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    La ecología en las fuentes

     

    Por GUSTAVO D. PEREDNIK*

    Como en tantas otras cosas en Occidente, los movimientos ecológicos bien podrían basar todos sus predicamentos en las fuentes judaicas. Desde el Génesis hasta el Keren Kayemet LeIsrael, la tradición judía es un vivo testimonio de amor a la naturaleza y un llamado eterno a “cuidar el jardín”.

     

     

    Atenas y Jerusalem pueden entenderse como dos culturas contrapuestas de cuya síntesis se conformó nuestra civilización. Hace dos milenios y medio, se escuchaban en Grecia y en Israel sendas explicaciones acerca de los fundamentos del cosmos. En la primera, el orador y mago Empédocles de Agrigento difundía la tesis -posteriormente desarrollada por Aristóteles- de que el universo estaba conformado por cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Casi simultáneamente, los levitas, después de la lectura del Libro de la Ley, proclamaban en Judea versículos que forman parte de la liturgia matinal y que evocan los mismos motivos que el griego: “el Señor creó los cielos infinitos, la tierra, los mares y todo cuanto ellos contienen, lo que es sostenido en la vida por obra del Creador”.

    En un caso privaba lo fortuito de la existencia; en el otro, había ante Quien rendir cuentas por lo creado.

    El Génesis nos informa que el hombre apareció en el sexto día de la Creación, cuando el escenario para su misión ya había sido íntegramente conformado. En los días previos se había creado la ecosfera, el sector esencialmente básico del sistema Hombre-Naturaleza que, junto con los recursos minerales de la Tierra, es la parte para cuya creación no hizo falta la intervención humana. Sus propiedades fundamentales fueron definidas mucho antes del nacimiento del hombre y es intrínsecamente incapaz de crecimiento o expansión continuados. Por ello el hombre nace con una responsabilidad frente a la ecosfera, que viene eludiendo desde el tiempo más remoto.

    CONOCER NUESTRA CASA

    En este siglo ha estallado la conciencia acerca del conflicto que existe entre las actividades humanas y las limitaciones del medio ambiente. Frente al continuo ataque a los sistemas naturales que nos sostienen, de las fuentes judaicas emerge el mensaje ecológico que el judaísmo tiene para ofrecer.

    En hebreo bíblico la raíz de los verbos “conocer” y “amar” es la misma. Adán “conoce” a Eva cuando se unen en amor carnal. La Torá exige del hombre para con la mujer “sheerá, kesutá, ve’onatá”, proveerle comida, vestido, y derecho matrimonial. Es notable que según la ecología esas son las tres condiciones que requiere todo ser vivo para su supervivencia, en ese mismo orden: alimento, cobijo y capacidad reproductora. El conocimiento de la Tierra parece ser la primera mitsvá de la ecología, tal como el conocimiento de la cónyuge es la primera de la Biblia.

    La curiosidad bíblica tiene en el Salmo 104 uno de los ejemplos más hermosos del conocimiento del habitat natural de los animales y el ciclo de vida terrestre: “Eres Quien envía fuentes en los valles, las aguas van corriendo entre los montes, abrevan a las bestias del campo, los asnos monteses apagan su sed, y a sus orillas habitan las aves del cielo, gorjean entre las ramas. Eres Quien riega los montes, y la Tierra se llena del fruto de Tus obras. Haces producir la hierba para las bestias, y las plantas en las que trabaje el hombre, para sacar pan de la tierra, el vino que alegra su corazón y al aceite que hace relucir su rostro. Los árboles del Señor están llenos de vigor, allí donde anidan las aves, la cigüeña tiene en los cipreses su casa. Las altas montañas son para las cabras monteses, los peñascos refugios para los conejos. Traes la noche, en ella se ponen en movimiento las bestias de la selva, los leoncillos rugen por su presa, y piden a Dios su alimento. Se levanta el sol, sale el hombre a sus labores. Cuán grandes son tus obras, oh Señor, con sabiduría las has creado y la Tierra está llena de Tus creaturas”.

    El conocimiento de lo creado lleva a la admiración por el Creador. Por eso los grandes maestros talmúdicos admiraban lo natural. En las academias babilónicas de Sura y Pumbedita, Aba Arija y el rabí Iehuda enseñaban que el Creador “lo bará davar ejad lebatalá”, hizo todo con algún propósito. En ese contexto explicaron la existencia de la babosa, la mosca, el mosquito, la serpiente y la araña, en una página talmúdica en la que asimismo se mencionan costumbres de muchos animales: león, elefante, águila, ballena, cabra, oveja, camello, buey, langosta, gallina, peces, serpiente y cerdo.

    Otros rabíes que estudiaron los procesos del mundo animal, nos sugieren cómo preservar a las gacelas en su habitat natural, o al hombre en un estado de salud (el tratado Taanit menciona una peste que afectaba a cerdos, que por tener intestinos parecidos a los humanos podían producir contagios letales).

    Entre los maestros se destaca Shimon ben Jalafta (s. II) a quien solían llamar “experimentador de todas las cosas”. Al leer el proverbio bíblico de que el perezoso debería aprender de la hormiga porque sabiamente prepara en verano su alimento y recoge su comida durante la siega, Shimon ben Jalafta decidió cerciorarse si detrás del mensaje moral, efectivamente esa previsión fórmica tiene lugar, o si se trataba de una mera metáfora del rey Salomón.

    La intimidad con el mundo natural es una herencia espiritual de nuestros patriarcas y profetas, que eran pastores. Solían conducir sus rebaños lejos de las zonas cultivadas y sus migraciones anuales entre el desierto de Judea y el valle del Jordán les permitían monitorear la erosión de los arbustos de aquellas regiones, que gracias a las lluvias proporcionaban alimento a los rebaños. Los profetas expresaban el mensaje divino en imágenes del desierto y del valle. Por ejemplo así exhorta Jeremías a los israelitas: “Aun la cigüeña en el cielo conoce sus tiempos, y la tórtola, la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida, pero Mi pueblo no conoce el juicio del Eterno” (8:4-7).

    Noga Hareuveni explica la imagen: el pastor, que contempla el vuelo de las aves en sus migraciones anuales a climas benignos, ve que en mayo la tórtola, las grullas y las golondrinas vuelan del Africa a Europa cruzando Judea. Pero regresan al Africa por una ruta distinta que no atraviesa los cielos de Israel, de modo que son vistas sólo una vez por año. El profeta-pastor lo indica: “guardan el tiempo de su venida”, mientras que de la cigüeña (que vuela de Africa a Europa en abril y regresa en octubre por sobre el valle del Jordán) se aclara que “conoce sus tiempos” en plural.

    LA ARMONIA DE LA ECOSFERA

    La intimidad con la amada naturaleza descubre la armonía que sustenta el universo creado. En el Génesis, cada parte de la Creación se rubrica cuando “ve Dios que es bueno”. A partir de allí, el ideal del orden natural puebla nuestras fuentes. Cuando Dios espeta a Job (39:1) ¿Contemplaste tú las ciervas cuando dan a luz?, el Talmud aclara: “Al agacharse para parir las cabras monteses, suben a una montaña. De este modo, la cría puede caer y morir. Pero Dios tiene lista un águila para que la recoja en sus alas y la ponga delante de la madre. Si el águila llegara un segundo antes o después, la cabrita moriría”.

    La percepción de una naturaleza armoniosa llega a su cúspide en la visión mesiánica de Isaías: “habitará el lobo con el cordero, y el tigre se acostará con el cabrito; el becerro, el leoncillo y el cebón andarán juntos, y un niño los conducirá. Se llenará la Tierra de conocimiento del Señor”.

    En ese ideal teleológico, el hombre reconoce la interrelación entre los distintos tipos de vida, y por lo tanto, será consciente de que todo cambio que ejerza artificialmente en un sistema natural, puede perjudicar ese sistema. Ante la exclamación del salmista de ¡¡Cuán grandes son Tus obras, Eterno!, el rabí Akiva comenta: “Has creado seres grandiosos en el mar y también los has creado en las tierra. Si los acuáticos fueran puestos sobre la tierra, o los terrestres en el mar, morirían”. La premisa es no modificar el hábitat natural para evitar la extinción de especies.

    En contraste, la tecnología ha procedicon una soberbia que trasciende ideologías, y se ha desarrollado sin tener en cuenta la capacidad limitada del capital biológico representado por el ecosistema. El hombre ha considerado los recursos naturales y la vida animal como una herencia de la que puede disponer a su antojo. Pero la reconvención bíblica es doble: por un lado “llenad la Tierra y dominadla” y, simultáneamente, “cuidar el jardín”.

    Para proteger nuestra Tierra deben salvaguardarse sus recursos. Cuando hace cuatro milenios el patriarca Abraham se separa de su sobrino Lot, lo justifica con “que la tierra no es suficiente” para que la habitasen juntos. En efecto, apacentar excesivo ganado, especialmente ovino, puede esterilizar un área fértil de pastoreo. Por ello Abraham y sus rebaños toman la dirección opuesta de Lot, hacia las sierras de Jebrón, en donde el patriarca elige morar en el encinar de Mamré y no sobre suelos cultivados.

    Fiel a la tradición judaica de protección de la naturaleza, el Estado de Israel creó en 1964 la Dirección Nacional de Reservas Naturales. Casi trescientas reservas ya han sido demarcadas, cubriendo una extensión de ciento sesenta mil hectáreas. Las especies salvaguardadas en ellas incluyen vegetales como el roble y la palmera, y animales como el leopardo, la gacela, íbice y el buitre. En cuanto a los animales, las fuentes bíblicas son muy específicas en su protección. La comida inicial que Adán tenía a su disposición era de frutos y vegetales comestibles. El Talmud, en una clara apología del vegetarianismo, interpreta que existía una prohibición de comer carne, que finalmente se permitió en la época de Noé, y sólo como transacción.

    El corazón del mensaje ecologista es la protección del bien común, empezando por el planeta que compartimos, la casa que debemos mantener limpia: “cuidar el jardín”. La tierra es la matriz del hombre: “de ella provenimos y a ella nos encaminamos” (la voz “hombre” en hebreo, “Adam” es de la raíz “tierra”, “adamá”). Arón David Gordon llevó esa idea al judaísmo contemporáneo, cuando sostuvo que lo esencial del sionismo moderno consiste en hacer retornar al pueblo judío al contacto con la tierra, a la sociedad con el Creador que surge de labrar el suelo que nos ha dado.

    La Biblia provee leyes ideales para el descanso de la tierra, como la “shemitá” o año sabático. Maimónides dedica muchas páginas de su “Guía” a la cuestión (3:31) y explica que la finalidad del año de barbecho no se reduce a “la conmiseración y liberalidad hacia los hombres” sino también a “que la tierra se torne más fértil, fortaleciéndose por el descanso”.

    Otro concepto vital de nuestras fuentes es el de Bal Tashjit, el veto talmúdico contra la dilapidación, que deriva de la prohibición bíblica de destruir árboles: “Cuando sitiares una ciudad al combatir contra ella para conquistarla, no destruyas sus árboles con tu hacha, porque de ellos te alimentas. No habrás de hacharlo, porque el árbol del campo es como un hombre. Sólo del árbol del que sepas que no es alimenticio podrás cortar a fin de construir la fortaleza contra la ciudad que te declara la guerra”.

    Esta ley es explicada en el “Libro de la Educación” (del Siglo de Oro sefardí) de Arón Levi de Barcelona: “esta norma inculca en nuestro corazón el amor por lo bueno y lo beneficioso, así tal amor se transforma en parte de nuestro ser, y nos alejamos de lo malo y de lo destructivo. El piadoso ama la paz y se regocija en el bienestar del prójimo para que no sea destruida ni siquiera una semilla de mostaza”.
    Otra institución ecológica de Israel es el Keren Kayemet, que planta cada año más de dos mil hectáreas de nuevos bosques y ha construido más de un centenar de parques de recreación y más de veinte forestales.

    Conocer el planeta es una de las mejores formas de ejercer nuestra capacidad de amor. Así lo entendió uno de los grandes maestros del jasidismo, quien solía pronunciar la siguiente plegaria: “Señor del Universo, otórgame la posibilidad de estar solo para hacerme del hábito de salir cada día a la naturaleza, entre árboles y pastos, entre lo que crece y florece, para expresar allí todo lo que dicta mi corazón, para que el follaje, los árboles, las plantas, se despierten con mi llegada y envíen el poder de su vida a mi plegaria, para que mi oración sea un todo, por medio de todas las cosas que crecen, que son como una por su fuente trascendente”.

    Un método judaico a nuestro alcance a fin de intimar con la naturaleza, es el calendario hebreo. Las tres Fiestas de Peregrinaje (Pésaj-Pascua, Shavuot-Pentecostés, y Sucot-Tabernáculos) son respectivamente de la siembra, la cosecha y la recolección. Se agrega a ella la singular Tu Bishvat, que marca el comienzo de la separación de los diezmos de la fruta (ya que la mayor parte de las lluvias caen en Israel antes de esa fecha) y por ello es Año Nuevo de los Arboles, su cumpleaños.

    Un relato talmúdico del rabí Eleazar compara la creación del mundo con la de un rey que creó un palacio en un basural. Nuestra misión es en efecto convertir nuestra casa en un lugar agradable y placentero. Esa sería la mejor alabanza al Creador, puesto que ya lo dice el salmo: “iehalelú Hashamaim vehamaim…”, Lo alabarán los cielos y las aguas. Límpidos los unos, cristalinas las otras.

     

    * Autor de Custodia sobre cuatro mil años – Ecología y Judaísmo,Premio Keren Kayemet 1990. Para más consultas: gustavop@jazo.org.il

     

     

    Agradecemos al departamento de Hagshama dela Organizacion Sionista Mundial por facilitarnos este articulo.

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