• Rabino Dr. Y.D Soloveitchik, la Sinagoga – concepto e institución

    beit cneset (1)La Sinagoga no es en nuestros dias la institución más popular en el seno de la comunidad judía. Y no me refiero exclusivamente al sector laico de la misma, sino también al religioso, el cual concibe al hombre como una criatura trascendente y no tan solo como un ser biológico. El mismo grupo religioso, seguidores de Di-s, que de acuerdo a su línea de pensamiento deberían sus hijos acudir mayoritariamente a la Sinagoga, tampoco demuestra un especial apego por la institución. Las actividades e intereses de este sector no giran alrededor de la Sinagoga. Sus hijos le dan la espalda.
    Numerosos son los motivos que provocan esta situación
    paradoxal, y es mi intencion enumerar algunos de ellos.
    En primer lugar, la falta de popularidad de la Sinagoga surge
    como consecuencia de la atmósfera anti institucional tan
    difundida en nuestro tiempo. Este espíritu de rebeldia carga
    consigo, y a veces hasta de un modo aterrador, una ola de
    superflua sensibilidad e incapacidad de consolidacion, la cual
    desplaza de sobre si toda institucionalismo y objetivismo
    religiosos.
    En segundo lugar, el compromiso frente al Estado de Israel, al
    cual responde voluntariamente el judio de la diaspora, opaca
    cualquier obligación para con las instituciones locales. La fuerza
    del compromiso frente a Israel provoca al judio occidental
    destinar hacia este fin la mayor parte de sus donaciones,
    relegando a la Sinagoga a un segundo plano.
    En tercer lugar, tampoco nosotros, los rabinos, estamos libres de
    culpa. El judio americano de hace veinte o treinta años atrás
    -dias en los que llegué a esta tierra- era más ceremonial en su
    modo de relacionarse con la Sinagoga. Se encontraba casi
    esclavizado a normas rígidas e inflexibles, lo mismo que a
    formalismos sociales. La personalidad de aquel judio americano
    era plana y bidimensional. Era recto, sin vueltas, sin
    deformaciones ni rodeos. El judio americano promedio era
    ingenuo como el americano en general. Era simple, de corazón
    abierto, y de sólida personalidad. Las normas sinagogales, sus
    festividades y el caracter dramatico de la plegaria, resultaban
    agradables para él.
    El joven de hoy es decididamente más complejo, y se destaca
    por su falta de inocencia. En su postura sofisticada y crítica se
    siente extraño ante la estricta organización sinagogal. Es
    cambiante y tempestuoso, de personalidad profunda y enraizada.
    Prefiere la pasión al orden de la plegaria. Querría que la Sinagoga
    no fuese tan solo un sitio de oración, sino también un lugar para
    el estudio de la Tora. El joven judío es curioso y despierto.
    Pienso que de este modo colaboramos los rabinos en el proceso
    de enajenación del joven religioso al no lograr satisfacer sus
    necesidades.
    Varios son los modos en los que se refleja la falta de popularidad
    de la Sinagoga entre la juventud judia americana.
    En primer término, resulta indiferente a las parejas jóvenes el
    tomar parte activa en la comunidad de su barrio. Deambulan de
    una Sinagoga a otra, impacientes e insatisfechos.
    En segundo término, en America, el joven judío observante
    tiende a no participar de la plegaria conjunta. Inclusive, ni los
    mismos judios creyentes asisten diariamente al rezo. También
    aquellos que disponen del tiempo para sumarse a la plegaria
    conjunta, se aferran a cualquier pretexto para justificar su
    ausencia en el rezo matutino. Doblemente dificil les resulta
    participar de los rezos de la tarde y de la noche, especialmente
    en los dias de invierno.
    Años atras, un hombre que se mudaba a un barrio judio, estaba
    rodeado de Sinagogas en las que se organizaban rezos matutinos
    y vespertinos. Ninguna dificultad se le presentaba. Tal vez los
    judios de aquellos dias no actuaban coherentemente, su
    observancia de preceptos tampoco era completa, y sin embargo
    tenian por norma asistir a la Sinagoga. Hoy por hoy, en la misma
    comunidad judia religiosa, solida y organizada, los jovenes
    profesionales e intelectuales no participan del rezo de la tarde.
    Mas aun, el problema central que preocupa a los educadores en
    los colegios es cómo acostumbrar a sus educandos a madrugar
    para el rezo matutino. La mayoria de los niños no acuden a el.
    Los niños rezan en sus hogares, mas no asisten a la plegaria
    conjunta. Ciertamente, existen suficientes motivos de
    complicación. En invierno es dificil madrugar para el rezo
    conjunto, en especial cuando el niño no ve que su padre asi lo
    hace. El judio americano, inclusive el religioso, no da importancia
    a la plegaria conjunta.
    Existe otro modo en el que se refleja esta falta de popularidad.
    La actitud de muchos jovenes religiosos ante la Sinagoga es
    marcadamente cínica. No es raro escuchar de vez en cuando
    cómo se burlan de la Singoga y su rabino. Ciertamente, la joven
    generación no demuestra ni la más mínima tolerancia, y con la
    mayor facilidad abren juicio contra los adultos y los ancianos. No
    toman en consideración los escollos que se presentan ante el
    esfuerzo del rabino -heroico, en muchos casos-en su intento por
    preservar la esencia tradicional de la Sinagoga.

    B

    ¿Acaso esto tiene remedio? ¿Existe alguna solución? No lo se;
    no tengo en mis manos la respuesta. Pero creo que se requiere
    de una mayor profundización en la comprensión del concepto de
    Sinagoga, fuera de su aspecto institucional. Es muy sencilla la
    aprehensión del concepto institucional de la Sinagoga. Sin
    embargo, las instituciones se nutren de ideas, y detrás de toda
    institucion estable, fija y rutinaria convive una idea brillante, un
    ideal grandioso y una intensa vivencia. Ningun hombre ha
    intentado aún presentar ante el público el concepto de Sinagoga
    y no meramente su aspecto institucional. Una explicación como
    esta puede llegar a ser de gran utilidad. Comprobamos cómo
    una exagerada enfatización de los rabinos del caracter
    institucional de la Sinagoga, condujo a un descuido en la
    presentación del concepto y de la concepción del mundo
    enclavados en las raices mismas de la institucion. No aclaramos
    a los jovenes qué es la plegaria y cuál el significado de la
    Sinagoga -Casa de la plegaria-y cuán profunda importancia
    adquieren estos conceptos en nuestra filosofía acerca del
    hombre y su destino.
    En principio, la plegaria refleja la concepción del hombre judio,
    su carácter paradoxal, el excitante ideal del hombre y su
    tragedia. La pequeñez humana y su grandeza se reflejan en la
    plegaria y en el concepto de la Sinagoga. En mi disertación
    intentaré explicar las dos ideas que conviven en la base misma
    de la plegaria en general y en la Sinagoga en particular.

    C

    Comenzare planteando dos suposiciones básicas. Primero, el
    hombre se encuentra en la diáspora; carece de hogar. Segundo,
    el hombre desterrado y sin hogar, debe rezar. Experimenta un
    fuerte apego a la oración con la que intenta redimirse de la
    soledad.
    Es mi intención la de aclarar ambas suposiciones. Cuando
    hablamos de “diáspora”, nuestros pensamientos se dirigen
    inmediatamente hacia el judío. Tan solo el judío conoce la
    diáspora como experiencia histórica. Ninguna otra nación
    experimentó jamás una existencia diaspórica. No pretendo
    afirmar que no sucedieron a lo largo de la historia en general
    traslados de poblaciones, ni que otros pueblos no fueron
    arrancados de sus tierras natales. Muy por el contrario, las
    crónicas están colmadas de amplios movimientos de población y
    del deambular de pueblos. Sin embargo, ningún movimiento de
    población generó tras su paso una experiencia diaspóica de tal
    magnitud como la del pueblo judio.
    En toda emigración cabe notar cómo sufre su primer generacion
    de exilados o emigrantes el sentimiento de soledad y extranjería.
    Los emigrantes, y en especial aquellos que dejaron sus tierras
    involuntariamente, se sienten desarraigados y sin hogar durante
    cierto tiempo. Mas con el paso de los dias se apaciguan las
    nostalgias por la patria. Todo hombre que halla arribado a los
    Estados Unidos en tal situacion, puede atestiguar sobre esta
    experiencia. Los sentimientos de enajenación y desarraigo
    desaparecen gradualmente. La fidelidad ante la tierra anterior se
    debilita paulatinamente. Las remembranzas y los recuerdos se
    empañan lentamente y junto a ellos se apaga y desaparece la
    vivencia del destierro. Generalizando, y a pesar de las
    excepciones, es posible afirmar que la segunda y la tercera
    generación a nada saben de la tierra ancestral, del nexo
    existente entre sus padres y abuelos a la patria abandonada. La
    nueva tierra se convierte en su hogar. La antigua tierra se
    sumerge en el olvido.
    Los judios actuaron diferente. Resulta dificil conjeturar cómo lo
    lograron, pero de uno u otro modo consiguieron cuidar su
    identidad historica como pueblo y mantener un fuerte apego
    espiritual con la tierra de la que fueron exilados hace mil
    novecientos años. El Estado de Israel es la mejor prueba de la
    existencia de este apego, de esta fidelidad. De no haberse
    guardado tan sorprendente lealtad durante mil novecientos años,
    jamás se hubiese levantado el Estado de Israel.
    El judío cargó y carga aún sobre si el ideal mesiánico. El judío
    aguardó y todavia aguarda la llegada del Redentor y el regrezo a
    Sión con alegría eterna. Jamás olvidó la promesa de la Tierra.
    Nadie la olvidó: ni el judio de la Edad Media, en ghettos estrechos
    y oscuros; ni el judío del Renacimiento, el de la Reforma y o el del
    Racionalismo. El judío de la actual sociedad capitalista y nuestro
    contemporaneo en sociedades comunistas, hijo de ateos y
    agnósticos, nieto de quienes lucharon mano a mano con Lenin,
    Trotzky y Bujarin en favor del socialismo y el marxismo: tampoco
    en ellos se opacó el recuerdo siempre vivo de la promesa del
    retorno a Sión. En su plegaria siempre orientó su rostro en
    dirección a la Tierra de maravillas, Tierra que jamás observó ni
    pisó, cuyo clima le es extraño y sus rocas queman con un calor
    abrasador. Con todo esto, se mantuvo fiel. No abandonó la
    Tierra; por el contrario, la desea y la anhela. Este judio, realista,
    inteligente y pragmático, rara y extrañamente se tornó en
    soñador y visionario cada vez que fue nombrada la Tierra
    prometida, maravillosa y oculta. Sintió por ella una admiración
    ilimitada envuelta con un halo trascendente. En ellos
    encontramos la fuente del poder de la experiencia diaspórica que
    les sirvió para resistir y persistir a lo largo de cientos y miles de
    años.
    En la diáspora mantuvo el judio su plegaria. Todo su ser clamó
    por el exilio y por la falta de hogar. Un análisis del rezo
    denominado Amida nos indica que seis de las dieciocho o
    diecinueve bendiciones que la componen centran su atención en
    el deseo ardiente del fin del exilio:
    El judaísmo enseña que no sólo el judío se encuentra en la
    diáspora sino también el hombre, el ser humano. El hombre en
    general está inmerso en la experiencia del exilio. El exilio en su
    concepción histórica es una vivencia particularmente judía. El
    exilio en su concepción metafísica es una experiencia universal.
    Nuestro exilio conlleva una vivencia que refleja la diáspora
    generalizada, la metafísica, y no sólo la que afecta al judío. El
    hombre es maldecido por Di-s quien lo expulsa del Paraíso, sin
    casa ni hogar.
    La filosofía moderna se ocupa del destino del hombre en general
    y en su vivencia de soledad en particular. En la época que
    antecedió a la segunda guerra mundial la filosofía preguntaba
    acerca de la naturaleza de la existencia: el espacio, el tiempo, la
    cantidad, la calidad, la causalidad. Estas eran las categoría en las
    que actuaba la filosofía. Mas con el paso del tiempo la filosofía
    dejó de consultar sobre la naturaleza del mundo para interesarse
    en las antiguos cuestionamientos socrácticos: ¿quién soy? En
    honor a la verdad, el existencialismo no es más que el intento
    humano por conocerse a sí mismo y a su prójimo.
    Tal cuestionamiento expuesto por la filosofía moderna, encontró
    su respuesta judía hace muchísimos años. El autor de los salmos
    proclama: “Un extranjero soy … un huesped como todos mis
    padres”, “extranjero soy en la tierra”. Un extraño soy, un
    hombre sin hogar. Me encuentro en la diáspora y soy “un
    huesped como todos mis padres” a pesar de la larga vida sobre
    esta tierra.
    Una vez expulsado del Paraiso el hombre carece de hogar y, al
    igual que el judio histórico con respecto a la Tierra prometida, no
    olvida jamás que una vez, hace muchísimo tiempo, habitó en el
    Jardin del Eden. Lo extravió, mas no lo olvidó. La residencia del
    hombre fue, y todavia es, el Paraiso sobre el que Di-s derramo
    bondades y belleza. Fuera del Paraiso, el hombre se encuentra
    perdido entre las inmensas extensiones, en el espacio infinito de
    un mundo desconocido, extraño y amenazante, un mundo
    apático y hostil. El judaismo reflexiono acerca del hombre desde
    una perspectiva dialéctica. Por eso, también su extranjería en
    este mundo se explica de modo dialéctico. Por un lado, el
    hombre es una creación grandiosa, aunque carente de hogar. La
    enajenación y la grandeza se unifican en una sola conciencia
    existencial. Por otro lado, el hombre es una creación de escasa
    envergadura, irredimido, y en su pequeñez también carece de
    hogar. La extranjería y la pequeñez se reunen también en una
    sola conciencia existencial.
    Surge entonces la pregunta: ¿cuál es la vivencia de extranjería
    que experimenta el hombre sabiéndose un ser grandioso, sabio y
    altivo, poco menos que divino? ¿Cómo experimenta este
    sentimiento? Igualmente deseamos saber cómo experimentó el
    ser humano su extranjería sabiéndose una criatura diminuta,
    insignificante en medio de su depresión y su melancolía. ¿Cómo
    vivenció su soledad? Intentemos aclararlo.
    El hombre experimenta su condición de extranjero como un ser
    insignificante, como un ser vulnerable en su realidad humana. El
    hombre se halla desnudo ante las tretas del medio que, en el
    mejor de los casos, le es indiferente. Los sentimientos de
    vulnerabilidad y desamparo son caracteristicos en hombres sin
    hogar.
    El ser humano es una criatura desamparada ante la enfermedad
    y la muerte. Ciertamente, también el animal lo es. Los animales
    del campo son perfectamente vulnerables. Mas el animal no lo
    sabe ni tampoco lo presiente. El hombre, en cambio, es
    conciente de si mismo y de su medio y presiente los hechos; al
    ser sensible al paso del tiempo y al reflexionar sobre lo que
    vendrá, toma conciencia de su vulnerabilidad. Frecuentemente
    aspiramos a conseguir seguridad, mas la completa y total
    seguridad es inalcanzable luego que el hombre se estremece ante
    la conciencia de su inseguridad.
    Entonces, ¿cómo es posible hablar sobre el hogar del hombre si
    inclusive este no es capaz de transmitirle seguridad? Nosotros
    leemos: “Ved el lecho de Salomón, sesenta valientes de Israel la
    rodean: todos diestros en la espada, veteranos en la guerra. Cada
    uno lleva su espada al cinto por los miedos de la noche” (Cantar
    de los Cantares 3). Recuerdo, que siendo aún tan solo un niño,
    estudie de mi rabino El Cantar de los Cantares, y al llegar a éste
    versiculo pregunté: ¿qué es el miedo de la noche? No obtuve
    respuesta. Mas la pregunta continuaba asediándome. Cuando
    regresé a casa le pregunte a mi madre: ¿qué es el miedo de la
    noche? Ella no me respondió, y me dijo: “lee el shemá y vete a la
    cama”. Cuando me cubrió con las sábanas, olvide el miedo de la
    noche.
    Ahora, ¿qué significa realmente “el miedo de la noche”? ¿Quién
    es el que teme? ¿Quién es el que toma tantas precauciones para
    defenderse del misterioso “miedo de la noche”? El Rey Salomón.
    ¿El Rey Salomon tiene miedo de la noche? El Rey no tiene madre
    que lo cubra por las noches. Si teme, no podra dominar su
    miedo. Padece de tormentos.
    ¿Quién es el Rey Salomón? Es el hombre moderno, sabio y
    poderoso, ingenioso, entendido en todos los campos de la
    ciencia y la investigacion tecnológica, el hombre que envia una
    capsula espacial a la luna. Sus cálculos son casi perfectos. El
    hombre moderno, Salomón, padece del miedo de la noche. Si el
    Rey Salomón es poderoso, ¿entonces por qué teme? Sus
    hombres son valientes, veteranos en el arte de la guerra, y con
    todo esto teme. Todos sus valientes no le transmiten seguridad.
    Esta inseguro a pesar de sus valientes como un pobre pastor que
    trashuma en las colinas de Galilea. Este temor, el miedo de la
    noche, tampoco ahora ha desaparecido. El hombre puede enviar
    una capsula espacial a la luna, mas que hará el sabio Rey
    Salomon, poderoso, sofisticado, entendido en tecnologia, al
    enfrentarse cara a cara con el atroz miedo de la noche?

    E

    Cada mañana y cada tarde nuestras plegarias reflejan nuestro
    miedo de cada noche y nuestra alegria de cada mañana. Cada
    noche proclamamos “Bendito sea Di-s hasta la eternidad, amen y
    amen”, oracion cuyo versículo principal dice: “en Tus manos
    entrego mi alma”. El hombre entrega absolutamente todo su ser
    en manos de Di-s. Se apronta a un sacrificio supremo. En el
    lenguaje de esta plegaria se refleja el miedo de la noche. El judio
    acepta sobre si la oculta voluntad divina. No sabe si la Gracia de
    Di-s se posará nuevamente sobre él y lo despertará de su sueño.
    y al levantarse cada mañana bendice con alegria: “Di-s, el alma
    que me has dado … “. Está conmovido y feliz, y la raiz de la
    emoción y del prodigio se refleja en su oración. Un preciado
    regalo le proporciona Di-s: una vida nueva. Bendice a su Creador
    por cada latido de su corazón. El miedo de la noche se convierte
    en embriaguez de los sentidos.
    Nos hemos referido a la extranjería del hombre desde su aspecto
    de criatura pequeña e insignificante la que se manifiesta en la
    vivencia del miedo de la noche, en el sentimiento de inseguridad
    y temor. El pánico recubre al ser humano. Durante la juventud,
    tal sensación de espanto no llega a expresarse. Se halla
    recubierta y protegida por la seguridad que los padres confieren
    a su hijo, lo mismo que por su propia seguridad. Sin embargo,
    con el paso de los años, con la vejez, el hombre se atemoriza.
    No he visto jamás un anciano que no sea temeroso. Hay quienes
    saben cómo conducirse con sus miedos; hay quienes saben cómo
    traducirlos en actividad creadora. Otros, en cambio, no lo saben.
    En general, el judio americano ignora cómo enfrentar a la vejez,
    cómo trocarla en sabiduría, en honor, en esfuerzo creativo. El
    anciano de nuestros tiempos modernos vive cómodamente y
    pasea por el mundo varias veces en el año, y con todo esto
    desconoce cómo salvarse a si mismo del miedo de la noche. Este
    temor, el miedo de la noche, es el que convierte al hombre en un
    ser carente de hogar.
    Examinemos ahora el polo opuesto: ¿cómo combina el hombre
    su grandeza con su extranjería y con su falta hogar? ¿Cómo
    vivencia a un mismo tiempo esta marcada dualidad? En el
    Eclesiastés se nos cuenta cómo vivenció un anciano rey en
    Jerusalen su diáspora existencia!. El Rey Salomon, o el Rey
    Kohelet, supremo exponente de su generación, es un hombre
    carente de hogar en su desasosiego, en su frustrante
    aburrimiento, en su insesante búsqueda de lo ilimitado y lo
    inalcanzable. Es siempre empujado por el satánico espíritu de la
    insatisfacción a conquistar y a dominar más alla de los limites
    impuestos por su Creador. Sea cual sea su objetivo, no
    alcanzara la felicidad en un hogar humilde y en la situación dada.
    Viaja con rumbo desconocido y, por supuesto, pierde cada vez
    el encanto de sus ilusiones. La imaginacion creativa del hombre
    no tiene limite. El fenómeno denominado “civilización” es la
    expresión de la pérdida del hogar y del desasosiego humano.
    Mas, ¿por qué carece el hombre de tranquilidad? ¿Qué busca?
    Un hogar en el Paraiso. ¿Dónde queda el Paraiso? En Di-s. El
    desasosiego no es más que el esfuerzo del hombre por alcanzar
    a su Creador, conciente o inconcientemente. El hombre camina
    buscando a Di-s aun cuando empujado por su orgullo e
    impertinencia pretende alejarse de El.

    F

    El hombre, falto de hogar, recibió la orden de rezar: “Cuando
    estuvieras en angustias y te sobrevinieran todas estas cosas, …
    retornaras al Eterno, tu Di-s”. ¿Qué aflige tanto al hombre? Su
    extranjería lo aflige y lo atormenta. El hombre insignificante y sin
    hogar, necesita de la plegaria al sentir miedo: es vulnerable y se
    halla desamparado ante una naturaleza desfavorable. El hombre
    grandioso y sin hogar reza por conseguir la materialización y la
    realización más completa. Ambos se dirigen a Di-s, aunque a
    veces el mismo desconoce completamente su ruego. Por
    momentos tiende a pensar que reza para ampliar su campo de
    accion, para conseguir otro millon de dólares, por nuevos lujos.
    En honor a la verdad, lo que hace es buscar al Di-s del Universo.
    Pero, ¿cómo es posible hallarlo? Siguiendo el sendero de la
    plegaria. Y asi, el hombre sin hogar, buscando un refugi, no esta
    sino buscando a Di-s, y a El llegará tan solo a través de la
    plegaria.
    En la plegaria, tanto el hombre grandioso como el insignificante
    encuentran un hogar. El grandioso halla refugio, descanso y
    tranquilidad. El insignificante es rescatado de las angustias y del
    miedo de la noche.
    Para nuestro pesar, el judio moderno no sabe cómo rezar. La
    vivencia del retorno al hogar a través de la plegaria le es
    absolutamente desconocida.
    Crecí en una ciudad jasidica en la que habia una Sinagoga
    llamada “La Antigua Sinagoga Jasídica”, Cuenta la tradicion que
    precisamente en esta Sinagoga rezaba el Rabi Zalmen, autor del
    Tania, y por cierto que un asiento estaba cercado para que nadie
    lo ocupara. En este lugar, se decia, se sentó el Rabi al llegar a la
    ciudad junto al ejército ruso, perseguido por Napoleón. La
    población de mi ciudad estaba integrada en su gran mayoria por
    gente humilde: trabajadores, comerciantes, y principalmente
    mercaderes que acostumbraban recorrer las aldeas ubicadas
    dentro de un perímetro de quince millas alrededor de la ciudad.
    Resulta muy dificil imaginar en qué condiciones primitivas vivian
    los campesinos rusos hace cincuenta o cincuenta y cinco años
    atraso Sin embargo, tras permanecer durante durante el
    transcurso de la semana en ranchos primitivos, la víspera del
    shabat cada judio regresaba a su hogar.
    De niño, acostumbraba a observar a los judios que se reunían en
    la Sinagoga, con gotas de agua aún brillando en sus barbas y en
    sus peot tras el baño ritual. Todavia conserva mi memoria la
    melodia con que entonaban el salmo 107 al ingresar a la
    Sinagoga’:Agradeced al Eterno porque El es bueno y eterna Su
    gracia. Que lo digan los salvados por el Eterno, a quienes El ha
    redimido de manos del adversario. Y de los paises los ha
    reuinido: del oriente y el occidente, del norte y del sur”.
    Entonaban un canto de agradecimeinto a Di-s. Mas, ¿qué
    agradecian? Daban gracias por el rescate de la escalvitud, del
    cautiverio, por la libertad. Ellos se unian a Di-s, regrezaban a al
    hogar, aunque bien sabian que al otro dia, tras la puesta del sol,
    deberían regrezar a las aldeas primitivas que rodeaban la ciudad.
    La vivencia de la redención y la salvacion representa
    exactamente el concepto de plegaria. Rezar significa apaciguar el
    temor y el miedo de la noche. Orar significa retornar al hogar.
    ¿Por qué no se elevan plegarias en los campos, en los bosques o
    en las calles? Dios está presente en todas partes. ¿Por qué exige
    la Halaja una casa destinada a la plegaria? Es importante saber
    que inclusive el individuo cuando se apresta a rezar solo debe
    procurar hacerlo en la Sinagoga. ¿Por qué? La importancia no
    reside en el inmueble, en lo material. Ni el techo, ni los anchos
    corredores, ni los altos ventanales son fundamentales. Ellos ni
    quitan ni agregan al rezo. Ustedes saben que jamás nos
    ocupamos de la arquitectura sinagogal. En nuestros días se habla
    mucho sobre este tema aunque la Halaja no le presto atención
    alguna.
    La Halaja centro su importancia en otro hecho. La palabra “casa
    “(bait) posee dos significados o connotaciones: el primero es
    edificio propiamente dicho; cuatro paredes, un techo y un piso; el
    segundo es residencia. La Sinagoga no es un edificio material
    dedicado a la plegaria. No se precisa un edificio para rezar, ya
    que pueden elevarse plegarias a Di-s, arrodillarse ante El y
    hallarlo en cualquier sitio. A donde me dirija, estoy ante El. Mas
    la Sinagoga no es un edificio sino una residencia, una Casa de
    Oracion. El edificio, la estructura en si es simbólica. La Sinagoga,
    como edificio de plegaria, es lo que denominamos institución,
    mas la Casa de Oración encierra una idea sublime. Es poder
    decir al mismo tiempo: “casa del hombre desprovisto de hogar”
    y “Casa de Di-s”, “Morada del Di-s de antaño”. Al inagurar el
    Templo, el Rey Salomón preguntó: “Acaso, habitará
    verdaderamente Di-s sobre la Tierra? He aquí que los cielos y los
    cielos de los cielos no Te pueden contener. ¡Cuánto menos esta
    casa que te acabo de construir!”.
    ¿Cuál es la respuesta a tal interrogante? El Templo no es la Casa
    de Di-s sino el hogar del hombre, sitio en el cual se encuentra
    con El. Di-s no esta necesitado de una casa. Di-s se aparece
    como carente de hogar para incitar al hombre a construirle una
    casa, un casa para el hombre. Cualquier nombre que lleve esta
    casa, la misma está destinada a cubrir la falta del hogar del
    hombre y no de Di-s. Al ser la casa del hombre es la Casa de
    Di-s. El Eterno fija Su Divinidad en ella para encontrarse con el
    hombre.

    G

    El Rey Salomón, al responder a la pregunta fundamental
    concerniente a la construcción del Templo, determinó también a
    los hombres carentes de hogar como los más necesitados de la
    plegaria: “cuando un hombre pecare contra su prójimo”. Una
    pelea explota entre dos amigos. Cada cual evade al otro y se
    tornan enemigos. Dos amigos, es decir, dos que han perdido una
    amistad, valor tan preciado, se han peleado. Los unía la amistad,
    cada uno confiaba en el otro, y por causas determinadas, a veces
    sin razón, se ha provocado un roce. La amistad llega a su fin.
    Desde ese momento ambos carecen de hogar. A quien pierde un
    amigo, le ha sido arrancado un hogar. Nosotros esperamos que
    éste desprotegido suba a Jerusalén, a la Casa de Oración. Tal
    como lo expresa Salomón: “Que venga este delante de Tu altar
    en esta Casa”. A perdido un hogar y es justo que encuentre un
    remplazo. Esto también se aplica a la comunidad y no tan solo
    al individuo, ya que toda una nación puede llegar quedarse sola
    y sin hogar. “Y al ser derrotado Tu pueblo de Israel ante el
    enemigo”, en su diaspora, al carecer de hogar, “y retornaran a
    Ti y alabarán Tu nombre y rezarán y rogarán a Ti en esta
    Casa”. Ellos retornarán y encontrarán su hogar. ¿Dónde? En la
    Casa de Oración. En pocas palabras, el hombre -tanto el
    individuo como la comunidad- carece de hogar ante su
    vulnerabilidad. Se estremece por el miedo de la noche. Necesita
    de un hogar que le proporcione seguridad o al menos la
    sensación de protección. “Y extendiere sus manos hacia esta
    Casa”. Esta es precisamente la idea y el concepto de la
    Sinagoga. Como dijimos: la Sinagoga es la Casa de Di-s porque
    es también la casa del hombre.

    H

    La Sinagoga conlleva a su vez el segundo significado. En el
    Talmud, en el tratado de Shabat, aparece un pasaje muy
    curioso: “Rabi Yshmael hijo de Eleazar dice: por dos pe-
    cados mueren los ignorantes: porque llamar arca -“aron” – al
    Arón Hakodesh y “Casa del Pueblo” a la Sinagoga “. La
    gravedad de la primera transgreción es fácilmente
    comprensible: quitan la palabra “kodesh”, sagrado, de la
    expresión Arón Hakodesh. Describen al Aron Hakodesh, con la
    Tora adentro, como un simple cajón, y al hacerlo secularizan
    de algún modo a la Tora. Hay una profanación de lo divino, y el
    castigo es merecido.
    Sin embargo, la segunda transgresión, el trocar la expresión
    Sinagoga por Casa del Pueblo, no es comprensible a primera
    vista. ¿Qué significa el término Sinagoga? La casa de reunión, la
    casa de la comunidad. Y entonces, ¿cuál es la diferencia
    semántica entre Sinagoga y Casa del Pueblo? Vemos que el
    Talmud consideró una gravísima transgresión cambiar Sinagoga
    por Casa del Pueblo.

    I

    La respuesta se esconde en un concepto legal: el concepto de
    “shliiut”, delegación o mandato.
    En un primer momento tendemos a considerar a la institucion de
    la shlijut desde una perspectiva legal, oficial, y que no trasciende
    los límites civiles, legales y pragmáticos de tal institución. En
    honor a la verdad, la shlijut como institución oficial, legal y civil,
    no es una creacion exclusiva del judaísmo sino del mundo
    civilizado en general. Pero, ¿cuál es el significado de tal
    institución? En terminos legales sencillos significa que puedo
    transferir fuerza o autoridad a otra persona para que actue como
    mi apoderado. Cuanto más complicada y compleja se fue
    tornando la comunicación entre los hombres y cuanto más
    amplia la distancia que separa a los hombres, más necesario se
    volvió el actuar por intermedio de un poder o delegado. Sin
    embargo, quien estudia estricta y críticamente en la Halaja las
    leyes de “shlijut”, llegara a una conclusión diferente: de acuerdo
    a la Halajá, la “shlijut” no se reduce a una institución oficial, ni a
    una mera instrumentación utilitaria. No implica meramente la
    delegación oficial de un poder con el fin de firmar un acuerdo o
    cerrar una transacción.
    El concepto judío de “shlijut” adquiere nuevas connotaciones.
    Nos encontramos con un modelo de “shlijut” absolutamente
    propio y peculiar, sin reducir su idea al nivel jurídico oficial
    y otorgándole un tono personal que se extiende muchas veces
    hasta el campo metafísico. El sheliaj, el enviado, en la ley judia
    – a diferencia del apoderado en el derecho inglés- no actua en
    lugar del que lo envia, en reemplazo de quien le delega el poder,
    sino por el, con el. El sheliaj, el delegado, sufre una metamorfosis
    y se transforma en “delegante”. Cumple las funciones de este
    último, representa su personalidad como un actor sobre el
    escenario. Existe sólo una diferencia: mientras que el actor
    representa de modo artístico e imaginario a determinada
    personalidad, el enviado representa al quien lo envia de modo
    personal y existencia!. La frase “el enviado de un hombre es
    como si fuera el mismo” nos enseña que el delegado se reviste
    de la imagen del delegante. La personalidad de uno y del otro se
    funden en una.
    Al delegado no se le dice “tienes derecho” y nada mas, sino que
    por lo menos se le indica: “tu mano es mi mano, tu boca mi
    boca, tu palabra la mia”. Caen las barreras que cercan la
    existencia egocéntrica del hombre, y el prisionero de la soledad,
    falto de amigos, lo mismo que el narcisista entregado a la
    arrogancia y al amor propio, se abren a extensiones libres y
    abiertas de la existencia movidos por la amistad. La shlijut, el
    mandato, genera amistad.
    El enviado, a fin de poder ocupar el lugar de quien lo envia, está
    obligado a conocerlo a fondo, sus preocupaciones y temores.
    Esta obligado a tomar parte en su angustia y alegrarse de sus
    exitoso Tampoco un actor podría aparecer en en escena sin
    conocer a su personaje. Sin entenderlo, su actuacion seria rígida,
    mecánica, carente de vida. Cómo puede el enviado representar a
    quien lo envia y ocupar su lugar a un nivel personal y existencial
    sin que exista entre ellos una relación de mutua amistad, mutua
    atención y curiosidad. A quien está enamorado de si mismo y
    desconoce por completo la presencia de los demás en el mundo,
    le resultará casi imposible representar la identidad de su vecino
    más cercano. ¿Cómo podria representarlo, si el “otro” no existe
    para él?
    En esencia, la shlijut representa en el judaísmo una actividad
    mora!. De este modo podemos explicar la siguiente ley: “Así
    como ustedes pertenecen al pacto, vuestros enviados también
    deben pertenecer al mismo” (Talmud, Tratado de Kidushin). El
    enviado debe ser como quien lo envia, formar parte del pacto,
    ser judio, ya que el abismo existente entre los que pertenecen al
    pacto y las demás naciones no puede existir entre ellos. Si los
    destinos existenciales varían y existen diferencias en sus
    recuerdos historicos; si falta entendimiento, cariño y
    preocupación mutua, entonces, no puede concretarse la shlijut.
    La Halajá exige comprensión y coparticipación emocional, las
    que sugen del destino común y del resultado de recuerdos
    historicos similares. En pocas palabras, la shlijut se nutre de la
    gracia, de la conjunción de la experiencia personal con la
    coparticipación mutua.
    De este modo se clarifica por qué la shlijut es válida no tan solo
    en transacciones civiles sino también en ciertas facetas de la
    relación personal entre el hombre y Di-s. De hecho, el ejemplo
    típico de shlijut es el caso de los sacrificios. La ley indica: “no
    se acepta el sacrificio de un tercero si éste no se encuentra a su
    lado al momento de ofrendarlo” (Talmud, Tratado de Taanit).
    No se ofrece un sacrificio en ausencia de su dueño. Sin embargo,
    esta misma ley permite al dueño del sacrificio no estar presente
    físicamente. Basta con la presencia de su enviado.
    En la ceremonia de la ofrenda del sacrificio, la que se lleva a cabo
    en el atrio del Templo, el enviado reemplaza al dueño. No sólo
    tiene poder oficial para hacerlo, fuerza que lo posibilita a firmar
    acuerdos o vender acciones y bienes. Cuando se trata de
    representar a otro ante de Dis, en la Casa de Di-s y en el
    momento de elevar un sacrificio, no basta con un permiso oficial.
    El enviado se reviste con la identidad del dueño del sacrificio y
    ocupa su sitio existencial.

    J

    El profeta bíblico es un enviado de Di-s. El Eterno es quien envia
    y el profeta el enviado. Los profetas son llamados mensajeros:
    “Y envió (Di-s) un mensajero y nos saco de Egipto”, siendo
    Moises en este caso el mensajero. Pero Di-s no sólo envía a un
    profeta y pone mensajes en su boca. No lo deja solo ni lo
    abandona. Di-s acompaña al profeta: actua y habla por su
    intermedio. Una frase muy común es: “La divinidad habla por
    boca de Moises”.
    En base a lo expresado anteriormente, resulta interesante el
    versículo bíblico en el que Moises clama: “Quién soy yo para
    presentarme ante el Faraon y para sacar a los hijos de Israel
    de Egipto”. A lo que Di-s responde con tres palabras
    enigmáticas: “Porque estaré contigo”. En otras palabras, Di-s le
    dice a Moises: “Escucha, Moises, la misión que encargo en tus
    manos es absolutamente particular. No actuarás como un
    apoderado ni como un delegado”. Quien envía no se aparta del
    enviado. Silencioso marchará a su lado, susurrará a sus oidos, lo
    conducirá hacia su objetivo y encaminará sus actos.

    K

    La institución de la plegaria en comunidad, y la Sinagoga
    dedicada a este rezo colectivo, se asientan sobre la idea de
    shlijut. Mas, ¿qué es comunidad? Ciertamente, en el idioma
    diario acostumbramos a identificar “comunidad” con “minyan”,
    es decir, con el quorum de diez varones adultos en ausencia del
    cual no puede realizarse ningún servicio religioso público.
    “Comunidad” es la palabra docta equivalente a “minyan”. ¿Qué
    significa entonces minyan? Pues, la reunión de diez judios. El
    número diez.
    ¿Acaso la identificación de “comunidad” con “minyan” es
    correcta? Técnicamente lo es, aunque no desde una perspectiva
    filosófica, y tal vez tampoco desde el aspecto legal. Con el fin de
    comprender la palabra “comunidad”, es fundamental tratar de
    entender el termino “sacrificio comunitario”. ¿Qué significado
    adquiere el término “comunidad” en relación con la ofrenda de
    sacrificios? Sabemos que el origen de la plegaria reside en los
    sacrificios. Las plegarias, o los tres rezos fijos -noche, mañana y
    tarde-, están ligadas a los sacrificios comunitarios que se ofrecían
    cuando aún existia el Templo. ¿Cuál es la semántica legal del
    término “comunidad” en relación con los sacrificios diarios y
    festivos, y cuál en relación con el sacrificio comunitario?
    Ciertamente, “comunidad” (tzibur), en relación con los
    sacrificios, coincide con “congregación” (eda), “congregación de
    Israel”, y no con “minyan”. En otras palabras, “comunidad” en
    relación con los sacrificios señala al conjunto de la congragación
    del pacto judio. Si se reunen diez personas y ofrecen un
    sacrificio en conjunto, no sera considerado como un sacrificio
    comunitario sino como el sacrificio de un grupo, ya que la
    palabra comunidad se refiere, legalmente, al conjunto de la
    congregación judia.
    Por eso, los términos “comunidad” y “plegaria en comunidad” no
    se refieren a diez personas sino al conjunto de la congregación
    de Israel. Di-s escucha las plegarias de la comunidad de Israel
    como un único grupo. Nadie es excluido. “Y le sera perdonado a
    toda la congregación de los hijos de Israel”; “y seré santificado
    en medio de los hijos de Israel”. Por consiguiente, la Halajá llega
    a la conocida decisión: “Nada sagrado puede realizarse ante
    menos de diez personas”. En ausencia de diez personas, el
    individuo no puede pronunciar nada sagrado. Entonces la
    pregunta que surge es evidente. Por un lado la Torá dice: “Y
    seré santificado en medio de los hijos de Israel”, y no en medio
    de tan sólo una parte de ellos. Por el otro, la Halaja obliga a
    pronunciar la “kedusha” en presencia de diez adultos. Por
    consiguiente, ¿cómo es posible hacer concordar la exigencia de
    la presencia de la comunidad para ser pronunciada la “kedusha”
    (requisito de la Tora) con nuestra costumbre de conformarnos
    sólo con diez hombres? La respuesta reside en el hecho que la
    Halaja, al permitir pronunciar la kedusha ante diez adultos y
    responder “Amen, Yee Shme Raba” y “Baruj Hashem
    Hameboraj Leholam Vaed”, procede de acuerdo a la idea de
    shlijut. Esta concepción, tal como lo aclaramos anteriormente,
    no se identifica con la simple autorizacion. Los diez hombres
    representan a toda la congregación de Israel, la representan
    como a un único cuerpo. Y de acuerdo a nuestra explicación de
    la idea de shlijut, no son sólamente representantes ni meros
    embajadores del conjunto de Israel, sino que son el conjunto de
    Israel. De un modo místico y extraño encarnan al conjunto de
    Israel y no tan sólo desde un aspecto imaginario o figurativo sino
    plenamente existencial. En otras palabras, junto a los diez
    hombres que elevan su plegaria en la Sinagoga se encuentra
    absolutamente toda la Asamblea de Israel. Ellos son la Asamblea
    de Israel. Por eso se permitió que la kedusha fuese pronunciada
    en presencia de diez personas.
    Permítanme agregar una reflexión. Cuando decimos Asamblea
    de Israel, no nos referimos unicamente a la comunidad actual de
    trece millones de personas sino a una peculiarísima entidad
    mística. Como lo entendieron Najmánides y otros tantos
    místicos, sabios de la Cabala, la asamblea no es tan solo un
    conjunto de personas. Mucho más: es una entidad separada, un
    conjunto vivo dueño de una conciencia individual. Los cabalistas
    hablaban de la Asamblea de Israel invisible a los ojos. Existe una
    Asamblea de Israel revelada, visible, compuesta por nuestros
    contemporaneos, trece millones de personas, así como existe
    también una Asamblea oculta, la que abarca e incluye a todo
    judio que halla vivido alguna vez. Incluye a todos ellos cuyos
    nombres fueron perpetuados y su recuerdo es inmortal, como
    también a quienes vivieron vidas anónimas, pasaron en silencio
    por el mundo y fueron enterrados en tumbas también anónimas
    sin dejar ni tan solo una marca reconocible en las arenas del
    destino humano. Todos, grandes y pequeños, ocupan un lugar
    en la Asamblea oculta la cual es representada -mas
    precisamente, conformada- por diez ancianos, enfermos y
    desfallecientes.
    Mas aún: la Asamblea de Israel incluye también al judio que
    vendrá, al que algún dia existirá sobre esta tierra. Generaciones
    que aún no han nacido y que seguramente aportarán lo propio al
    pueblo de Israel en un futuro turbio y amenazante, conforman la
    Asablea oculta encarnada en diez judios que encaminan sus
    pasos rumbo a la Sinagoga en un dia tormentoso, y al entrar
    pronuncian: “Bienaventurados los que habitan en Tu casa, ellos
    Te alaban por siempre”. ¿Y quienes son los que habitan en Tu
    casa? Toda la Asamblea de Israel.
    En principio, existe sólo una plegaria y sólo una comunidad: la
    Asamblea de Israel oculta, la que abarca el pasado, el presente y
    el futuro, la que eleva su oración junto a todo “minyan” de Israel.
    La congregación que asiste a la Sinagoga es la Asamblea de
    Israel en miniatura, la que a su vez representa y conforma a la
    congregación de la Comunidad de Israel oculta, la eterna
    Comunidad. La idea de shlijut, en la plegaria como en la profecía,
    se circunscribe al terreno de lo trascendental y lo místico. La
    Asamblea de Israel, oculta y eterna, está presente durante todas
    las generaciones en toda comunidad conformada por una decena
    de miembros, comunidad en miniatura. La Asamblea de Israel
    como la comunidad toda, ilimitada y continente, se niega a si
    misma. Ella se contrae y habita en medio de una comunidad
    pequeña y finita.
    Anteriormente nos asombramos por la dureza de la Halaja en lo
    referente al término Sinagoga. ¿Por qué es repulsiva la expresión
    “Beit Am”? Ahora estamos en condiciones de responder con
    sencillez. La Sinagoga (Beit Hakneset) es la morada de la
    Asamblea de Israel, la gigante y oculta durante todos los tiempos
    y generaciones. Beit Am, la Casa del Pueblo, no es más que la
    casa de la actual generación. Sin embargo, no basta rezar con
    los contemporáneos. Hay que elevar plegarias con toda la
    Cominidad del Pacto que mora en la Sinagoga. De este
    mysterium tremendum emana la santidad de la Sinagoga.
    Entonces, nos encontramos ante la presencia de las tres
    dimensiones del tiempo: el pasado antes de transcurrir, el futuro
    que ya ha llegado y nosotros, los diez hombres, el minyan actual,
    unificando al pasado y al futuro. La Sinagoga es la Casa de
    Oración siempre y cuando sea la residencia de la Asamblea de
    Israel, la gigante, y por ende, también la morada del Santo,
    Bendito Sea, quien se cita con la Asamblea de Israel.

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