• Rabino Dr. Y.D Soloveitchik, la voz de mi amado clama

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    ¿Por qué sufre el justo?

    ¿Por qué sufre el  justo?

     Uno de los enigmas más oscuros que el judaísmo ha enfrentado desde el comienzo mismo de su existencia, es la presencia del sufrimiento en el mundo. El mayor de los profetas ya le imploró al Todopoderoso en tiempo propicio y en hora de Gracia y Benevolencia, que iluminara sus ojos ante esta senda tan sombría. Golpió Moisés a las puertas del cielo y exclamó: “Hazme, pues saber Tus designios para conocerte, para que halle gracia Tus ojos… muéstrame Tu gloria”. ¿por qué debe el hombre soportar tormentos? ¿por qué debe padecer el justo y triunfar el malvado? Desde esa mañana maravillosa en la que el fiel pastor intimó con el creador del mundo solicitando una respuesta continente a la pregunta de las preguntas, debatieron los profetas y los sabios de Israel durante todas las generaciones: Habacuc reclamó justicia: Jeremías, David en sus salmos, y el Eclesiastés, buscan y se debaten en la duda. El libro de Job por completo está dedicado a este portento, antiquísimo y cargado de secreto que aún aletea sobre nuestro mundo exigiendo ser descifrado: ¿por qué permite Di-s que el mal gobierne sobre la creación?

       El judaísmo, en su intento por alcanzar la seguridad en un mundo quebrantado y destrozado por los tormentos de la existencia, y en su esfuerzo por responder al dilema prodigioso del sufrimiento que domina sin límite alguno, llegó a una nueva formulación y a una definición original en lo que a este misterio respecta, formulación que implica simultáneamente extensión y profundización.Cuestionarse acerca del sufrimiento, argumenta el judaísmo, es posible en dos dimensiones diferentes: el arbitrio y la predestinación. El judaísmo destinguió siempre entre una existencia predestinada y una arbitraria, entre el “yo” producto de la predestinación y el “yo” producto del libre albedrío. En esta distinción se asienta nuetra teoría del sufrimiento.

       ¿Qué es una existencia predestinada? Es una existencia impuesta, como si vivieras contra tu voluntad: una existencia concreta, mero concatenamiento de leyes mecánicas. Existencia carente de significado, finalidad y dirección; existencia dependente de las fuerzas del medio al cual fue empujado el individuo sin ser previamente consultado por la Providencia. Es decir, el “yo” producto de la predestinacíon tiene apariencia de objeto y como tal se presenta como “realizado” y no como “realizador”. Realizado como resultado del enfrentamiento pasivo con el medio objetivo, como una cosa frente a otra. Su ser es hueco, falto de interioridad, esencia e independencia. El “yo” predestinado se niega a sí mismo por completo ya que el egoísmo y la cosa no pueden convivir.

       Sobre esta base, la vivencia del mal surge en toda su dimensión, siendo dos etapas que conforman en el ser predestinado. En el comienzo, el hombre-objeto, preso en el encadenamiento de una existencia contra su voluntad, se halla confundido y perplejo frente al gran misterio que padece. El destino lo atormenta; su existencia, rasgada y escindida, se contradice a sí misma negando todo su valor e importancia. El miedo al fracaso lo acomete, quebrantando su cuerpo y su alma. Sus tormentos rechazan cualquier matiz claro, apareciendo como fuerzas satánicas, como obra del caos que afecta a toda la creación que debaría estar destinada a reflejar el eco del Creador. A esta altura de mutismo y perplejidad, embotamiento del corazón y confusión mental, el hombre no pregunta ni por la causa del mal ni por su esencia. Sufre en silencio y se lamenta en su aflicción que ha silenciado la queja y reprimido la pregunta y elcuestionamiento.

       Tras el estrecimiento psíquico como primera reacción del que sufre, deviene la curiosidad intelectual, la que se esfuerza en la comprensión de la existencia y en el fortalecimiento de la confienza y la seguridad humana. Entonces comienza el hombre a reflexionar acerca del sufrimiento y del mal, e intenta hallar la serenidad y la armonía entre lo positivo y lo negativo, y alejar la tensión entre la tesís –el bien- y la antítesis –el mal- de la existencia. Entre preguntas y cuestionamientos, falsas justificaciones y soluciones, alcanza una formulación metafísica del mal y apoyándose en ella, es condescendiente con él e intenta encubrirlo. Utiliza así el sufriente, hasta el mismo desvarío, el poder de abstraccion mental con el cual ha sido dotado por el Creador: niega la existencia del mal en el mundo.

       El judaísmo en su visión realista del hombre y su posición dentro de la realidad, entendió que el mal no puede ser borrado ni encubierto, y que  todo intento por desestimar el valor de la contradicción y del desgarramiento inherentes a la existencia, no llavará al hombre ni hacia una paz espiritual ni tampoco a aprehender el secreto existencial. La presencia del mal es innegable. Existe el mal, existe el sufrimiento y existen los tormentos infernales. Quien desee engañarse a sí mismo negando la escisión de la existencia e idealizando la vida humana, no es más que un tonto que ve ilusiones. Es imposible sobreponerse al monstruo del mal con mentalidad filosófico-especulativa. Por eso determinó el judaísmo que el hombre inmerso en las profundidades de la helada predestinación, en vano buscará solución al problema del mal dentro del marcodel pensamiento expeculativo ya que jamás la encontrará. Por supuesto que es verdadero el testimonio de la Torá de que la bondad caracteriza esencialmente a la creación. Pero esto no está expresado sino desde la mirada infinita del Creador. Desde la perspectiva parcial del hombre finito, el bien absoluto de la creación no se devela. La contradicción resalta sobremanera y es imposible eliminarla. Existe un mal que no se puede entender ni explicar. Sólo la comprención del mundo en su totalidad puede permitirle al hombre vislumbrar la esencia del sufrimiento. Pero mientras las posibilidades humanas sean limitadas, no captando sino soló fragmentos aislados del drama cósmico y del drama imponente de la historia, le será vedado penetrar en el misterio del mal y en el secreto del sufrimiento.¿A qué se parece tal situación? A un hombre que observa una alfombra extraordinaria pensando y suponiendo que un dibujo maravilloso se encuentra del lado del revés. ¿Acaso, una mirada como ésta podría convertirse en una elevada fuente de vivencia estética? Para nuestra desgracia, nosotros vemos al mundo del lado del revés; por eso no está en nuestras manos aprehender el marco de la existencia que todo lo abarca, marco desde el cual es posible descubrir el plan y esencia de la acción divina.

       En resumen, el ”yo” predestinado cuestiona el mal con interrogantes teórico metafísicos, los cuales carecen de respuesta. En la segunda dimensión de la existencia del hombre –el arbitrio- se reviste la pregunta del sufrimiento de una forma nueva. ¿Qué es una existencia con arbitrio? Es una existencia activa gracias a la comprensión de su propia particularidad y a su capacidad de elección; actúa libre e independien-  temente, sin perder su esencia en la lucha con el medio. El lema “yo” arbitrario es: contra tu voluntad, naces y mueres, pero vives con posibilidad e libre elección. El hombre nace como objeto y muere como objeto, pero tiene la capacidad de vivir como sujeto creador y renovador, estampando sobre su vida su firma individual y apártandose del automatismo y el determinismo hacia la actividad creadora. El testimonio del hombre en este mundo, segun lo enseña el judaísmo, es convertir la predestinación en arbitrio; una existencia sometida a influencias, por otra activa e influyente; una existencia involuntaria, perpleja y muda, por otra voluntaria plena de iniciativa y vuelo. La bendición dada por Di-s a la creación de sus manos, manifiesta tambión su rol: “Procread y multiplicaos, henchid la tierra y dominarla”. Sometan el medio y subordinenlo; si no lo gobiernan sobre él, terminará por someterlos a ustedes. El arbitrio confiere al mundo una nueva actitud ante el mundo de Di-s: El le entrega la corona del reino y el hombre se convierte en socio de la creación.

          Como he expresado anteriormente, la existencia con arbitrio ahonda en el hombre la realización genuina con el problema del mal. Cada vez que se enfrenta con la existencia predestinada, su relación con el mal se expresa sólo desde el enfoque teórico-filosófico. Como criatura pasiva, no tiene poder para luchar contra el mal, limitarlo o aprovecharlo para una finalidad elevada. El hijo de la predestinación es incapaz de decidir en terreno de su existencia. Se alimenta del medio y de su vida acuñada por el sello de lo externo. Por eso necesita del mal desde una perspectiva especulativa. Trata de negar la existencia del mal y crear una visión armónica. El fin de esta experiencia es la desilusión. El mal se burla del cautivo de predestinación y de su sueño maravilloso sobre una realidad que es todo buena y agradable.

       En cambio gracias al arbitrio, conoce el hombre la realidad tal como es, no pretendiendo un equilibrio ficticio con el fin de disimular el mal y hacerlo desaparecer de delante de sus ojos. Su enfoque es halájico–mora- lista y sin ningun hilo especulativo-metafísico. Cuando el hombre dueño de libre arbitrio sufre, se sice así mismo: “Existe el mal y no lo niego ni tampoco lo encubro con palabrerío intrascendente; he aquí que estoy interesado en él desde un punto de vista halajíco, como un hombre que interesa por sus propios actos.

       Entonces formulo una pregunta simple: ¿qué puede hacer el que sufre y vive padeciendo?. En este plano, el centro de gravedad es desplazado desde la finalidad y causalidad (entre las que no existe diferencia salvo en la dirección de cada una) al aspecto práctico. El problema es formulado, ahora, en la lengua de una ley sencilla, gira en derredor de la tarea cotidiana. La pregunta de las preguntas es: ¿en qué los sufrimientos del hombre?. El judaísmo ha apreciado esta pregunta y la ha colocado en el centro de su mundo filosófico. La halajá se ha interesado en ella como en el resto de los problemas acerca de prohibiciones y permisos, culpabilidades y exenciones. No reflexionamos sobre los maravillosos caminos de Di-s, mas lo hacemos sobre el camino por el que marchará el hombre cuando lo asalte el sufrimiento. No preguntamos ni por la causa del mal ni por su finalidad, sino por su capacidad de corregir y de elevar: ¿cómo se comportará el hombre en tiempo de desgracia? ¿Qué hará el hombre para no consumirse en su dolor?.

       La respuesta halájica a este problema es muy sencilla. Los tormentos vienen a engrandecer al hombre, purificar su espíritu y santificarlo, limpiar su mente librándola de toda inservible superficialidad; refinar su alma y extender el horizonte de su vida. Resumiendo: el tormento tiene la función de corregir lo corrupto en la personalidad humana. La halajá nos enseña que un pecado criminal se cierne sobre el que sufre: que deje pasar los dolores y perderse sin meta ni significado. El sufrimiento está en el mundo para aportar al hombre, para purificarlo, redimirlo de lo inmundo, de la insolencia y de las bajezas del alma. Del sufrimiento debe el hombre surgir pulido y purificado, puro y limpio.”Tiempo de angustia es para Jacob, pero de ella quedará salvo”, es decir, de la angustia misma surgirá la salvación del mundo, se consolidará y elevará de modo que resultaría imposible de alcanzar en un mundo carente de dolor. De la negación florece la afirmación, de la antítesís la tesis; de la negación de la existencia surge una existencia renovada. Sobre la imponente reacción espiritual por parte del hombre presa de angustia, comenta la Torá: “Cuando estés angustiado y te alcancen todas estas palabras…te volverás a donde tu Di-s”. El sufrimiento obliga al hombre a retornar en un arrepentimiento completo hacia Di-s. La angustia está destinada a destertar en nosotros el arrepentimiento, y ¿qué es éste sino la renovación y la elevada redención del ser humano?.

       Pobre del hombre al cual los sufrimientos no lo lleven a un quebramien- to, y su alma permanezca helada y falta de perdón. ¡Pobre del sufriente si su alma no se engrandece en los pesares, si los tormentos no encienden en él la llama de Di-s!. Cuando los dolores se pierden en la inmensidad como fuerzas opacas y sin provecho, una pesada acuxación marca el hombre que desperdicia su dolor.

       El judaísmo profundizó esta idea y relacionó la capacidad de elevar y corregir, inherente al dolor, con la capacidad de elevar y corregir, inherente a la gracia de Di-s. La gracia divina, dice el judaísmo, no es otorgada al hombre de modo gratuito. Lo compromete; entraña una exigencia ético halájica para el que goza de ella. La influencia que la gracia proporciona es dada con la mano abierta, plena y estendida de Di-s, pero es otorgada sin condición alguna: no es un regalo absoluto. Una benéfica influencia es siempre ejercida bajo alguna condición, por un tiempo determinado o con la premisa de retribución. Cuando Di-s otorga al hombre bienes y riqueza, influencia y honor, depende de él saber cómo utilizarlos, cómo transformar estos preciados regalos en fuerzas creadoras y fructíferas; saber compartir con el prójimo su alegría y grandeza, y corresponder piadosamente a la gracia que lleg desde una fuente infinita. Si la plenitud no lleva al hombre a un apego total con Di-s, está cometiendo un pecado básico y a su tiempo llega el tormento que recuerda su obligación con el Creador del mundo por el regalo de Su gracia. Nuestros grandes maestros nos enseñaron: “Debe el hombre bendecir sobre el mal así como lo hace sobre el bien”. Así como el bien obliga al hombre a actos elevados y exige del individuo o del grupo humano una acción operante y creadora, así exigen los sufrimientos una corrección del alma y una purificación de la vida; demanda que a la hora de la plenitud despierte el hombre y actúe. Porque hay casos en los que al hombre se le exige corregir, por medio del sufrimiento, lo que se corrompió de la creación a la hora que Di-s se inclinaba hacia él como un manantial de paz. El sufrimiento de apego a Di-s y la toma de conciencia de la obligación de purificarse y santificarse por el padecimiento, deben centellear en el alma humana cuando ésta se encuentra en situaciones límites. En resúmen, no está en el hombre el solucionar en toda su complejidad especulativa el intrrogante de la justificación causal o la finalidad de los tormentos, sino la propuesta halájica de la autocorreción al trocar la predestinación en arbitrio y al autoelevarse de objeto a sujeto, de una cosa a un hombre.

    Job

    Esta el la repuesta que dio el Creador del mundo a Job. Cada vez que él filosofaba como esclavo de la predestinación acerca de la causa y la justificación, exigiendo la revelación de la esencia del mal, y volvía a preguntar razongando: ¿por qué vienen los sufrimientos?, fue cuando Di-s le respondió enérgicamente con la pregunta: ¿Quién es éste que empeña el consejo con razones sin sentido? Ciñe tus lomos como un bravo que voy a interrogarte y tú me intruirás: ¿dónde estabas tú cuando Yo fundaba la tierra? Indícalo, si sabes la verdad…¿Sabes cuándo hacen sus crías las cabras monteses?¿Has observado el parto de los ciervos?. Si no sabes lo fundamental de la creación, ¿por qué te insolentas inquiriendo sobre la creación del mundo?. Pero cuando entendió Job cuán extraña era su pregunta, reconoció su error y no se avergonzó: “Sí, he hablado de grandezas que no comprendo, de maravillas que me superan y que ignoro”. Reveló Di-s al hombre con arbitrio, la verdadera base oculta en los sufrimientos, tal cual lo formula la halajá. Le dijo: “Job, ciertamente nunca entenderás el secreto del “por qué”, la causa de los sufrimientos y su finalidad, pero hay algo que es tu obligación conocer: la capacidad correctora del sufrimiento. Si logras elevarte por el sufrimiento hasta un nivel al cual hasta hoy no has llegado, sabes que éste ha sido llamado a ser medio para corregir el alma y el espíritu. Job, cuando abundaron Mis gracias hasta el punto de haberme inclinado sobre ti como un manantial de paz, y tenías un nombre y eras influyente -“y fue aquél hombre más grande que los de su tiempo”- no cumpliste el papel que Mi gracia volcó sobre tí. Es cierto: un hombre íntegro y recto fuiste, temeroso de Di-s y alejado del mal; no utilizaste tu poder ni tu riqueza para el mal; beneficencia brindaste en cantidad “me había vestido de justicia y ella me revestía, mi derecho como manto y turbante”. No escatimaste ayuda y apoyo a muchos, y los levantastes en tiempo de desgracia y angustia “pues yo libraba al pobre que clamaba y al huérfano que no tenía valedor”. Pero te faltó una medida de gracia en dos sentidos: a) jamás cargaste con el yugo de la comunidad, ni tampoco participaste ni en su desgracia ni en su aflicción; b) No padeciste los dolores del individuo sufriente. Como un hombre educado, de buen corazón, te compadeciste por un momento del huérfano; mucho dinero tenías, y generosamente diste donaciones decorosas. Sin embargo, el significado de gracia es más amplio que un sentimiento pasajero, que un sentimentalismo barato; la piedad exige más que una lagrima momentánea, que una moneda fría. El significado de la gracia es fundirse con el prójimo, identificarse con su dolor: es el sentirse responsible por su suerte. Este sentido de la gracia no estuvo en ti, no en lo referente a la comunidad como tampoco en relación al individuo. Fuiste contemporáneo de Jacob que luchó con Laban, Eisav, y el hombre del vado de Yabboq; ¿acaso lo ayudaste con un consejo o sugerencia?.¿Quién era Jacob? Un pastor pobre, ¿y tú? Un hombre rico e influyente. Si te hubieses vinculado con Jacob con la simpatía necesaria y la gracia apropiada, no le hubiesen sucedido tan grandes desgracias. Viviste en tiempos de Moisés y se te contó entre los consejeros del Faraón: ¿Acaso moviste un dedo en el momento en que se proclamó la orden: “Todo hijo que nazca al río sera arrojado”, cuando los opresores esclavizaron con trabajos forzados a tus hermanos?. Te callaste en esa oportunidad, y no protestaste por temor a que se te identificara con los esclavos desgraciados. Darles monedas sí, pero reclamar públicamente por sus derechos, no. Temiste que sete inculpara de doble fidelidad. Actuaste en le genración de Esdras y Nehemías, que ascendían de Babilonia. Tú, Job, con tu riqueza y tus influencias pudiste acelerar el proceso de retorno a la tierra y reconstrucción del Templo. Pero tus oídos estuvieron cerrados y no percibiste el gemido históico del pueblo. No saliste en encendida protesta frente a Sanbalat, los samaritanos o el resto de enemigos de Israel, que pretendieron destruir a la población y apagar la última chispa de esperanza del pueblo de Di-s.¿Qué hiciste a la hora en que los que retornaban del exilio proclamaron desde el abismo del sufrimiento y la desesperacion: “Flaquean las fuerzas de los cargadores; hay demasiado escombro; nosotros no podemos reconstruir la muralla”?¡Permaneciste sentado de brasos cruzados!. No participaste en el tormento de los que lucharon por el judaísmo, por la tierra de Israel y por la redención; jamás ofrendaste tan sólo un sacrificio por el bien de los combatientes. Sólo te peocupaste por tu propia paz y por tu bienestar día a día, y sólo por ti oraste y elevaste sacrififios. “Al terminar los días de estos banquetes, Job los mandaba a llamar para purificarlos. Luego se levantaba de madrugada y ofrecía holocaustos por cada uno de ellos porque se decía: quizá mis hijos hayan pecado y maldecido a Di-s en su corazón”. ¿Elevaste alguna vez una suplica por un hombre extraño al participar de su sufrimiento?. No. Y sabe, Job, que la plegaria es propiedad de la comunidad y que el individuo no se presenta ante el Rey para rogar y pedir por sus propias nacesidades salvo para que lo rescate de la soledad y del encierro, y lo integre a la comunidad. Olvidaste que la plegaria judía es siempre formulada en plural, comunicación de alma con alma y unificacaión de corazones alborozados. No supiste cómo utilizar la formula de la plegaria judía establecida por el pueblo, ni cómo incluirte a ti mismo entre la mayoría y cargar sobre ti el yugo del prójimo. Job, si tu alma está dispuesta a conocer las leyes de la capacidad correctora del dolor, podrás alcanzar el secreto de la plegaría que aproxima el “yo” al prójimo, repitiendo tu boca la formulación original que conecta al individuo en la experiencia de todos, y le permite comprender la gracia que se concreta por la mediación del que reaz, y así logra elevar la particularidad individual a la particularidad pública. Sólo por medio de la plegaria, que es el resultado de la experiencia del sufrimiento común, te salvarás. No comprendiste las leyes de la piedad y desperdiciaste Mi bendición que ordené sobre ti. Intenta ahora aprehender las leyes del sufrimiento. Tal vez logres corregir a través del dolor y del pesar el pecado que cometiste atrora por alegría y felicidad aparentes.

       Di-s les dice a los amigos de Job: “Ahora, tomad siete novillos y siete carneros, id donde mi siervo Job y ofreced por vosotros un holocausto; mi siervo, Job, intercederá po vosotros”. He aquí que prueba a Job una vez más. Es desafiado públicamente: ¿acaso ya sabe orar por el prójimoy participar de su dolor? ¿Aprendió algo a la hora del castigo y del enojo? ¿Se readaptó a una nueva fórmula de plegaria que ahora sí incluye a la comunidad?: “Si suplicas por ellos, entonces vendrá su redención y también la vuestra y en atención a él, no los castigaré”.

       Sepan que Job logra rescatarse de su encierro egoísta y penetra en el campo comunitario y participa de la vida del prójimo, y que la marginación se ha roto y en su lugar aparece la socialización. La gran maravilla sucadió: Job se puso de repente a la altura de la plegaria judía. Descubrió la formulación en plural, la medida de gracia que arrasta al hombre del campo privado al terreno público. Job comenzó a vivir la vida del conjunto, a sentir sus dolors, a enlutarse n sus desgracias y a alegrarse en sus festejos. Los pesares de Job hallaron su verdadera corrección al quebrarse el encierro en el que se encontraba, y Di-s calmó su indignación: “Después, Di-s restauró la situación de Job, al paso que él intercedía en favor de sus amigos”.

    El tiempo mal gastado

    El tiempo malgastado

       Y también nosotros presenciamos días revueltos, días de angustia y furia. Aprendices del dolor, estamos contaminados de desorden. Durante los últimos quince años nos atormentan suplicios que no tienen parangón en la historia de miles de años de diáspora, humillación y exterminio. El  sufrimiento no concluyó con el establecimiento del Estado de Israel. Hoy por hoy el estado se encuentra en situación de crisis y peligro, y nos invade el miedo y el pánico por la suerte del pueblo, siendo testigos oculares de la banda de malvados que con el apoyo de las naciones occidentales, crece y altera la ley internacional, indiferente a los principios de justicia y rectitud. Todos se congracian con nosotros y al mismo tiempo con nuestros enemigos, y se enlodan humillándose delante de ellos con sumisión e hipocrecía repugnante. Cada cual busca su paz y bienestar, mientras que con el pueblo que sufre se comportan como el rico que robó la cabra a su vecino pobre, débil y carente de influencia.

       Surge, entonces, el conocido asombro metafísico, y el sufriente pregunta: ¿Por qué me haces ver la iniquidad y Tú contemplas la opresión?…el impío asedía al justo con lo que se pervierte el recto juicio”. Ciertamente y según lo hemos acentuado con anterioridad, no corresponde tal interrogante referido a Di-s ni por otra parte el hombre le hallará respuesta, la que permanecera cerrada y sellada fuera del alcance de la lógica. Porque “no podrás ver Mi rostro, ya que no puede verlo el hombre y seguir viviendo”. Cuando el instinto de la curiosidad mental acomete al Creador del mundo, justificar el juicio divino y reconocer la integridad de Sus actos. “El es la roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia”. Si de todos modos es bueno que el ser humano ahonde en esta cuestión a la hora de la pesadilla, está en nosotros formularla de modo halájico: “¿cuál es el deber del hombre que sufre? ¿cuál la olbligación que nace del sufrimiento?”. A esta pregunta cabe, como expresamos anteriormente, una solución, la que se manifiesta en una ley sencilla. No se necesitan especulaciones metafísicas para dilucidad las leyes de la capacidad correctora del mal. “No está en los cielos”. Si conseguimos enunciar  esta teoría sin ocuparnos de la pregunta de la causa y el fin, lograremos la salvación completa y se cumplirá en nosotros el pasaje bíblico que dice: “Trazad un plan: fracasará. Decid una palabra: no se cumplirá. Porque con nosotros está Di-s”. Entonces, sólo entonces, nos elevaremos desde las profundidades de la catástrofe dueños de un valor espiritual acrecentado y una gloria histórica poderosa, como está escrito: “Y aumentó Di-s al doble todos los bienes de Job”- doble en cantidad y en calidad.

       La teoría de la capacidad correctora del tormento, cuando se concreta, exige del sufriente valentía y disciplina espiritual. Debe armarse de fuerzas poderosas y hacer un balance objetivo de su mundo: observar su pasado y contemplar su futuro con total sinceridad. No con facilidad le llegó a Job la corrección por el sufrimiento. También nosotros, cobardes, atados de pies y manos y sin fuerza espiritual, somos exigidos por la Providencia a recestirnos de un espíritu nuevo, alzarnos y elevarnos al nivel que exige la correción por obra del sufrimiento.

      En su nombre es imprescindible mirar la proyección de nuestra vida con valentía espíritual e íntegro objetivismo. Este reflejo nos hiere desde el pasado y el presente al mismo tiempo.

       Si la Gracia de Di-s, depositada sobre el individuo o sobre el conjunto, y concedida al hombre de modo natural, obligan al que disfruta de ella a acciones determinadas (en la persecución de riqueza, respeto, influencia, gobierno y otros bienes ue se obtienen mediante un trabajo tenaz) se impone mayor compromiso tratándose de las bondades de Di-s reveladas de modo sobrenatural en virtud del milagro que escapa a las leyes elementales del concatenamiento histórico. Esta gracia milagrosa enlaza al hombre con Di-s asignando el endividuo una obligacón total: realizar la gran orden que clama desde la maravilla. Un imperativo trascendental acompaña siempre a una acción milagrosa, tal como indica el texto bíblico: “Ordena al pueblo de Israel”. Pobre del acreedor del milagro si no lo reconoce y su oído se cierra y se niega a escuchar el eco imperativo que clama y se eleva desde el acontecimiento metahistórico. Pobre del que  disfruta de las maravillas de Di-s sin que en él se encienda la chispa de la fe, ni tiemble su conciencia ante la visión de un acontecimiento singular.

       Cuando un milagro no encuentra el eco correspondiente en actos concretos, la visión elevada se atenua y degenera, y el sentido de justicia comienza a inculpar al desagradecido acreedor del milagro. Nuestros sabios relatan en el Talmud: “Quiso Di-s ungir a Jizkiahu… y dijo el sentido de justicia (“midat hadin”): ¿has de poner por ungido a Jizquiahau a quién dedicaste milagros y no pronundió cántico alguno ante Ti?”. Entonces viene la angustia, la hora de los pesares. El sufrimiento es la prevención final con la que la elevada Providencia advierte al hombre, cercenando la complaciencia consigo mismo. Al último aviso que surge del tormento se debe reaccionar inmediatamente, respondiendo a la voz de Di-s que llama al hombre: “¿Dónde estás?”. El judaísmo ha sido muy estricto en la prohibición de perder el tiempo. Es muy sensible a la conciencia del tiempo. Cualquier demora es considerada como un delito. El hombre pierde a veces su mundo por un solo pecado.

       ¿Qué es la demora sino una prohibición más?¿En qué consiste la transgreción del Sábado sino en la ejecución de un trabajo un istante después de la puesta del sol, cuando estaba permitido un instante antes de la misma? ¿En qué se expresa el desaprovechar un precepto sino en la demora de apenas unos minutos, como la lectura del Shemá después de tiempo o la agitación del Lulav tras la puesta del sol?. Dos reyes de Israel, enviados de Di-s y héroes de la nación, pecaron, se arrepintieron completamente y se confesaron. Uno no fue perdonado inmediatamente, y del segundo se compadeció Di-s y lo perdonó por haberse confesado. Con Saúl se comportó según su medida de justicia desgarrándole el reino. Con respecto a David, mezcló justicia con piedad y su reino no fue quitado de su descendencia. ¿Por qué agravió Di-s a Saúl  y se apiadó de David?. Esta pregunta no precisa de una mayor profundización. Es simple: David no se demoró en el momento decisivo y confesó inmediatamente su pecado; Saúl se entretuvo un poco y por ese retraso, se le arrebató el reino. Cuando Natán, el profeta, se acercó a David y dejo oír su grito: “Tú eres el hombre”, David se confesó sin dilatar su ruego a Di-s, ni siquiera un instante. Dijo David a Natán: “He pecado ante Di-s”. Saúl perdió un minuto de oro, un instante precioso. Tras escuchar la reprensión de Samuel –“¿Por qué no has escuchado a Di-s? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín?”- comenzo a discutir con el profeta antes de confesarse: “Yo he obedecido a Di-s, anduve por el camino por el que me envió”. Aunque en el mismo acto reconoció también su pecado con profundo pesar y conmoción: “He pecado traspasando la orden de Di-s y sus mandatos”, pero esta confesión no vino en el momento indicado y esta breve tardanza le costó el reino. Cuando se confesó, ya estaba proclamada la sentencia y habían comenzado las horas difíciles. “Hoy he desgarrado el reino de Israel”. Si no hubiera desaprovechado Saúl el último momento, y no se hubiera contado entre los lentos, hubiera conservado el reino entre sus manos.

       ¿Cuál es el significado del “Cantar de los Cantares” sino la descripción  de la demora paradojal y trágica de la amada, embriagada de amor y nostalgia, cuando la hora inminente le jugó una mala pasada? ¿Cuál es sino la pérdida de la oportunidad más grandiosa y sublime por la que soñó y luchó, a la que deseó y buscó con pasión en el alma?. La amada, fina y delicada, encendida por un amante de bellos ojos, deambula en días plenos de luz por senderos de viñas y terrazas de montes; por campos de trigo y jardines de árboles frutales, y en noches iluminadas por la pálida luz de una luna espléndida o en noches oscuras –entre las murallas buscando a su amado; regresó a su tienda una noche tempestuosa y cansada y agotada, se durmió. Un murmullo de pasos rápiros y livianos se dejan oír en el silencio de la tienda. En aquella noche secreta y extraña surgió repentinamente el amante de entre las tinieblas y llamó a la puerta de su amada que tanto lo deseaba y aguardaba con tanta impaciencia. Llamó y le suplicó que le abriera. ¡La voz de mi amado que llama!: “¡Abreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta!. Que mi cabeza está cubierta de roció y mis bucles del relente de la noche”. El gran momento esperado ansiosamente con el corazón alborozado, pasó inadvertido. El amante, evasivo y escurridizo, colmado de insomnio y pena, se presentó con su enrulada cabellera y sus ojos negros, la espalda fuerte y una expresión definida en el rostro. Se paró frente a la puerta, extendió la mano hacia el hueco de la cerradura, pidió protección por la humedad nocturna y quiso expresarle su vigoroso amor, sus anhelos y deseos; su vida íntima y necesidad de alegría, de la concreción de sus aspiraciones y esperanzas. Tan sólo un breve covimiento de estirar el brazo y abrir la cerradura hubiese unido a los amants, hubiera mediadio entre el gran sueño y su completa realización. De un solo slato pudo la amada conseguir todos los deseos de su vida –“llévame en pos de ti: corramos… por ti exultaremos y nos alegraremos”. Pero perverso es el corazón y ¿quién lo probará?. Precisamente en esa noche, una obstinada y extraña flojera la asaltó. Por un brevísimo instante se ocultó el fuego encendido de sus anhelos, se contrajo el viguroso deseo, se acallaron sus sentimientos y acallaron sus sueños. La amada se negó a descender de su aposento. No abrió la puerta a su bello amado. Un desvió cruel engendró la indiferencia y el olvido. Se encapricho la amada y holgazaneó; presentó cientos de pretextos para explicar su extraño comportamiento: “Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?, he lavado mis pies, ¿cómo volver a mancharlos?”. El amado llamó y se marchó, y mientras crecía la intencidad de su llamado también lo hacía la locura que enfría y ensucia. Al tiempo que el mormullo rompía el silencio de la noche, se endurecía más y más su corazón. El amado siguió con su clamor en medio de su paciencia, en medio de su improrrogable súplica, junto a él sonó el reloj y se cumplió el plazo. La amada no respondió a la voz de su amado, y la puerta de la tienda permaneció cerrada. La hora pasó y el ideal de una vida sublime también pasó y se extravió. Sin embargo, la amada se despertó de su sueño después de unos instantes, y saltó consternada de su lecho para recibir a su amado: “Me levanté para abrir a mi amado”. Pero este salto llegó demasiado tarde. El amado dejó de llamar y desapareció en la oscuridad de la noche –“pero mi amado había seguido de largo”-. Se alejó la alegría de su vida, y quedó su existencia como un desierto desalojado, como un granero vacío. Entonces, despertándose, volvió a su búsqueda febril. Aún vaga entre tiendas de pastores a su amado.

     

    Los seis llamados

    Los seis llamados

        Hace ocho años, en medio de los horrores de Maidanek, Treblinka y Buchenwald; en la noche de hornos y cámaras de gas; en la noche de absoluto ocultamiento divino, del reinado del diablo, de la duda y la  destrucción (quien auiso arrastrar al amada desde su propis casa al Iglesia Católica); en la noche de indignación sin pausa y ruegos del amado –precisamente en esa noche éste llegó a su amada. Di-s que se ocultaba en la tienda secreta se apareció de repente y comenzó a llamar a la puerta de la tienda de su amada, abatida, vejada, dando vueltas en su lecho, estremecida por sufrimientos infernales. Como consecuencia de los golpes y llamados a la puerta de la amada, sumida en duelo, nació el Estado de Israel.

       ¿Cuántas veces golpeó el amado a la puerta de la tienda de su amada?. Me parece que al menos nos es posible contar seis golpes.

       Primero: los golpes del amado se hicieron oír en el orden político. Desde el punto de vista de las relaciones internacionales nadie podrá negar que el surgimiento del Estado de Israel constituyó un acontecimiento casi sobrenatural. Rusia y los países occidentales apoyaron juntos la idea del establecimiento del Estado de Israel, siendo ésta, tal vez, la única propuesta por la que se unieron Oriente y Occidente. Me inclino a creer que la Organización de las Naciones Unidas fue creada exclusivamente con esta finalidad: cumplir el encargo de la Providencia.

       Considero que es imposible señalar cualquier otro logro concreto por parte de la ONU. Nuestros sabios expresaron ya la idea de que a veces el rocío cae para tan sólo un individuo, para tan sólo una hierba. Ignoro a quiénes vieron los representantes de la prensa, con ojos humanos, en la silla presidencial durante aquella reunión afortunada en la que se decidió el entablecimiento del Estado de Israel, pero el que bien observó entonces con ojos espirituales, percibió al presidente verdadero –el amado- triunfando sobre todas las discusiones. El golpeó con su martillo sobre la mesa. ¿Acaso no explicamos nosotros el pasaje bíblico –“Aquella misma noche no pudo el rey conciliar el sueño”- como el sueño del Rey del Universo?. Si Asuero hubiese perdido el sueño, hubiese sido un hecho intrascendente, y no hubiese surgido la salvación esa misma noche. Pero si, evidentemente, es el Rey del Universo quien no duerme, entonces nace la Redención. Si fulano o mengano hubiesen abierto la reunión de las Naciones Unidas, no hubiese nacido el Estado de Israel. Pero si el amado golpeó la mesa de la presidencia, sucedió la maravilla: ¡La voz de mi amado clama!.

       Segundo: el llamado del amado se dejó oír en el campo de batalla. El pequeño ejército de defensa de Israel venció a los terribles ejércitos de las naciones árabes. Un milagro de “muchos en manos de pocos” se hizo ante nuestros ojos. ¡Y una maravilla aún más grande sucedió en aquella hora!. Di-s endureció el corazón de Ismael y le ordenó salir a la lucha contra el Estado de Israel. Si no hubieran proclamado los árabes la guerra contra Israel y hubiesen aceptado el plan de repartición, se hubiese quedado Israel sin Jerusalén, sin una gran parte de la Galilea y sin sectores del Neguev. Si hace muchísimos años el Faraón hubiera permitido salir a Israel de Egipto con mano vigurosa y brazo extendido. De hecho, se quebró la fuerza de la promesa que volverían a Egipto. Todo contrato basado en un acuerdo mutuo, no obliga a una de las partes si la otra no cumple con lo pactado. ¡La voz de mi amado clama!.

       Tercero: el amado comenzó también a golpear en la puerta de tienda teológica, y pareciera que fue éste el golpe más potente. Varias veces al referirme al tierra de Israel hice hincapié en el hecho de que todas las demandas teológicas cristianas en el sentido de que Di-s privó a la Comunidad de Israel de los derechos sobre su Tierra –de que todas las profecías sobre Sión y Jerusalén conciernen de un modo alegórico al cristianismo y a la Iglesia Católica- con el establecimiento del Estado de Israel se revelaron en público como falsas y carentes de principio y fundamento. Hace falta un amplio conocimiento de en teología, desde los tiempos del quebramiento manifiesto de las suposición central de la teología cristiana. Interpretamos la aclaración erudita del Ministro del Exterior, Dalas, quin ejerció como bedel en la Iglesia Episcopal, durante una reunión del Senado: “los árabes odian a los judíos porque asesinaron a su legislador religioso”, dijo. Esta “explicación” tiene un significado simbólico, oculto y profundo. No soy psicólogo ni psicoanalista, pero conozco algunas hojas del Talmud y recuerdo bien lo que nuestros rabinos dijeron sobre Bilhám: “De su bendición… se aprende lo que había en su corazón”. Cuando un hombre se extiende en palabras, a veces salen verdades de su boca. Cuando uno de los senadores preguntó al Ministro del Exterior: “¿por qué los árabes odian a los judíos?”, hubiera querido responder: También yo mismo, como cristiano, no siento un cariño especial por ellos porque asesinaron a nuestro mesías, y por ese motivo perdieron su parte de la herencia de Abraham”. Mas, respondió “los árabes”,…en vez de “yo mismo” y “nuestro mesías” como sin un ángel hubiera puesto estas palabras en su boca. Mas subyace en su interior un temor terrible por el hecho de que el pueblo de Israel gobierna en Sión y Jerusalén. Siento placer espiritual al leer en periódicos católicos y protestantes sobre el Estado de Israel: se ven forzadamente obligados a recordar el nombre de Israel al publicar noticias sobre Sión y Jerusalén, que se encuentran en nuestro poder. Experimento siempre un especial sentimiento de satisfacción cuando leo en un periódico que alguna reacción del Estado de Israel es aún desconocida por ser Shabat y las oficinas se encuentran cerradas, o cuando en vísperas de Pesaj la United Press anuncia que “los judíos se sentarán esta noche en la mesa del Seder con la esperanza de que los milagros de Egipto retornen y sucedan nuevamente”. ¡La voz de mi amado clama!.

       Cuarto: el amado llama a los corazones de la juventud confundida y asimilada. Una época sombría en los comienzos de los años cuarenta, produjo confusión en la masa del pueblo judío y en la juventud en especial. La asimilación se acrecentó, y la urgencia por escaparse del judaísmo y del pueblo de Israel llegó a su cúspide. El miedo, el desaliento y la ignorancia llevaron a muchos a abandonar la comunidad de Israel, para subirse al barco e intentar “escapar a Tarshish delante mismo de Di-s”. Una tempestad que parecía no tener limites se levantó contra nosotros para liquidarnos. De repente, comenzó el amado a llamar a la puerta de los corazones perplejos y su clamor –el establecimiento del Estado de Israel- desaceleró, el menos, el proceso de evasión. Muchos de los renegados del pasado, ahora están ligados a Israel con lazos afectivos de orgullo por los inmensos logros del Estado. Numerosos judíos norteamericanos que en mayor o menor medida se asimilaron, están preocupados y temerosos por la crisis que afecta al Estado hebre, y rezan por su paz y su bien a pesar de hallarse lejos de consagrarse por completo a él. Inclusive aquellos que odian al Estado de Israel –y muchos judíos se encuentran entre éstos- se ven obligados a defenderse sin pausa contra la extraña sospecha de una doble fidelidad y así se ven obligados a gritar y a proclamar que no tienen parte en Tierra Santa. Buen signo es para un judío, cuando no puede desprenderse de su judaísmo, y es obligado a responder una y otra vez a la pregunta: “¿Quién eres, y de qué te ocupas?” aun cuando un profundo temor lo acose y no lo aliente la fuerza ni le valor de responder con verdadero orgullo. “Soy hebreo, y sólo al Eterno, el Di-s de los cielos, yo temo”. La eterna pregunta de ¿quién eres?” lo relaciona siempre con el pueblo de Israel. En efecto, el hecho de que el hombre de Israel esté siempre en sus sabios, le recuerda al judío que huye, que es imposible escaparse de la comunidad de Israel con la que está ligado desde su nacimiento. Hacia cualquier punto al que nos dirigamos, captamos la palabra Israel: cuando escuchamos radio, cuando abrimos el periódico, cuando participamos en discusiones sobre asuntos cotidianos, nos topamos con la problemática de Israel planteada públicamente. Esa presencia permanente es de  gran importancia para los judíos contaminados de auto-odio, que anhelan escabullirse del judaísmo y creen de este modo proteger sus almas. Se esconden como Jonás en los sótanos del barco e intentan dormirse, mas el capitán no les permite distraerse de su suerte. La sombra de Israel los persigue sin pausa. Definitorios pensamientos y meditaciones paradoxales surgen de las perplejidades del alma, inclusive entre los asimilados más extremos. Y cuando un judío empieza a pensar y a reflexionar al punto que su sueño se esfuma, es imposible saber hacia dónde lo llevan sus pensamientos y de qué modo se manifestarán sus vacaciones y sus dudas. ¡La voz de mi amado clama!.

       El quinto llamado del amado es tal vez el más importante. Por primera vez en la historia de nuestro exilio, sorprendió la Providencia a nuestros enemigos enseñandoles que la sangre judía no se derrama en vano. Si los antisemitas llamaron “ojo por ojo” a este fenómeno, con mucho gusto coincidimos con ellos. Si queremos defender con heroísmo nuestra existencia histórico-nacional, debemos, en algunos casos, interpretar el pasaje bíblico “ojo por ojo” de modo literal. Muchos ojos perdimos durante nuestro amargo exilio por no pagar golpe por golpe. Llegó el momento de cumplir la ley del “ojo por ojo” al pie de la letra. Es sabido que estoy entre los que creen en la Ley Oral, y para mí no existen dudas de que el versículo se refiere a pagos de dinero, tal cual lo explica la halajá. Pero en relación sl Mufti o a Nasser pediría que entendieramos el versículo “ojo por ojo” en sentido literal: ¡arrancar un ojo concretamente!. No presten atención a los dulces consejos de los conocidos asimilados y de unos cuantos socialistas judíos reveldes, quienes creen seguir viviendo en 1905, y mantienen que está prohibida la venganza a Israel en todo tiempo, lugar y bajo cualquier circunstancia. ¡Vanidad de vanidades!. Está prohibida la venganza cuando carece de objeto, mas si se logra con ella la propia defensa, es un derecho elemental del hombre como hombre el ejercerla.

       La Torá nos enseñó siempre que no sólo está permitido al hombre defenderse a sí mismo, sino que ésta es una sagrada obligación. Al referirse al caso del ladrón al que se encuentra “con las manos en la masa”, enseña la halajá que no sólo su vida sino también sus bienes tiene el derecho de defenderse. Si el ladrón que viene a arrebatar dinero del dueño de casa es capaz de asesinar si no se cumple su existencia, el dueño de casa puede sublevarse y matar al pecador. No en vano, cuenta la Torá que dos grandes héroes, Abraham y Moisés, tomaron sendos machetes en sus manos para defender a sus hermanos –“movilizó la gente nacida en su casa”; “mató al egipcio”. Este comportamiento no contradice los principios de piedad y gracia: muy por el contrario, un comportamiento pasivo, sin defensa propia, puede ocasionar a veces la crueldad más grande. “Endureceré el corazón del Faraón y de su ejército, y sabrán los egipcios que soy el Eterno”. No buscaba Di-s ni honor, ni fama; su voluntad era que el Faraón, contemporáneo de Moisés, supiera que debía pagar un alto precio por el decreto “todo niño que nazca, al río será arrojado”. También ahora es ésta Su voluntad, ya que la sangre de jóvenes judíos asesinados mientras rezaban, seguramente será vengada. Al castigar a Egipto, quería Di-s demostrar que la sangre de Israel tiene siempre demandante. Hoy, es necesario convencer no sólo al déspota de Egipto sino también al Ministerio del Exterior en Londres y a los dueños de la moral de la ONU, de que tiene demandantes la sangre de Israel. Por eso, cuán ridiculos resultan cuando quieren demostrarnos que debemos confiar en la declaración de las tres potencias que mantienen el “status quo”. ¿Acasi no sabemos de nuestra experiencia cuánto valor tienen las palabras del Ministerio del Exterior británico y la de sus conocidos amigos de ministerio americano?. Y en general ¡cuán absurda es la exigencia que todo un pueblo dependa de la piedad ajena y permanezca impotente para defenderse por sí solo! La dignidad de todo grupo, como la del individuo, se expresa en la posibilidad de defender el honor y la propia vida. Un pueblo incapaz de velar por su libertad y tranquilidad no es libre ni independiente. La tercera expresión bíblica que se refiere a la redención es: “Y los redimí con brazo extendido y con fuerte juicio”. ¡Bendito seas que nos mantuviste vivos hasta este tiempo en el que los judíos cuentan con la fuerza, gracias a Di-s, de defenderse a sí mismos!. No olvidemos que el veneno del antisemitismo hitleriano que trató a los judiós como peces entregados inermes, aún se respira entre los hijos de la generación que observó con indiferencia la tragedia del asfixionamiento de millones en cámaras de gas, considerándola como un fenómeno común sobre el que no vale la pena medinar. El antídoto para este veneno que infectó las mentes y embruteció los corazones, es la certeza de que el Estado de Israel defiende las lágrimas de los hijos que la construyen. ¡La voz de mi amado clama!.

       El sexto llamado, al cual no podemos dejar de atender, fue escuchado a la hora en que se abrieron las puertas de esta tierra. Judíos que huyeron del enemigo saben ahora que pueden encontrar un refugio seguro en la tierra de los patriarcas. Es éste un fenómeno nuevo de nuestro tiempo. Hasta ahora, cuando la comunidad de Israel era arrancada de su lugar, vagabundeaba en el desierto de los pueblos sin encontrar abrigo ni morada en otra tierra. Cuando se cerraron las puertas a los exiliados y desterrados, vino la ruina de las tribus de Israel. Ahora la situación cambió. Cuando cualquier nación expulsa a la minoría judía, las víctimas encaminan sus pasos a Ión y ella los recibe a sus hijos como una madre bondarosa. Fuimos todos testigos del asentamiento de los judíos de oriente en la Tierra de Israel durante los últimos años. Y quién sabe qué hubiera deparado el destino a nuestros hermanos en esas tierras de no haber existido Israel, quien los trajo en barcos y en aviones. Si se hubiese creado el Estado de Israel antes del holocausto hitleriano, cientos de miles de judíos se hubiesen salvado de los hornos y las camaras de gas. La maravilla del Estado se demoró un tanto en llegar, y en ese tiempo de postergación fueron asesinados miles y miles de Israel. Mas ahora, cuando ha terminado la hora de las tinieblas, se da la oportunidad a los judíos arrancados de sus lugares de radicarse en Tierra Santa. ¡Que todos estos hechos trágicos no sean indiferntes a nuestros ojos!. ¡La voz de mi amado clama!.

       ¿Cuál fue nuestra reacción ante el amado que llama. Ante su benévola piedad y sus maravillas? ¿Bajamos de nuestras camas y abrimos enseguida la puerta, o seguimos descansando como la amada, y holazaneamos en nuestros aposentos?. “Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?. He lavado mis pies, ¿cómo volver a mancharlos?”.

       Todo el pánico por la seguridad física del Estade de Israel, todas las proposiciones que provienen de boca de nuestros enemigos que pretenden que Israel renuncie a territorios, y los reclamos atrevidos de los árabes eon respecto a la modificación de fronteras, todo esto se basa tan sólo en un hecho: los judíos no colonizaron el Neguev y costruyeron allí poblados. Si en el Neguev estuvieran establecidos miles de judíos, ni hubiera nunca Nasser soñado con la posibilidad de arrancársela al Estado de Israel. La ruina amenaza desde entonces y desde siempre la tranquilidad del Estado. La Torá ya lo enfatizó: “No podrás exterminarla de golpe; no sea que las bestias salvajes se multipliquen contra tí”. El hecho de que los judíos hayan conquistado el Neguev no es suficiente; asentarse es lo esencial. El gran Maimónides determinó que la primera santidad no santificó la tierra hasta el mundo venidero porque surgió de una conquista militar cuyos logros fueron abolidos por el ataque de un ejército grandioso y de numeroso armamento que conquistó Israel y quitó la tierra de nuestras manos. La segunda santidad, acabada por medio de la fuerza y el asentamiento en la tierra –con el sudor de las manos la frente- no fue anulada: sencillamente existe ahora y hasta el tiempo venidero. Nosotros somos culpables por esta negligencia. Los judíos americanos pudieron, por supuesto, acelerar el proceso de colonización. Pero ¿por qué criticar los defectos ajenos y echar culpas a los judíos libres?. Miremos nuestras llagas  confesemos nuestras culpas. Los más culpables entre los judíos  americanos por la lentitud de las colonizaciones, son los religiosos. Sobre nosotros, fieles al judaísmo, recaía la obligación de escuchar con mayor atención la “vos del amado que llama”, y de responderle al instante con esfuerzos concretos. Sobre el pasaje bíblico: “Y destruiré Yo la tierra” dice Rashi citando a Torat Hacohanim: “Es una virtud de la tiera de Israel que sus enemigos no encuentran en ella reposo espiritual, y la dejen deshabitada”. La Tierra de Israel no podrá ser reconstruida por ninguna lengua ni nación: sólo Israel tiene la fuerza de transformarla en una tierra poblada, haciendo florecer sus desiertos. La promesa del Creador del Mundo se transformó en una realidad maravillosa durante distintas etapas de la historia de Israel. Nos está prohibido olvidar siquiera por un instante que la Tierra de Israel atrajo hacia sí como un imán también a las naciones del mundo, cristianos y musulmanes. Las cruzadas, en la Edad Media, fueron organizadas con la intención de conquistar la Tierra de Israel y asentar en ella población cristiana. Todo el esfuerzo de los cruzados resultó en vano: no se enraizaron en la tierra. Inclusive los musulmanes que se encontraban en ella no lograron fundar poblaciones sólidamente implantadas. Permaneció siendo un desierto despoblado “Y será vuestra tierra un desierto”. También después, en los tiempos modernos, cuando los pueblos europeos en los siglos XVII y XVIII se consolidaron y poblaron territorios completos, permaneció la Tierra de Israel desierta y en situación más primitiva aún que la de los países árabes vecinos –Egipto, Siria y el Libano. De haberse poblado la Tierra por parte de una nación diligente, fuerte y culta; si hubiese sido conquistada y desarrollada debidamente, nuestro apego hacia ella se hubiese desgastado con el devenir de los acontecimientos y ni un solo judío hubiese puesto un pie sobre ella. Extranjeros comerían de sus frutos y nuestros derechos se hubiesen extinguido por completo. Pero la Tierra no traicionó a la Comunidad de Israel. Le guardó fidelidad y esperó cada día su redención. Dicta entonces la razón, que a la hora de haberse otorgado a la Comunidad de Israel la posibilidad de regresar a su Tierra –la que no entregó sus tesoros a extranjeros sino que los cuidó y reservó para nosotros- los judíos religiosos deberían haberse apresudaro a cumplir este gran precepto, saltando de alegría y regocijo hacia este santo trabajo: construir y asentar la Tierra. Pero, para nuestro dolor, no actuaron así. Cuando el desierto que aguardo con angustia durante largo tiempo, nos invitó a venir y a redimirlo de su desolación, y cuando el amado –que cuidó al desierto durante casi mil novecientos años ordenando que ningún árbol creciera en él ni ningina vertiente la hiciera florecer- golpeó a la puerta de la amada, no se dio prisa ella- es decir, nosotros, los judíos religiosos- en descender del lecho y abrir la puerta al amado. Si tuviéramos en la Tierra de Israel asentamientos continuados a lo largo de Eilat a Dan, nuestra situación sería totalmente distinta.

       Reconozcamos la verdad en público y con la mano en el corazón: nos quejamos de los conocidos dirigentes de Israel por el modo den que se relacionan con los valores tradicionales y con la observancia de la religión. Y los reclamos son justos. Nos enfrentamos con serios cuestionamientos que planteamos a la dirigencia laica de Israel, pero acaso ¿tan sólo ellos son culpables mientras nosotros  lucimos limpios y puros como ángeles celestiales?. Semejante suposición carece de base. Nos fue dado ampliar nuestras influencias en la formación de la imagen espiritual del pueblo, si nos hubiésemos apresurado a despertar de nuestra siesta y a abrir la puerta al amado que clamaba. Me temo que nosotros, los judíos religiosos, estamos aún sumidos en un sueño confortable. Si hubiéramos fundado más kibutzim religiosos, construido más viviendas para los inmigrantes religiosos; creado una vasta red escolar, nuestra situación sería otra. Entonces, no habría necesidad de ser violentos con los dirigentes de distintos movimientos. Nosotros, los judíos ortodoxos, sufrimos una efermedad especial, que no se encuentra en los judíos laicos salvo algunas excepciones: ¡todos somos mezquinos!. No sobresalimos por nuestra benevolencia con respecto al resto de los judíos de América. Nos conformamos con pequeñas dádivas, y exigimos en nombre de esas monedas, una recompensa en este mundo y parte en su dirigencia. Por eso se ha degradado nuestra dignidad hasta el escalón más bajo, y no ejercemos una influencia respetable sobre los judíos de aquí y sobre el desarrollo de los hechos en el Estado de Israel. La América grande y libre es una tierra de justicia. El mismo gobierno repartió entre 1945 y 1956 cincuenta y cinco billones, trecientos cincuenta millones de dólares a organismos de ayuda de países extranjeros (los números están mucho más allá del poder de nuestra imaginación), y los hombres honorables que brindan caridad solo pueden vivir en una tierra que sabe dar y ayudar de esta manera. De todos modos los judíos religiosos de América, no nos merecemos el honor que fue concedido a ellos. En los últimos tiempos nos especializamos en criticar y en señalar llagas ajenas –“y examinará el sacerdote la llaga y la impurificará”. Este quehacer de criticar, buscar defectos, y emitir juicios como entendedores, nos es perfectamente conocida, pero hay algo que se nos escapa: que el sacerdote “impurificado” debe salir del campamento hacia el infectado y hacia el sufriente para purificarlo –“y saldrá el sacerdote fuera del campamento”. Está en nosotros construir, no rincones pequeños y apartados de desconocida responsabilidad oficial, sino instituciones centrales a lo largo y ancho de América e Israel. Tenemos la obligación de purificar a los que se hallan “fuera del campamento”, sumergidos en la ignorancia. Para tal tarea son necesarias cifras siderales; nosotros, los judíos ortodoxos, estamos lejos de ser bondadosos de alma y desprendidos en asuntos de caridad. Este es el motivo por el que nuestras instituciones, aquí y en Israel, sufren penurias. En especial, el Movimiento Religioso Shivat Tzion, debe conformarse con cifras irrisorias; falto de medios económicos no está en sus posibilidades actuar según lo deseado. Aunque la fiel amada sea muy bella y su rostro irradie encanto. Es más hermosa que la amada no religiosa, pero es vanidad la belleza y mentira el encanto si esta armada es avara y holgazana. “Me he quitado mi túnica ¿cómo ponérmela de nuevo?”. Cuando se telefonea a un judío millonario y se le pide que done dinero para un fin digno, él contesta: “viajo a Florida, y este año he decidido alojarme en un hotel de segunda, y no está a mi alcance donar lo que me piden”. ¿Cómo le dijo el amigo al Rey Cuzari?: “Me averguenzas, Rey Cuzari…Y no son nuestras palabras “arrodillémonos frente al Monte Santo”… sino sólo un silbido. ¿Acaso no oímos en nuestro temor por la seguridad y la paz de Israel en estos días, el clamor del amado que suplica a la amada que le permita entrar?. Y llama hace más de ocho años, y aún no ha sido atendido como corresponde y a pesar de todo sigue clamando. Por suerte, nuestra heredad nos ha superado. El amante no reverencia a su amada, pero se dirige, suplicanre a nosotros. El amado llamó en aquella noche a la puerta de su tienda durante un momento y desapareció, mientras ante nosotros demuestra una sobrada paciencia: ya ocho años que clama y no se marcha. ¡Ojalá que no malgastemos esta oportunidad!.

     

    Los pactos: Egipto y el Sinaí

    Los pactos: Egipto y el Sinaí

         Cuando profundizamos en nuestra experiencia histórica llegamos a concientizar nuestra visión del mundo. La Torá nos cuenta que Di-s concretó dos pactos con Israel. El primero fue concertado en Egipto –“Y los tomé a ustedes como Mi pueblo, y seré para ustedes vuestros Di-s”. El segundo pacto fue firmado en el Monte Sinaí –“Tomó el libro de la alianza… y dijo: aquí está la sangre del pacto con el que pactó Di-s con ustedes”. “Estas son las palabras del pacto… fuera del pacto que celebró con ustedes en Horeb”. (El tercer pacto, que aparece en el Deuteronomio, es idéntico en finalidad y contenido al de Sinaí). ¿Cuál es la esencia de ambos pactos?. Me parece que esta pregunta ya encontró su explicación al comienzo de nuestro artículo. Así como el judaísmo distinguió, en lo referente a la realidad personal-individual, entre arbitrio y la predestinación, así lo hizo en lo que respecta a nuestra existencia histórico-nacional. El individuo está ligado a su nación por el arbitrio y la predestinación. A la luz de esta tesís es posible afirmar que el pacto de Egipto fue el de la predestinación, mientras que el del Sinaí lo que fue del arbitrio. ¿Qué es el pacto de la predestinación?. Viene a marcar en la vida nacional como en la individual, una existencia forzada. El individuo está sometido contra su voluntad a la realidad nacional predestinada y, preso, le resulta imposible escaparse de ésta e insertarse en otra diferente. El medio expulsa al judío que huye de delante de Di-s y lo sacude de su sueño como al profeta Jonás, que se despertó qnte la voz del capitán que le exigía su identificación personal y nacionalidad religiosa.

       Del sentimiento de una realidad necesaria y predestinada surge la soledad histórica del judío. Se encuentra solo en su paso por la tierra, lo mismo que en la muerte. El concepto de “sepuktura de Israel” enfatiza aún más la separación del judío del mundo. Digan lo que digan los sociólogos y psicólogos sobre la imcomprensible marginidad del judío, sus explicaciones permanecen en el terreno de la controversia sin lograrse esclarecer este fenómeno de modo racional. La soledad judía pertenece al encuadre del Pacto de la predestinación concretado en Egipto. A decir verdad, el ser judío y el estar separado del mundo sen dos ideas idénticas. Todavía mucho antes del éxodo de Egipto, junto con la aprición de Abraham –el primer judío- descendió la soledad sobre nuestro mundo. Abraham, el hebreo, vivió como un solitario: “Todo el mundo entero se hallaba de un lado y él, del otro”. Bilham en su visión de la Comunidad de Israel asentada como tribu, se maravilló de la experiencia del aislamiento judío y exclamó asombrado: “Es un pueblo que vive aparte, que no se cuenta entre las naciones”. Aunque un hombre triunfe y ascienda a la cima de los logros sociales y políticos, no podrá librarse de los grillos de la oledad. Este destino paradoxal mantiene la separación y la particularidad del judío a pesar de su aparente entremezclarse con el mundo gentil. Inclusive un hombre poderoso y del prestigio como Yosef, segundo del rey de Egipto, se separo de la sociedad egipcia y se aisló en su tienda: “Y lo ubicaron a él solo… y a los egipcios que comían con él por separado”. Antes de su muerte confesó a sus hermanos: “Di-s os visitará sin falta, y entonces os llevaréis mis huesos de aquí”. Ya ven que estoy ligado a ustedes y a vuestra existencia tanto en vida como en la muerte, a pesar de mi honor y mi grandeza. Los sentimientos de apoyo del individuo en la comunidad y el del incomprensible desarraigo del mundo extranjero, se debilitaron en Egipto. Allí se elevó Israel al nivel de un Pueblo, cuyo significado es “unidad” y al mismo tiempo “particularidad”: ésta surge de aquella. La conciencia del Pacto de la Predestinación en todos sus aspectos, forma parte integral de nuestra esencia histórico-metafísica.

       Cuando un hijo de la predestinación se enfrenta cara a cara con Di-s, se topa con el Di-s de los hebreos el cual se revela al hombre desde la vivienda de la sociedad y la obligatoriedad de la existencia, desde la conciencia de predestinación que asalta al hombre y lo determina. Es el Di-s que no espera ni el ruego ni la invitación del hombre. Le vuelca su amargura forzosamente. Le es imposible a un hombre de Israel expulsar al Di-s hebreo de su ámbito y su dominio. Aunque viole el Shabat, impurifique su mesa y su cama e intente negarse a sí mismo, no se librará de la potestad del Di-s hebreo que lo persigue cual su sombra. Todo el tiempo que le hombre sea fiel a su materia prima, todo el tiempo que por sus venas corra una gota de sangre hebrea, todo el tiempo que su carne siga siendo carne hebrea, rendirá culto obligado al Di-s de los hebreos. No hay razón ni consejo contra Él: aunque se esconda en los cielos o en la tierra, la mano del Di-s hebreo lo alcanzará. ¿Hacia dónde se irá el judío, hacia dónde escapará frente al Di-s de los hebreos?. “Y dijeron: El Di-s de los hebreos nos ha llamado para que deambulemos tres días por el desierto y sacrifiquemos para Él, para no morir por peste o espada”. Prescindir del imperativo del Di-s de los hebreos, conduce a la desgracia y a la destrucción de la existencia.

       El pacto de la predestinación se expresa también en categorías positivas, las que surgen de la toma de conciencia de la coparticipación en el destino. Son cuatro las caras de tal toma de conciencia.

       Primero: la conciencia de la coparticipación en el destino se revela al ser conscientes de que existe también una coparticipación en los acontecimientos que vivimos. Todos compartimos un solo destino que reúne a todos los estratos del pueblo con cada uno de sus partes, y no distingue entre clases ni entre un hombre y su prójimo. El destino no establece diferencias entre familias aristocráticas y plebeyas, entre el rico y el pobre, entre el príncipe revestido de púrpura y el pobre que mendiga en cada puerta, entre el devoto y el asimilado. Aunque nos expresemos en una pluralidad de idiomas; aunque seamos habitantes de lejanas tierras; aunque tengamos físicos muy diversos –unos bajos y morenos, otros altos y rubios-; aunque vivamos en sistemas económicos diferentes y en condiciones de vida que no admiten comparación –uno habita en un palacio de reyes y el otro en una cueva infortunada- nuestro destino es único. Cuando golpean al judío de la cueva, la seguridad del judío que se pasea por los parques reales se ve afectada. “No t imagines que te esconderás de todos los judíos en la casa del rey”. La reina Ester, vestida como reina, y Mardoqueo el judío, cn humilde sayal, ambos se encuentran en la misma red del acontecimiento histórico. “Todos los hijos de Israel somos amigos” –somos todos perseguidos o todos recibimos la redención universal.

       Segundo: la conciencia del coparticipar en los acontecimientos históricos, lleva a la experiencia del coparticipar también en el dolor. El sentimiento de simpatía es básico en la conciencia de un mismo destino para el mundo judío. El pueblo disperso y dividido hace duelo y sus miembros se desahogan también juntos. La plegaria, el clamor y el consuelo están siempre formulados en plural. Las súplicas que surgen de las profindidades del padecimiento no están limitadas al dolor y al sufrimiento que gime: ellas incluyen las necesidades de la comunidad toda. Cuando hay un enfermo en alguna casa, el judío no reza por ese sufriente sino por todos los enfermos de Israel. Cuando alguien entre en la casa del deudo para consolarlo y borrar las lágrimas de su rostro, dirige su palabra de consuelo a todos los deudos de Sión y Jerusalém. Cualquier molestia en el mundo del individuo o de un grupo, debe afectar a todo el resto del pueblo en su dispersión. Está prohibido y también le es imposible al “yo” separarse del prójimo y no participar en la experiencia dolorosa de éste. Si la tesis de que existe una coparticipación en los acontecimientos históricos es cierta, entonces la experiencia de la coparticipación en el dolor es la consecuencia directa de la misma.

       Bien dijo uno de los exégetas de la anterior generación, que el pueblo de Israel se parece a aquel hombre de dos cabezas del cual preguntan en la casa de estudio: ¿Cuál es su herencia? ¿Acaso recibe dos partes, como dos personas, o una sola?”. De igual modo cabe preguntar: la dispersión del pueblo en la diáspora y su enraizamiento en diferentes ambientes ¿produjo la desintegración de alma y espíritu? ¿o la unidad del pueblo no se anuló pese al hecho que le crecieron muchas cabezas, utiliza distintos idiomas y comparte culturas, costumbres y formas de vida muy diferentes?. En resumen: ¿es una despersión judía?.

       La respuesta, sigue el mismo comentarista, es idéntica a la enseñanza impartida en la casa de estudio a quién preguntó sobre la unidad de la herencia: “Tiren agua hirviendo sobre una de las cabezas y veremos la reacción de la segunda. Si ésta grita de dolor, las dos cabezas conforman una sola persona, pero si la segunda no siente el padecimiento de la primera, son dos personas que se desdoblan en un solo cuerpo y entonces heredan dos partes.

       Asimismo en el plano de la unidad de la nación, es posible fijar la siguiente regla: todo el tiempo que exista un dolor en común y se diga “estoy a tu lado en la desgracia”, existe la unidad. Inclusive el que cree que ha librado de su condición de aislado del medio en el que vive por el hecho de ser sensible al dolor del pueblo y de sentirse coparticipe del destino común, -aunque no sea consciente de ello-, conserva de algún modo su apego al pueblo. Si el agua hirviendo es arrojada sobre el judío de Maruecos, debe el judío asimilado de Paris o Londres quejarse clamorosamente, y por este sentimiento de dolor mantiene su fidelidad al pueblo. La división del pueblo y su aspecto exterior, son fenómenos que acompañan a la desaparición del sentimiento de simpatía.

       Tercero: la coparticipación en el dolor se expresa en el sentimiento de mutua obligación y responsabilidad. Cuando Israel salió de Egipto, Moisés y Aharón cayeron de rodillas y suplicando delante de Di-s dijeron: “Di-s de los espíritus de toda carne: un solo hombre ha pecado y te enojas con toda la comunidad”. Esta plegaria logró lo que pidieron los pastores de Israel: Di-s accedió y castigó únicamente a la comunidad de Koraj. Pero Su Gracia se manifestó tan sólo en esa ocasión. Por generaciones el “yo” fue considerado culpable por el pecado del prójimo si es que estaba en sus manos testimoniar, protestar, y conducirlo al arrepentimiento y se abstuvo de actuar. Existe una responsabilidad ético-legal colectiva en el pueblo de Israel. Las partes se reúnen en un solo grupo ético-legal, con una conciencia normativa, abarcante y única. Ya la ley determinó que todo miembro de Israel es responsible por el otro, y que uno ya cumplió con su obligación, puede librar a su amigo que no ha cumplido el precepto aún. El “yo” no se libera a si mismo de su obligación mientras su prójimo no hace su parte. Rige un pacto especial de mutua responsabilidad entre los hijos de Israel que se manifiesta en las bendiciones y maldiciones pronunciadas en los montes Grizin y Eibal. El mismo está basado en la idea de pueblo que lo fue revelada a Moisés en Egipto. De esta idea surge el pacto de responsabilidad mutua. El más grande de todos los prefetas al referirse a este pacto y al enfatizar “para que tú seas desde hoy su pueblo y Él sea para tí, tu Di-s”, volvía sobre las mismas palabras del pactode Egipto: “Y los tomaré como mi pueblo, y seré vuestro Di-s”. Aquí se eleva la coparticipación en el destino desde el nivel del sufrimiento político-social, al de la responsabilidad ético-halájica. Todos somos responsables mutuamente. Como está escrito: “para nosotros y nuestros hijos”.

       El compartir la responsabilidad conlleva no sólo la idea halájica abstracta sino también el concepto básico en la historia de Israel en su relación con el resto de los pueblos. Nuestros vecinos nos acusan por el pecado de… en una realidad cotidiana de la que ya nadie se asombra. El identificar los actos del individuo con los hechos de la Nación es un principio fundamental en nuestra historia. Nuestros enemigos no le permiten al judío individuo aislarse en su privacidad. Lo sacan del dominio privado al dominio público y allí critican punzantemente a la comunidad por la culpa de aquél. Este criterio de verdad es aplicado únicamente en relación con Israel y no con las demás naciones. Nadie acusa a un ruso o a un chino de pertenecer a los enviados del comunismo internacional y no lo censura por su pertenecia genérica a pueblos conducidos por gobernantes comunistas que aspiran a aniquilar el mundo. En contra de esta perspectiva lógica y humana para los miembros de los diferentes pueblos, culpan al pueblo judío de simpatizar con el comunismo por la conducta de unos cuantos renegados. Todavía no nos hemos purificado de esta acusación. Nuevamente las aclaraciones de los científicos a esta generalización no son comprensibles. No hay ninguna diferncia en le hecho de que el prejuicio tenga sus raíces en le campo creativo espiritual o en el histórico-estatal. La clasificación científica ni saca ni agrega, mientras que el suceso permanece tapado y sellado. Nosotros, los judíos religiosos, tenemos una respuesta a este dilema: el pacto de la coparticipación absoluta del pueblo, se manifiesta a través de esta realidad inexplicable para los otros.

       La orden del “Kidush Hashem” y la prohibición de “Jilul Hashem” se clarifican perfectamente a la luz del principio del compartir responsabilidades y obligaciones. La actividad del individuo es para bien del conjunto y todo pecado cometido individualmente ensucia el nombre de Israel en todo el mundo. El individuo es ressponsable no sólo por su conciencia particular sino por la conciencia general de la Nación. Se comportó correctamente: santificó el nombre de la Nación y el de Di-s de Israel; pecó: provocó la humillación de la Nación y profanó el nombre de su Di-s.

       Cuarto: la coparticipación en los acontecimientos se manifiesta a través de la actividad conjunta. La obligación de la caridad y la beneficencia se nutre de la viviencia de la fraternidad, la que todo lo penetra y lo abarca.

    La Torá, al tratar estos preceptos, utiliza el término “hermano” en lugar de la palabra “prójimo”: “Si tu hermano se empobrece … lo mantendrás… para que contigo viva…no endurezcas tu corazón y no cierres tu mano a tu hermano, el indigente…Abre generosamente tu mano a hermano pobre, y al indigente de tu tierra”. La confrontación con la realidad predestinada del pueblo, con toda la extrañeza que implica, confiere al judío una conciencia particular en el terreno de la acción social. La situación común de todos los judíos –ya sea a nivel objetivo como los acontecimientos que vive; ya sea a nivel subjetivo, como el dolor- abre la fuente de la bondad y la piedad en el alma del individuo en relación con sus hermanos en desgracia, lo que indirectamente también lo afecta. Maimónides formuló esta idea en su estilo concreto y expresivo: “Todos los hijos de Israel son hermanos, como esta dicho: Son hijos para vuestro Di-s, y si no se apiada un hermano por el otro, ¿quién se apiadará de él? Y ¿quién de los pobres de Israel que cargan con sus miseria? ¿acaso los paganos que odian y los persiguen? ¡Ah, sus ojos sólo están fijos en sus hermanos!”.

       De la conciencia de la imposición del destino y de la terrible soledad como fuentes de la particularidad del pueblo, nace un sentimiento de bondad que intensifica la unificación del destino y que se manifiesta en la participación permanente en los hechos y en el dolor, en la toma de conciencia y en la ayuda al prójimo. El judío solitario encuentra consuelo al participar activamente en la verifica el proceso de socialización con el prójimo. La toma de conciencia del sentido de ese destino permite al hombre corregirse a sí mismo uniendo la vivencia personal-individual a un nuevo conjunto cuyo nombre es pueblo. La obligación de amar al prójimo surge de la conciencia del pueblo predestinado, solitario y particular. Sobre esta obligación fue concertado el Pacto de Egipto.

     

    El pacto del arbitrio

    El pacto del arbitrio

        ¿Qué es el Pacto del Arbitrio?. El arbitrio marca en la vida de la nación –al igual que en la vida del particular- una existencia consciente elegida por libre voluntad en la que encuentra su completa realización histórica. En lugar de una existencia forzada, inmodificable, a la cual es empujada la nación, aparece la existencia como vivencia activa plena de metas y objetivos, aspiraciones y concreciones. Para la nación el arbitrio supone anhelos de una existencia perfeccionada, llena de interés y sentido. El arbitrio bebe del manantial de la elevación de la nación y de la corriente inagotable de elevada inspiración que no desaparece mientras el camino de la Nación está señalado por la ley divina. Las vidas impulsadas por el arbitrio son vidas orientadas, fruto de un estado de preparación consciente y de libre elección.

       A la hora en que se concretó el pacto de Egipto contra la voluntad de Israel, Di-s lo tomó por Su pueblo sin consultarle previamente, como está escrito: “Yo os haré mi pueblo”. El pacto de Sinaí, por el contrario, le fue propuesto previo a la firma del acuerdo. Di-s envió a Moisés a comunicarles Su palabra, y concibe al Pacto del Sinaí como un documento que no fue escrito sino con la aprobación del firmante: la comunidad de Israel. La proclamación “haremos y escucharemos” es el fundamento de la aceptación de la Torá.

       ¿Cuál es el contenido del Pacto del Sinaí?. Una forma de vida particular que guía la vida del hombre hacia la realización de un finalidad que está más alla de la capacidad del ser predestinado: el asemejarse al Creador a través de lasuperación y elevación individual. La actividad creadora del Pacto del arbitrio proviene de la sublevación del hombre contra una vida “de hecho”, rutinaria, hacia una forma de existencia sublima y elevada. La Gracia y la fraternidad encuadradas dentro del marco del Pacto del Sinaí, no están signadas por el sentimiento de extrañeza y soledad del judío sino por la vivencia de unidad de la Nación desposada para siempre con un único Di-s. La unicidad absoluta de Di-s se refleja en la unidad de la Nación unida a Él para siempre. “Tú eres uno y Tu nombre es uno y quién como Tu pueblo Israel, único entre los pueblos” la fraternidad de Israel a este nivel es consecuencia de la relación entre los hijos de la nación y Di-s, como hijos con su padre. En el Sinaí elevó Di-s el Pacto de la predestinación –concertado con una muchedumbre solitaria, expulsada, y que hacía el bien al prójimo forzado por su aislamiento- a un Pacto de arbitrio con una nación con deseo y voluntad que se santifica y orienta sus pasos en dirección a Di-s. El “pueblo”, unidad sin dirección ni meta, se convirtió en una “nación” poseedora de un rostro público determinado al igual que una fisonomía nacional característica. De “pueblo” benevolente se elevó a una “nación santa”. El fundamento de la coparticipación en el arbitrio es la santidad que se manifiesta en un rostro particular.

       El Di-s de Israel sólo se revela al hombre que, obrando con arbitrio, no sólo está plenamente de acuerdo en recibir tal sublime vivencia, sino que la ha deseado fervorosamente. La revelación del Di-s de Israel no acaece bajo cualquier condición y circunstancia. Ella exige una preparación espiritual particular tal como lo indica el versículo: “Y estaban prontos para el tercer día”. Sin el apronte del ser humano, el Di-s de Israel no se revela por mera casualidad. El no sorprende a la criatura: necesita de su pedido urgente. Pero, cuando el hombre no lo anhela desde lo más profundo de su ser y no vibra de tensión espiritual, el Di-s de Israel no se interesa por él. Cuando el Di-s de los hebreos persigue al hombre por la fuerza, no le pregunta por su opinión o sus deseos; en cambio, el Di-s de Israel se asesora consulta al hombre previo al encuentro. Ya en Egipto se reveló Di-s a Moisés no soló como el Di-s de los hebreos, sino también como el de Israel, que aguarda al hombre y lo invita a rendirle culto: “así dijo el Di-s de Israel: deja salir a mi pueblo y me celebrarán en el desierto”.

     

    Comunidad y campamento

    Comunidad y campamento

        Para explicar la diferencia entre un pueblo predestinado y una nación santa conviene que nos detengamos en otro contraste, y es el que existe entre campamento y comunidad. La Torá utilizó ambos términos en relación con Israel. “Hazte dos trompetas de plata maciza. Te servirán para convocar a la comunidad y dar la señal de moverse al campamento”.

       Comunidad y campamento representan dos fenómenos sociólogicos diferentes, son dos grupos separados y distintos entre los cuales no existe coparticipación ni mutua influencia. El campamento surge como necesidad de defenderse y se nutre del sentimiento de temor. La comunidad en cambio es creada por el anhelo de llevar a la realidad una idea moral maravillosa y se basa sobre el sentimiento del amor. Sobre el campamento ejerse la predestinación un gobierno ilimitado, mientras que en la comunidad gobierna el arbitrio.

       El campamento representa una etapa en el desarrollo histórico del pueblo; la existencia del pueblo se identifica con la de la comunidad. El campamento, en esencia, no representa un fenómeno específico del ámbito humano, ya que también es propio del reino animal. También simboliza el campamento un escudo contra la desgracia. Cuando el miedo desgarrador ataca de pronto al ganado, éste se desborda de todo monte y montaña en un enloquecido desorden y corriendo el uno hacia el otro traban sus cuernos y frotan sus cabezas. El miedo encuentra su expresión mecánica intuitiva en la búsqueda de resguardo al unirse las partes desbandadas. Esta cohesión en un solo campamento a la hora del miedo, es conocido como el instinto animal.

       También en el reino humano el campamento se estructura a partir del miedo. Cuando la existencia predestinada, necesaria, atemoriza al ser humano, entonces éste recoge sus escasas fuerzas y se acerca al prójimo con el fin de defenderse y vencer al enemigo. La organización del campamento es una táctica de guerra. Sal y estudia lo que enseña la Torá: “porque, saldrás en campamento hacia tu enemigo”. El campamento nació del pánico a la destrucción y al exterminio; del miedo a que la predestinación se les impusiera. Del campamento surge el pueblo. Al principio los hijos de Israel se encontraban en Egipto formando un campamento; cuando fueron liberados por Di-s, se elevaron al nivel de pueblo.

       Pero la comunidad es una bendición es sí misma en el reino humano, su espíritu es vigoroso. Es una creación exclusiva del hombre revestido de una personalidad gloriosa. La comunidad no nace de factores adversos, en el hombre con sus fuerzas debilitadas perseguido por la predestinación, sino que surge como resultado de estímulos positivos. La base de la comunidad es el arbitrio. La comunidad es el conjunto de personas con un pasado y un futuro común, anhelos compartidos, y un mismo deseo de identificación con un mundo maravilloso poseedor de un arbitrio único y particular. El origen de la comunidad se remonta a la tradición de nuestros padres, la herencia del pueblo y sus primeros días, mientras que su fin está enraizado en la visión en común de los días venideros. Los hijos de la comunidad son testigos, y qué es lo que atestiguan sino sobre sucesos del pasado y sobre un futuro maravilloso que no ha llegado aún. La comunidad incluye no sólo a los contemporáneos sino que abarca a todos los que vivieron y vivirán, desde la antiguedad y hasta los días venidaros. Los muertos, que ya no están en este mundo. Pertenecen al campo comunitario, y los que aún no han nacido ya viven dentro de ella. La comunidad es un pueblo santo que no le teme a la predestinación, y que no vive en contra de su voluntad. Cree en el poder de su arbitrio y por su voluntad se santifica en su propia realización. Sobre la existencia de un pueblo que nació de un campamento se concertó el Pacto de Egipto, y sobre la existencia de una nación santa se concretó el Pacto de Sinaí.

     

    Conversión a través de la circuncisión y el baño ritual

    Conversión a través de la circuncisión y al baño ritual

        El entrelazamiento de la predestinación y el arbitrio del pueblo-nación elegido, por una parte, y la vivencia de pertenencia a la comunidad como un cuerpo íntegro que representa a la comunidad como un cuerpo íntegro que representa en su existencia histórica unidas las dos ideas –Gracia y Santidad-, por otra, es absolutamente inseparable e indivisible. El pacto del Sinaí completa el de Egipto; el arbitrio se adhirió a la predestinación y ambos se transformaron en una unidad de pacto específica. Es imposible hacer espacio entre estas dos uniones y formular cualquier juicio que contradiga a esta unidad de pueblo al que le fue concedido el don de la gracia y de nación santa. Un hijo de Israel que participa en el dolor del pueblo y en su suerte, mas no se une en su arbitrio manifestado a través de una vida de cumplimiento de preceptos y de estudio de la Tora, atenta contra su unidad. Y viceversa: un hijo de Israel que no sufre los dolores de su pueblo e intenta separarse del destino judío, aunque cumpla con los preceptos, viola la santidad de Israel.

       El extranjero que viene a sumarse a la nación recibe sobre sí el yugo de ambos pactos. Se sitúa a sí mismo dentro del círculo cósmico del destino judío y se santifica para el arbitrio de la nación. En la unión del hombre al pueblo del Pacto de Egipto y a la nación santa del Pacto de Sinaí, se resume el acto de la conversión. Sabe que existe una ley fundamental: no existen conversiones a medias y es imposible renunciar ni a una letra de ambos pactos. El consagrarse a la Comunidad de Israel como a un pueblo tomado por la fuerza por Di-s en Egipto, con todos los acontecimientos históricos, sufrimientos y responsabilidades; y el entregarse a una nación santa dedicada con todo su corazón al Di-s de Israel y a sus exigencias ético-halájicas, es el fundamento primordial del judaísmo, lo mismo que el aceptar la conversión.

       Por eso fijó la halajá que un converso circuncidado pero que no ha pasado aún por el baño ritual, o habiendo tomado el baño ritual no se ha circuncidado, no es considerado como judío hasta que no ha realizado ambos actos. La circuncisión que fue prescripta a Abraham, el hebreo, padre del destino judío, y que se llevó a cabo ya en Egipto previo a Pesaj y a su sacrificio –símbolo de la redención en Egipto- simboliza la distinción otorgada por la predestinación, la separación como nación y su particularidad obligatoria. La circuncisión es la marca grabada en la esencia física del hombre y la señal permanente entre el Di-s de los hebreos y su pueblo, imposible de borrar. Si la carne no está sellada con el Pacto de la predestinación, desaparece a la particularidad del pueblo y el extranjero queda fuera de los límites del Pacto de Egipto. El baño ritual, en contraposición a la circuncisión, representa el enlazamiento del hombre con el arbitrio y su entrega en el Pacto del Sinaí. El baño ritual fue prescripto a los judíos antes de la entrega de la Torá en el Sinaí. Entraña la purificación y la elevación desde lo secular a lo sagrado, de vidas  rutinarias a vidas colmadas de altos ideales. Cuando el que se allega para convertirse sale de su baño, se descubre en él una realidad espiritual encubierta y él se santifica con la santificación de Israel. No en vano se relaciona la aceptación del cumplimiento de los preceptos con el baño ritual. Toda la esencia del baño representa la vivencia de la entrega de la Torá y la elevación del pueblo a una comunidad santa merced a su compromiso voluntario de cumplir la palabra de Di-s. Si se circuncidó pero no pasó aún por el baño ritual, falta el enlace del hombre con el arbitrio, y el extranjero se priva del Pacto del Sinaí y de la identificación ético-halájica con la comunidad santa. Con el estilo característico del libro de Ruth se expresa este doble aspecto en las cuatro últimas palabras: “Tu pueblo-mi pueblo, y tu Di-s- el mío”.

     

    Reflexiones y tristes confesiones

    Reflexiones y tristes confesiones

        Cabe formularse una pregunta simple: ¿acaso no pecamos en el cumplimiento del primer pacto de coparticipación en el destino común, como pueblo-campamento, en lo concerniente a nuestra obligación de participar en la desgracia de la nación y sentir como en carne propia sus sufrimientos, como está escrito: “y vio su padecimiento”. Seamos entonces francos: en la hora del terrible holocausto, cuando el judaísmo europeo fue aniquilado sistemáticamente en los hornos y las cámaras de gas, los judíos de América no protestaban con energía y decisión y no actuaron con conciencia de coparticipación en el destino y en el sufrimiento de las víctimas. No percibimos la angustia de la nación como era de esperarse, e hicimos muy poco para salvar a nuestros desgraciados hermanos. Es difícil presuponer cuánto hubiésemos podido conseguir de haber sido más activos; pienso para mis adentros, que pudimos haber salvado a muchos. Pero, realmente de habernos dolido el dolor de nuestros hermanos; si hubiésemos alzado nuestro grito y hubiésemos ensordecido al mundo para que Roosvelt proclamara una dura admonición acompañada de una acción aficaz, sin lugar a dudas hubiéramos podido disminuir notablemente el proceso de matanza masiva. Fuimos testigos de la más espantosa tragedia de nuestra historia y permanecimos callados. No analizaré ahora los detalles; es éste un punto demasiado doloroso. Pero todos pecamos en silencio ante el asesinato de millones. ¿Acaso no estamos todos en el banco de acusados por el terrible pecado de no haber cumplido con el precepto de “no depondrás contra la vida de tu compañero”?. Más aún, cuando el pecador vulnera no sólo a “su compañero” sino a “sus compañeros”, a millones. Cuando digo “nosotros”, me refiero a todos, inclusive yo me encuentro entre los culpables; rabinos y fieles, religiosos y liberales, organizaciones políticas de todo tipo. “Vuestros jefes, vuestras tribus, vuestros guardianes y vuestros ancianos: todos los varones de Israel…desde el que tala vuestros árboles hasta el aguador”. ¿Saben por qué fuimos tan indiferentes?. Porque fue herido en nosotros el sentido de pueblo. No entendimos ni el sentido de corpaticipación en el destino ni el de pueblo; nos faltó la misma medida de gracia de la que también careció Job desde un principio. Le faltaba el sentimiento de coparticipación en los hechos y en los sufrimientos; por eso no sabía cómo rezar por su compañero. Se preocupaba sólo por su propia paz y la de su familia. También a nosotros nos faltó la experiencia de pueblo-campamento: por eso rezamos por nuestros hermanos una plegaria que surgiera del corazón, como así tampoco una plegaria cativa y decidida de salvación.

       La Providencia nos prueba nuevamente con la crisis que atraviesa la Tierra de Israel. También conviene aclarar abiertamente: no se trata del futuro político de Israel únicamente. Las iniciativas árabes no sólo están dirigidas a conseguir la independencia política sino contra la existencia misma del pueblo en general. Ellos aspiran a aniquilar a la población toda: desde el hombre a la mujer, desde el niño al bebé, desde el toro hasta el cordero. En una de las reuniones del Mizrajjí dije, en nombre de mi padre, mi maestro, que “la guerra santa contra Amalek de generación a generación” no se limita a una raza específica, sino que supone la obligacíon de rebelarse contra toda nación o grupo imbuido de la locura del odio y de la agresividad contra la Comunidad de Israel. Cuando una nación estampa en su bandera la exhortación: “vayamos, exterminaremos a este pueblo y no se recordará más el nombre de Israel”, esta nación se convierte en Amalek. Durante los años treinta y cuarenta cumplieron este papel los nazis y Hitler a su cabeza. Ellos fueron los amalekitas, representantes de la locura del odio de los últimos tiempos. Hoy ocupa su lugar la muchedumbre de Nasser y el Mufti, y su también nos callamos ahora, es imposible saber cómo saldrá nuestro juicio frente a Di-s. ¡No confiemos ni nos apoyemos en la rectitud del mundo “liberal”!. Los mismos justos liberales vivían hace quince años y observaron, indiferentes, la aniquilación de millones de personas sin mover un dedo. Pueden llegar a ser testigos, Di-s nos libre y nos guarde, la repetición de semejantes actos sanguinarios y no perder el sueño ni por tan solo una noche.

       Vamos, recemos “por nuestro prójimo”, sintamos el dolor del pueblo; depende de nosotros que lleguemos a sentir la suerte de la población del Estado de Israel como nuestra. Los árabes declararon la guerra no sólo al Estado de Israel sino a toda la Comunidad de Israel. Son ellos hoy los dirigentes del movimiento antisemita internacional y los que lo apoyan con cifras siderales de dinero. Superemos el miedo estúpido que echaron sobre nosotros nuestros enemigos aduciendo que poseemos una “doble fidelidad”. Primero, jamás saldremos de nuestra obligación frente a los enemigos de Israel, y todo lo que hagamos igualmente no será bien visto ante sus ojos. Segundo, este asunto concierne, como hemos referido, no sólo a la experiencia del Estado sino al salvamento de la población israelí. ¿No es nuestra sagrada obligación prestarles ayuda?. ¿Nos está prohibido reclamar  una defensa para la población?. Nos hallamos frente a la prueba de Job: la posibilidad de rezar y de actuar realmente por “nuestros prójimo”, y en este caso “el prójimo” es la población de la Tierra de Israel. Recae sobre nosotros el cumplimiento de una tarea esencial: abrir la puerta al amado que llama e inmediatamente desaparecerá el peligro.

     

    Ideal del movimiento religioso

    Ideal del movimiento religioso. Shivat Tzion: aislamiento y soledad

    Shivat Tzion: aislamiento y soledad

        ¿Cuál debe ser la relación del movimiento Shivat Tzión para con el sionismo laico?. Me parece que el sionismo político no religioso incurrió en un error básico: se fundamenta en un falso postulado introducido en el Pacto de Egipto, Pacto de la Predestinación. Con el establecimiento del Estado, dice el sinismo laico, nos convertimos en un pueblo como los otros debilitándose el concepto de “pueblo que mora aislado”. Los extremistas de este movimiento también desean destruir la idea de la coparticipación en el destino –campamento y pueblo- entre los judíos de la diáspora y los establecidos en el Estado de Israel. Este pensamiento no sólo se basa en un error histórico-filosófico, sino también en uno cometido concretamente en la realidad. Animados de un espíritu de igualdad y situaciones y sin capacidad para captar como debían las intenciones contradictorias de ciertas personalidades. Con inocencia infantil dieron fe a expresiones de quienes nos traicionarían más tarde y se entusiasmaron con hipócritas palabras a medias. Me parece que en determinadas ocaciones le faltó a la política externa un mínimo sentimiento de amor propio, grandeza internacional, precaución, y también valor de mantener su postura.

       Estos errores son consecuencias del error primero, por el cual fracasó el sionismo laico, al pretender borrar del libro de nuestra historia, el sentimiento de soledad y tal vez también el precepto del coparticipar en el sufrimiento. La voz del amado que llama debe abrir nuestros ojos, y hasta los de los laicos más comprometidos. El Estado de Israel no pudo ni podrá anular la concertación del pacto expresado en “y os tomé como Mi pueblo”, ni acabar con la coparticipación en el destino, fuente de la soledad israelí. El Estado de Israel se encuentra absolutamente solo como lo estuvo la Comunidad de Israel durante miles de años de su existencia. Y tal vez hoy resalte la soledad del Estado más que en el pasado porque se muestra de modo evidente en el campo internacional. “Contra tu pueblo maquinan intriga; conspiran contra tus protegidos. Dicen: venid, borrémolos de las naciones, no se recuerde más el nombre de Israel”. Así conspiran de corazón a una, pactan una alianza contra ti: las tiendas de Edom, los ismaelitas, Moab y los ageos, guebal, Ammon, Amalek, Filistea con los brazos de los hijos de Lot”. La Rusia comunista junto al Vaticano católico; el alumno de Gandhi, Naharu,junto a Franco, el católico; el Ministro del Exterior británico junto a…: todos nuestros enemigos se unieron y se ayudaron mutuamente en su interior por aislar al Estado de Israel. Esta conspiración ocurrió exactamente después de la creación del Estado de Israel, cuando muchos de sus dirigentes  pensaban que por fin se solucionaba el problema judío, concluía la soledad y se normalizaba nuestra el problema nuestra existencia. La premisa que el Estado de Israel debilitó el antisemitismo, es un error fundamental. Por el contrario, éste se reforzó y calumnia al Estado en su guerra contra los judíos. ¿Quién puede determinar cuál será el fin del odio antisemita?.

       La concertación del Pacto de Egipto no será abolida por manos humanas. Quedamos como un pueblo desperdigado y disperso, y con todo esto, estamos unidos uno con el otro. Nuestro destino es el de la población, y viceversa: su destino es el nuestro. Ninguna parte del pueblo judío aceptará la vana ilusión de que podría “esconderse del resto de los judíos en casa del Rey”: cada cual debe rezar por el prójimo. Le está prohibido al judío de América reposar o descansar hasta que el peligro que se cierne sobre el Estado de Israel pase y se aleje. Por otra parte los que habitan en Tierra Santa no deben decir frivolidades sobre el tipo de “nuevo judio” que surge allí, al que definen como sin relación alguna con el judío diaspórico. Es obligación de todos escuchar la voz del amado que llama.

       Ciertamente el error del sionismo laico es más grave y va más allá que la falta de comprensión del significado verdadero del Pacto de Egipto, Pacto de pueblo-campamento que se materializa en la coparticipación en el destino y en la soledad obligatoria: peca también contra el Pacto del Sinaí, Pacto de comunidad-nación santa, que se expresa en la coparticipación en el arbitrio de una vida santificada. Sólo el movimiento religioso Shivat Tzión, en su concepción tradicionalista y original, tiene el poder de corregir lo corrompido. Si me preguntaran ¿en qué consiste la misión del Estado de Israel?, contestaría: la misión del Estado de Israel no es la de terminar con la soledad particular de la comunidad de Israel o la anulación de la particularidad de su destino –en eso no triunfará- sino en la elevación del pueblo-campamento al nivel de una comunidad-nación santa, y de pasar de la coparticipación en el destino, a la coparticipación en el arbitrio. Está en nosotros el recordar, como lo acentué  anteriormente, que el destino se manufiesta esencialmente en una existencia necesaria, en la imposibilidad de escapar del judaísmo,  en la obligación de sufrir como judío. No obstante no es éste el anhelo de la torá, ni tampoco el ideal de nuestra concepción del mundo. Nuestra unión con la Comunidad de Israel, según la concepción original del judaísmo, debe lograr su plena realización no a través del Pacto del destino, de un pueblo campamento con una realidad de la comunidad-nación santa y la coparticipación en el arbitrio. Una existencia predestinada no proporciona al hombre ninguna gratificación. Por el contrario, le causa pesares. El sentimiento de soledad es absolutamente destructivo; tiene el poder de de destrozar al hombre material y espiritualmente, acallar sus fuerzas espirituales y bloquear toda fuente de creación. En especial, este sentimiento oprime al hombre porque carece de sentido y dirección, y es entonces cuando el solitario preguntadesconcertado: ¿para qué y para quién?. La soledad, que persigue al hombre como su sombra, obnubila su atención y sus aptitudes. No así es la existencia con arbitrio, fundada en la concertación del Pacto del Sinaí. Gracias a él se convirtió el pueblo- término que señala el imperativo de la obligación existencia, la ciega participación en el dolor y el sentimiento de soledad carente de sentido

    -en una nación santa, y así llegó al elevado nivel de una comunidad ético-religiosa. El hombre extrae de la profundidad de la conciencia del arbitrio, vigor y energía, fuerzas de creación y alegría para una existencia renovada, libre y lozana.

       Volvamos a lo expresado anteriormente: ¿en qué se diferencia el destino del arbitrio?. En dos aspectos. El significado de destino es una existencia necesaria; el del arbitrio, en cambio, una voluntaria. El arbitrio surge del propio ser humano, el que elige y dirige el camino de su vida. Segundo, el destino se manifiesta en una existencia abstracta en sentido teológico, mientras que el arbitrio tiene objetivo y finalidad. La coparticipación en el destino significa la imposibilidad de rebelarse contra la tragedia de la falta de fuerzas, tal es el caso del profeta Jonás al tratar de escaparse del Di-s de los hebreos. “y Di-s mandó un fuerte viento sobre el mar … y el barco estaba a punto de quebrarse”. La coparticipación en el arbitrio nos enseña la libre voluntad de aspirar hacia una meta, la libre decisión de santificar un ideal y la nostalgia por Di-s. En lugar del destino ciego que lo perseguía, eligió finalmente a Jonás el elevado arbitrio del Di-s de Israel: “soy hebreo y al Eterno, el Di-s de los cielos, yo temo”.

       Sin embargo, también en la experiencia del arbitrio común existe un elemento de aislamiento, pero la naturaleza y la esencia del aislamiento,producto del arbitrio, son absolutamente diferentes. No es el sentimiento negativo que Bilham pronosticó en su profecía: “es un pueblo que vive aparte, no es contado entre las naciones”, sino una conciencia particular que prometió Moisés a la Comunidad de Israel horas antes de su muerte: “Israel mora seguro, la fuente de Jacob brota aparte”. En honor a la verdad, sólo es auténtico aislamiento el que corrresponde a una existencia honrosa y excelsa, pura y santa. Es el aislamiento que se manifiesta en la particularidad del pueblo, en su imagen y semejanza con lo santo, y en su especial vivencia existencial. Es que el grandioso aislamiento otorga una personalidad espiritual e individual, pone de manifiesto tanto el honor del hombre como su capacidad de retiro. Es el  aislamiento de Moisés que el pueblo no entendió, su espíritu gigante y su elevada profecía; es el aislamiento de Elías y del resto de los profetas. Es aquel implícito en las palabras de Abraham a sus muchachos cuando les dijo: “Quedáos aquí con el asno, yo y el mozo iremos hasta allí y nos arrodillaremos”, mientras que la mera soledad es un sentimiento destructivo de inferioridad que expresa la propia negación, el aislamiento del hombre atestigua su grandeza que se reduce al ámbito privado y su santidad que bucea en las profundidades de su conciencia peculiar. La soledad roba al hombre su tranquilidad espiritual; el aislamiento lo nutre de seguridad, amor propio, autoaprecio y fe –“Israel mora seguro”.

       El judaísmo siempre creyó, tal como lo expresé al comienzo, que el hombre tiene el poder de tomar al destino en sus manos y forjarlo en arbitrio para una vida libre, plena de sentido y dicha; convertir la soledad en aislamiento, la mediocridad en excelencia. Por eso el judaísmo hace hincapié en le concepto del libre albedrío; por eso ensalzó tanto la razón humana que cuenta con la fuerza de liberar al hombre de su esclavitud ante la naturaleza y permitirle dominar su medio y sus circunstancias sojuzgándolos a su voluntad. La comunidad de Israel debe aplicar el lebre albedrío en todos los campos de la vida en general, y para el bien del Estado en particular. Si el sionismo laico entiende al fin que el Estado de Israel no va a acabar con la suerte paradojal de la soledad judío –que por el contrario esta soledad incomprendida manifiesta en la sentencia “los tomé para mí por mi pueblo” destaca aún más en el terreno internacional- deberá plantearse el antiguo interrogante: ¿Cuál es tu ocupación y de dónde vienes? ¿a qué pueblo perteneces?”. La pregunta es formulada de todos modos; si no por el judío mismo, por el gentil, y depende de nosotros responder con grandeza: “Al Eterno, el Di-s de los cielos, yo temo”. Es nuestro deber histórico, hoy por hoy, autoelevarnos de “pueblo” a una “comunidad santa”, del Pacto de Egipto al pacto de Sinaí, de un campamento a una comunidad, de una existencia obligada a una vida impregnada de ética y de valores religiosos que están por encima de la historia. La tarea del movimiento religioso Shivat Tzión es combinar la grandeza de ambos pactos –el de Egipto y el Sinaí, predestinación y arbitrio, soledad que al fin culmina en aislamiento. Esta tarea comprende el corregirnos a nosotros mismos por el sufrimiento, prolongar la gracia unificando las distintas partes del pueblo, para conformar una comunidad única: una sola comunidad sobre la tierra”; la disposición para rezar por nuestro amigo y sentir que otorga el arbitrio y el ascenso al Monte de Di-s. Una sola meta nos unifica a todos, un solo ideal sublime conquista a todos, un solo ideal sublime conquista el corazón de todos. Una única Tora, escrita y oral, nos orienta hacia un solo fin: alcanzar el ideal del aislamiento y de la santidad del pueblo-campamento que se eleva de una comunidad-goy y enlaza su destino con su arbitrio como se anuncia a todo el mundo en la palabra de nuestro patriarca; “Quedáos aquí con el asno, yo y el mozo iremos hasta allí, nos arrodillaremos y regresaremos a ustedes”.  

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