismos interlocutores miles de años después. Permanecemos en el
    desierto de las naciones por un lado. No siempre resulta fácil hallar el
    camino que conduce a la montaña. Pero año tras año, allí tenemos una
    cita. Cada generación, cada casa de Israel. Y nadie puede faltar… ¡Nadie
    debe faltar!
    Llega nuestra sagrada Torá desde los altos cielos y desciende para habitar
    entre nosotros. Nada ni nadie puede quedar afuera. La naturaleza se
    conmociona. La respiración se detiene por un instante. “Eretz raashá, af
    Shamaim natafu”, “la tierra toda se conmovió y los cielos derramaron
    su rocío.“ Todo parece conmoverse.
    Es entonces cuando D´s habla a cada uno. Y cada uno de esa unidad
    indestructible –el pueblo judío– puede “divisar las voces” al decir del
    texto.
    “Ve-jol ha-am roim et ha-kolot” “y todo el pueblo veía las Voces.” Plural
    para Voces cuando la Única Voz era la del Creador, Dador de la Torá…
    Allí los receptores. Captando, percibiendo, asimilando, incorporando
    cada cual de acuerdo a su potencia. A sus propias fuerzas. Sin necesidad
    alguna de intérpretes o traductores… Pues cuando D´s habla, habla
    para todos.
    Transcurren los noventa años de nuestra Kehilá. Casi el centenario la
    sorprende en su mayor cosecha y creatividad. Recorriendo la silueta de
    un desierto y dibujando en él e inscribiendo entre sus huellas, los miles
    de rostros y manos, corazones y cuerpos que la formaron, la erigieron,
    la conformaron, la construyeron…
    Una pequeña porción de este nonagésimo aniversario la ocupa una
    instancia recién nacida. De cortos y frágiles años de vida. Pero que se
    sostiene y alimenta su esperanza entre las duras raíces y erguido tronco
    y esbeltas ramas y flores de esta Kehilá, árbol de vida y proyecto de
    creatividad para quien lo necesite.
    Hablo de “Or” y hablo de “Avodatí”.
    Hablo de nuestros hermanos discapacitados. O de capacidades
    diferentes. Pero hermanos al fin. Hablo de los hermanos del silencio,
    aunque tienen boca y hablan… Hablo de los que reunidos bajo aquel
    talit imaginario en aquella instancia del monte Sinaí, pudieron captar,
    “de acuerdo a sus propias fuerzas y potencias”, la palabra del D´s
    viviente. Todos estuvimos allí. Ellos también.
    Así el tiempo de Shavuot. Semanas únicas, tenidas en cuenta muy
    especialmente, que preparan al individuo frente a la comunidad.
    La Torá llega en tiempo aunque sea atemporal. Pues ella es el proyecto
    y el diseño de la Creación. Es el programa sobre el cual el Creador
    organiza este mundo, nuestro mundo.
    Y todos formamos parte de ella. Aunque seamos diferentes… ¡Porque
    somos diferentes! Y porque en la diversidad se puede crecer, se debe
    comprender, se tiende a discernir y se termina por aceptar… Porque ser
    parte de la diversidad, estimado lector, es considerar la adversidad. La
    que vive mi prójimo junto a su amado. La que experimenta el
    discapacitado de todas las épocas cuando siente que carece de
    oportunidades… o al menos de una. Tan sólo una posibilidad: un mundo
    de posibilidades para él.
    Shavuot, tiempo de la entrega de nuestra Torá, es la fiesta de las
    capacidades todas.
    Porque cuando somos capaces de recibir la Torá, somos capaces
    también de aceptar al otro, diferente a mí pero unido a mí a través de
    ella. “Torá ajat leAm meshulash”, una Torá única para un pueblo
    tripartito. Todas las edades, todos los colores, todas las capacidades…
    Tiempo de Tamus, ENTRE LAS ESTRECHECES
    A veces los tiempos tienen nombre propio. Y así como nacimos,
    así vivimos la intensidad de los tiempos. Israel nace a la libertad
    cuando puede consagrar el nacimiento del tiempo (Rosh Jodesh). El
    comienzo del mes como unidad a ser considerada el núcleo vital del
    existir individual y colectivo. Tal fue la primera mitzvá que recorrió por
    los ojos y las mentes de los esclavos por liberar aún…
    Hoy, el calendario nos invita a echar una mirada más al tiempo. Aunque
    no nos cuente acerca de la libertad, sino por el contrario, de su
    antagonista: la tristeza del exilio, la pesadumbre de la destrucción…
    El día diecisiete de este mes, se inició este período signado por el dolor
    y el lamento. Shivá Asar beTamuz limita entre la libertad y el destierro.
    17 de Tamuz marca con su implacable ayuno, el girar de un tiempo
    con nombre propio, como decíamos.
    “Ben haMetzarim” es el tiempo. “Entre las estrecheces” cuando midamos
    el espacio. ”Entre las angustias”, cuando ponderemos el estado de ánimo y
    nuestra sensibilidad. Pero a no dudarlo querido lector, estimada lectora,
    que no es un tiempo fácil. Todo se mueve en estos días. Todo se conmueve.
    Los cimientos de una nación. Los físicos pero por sobre todo los espirituales.
    En un extremo se rompen y quiebran las Tablas de la Ley.
    En el otro, tres semanas después, cada piedra, sostén y vida de un
    santuario, era derribada, para sumar soledad al quebranto…
    Estas tres semanas son para observar. Para saber mirar. Para poder
    detener nuestras miradas en un pasado no tan pasado y en un presente,
    que se hace más y más presente. “BeIom raá, reé…” decía sabiamente
    Shlomó el rey. “En un día malo, observa…”
    El tiempo que comienza entre el día signado por el ayuno alcanza su
    más penosa expresión tres semanas después, cuando el sello del 9 de
    Ab marca a fuego la historia de los tiempos judíos.
    Cuando nos apenamos por un pasado tan lejano, nos estamos también
    apenando, por cada tramo de un presente que no ha logrado resolver
    aquello pasado.
    No hay nostalgia en nuestro calendario. Hay advertencia. Y capacidad
    de corrección. De corregir. Siempre se está a tiempo, aún cuando nos
    hemos enlodado junto a los olores de la destrucción y el exilio.
    Entonces, cuando ese ejercicio cabe, nace el bálsamo para la libertad
    perdida. El consuelo que repara. Que vuelve a unir. Y que integra. El
    consuelo que nos devuelve el tiempo. Que nos devuelve a tiempo el
    correr de los días. A la vida que crea… A creer en la vida. En el D´s de la
    vida. “Mélej jafetz bajaim”, el D´s que ama la vida.
    Usted verá, querido lector, que cuando se desvanece Tishá BeAb nacen
    las siete semanas del consuelo, que superan a las tres semanas de
    destrucción y del duelo.
    Siete tiempos, con nombre propio que nos depositarán en el nacimiento
    mismo del tiempo. En las puertas de un nuevo año. De la vida. Del D´s
    que ama la vida. La nuestra, la del universo todo que vuelve a ser creado.
    Y nosotros junto a Él…
    LAS TABLAS ROTAS
    “Nishtabrú haLujot…” evoca nuestra Mishná al mencionar el 17 de
    Tamuz. Un episodio sensible que toca nuestras fibras íntimas, cuando
    el sonido fragmentado de la piedra retumba entre los oídos
    generacionales. No podemos concebir aquellas Tablas hechas añicos.
    La imaginación se detiene en aquel instante cuando los ojos ven
    descender la figura impactante de Moshé desde las cumbres,
    transportando la palabra del Creador sobre sus frágiles palmas humanas.
    “Otiot porjot”, las letras se elevan, se desprenden de la piedra y vuelan
    hacia Su fuente celestial, y entonces, la pesadez de la roca deja de sentirse.
    Imposible sostener la roca vacía. Se torna implacable con la fuerza humana
    y la somete. La vence una y otra vez. Ni siquiera el hombre más humilde
    de toda la tierra puede ser el apoyo de la Tabla sólo de piedra.
    Cada 17 de Tamuz lloramos por esas letras de fuego que sobrevolaron
    los cielos de un pueblo y lo abandonaron en un vuelo raudo hacia el
    Infinito. Aquí, en la tierra, miles de partecitas de esa piedra hecha Tabla,
    quedaban como testimonio de lo que hubiera sido una entrega… Una
    recepción. Una mancomunión. Una unidad indestructible.
    A partir de un día, hemos quedado fragmentados. Y llevaremos con
    nosotros cada fragmento. “Shibrei Lujot…” Las Tablas partidas. Porque
    volver a ser unidad requiere del saber sobrellevar lo quebrado. El
    quebranto. La crisis. La ruptura.
    ¿Debía Moshé romper las Tablas? Eso fue inevitable. No dependía de
    sus fuerzas. Los sostenedores de la piedra eran sus hermanos, su pueblo.
    Ellos habían decidido por un instante trocar la piedra por el oro. Habían
    decidido, en su desesperación, erigir sus propias tablas con forma de
    becerro. Porque la piedra se esculpe con el fuego y la Palabra toma
    forma en ella; pero cuando el fuego se une al oro, se funde en una
    imagen que sólo sabe de idolatrías.
    Y allí están los que comprendieron la realidad. Juntando cada piedrecita
    de aquellas Tablas. Porque son el corazón de una nación rota por el
    desenfreno, no por la desesperanza… De una nación quebrada por la
    ansiedad, no por la fe que enseña a saber esperar.
    Enseñaba Rab Soloveitchik ZTZ”L que sólo “a partir de que aprendimos
    a juntar cada piedra y cada trozo de las Tablas hechas añicos, fuimos
    merecedores de recibir las segundas Tablas enteras”. Y cuánta razón le
    asiste al sabio. Saber reunir mis fragmentos, uno a uno, me hace
    recuperar mi integridad. Poder volver a unirlos, me devuelve la dignidad
    que enhebra la esperanza. El poder esperar por lo nuevo. Por lo próximo.
    Por aquello que quedará definitivamente anidando en mí y entre los
    míos.
    Cada 17 de Tamuz regresa la sombra que proyectan las pesadas piedras
    vacías sobre el corazón de una nación desesperada. Y cada 17 de
    Tamuz, vamos a recoger –no sin dolor– las miles y miles de partecitas
    que nos corresponden, para saber, para ser conscientes de nuestro
    destino como pueblo: recorrer los días de la historia, llevando con
    nosotros, en la santidad de un pequeño Arón haKodesh, “Lujot y Shibrei
    Lujot”, las Tablas enteras y los miles de pedacitos de Tablas.
    Tiempo de Av,LA FUERZA DEL RECUERDO
    Le preguntaron a Rabí Pinjas de Koretz: ¿Por qué debe nacer el
    Mashíaj en el mismísimo día de la destrucción del Bet haMikdash?
    La semilla –dijo– se siembra en la tierra, y sabemos que se hará pedazos
    al principio, a fin de que crezca una nueva espiga. La fuerza no puede
    renacer si previamente no ingresa en un gran ocultamiento. Desvestirse
    de la forma y recubrirse en la forma, acontecen en ella en el mismo
    instante que se transforma en la nada.
    En la cáscara del olvido crece la fuerza del recuerdo. Esa es la fuerza de
    la gueulá, redención. En el día del recuerdo, la fuerza se halla en las
    profundidades y crece. Es por ello que nos sentamos en este día sobre
    la tierra. Es por ello que durante este día visitamos las sepulturas. Es por
    eso que en un día como éste nació el Mashíaj…”
    9 de Ab. Todo el dolor en una fecha. Toda la angustia en un día. Todo el
    clamor de generaciones, en horas que se cierran cual estrecho y angosto
    cuello, por donde el hilo de la respiración –jadeante y ansiosa– permite
    presentir la debacle, anuncia un fin irremediable…
    9 de Ab. ¿Cómo superar tanto dolor? ¿Cómo enfrentar, en cada siglo, en
    cada etapa, el sentido de la destrucción, del abandono, de la nada?
    9 de Ab… ¿Cómo nace la vida en medio de tanta muerte?
    Afirmaciones que se tornan preguntas. Cuestionamientos que se
    enderezan a signos de admiración. Generaciones que pasando por esta
    fecha, se ven asumiendo la responsabilidad histórica de ser pueblo, de
    dar sentido, de sobrevivir al destierro, de existir más allá de la línea de la
    vida…
    Rabí Pinjas de Koretz fue un maestro del jasidismo. Y sabía, bien lo
    sabía, que la esperanza tiene formas y medidas. La forma de una frágil e
    insignificante semilla. La medida, inconmensurable, de toda una tierra
    que la espera, para ser abonada, fecunda, florida…
    Y la semilla, enseñaba con su arte de poeta, sabe por qué es semilla.
    Porque se hunde, y se echa a perder y pierde toda su frágil forma. Y
    deja de ser semilla. Se oculta en la oscura profundidad de una tierra,
    que la abraza, la “entierra” para no dejarla salir ya más… hasta ser flor
    y fruto.
    La semilla es pasado. Es olvido. Y en esa cáscara, decía el maestro,
    “crece la fuerza del recuerdo…” ¡Qué definición para un maestro del
    siglo XVIII! ¡Cuánta poesía enclavada en la lectura de la realidad! Vivir
    la realidad –aunque dolorosa y extenuante– con poesía, es volver a
    vivir. Es revivir. Es nacer y volver a ser…
    Allí el secreto de la existencia, querido lector. En lo invisible. No lo
    tenemos, pero sabemos que allí está. Así hemos superado casi dos mil
    años de ausencia. De un Santuario añorado. De un Templo amado. De
    una historia jamás concluida. De un pueblo todo que en cada 9 de Ab
    se retuerce del dolor de la partida: de la tierra, de los sueños, de los
    vínculos; de la partida de su casa, de piedra y de madera por fuera, de
    amor y veneración por dentro, de elevación y de temor reverencial en
    su intimidad… ¡Cuánta cosa perdida!
    “Desvestirse de la forma, recubrirse de la forma” enseñaba el maestro.
    Y por eso imploramos. Para descubrir la forma. Para dibujar los contornos
    y definir los perfiles que nos hablan de la casa y de su habitante. Para
    volver, como entonces, a encontrarnos entre las flores y frutos de aquella
    semilla sembrada en lo profundo, y que sus raíces perduran –cual fuente
    de eternidad– entre luces y sombras que la abonan para que deje asomar
    su tenue color, y teñir de esperanza el desconsuelo de sus hijos, los
    hombres y mujeres de una nación, que se reúnen, cada 9 de Ab, a
    llorar por la ausencia y a confiar, una vez más, por Su presencia…
    En eso confiamos. Eso esperamos. Este 9 de Ab. Cuando todo el dolor
    de un día se torne en la alegría para toda la vida.
    SI ME OLVIDARE DE TI
    “Al neharot Babel, sham iashabnu, gam bajinu ve-zojrenu et Tzión…”
    Un lamento hecho canción. Una melodía que evoca el recuerdo de un
    lugar, de un tiempo, de la gloria. Arpas colgadas, en huelga. Silenciosos
    instrumentos que otrora repicaban en el despertar de cada mañana,
    cuando el sol aún no se animaba a despedirse de su modorra del ocaso
    anterior… Entonces era sorprendido por el canto del pueblo judío. Los
    Leviim, los enamorados del nuevo día, tañían sus melodiosos
    instrumentos y enhebraban en cada nota, palabras y más palabras de
    los salmos de un rey que amó a esa ciudad…
    “Im eshcajej Ierushalaim…” ¿Cómo olvidarte, por D’s? Tu nombre sabe
    a D’s, tus olores saben a santidad de sacrificios e inciensos… “Si te
    olvidare, Jerusalén.” Allí el riesgo de Babel. El olvido. La postergación.
    El anonimato…
    El 9 de Ab supera el profundo drama de la destrucción y el exilio. Cada
    9 de Ab, vuelve aquella canción no querida. “¡Shiru lanu mi-shirei
    Tzión…!” se mofaba el conquistador. “¡Cántennos de esas canciones
    de Sión…!” Esas canciones… No comprendían que en esas canciones
    se iba el alma judía. Se diluía la savia espiritual que alimentaba cada
    amanecer en el Templo y cada atardecer del Santuario. La música era
    vida… Era armonía en canto y acción. No comprendían los conquistadores…
    ¿Cómo podrían?
    “Si te olvidare Jerusalén…” se olvide mi mano derecha. Iemín, jesed…
    Pues la derecha es sinónimo de bondad. ¡Debo olvidarme de mi
    bondad! No puedo conjugar el bien cuando permanezco lejos de ella.
    Eso me ha provocado el exilio. La imposibilidad de unir lo bueno a mi
    intención, a mi actitud… Silencio. Mudez. Ninguna respuesta. Ningún
    eco que provenga de esa eternidad.
    “Se pegue mi lengua a mi paladar…” No puedo pronunciar palabras.
    No debo… Cada 9 de Ab, irrumpe el sonido sordo. Las palabras son
    lamentos, y las voces, un gemido. “Ein lanu pe lehashib…” reza nuestro
    dolor. ¡No tenemos boca para contestar…! Tampoco tenemos frente,
    para elevar nuestras cabezas, llora nuestra plegaria.
    El 9 de Ab quiebra el aliento de un pueblo todo. No hay forma de ver la
    vida sino a través de la estrecha óptica de ese día. Estrecha y oscura…
    Asfixiante las más de las veces. Cada 9 de Ab el respirar se torna jadeante.
    En cada suspiro se evapora la esperanza. En cada lágrima se ahoga la
    alegría…
    “Im lo a’alé et Ierushalaim al rosh simjatí” concluía el canto lleno de
    pena. “Si no habré de elevar a Jerusalén por sobre todas mis alegrías.”
    No hay regocijo sin ella. Porque ella, como la amada, es el sentido de la
    alegría. Ella, como recipiente del Santuario, lo más sagrado, despierta
    en cada mañana y se recuesta en cada atardecer, aguardando por sus
    hijos, incansable de espera y con incontenible esperanza…
    El 9 de Ab llega y la música cede su lugar a los cantos de duelo… Aún
    en el duelo, se canta. Para no olvidar. Para no perder de vista lo que
    debe ser… Allí, en medio del canto dolido, henchido por la pena del
    olvido, renació la fuerza de la esperanza. Y es por ello que jamás la
    olvidamos. Ni al oro, ni a su plata, ni a su bronce. Jerusalén fue la señal
    imperecedera de la experiencia judía generacional. En cada 9 de Ab la
    memoria se recupera. Al pensarla. Al evocarla. Ierushalaim es la fuerza
    del recuerdo. Ierushalaim espera cada 9 de Ab a sus hijos en el canto
    quejumbroso, para acariciarles, para tocarles con el encanto de sus
    callejuelas y pasajes, y devolverles la magia del reencuentro. Volver a
    ser uno en ella. Volver a uno. Volver… Un verbo que se conjuga en
    presente continuo…
    ¿DÓNDE ESTÁS?
    Una palabra asoma por entre las elegías de nuestros sidurim y nuestro
    Tanaj, conteniendo toda ella, un dolor, un clamor, un grito desesperanzado…
    Una palabra que va más allá de su sentido. Palabra que se ha hecho
    identidad de un tiempo, de todos los tiempos. Palabra para la cual no
    alcanzan los adjetivos y que cuando se la pronuncia, una sensación de
    ahogo interrumpe su sonido final.
    Eijá asoma por entre los días primeros de Ab intentando llamar, como el
    profeta llama a viva voz a quien lo quiera escuchar, a detenernos, a
    pensar un instante, a ver y comprender por qué tanta destrucción. Por
    qué tanto silencio. Por qué tanto abandono…
    “¿Cómo habita sola la ciudad?” se pregunta asombrado Jeremías, que no
    cesa en su dolor hasta el día de hoy. Casi dos mil años no soportan el
    estruendo y la eclosión. La memoria perdura intacta, como el clamor de los
    hombres. De aquellos hombres que intentaron ver más allá del fuego y de
    los humos; que intentaron superar –lo insuperable a veces– y erguirse bajo
    un techo desmoronado y un cielo plomizo y gris de aquel día.
    Eijá se pregunta ¡¿cómo?!… y no hay signo que alcance… La
    interrogación cede a la admiración. La perplejidad parece ganar la partida
    otra vez. No sé si el profeta espera respuesta. Porque la realidad está a
    la vista. Pero sí aguarda. Pacientemente desesperado, aguarda. Espera
    por los suyos, los propios, su gente, a la cual ya no ve como antes. No
    distingue como antes. No lo ven como antes…
    “Tenía razón el hombre”, parece escucharse en el eco de piedras que
    se amontonan y maderas que crujen bajo el fuego. Aunque creo,
    humildemente, querido lector, que los profetas de Israel nunca desearon
    tener razón… Pues aquel que denuncia lo que ve, presta testimonio.
    Testimonio es memoria y es porvenir. Testimonio nunca es razón.
    Eijá es palabra de testimonio. Es el sello a fuego que se imprime sobre
    las ruinas de un Templo, destruido una y otra vez no por el enemigo de
    afuera… Así lo vemos superficialmente.
    Eijá es el odio gratuito entre hermanos. Eijá es lo nunca escuchado. Lo
    que nunca se quiso ver. Lo que jamás se pretendió escuchar… No hubo
    lamentos entonces. Ahora, los hay al por mayor. No hubo sorpresas ni
    asombros entonces. Ahora cabe la perplejidad, la parálisis, la inquietud.
    Cada 9 de Ab se conmueve la fibra íntima del cuerpo judío generacional.
    “Cada generación en cuyo transcurso no fue construido el Beit
    haMikdash, es como si se hubiera destruido en sus días” sentenciaban
    nuestros sabios. Aún estando ellos como salvaguarda… Y han pasado
    casi dos mil años. Y muchas generaciones por cierto. Y no hemos
    siquiera esbozado el trazo más diminuto de un santuario como el de
    entonces…
    ¿Demasiada carga se cuestiona? ¿Demasiada culpa? No, no lo creo.
    Demasiada responsabilidad, es cierto. Eijá parece ser sólo lamento. De
    ahí el nombre de su traducción: Lamentaciones. Aunque me pregunto:
    ¿sólo lamentos?
    Israel se reconstruyó a partir de certezas. De afirmaciones. Del testimonio
    que genera memoria implacable y el cambio necesario para vivir. Vivir
    con dignidad. Dignidad responsable. ”Meguilat Eijá”, la meguilá del
    dolor que testimonia, es nuestra lectura esencial para el 9 de Ab. No
    somos masoquistas. Sólo queremos ser sinceros con nosotros mismos.
    Allí empieza la reconstrucción misma.
    Uno se reconstruye a partir de cada piedrecita partida en mil pedazos…
    El Santuario aún espera. No por falta de material ni por falta de
    imaginación para edificarlo. No. Falta la masa que homogeinice la obra.
    La argamasa. Allí el factor humano. Allí la transformación de la palabra
    Eijá en Aieca. Las mismas letras con otra lectura: “¿Dónde estás?” Tanto
    como HaShem le preguntó a Caín, quien había postergado a su propio
    hermano de la vida.
    Cuando procuramos restituir la vida, estamos construyendo. Allí la tarea.
    “Atá tashuv terajem Tzión, ki et lejanená ki ba moed.” “Tú retornarás y
    tendrás compasión de Sión, pues ya es tiempo que le concedas sabiduría
    (del vivir), pues ya ha arribado el tiempo.”
    Que seamos meritorios del consuelo y la reconstrucción de Ierushalaim.
    VIÑEDOS EN DANZA; FRAGANCIAS DE FAMILIA
    El dolor por la destrucción parece conmover las paredes más interiores
    del estar judaico. No sólo “la casa mayor” se ha elevado en fuego.
    También la “casa menor”, el santuario miniatura que reproduce día a
    día la sagrada tarea de encender un fuego. El fuego del amor entre padres
    e hijos. Tanto como aquel fuego que “descendía de los Cielos cada día,
    para unirse al fuego que traían los hombres.” Para unir, en fervorosa
    llama al Padre con sus hijos.
    Ab quiere decir Padre, principio, origen y causa primera. Curiosa
    coincidencia del nombre de un mes, el nombre más corto de todos los
    nombres de los meses, pero que atesora el mayor significado, el más
    rotundo de los simbolismos, la más cruel de las experiencias de vida.
    Un día, cuando la luna alcanza su plenitud en los cielos, la luz parece
    tornarse blanco azulada en medio de la noche del llanto y la lamentación.
    Hay un aroma que perdura. Que viene de cerca e inunda con su
    embriaguez natural, los olores de maderas incineradas y piedras
    crujientes de dolor y fracaso.
    Hay un día cuando la noche invita a soñar, no a llorar. Un tiempo cuando
    las doncellas de Jerusalén parecen haber logrado desatarse de las coyundas
    del enemigo asfixiante para dar rienda suelta a la imaginación y el canto.
    Hay un lugar, los viñedos, que invitan a recorrer su ordenada estirpe de
    frutos maravillosos, frutos que dan un sabor y un color especial a los días
    del hombre. “Porque el vino alegrará el corazón del hombre” cantaba el
    rey desde sus salmos. La alegría parece destilarse por entre las vides
    arracimadas que esperan por sus protagonistas. Por aquellas doncellas
    vestidas de blanco sublime, por aquellos jóvenes que anhelan ver la casa
    nuevamente reconstruida. La casa pequeña, que edificará la casa mayor.
    Hay un día para una fiesta. En medio de tanto abandono y pena, hay
    lugar para mirar el futuro. Para elevar los ojos hacia el estrellado cielo
    del desierto de Iehudá y descubrir a una luna que todo lo ha visto: la
    gloria y la degradación; la multitud y la decrepitud; la vida, y lo que la
    supera.
    Una fiesta que suena a danzas. No conocemos la melodía, sólo el texto.
    Pero vivimos el contexto. “Mejol haKeramim.” La danza de los viñedos.
    A su meticuloso orden la vid impone ahora el movimiento. Invita a danzar
    entre movimientos armónicos y suaves, a desplegar los blancos y
    suntuosos vestidos prestados de jóvenes mujeres que se atreven una
    vez más, en medio del duelo pasado, a recuperar la sonrisa. A sobrevivir.
    A conjugar el porvenir en tiempo presente.
    Una segunda oportunidad que lleva a danzar para santificar el nombre
    del Creador. Allí la esencia. Allí lo puro. La intención pura…
    Si miramos un poquito hacia atrás, veremos otro instante de inflexión.
    También las mujeres fueron protagonistas. Las poderosas aguas del Mar
    Rojo habían vuelto a su cauce. Los egipcios habían sucumbido
    definitivamente ante el Creador. Entonces Miriam, la infatigable y siempre
    optimista Miriam, sacó a las mujeres entre panderos y danzas, para cantar
    a D’s… “Ashira laHaShem…” ¡Cantaré a D’s…!
    Otra danza. Pero idénticos objetivos. Recordar y testimoniar. Agradecer
    y superar. Ver la realidad con ojos de futuro. Por eso el cantar en tiempos
    de porvenir.
    El 15 de Ab fue otro día de danzas. Ahora son las jóvenes que en plena
    destrucción de los cimientos, vienen a establecer los cimientos. Una
    cita en los viñedos. Para aprender de ellos. Junto a ellos. A reproducir la
    alegría aún en tiempos de tristeza, de profunda tristeza.
    Allí, en medio de las estrelladas noches de Iehudá, una fragancia especial
    recorre los viñedos. Aromas de familia, cantos de esperanza, ojos que
    anhelan ver el futuro. Doncellas que sueñan con un mañana. Jóvenes
    que apuestan a ser los protagonistas de la casa de Israel. Una melodía
    que nace de las voces emocionadas de quienes buscan hallar esa noche,
    la vida.
    “No pongas tus ojos en la belleza, pon tus ojos en la familia” susurran
    las menos agraciadas. “Sheker hajen ve-hebel ha-iofi”, afirman su saber
    con palabras prestadas de la sabiduría de Shelomó. “Falsa es la gracia y
    vana la belleza”, decían.
    Las más bonitas, lucían sus ojos encandilados y sus rostros acariciados
    por una luna con su luz llena, repleta de secretos y de brillos.
    Todas, lucían delicados vestidos blancos prestados… Incluso la hija del
    rey, para no avergonzar a quien no tenía uno. Ideales que nos regala
    una época que deberían repetirse en todas las épocas.
    Una semana después del día más terrible del calendario, la casa parecía
    reconstruirse. El Santuario de piedras y de madera parecía haberse
    consumido bajo el fuego del enemigo de turno. Pero el templo cotidiano,
    el hogar, volvía a edificarse entre las miradas de jóvenes que tenían
    aquella noche, una cita con la eternidad. La eternidad del pueblo judío.
    Viñedos en danza que traen fragancias de familia.

    Tiempo de Elul, MIRARNOS EN EL OTRO
    Rabí Suszia observaba a través de su ventana, en la cálida mañana,
    cuando ante sus ojos pasó corriendo raudamente, el oficiante
    religioso de su sinagoga.
    Rabí Suszia salió pronto en su búsqueda, temiendo que algo malo
    había ocurrido en la comunidad. Cuando por fin logró alcanzarlo y
    se detuvo, el rabino le preguntó:
    –¿Por qué estás corriendo tan apresurado? ¿Algo malo ha ocurrido?
    –¡No, querido Rabí! ¡Sólo que al arribar el tiempo de Elul, se
    aproximan las Altas Fiestas (los Iamim Noraim), y debo preparar muy
    bien mis cánticos y mis plegarias! ¡Por eso es que estoy tan apurado!
    –¡Ay mi querido Jazkl! Se lamentaba el maestro… ¡Si tan sólo
    supieras… si tan sólo supieras…!
    –¿Qué mi santo maestro? ¿Acaso no oficiaré de jazán junto a usted?
    –No, no se trata de eso, mi querido amigo… Mira, mi amado Jazkl:
    las melodías son las mismas que el año pasado y los otros años; el
    majzor, también es el mismo… Sólo que ni tú ni yo somos los
    mismos… ¿No deberíamos preocuparnos tal vez por repasar nuestro
    hacer y nuestro decir y mejorar lo que estamos dispuestos a mejorar?”
    Con la llegada del mes de Elul, iniciamos el recorrido final del calendario.
    Y por cierto miramos hacia el porvenir. Y está bien. Sólo que para
    enfrentar el futuro, parece insinuarnos Rabí Suszia, el santo maestro del
    jasidut, debemos confrontar con otra realidad. Lo que nos espera puede
    resultar significativamente conocido, en cuanto a los días y los
    contenidos básicos. Máxime si de los días consagrados se trata. Días
    que tienen acento propio. Olor a familia. A reencuentro. A querer buscar
    y rebuscar entre los queridos para que nunca, nadie falte, ¡D’s no lo
    permita!
    Pero el mandato del maestro para con su jazán, es elocuente. Nosotros
    hemos cambiado, Jazkl… Y sus palabras resuenan como eco vital en
    cada oído y en cada generación.
    Nosotros no somos los mismos, querido lector. ¡Cuánto hemos cambiado
    este último año! ¡Cuántas cosas han quedado en el “tintero” existencial
    esperando puedan ser escritas y afirmadas! ¡Y cuántas otras ni siquiera
    pudimos cambiar!
    Y nada de ello debe llevarnos a la melancolía. Mucho menos a la
    nostalgia. Mirar el porvenir es un desafío. Repasar lo vivido, la verdadera
    prueba.
    Y todo, si pudiéramos escuchar a Rabí Suszia, es poder detenernos un
    instante y observar. Y cuando nosotros nos detengamos, estaremos en
    condiciones de parar la vorágine de los demás. De los que tanto
    queremos y que a veces, en nuestras propias carreras vaya a saber hacia
    dónde, los perdemos de vista, los dejamos sin afecto.
    El tiempo de Elul es tiempo de mirar al otro. Al que está cerca ante todo.
    A mi esposa, a mis hijos. A mis padres, a mis hermanos. Elul es tiempo
    de mirar al corazón. Al corazón “de adentro”. Por dentro. Y detenerse.
    No correr para saber más de lo mismo. Sino para descubrir lo nuevo
    que hay dentro de cada uno y que en este nuevo año puede resultar
    fenomenal. Único. Encantador. Porque lo hemos decidido. Porque
    hemos decidido cambiar aquello que podemos y que queremos. En
    ese orden. Probablemente una melodía se sume. O tal vez, prestemos
    atención a una plegaria hermosísima que antes pasaba inadvertida.
    Nada ha cambiado, diría Rabí Suszia. Aunque todo ha cambiado.
    Porque ha cambiado usted.
    SELIJOT
    “¿Ma leja nirdam…? ¡Kum kerá el Elokeja!” …Despertar. Despertarnos
    de un letargo que no sabe sólo de cansancios físicos. Hay un alma
    extenuada. Que no comprende. Y que espera, anhelante, de un cambio.
    Un pequeño movimiento hacia el sentido. A recobrar lo perdido. A
    hurgar y seguir internándonos en aquel laberinto que supimos dibujar
    entre tantas idas y vueltas de la vida…
    “¿Qué haces allí dormitando?” pregunta el poeta. ¡No es tiempo de
    sueños! La realidad llama a nuestras puertas confiando en hallar al ser
    humano real, tangible y humano que habita en nosotros.
    Es tiempo de “Pikuaj Nefesh”. Salvarnos de una emergencia. Alguien
    está mal y espera por nosotros. La tarea es descubrirlo. Porque ese alguien
    habita en medio de cada uno, y se oculta. A veces bajo la máscara del
    estar ocupado, y las otras, bajo la apariencia de las cosas importantes.
    Algunas veces, porque dejamos que el sueño se abata sobre nosotros y
    tome posesión exclusiva de nuestra conciencia. Las otras, porque la
    vigilia nos lleva a la hiperactividad que muestra una realidad tal cual no
    es. No debería ser.
    Se nos pide desde el poema dejar el letargo. El profundo sopor en el
    cual solemos disipar nuestras inseguridades, o a veces, la tarea en que
    nos ocupamos más de lo requerido, con lo cual borramos de un
    plumazo la receta de disponer de un tiempo, de un día, de una hora
    que nos haga un poco más nosotros mismos.
    Despertar y llamar a D’s es el sonido distante de las Selijot. Sonido que
    desde la distancia nos acerca a lo esencial, a lo elemental, a lo más
    simple: encontrarnos en nuestra dimensión real. Mirarnos en un espejo
    que no desfigure ni que magnifique cuánto somos y cómo somos.
    Entonces, cuando la noche aún vence la llegada del día, allí se produce
    el despertar. “Ashmoret ha-boker”, en términos hebreos. Ashmurá
    guarda en su raíz la idea de preservar, de cuidar, de saber mantener.
    Aguardar la mañana, como espera el centinela nocturno. Debemos ser
    nosotros los guardianes de ese tiempo silencioso, donde el reposo y el
    retiro ganan los hechos humanos; seremos nosotros los que traigamos
    la mañana. Los que la recibamos. Como los buenos guardianes, que
    están atentos a cada movimiento, a cada sonido, a cada estremecerse
    del viento sobre las hojas de los árboles que miran atónitos a los hombres
    que corren presurosos en búsqueda de una plegaria que calme la sed
    de un alma, que anhela reparo, que aguarda la quietud, que confía en
    la absolución de cuanta acción indebida ese cuerpo haya cometido…
    Selijá es el trazado de un camino, llano, sin obstáculo alguno, que nos
    permita llegar hasta las puertas del Trono Celestial y rogar por nosotros,
    por los nuestros, por el Klal Israel.
    Selijá es también inspiración y creatividad. Es llenarse de la presencia
    del Todopoderoso y sentir a cada paso que no caminamos solos. Sentirse
    acompañados, percibir que nuestro canto dolido es siempre escuchado
    y que lo compungido de nuestro ser puede –y merece– alcanzar la
    plenitud revivificante, es el resultado del pasaje de la noche a la mañana.
    Cuarenta días antes que un nuevo año inaugure nuestras esperanzas,
    nos levantamos antes del amanecer. Como queriendo ganarle la partida
    a un mañana que ya puede ser tarde.
    Selijot, el canto que suplica un perdón, es la llave que abre la oscura
    noche y entorna las puertas de una tenue luz que asoma por nuestro
    horizonte espiritual.
    “¿Por qué duermes?” inquiere el poeta. Deja tu sueño para conocer tu
    realidad. Nadie mejor que tú, para penetrar los recintos íntimos de una
    necesidad, que se torna en llamado constante, en latido permanente,
    de un corazón como el suyo, el mío, que jamás duerme, a la espera de
    un nuevo día, de un renovado desafío para vivir.
    ANÍ LEDODÍ
    Por entre las letras del tiempo, se crean mensajes. Descifrarlos es el arte
    de cada generación. Mensajes que anhelan ser descubiertos. Palabras
    que desean con fervor ser pronunciadas para quedarse a vivir
    definitivamente en los corazones de los hombres.
    Elul es un mes que atesora la idea, que guarda celosamente el secreto
    del Amante para con su amada… Saber leer, poder reescribir cada letra,
    es la tarea.
    “Yo soy de mi Amado” parten presurosas las primeras letras de Elul. “Alef-
    Lamed.” “Aní leDodí.” Tiempo de partir. Tiempo de mirar hacia el otro, el
    Amado. “Alef”, “Alufó shel Olam” –El Conductor, Creador y Primero del
    mundo– entiende el Midrash. Allí está el Amado. Esperando por mí… Y así
    lo reflejan las letras finales: “ve-Dodí lí”. “Mi Amado es para mí.”
    Reciprocidad en el amor. Encuentro en la entrega. Todo es coincidencia
    cuando hay amor. Todo es encuentro cuando persiste la búsqueda.
    Elul llega a nosotros instándonos a hacer más, mucho más, que los
    restantes tiempos del año. No es la última oportunidad, no. Es la
    oportunidad para dejar librado a nuestro verdadero ser en su intento
    natural de hallar a Su Amado. De poder charlar con D’s a solas y medir
    –si nos es posible– cómo ha sido el año que habrá de concluir. Pues si
    podemos evaluarnos, entonces sabremos qué pedir para el año que se
    inicia. Nada debe sumirse en la rutina, nada… Y mucho menos nosotros,
    los seres humanos.
    Elul nos invita con cada una de sus letras a movernos, a movilizarnos
    hacia Él, para más tarde, llegar hasta las puertas de nosotros mismos.
    Partimos del yo para arribar hasta lí, o sea, a mí.
    ¡Feliz de aquel que posee un punto de partida! ¡Feliz de aquel que ha
    logrado tener una meta de llegada! Allí el ciclo de la vida. Nuestra vida
    circular que año tras año busca renovar los aspectos que la hacen vivir
    y soñar, caer y superar, llorar y reír, mirar los días como desafío y actuar
    acorde con esa idea.
    Elul es la medida del año. Porque es expectativa. Porque es pasado y
    futuro. Y nos lleva de la mano de sus días hacia lo alto, hacia el Altísimo.
    Así como nuestro maestro Moshé ascendió durante todos sus días al
    monte Sinaí, y en silenciosa plegaria buscó reconciliar a su pueblo con
    su Creador, nosotros, los pequeños seres humanos, buscamos
    reconciliarnos con Él… Reconciliar significa volver a vincularnos.
    Restablecer la palabra, comunicar los deseos, alimentar nuestras
    esperanzas de futuro. El paso de los meses nos ha dejado un poco
    aturdidos. El trabajo por el sustento nos ha quitado la posibilidad de ser
    un poco más nosotros mismos. Llegamos a un final pensando en el
    principio… Aní, el yo.
    Un yo que busca afirmarse. Un yo que quiere proyectarse. Un yo que
    quiere dejar lugar a un Tú –al Amado– que espera por él.
    Elul nos invita a ser más que nunca nosotros, para que de ese modo,
    haya posibilidad de los demás.
    Mes de preparación fecunda. Mes de fertilización de las cualidades
    (midot) naturales del ser humano, aquellas que parecen postergarse año
    tras año, confiando que “el que viene será mejor…”
    Elul está aquí para quedarse con nosotros. Entonces lo invito a salir de
    su yo para llegar hacia el Amado. Enseguida verá cómo el Amado se
    apresura en ser para usted.
    Tiempo de Tishré, ¿DÓNDE ESTÁ LA LUZ?
    Asoma un nuevo año y entre las hendijas del calendario se filtra
    un pequeño e incipiente haz de luz. Cada día de cada semana,
    cada día de cada nuevo mes, nace en la plenitud de una noche,
    mezclada con luces de estrellas y una luna que coquetea con sus formas
    aún no definidas.
    Sólo basta con poder elevar nuestra mirada para percibir que todo ello
    tiene lugar en nuestro mundo. En nuestras vidas. Sólo con mirar y detener
    nuestros ojos en “posición cielo”, para comprender que algo ha ocurrido
    en nuestro entorno. El más próximo. El más sentido.
    “HaShem orí veish’í, ¿mi mí irá?” canta el rey David en su Tehilim 27.
    “D´s es mi Luz y mi Salvación, de quién he de temer?” Parece ser un
    llamado a cada uno de nosotros, atrapados a veces en sinuosidades
    impensadas y en situaciones que superan la imaginación…
    Nuestros sabios nos pidieron que un mes antes del inicio del nuevo
    año, leamos este salmo dos veces al día. Una receta simple para atender
    el dilema espiritual que acomete en lo cotidiano a primera vista.
    Decimos a primera vista porque son pocos lo que entienden la
    dimensión de leer un salmo, intentar comprenderlo para después, lograr
    traspasar la delicada trama que escribe el otro, para hacerla mía…
    Ese es el ejercicio que nos propone la lectura. Poder leer y poder leernos.
    Intentar avistar entre palabras viejas y sentimientos siempre nuevos, algo
    nuestro. Sólo nuestro. Y dos veces al día. Durante las mañanas y por las
    tardes, de acuerdo a la sabia usanza ashkenazita.
    Porque la vida de cada uno tiene mañanas y tardes. Y entre amaneceres
    y atardeceres transcurre el quehacer, nuestro decir, nuestro pensar.
    Nuestro vivir. Y qué hermoso resulta que entre los claroscuros que
    propone la naturaleza exterior –los cuales pintan en muchas ocasiones
    los de cada uno de nosotros–, qué hermoso resulta, poder “ver la luz”,
    alcanzar a divisar “la salvación”, al decir del rey David.
    Necesitamos, ¡cuánto necesitamos! …Un poco de luz entre tanta
    confusión. Necesitamos, ¡cuánto necesitamos! …Algo que nos rescate
    de tanta oscuridad e indiferencia.
    Allí, cuando podemos descubrir a D´s, al D´s que amaron sus padres y
    que intentan amar sus hijos, es cuando podemos pronunciar lo que
    sigue. “HaShem es mi fortaleza, ¿a causa de qué tendré miedo?”
    Sentirnos fuertes en medio de nuestras debilidades. Superar el conflicto
    interior que me sume en angustias y noches, para poder vislumbrar la
    plenitud y alcanzar el nuevo día.
    Se nos habla de crisis y de abandonos. Leemos una profusa literatura
    que anuncia un fin precipitado de la sociedad y en extensión del mundo.
    Las dificultades económicas inundan el pensamiento del levantarse cada
    mañana, y los imposibles parecen ser la realidad que conjugan nuestros
    sueños… ¿Dónde estará el refugio? ¿Cómo se vuelve a tejer la esperanza?
    ¿Qué nos espera en el nuevo año? ¿Más incertidumbre y desasosiego?
    Preguntas y más preguntas que parecen no tener fin. Ni finalidad
    creemos…
    Así transcurre este bello Salmo 27 en sus primeros versículos. Describiendo
    una realidad no deseada. Viendo cómo pasa la vida y sus avatares
    delante de mí, llevándome, irremediablemente, hacia una parálisis. A
    detenerme casi sin fuerzas ya en un camino que sólo me ofrece encrucijadas
    cuando no laberintos…
    Sin embargo, el rey David puede ver más allá. “Veatá iarum roshí al
    oibai sevivotai…” “Ahora me hará levantar mi cabeza por sobre los
    enemigos en derredor.” Estoy rodeado por las circunstancias, es cierto.
    Pero se impone una primera tarea: “levantar cabeza”. Aquí la primera
    acepción –por qué no la real– de esta frase ya popular, a nuestro humilde
    entender.
    El ejercicio inicial es poder ver. Como decíamos al principio. Porque
    cuando puedo reconocer a mis enemigos en derredor, entonces sé lo
    que debo enfrentar. Lo que puedo enfrentar. Y medir mis fuerzas. Aún
    cuando siento debilidad. Tolstoi decía: “Uno no se cae por ser débil,
    sino por creerse fuerte…” ¡Y cuánta verdad le asistía!
    Este mundo, querido lector, ¡está lleno de fuertes! Tal vez, algo más que
    fuertes ya… ¡De violentos! Y cuando ellos están, no hay tiempo de
    “levantar cabeza”, porque en un mundo de violentos lo único que cabe
    es la sumisión. Es la “cabeza gacha”. Es el hombre vencido por el propio
    hombre. Es la esclavitud que recobra su espacio. Es la libertad que ha
    sido hecha añicos.
    Comenzar un año es primero eso: levantar la cabeza. “Unetanjá HaShem
    leRosh…” leemos en la antesala del año nuevo en nuestra Torá. “Te
    pondrá D’s por cabeza.” Así como ella está allí, arriba de todo, nosotros,
    también. Apreciar lo que comienza es, de una u otra manera, adquirir
    la sabiduría del diario vivir.
    Y allí, en el Rosh estarán los ojos ávidos por ver. Ansiosos por captar esa
    luz que intenta hacerse camino, ante todo, en nosotros mismos. Si es
    que la podemos ver. Pues cuando la luz se hace presente y se torna
    visible, es posible apreciar, discernir, comprender y sentir que un nuevo
    camino se abre a nuestro paso. Que todos los caminos trazan un
    recorrido inmenso, y que todos ellos, nos tienen por protagonistas activos
    de los mismos. “¡Lej lejá…!” “¡Col hadrajim sheljá!” “¡Col haolam
    sheljá!”
    Hay un llamado para caminar. “Vete para tu bien.” “Todos los caminos
    te pertenecen.” “Todo el mundo es tuyo.” Así lo definía una hermosa
    canción que parafraseaba las decisiones de nuestro anciano y eterno
    patriarca Abraham. Y cuando comienza el nuevo año, esas palabras
    cobran renovado sentido. Tanto como para el Abraham bíblico, quien
    partía a sus setenta y cinco años en busca de su cielo, de su luz, de su
    palmo de tierra… Es por ello, tal vez, que Abraham ocupe el escenario
    de los días de cada Rosh HaShaná. Porque supo del Cielo. Supo mirar,
    pudo escuchar, alcanzó a comprender.
    “Jajam einav beroshó” afirmaba Shelomó, el rey. “El sabio tiene los ojos
    en la cabeza.” Y hoy, al comenzar un nuevo año, debemos ser más
    sabios que nunca. Caminar este mundo sabiendo dónde y cuándo mirar.
    Qué observar. Para qué y por qué… Llenarnos de preguntas para lograr,
    en su transcurso, regalarnos las respuestas. Nada más hermoso que eso.
    Nada más genuino. Nada más humano diría. Para ello es que se nos
    regala el poder estar a la cabeza. Para intentar hacer de lo primero, lo
    primero… Y no seguir postergando las cosas. Dejando para después.
    Después en el mundo de la creación, puede llegar a ser nunca.
    Cuando las primeras luces del nuevo año comiencen a parpadear, será
    nuestro tiempo de ejercicio. Ejercitar la esperanza, “tikvá”, esa línea
    fina, extensa y prolongada que une los puntos más distantes y los hace
    posibles, los torna cercanos, haciendo vibrar en cada uno de nosotros
    el sentido de la vida cotidiana… Un entretejido mágico de líneas de
    esperanza, que al mirar el cielo nos hace girar el rostro en derredor y
    darnos cuenta de cuánto tenemos, de quiénes amamos, por quiénes
    luchamos y para quiénes vivimos…
    Así al menos concluye nuestro increíble salmo: “Kavé el HaShem, jazak
    veiaametz libeja, vekavé el HaShem…” “Ten esperanza en D´s… Que
    se anime y se fortalezca tu corazón, ¡y ten esperanza en D´s!”
    La esperanza tiene lugar dos veces. Quiere decirnos el rey David, que
    será cuestión humana hacer de la esperanza una constante en los días
    de la vida…
    Que el nuevo año, vestido de Rosh, esté confeccionado a la medida de
    la tikvá –nuestra esperanza–, delicada trama humana que necesita de
    los mejores artesanos en la especialidad: usted, yo, nosotros, todos…
    ¡Shaná tová umborejet! Que en el año que comienza nos bendiga el
    Creador con la fuerza de erguir nuestras cabezas y elevar nuestras
    miradas, para que en la conjunción de nuestros ojos con el Cielo, la
    esperanza dibuje la señal del diario vivir y luchar…
    TAJEL SHANÁ UBIRJOTEHA
    El nuevo tiempo anuncia buenas nuevas. Porque alberga la esperanza
    y condensa las emociones todas alrededor de una mesa diferente. Somos
    los promotores de un cambio que nuestra tradición nos invita a crear. A
    vivir. A evaluar cada inicio de los tiempos en nuestros años de vida. No
    es un año más. Es toda una vida más. Como opción y como elección. Y
    nosotros somos los sujetos, no los objetos…
    El comienzo de los días conjuga verbos en tiempo de expectativa. Saber
    observar lo que habrá de nacer nos hará más sabios por cierto, aunque
    también más cautos. Año nuevo no es euforia. Rosh HaShaná es
    posibilidad y alternativa.
    De allí nace el deseo hecho palabra: “que comience el año y con él sus
    bendiciones.” Porque queremos delimitar el fin del comienzo. Porque
    nos identificamos por sobre todo con lo que habrá de empezar a girar
    en la rueda circular de la experiencia personal y familiar. Y la rutina,
    aquella que siempre parece volver inexorablemente, dejará sus usos y
    costumbres para dar paso a lo nuevo. A lo que se renueva. Por fuera de
    nosotros y por dentro.
    Nada se mantiene inmóvil. Todo está en movimiento. Fugaz para
    algunos, certero para otros. Ansiado para muchos otros. Movilización y
    cambio. He aquí los parámetros para una humanidad que necesita ser
    despertada de su letargo. Despertar del sueño que albergamos para
    hacerlo realidad palpable, visible, concreta.
    Despertar para ver con los ojos bien abiertos que el nuevo año presenta
    lo bueno. Sólo hay que verlo. Sólo debemos apreciarlo. Allí nace la
    esperanza. En esa línea recta, infinita, que une punto a punto, los caminos
    de mi vida con los senderos celestiales. Para que en Rosh HaShaná
    haya un encuentro. Una cita que se espera como el aire que se respira,
    para inhalar una bocanada de vida, profunda, pura y plena, del Creador
    de los tiempos, del mundo, de los días…
    TEKÁ BESHOFAR GADOL
    La fiesta de los sonidos. Ecos de eternidad que se confunden con las
    estridencias de la modernidad y que no nos permiten, a veces, distinguir
    con claridad el verdadero llamado.
    El comienzo del año intenta con su sonido peculiar, marcar la diferencia.
    A la multiplicidad de músicas y de melodías, le opone el agudo sonar
    de un shofar, al que la liturgia define como gadol… Un gran shofar. No
    sabemos a ciencia cierta su dimensión real. Sabemos de lo pequeño de
    cada ser humano. Y sabemos de la grandeza que el Creador espera de
    cada uno de nosotros… Actos de grandeza. Niveles de grandeza. Para
    poder contemplar más y más lo diminuto que significa el existir y la
    necesidad de real superación que requerimos las personas para seguir
    viviendo. “Un gran shofar será tocado, y una tenue voz será
    escuchada…” relata la emotiva plegaria del “Unetane Tokef”. ¡Allí el
    desafío! Poder ser sensibles a lo inaudible casi. Nosotros, que hemos
    crecido al amparo de un mundo de sonidos, debemos percibir lo no
    escuchado. En el comienzo de los tiempos, despierta un nuevo sonido.
    Un renovado llamado al hombre para que sea hombre. El Creador nos
    espera para elevarse con nuestro clamor. El interior y aquel a ser
    percibido.
    “Alá Elokim biTeruá, HaShem beKol Shofar.” “D’s se eleva en la teruá,
    HaShem en la voz del shofar.” El año que se inicia nos invita a un
    encuentro. Un encuentro con lo sublime. Hay un llamado. Debemos
    distinguirlo. Debemos distinguirnos… Somos los hijos del Rey.
    “HaMélej…” El Rey, a decir de nuestras plegarias. Y en Su palacio,
    suenan estridentes sonidos, que parecen quebrar la monotonía impuesta
    por el mundo de los hombres y que nos llaman a cambiar. “Shofar”,
    “shiprú maasejem”, “mejorad vuestras acciones” es el mandato. Un
    llamado grande decíamos. Para una “voz muy pequeña y diminuta”,
    como se escuchaba… Porque cada uno de nosotros, aún produciendo
    un cambio imperceptible –del más pequeño– habremos logrado un
    profundo giro en nuestras vidas a futuro. Porque el nuevo año descubre
    ante nosotros el porvenir. Incierto para muchos, pero seguro cuando
    podemos escuchar; cuando la sensibilidad, la agudeza auditiva, nos
    deja penetrar el sonido más fino, más delicado, más sublime.
    Allí se presenta la redención. Allí nace la verdadera libertad. “Teká
    beShofar gadol lejerutenu…” “Toca con el sonido de un gran shofar, las
    notas de nuestra liberación.” Cuando producimos el encuentro, el
    resultado está a la vista. Sonidos de clamor, sonidos de libertad. El nuevo
    tiempo del año nos convoca a ser más. A ser más libres que nunca. A
    reunirnos en torno del hogar. Del suelo soñado. De la tierra prometida.
    De los caminos andados y desandados. De grandes decisiones que
    acompañan los más estremecedores sonidos del silencio… Allí nace la
    otra libertad. La del alma que suspira por su Creador. La de un cuerpo
    que anhela por su territorio. Un shofar grande, y un sonido en extremo
    imperceptible. Antagonismos del vivir. De la existencia del hombre por
    doquier. Nosotros, como pueblo judío, hemos aprendido a escuchar
    aún allí donde se acaban las voces y las esperanzas. Entonces, nace la
    gueulá. Tiempo de comienzos. Días con sensibilidad singular para
    percibir lo oculto.
    VOLVER, ES PARA TODOS…
    (LOS DIEZ DÍAS DE TESHUVÁ)
    Dar un paso adelante. Movernos de nuestro lugar. Conmovernos. Intentar
    caminar por caminos conocidos, familiares, distantes y casi olvidados.
    “Adam nikrá holej” sentenciaban los sabios talmúdicos cuando definían
    el ser humano. Cada uno de nosotros es un caminante. Vivir es tránsito
    continuo entre los ir y venir por las avenidas de la existencia. No todos
    los caminos conducen a lugares ciertos. No. Los laberintos saben formar
    parte de la vida. Tramos de complejidad, de confusión y hasta de parálisis
    diríamos, nos tocan a veces la puerta de la realidad.
    “Ki iesharim darké HaShem”, clamaba el profeta Oshea. “Los caminos
    de D’s son rectos.” Son correctos, agregamos humildemente. Pero no
    siempre son los caminos elegidos. No los sabemos elegir. No los podemos
    elegir. Tardamos en tomar esas decisiones. Tanto que el hastío gana al
    desafío de la elección.
    Oshea es un profeta que vivió hace 2.800 años. Sus palabras retumban en
    los caminos que seguimos haciendo hoy en día. Como parte de su pueblo,
    de su sufrir nacional como hombre de D’s, que transcurre entre el desastre
    nacional y el exilio del reinado de Israel. Diez tribus –diez de los hijos de
    Iaacov– habrían de perderse entre los laberínticos caminos de la diáspora.
    “Las diez tribus perdidas” comenzaban a cobrar forma en sus días.
    Allí, en medio de la desolación del destierro, el profeta llama. Allí, en
    medio del desierto forzado y del silencio apático, el profeta invita…
    “¡Shuvá Israel…!” ¡Retorna Israel…! Aún para aquellos que la distancia
    física y espiritual habrá de crear un abismo en su existencia, el llamado
    sigue en pie. Se pierde el continente. ¡Debe prevalecer el contenido!
    …Imagino sentir el gemido del profeta.
    Sabía Oshea que el galut haguf es siempre secundario al galut hanéfesh.
    Hay un exilio físico. Y se puede extender. ¡Vaya si lo puede! Pero
    sobreviene otro exilio, el del alma, para el cual su instalación en el
    cuerpo desterrado puede resultar fatal. El destino de las dos tribus
    restantes –Iehudá y Biniamín–, tardaría 150 años más en resolverse.
    Pero era inevitable. También aquí los laberintos de la historia formarían
    un entretejido complejo para los caminos del pueblo judío.
    Estamos en “Shabat Shuvá”. El profeta Oshea le da su nombre. Desde
    entonces él ha permanecido a la vera del camino, gritando la esperanza.
    Clamando por aquellos que pueden despertar del letargo y retornar.
    Moverse. Conmoverse. Buscar los caminos hasta D’s, para más tarde,
    descubrir los miles y múltiples senderos individuales y colectivos para
    permanecer y vivir como judíos. Sin continente pero con contenidos.
    Resulta imposible sobrevivir en el vacío. El vacío existencial de los
    contenidos. De los saberes tradicionales. De las transmisiones. De mis
    orígenes. ¿Qué es el “volver”, el “retornar”? El verbo “lashuv” no es
    regreso. No significa un paso atrás. “Lashuv” es saber de perspectivas.
    Es medir mi progreso espiritual en medio de la nada física… Es superar
    la prueba del exilio poniéndome en marcha. Marcha segura, tranquila,
    cierta…
    “Teshuvá” querido lector, presupone una ardua tarea en lo emocional,
    en lo intelectual y en lo nacional. Volver a ser yo mismo, volver a
    conjugar mis sensaciones como judío, volver a la tierra que alguna vez
    dejé en el tiempo…
    Transcurren los “Aseret Iemei Teshuvá”. Únicos y hermosos días. Los
    primeros diez días del año. Pletóricos de la idea. Abundantes y generosos
    en la oferta de poder volver. De cada uno y uno de nosotros… ¿Qué,
    no tiene dónde volver? ¿Está seguro? Nuestro constante caminar a veces
    nos aleja un poco de lo querido; nuestro constante deambular, nos torna
    ajenos las otras veces a lo que tanto amamos; de tanto caminar y buscar
    lo que tenemos dentro –pero fuera de nosotros–, nos lleva a una pérdida
    de sustancia. A una pérdida sustancial diría. De un tiempo precioso,
    único e irrepetible que se llama vida.
    “Retorna Israel hasta HaShem tu D’s, porque has fracasado en tus errores”
    dice el profeta. Diagnóstico claro. Contundente. Me equivoqué aún en
    mis desaciertos…
    “Kejú imajem devarim veshuvu…” “Tomad con vosotros palabras, y
    retornad…” Volver con “algo en mano”. Palabras. Ideas que cobren
    sentido. Que se tornen acciones. Que transformen mi realidad, distante
    y ajena, en próxima y con nombre propio.
    “Teshuvá” es trazar el camino. Es punto de partida y progreso. Para
    encontrar el camino. Ese camino “que es recto”, al decir del profeta, y
    que está a la vista; pero caminos que ofrecen dificultades. “Los justos
    transitarán por ellos y los perversos tropezarán en ellos…”
    Caminos rectos que permiten el tránsito para unos y el obstáculo para
    otros. ¿Contradicción? No… Ocurre que el profeta lo decía en su poesía
    que es profecía. En la vida, los caminos de D’s –los caminos múltiples
    de la Teshuvá– son rectos… El problema querido lector, reside en uno
    mismo. De allí el valor del saber caminar… Tan sólo eso. Y pensar que
    ¡cuánto se esforzaron nuestros padres por hacernos caminar rápido y
    bien…!
    Quiera D’s que este año lo logremos. Individual y comunitariamente.
    Porque el volver, es para todos…
    IOM HAKIPURIM
    Día de perdones múltiples. Tiempo cuando la tierra y los Cielos se besan
    en un encuentro de bondad y de verdad. Hay un perdón que desciende
    raudo desde las alturas para hallar su nido entre los haberes y los deberes
    de los seres humanos. Hay otro perdón que quiere aflorar por entre
    labios circuncisos y corazones atormentados, y correr presuroso por
    anchas avenidas y estrechas callejuelas de personas, que quieren pero
    no pueden, no se animan, a transitar por esos caminos trazados de la
    generosidad, la honestidad, la humildad y la reverencia.
    Iom haKipurim toca a las puertas de un calendario muy despierto ya
    entre los sonidos penetrantes de un shofar que espera… De un
    calendario inquieto por esos días (diez en total) que llamaron a descubrir
    cuánto podemos –si lo queremos– mejorar nuestra condición humana
    y judía. Iom Kipur es la corona del tiempo. Es la diadema de gloria con
    que nos presentamos ante el Rey –Mélej– Quien llegó hasta nosotros
    para vivir entre Su pueblo. “Va-anajnu am mar’itó ve-tzon iadó” identifica
    el versículo a esos hijos. “Y nosotros somos Su pueblo donde Él habita,
    y la multitud creada por Su Mano.” La figura deja entrever a un rebaño.
    Dócil, compacto, encaminado y cuidado. Así lo canta la liturgia del
    Unetane Tokef en este día: “Ke-bakarat roé edró, maavir tzonó tajat
    shivtó…” “…tal como el pastor revisa escrupulosamente a su ganado,
    haciéndolos pasar uno a uno debajo de su cayado.” Iom haKipurim
    nos regala una imagen clara a los ojos. Porque el pastor jamás dejará a
    nadie por contabilizar. Todos serán tenidos en cuenta. Estar en esa cuenta,
    es sentir que somos alguien. Importamos a Alguien. De allí, la
    trascendencia del día. De ahí que nadie puede (¡nadie quiere!) estar
    ausente ese día. Las sinagogas se ven colmadas. Las almas, imagino, se
    sentirán en plenitud…
    Y cuando hay perdón, hay paz, shalom… Hay sentido de lo completo.
    Y el final del décimo día nos devuelve la sensación del hartazgo aún
    sin haber probado bocado… Una sensación paradojal, por cierto. Pero
    nos sentimos “llenos”. Hemos logrado cubrir una carencia. Hemos
    logrado superar un obstáculo. La plenitud viene a expresarse por otros
    aspectos más allá de los materiales.
    “Lej ejol besimjá et lajmeja, ki ratzá HaShem et maaseja…” decía el rey
    Kohelet. Se puede ir a comer con alegría el pan del después, pues D’s
    ya ha aceptado tus acciones. El reencuentro social, el abrazo familiar
    después de Kipur tiene un aspecto más que el gusto de sabrosos
    manjares. Hay sonidos de alegría. Hay ecos que suenan allí arriba que
    demuestran que lo hecho por mí, aquí abajo, ha tenido un efecto
    singular… He logrado superarme. He logrado cambiar un pequeño
    aspecto de mi vida. He tomado una nueva decisión esa noche, al finalizar
    el día… ¡el día! Iomá, como lo define el Tratado Talmúdico homónimo.
    Iom Tov. Un día festivo es Iom Kipur. Así lo definió Rabán Shimón Ben
    Gamliel en nuestra Mishná de Taanit. Porque a la salida de ese día, una
    ceremonia especial ocupaba los viñedos de Jerusalén y sus alrededores.
    Las doncellas con su baile nupcial, se aprestaban a edificar el hogar
    judío. Edificio que nacía de la santidad y la pureza, el perdón de un día,
    que coronaba –ahora a jóvenes mujeres y hombres– en la bella tarea
    de unir los Cielos con la Tierra. Beit Israel.
    No es casual, imagino, que estos eventos tuvieran lugar este día. En su
    culminación. Porque si hay perdón, decíamos, hay paz. Y cuando cabe
    el shalom –recuerde querido lector, que uno de los Nombres de D’s es
    Shalom– entonces, es posible la vida.
    Al culminar Iom Kipur, hemos abierto un espacio a D’s. Le hemos hecho
    un lugarcito entre los hombres. Una casa. Como fue siempre Su
    voluntad. Una casa abierta de par en par –“bait patuaj lirvajá” –, que
    deja entrever pequeñas estrellas de un Cielo que parece más próximo.
    O de una tierra que ha alcanzado mayor altura.
    Iom haKipurim ha arribado para quedarse entre los hombres. El perdón
    se vestirá con sus mejores ropajes: frágiles paredes y un techo precario.
    La humildad de la alegría. El regocijo de la Sucá… Sucat Shalom.
    LIFNÉ HASHEM TITHARU
    ¿Perdón o purificación? El arribo de Iom haKipurim nos conmociona.
    Cada cual piensa en el tiempo del ayuno y de cómo habrá de
    sobreponerse a estas veinticinco horas únicas que nos llevarán de la
    mano al encuentro con nosotros mismos, con nuestros semejantes y
    con D’s.
    Los preparativos son múltiples. En la tierra así como en los Cielos. Entre
    nosotros, el tiempo del ocaso marcará indefectiblemente el ingreso del
    día. El Juicio que tiene lugar en este día, es único e irrepetible. A veces,
    la preocupación por la calidad de nuestro ayuno nos aleja del sentido
    que ese juicio significa para nuestro vivir futuro.
    Es que los hombres imaginan a veces la vida como un proceso
    meramente biológico, al menos los años del vivir que nos aprestan a
    crecer, estudiar, trabajar, formar una familia. La salud del cuerpo, su
    bienestar y cuidado, son tarea prioritaria. Iom Kipur, esa isla en el tiempo,
    se vive por lo general como carencia, no como suficiencia…
    Y eso es en tanto y en cuanto posterguemos o, más tristemente, dejemos
    de considerar los procesos espirituales del vivir, que hacen también a
    nuestros días en este mundo. Lo “espiritual” parece ser un compartimento
    estanco, para ser vivenciado y experimentado en determinadas
    ocasiones, contadas diría.
    Y en ese contexto, Iom Kipur no escapa a la general de la ley, lamentablemente.
    Nos preparamos para el ayuno del cuerpo pero no nos abastecemos
    lo necesario para el deleite del alma.
    Y es cuando asociamos el sentido del perdón que contiene el día por
    excelencia con la calidad de nuestro ayuno. Por allí –pensamos– pasará
    la ecuación final de este tiempo consagrado por nuestra Torá.
    Otros, sin embargo, agregarán una condición más a su esmerado afán:
    la plegaria, tefilá, como el vehículo transportador de mi ayuno físico
    hasta la estación terminal del perdón. Y no está mal. Porque le habrán
    incorporado una cuestión espiritual al esfuerzo del físico.
    Para ambos, la tradición oral les advierte: “etzem ha-iom mejaper…”,
    es decir, que “la esencia misma del día conduce al perdón”. O sea, la
    llegada del día de Kipur, con la puesta del sol, nos acerca el tan anhelado
    perdón. Por tanto… ¿Qué valor tiene el ayuno o mi plegaria? puede
    preguntarse asombrado nuestro lector.
    El valor inicial de ambas actitudes se encuentra en la decisión noble de
    haberlas decidido. De tomar parte y ser artífice de la comunidad del
    pueblo de Israel. De que el día por comenzar no es un día más, sino
    que es “el” día. Allí comienza a diseñarse el perdón anhelado. “Venislaj
    le-col adat Bené Israel” se escucha como eco en las inmediaciones
    del “Cal Nidré”. “Y les será perdonado a toda la congregación de los
    hijos de Israel.” Perdón como comunidad. Perdón plural.
    Entonces es cuando debemos penetrar el último sentido del sagrado
    día. Pues si el ayuno y la plegaria están incluidos en el perdón del
    comienzo… ¿Qué ocurrirá entonces conmigo en la hora veinticinco?
    ¿Acaso el sonido del shofar me llevará nuevamente por los pasos del
    satisfacer mi hambre, o su aguda teruá –sonido entrecortado que denota
    dolor– me estará anunciando cómo volver a reunir mis múltiples
    divisiones e intentar ser una sola criatura?
    Si buscamos el perdón –más allá que el mismo nos llegue “de arriba”–
    es porque lo deseamos fervientemente. Si logramos plasmar en las cinco
    plegarias del día parte de nuestros fracasos y cómo superarlos, es porque
    anhelamos ser otra persona. Nuestro perdón y nuestra plegaria nos
    muestran cuánto nos hemos equivocado. Pero no nos condenan. No
    cierran la puerta, por el contrario, la dejan entreabierta.
    A veces el judío que no asiste, que no es parte por su argumento de “no
    ser religioso”, nos está privando de ser una comunidad. Sin él, no somos
    “adat Bené Israel” como decía el versículo.
    De allí que debemos buscar un sentido más. Porque toda falta cometida,
    deja sin duda un espacio vacío en nosotros. Deja una mancha, al decir de
    Soloveitchik. Algo que ha modificado nuestra personalidad, que ahora debe
    retornar a ser “la de antes”. Ser conmigo mismo y ser junto con el otro.
    De allí que el perdón solo no sea suficiente. “K iba-iom ha-ze iejaper
    alejem” nos susurra la Torá. “Porque en este día D’s os habrá de
    perdonar.” Pero el versículo continúa. “Letaher etjem mi-col jatotejem.”
    para purificarlos a vosotros de todos vuestros pecados.
    Allí la esencia del día. Un perdón que abre las compuertas de la
    purificación. Aguas puras que limpian toda mácula. Que dejan en su
    frágil transparencia, un alma visible, sustentable, sostenible. Iom Kipur
    propone la pureza como camino de retorno y de reencuentro con D’s y
    con nuestra sociedad.
    Aguas puras que descienden a lo largo de veinticinco horas,
    imperceptibles a nuestra sed física, pero que deleitan las almas sedientas.
    Aguas celestiales que se entremezclan con alguna lágrima que se deja
    escapar cuando el recuerdo de los amados que ya no están, pero que
    desde Lo Alto, escurren su emoción al vernos sucesores dignos de una
    continuidad anhelada.
    Aguas puras que vienen a inundar a la congregación de un manto de
    bondad y generosidad para emprender el camino de regreso al hogar,
    para empezar un nuevo día.
    Y es entonces cuando el versículo precitado llega a su fin: “Lifné HaShem
    Titharu…” “Delante de HaShem, vuestro D’s, os habréis de purificar.”
    Ahí lo esencial de un día. Allí el secreto más hermoso del día más feliz
    de nuestro calendario… Sabernos puros es reeditar el nacimiento. Iom
    Kipur nos regala la instancia de volver a nacer.
    LAS TABLAS ENTERAS
    En la plenitud del día, cuando el perdón parece asomar por entre las plegarias
    sentidas y sufridas de la congregación, un instante único quiere reiterar su
    imagen entre los presentes. Trasladarnos en el tiempo los que permanecemos
    entre las horas infinitas de la existencia, para darnos una cita con la eternidad.
    Iom haKipurim es el eco de esa eternidad atesorada entre las laderas de
    una montaña y la cima de una vivencia única, irrepetible y que conmueve.
    Cada día, a cada instante, cuando podemos ser parte de esa vivencia.
    Cuando logramos, en medio de la sensación del vacío de un día de ayuno,
    rellenar cada espacio de nuestra vida, con la dosis de espiritualidad necesaria
    para seguir adelante, para sentir el llamado del persistir, del no ceder jamás
    ante el fracaso que significa el desamparo.
    Sólo así estaremos en condiciones de volver a ser receptores,
    destinatarios, domicilio final y excluyente de la Palabra, que por segunda
    vez, se esculpió con fuego sobre la piedra y que descendió desde los
    Cielos, una mañana o un mediodía de otoño, para alcanzar los
    corazones de un pueblo.
    Iom haKipurim nos permite llegar hacia algo más que el perdón. Porque es
    el final de un tiempo que inauguró días de justicia. Días que nacieron
    anunciando un año y que se vistieron de arrepentimiento sincero, retorno
    del corazón, para llevarnos hacia las horas cuando podemos, con
    sinceridad, anular compromisos del pasado y asumir responsabilidades del
    presente.
    Allí es cuando nace la esperanza. Cuando podemos mirar hacia el futuro.
    Porque volvemos a estar “enteros”. Porque pudimos volver a armar el
    rompecabezas de nuestras vidas y nos animamos a caminar nuevamente
    por los estrechos cotidianos del vivir. Del aprender a vivir y a convivir.
    Con nuestras limitaciones y con los demás.
    Aprendimos a superar y a superarnos. Porque somos otros, muy
    diferentes a los que pocos días antes nos debatíamos entre dudas y
    pesares. Somos otros, porque hemos permitido nacer nuevas dudas pero
    adquirimos nuevas afirmaciones.
    Es entonces, cuando Iom haKipurim nos trae la montaña. Nos la muestra
    y nos demuestra cómo es posible ascenderla.
    Es entonces, cuando nuestra amada tradición nos dice, que este día, es
    un “Iom Tov”, tiempo para celebrar. Hacer de él una fiesta. “Iom shenitnú
    bó Lujot Shniim”, día, afirman los sabios, “que fueron entregadas
    en él las segundas Tablas.” Las Tablas enteras.
    Iom haKipurim, día para conjugar enteros. A la integridad de los hombres
    es posible ahora sumar otra integridad. Entonces todo ya resulta posible.
    Transitar los días del nuevo año sin más fraccionamientos. Allí la esencia
    de un día que nos ha dejado vivenciar la ausencia, la falta, el desánimo,
    las “no fuerzas”, para después, invitarnos a llevar, con el ímpetu de la
    entereza –personas íntegras y Tablas enteras–, todo lo aprehendido hacia
    nuestras casas. Allí concluye el sagrado día. Donde todo comenzó. Iom
    haKipurim nos regresa a casa, enteros…
    SUCOT
    LA FIESTA DE LA VIDA
    Es tiempo de Sucot. Tiempo para el regocijo y la alegría, al decir de
    nuestras plegarias. “Zeman Simjatenu.”
    Para nuestra sagrada Torá, esta festividad se configura entre dos sentidos:
    “Jag” –fiesta simplemente–, y también “asif”, la festividad de la
    recolección.
    Sucot entonces, engloba todo el sentir y el hacer que la tradición judía
    recomienda al pueblo de Israel. Siete días transcurrirán para que la alegría
    vaya tomando su propia forma y color. Siete días donde cada uno tomará
    para sí las cuatro especies vegetales –Arbaat ha-Minim– y lograr a través
    de ellas, aquello por lo que oró horas atrás en el día más sagrado del
    calendario –el Iom haKipurim– “Veieasú kulam agudá ejat”: “…Y todos
    ellos –los habitantes del mundo– habrán de ser una unidad.” Pues la
    unidad –de existir– será el nexo entre el hombre y su capacidad de
    alegrarse, de realizarse, de alcanzar la felicidad plena.
    “Ashré ioshebé beteja…” nos insinúa el salmo. “Felices son los que
    residen en tu casa.” Un lugar, una presencia, un sentimiento. “Ashré”
    es la expresión bíblica de felicidad. Se conjuga sólo en plural…
    La felicidad, nos enseña el rey David desde sus Tehilim, no puede
    sobrevenir en lo individual. Se requiere más de uno para lograrla. Una
    vez alcanzada, poder dimensionarla. “Ioshebé Beteja” continúa el salmo.
    Y esa casa, es en estos tiempos, la Sucá… Así al menos lo cantamos
    cada noche, cuando vamos al encuentro del Shemá Israel: “U-Fros alenu
    Sucat Shelomeja”, “Extiende sobre nosotros la Sucá de Tu paz…” La
    felicidad es posible, cuando podemos sentirnos en paz, en quietud,
    junto a D’s y permaneciendo ligados a Su Creación.
    Allí está Sucot, hablándonos de asif, la recolección. Pues no importa ya

    cuánto será el fruto recogido, al momento es estar seguros que hemos
    sembrado…
    La incertidumbre la da el hecho de no haberme esforzado siquiera en
    delinear los surcos. La inseguridad, el hecho de no haber sembrado.
    La insatisfacción, la realidad de saber que no podré ni tendré qué
    disfrutar…
    Es bien conocido aquello de: “El que siembra vientos, cosecha tempestades”
    ¿verdad? Sucot nos invita año tras año a recorrer el tiempo calendario
    trabajado por nosotros mismos. Una mirada hacia atrás para
    poder evocar lo actuado.
    Aunque también me ofrece una sugestiva mirada hacia delante: sólo
    quince días me separan del año recién inaugurado, y ya puedo evaluar
    mi capacidad de recolección: a través de la paz y de la alegría, las dos
    primeras semillas a sembrar y germinar en el campo familiar, social y
    comunitario.
    Claro que el surco delineado en el campo de mis acciones tiene un
    solo denominador común: la unidad. Poder pensar, poder imaginar una
    realidad distinta para el año que se inicia. Allí es cuando Sucot asume
    su nombre bíblico de jag, simplemente una fiesta, o tal vez, la fiesta por
    excelencia…
    Transcurren los hermosos y únicos días de Sucot. Inconmensurables
    por su riqueza. Bellos por la incomparable simpleza de nuestra Sucá;
    simples por la inigualable elocuencia de las cuatro especies –Arbaat
    ha-Minim– que nos hablan de nuestras diferencias por cierto, pero
    remarcan por sobre todo, nuestros lugares en común: la necesidad de
    estar unidos, para poder pronunciar la bendición sobre ellas.
    Quiera el Todopoderoso renovar este y todos los tiempos para el bien,
    la bendición, la alegría, la belleza y la quietud. Amén.
    KI ITZPENENI BESUCÓ
    Temor y desprotección. Sentimientos encontrados durante los frágiles
    días de un celebrar, que ha buscado el tiempo del otoño –desapacible
    y abandonadizo– para fijar sus metas y enclavarlas en la vivencia de la
    comunidad del pueblo de Israel.
    Cuando todo parece ceder ante los fríos vientos y las nubes amenazadoras
    de lluvias y malestares, allí es cuando el judío debe dejar los techos seguros
    para ir y habitar a la “Sombra del Altísimo”, la Sombra que atesora la fe, la
    entrega total, la inspiración total del Creador del mundo.
    Es una decisión vital la que enfrentamos a la hora de construir y de
    habitar la Sucá. ¿Cuál será el efecto que ella producirá en nosotros, en
    cada uno de nosotros y las inclemencias del tiempo físico? ¿Deberemos
    acogernos a lo que nuestra sabia Halajá establece, “mitztaer patur min
    haSucá” (“la persona que siempre se lamenta queda exenta de habitar
    la Sucá”), o nuestra mitzvá es vivir en ella, “contra viento y marea”?
    No sólo crear el espacio es el deber. Sino, crearnos el espacio. Sucot es
    la confluencia –entre las celebraciones– del tiempo y del espacio.
    Entonces, nosotros, seres temporales por excelencia, deberemos hallar
    nuestro espacio, vivirlo, disfrutarlo y hacerlo nuestro, muy nuestro.
    “Jag haSucot taasé lejá” recomienda la Torá. “Hazte para ti la fiesta de
    Sucot.” Esa cabaña pintoresca, es algo más que un lugar. Es mucho más
    que las cuatro paredes que edificamos a nuestra manera buscando la
    mejor forma de permanecer sin embargo protegidos. Es tanto más que
    diseñar un maravilloso –y para algunos, excéntrico– techo, frondoso
    de verdes hojas o de esterillado amarillento que busca renovarse cada
    año.
    “Hazte la fiesta de Sucot para ti.” Parece un mandato particular. Como
    cada celebración. Porque si no estás tú, falta todo. Aún la más hermosa
    Sucá, no puede ser objeto decorativo en tu vida. Si existe, existe para
    vivenciarla. Y cuando estás tú, entonces los temores y la sensación de
    desprotección se disipan. Dejan de ser, para pasar a ser alegría y
    protección.
    Allí entonces es cuando abrimos la puerta imaginaria de esa Sucá,
    enclavada en los espacios del hogar físico. Y esa puerta se abre y damos
    paso a los “Ushpizín”, a esos seres únicos, maravillosos, que aguardan
    desde su morada celestial, descender uno a uno y todos juntos, para
    acompañarnos. Para hacer que D’s, Creador, se sienta parte de nuestra
    Sucá, compartiendo la alegría y regalándonos Su protección…
    “U-fros alenu Sucat Shelomeja…” ¿Hay palabras más sonoras así como
    hermosamente sensibles como éstas? “Extiende sobre nosotros la Sucá
    de Tu paz.” También el Creador construye pacientemente Su Sucá. La
    Suya, es de paz. La nuestra, de alegría. Conjunción de sentimientos
    que se embriagan de presencias inagotables, inconmensurables…
    Sucot nos presenta un “ir y venir” por los circuitos de la vida. Es cuando
    la unión es posible. Cuando lo que hacemos por nosotros, por los otros,
    y por D’s, es plausible. Sucot es tiempo de hacer. De construir –aún con
    materiales frágiles– edificios viables. Casas donde la fortaleza pase por
    los seres que la habitan. Lugares donde la integridad de paredes y techos
    pase por la posibilidad de reflejar los cielos y los rostros. Donde podamos
    ver y ser vistos. Tiempo cuando amenazan los temores y sin embargo
    permanecemos más íntegros que nunca. Porque estamos con el otro.
    Somos nosotros. Y con el Creador, somos todos Uno.
    El rey David cantaba en su bellísimo Salmo 27, “cuando D’s me proteja
    y me oculte en Su Sucá…” “Itzpeneni.” Palabra hebrea que denota lo
    oculto, lo que se mantiene en código. Así como el norte y el arte de
    esconder. Todo nos habla de lo que está “por verse”. De aquello que se
    debe de-velar. Descubrir. Revelar. Hacerse evidente.
    “Sucó”, es la Sucá de D’s. “La Sucá de la paz.” De la integridad de la
    existencia. David el rey le rogaba a su Creador que quisiera atesorarlo
    en ese ámbito. El espacio donde el hombre alcanza a ser más hombre y
    la vida supera la cantidad de los días. Sucot, la fiesta que supera el
    tiempo, trayéndonos seguridad, estabilidad y continuidad.
    ALEGRÍA DEL PRINCIPIO AL FINAL
    Si intentásemos medir intensidades, con seguridad lo podríamos mirar con
    ojos humanos y ver que, a medida que las horas pasan –los días transcurren–
    y nos acercamos hacia el final, las sensaciones y las emociones parecen
    disminuir hasta sentir que se disipan en el correr de los tiempos.
    Percepciones ciertamente humanas que no se podrán contradecir
    fácilmente, a partir de lo que nos hace más y más humanos: la
    experiencia. Ser seres de experiencia nos hace solventes y hasta
    diríamos, confiables. Con una mirada cierta y con pensamientos sostenibles
    frente a cada circunstancia. No podemos, diremos en algún instante del
    relato, sostener la intensidad de la vivencia más allá de nuestra propia
    naturaleza.
    Sucot, sus días, los festivos, los intermedios, los finales, rompen con el molde
    de la monotonía de nuestras afirmaciones. Porque no sólo van “en contra”
    de la naturaleza de los hechos, sino que nos obligan a sobreponernos de
    manera que nosotros mismos expresemos alguna solución “supranatural”
    por sobre nuestra condición humana.
    “Ve-haita aj sameaj” es un llamado que sólo suena y retumba en los
    días de Sucot. “Y estarás –empero– alegre…” Hay algo –parece insinuar
    el versículo– que no me permite alcanzar la máxima expresión. ¿Estará
    fuera de mí y por tanto es un imponderable? ¿O está, muy dentro de mí
    y se transformará en el desafío de la fiesta que llama a superar los propios
    antagonismos y los ajenos?
    “Aj…” Existe un “pero”. Parece ser que aún viviendo la plenitud,
    sentimos que algo nos falta. Sensación humana única. Rezongo del
    alma que parece nunca saciarse de tanta bondad. Pero ese “empero”,
    establece en el criterio rabínico la dimensión del restar, del disminuir,
    del empequeñecer lo que se vive. Sentimientos humanos indescifrables
    que, aún en los mejores días, no nos dejan ver sino lo parcial. Hasta lo
    relativo, diríamos…
    Y si los siete días de la fiesta son un llamado a celebrar, a no dejarse
    vencer por cada aj que enumeremos, la última jornada del “tiempo de
    nuestro regocijo” –Zeman Simjatenu– llega como una corona real
    poseedora de tan solo una diadema. Una única piedra preciosa, brillante
    y reflectora de todos los matices del espectro lumínico.
    “Sheminí Atzéret Jag bifne atzmó” sentenciaron los rabinos. El octavo
    día, es una fiesta en sí mismo. No se suma, es exclusivo. Una fiesta que
    posee una única mitzvá. “Lismoaj.” Alegrarse. Regocijarse. Llenar cada
    espacio vital con alegría. ¡No hay lugar para la pena! ¡No hay espacio
    siquiera para dos letras (aj) que vinieron a restar los días anteriores!
    “Ve-la simjá, ¿ma zo osá?” se pregunta el más sabio entre los hombres.
    “Y la alegría, ¿qué viene a hacer?” Explicarnos el por qué de estar felices
    parece ser una cuestión impensada. El rey no estaba en contra de la
    alegría. Ama la felicidad, cuando la misma es resultado de la sinceridad
    del corazón. Cuando el adentro ríe entonces el afuera sonríe… “En un
    día bueno, vive intensamente lo bueno”, solía recomendar. Y tenía razón.
    No buscar más motivos cuando los tenemos a mano. Cuando se nos
    regala la posibilidad de experimentarlos.
    “Ve-haíta aj sameaj”… ¿Se puede ordenar la alegría? Ha-Kadosh Baruj
    Hú, como el mejor de los médicos, sabe bien que la alegría es el mejor
    remedio para nuestras dolencias… Pero no la ordena. Sólo la
    “prescribe”. Y nos la dosifica. Siete días donde la misma parece emerger
    por entre los sinsabores cotidianos –presentes y pasados– que no parecen
    habernos abandonado. Y un último día, donde el regocijo debe
    vivenciarse a pleno; con salud y bienestar… Lo que alcanzamos hasta
    ese momento. Por eso también ese último día, bendecimos –sheejeianu–
    por lo que vivimos en ese momento. Día a día se construye la vida. Día
    a día es menester conocer y descubrir la alegría. La alegría del vivir.
    Saber vivir es –a nuestro humilde criterio– poder percibir la alegría en
    todos los tiempos, aún en medio de la mayor tristeza, aún en el
    quebranto. En lo fraccionado de nuestro ser que sólo escucha el vocablo
    aj para restar… Para sentir que nada sirve.
    Sucot es el tiempo de una revolución. Revolución en la ecuación anímica
    del ser. Y es por ello tal vez que debemos salir de nuestra rutina. De
    nuestras protecciones habituales. Dejar lo seguro para sentir lo inseguro.
    Abandonar nuestros hogares para ingresar en la frágil Sucá. Amada por
    su fragilidad. Porque amamos lo frágil. Porque amamos vivir. Nuestra
    vida, nuestros afectos, nuestras construcciones.
    Sucot conjuga el tiempo de salir. Salir de nuestras depresiones y acudir
    a nuestras emociones reales. Aquellas que nos reclaman desde adentro
    –desde siempre– como debemos ser. Como queremos ser. Y dejarle
    paso a la posibilidad de decir: ¡estoy bien! ¡Me siento bien! ¡Soy feliz!
    Sucot es el modelo del espejo: vernos tal cual somos y sin temer el paso del
    tiempo… Porque el tiempo en Sucot, es el tiempo de nuestra alegría.
    LA ALEGRÍA VERDADERA
    “Sisu veSimjú beSimjat Torá” son las palabras enhebradas en una eterna
    melodía que despierta en nosotros todos los recuerdos, las reminiscencias
    de días pasados y de tiempos presentes.
    La fiesta de la alegría que porta Sucot como estandarte llega a su fin o
    tal vez, a su finalidad: reflejar nuestro sentir, aquel regocijo que impone
    esta celebración en sus siete días, transportarlo hacia esa mágica
    conjunción de infinitas letras y palabras que, enrolladas en un viejo
    pergamino de cuero, habla por sí misma, cuenta por sí misma, vibra por
    sí misma, cada día, cada semana, cada año: nuestra sagrada Torá…
    ”Alégrate y regocíjate en el tiempo de la alegría de la Torá” nos dice la
    melodía y la letra a cada uno de nosotros. La felicidad es tenerla. Es
    compartirla. Es transmitirla. Es, en última instancia, poder saberla…
    Cuando el iehudí arriba a esta estación, lo esperan todas esas letras,
    desde la bet del Bereshit hasta la lamed de Israel. Porque su propia letra
    –su propia vida diseñada en una delicada letra de las 22 consonantes
    del alfabeto hebreo– espera por su dueño… Espera a que el rey venga
    a armar su corona, su diadema de gloria.
    “Keter Torá” es la corona que habremos de recibir como pago, como
    recompensa por nuestra alegría. ¿Fabuloso no? El judaísmo nos invita a
    coronar la alegría, el regocijo, los instantes felices de la vida, con sus
    protagonistas. Nosotros, nuestros hijos, nuestros nietos… Allí parece
    dibujarse la sonrisa. Sólo allí, estimado lector.
    Porque la canción de la infancia sigue su curso. “UTnú Cavod la
    Torá”, “concédele honor, dignidad a la Torá”… ¿Quién, yo? ¿Cómo
    dignificar la Torá que proviene de manos del Creador? Allí la sorpresa.
    Regocijarme con la Torá no es sólo bailar con ella por algunas horas.
    Ese baile, ese sentirme abrazado a la eternidad, es coronarme. Aunque
    resulte imperceptible esa corona, algo ha sido puesto en mi cabeza.
    Y desde allí debo bajarlo a mi corazón.
    “Las palabras que te ordeno hoy, las pondrás en tu corazón, las
    transmitirás a tus hijos, hablarás sobre ellas, al estar en tu hogar, al
    hacer tus caminos…”, nos recomienda nuestro shemá a diario.
    Debo alegrarme, a no dudarlo. Pero nuestro judaísmo nos habla siempre
    de reciprocidad. Que aquello que hagamos encuentre su eco. Nuestra
    alegría que se desata –felizmente– con la llegada de este día, quiera D’s
    que encuentre su eco: que también nuestra sagrada Torá esté alegre,
    feliz, con nosotros…
    Entonces habremos de vivir los tiempos de la dignidad, del honor que
    hablábamos. Que depende exclusivamente de nosotros. No lo dude.
    De nuestro compromiso “a presente”. Porque cuando le rendimos
    honor, el futuro está asegurado. Nada hay que temer por ese tiempo.
    Nada debe pre-ocuparnos cuando nos ocupamos, ¿verdad?
    Simjat Torá, tiempo de ocuparnos de nuestra esencia, de nuestra
    existencia, de nuestra dignidad del vivir como judíos: ser sabedores de
    la Torá para más tarde, alegrarnos con ella… Y ella, feliz de alegrarse
    con nosotros.

    Tiempo de Marjeshván, GOTAS DE AMOR FECUNDO
    El tiempo después del tiempo. Un mes que aparece para
    sorprendernos de la vorágine vivida durante Tishré, y que nos
    llama a la pausa. Un mes “sin fiestas”, donde la celebración parecerá
    conjugarse en cada uno de sus días.
    Así lo definía con singular percepción Filón de Alejandría, cuando al
    enumerar las fiestas bíblicas, mencionaba un total de diez. A las nueve
    que nuestra Torá proclama, el sabio judío agregaba la del “Iom Iom”, la
    del ¡día a día!
    Interesante posición la de Filón, al valorar la cotidianeidad del vivir judío.
    Así pensamos, humildemente, para con MarJeshván. Poder alcanzar la
    plenitud de los días sin requerir para ello un llamado especial. “Iom leiom
    iabía omer” cantaba el rey David en su hermoso Tehilim. “Cada
    día trae consigo su palabra.” ¡Qué descripción más bella y simple! Hay
    días, estimado lector –sugiere el rey– que hablan por sí mismos. Creo
    que todos los días de la vida nos hablan. Nos regalan una palabra y nos
    invitan a confrontar con la realidad intensa. Es entonces cuando
    debemos atender y entender. Los días y las noches. Entretiempos que
    entretejen el sostén anímico y espiritual –cuando no laboral– de nuestro
    vivir.
    Jeshván es ese mes cuando todo parece volverse hacia nosotros. Es
    cuando nos prestamos atención, planificamos, tenemos perspectiva.
    Resolvemos. Aspectos todos que portan una bendición especial, ya que
    por fin, podemos mirar hacia adentro y salir con nuevas fuerzas hacia
    el encuentro de lo esperado. De lo soñado. Del por vivir. Del porvenir.
    Nuestra tradición asocia –curiosamente– el arribo de este mes con los
    pedidos insistentes de lluvias y vientos. Un mes para mirar hacia los
    Cielos, elevar las miradas y profundizar el corazón. Las palabras que se
    elevan y las manos que suplican; los ojos que se tornan esperanza, los
    cuerpos que se mecen en el ir y venir de una corriente suave a veces y
    tempestuosa las otras.
    MarJeshván es un signo. “Hen goim ke-mar mi-delí” reza nuestra tefilá.
    He aquí que los pueblos son como una gota en las aguas de un balde.
    Lo innumerable. Lo incalculable. Lo no dimensionado. Jeshván es una
    gota inconmensurable en el devenir de los tiempos. Gota que revivifica.
    Gota que hace renacer. Gota que trae la frescura del nuevo tiempo.
    MarJeshván somos nosotros. Caminando por entre las anchuras y
    larguras de océanos que se confunden en una gota diminuta, que a la
    hora de saciar al sediento, se torna en oasis y manantial de vida. Un
    mes donde el horizonte se hace presente para invitarnos a cruzar las
    metas más soñadas. Un puente con el año calendario, donde lo
    minúsculo ocupa lugar… Donde nosotros, la más excelsa creación del
    Bereshit, nos volvemos hacia los cielos, aguardando una nueva
    respuesta…
    UN ECO QUE VIENE DE CERCA
    Los días de Tishré han pasado, dejándonos con la sensación de un “por
    hacer”. Los días en que el juicio celestial se hizo manifestar, han cedido
    ahora el tiempo a los hombres. Para que podamos, en el transcurso del
    presente mes, continuar con algo de la equidad, del reclamo permanente
    por plasmar del mundo, un lugar más justo para todos. He aquí el desafío
    de Jeshván, que no nos presenta celebración alguna, tal vez, esperando
    por nosotros. Los que debemos hacer de cada día, una celebración.
    Por la vida, por la justicia entre los hombres, por la instalación definitiva
    de los valores que inspiraron al mundo de la Creación y a Su Creador.
    “Sobre tres pilares el mundo está sostenido: la justicia, la verdad y la
    paz…” afirmaba el sabio Rabán Simón Ben Gamliel, sobreviviente de
    la hecatombe que arrastró a Jerusalén y al Santuario en tiempos de los
    romanos.
    Una forma de ver el mundo que estaba “del otro lado” tal vez. O el
    mundo de los ideales del Bereshit que jamás dejaron de hacer oír el
    eco de la Voz Divina demandando por la justicia y el hombre justo.
    ¿Cómo recrear la justicia plantada en los albores mismos de la Creación?
    ¿Cuál será la milagrosa simiente que permita germinar el delicado –sino
    frágil– tallo de una actitud, de una conducta, de una forma de vivir, de
    una forma por la cual vivir?
    Demasiadas preguntas querido lector… Demasiadas para tan escuetas
    y a veces inexistentes respuestas.
    Ben Gamliel en nuestro Tratado de Avot lo esgrime. Hace un diseño si
    se quiere. Un trípode sobre el cual se apoye –de manera estable– el
    mundo. El suyo, el mío, el de todos. Y principia del din que abraza al
    juicio y sus ejecutores; y le rodea de emet –la verdad– la cual califica
    los métodos tanto como a las personas que se involucran en el juicio; lo
    sella con un beso: el shalom (la paz de la integridad); ese estrecho
    corredor de doble circulación (justicia y verdad) por donde deben
    transcurrir la vida y los hombres.
    Hay un llamado eterno desde nuestra Torá. “Justicia, justicia habrás
    perseguir, a fin de que vivas y heredes la tierra que HaShem tu D´s te da
    a ti…” Todo el mundo de las mitzvot (preceptos que vuelven a dibujar
    los aspectos morales y éticos del hombre y la sociedad hebreos), nace,
    se desarrolla y vive en el hombre justo. El hombre ávido de justicia y de
    su realización en la tierra.
    No es casual entonces que durante el mes de Jeshván, sea el libro del
    Génesis quien ocupe el escenario de los relatos y los hechos. Y en su
    transcurso, emergerán las figuras de Noaj (hombre justo e íntegro) y la
    de Abraham (hombre que reclamó justicia al Hacedor del mundo a
    quien definió como “Juez de toda la tierra”).
    Jeshván, parece insinuarnos el calendario, es tiempo de “Jeshvón”,
    cuentas. Cuentas claras que deben hacer a la amistad del hombre con
    su prójimo y del hombre con su Creador. Cuentas que acerquen al
    hombre por doquier hacia su meta. Hacia el ideal del cual parte el
    mundo de la Creación renovado en los días de Tishré. “Ha-Iom harat
    olám, ha-iom iaamid be-mishpat col ietsurei olam…” recitábamos con
    estremecimiento durante los días en que el nuevo año comenzaba. “Hoy
    el mundo ha sido llamado a nacer, hoy, en este día, el Creador llamará
    a juicio a todos los creados.”
    No hay religión sin justicia, parece decirnos el Creador. No podemos
    aferrarnos a lo Eterno, perdiendo de vista lo temporal. Porque el Creador
    es Él mismo, Juez de toda la tierra, como lo denominó Abraham. Y allí sí
    que se impone “ser como D’s…” En eso coincidimos con la serpiente
    del Paraíso… “Seréis como dioses” le dijo a Javá, “conocedores del
    bien y del mal”. Pero para eso no hacía falta comer. Allí se equivocó la
    serpiente. Hacía falta imitarlo. Acatar Su Voz era ya señal de justicia…
    Allí la diferencia entre aquel mundo del Bereshit y este otro, el que
    habitamos.
    Es por ello que hablamos de la coincidencia de Jeshván con la lectura
    del libro del Génesis. Porque hay una búsqueda. Y también un
    desencuentro. Porque hay una creación del hombre “a imagen y
    semejanza de D’s”, aunque también hay un desfigurarse de ese ser de
    privilegio, hasta desmoronarse frente a la astucia de un animal muy
    especial…
    En nuestro mundo sigue hablando la serpiente. No ofrece frutos
    tentadores, pero sí el resultado del comerlos: la muerte, física y espiritual.
    Porque esa serpiente sigue abrazando a la justicia hasta asfixiarla; le
    sigue inoculando su peor veneno hasta contraerla y enmudecerla; la
    sigue atrayendo con la palabra seductora y unos pocos pesos –o la
    moneda que fuere– para que el lenguaje se torne bífido como su lengua
    y corrupto como su meta…
    La víbora aparece siempre ligada al árbol… Al menos nos la han
    presentado quienes con su imaginación la dibujaron hasta el cansancio.
    Tal vez, pienso, porque hablaba del árbol prohibido.
    Nuestra Torá al hablar de justicia y de los jueces, al referirse a los recursos
    que hacen a la justicia y las personas que danzan una delicada melodía
    en torno a ella, recomienda, entre otras cosas: “No habrás de plantar
    para ti árbol alguno de asherá –y todo árbol– junto al altar de HaShem
    tu D´s.” ¿Qué tiene que ver, se pregunta usted, “con justicia”, el recurso
    de la justicia con un árbol y el altar del Santuario en Jerusalén? En
    apariencia nada…
    Pero sepa, mi estimado lector, que los estrados del Sanhedrín –supremo
    tribunal de justicia hebreo– funcionaban en el Templo de Jerusalén. Y
    el despacho del tribunal estaba al ladito del “altar de los sacrificios”. La
    justicia para ser tal, debía estar inspirada de la presencia de D’s y del
    hombre.
    ¿Por qué no plantar un árbol allí? La Torá prohíbe plantar árboles a los
    cuales se les rendía en K’naán culto idolátrico. Y a partir del contexto
    donde dicha prohibición fue impuesta, nuestros sabios dedujeron: “De
    aquí que cuando se designa un mal juez o un juez corrupto, es como si
    se estuviera plantando un árbol de idolatría…”
    Jeshván llega a nosotros sin fiesta alguna. Pero con una demanda: prestar
    testimonio de lo creado. Del tiempo que pasó. Y de la justicia que debe
    llegar. Y no caer en levedades. No tentarnos frente al impulso simple y
    letal. No perder de vista a D’s y no erigir ídolos de cualquier especie y
    de ninguna índole.
    Porque ser humano es por sobre todo, ser juez y eso me identifica con
    D’s. Así denomina la Torá a los jueces, curiosamente: elohim. En minúscula,
    pero con la grandeza de saber que, de administrar justicia verdadera,
    podemos alcanzar la Dimensión Divina.
    Ahora comprendo lo de la serpiente, el árbol, el juez y la justicia. ¿Usted
    también? Confío que sí.
    Tiempo de Kislev, OJOS QUE VEN, CORAZONES QUE SIENTEN:
    CONSTRUYENDO LA MEMORIA
    Es tiempo de Janucá. Una vela y otra más, se irán sumando en el
    correr de las noches a fin de iluminar nuestros días, con una luz
    diferente, propia, encendida a partir de cada uno…
    Es tiempo de Janucá. El reflejo de pequeños fuegos ante nuestros ojos,
    despierta la inquietud de nuestro mirar, de concentrar la atención y la
    intención en los hechos que, cuando hechos, pasan inmediatamente a
    ser milagros…
    “Ve-hanerot halalu Kodesh hem…” alienta la plegaria que acompaña el
    encendido.
    “Estas nerot, son fuegos de santidad” afirma la regla hecha canción,
    para insinuarnos que: “…Y no nos es permitido usar la luz que emana
    de ellas en nuestro provecho”.
    Las nerot de Janucá no son para iluminar, nos recomienda y nos
    sorprende la Halajá.
    “Ela lirotam bilbad…” las debemos encender con un solo propósito:
    “Sólo para observarlas…” Sólo para detener nuestras miradas sobre ellas;
    llenar nuestros ojos del ver y disfrutar por ello. Mirar para aprender. Ver
    para transmitir. Aquí el secreto del milagro que se renueva en nosotros…
    Janucá es la fiesta de las luminarias, Jag Ha-Urim. Podríamos afirmar sin
    duda alguna que Janucá es la “fiesta del poder ver”, del “darse cuenta”,
    gracias a la luz…
    Y por eso es que Janucá la celebramos: “Ner Ish u-Beito”; una vela que
    encendemos ante todo en nuestro hogar. Pero aquellos que dignifican
    la mitzvá, lo harán: “Ner le-col ejad ve-ejad.” Una luz por cada
    integrante de la familia.
    Porque lo esencial es que todos vean. Allí la victoria real sobre el imperio
    griego. Para que todos vean, decíamos. Allí el milagro del aceite. Allí
    donde cabe la luz… Porque durante la epopeya que evoca nuestra
    singular celebración, “la oscuridad se había apoderado del mundo: “Ve-
    Joshej al penei teom: Zo maljut Iaván ha-reshaá”, asevera el Midrash.
    Cuando el Génesis se refiere a la “oscuridad que se cernía sobre la faz
    de los abismos”, nuestros maestros no dudaron en asociar dicho párrafo
    al tiempo en la historia cuando “el reinado malvado de Grecia se
    apoderó del territorio del pueblo judío.”
    Allí es donde el texto del Midrash nos sorprende con una significativa
    semejanza y proyección: nos enseñan que la raíz de la palabra “oscuridad”,
    en hebreo posee las mismas letras que el verbo “olvidar”… J.SH.K
    (oscuridad) por un lado, SH.K.J (olvidar) por otro.
    Por eso es que “…cuando creían que el olvido ganaba su partida y ya a
    nadie importaba mirar”, allí nació el milagro: ver, con ojos de libertad,
    recordar, con los ojos abiertos de la memoria. Como Janucá, pero para
    toda la vida.
    Estas nerot son “sólo para mirar…”, porque en los ojos anida el tesoro
    del ser; y en la mirada, la intriga de un corazón que aprende.
    Y cuando los ojos pueden ver, el corazón canta. Y suma más y más
    velas –ocho en total– para dejar ingresar la quietud de una noche
    iluminada, y despertar abrazando la vida, que renueva el milagro del
    crecer cada mañana.
    ENCENDER LOS DÍAS
    Una luz se enciende y abre el paso de los días. Una luz nace y la
    esperanza asoma entre la oscuridad que parecía tornarse en dominante.
    Y es cuando podemos apreciar la diferencia, que hacemos nosotros, a
    la luz de lo encendido. De aquello que prendió el alma judía de una
    historia que parecía confinada al olvido y al desarraigo; un saber
    malogrado por letras ajenas que dibujaban nuevas caligrafías; un amor
    al estudio –devoción le diríamos– que cambiaba sus ropas por las del
    gimnasio y un nombre que encerraba todo un relato de pertenencias
    dejaba su puesto al nombre de dioses y trofeos.
    Llega Janucá una vez más a nosotros. Nos vuelve a iluminar ese
    encuentro único, íntimo, en familia, con las luces que iluminan el alma
    de cada judío, en cada hogar, en cada generación.
    Vuelven las melodías y los olores a frituras con el aceite que otra vez se
    vuelve milagroso; retornan los juegos viejos-nuevos del simple “dreidl”
    que gira y gira –como toda la vida– y nos muestra en su andar, maravillosas
    letras que hablan por sí mismas.
    “Nes Gadol Haiá Po” canta el dreidl en Israel. “Un gran milagro ocurrió
    aquí.” Y nuestro dreidl conjuga idénticas palabras. Sólo que miramos
    –como siempre debemos hacerlo– hacia el origen del milagro: “sham”,
    allí, en la amada geografía de tantas y tantas generaciones.
    Israel es la cuna del milagro de la existencia judía de todos los tiempos.
    Se me ocurre pensar hoy, en tiempos de Janucá, que en Israel, los
    milagros juegan de “local”…
    Janucá es superación. Es poder levantarse, erguirse y desafiar la
    adversidad. Hoy, en días de la posmodernidad, Janucá vuelve con su
    fuerza intacta. Frente a otros adversarios, que regresan –nostálgicos–
    con idéntico fin. Por suerte Janucá no debe ser desmentida hoy. Porque
    se vive dentro y es la que genera la fuerza de soportar hasta el quebranto
    la burla sangrante que provoca el “iluminado mundo islámico” orientado
    por países payasescos que a duras penas han proporcionado el
    abecedario a sus habitantes y que hoy organizan “congresos”… ¡Triste
    destino el de un mundo que se mofa de la desgracia del prójimo! ¡Pobre
    nación iraní, pobre…! ¡Qué tristeza me produce! ¡Cuánta lástima! Y tal
    vez, el dolor aumenta, cuando vemos algunos de nuestros hermanos
    (¡nunca faltan los confundidos!) que alientan la imbecilidad sentándose
    en las mesas de los escarnecedores y tomando un lugar entre los
    pecadores. Siento que esos hermanos, han pasado por alto los primeros
    y últimos versículos del libro de Tehilim…
    Hoy gracias a D’s llega Janucá. Un poco de luz que alcanza (¡debe
    alcanzar!) para derrotar tanta, tanta oscuridad… Tal vez el mundo todo
    debería tomar un poco de aceite y encender luces de Janucá. Porque
    me temo que la oscuridad vuelve a ganar la pulseada. Justo allí donde
    hace un poco más de dos mil años, ejércitos numerosos y déspotas
    “ilustrados”, amenazaban una vez más, la existencia de la nación
    hebrea. “La historia vuelve a repetirse”, cantaba una letra popular…
    Pero ¿podría reiterar lo bueno? ¿Podríamos hablar del milagro del vivir
    cotidiano y no del drama del sembrar la muerte día a día?
    Llega Janucá, querido lector. Una sensación de alivio, una espiración
    profunda y una inspiración con fuerza, nos devuelven un ánimo
    envejecido por las noticias… Sí, porque cada vez que vemos a los
    progenitores del odio, de la muerte, de la oscuridad, también algo muere
    en nosotros. Tal vez, la sensación de no poder amar al prójimo como a
    uno mismo. Tema que algunos de nuestros hermanos que vimos en
    Irán, perplejos y confundidos, parecen cumplir como el precepto
    esencial… Sólo que allí, debería leerse “ama a tu enemigo –el que te
    odia hasta la muerte– como a ti mismo…”
    Janucá nos devuelve con su luz el orgullo de saber quiénes somos.
    Cómo somos y por qué somos. Quiera D’s renovar ese milagro “allá” y
    “acá”.
    TODAVÍA VIVIMOS, TODAVÍA CANTAMOS
    Janucá inaugura un tiempo diferente en el devenir histórico del pueblo
    judío. La monotonía del helenismo en el pequeño territorio de Judea,
    se vio sacudida de su letargo cuando un puñado de hombres se animó
    a decir “¡no!” ante los opresores de turno.
    Janucá es la fiesta del no… No renunciar, no posponer, no olvidar, no
    dejar de testimoniar.
    Parecía que una generación había renunciado a un modelo de vida, a
    un mandato generacional. Era más atractivo “ser como las demás
    naciones.” Resultaba incómodo ser diferente, conservar la particularidad
    judía en tiempos donde todo cobraba formas y diseños “igualitarios”…
    Allí se levantó un grupo de individuos, dispuestos a recobrar la memoria
    perdida en el gimnasio griego y en la filosofía cautivante de sus
    interlocutores. Le opusieron el ejercicio espiritual del volver a ser y la
    palabra sentida y con sentido de un D’s viviente, jamás recluido en
    biblioteca alguna.
    Janucá fue para ellos acción y lección. Tomar por un lado el destino de
    sus vidas en sus propias manos y transmitir por el otro que la herencia
    judía jamás podría ser “tierra de nadie”. Acción y lección conjugan
    elección, es decir, libertad. En el ser, en el pensar, en el vivir de cada día
    y noche…
    Parecía que toda una sociedad estaba dispuesta a posponer el canto de
    libertad con el cual ese pueblo –Su pueblo– había nacido al mundo
    despejando las cadenas de la esclavitud y la discriminación egipcias
    siglos atrás. No importaba evocar el milagro cuando los hechos del
    presente borraban con un esplendor precario toda la luz de un pasado
    de dignidad y gloria.
    Allí se erigió un puñado de hombres llamados por el eco de la eternidad
    sembrada en sus conciencias cotidianas, para retomar el arte del
    enhebrar las palabras del D’s Viviente en melodías vivas y significativas,
    que encendiesen un fuego en estado de extinción, en medio de un
    lugar, un Santuario, pisoteado por la altanería del olvido y la desgracia
    de la enajenación.
    Unos y otros eran hermanos, integrantes de un mismo pueblo. Am Israel.
    Unos vivían pensando en cómo ser griegos habiendo nacido judíos.
    Los otros pretendían vivir y sobrevivir como judíos, sin tener que pedir
    permiso a los griegos.
    Los antagonismos parecían estar a la orden del día. Aunque la apatía y
    su socia, la indiferencia, estaban jugando su mejor partida en medio de
    una sociedad judía partida al medio en esos tiempos… ¿En esos tiempos?
    Janucá fue entonces la fiesta del “no”… Para poder conjugar lo posible,
    lo que debe ser. Y entonces los hombres de número pequeño, se
    multiplicaron, y recibieron un nombre propio: los Jashmonaím. Y
    cuando se alzaron en armas –con el espíritu imbatible– el pueblo que
    los ad-miró, los denominó: Macabim.
    La obra por ellos erigida, no necesitaba de un nuevo nombre, pues
    volver a la esencia no requiere de identidades nuevas sino de recuperar
    la perdida… Janucá habla de inaugurar, insta a educar, inspira a vivir
    como se debe… No a vivir como se quiere.
    Y allí el milagro. Porque cuando se lucha y se sabe por qué, entonces el
    milagro es posible. Y ya no importa el resultado. Importa tal vez, lo que
    se enciende a partir de esa victoria. ¿Habremos encendido la chispa de
    la unidad? ¿Habremos alcanzado a prender el fuego del amor y la
    solidaridad? ¿Habremos inaugurado tiempos donde las fracciones se
    transformen en enteros?
    Allí llega Janucá. Simple y soberbia fiesta de nuestra determinación.
    Donde parecían caber renuncias, hubo afirmación. Donde dejar pasar
    los días, para que la mano del tiempo gane su apuesta final, sobrevino
    una fiesta con días…
    Cuando los griegos quisieron obstinadamente “hacernos olvidar Su
    Torá”, allí se luchó para olvidarnos de ellos. Y cuando finalmente el
    olvido ganaba la partida trastocando las palabras, Janucá vuelve a
    nosotros devolviéndonos la Palabra del D’s Viviente, transformada en
    una luz que se enciende cada noche (tiempo de oscuridad propicia
    para el olvido) para iluminar el nuevo día (tiempo de claridad para
    discernir y tener claro quién es quién en esta partida…).
    Janucá: luz que proviene de un fuego encendido; en la menorá, símbolo
    de la unidad judía. Encender la luz a tiempo, conjugando los aspectos
    que nos unen y consolidan, hacen crecer en esta fiesta la más hermosa
    melodía.
    Janucá nos devuelve eso: el fuego de la palabra-identidad judía, vestida
    de una inconfundible e inolvidable melodía…
    Tiempo de Tebet, MURALLAS DE MEMORIA
    Tiempo testimonial. Tebet llega en nuestro recorrido para llamarnos
    a la unión. A la reunión de todos nosotros en torno a los eventos
    de siempre. De todos los tiempos y de cada generación. Un día marca
    y define este mes. El 10 de Tebet trae consigo la memoria intacta de un
    pueblo que a veces, se siente obligado a postergar su recuerdo en aras
    de los sucesos que sacuden su presente, pero los días establecidos en
    su calendario son impostergables, tanto como la vida que transcurre
    cada día.
    No hay lugar para el olvido… Pues cuando éste gane la partida, las
    columnas de fuego que se encienden en nuestros calendarios
    espirituales, se disiparán como la neblina de un día húmedo de
    primavera.
    Un ayuno llama a estar conscientes. El recuerdo del desastre que tocaba
    las puertas de Jerusalén, vuelve cada 10 de Tebet a nuestras retinas.
    Vemos las inexpugnables murallas sitiadas una y otra vez por ejércitos
    enemigos y a un pueblo que intenta lo imposible: sobrevivir al mandato
    de sus propios hechos.
    El sitio a Jerusalén se prolongó por tres penosos y difíciles años. El
    enemigo supo esperar. Supo cortar y estrangular, a sus tiempos, toda
    iniciativa de vida que perduraba entre los habitantes de la ciudad eterna,
    la capital de la santidad, el recinto de un Santuario que comenzaba a
    despedirse de sus límites terrenales para conjugarse con el otro Santuario
    –“Beit HaMikdash shel maala” – la figura celestial de los contornos
    sagrados de un Templo por siempre eterno, como su ciudad.
    Aquel 10 de Tebet fue el comienzo del fin. La debacle. La muralla fue
    penetrada. La ciudad fue profanada. Sus habitantes, perseguidos. El
    hambre, la sed, la confusión, ganaron sus apuestas entre los enemigos.
    La destrucción asomaba, una vez más, amenazante…
    El 10 de Tebet es la herida que abre las entrañas de un cuerpo muy
    herido ya, para desangrarlo definitivamente. El mes de Tebet se tornó
    en tiempo de angustias y de conmoción. “Tzom ha-Asirí” lo llama el
    profeta Zejariáh, “el ayuno del décimo mes”, permanecerá allí entre los
    ayunos menores que delatan desgracias mayores.
    Y si bien las centurias y los milenios han transcurrido, la memoria se
    empaca en recordar. Obstinación es supervivencia para la memoria. Es
    poder hacer de aquel día un monumento para permanecer de pie,
    erguidos, aunque la mano del tiempo y los deseos del enemigo hayan
    encorvado la estatura del pueblo judío a través de la historia.
    El 10 de Tebet ha cobrado renovadas significancias en nuestros días.
    Porque hemos regresado a Jerusalén, la soñada, y estamos “de pie frente
    a sus murallas”, como canta el rey David en su Tehilim. Esa es la magia
    –si se me permite el giro– que nos regala el calendario hebreo en cada
    renovado recorrido.
    Encontrarnos con el tiempo, mirar hacia atrás para aprender del pasado,
    y poder elevar los ojos hacia el futuro, conviviendo con presentes
    complejos que desafían aún, a cada uno y uno de entre los judíos, a
    sobrevivir a los hechos, y a plantar su semilla de biografías personales.
    Cada 10 de Tebet alguien más retorna a la vida. Todo aquel que fue
    presa de la muerte anónima y de una sepultura jamás cavada para su
    descanso. El renovado Tercer Estado Judío –nuestra Medinat Israel– les
    ha devuelto el honor y la dignidad a ellos. Este día ha sido declarado
    como el Día del Kadish Universal, un tiempo donde unirse con la
    plegaria con todos aquellos, los queridos, los amados, de quienes nunca
    supimos más; los “arrancados de la vida”.
    Ellos y nosotros, cada 10 de Tebet, volvemos a ser uno. Ni la oscura
    muerte que propuso el acérrimo enemigo, pudo con ellos. Ni con nuestro
    recuerdo.
    Cada 10 de Tebet, se reconstruye la muralla perforada, y se levanta una
    y otra piedra en la Jerusalén reconstruida. Un aliento nuevo, de aires
    puros y sagrados, recorre la esencia del día para traernos en su frescura,
    los delicados contornos de un Santuario que nos “mira desde Arriba”,
    extendiendo sus brazos y su alma, hacia sus hijos que rezan, que
    imploran, que ruegan y que lloran en las horas de este día, porque esas
    paredes vuelvan a su lugar; para que reine la armonía, para que la paz
    de los vivientes sea el sello que rubrique la calidad de nuestros días…
    El 10 de Tebet, decía el profeta Zejariáh, “se tornará en día de júbilo y de
    alegría”. Eso esperamos. Hacia eso nos encaminamos en este único día.
    ENTRE LA ETERNIDAD Y LO UNIVERSAL
    Memoria y tiempo. Dos instancias que recorren la encrucijada de la
    vida de los seres humanos. Dos conceptos que ocupan la centralidad
    del pensamiento judío por doquier. Conjugarlos significa aspirar a ser
    más sensibles, más humanos con todo cuanto nos rodea. Con el pasado
    y el futuro. Pues memoria es presente, y tiempo es eternidad.
    El mes de Tebet nos abre las puertas de la eternidad. Nos regala un día
    que todo lo contiene. Que habla por sí mismo. Que es testimonio de
    generaciones. Un día que nos sumerge en el recuerdo venerable, y nos
    alienta a ser persistentes, a ser insistentes con el mandato una vez
    escuchado del “elegirás ciertamente la vida”…
    El 10 de Tebet asume una nueva significación con el nacimiento del
    estado judío moderno. Fechas viejas con sentidos nuevos. Nada parece
    quedarse entre polvos y reliquias. Nada. Y por sobre todo, los hombres.
    Y sus hechos. Y sus vidas. Y lo luchado y lo truncado.
    Porque para el calendario judío, todo tiempo requiere permanentemente
    de una resignificación para los que vienen. De esa manera, seguirá
    siendo un desafío. Un desafío que propone un enfrentamiento primario
    con el drama del olvido.
    Día del Kadish Universal. Un nombre que todo lo dice. Kadish… El
    concepto totalizador de la santidad. Una plegaria que concentra toda
    la fe de un pueblo. Un intento por hablar con D’s e introducirnos dentro
    de sus dominios celestiales y sentir que la vida tiene un propósito; que
    los hombres y sus sueños permanecen intactos más allá de los aspectos
    oscuros de la existencia.
    La tradición rabínica ha establecido un nuevo hito a ser tenido en cuenta.
    Poder evocar a todos aquellos que han partido e ignoramos cuándo.
    Traer a la vida del recuerdo a todos aquellos arrancados de sus días y
    que no hallaron descanso entre los propios de su pueblo. Porque el
    hombre pudo ensañarse con su hermano.
    Porque cada generación lo trae a Caín asesinando a Hebel. Y en cada
    generación se lo escucha a D’s preguntando, inquiriendo, requiriendo
    por saber dónde se halla. El violentado y el violento. En cada
    generación.
    Y para que Hebel no muera dos veces, llega un día en el que la memoria
    logra expresarse. Cuando el dolor por su ausencia inesperada cede ante
    el bálsamo de una plegaria que nos acerca a D’s reclamando por su
    vida, y nos torna más sensibles para percibir su falta.
    Disponer de un día para aquel sobre quien dispusieron de su vida,
    arrancándolo literalmente de entre los suyos y haciendo de su cuerpo y
    de su alma una orgía –la orgía del placer de los malditos que derraman
    la sangre cada día–, para poder elevarlo hacia lo Alto, hacia el Altísimo,
    en un intento de salvar al menos, su memoria hecha trizas.
    Kadish, signo de memoria. Universal, señal de humanidad. Memoria
    de personas, recuerdos de seres únicos que no están, pero que a partir
    de este día, cuentan con una luz diminuta que elimina tanta, pero tanta
    oscuridad de años, décadas, siglos y milenios.
    Día del Kadish Universal. Ningún muerto es anónimo. Ninguna muerte
    será desapercibida. Los enemigos no pueden vencer jamás a la memoria.
    Porque ella camina de la mano de la eternidad. Y cuando se cruzan en
    el ejercicio de la vida, dan más vida, aún cuando la vida se haya
    confundido con la muerte.
    Contar con D’s y contar con los hombres. Un concurso que jamás ha
    tenido en cuenta el asesino. Es entonces cuando Tebet nos ofrece la
    alternativa. De enfrentar con la paz de las palabras, la violencia de labios
    y de manos, la violencia homicida que ha surcado este mundo desde
    temprano.
    “Osé shalom biMromav…” concluye la plegaria sentida y doliente del
    Kadish. “El que establece la paz en las alturas.” Paz arriba. Paz para los
    de abajo. Paz y quietud para los arrancados y olvidados, para que
    puedan descansar por fin. Por un mundo donde la vida no sea moneda
    de cambio.
    Por una humanidad que tenga reverencia por la vida y por los vivos. Y
    cuando llegado el momento, podamos conjugarnos en la eternidad de
    los días. De la memoria de los días del vivir. Con plenitud y sentido.
    Con presencias inconmensurables y forjadores siempre del destino. Es
    entonces cuando aquel “elegirás ciertamente la vida” dejará de ser un
    mandato para pasar a ser poesía…
    Tiempo de Shebat, ÁRBOLES DE VIDA
    Mes que conjuga un nuevo año. Shebat trae consigo el regalo
    de celebrar en comunión con la tierra y sus frutos. El hombre,
    creado del polvo de la tierra, se yergue como el árbol echando profundas
    raíces y anhelando abrazarse con el Cielo. Su copa ilumina la noche
    con flores y frutos, y su follaje es el vestido de novia que luce galán
    cada árbol al encuentro de la noche y sus encantos.
    La flor, asoma tímida por entre el entramado de sus ramas, y canta una
    canción de amor al Creador, elevando hacia Él sus mejores aromas y
    perfumes.
    “Ki haAdam etz ha-sadé” nos enseña la Torá. “Pues el hombre es como
    el árbol del campo.” También nosotros echamos raíces, sólo que, como
    explicaba el Maharal de Praga, esas raíces crecen en la profundidad de
    los cielos. El tronco, es el asiento de la imaginación perceptiva, los brazos,
    el ramificado de un cuerpo que quiere extenderse, prodigarse,
    multiplicarse, ser tierra y volverse cielo a la vez. Nuestros pies, huellas
    perpetuas de un andar con rumbos ciertos tanto como de caminos jamás
    transitados y que se deben hacer… El árbol-hombre se presenta en
    Shebat celebrando nuevos tiempos, renovados brotes, coloridas y
    aromáticas flores, exquisitos frutos… Del saber, del vivir, del hacer
    cotidiano.
    Nuestra Mishná nos presenta el tiempo: “Rosh haShaná la-Ilanot.” “Un
    año nuevo para los árboles.” Los maestros del saber discuten el día. Bet
    Shamai y Bet Hillel. Para los primeros, será el comienzo del mes la
    demarcatoria de ese tiempo a renovar. Para los segundos, será el quince
    del mes –la luna en su plenitud y esplendor– la que marque desde los
    cielos cuándo los árboles terrenales han de renovar su tiempo
    productivo…
    “T’u Bi-Shbat” marcará con sus sonidos, la exactitud de la celebración.
    El 15 de Shebat es, en definitiva, la decisión final respecto a la fecha.
    “Halajá ke-Bet Hillel” aprenderemos más tarde al saber de resoluciones.
    La Halajá –la norma legal a seguir– será de acuerdo a la Escuela de
    Hillel. Como en la mayoría de los casos a resolver.
    Allí entonces, se producirá el encuentro, una vez más, del hombre con
    el árbol. Encuentro que, como todos, tiene su historia. Tal vez, una de
    las primeras confrontaciones como seres humanos, fue frente a un árbol.
    O frente a dos… La prohibición de comer recaía sobre uno de ellos. La
    expulsión definitiva del Gan Eden, respondió a que no comamos del
    otro.
    ¿Existe alguna relación, nos preguntamos, entre entonces y el presente?
    Tal vez, la misma inclinación a reconocernos frente al árbol. Frente a lo
    perdido y de frente a la desobediencia.
    Sin embargo, nuestra Torá nos alienta a salirnos del fracaso. Y nuestra
    Mishná, a superarlo. Salir del fracaso, es volvernos hacia el árbol, cuidar
    de él y de sus frutos así como observar las reglas atenientes al disfrutarlo…
    Ser obedientes no significa ser aburridos o faltos de inquietud e iniciativa.
    Ser obedientes representa la condición de ser inteligentes. Porque
    entiendo, porque acepto, porque aprendo límites. Y la vida, es conocer
    los límites. Y apreciarlos. No como término o final sino como camino
    que abre expectativas…
    La Mishná, decíamos, nos invita a superar los fracasos. ¿Cómo?
    Llevándonos a celebrar. A transformar un día, en una fiesta. A intentar
    ver en ese árbol, una imagen de la Creación que reproduce otra imagen
    en espejo: la de un hombre que permanece enfrente, deleitado por lo
    que ve, asombrado por su proximidad y parecido en lo figurativo. El
    año nuevo de los árboles me vincula con ellos desde mi condición de
    hombre nacido para disfrutar la obra de la Creación. Ese árbol es mío,
    lo plantaron mis manos o las manos de mi padre o de mi abuelo y sus
    frutos, la bendición de D’s. Compartir con el Creador la obra, es el
    objetivo. Reconocerlo a Él en cada paso, los medios que conducen y
    señalan el fin.
    Así Shebat nos regala en la plenitud de su recorrido, un mirar renovado
    a la naturaleza. Un encuentro con los árboles, señal eterna de la
    Creación y presencia inconmensurable de beneficios para los hombres.
    Reflejarnos en ellos, nos pemite revisar una vez más lo hecho miles de
    años atrás. Disponer de sus frutos, nos regala el placer de un Jardín un
    tanto lejano, al cual anhelamos volver para disfrutar. Plantarlos, nos
    brinda un instante de eternidad. Cuidarlos y preservarlos, nos hace más
    y más hombres. Más y más humanos. Porque el “hombre es como el
    árbol del campo…”
    COMO LOS DÍAS DEL ÁRBOL
    SON LOS DÍAS DE MI PUEBLO
    La preservación de la naturaleza ha sido un mandato explícito en el
    mundo de la Creación. El ser humano creado a “imagen y semejanza
    de D´s”, debe desarrollar un vínculo inteligente con cada rincón de su
    mundo y con cada creatura viviente. Una particular tarea le aguarda en
    el Jardín donde será transplantado Adam –en Eden hacia el oriente al
    decir del texto–, el cual deberá trabajarlo y cuidarlo –leovdá ulshomrá–
    al decir del Bereshit
    Nada quedará librado al azar en el devenir del mundo y de la
    humanidad. Vivir requerirá de esfuerzos y habitar la tierra exigirá
    compromisos claros y dedicación a la tarea.
    D´s, quien crea el mundo, es el Primero en plantar en él su vegetación
    –amplia, bella, multicolor– así como adornar cada espacio terrenal –como
    el Jardín del Edén– con “árboles frutales que dan frutos”, tal como Su
    orden emanó en un principio.
    Hay un mundo “plantado” ante nuestros ojos. Adam debe advertirlo y
    procurar mantener ese delicado equilibrio vital entre sus congéneres y
    la naturaleza.
    Cuando hoy analizamos el fenómeno de la ecología –nuestra relación
    con el medio ambiente– notamos con grata sorpresa, que dicha ciencia
    de la modernidad tiene sus profundas raíces –como los antiquísimos
    árboles– en los días primeros de la existencia.
    Nuestra Torá –Torat Jaim– pasa a ser un compendio del diario vivir así
    como del saber vivir. Apreciar la vida es poder contemplar la Creación
    de D´s, cada día, y sumirnos en la emoción y la sorpresa. Descubrir a
    cada paso, una maravilla que refleja la huella del Creador y Su presencia
    inagotable en ella. “HaMejadesh beTuvó bejol iom Maasé Bereshit”,
    cantamos cada mañana en el amanecer. “D’s que renueva con Su
    Bondad cada día la Obra de la Creación.”
    Descubrir la Creación es descubrirlo. Es hacerlo “visible” por entre cada
    aspecto de una naturaleza que nos regala a diario la posibilidad de
    sentirnos parte de ella y responsables por ella…
    Perashat Shofetim nos regala una concepción muy difundida aunque
    no del todo comprendida. Nos acerca una original definición del ser
    humano, de aquel que una vez creado, se yergue sobre los creados
    para gobernar, para usufructuar, para transformar en beneficio y
    bendición cada aspecto que descubrirá en el recorrido del Jardín primero
    y del mundo después. Ser hombre es abrazar ese mundo que se extiende
    ante él, abrazarlo con sus ojos, caminarlo con su estatura, divisarlo con
    sus proyectos, preservarlo con sus acciones…
    “Cuando sities alguna ciudad por muchos días, peleando contra ella
    para tomarla, no destruirás sus árboles, alzando contra ellos el hacha,
    porque de ellos podrás comer; por tanto no los cortarás, porque el
    hombre es como el árbol del campo…”
    Una perspectiva a tener en cuenta aún en tiempos de guerra. Preservar
    el medio ambiente –tomando como ejemplo ese árbol del campo–
    resulta significativo. “Porque de él vas a comer.” Una guerra no justifica
    la destrucción de los recursos naturales. Una guerra que es inevitable
    debe procurar preservar el continente y sus contenidos. El hombre se
    define como el mismo árbol del campo. Pues ambos se yerguen hacia
    lo Alto en busca de su copa y su flor… En busca de la esencia que los
    caracteriza. No hay justificación alguna cuando se trata de fines
    destructivos, sugiere la Torá.
    Lejos, querido lector, de alguna realidad circundante. Lejos estamos de
    poder contemplar a no ser que lo hagamos en un viaje de placer…
    Pero la vida cotidiana, a duras penas nos deja ver un atisbo de cielo por
    entre las pesadas cortinas y altos edificios de nuestras ciudades…
    “Cuando lleguéis al país, plantaréis toda clase de árboles frutales”
    enseñaba el libro de Vaikrá a los hijos de Israel vinculados con el futuro
    de su tierra. Recrear la obra de D´s e imitarlo, ser como Él, es posible en
    los términos bíblicos. Nuestra tierra de Israel debe contener la tarea
    primera de D´s en Su mundo: plantar. Porque allí se instala la vida, y
    desde allí se la proyecta hacia otras existencias: la de los seres humanos,
    esos “árboles de pie” que sostienen el mundo mismo y lo alientan en su
    definición de habitabilidad…
    A propósito de la construcción del Tabernáculo en el desierto, se nos
    enseña que las maderas que sirvieron para su andamiaje, maderas de
    “shittim” (acacias), debían ir de pie: “Atzé shittim omedim.” ¿Y qué
    significan estas maderas de pie? “A los hombres justos que permanecen
    de pie por toda la eternidad.” Válida coincidencia para nuestros sabios.
    El hombre-árbol se equipara con el justo-árbol… Porque, como decía
    el profeta: “Kimei haEtz, iemei Amí”, “como los días del árbol son los
    días de mi pueblo.”
    Cuidar del árbol, es cuidar la vida. Es estar en sintonía con D´s y Su
    mandato. Es revestirnos de un follaje muy especial, de raíces eternas y
    de flores y frutos imperecederos. La eternidad está plantada en nosotros.
    ¿Cómo? Con la Torá… Ella es el “etz jaim hi…”, “árbol de vida es ella”.
    Allí nuestro deber de cuidar al árbol y trabajarlo. Todos los días, toda la
    vida…
    Tiempo de Adar, DESAFIANDO AL OLVIDO

    “Mientras todas las festividades pueden desaparecer a la llegada
    del Mashíaj, Purim jamás desaparecerá, como lo expresa la
    Meguilá: ‘Estos días de Purim no caerán en desuso, ni la memoria de
    ellos se acabará de entre sus descendientes.’” (Midrash Mishlé, 9.)
    Interesante definición de nuestro Midrash para la celebración que ocupó
    el centro de nuestra semana.
    Purim emerge del calendario trascendiendo aún las fronteras mismas
    de nuestro Pésaj, Shavuot y Sucot, por ejemplo…
    Y esto nos llama ciertamente la atención. Ante todo porque estas últimas
    marcan y delimitan un antes y un después del pueblo judío. Esclavitud
    versus libertad; opresión y discriminación versus moral y ética; casas de
    esclavos versus protección y amparo de D´s, si quisiéramos resolver un
    primer enigma con nuestras preguntas.
    ¿Qué delimita Purim como para sobreponerse a la esencia de estas
    festividades en el ejemplo, si bien no citamos otras de tanta o mayor
    proyección?
    ¿Cómo una festividad que nace de una fuente de nuestro Tanaj podrá
    llegar a sobrevivir a aquellas que emanan de nuestra Sagrada Torá?
    Purim es la fiesta donde vencimos al olvido… El olvido de nuestras
    raíces, de nuestras pertenencias, de nuestras referencias. Toda una
    generación a punto de desaparecer a causa de ese olvido. Fiestas
    palaciegas, derroche, opulencia, postergación del prójimo, intrigas y
    más, habían hecho de aquella generación lo que definieron los sabios
    como “dor jaiav”, algo así como un colectivo sobre el cual pende una
    deuda…
    En Purim estaba en juego la continuidad física del judío. Y los genocidas
    de turno lo sabían bien. Y es por ello que ellos mismos echaron un
    sorteo –“Pur” – es la raíz de la fiesta. Un macabro sorteo para elegir mes
    y día…
    El genocida es oportunista. Espera la ocasión para golpear. Y Hamán
    sabía bien del olvido. Sabía de lo separado que estaba ese pueblo, alguna
    vez unido y reunido en su tierra. La dispersión no resultó ser sólo
    geográfica. Y actuaba, el genocida, en silencio. Porque el oportunista
    juega siempre con la cuota de lo inesperado. Y allí asertó su golpe.
    ¿Cuándo? Cuando descubrió que había todavía un judío consciente
    de su condición. Que no le reverenciaba. Que no lo idolatraba. Y ese
    judío debía morir y con él, todos los judíos… un judío que no olvidó su
    pertenecer y su ser.
    En las fiestas de Pésaj, Shavuot y Sucot, la mitzvá es regocijarnos, porque
    probamos del bien que HaShem nos deparó… En Purim, sin embargo,
    la mitzvá previa es “recordar lo que te hizo a ti Amalek… No olvidarás.”
    Porque en Purim, en los tiempos donde los acontecimientos se dieron,
    olvidamos al Creador y probamos los manjares de otro rey, de carne y
    hueso, y nos alegramos con su vino.
    Ninguna otra fiesta nos propondrá tener tan presente a D´s como Purim
    entonces. Pues así como Él se oculta a lo largo de toda la Meguilá –casi
    tanto hasta el olvido–, sólo el despertar de ese aletargado continuismo
    y enajenación, hizo de los judíos de entonces, el milagro de la
    supervivencia.
    “Shebejol dor vador omdim aleinu lejaloteinu…”, vamos a cantar dentro
    de un mes a partir de esta fecha. “En cada generación y generación se
    levantan enemigos para exterminarnos…” “VeHaKadosh Baruj Hu
    matzilenu miiadam…”, “pero el Santo Bendito Él, nos libera y salva de
    sus manos.”
    Purim es la supervivencia del pueblo judío. La supervivencia al peor
    enemigo del pueblo judío: el olvido… Y esta fiesta merece no concluir
    jamás…
    CARAS Y MÁSCARAS
    Descubrir quiénes somos. Descubrir cómo somos. Una historia donde
    los disfraces parecen ser el centro de la atención. O tal vez, los verdaderos
    promotores de la tensión. El escenario abre su telón, y allí, un festejo
    inusual. Ciento ochenta días de vinos y placeres inundan a los
    embriagados habitantes de una comarca mítica, que supo siempre de
    intrigas palaciegas y desbordes reales.
    Allí hay un personaje, el primero en mostrar su máscara. Un rey que
    asoma como popular y bienhechor. Un hombre que con todo el poder,
    parece querer compartirlo. Difícil ecuación para la monarquía de todas
    las épocas. Hacer que los demás se sientan “reyes”, al menos por un
    día. Y así entonces, un rey que sabe compartir. Que celebra y suma a
    sus festejos a su pueblo. Sin discriminar. Todos los hombres del reino,
    son sus hombres. Sin proponerse un baile de disfraces original para su
    época, el rey ha logrado ser el primer disfrazado.
    A tal punto, que ni la propia reina parece reconocerlo –“su corazón
    parece haberse puesto contento con tanto vino”– cuando requiere de
    la presencia de la primera dama. Ella tenía su propia fiesta. Junto a las
    mujeres. Y no está dispuesta a usar máscara alguna. Ella pretendía ser
    tan real como su cargo. Y le costó caro. Diríamos que con su propia
    vida. El rey ordenó traerla a su festín, para mostrar su belleza. “Beketer
    maljut” –sólo debía vestir su corona real– nos dice el relato.
    Demasiado precio para la locura del vino. La reina no puede reconocer
    a su rey. Su cara trocó por una máscara. El es otro. Ella es
    ajena. Sus consejeros –los imaginamos ahora también todos enmascarados–,
    muestran rostros complacientes… De esas risas sarcásticas
    y que denotan preocupación a la vez. De esas máscaras que no
    podemos definir si ríen o lloran. Pero la realidad es una: la reina ha
    desobedecido. Y eso se paga caro en un reinado donde la cara verdadera
    de la realidad no asoma.
    De todos los consejeros sentados en la primera línea de gobierno uno
    tiene “doble identidad…“ Él es quien da la idea de qué hacer con la
    reina Vashti. Pobre destino de aquella mujer que por lo sincera, por
    intentar mostrar su verdadera cara, paga eso con su vida. Memujan es
    el consejero disfrazado. “Mujan le-pur’anut be-jol shaá.” Aquel que está
    siempre listo para desatar la destrucción. Más adelante, en el avance
    del relato, mostrará su verdadera cara: Hamán…
    “Ish iehudí haiá be-Shushán ha-birá.” Un hombre judío vivía en esa
    capital. Su nombre era Mordejai. Su origen, la tribu de Biniamín. Su
    pueblo, Israel. Parece no tener máscara alguna. Se muestra tal cual es.
    Vive tal como fue educado en su tierra natal. Ahora, hijo del exilio,
    debe pagar un alto precio por la subsistencia y la supervivencia. Su
    tarea pasa por hacer crecer a su sobrina. Esther que se llamaba Hadasa.
    Nombre y sobrenombre. Una cara y una máscara. Una niña que crece al
    amparo de una tradición milenaria pero que en lo inmediato dejará la casa
    de los afectos y será eje del escenario palaciego, junto a aquel rey que
    parece no tener sólo una cara… Ni siquiera una palabra tiene ese rey.
    Hadasa lleva también su máscara al palacio. “No decía su nacionalidad
    ni cuál era su pueblo.” Esther no sólo gana el favoritismo del rey, sino
    de todos sus consortes. Y su máscara, hecha a medida, la lleva en algún
    momento a pensar que puede liberarse de la suerte de los suyos. Su tío,
    en un mensaje desesperado, se lo hace ver. Y diríamos que casi le saca
    esa máscara, para dejar entrever su cara verdadera.
    Ajasverosh y Hamán recorren las escenas cubiertos de máscaras. A tal
    punto, que no conocen sus rostros. Quiero decir, no saber ver al otro,
    es no poder comprender lo que urde. Lo que maquina entre sus infinitos
    pensamientos y lo que está dispuesto a llevar a cabo. En palacio, Hamán
    lleva puesta la máscara de un fiel servidor real. En las calles, la máscara
    de un déspota. En su casa, el disfraz de un energúmeno que ora es
    regodeado por la zalamería de sus amantes, ora es condenado por su
    torpeza, por los mismos que lo aman. Ellos, su entorno, también son
    mascaritas… Nadie puede sostener su verdadero rostro… Nadie. Excepto
    los menos contaminados.
    El pueblo judío también usó un tiempo alguna máscara. Cuando
    disfrutaban las comilonas del palacio, nada los hacía imaginar terrible
    destino. Cuando todos se quitan las máscaras, las cosas parecen ser
    más claras. Pero ya es tarde. Por fin, los judíos se desprenden de su
    disfraz y “se paran sobre sus vidas”, es decir, literalmente, se defienden.
    Se quitan las máscaras. Somos judíos y lucharemos por ello, por nuestra
    orgullosa existencia.
    “La-iehudim haitá orá ve-simjá, ve-sasón viikar” dice la Meguilá. Cabe
    entonces, cuando somos los seres reales, la luz, la alegría, el deleite y la
    dignidad. Y entonces, Hamán y sus hijos –todos los sostenedores de
    Hamán– son colgados… De sus cabezas, para que las máscaras se caigan
    y se puedan ver los rostros, que ya no pueden ver.
    El rey mientras tanto, persiste en su dualidad. No puede con su ser real.
    Vive una vida prestada. Él sólo está para fiestas. Y en las fiestas no siempre
    podemos observar la realidad tal cual es.
    Purim es la fiesta donde todo se invierte. “Ve-nahafoj-u.” Dar vuelta,
    quiere decir entre otras cosas, mostrar el lado verdadero. Cuando
    podemos descubrir nuestras máscaras, entonces aparecen las caras. Las
    reales, las posibles, las que nos enfrentan –tal como somos– a la realidad
    por vivir.
    UNAS PIEDRAS PARA HAMÁN
    Promedia nuestro libro de Shemot. Sus últimas cinco perashiot
    (secciones), nos hablan y describen la confección de un lugar. “Hiné
    makom Ití…” –he aquí un lugar junto a Mí– decía el Todopoderoso a
    Moshé cuando este pedía, desde el fondo de su corazón, poder conocer
    Su gloria. Un lugar de proximidad.
    Nuestra Torá dedica el final del libro de la “gueulá” –redención y
    liberación del pueblo judío– a la cúspide de ese inicio único y milagroso
    de los principios del relato: la construcción del lugar cuyo nombre es
    Mishcan. Asiento de la “Shejiná”, la mismísima y anhelada presencia
    del Creador entre los hombres. ¡Cinco perashiot destinadas a un idéntico
    objetivo! Curioso, así como llamativo.
    Una primera aproximación es necesario aportar. Así como D’s es el
    creador de los Cielos y la Tierra –espacios vitales para el desarrollo
    humano– es el turno del hombre, crear con sus propias fuerzas,
    imaginación, vocación y decisión, otro espacio. Un mundo posible…
    Si D’s creó un mundo para los hombres, es tiempo que los hombres
    edifiquen, ellos mismos, un mundo donde la presencia de D’s sea
    posible… Pasar del “mundo de D’s” a la idea de un mundo “con D’s…”
    De allí tal vez el detalle, lo minucioso. Porque a la hora de “hacerle un
    lugar” debemos aprender cómo. Debemos comprender los por qué. Es
    necesario saber. Conocer hasta el punto más insignificante, y hacerlo la
    razón de lo significativo… Por ello la reiteración. Como si nuestra Torá
    nos insinuara: ¡nada puede ser pasado por alto!
    Y así vivimos entonces. Afincados en las cosas pequeñas, que encierran
    los grandes desarrollos y proyectos de vida de una nación. Tal vez lo
    hemos heredado de nuestros padres, abuelos, antecesores. ¡No perder
    detalle! ¡Prestar atención a cada cosa! Pues si bien “no hay hombre
    que no tenga su hora, ni cosa que no tenga su lugar”, –según
    reflexionamos en Pirké Avot–, somos los promotores primeros de un
    orden. Y en ese orden se refleja el mundo de la Creación: abandonar el
    “tohu va-bohu” –lo desordenado y lo vacuo– para llenar de vida cada
    rincón. Sin esperar que eso llegue ni que lo haga el próximo a venir…
    Mi tarea es impostergable e irreemplazable.
    Y entre los elementos a confeccionar en la empresa de hacerle un lugar
    a D’s hay uno que nos ayudará a “ser considerados por Él siempre”. A
    gozar de Su recuerdo que involucra la vida. La garantía de la
    supervivencia. ¿Cómo, nos preguntamos, estar presentes, nosotros, los
    pequeños seres humanos, en un espacio de tamaña envergadura –la
    “casa de D’s”–, donde todo evoca Su presencia, “Meló Col haAretz
    Kebodó”?
    “Ve-asita Joshen Mishpat…”: “Confeccionarás un pectoral para el juicio,
    obra de artífice.” Ese pectoral, deberá ser engastado con engastes de
    piedras preciosas, cuatro hileras con tres piedras cada una.
    “Y las piedras estarán conforme a los nombres de los hijos de Israel:
    doce, según los nombres de ellos…” Así llevará Aharón los nombres de
    los hijos de Israel, en el pectoral del juicio, sobre su corazón, siempre
    que entre al Santuario, por memoria perpetua delante de HaShem…”
    Hermosa descripción para un ropaje. Piedras preciosas. Que irradian
    luz propia. Piedras sobre el corazón… Piedras como zicarón: memoria,
    recuerdo, presencia incondicional. No hay lugar para el olvido aún en
    la conformación de un mundo a caminar y compartir con D’s. No hay
    postergación alguna. Porque recordar –el zicarón– el ejercicio de la
    memoria, ennoblece al ser humano y dignifica la condición judía.
    El Midrash de Pirké de Rabí Eliezer sostiene al respecto que “Cuando el
    patriarca Iaacov abandonó a sus padres para ir a formar una familia,
    descansó la noche en Bet El, y tomó doce piedras del lugar, símbolo de
    las doce tribus que iba a erigir. Las colocó bajo su cabeza y se fundieron
    en una sola unidad…”
    Esta unión armoniosa de las doce piedras de las tribus de Israel, se realiza
    nuevamente bajo el corazón del sumo sacerdote, en el momento en
    que “entra en el Santuario para presentarlas como recuerdo permanente
    delante del Eterno.”
    No perdamos detalle, por favor. Asistimos a un Shabat con nombre
    propio: Zajor –¡recuerda!–, como imperativo. Porque mira la llegada
    de Purim, tiempo cuando lejos del Santuario destruido, las piedras no
    se llevaban en el corazón sino que se arrojaron contra el pueblo judío.
    Alguien pretendió una vez más, llevar a nuestra nación al olvido. Olvido
    de la muerte. Olvido del odio. Olvido que se enfrenta a la memoria
    para combatirla y abatirla en cuanto pueda.
    Nuestra Torá propone una justicia llevada sobre el corazón. Racional,
    sensible, justa, firme, constante, viva. Las piedras que la adornan, irradian
    luz, como el hombre que se decide a crear un lugar para su prójimo y
    para D’s. No es casual que el nombre de D’s no esté en la Meguilá.
    En las tierras y en la mente de Hamán –el genocida– no hay lugar para
    D’s. Ni siquiera para los diferentes. Como nosotros. Porque cada tribu
    tenía su propia piedra preciosa. Su propio fulgor. Su íntimo “recuerdo”
    delante de D’s.
    Curiosa coincidencia, querido lector. Piedras que hablan de armonía
    en la unidad. Todo lo opuesto a lo que vio Hamán entre los judíos de su
    reinado.
    Llega Purim y arriba el tiempo de detenernos en las cosas chicas… En
    lo insignificante. Para Hamán, era la vida de los judíos lo que carecía
    de sentido. Para nosotros, milenios después, es poder descubrir el brillo,
    el fulgor de nuestra propia piedra. Es decir, cuánto refulge nuestro
    recuerdo. Entre nosotros, y delante de D’s…

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