• Las enseñanzas de la Tora, (basado en el Talmud y el midrash)

    El Rab Daniel Oppenheimer, con un estilo unico analiza las historias del TaNa”J entrelazando el relato de la Tora, los Nevihim y los Ketubim, con las moralejas del Talmud, el midrash, los comentaristas del TaNa”J y enseñanzas de nuestra vida cotideana.

    INTRODUCCIÓN

    La Torá, el libro de la vida, es aquel que acompañó a nuestro pueblo en toda circunstancia desde el momento que nuestros abuelos estuvieron parados frente al Monte Sinaí y aceptaron vivir bajo el rigor de la Ley de D”s.
    Nuestro pueblo no solamente obedeció casi continuamente sus leyes, sino que ininterrumpidamente estudió su contenido – legal, ritual y ético.
    Todas las semanas, el judío leal y diligente escucha minuciosamente la lectura de la Parashá semanal, y la repasa con algunos de los numerosísimos comentarios que se transmitieron a través de las épocas.

    En este texto analizaremos las enseñanzas del TaNa”J, e intentaremos transmitir y explicar los acontecimientos según la diáfana percepción de los Sabios del Talmud y del Midrash.

    Claro está, que en muchos casos hablamos de Tzadikim – personas justas, sagradas – de talla espiritual inconmensurable para nuestra comprensión y experiencia de nuestros días. Sin duda, la amplitud real de las personalidades mencionadas, trascienden lo que podemos captar – dadas nuestras obvias limitaciones – pero no dejamos de relatarlas, a fin de lograr al menos un conocimiento básico del TaNa”J.

    Las narraciones del TaNa”J, no deben ser leídas según el estilo novelesco con que le suelen imaginar los amantes de leyendas y romances, sino de acuerdo a la descripción de los hechos y las moralejas que nos aportan los Sabios en el Talmud y en el Midrash. Ellas son la razón principal por la cual estas memorias fueron escritas en el TaNa”J: para que sean recibidas por las futuras generaciones con el objeto de obtener enseñanzas de ellas aplicables a la vida diaria.

    La Torá no nos hubiese relatado los incidentes que tuvieron nuestros ancestros, los Patriarcas y Matriarcas, si no fuese con el objetivo de que podamos extraer una lección práctica de aquellos episodios. Es por eso, que la Torá se detiene a relatarnos los detalles de sus aconteceres, pues se convirtieron en ejemplos de vida para nosotros.

    Sin embargo, y específicamente en el libro Bereshit (Génesis), sepamos que todas las historias que nos relata allí la Torá, son para enseñarnos acerca de las características humanas, para conocer nuestros puntos fuertes y débiles y cumplir con nuestra tarea Di-vina adecuadamente. Así nos enseña este libro (Bereshit) (5:1): “Zé Sefer Toldot haAdam…” – (“este es el relato de los acontecimientos de la humanidad…”), a lo cual explica Midrash Rabá (Bereshit 24:7) que es un “Klal Gadol” (una regla importante), para comprender el contexto en el cual se debe cumplir la Torá. Es decir: que no se pueden comprender las leyes de la Torá sin entender previamente la naturaleza del hombre que las debe obedecer.

    Cuando los Sabios analizan los relatos de la Torá, lo hacen con el objetivo de mostrarnos los rasgos y actitudes que compartimos con los personajes bíblicos, a fin de aprender a conocernos mejor a nosotros mismos y en base a ello, conducirnos de acuerdo a la ley de la Torá.

    Sin embargo, lamentablemente, hoy se ha puesto de moda crear imágenes falsas de nuestros patriarcas y modelos del TaNa”J.
    Por desconocimiento de lo que nos transmitieron los Sabios (lo cual no se justifica), o simplemente para distorsionar la historia con “interpretaciones” – antojadizas – nos quieren despojar de nuestros tzadikim.
    Obviamente, se trata de autores que no creen que realmente existan hoy o en algún momento haya habido, “tzadikim”. Reconocer la existencia de personas auténticamente santas, obliga a pensar que uno mismo también debería aspirar a serlo…

    Encontramos, entonces, novelas pasionales (inventadas) acerca de David, Shlomó, Shimshón… que, como veremos, no reflejan en absoluto la tradición judía.

     Si fuera verdad aquello que proponen estos autores, que – por ejemplo – se sienten con el derecho de criticar a Sará como aquella “que fomentó la pelea entre hermanos” pues ¿por qué bendecimos a nuestras hijas para que sean como Sará, Rivká…?

     Si Itzjak quedó “sin iniciativa propia a partir de la Akeidá”… ¿por qué lo consideramos patriarca y mencionamos en los rezos tres veces al día “D”s de Itzjak”?

     Si David “se sacó la corona” y vivió una vida pasional como la quieren pintar… ¿por qué D”s le prometió que su simiente seguirá reinando sobre Israel para siempre?, ¿por qué nuestros abuelos desde tiempo inmemorial siguen recitando esos versículos de los Salmos con semejante reverencia?

    Pero los Sabios nos explican los sucesos bíblicos con un abordaje moral y educativo que no deja de sorprendernos, y enseñarnos a vivir:

     Nuestra matriarca Sará, vivió menos años de los que tenía destinados, por haber dicho a su marido: “que juzgue D”s entre mi y entre ti”… y no se debe invocar la Justicia, sino la Misericordia Di-vina.

     Ia’acov vivió menos años de los que tenía asignados, por haberse mostrado anciano y quejarse ante el Faraón de que “sus años fueron pocos y malos”.

     Iosef, a su vez, falleció de modo prematuro por haber callado cuando sus hermanos y los intérpretes hablaban de su padre Ia’acov como “tu esclavo, nuestro padre” sin objetarles la expresión.

     Moshé perdió la oportunidad de ingresar en la Tierra de Israel por haber golpeado la piedra en lugar de hablarle y se le acusa de “rebelde”, “falto de fe”… ¡justo a Moshé!

    Ahora bien, estamos tan acostumbrados a que los “astros y estrellas” como así también los “dignatarios” de los países, elegidos democráticamente o pertenecientes a las dinastías monárquicas, de nuestra época y los de la historia, llevaron en su mayoría una vida promiscua, tal como la idealizaron los griegos en su mitología de los personajes del Olimpo (en los cuales reflejaron sus propios deseos e instintos descontrolados), que nos cuesta un buen rato entender que aquí no estamos hablando de novelas, sino de “tzadikim”.
    Y cuando nos referimos a tzadikim no estamos hablando de ángeles incorruptibles, sino de seres humanos, de carne y hueso, que tuvieron las mismas oportunidades espirituales que posee cualquiera de nosotros – y las aprovecharon al máximo.

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l, explica que cuando nosotros leemos las historias relatadas en la Torá, no debemos ponernos en el lugar de jueces para evaluar la integridad o imperfección de los personajes que se describen, sino que, como dijimos, están narradas para aprender de ellos.
    También indica que no nos incumbe salir en defensa de nuestros antepasados, si hubieren actuado en disconformidad con lo que D”s exige. No hay “fueros” que protejan a los “héroes” de la Torá.
    Los Sabios, en el Talmud y en el Midrash, no dejan de señalar aquello que debe dejar una enseñanza, aun si esto dejara “mal parado” a algún Tzadik.

    No obstante, sepamos que los errores de los antepasados, tanto si fueran registrados en la propia Torá, como así también si fueran elucidados en las palabras de los comentaristas, distan enormemente de compararse con nuestros errores, pues el proceder de los patriarcas era incalculablemente más sublime que el nuestro.

    El mensaje ha quedado bastante claro. El ejemplo y la enseñanza siguen vivos. Por eso se dice que “los Tzadikim aun en sus muertes se denominan ‘vivos’”. Nada más (y nada menos…!).

    Obviamente, esto al margen de lo que es nuestra Emuná, que nos indica que todos los justos van a volver a vivir en la época mesiánica. Dado que las interpretaciones incorrectas de estas y otras citas de la Torá, del Na”J y de los Sabios, dieron lugar en un comienzo a distintas deformaciones del judaísmo, es importante recalcar claramente la opinión de nuestros Maestros al respecto: Los tzadikim nos sirven de modelo únicamente porque fueron seres mortales que se esforzaron en vida y lucharon contra sus pasiones para lograr ser seres puros. Tengamos en mente esto, para ser por siempre sus dignos alumnos.

    Este es el objetivo del texto, y rezo a D”s que cumpla el objetivo para el que fue diagramado y recopilado: fortalecer nuestra Emuná y conducta personal según las enseñanzas postuladas por nuestros maestros de todas las épocas basadas en la Torá.

    He dividido el libro en dos tomos por motivos de espacio, haciendo el corte en donde termina la Torá con el fallecimiento de Moshé, y comienza la conducción de su alumno Iehoshúa bin Nun, o sea lo que corresponde a los libros que se encuentran en Neviím y Ketuvim.

    Hay sectores del TaNa”J que no hemos integrado a esta obra, pues ya forman parte de otros libros que hemos publicado previamente: el libro de Ioná y Meguilat Rut, en “VeSamajta bejagueja”, y Meguilat Esther en el libro que lleva ese nombre.

    La línea del tiempo que acompaña este texto. permitirá al lector tener una idea más clara de las épocas en las que vivieron cada una de los personajes que mencionan en este libro.

    El texto de esta obra es extenso, y apenas he llegado a presentar una pequeña parte de las enseñanzas que transmiten los Sabios en el Talmud, el Midrash y en los libros de Hashkafá y Musar.
    Pido también al Todopoderoso que no se hayan insertado errores en el contenido, y que – a pesar de los mejores intentos de traducción e interpretación – se mantengan puras las enseñanzas e instrucciones de nuestros Maestros de todas las épocas.

    Agradecimientos
    AGRADECIMIENTOS
    Al culminar la preparación de este libro no quiero olvidar a las personas que hicieron posible llegar a este grato momento:
    Asimismo, a nuestro querido Moré Moshé Sribman, quien ha revisado, comentado y corregido todos los textos que componen este libro. No hay momento u horario en el día en el que Moré Moshé “no pueda”, y aun si se encuentra en el exterior por alguna circunstancia, hizo y abnegadamente hace todo lo que está en sus manos para hacerse del texto semanal del Ajdut para ayudar a que sea lo más preciso y exacto posible.
    A la Lic. Shlomit Cucuff, quien esmeradamente ha revisado todo el texto preparándolo para su edición, y a la Lic. Karina Dujan y al Lic. Matitiahu Duek por el minucioso preparado de la línea del tiempo que acompaña este libro.
    También a mi amigo de Mendoza, el Sr. Raul Rerdanovski – ávido estudioso del TaNa”J – con quien he compartido tantas de las dificultades con las que se encuentra un alumno cuando desea crecer y progresar, en particular tratándose de nada menos que el Libro más sagrado de la biblioteca.
    Este proyecto, como tantos anteriores, tuvieron el apoyo familiar – de mis queridas hijas Mijal y Shuli quienes también se entregaron a la corrección de esta extensa obra, y de todos sus hermanos menores que revisaron el texto a fin de evitar errores que hubiesen podido haberse filtrado.
    A Ariel Glanspigiel quien desinteresadamente hizo posible que nuestra Comunidad pueda materializar los libros que hemos impreso y quien siempre puso su entusiasmo para que se realicen todos los proyectos de la Comunidad, incluida esta obra.
    El diseño de la tapa se lo debo a Daniel Chaskielberg quien dio lo mejor de sí – al igual que en oportunidades anteriores – para presentarnos una imagen adecuada a la temática del libro. En este caso nos ilustró la Torá alzada ante el público, tal como lo hacemos en el Bet haKneset cuando recitamos el pasaje que da el nombre a esta obra, “Vezot haTorá”: esta es la Torá que Moshé presentó Moshé ante el pueblo de Israel.
    En todo momento, hemos intentado permanecer fieles a las enseñanzas de los Sabios que esclarecieron y transmitieron el espíritu de las palabras de la Torá, para que realmente el libro enseñe la instrucción de “esta Torá” – tal como es la Voluntad del Creador.
    A todos ellos: un gran Ishar Koiaj y que HaShem les haga cumplir sus deseos y aspiraciones – cada uno en su camino especial del Servicio al Todopoderoso.
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    A mi padre sz”l, y a mi madre -ad meia veesrim – cuyo ejemplo y dedicación hacia sus hijos hicieron posible que se mantengan sus enseñanzas – su “Weltanschaung” (cosmovisión) – claras y precisas entre todos sus descendientes.
    Gracias a ellos en mi juventud tuve la oportunidad de ampliar los estudios en las famosas Ieshivot de Philadelphia en los EE.UU. y Mir de Ierushalaim. Escuché -entre tantos maestros – las enseñanzas de los Guedolim, los Rashei Ieshivá: Rav Jaim Shmuelevitz sz”l, y – ibadel lejaim tovim – de Rav Shmuel Kamenetzky shlit”a, cuya línea de pensamiento he intentado verter en este texto. A Rav Shmuel Kamenetzky shlit”a y a Rav Natan Tzvi Finkel shlit”a, Rosh Ieshivá de Mir, debo una enorme cuota de gratitud, pues aparte de su sabiduría, me brindaron y me alentaron con su profundo afecto personal, un elemento que no se puede medir.
    Por último, a mi esposa Esther – quien también recibió aquel ejemplar modelo de educación de parte de mis suegros Avraham y Jaia Sara Luwish – ad meia veesrim, ambos eminentes modelos de una vida impregnada en Emuná.

    Adam y Java
    EL HUÉSPED QUE SE PARECE AL ANFITRIÓN
    ¿Tuvo huéspedes en su casa alguna vez?
    Pues es una gran Mitzvá recibir y agasajar visitas, tal como lo hizo nuestro patriarca Avraham. Pero hay una clase de invitados muy especiales: aquellos que se sienten “como en casa” muy pronto. Eso es muy bueno. Esta gente no tiene “vergüenza” y uno está satisfecho de que los visitantes estén cómodos. Sin embargo, hay algunos que son aun más especiales: los que se sienten “los dueños” de su casa. Con ellos uno está contento si uno mismo se siente – aunque sea – como un huésped…

    Bereshit trata el génesis del mundo material y del ser humano. Se puede estudiar muchos aspectos de la Creación por parte de D”s. Esta vez nos concentraremos en la particularidad del rasgo humano, tal como fue ideado por D”s. Varias veces se habla de la creación de Adam (Adán) y Javá (Eva). Nosotros tomaremos todas las citas de la Torá indistintamente (Bereshit 1:26-28, 2:7 y 21, 5:1-2), a fin de aclarar el tema.

    D”s ya había dado existencia a todos los seres vivos y demás entes que integrarían este universo en los primeros seis días de la Creación. Se hallaban todos los elementos físicos y químicos, los astros celestiales, los vegetales y los animales. Cuando todo estuvo en su lugar, D”s declaró: “Hagamos un hombre – Adam”. Este término no se refiere únicamente al hombre varón en exclusión de la mujer (el “nombre propio” del primer varón fue Adam), sino al título “hombre” en su nobleza genérica de ser humano, que abarca al hombre y a la mujer. Por lo tanto, la Torá denomina a ambos “Adam”.

    Adam
    ¿De qué origen proviene el título “Adam”?
    Hay quienes opinan que el propio Adam concibió este nombre (así como lo pudo hacer al definir los nombres hebreos de los animales, el propósito cósmico que tiene cada cual en la creación de D”s), a raíz de que su procedencia física es compuesta de la tierra (Adamá). Esto puede ser considerado, por un lado, como un fundamento válido para la conducta moral de la persona. Nunca debe olvidar el hombre su origen modesto y su existencia efímera: “de tierra eres y a la tierra volverás” (Bereshit 3:19). De modo similar lo expresamos también en la Tefilá “Unetané Tokef” de Rosh haShaná.

    Por otro lado, sin embargo, no es muy laudatorio para el género humano tener un título que hable solamente de su extracción física, pues esa es precisamente la proveniencia que comparte con los animales (Bereshit 2:19), quienes no gozan del Espíritu Di-vino que los torna Eternos (Kohelet 3:21). El nombre “Adam”, en cambio, señala su aspecto moral. Tal como D”s había enunciado previo a su creación, el hombre sería formado “beTzalmeinu, kiDmuteinu” (con nuestro raciocinio y con capacidad de asemejarse a D”s). Dado que el objetivo humano consiste en parecerse éticamente a su Creador (adamé leElión, en hebreo = me pareceré), el nombre Adam destaca exactamente esa cualidad (R.Sh.R. Hirsch sz”l).
    Cuerpo y alma
    La Torá hace hincapié en ilustrarnos la creación dual del ser humano: “Y formó D”s al hombre, polvo de la tierra, e insufló en él el Alma de Vida, y el ser humano se convirtió en ser vivo”. Polvo y Alma. El polvo vuelve a su origen con la muerte física del hombre justo. El Alma retorna a la Fuente de la cual ha sido formada (Kohelet Cap. 12:7).

    El Alma dentro del cuerpo humano es paralela a lo que D”s es al mundo: “del mismo modo que D”s llena el mundo, así el alma llena el cuerpo; del mismo modo en que D”s Ve y no Es visto, así el alma; del mismo modo en que D”s sustenta el mundo, así el alma alimenta el cuerpo; del mismo modo en que D”s es Puro, así también el alma; D”s Habita lo recóndito del mundo, y así el alma en el cuerpo: Que venga aquella que posee estas cinco virtudes y elogie a Quien Posee estas cinco (cualidades)” (Talmud, Brajot 10.). En esto consiste la Semejanza Di-vina a la que hicimos alusión (Gaón de Vilna).

    Si analizamos de cerca el versículo que acabamos de citar, podremos concluir, asimismo, que el ser humano – a diferencia de los animales – se convirtió en un ser vivo únicamente después de haber percibido el alma Di-vina, lo que lo convierte en superior a todos los impulsos animales, y lo cual lo convierte en un ser libre dotado de la habilidad de regir sobre todo lo que es terrenal en él. (R.Sh.R. Hirsch sz”l) “Quien sopla, emite lo que existe ya en él” – dicen los Sabios, lo cual significa que mediante este carácter de creación, D”s le brindó al hombre algo de Su esencia, que es la libertad moral absoluta.

    No debemos menospreciar el significado del objetivo de asemejarse a D”s (lo cual nos puede parecer un tanto abstracto, pero en realidad posee implicancias muy concretas en el control de nuestras inclinaciones y en el trato con nuestros congéneres). El Midrash Rabá (Vaikrá cap. 24), en relación al versículo de la Torá que nos ordena ser santos (Vaikrá 19:2), indaga: “¿Tal como Yo (D”s)?” y responde: “Pues Yo soy Santo” – “(por lo tanto), Mi Santidad es superior a la que se exige a ustedes (el pueblo de Israel)”.

    Rav Jaim Shmuelevitz sz”l (en Sijot Musar) destaca que de la misma sugerencia del interrogante del Midrash que mencionamos, por el que hubiese pensado que la exigencia de D”s es que seamos tan santos como él, se desprende que tal requerimiento sería algo “razonable”. Esto habla de la envergadura de lo que el Midrash nos cree capaces: ser Santos como D”s (Quien no está limitado por las restricciones tendenciosas humanas). Al mismo tiempo, esto no solamente representa una obligación, sino que es un privilegio y una recompensa: no hay mayor premio para el alma que aquel por el cual se llegue a estar cerca de la Esencia de D”s, y efectivamente de eso trata la retribución que recibe el alma después de morir físicamente (Derej HaShem de Rav Moshé Jaim Luzzatto Cap. 1:2:2).
    Las características de Adam
    Uno se puede preguntar: ¿Por qué el ser humano aparece último en la escena de la Creación?
    A esto hay al menos dos respuestas que no se excluyen mutuamente: una razón posible es que si el hombre se tornara arrogante, se le amonesta diciendo que hasta el más pequeño de los insectos le precedió en este contexto universal. Al mismo tiempo, el ser humano debe entender que si toda la creación le antecedió, esto se debe a que él es el Actor principal de quien depende el bienestar de todos los demás (como un “director de orquesta”). Esto le hace ver la gran responsabilidad que le incumbe. Puede llegar a ser el causante de la total destrucción – como aconteció en la época del diluvio y, contrario sensu, puede llegar a presidir la convocatoria a que se manifieste la Gloria Di-vina en este universo.

    Esto también responde a otra diferencia que hay entre el resto de la creación y la formación del ser humano: en todos los casos, una vez que fueron creados, D”s los declaró “Tov” (p.ej. Bereshit 1:4). Tov no es simplemente “bueno”, en términos relativos, sino “perfectos” respecto a su función. Cada elemento y cada ser son perfectos y poseen todas las características que requieren para cumplir su función – y no hay nada para agregarle a como D”s los hizo. No así el hombre. Él aun debe volverse Tov mediante sus buenas acciones (Sefer HaIkarim de Rav Iosef Albo).

    ¿Nos extraña observar que el hombre haya decaído y que su conducta se haya envilecido – frecuentemente – hasta parecer peor que los animales? Esto no es una falla en el modo de su formación, “pues D”s hizo al hombre íntegro y ellos persiguieron muchas intrigas” (Kohelet 7:29).

    Ud. vuelve a cuestionarse: ¿Porqué D”s habla en plural al referirse a la Creación del hombre que está por ocurrir (“Hagamos un hombre” – Bereshit 1.26)? ¿A quién, acaso, participaría de esa creación? – ¿no es Él, acaso, el Creador Único?

    A esto, los Sabios también le encontraron respuesta idónea (citado en Rash”í). Efectivamente, el versículo siguiente menciona que D”s creó (en Singular) al hombre. Salvo que antes de crearlo “consultó” con los ángeles acerca del beneficio de este próximo paso.
    “¿Para qué?” – se pregunta Ud.
    Para que aprendamos nosotros, los hombres, a consultar aun con nuestros subalternos al tomar decisiones que afectarán su vida o su labor. Es posible que no podamos acomodar todas sus opiniones. Tampoco los ángeles estuvieron conformes con la determinación de D”s. Sin embargo, D”s no perdió la oportunidad de enseñarnos a ser humildes – y compartir las decisiones con quienes se pueden ver concernidos o perjudicados por ellas. (Para que no hubiese lugar a equívocos – entendiendo hipotéticamente que habría la posibilidad de más de un Creador, el próximo versículo aclara categóricamente que “D”s creó al hombre a Su imagen…”).

    Habíamos comenzado este capítulo hablando de los huéspedes.
    ¿Qué clase de huéspedes somos nosotros en este mundo? Ya hemos mencionado que fuimos creados a imagen del Anfitrión. ¿Reconocemos quién es el Posadero y quién el huésped?, ¿Le damos el lugar que Le corresponde en Su casa? Pues si tomamos conciencia de este aspecto de nuestra vida, entonces seremos buenos huéspedes – y nos podremos sentir en casa – sin vergüenza”.

    EL JARDÍN DEL EDÉN
    ¿Cómo se imagina Ud. el Jardín del Edén? – “¿El Jardín del Edén? – pregunta Ud. – ¡Y… no sé! Nunca lo pensé en serio”. Supongo que Ud. jamás ha estado en aquel hermoso lugar, ni tampoco tiene conocidos que lo hayan visitado y que le puedan informar al respecto. No le queda entonces otra opción, sino hacer uso de su imaginación.

    ¿Se anima a divagar por un rato? ¿Cómo fantasea Ud. un lugar atractivo?
    “Y… que tenga pues, un buen clima, soleado, fresco, con una brisa agradable y no muy caluroso, árboles de distintas tonalidades y flores encantadoras con rico perfume, el mar tranquilo…”

    “Un lugar en el que desaparezcan todos los problemas, que no haya que preocuparse por absolutamente nada (salvo elegir la playa en donde quiere pasar el día), libre del stress y de la contaminación ambiental de la ciudad…”
    Muy lindo – y… ¿a qué hay que dedicarse en ese lugar tan atractivo? – le vuelvo a consultar.
    “¡¿Dedicarse?!” – dice Ud. – “¡¿trabajar?! ¡Cómo trabajar! ¡Si es atractivo, pues no hay que trabajar, porque si tengo que salir a trabajar, entonces deja de ser atractivo!”

    Bien, entonces: Analicemos juntos el texto de la Torá en el que describe las condiciones de vida del Jardín del Edén, el lugar al cual D”s invitó a vivir y en donde colocó a la primer pareja de seres humanos: Adam y Javá. Posiblemente acertemos en nuestra evaluación del lugar ideal, o quizás no tanto.
    (Antes de seguir, debemos aclarar que el término “Edén” se utiliza en la literatura rabínica indistintamente para hablar del sitio físico terrenal en el cual estuvieron oportunamente Adam y Javá, por un lado, y, por el otro, del “lugar” espiritual en el cual se hallan las almas justas después de fallecer. En este fascículo, hablaremos únicamente del primero de ambos).

    “Y D”s hizo crecer de la tierra (en el Jardín del Edén) todo árbol placentero a la vista y beneficioso para comer…” (Bereshit 2:9)
    Hasta aquí coincide con su fantasía. Efectivamente, la Torá confirma que esto no es ficción, y, al menos, los fascinantes y maravillosos árboles indudablemente existen en el Edén. Sin embargo, sigamos adelante con la Torá:
    “Y tomó D”s a Adam… y lo colocó en el Jardín del Edén, “para trabajarlo y cuidarlo” (Bereshit 2:15).
    El sitio de la creación de Adam
    De este versículo se entiende claramente que Adam no fue creado dentro del Jardín del Edén, sino fuera de él y recién luego, D”s lo indujo a ingresar. Adam conoció el “mundo de afuera” (en el cual estamos insertos nosotros), que evidentemente deja mucho que desear, en particular si uno lo compara con la belleza del Jardín del Edén.
    En otras palabras, Adam era consciente de que el Edén en el cual habitaba era un lugar privilegiado, y que podía llegar a perderlo si no se conducía de acuerdo a lo que se esperaba de él. Podemos suponer que D”s quiere que la persona aprecie lo que posee, y en el caso de Adam, le dio la oportunidad de conocer que las ventajas del Edén, no eran generalizadas.

    Asimismo, el pasaje bíblico declara rotundamente que el objetivo de la vida en el Edén era “para trabajarlo y cuidarlo”. “¿De qué trabajo y de qué cuidado se habla aquí?
    Si se tratara de plantar árboles, eso no puede ser, porque ya los plantó D”s. Tampoco se puede tratar de la necesidad de riego, pues ya dice “y salía un río del Edén para irrigar el Jardín” (Bereshit 2:10). ¿De qué se trata entonces?
    El ‘trabajo’ se refiere a la dedicación al estudio de la Torá, y ‘cuidar’ se alude al cumplimiento de las Mitzvot” (Pirkei d’Rabi Eliezer 12).

    Aun si el “trabajo” y el “cuidado” del Jardín fuesen literales (refiriéndose a arar, sembrar, etc.) como algunas autoridades opinan, la tarea no deja de ser espiritual, por el solo hecho de que el cumplimiento de estas labores respondían a la consigna que D”s le había encomendado. De un modo u otro, la vida en el Edén no era ociosa. El ocio no tiene lugar en el judaísmo ni en el plan de D”s para la humanidad en su totalidad. La actitud reacia al trabajo como un “mal necesario” al que hay que volver todos los días lunes – una postura que tiene mucha difusión en nuestra sociedad (los “caballeros” medievales también suponían que trabajar era cosa de esclavos, pero no para gente de su propia categoría, que dedicaba su tiempo a cazar, a los duelos, o simplemente a no hacer nada) – no coincide en absoluto con la Torá. Así que, (espero no decepcionarlos demasiado) Adam debía trabajar, pues el trabajo es bueno. No solo eso, sino que recién luego que Adam trabajara, podría disfrutar de los placeres del Edén, pues solamente después de este versículo, D”s le dice a Adam (Bereshit 2:16) “de todo árbol del Jardín has de comer…”
    “¡Qué valioso que es el trabajo, pues aun Adam no probó nada antes de haber trabajado!” dice en Avot d’Rabi Natan, basándose en este hecho.

    Rash”í explica las primeras palabras de este versículo: “y tomó D”s” en el sentido que ‘lo tomó con palabras, persuadiéndolo a ingresar al Jardín del Edén’. La pregunta obvia es: ¿Para qué necesitaba D”s seducir a Adam para que entre a un lugar que es superior? ¿No es obvio que Adam por si solo quisiera habitar en este jardín tan “exclusivo”?
    Antes de responder esta pregunta, debemos aclarar que Rash”í aplica la misma explicación en los demás lugares en los que la Torá emplea la palabra “tomar” con respecto a una persona. En todos los casos, uno se sorprende de que los interesados realmente deban ser convencidos, pues en todas las instancias análogas, la proposición parece ser un privilegio para el candidato. Veamos:

    Sará persuadió a Hagar a que se quiera casar con Avram, su propio marido, para tener hijos con él (Bereshit 16:3; Moshé persuadió a Aharón y a sus hijos para que tomen el cargo de Cohanim (sacerdotes) (Vaikrá 8:2). Más tarde sucedió la situación equivalente al momento de asumir por parte de los Leviim (levitas) (Bamidbar 8:6), y finalmente D”s ordenó a Moshé inducir a Iehoshúa a convetirse en su sucesor (Bamidbar 27:18).

    ¿A qué se debe que en todas estas oportunidades se requirió, a su vez, hacer uso de la persuasión para convencer?
    Posiblemente la respuesta sea la siguiente: en todos los casos mencionados, el ofrecimiento se trató de una progresión espiritual. Adelantar en materia mística, significa un compromiso en todo nivel de vivir irrevocablemente acorde a la categoría religiosa correspondiente al grado espiritual ansiado. Dado que nada, absolutamente nada, es gratis en la vida, y todo privilegio debe ser correspondido y compensado con una conducta equilibrada, una persona consciente y coherente, toma en cuenta todos los aspectos relacionados con su progreso, de modo que las decisiones adoptadas se mantengan con el tiempo y ayuden a crecer aun más.
    En todos los casos que mencionamos, Adam, Hagar, Aharón, los Leviim y Iehoshúa temieron que no estaban aún capacitados para este próximo paso en sus vidas.

    Volviendo a Adam y Javá. Después de pecar, D”s les indicó que el Jardín del Edén ya no era el lugar indicado para su nuevo estado espiritual frustrado, es decir, que el nivel de Adam no era proporcional a los desafíos que ofrece el Jardín del Edén. A esa altura de los acontecimientos, Adam creyó que por si solo podría aún recuperar lo que había quebrantado (habitualmente las personas no son lúcidas respecto a sus propios deslices y no advierten sus caídas morales). Pero no habría de ser así. D”s lo debió echar del lugar para que reconociera que le faltaban temporalmente las condiciones para vivir en el Edén. Debería retornar al mundo menos favorecido y recuperarse para volver a ser apto e ingresar nuevamente.

    A la entrada del Jardín del Edén, D”s colocó a los “Keruvim” – uno de los tipos de ángeles, por un lado y una lanza giratoria, por otro.

    ¿Qué función cumplen los Keruvim?
    Rav Sh.R.Hirsch sz”l compara la mención de estos Keruvim con las imágenes que estaban apostadas encima del Arca de la Tablas de la Ley en el Mishkán (santuario), y explica que, igual que allí, los Keruvim representan a las personas rectas y santas que surgen del correcto y minucioso cumplimiento de la Ley de la Torá. Estos son, entonces, los “modelos” de vida de personas con quienes compartimos la vida en cada generación. Si emulamos su eximia conducta, nos acercamos en el camino para retornar al Edén. De modo contrario, intervienen las lanzas giratorias que nos hacen ver la desviación y nos instan a poner nuestras miras rumbo al Edén. Si queremos, o no, nuestro destino está fijado. Depende de nosotros, que el camino no sea traumático. Sin embargo, como seres Di-vinos nos corresponde el espacio inmejorable que D”s creó para nosotros.
    Ese lugar no es lo que nosotros, con nuestros conceptos limitados, apreciamos. Pero es lo óptimo según determinó D”s.

    EL YERRO PATRÓN
    Si bien – como ya hemos mencionado en la introducción a este libro – no tenemos forma de identificarnos empíricamente con las situaciones que atravesaron los personajes sobre los que relata la Torá, la ocasión más remota y compleja de todas, es la de los primeros seres humanos: Adam y Javá y su vida en el Gan Eden (Jardín del Edén).
    Si la Torá, pues, nos narra sobre aquella vida y el episodio del pecado que cometieron, con la consiguiente expulsión, es para que aprendamos las lecciones que se derivan para nuestra propia vida – tal como la conocemos hoy.

    En primer lugar, es importante saber que según lo entienden los Sabios, Adam y Javá fueron personas extraordinarias por su sabiduría, que englobaba todo el significado de la Creación: “todos son como monos (ignorantes) frente a Sará, Sará es como una mona frente a Javá, Javá es como una mona frente a Adam” (Bavá Batrá 58.). No se trata, como algunos quieren hacernos creer, de seres primarios infra-desarrollados, sino todo lo contrario.
    El Midrash Rabá (Bereshit 17:4) nos enseña que D”s les hizo saber a los ángeles que la sabiduría de Adam excedía a la de ellos, pues ellos no sabrían asignarle un nombre a los animales, mientras que Adam sí sabría hacerlo. El hecho de adjudicar nombres a los animales no es una tarea aleatoria, por la que hubiesen podido establecer cualquier denominación que parezca agradable a cada ejemplar – sin que hubiere otros humanos que lo cuestionaran.
    Al contrario: los nombres con que se conocen los animales en la Torá, responden a su significado íntimo, o sea, que comprenden el motivo espiritual por el cual el Todopoderoso determinó crear a cada uno de ellos.
    Las letras del abecedario hebreo, poseen sentidos que corresponden a su valor numérico, su forma, su ubicación en el alfabeto, su pronunciación, etc.
    El abecedario hebreo es el que D”s “empleó” para crear el universo, pues nada de lo que existe está sin un motivo Di-vino para hallarse. Si Adam sabía componer los nombres de los animales, esto significa que tenía acceso a profundidades del conocimiento como nadie más.

    Claro entonces, si Adam desacertó y su falta tiene consecuencias para toda la humanidad, este descuido no se puede interpretar como algunos de nuestros deslices…
    Esto, pues, magnifica la gran pregunta: si Adam era tan sabio – ¡¿cómo pudo equivocarse?!
    Antes de proseguir, debo aclarar que el concepto del “pecado original”, tal como lo conciben otros credos, atribuyéndole un carácter irredimible al ser humano, condenado a pecar y salvándose solamente mediante una “creencia” determinada, es totalmente ajena y contraria a lo que enseña la Torá en los 13 artículos de la Emuná.
    Cronología del primer pecado
    Comencemos narrando la secuencia de los hechos, según detalla la Torá, que es la siguiente:
    Adam y Javá vivían (según el Midrash, todo esto transcurrió en apenas unas horas) en el Gan Eden, donde fueron creados sin necesidad de cubrirse (no había de qué avergonzarse, pues su cuerpo y alma eran íntegros y puros).

    D”s les dijo que podían comer de todo fruto de árbol del Gan Eden – menos uno, denominado “Etz haDaat Tov vaRá” (el árbol que vincula – a la persona – al bien y al mal).
    La serpiente era astuta – más que al resto de los animales – y se comunicó con Javá cuestionando la realidad de la prohibición de comer de aquel árbol.
    Javá respondió que, efectivamente, si bien les estaba permitido probar de todos los demás árboles del Gan Eden, estaba vedado – so pena de muerte – el consumo de aquel determinado árbol… e incluso palparlo (esto último fue una determinación de Adam, quien quiso prevenir – tal como lo harían los Sabios posteriormente respecto a otras normas – que lleguen a comer del árbol proscrito. Adam, sin embargo, al hacerle saber la Ley a Javá, no discriminó en sus palabras entre la orden Di-vina y la medida de precaución humana agregada por él).

    La serpiente respondió a Javá que ello no era así, sino que D”s había prevenido que no coman de aquel árbol, para que los humanos no se igualen a Él. El día que comieren de aquel fruto, se “abrirían” sus ojos, y serían “como D”s – conocedores del bien y del mal”.
    La empujó y la hizo tocarlo, sin que le ocurra nada.

    Javá percibió que el árbol tenía enormes cualidades: “era bueno como alimento, una delicia para los ojos, y codiciable para discernir”, tomó un fruto, comió y convidó a Adam.
    Las consecuencias de aquel pecado fueron varias, y todas están relacionadas con la caída moral que tuvieron los primeros seres humanos en aquel momento, y la nueva realidad que se estableció: sintieron que la Shejiná (Presencia Di-vina) se alejaba de ellos; se decretó la muerte sobre la humanidad; Adam y Javá fueron echados del Edén; tenemos la necesidad ética de cubrirnos con vestimenta; las mujeres sienten ansiedad durante el embarazo y el parto, y la tarea de los hombres por su manutención se tornó imprevisible, angustiante y llena de privaciones.

    Por haber pecado, Adam perdió – no ganó.
    La visión nítida de la que había gozado previamente, se tornó borrosa. Mientras antes de pecar se identificaba naturalmente con la Voluntad de D”s, pudiendo tomar distancia del pecado como un elemento claramente dañino, una vez que trasgredió, ya no pudo distinguir con la misma claridad.
    Previo a haber comido, la sencillez de los retos morales era como una ecuación objetivamente matemática: era “verdadera o falsa”. Una vez que perdió esa transparencia, las situaciones se tornaron difusas: ahora eran “buenas – o malas”, “mejores – o peores”, “convenientes – o desventajosas”.
    Las propias inclinaciones espontáneas que previamente podía observar y evaluar imparcialmente como si fueran ajenas a él, se convirtieron en algo interior de su modo de pensar y desear. Su visión diáfana se tornó nebulosa, y en ese laberinto, de ahora en más debería determinar el curso a seguir. Ya no fueron más los mismos Adam y Javá de antes.

    Muchos detalles de la historia son llamativos: quien seduce a Adam y Javá a que coman del árbol es la serpiente – ¡un simple animal! ¡¿por qué?!
    ¡Un animal! ¡¿por qué?!
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l explica que la diferencia real que hay entre hombre y animal es que en este último D”s siempre “habla” en sus adentros, pues la conducta de los animales está dictada por D”s, que ha programado en ellos su forma (ciega y sin opción) de actuar instintivamente ante cada estímulo al que está expuesto, aun cuando los diferentes estímulos se contraponen.

    No así en el ser humano. También él funciona con instintos, pero posee igualmente una conciencia que el sentido de la vergüenza le advierte que debe elegir el bien y alejarse del mal en términos generales. Exactamente qué actos están “bien” y cuáles “mal” – él puede aprender sólo de la boca de D”s, que le habla desde fuera de él.

    El hombre debe optar por lo bueno y rechazar el mal mediante su propio albedrío, e incluso cuando cumple con sus requerimientos físicos naturales, lo debe hacer – no debido al estímulo de sus apetitos físicos – sino por un sentido del deber. Aun los placeres más patentemente corporales, deben realizarse como actos morales, llevados a cabo en este espíritu, por su propia voluntad.

    Jamás el hombre podrá tornarse en animal.
    Este es el motivo por el que conviven en el hombre su carácter Di-vino juntamente con sus apetitos físicos.
    Es así que D”s dispuso que aquello que está bien, frecuentemente pueda parecer desagradable a sus sentidos físicos, mientras el mal a menudo pueda parecerle atractivo, de modo que él pueda tener la oportunidad, por su Vocación Di-vina elevada, de usar la energía libre brindada por D”s – de elegir lo bueno y rechazar el mal – no respondiendo a las incitaciones de sus apetitos, sino justamente en desmedro de ellos.

    El hecho que la serpiente – un animal astuto – increpara a Javá induciéndola a comer del árbol, proviene precisamente de su carácter animal, que aun en su astucia, no comprenderá la naturaleza distinta del hombre.

    El argumento inicial de la serpiente es que si los instintos humanos – que en este caso le hacían ver los encantos del árbol – fueron colocados en él por D”s, no habría motivo para renunciar a estas tendencias. ¡¿Por qué D”s los expondría a la seducción de algo perjudicial?! ¡¿Acaso D”s crearía deseos y martirizaría a las personas prohibiendo que gocen?!

    Javá respondió apropiadamente: todos los demás árboles estaban permitidos – D”s no atormenta a los humanos mediante privaciones – y solamente uno de ellos les estaba vedado.
    Ante el primer fracaso la serpiente volvió a arremeter, cuestionando la severidad de la prohibición: “no morirán” – D”s solamente quiere que se mantenga vuestra dependencia hacia Él, al igual que niños inmaduros. Una vez que hayan consumido del árbol, podrán discernir soberanamente entre el bien y el mal…
    ¿Por qué el árbol se denomina “que vincula al bien y al mal”?
    Este nombre no denota que hubiera algún elemento exótico desconocido, o alguna característica especial en el árbol referido. Los demás árboles del Jardín eran igualmente hermosos (Bereshit 2:9).
    Lo que sí implica es que fue dotado con cada atributo físico diseñado para apelar al gusto del hombre, su imaginación e intelecto. Su gusto, su imaginación y su inteligencia, atrajeron al hombre a este árbol e hicieron que él deseara sus frutas como el alimento preferido, a pesar de la multiplicidad de otros frutos y árboles.

    Sin embargo, D”s prohibió al hombre comer de la fruta de este árbol. En otras palabras, tomar esta fruta fue definido como malo para el hombre. Este árbol, entonces, fue diseñado para recordar al hombre constantemente aquella Ley de la cual depende la pureza y la elevación de su vocación moral.
    Los sentidos físicos del hombre, su imaginación y su inteligencia, pueden estar diciéndole que cierta cosa está bien, y hasta persuadirlo que es lo ideal. Sin embargo, esto puede entrar en conflicto con la vocación más alta del hombre, y si el hombre lo consume, esta puede ser una ofensa a la que D”s dictamina la pena de muerte.

    De esto aprendemos que al juzgar lo que está bien o mal, el hombre no debe confiar en sus propios sentidos, su propia imaginación o su propia inteligencia, sino que debe contemplar la Voluntad de D”s que le fue revelada, y aceptar este juicio Di-vino como única guía para realizar su objetivo en la tierra y permanecer digno de transformar el mundo en un Paraíso para él.

    A través de la opción de tentarse con la ilusión del placer, de dejarse llevar por su apariencia… y comer, por un lado – u obedecer el decreto de abstenerse de hacerlo, por el otro – radicaba la posibilidad de obrar bien (como D”s ordena), o no.
    Según los Sabios, la orden inicial de abstención de consumo del fruto, abarca todas las demás leyes de D”s (Sanhedrín 56.).

    Una vez que Adam y Javá comieron, efectivamente fueron distintos a lo que habían sido.
    Pudieron discernir – que estaban desnudos.
    Antes simplemente no tenían vestimenta. Habían estado en armonía con su cuerpo. Ahora ya no. Su cuerpo, que previamente habían podido contemplar como natural e íntegro, se colmó de ideas imaginarias, atracciones fantásticas y conceptos novelescos.

    Pudieron discernir – que sentían vergüenza de haber caído de su nivel inmaculadamente paradisíaco.
    Se cumplió el decreto que morirían, pues fueron desterrados del Jardín (el exilio constituye una pena de muerte parcial) y deberían vivir de ahora en adelante en una naturaleza ajena, hasta que aquel pecado sea superado por la humanidad, en cuya circunstancia toda la tierra se convertiría en un gran Gan Eden.
    ¿En qué consistió el pecado?
    Pero: ¿en qué consistió el pecado?, ¿qué es lo que realmente “tentó” a Adam y Javá?
    A pesar de su conocimiento claro de haber sido creados por Él, y de su identificación natural con la palabra de D”s que gozaban inicialmente, optaron por posicionarse del lado del goce físico que les permitiría y obligaría elegir el bien y el mal a partir de una situación de confusión de placeres y valores, entre los deseos del cuerpo y la palabra de D”s.
    Ellos pensaron – equivocadamente – que el desafío de escoger entre el bien y el mal sería mayor y de más valor, si incorporaban a su ser la adicción al placer físico.
    Especularon: ¡¿qué valor tenía, acaso, el desafío, si permanecían en aquella “burbuja” en la que estaban resguardados de las tentaciones?!
    ¿No es mucho más “productivo” salir a demostrar que uno está dispuesto a superar las debilidades humanas, aun cuando se está próximo a las seducciones físicas – y aun así se mantiene firme observando y obedeciendo la Palabra de D”s?
    Adam decidió que era preferible – por ser un Kidush haShem mucho mayor – si él ingiriera el fruto que le estaba vedado, sintiera internamente el deseo por todo lo que no debe hacer – y a pesar de eso y aun bajo el estado de tentación, seguir obedeciendo a D”s.

    Sin embargo, Adam erró en esto (un criterio equivocado de esta índole es muy común hoy también: la gente desprecia el ambiente purificado y encauzado, eligiendo estar cerca de un contexto viciado y pervertido, creyendo que es más mérito sostenerse en un escenario así…).
    Si un rey da una orden al general del ejército, éste debe obedecerla por el mero hecho de que su superior la dictaminó. Si, en cambio, él decide que previamente necesita estudiar por su lado la necesidad y ventaja de llevar a cabo esa orden, esto en sí constituye una afrenta del más alto rigor – aun si él llegara a las mismas conclusiones que el rey.

    Una de las preguntas más conocidas sobre la Torá, en especial en los principios de la Emuná, que atribuyen a D”s la Justicia perfecta, es la incógnita de por qué hay malvados exitosos mientras que los seres honrados y bondadosos sufren.
    Muchos de los profetas encaran esta pregunta (Irmiahu, Iyov, Mishlei, etc.).
    Aparentemente la respuesta debiera ser simple: este mundo requiere esta situación incomprensible para que el desafío de los hombres sea real, pues si todos los criminales padecieran, mientras que los virtuosos gozaran por sus acciones, nadie osaría jamás pecar: ¡equivaldría a ingerir veneno! El albedrío es parte integral de nuestra creencia y nada lo podría poner en jaque.
    La respuesta a esta cuestión es que los profetas no criticaron el porqué de la aparente “injusticia” Di-vina, sino que rezaron para que pronto se revierta la situación retornando al escenario que reinó con Adam antes del pecado (Rav Avigdor Nebenzahl shlit”a) para que el deseo de hacer el bien sea natural en cada persona.
    La curiosidad
    La curiosidad es un elemento crítico en el desarrollo humano – desde la más temprana infancia – es necesaria para el crecimiento espiritual del estudio, como así también para el progreso y la investigación científica para ayudar a la sociedad.

    Pero tiene sus limitaciones, e incluso su lado negativo.
    Somos todos conscientes de que no se puede “probar todo”. Lamentablemente muchos caen en los vicios que se ofrecen – en parte por aquella propensión a probar las cosas, más aun cuando se las conoce como prohibidas.
    Se torna innecesario ampliar la realidad de que el chisme común en nuestra “civilización” responde a la inclinación del oyente por hurgar y conocer lo que sucede en la privacidad de la vida ajena.

    Los misterios de este universo abundan y los seres humanos siempre han querido descubrir sus enigmas. Mientras el científico desea averiguar cómo funcionan las cosas, el creyente desea saber por qué D”s conduce el mundo del modo en que lo hace (de esta manera también se entiende la pregunta reiterada de los profetas, acerca de las aparentes injusticias…).
    Adam, como hemos mencionado, conocía lo que jamás otro hombre comprendió. También en él actuó una minúscula partícula de aquella curiosidad a la que estamos expuestos.
    (Mijtav meEliahu, tomo 2, pag.142, El haMekorot, tomo 2, pag. 292)
    Los decretos rabínicos
    Los comentarios sobre este yerro que dejó “un antes y un después” como ningún otro en la historia son muy numerosos.
    Mencionamos, por último, el hecho de que Javá igualó el Decreto Rabínico de no tocar el árbol, con la Ley Di-vina de abstenerse de comer de él.
    El desafío de las personas – aun en el terreno donde estemos lejos de la tentación – consiste en proteger y hacer cumplir Su palabra con nuestros recursos. Adam así lo hizo, creando un “cerco” para que no se viole la Ley de D”s.
    Pero no debemos olvidar que aquel cerco – muy sagrado – es humano y representa el respeto que los humanos atribuimos a las leyes, por lo cual en ciertas instancias los Sabios fueron aun más estrictos en exigir el cumplimiento de los decretos rabínicos que los bíblicos. Sin embargo, siempre se cuidaron en discriminar entre unos y otros.
    Cuando Adam y Javá equipararon las leyes, prepararon el terreno para aceptar la insinuación de la serpiente, que les sugirió que la privación del árbol respondía a que D”s no quería que se Le asemejen.

    ¿Volveremos al Gan Eden?
    Hasta el momento, solamente frente el Monte Sinaí el pueblo de Israel logró revertir esa situación (Shabat 146.), hasta que volvió a caer por el pecado del becerro de oro y perder parte de la pureza alcanzada. Cuando la humanidad se lo merezca, la tierra en la que vivimos será aquello que siempre estuvo destinada a ser.

    1656 AÑOS… ¿en vano?
    ¿Cómo era Adam, el primer hombre?; ¿era rubio o morocho, alto o bajo, gordo o delgado?; ¿cómo usaba Javá (Eva) su cabello: ¿se lo peinaba con trenza o tenía flequillo?; ¿cómo se alimentaba? – ¿comía guefilte fish o mehshi?; ¿qué deporte practicaba?; ¿qué hizo durante sus 930 años de vida?; ¿cómo educó a sus hijos?; ¿quién inventó la rueda, o el primer carro, o la mezcla de colores?

    Sin duda, la imaginación da para mucho. Quien abre el libro de Bereshit (Génesis) en su primera lectura quedará asombrado de cómo la Torá pudo sintetizar las diez primeras generaciones en tan sólo cinco capítulos, de los cuales la mayor parte están dedicados a tres o cuatro episodios acerca de la creación misma, del árbol prohibido, el homicidio de Hevel (Abel), y de Lemej y sus esposas. Muchos detalles históricos de interés, sin embargo, están obviados totalmente.
    ¿Por qué?
    ¿No hubiese sido fascinante saber algo más sobre Adam y Javá?

    Tal vez.
    No obstante, como hemos mencionado, la Torá, no se dedica a “cosas interesantes” ni a datos geográficos o históricos (aun cuando los puede haber en ella por otras razones). Lo que la Torá sí hace, es enseñarnos a vivir y a encontrar nuestra misión colectiva e individual para la vida de cada uno de nosotros.

    Visto desde este ángulo, casi toda la lectura del comienzo de la Torá Bereshit nos relata acerca de los desaciertos que protagonizaron las primeras diez generaciones (en 1656 años) desde Adam hasta Noaj (Noé), perdiendo ellos así la oportunidad de cumplir con el propósito Di-vino en la creación del ser humano. Conocer estos datos no es “historia”, sino “moraleja”. Por eso figuran y los estudiamos. El propósito Di-vino por el cual se creó al ser humano no se altera por el mero hecho de que éste no aprenda su lección. En todo caso, se modifica el escenario de acción, para darle otra posibilidad o se transfiere la oportunidad a otro que lo quiera hacer mejor.

    El primer gran traspié sucedió con la primera pareja. Adam y Javá. Sobre este ya nos hemos explayado en el apartado anterior. Sólo cabe resumir que, a pesar de haber sido creados y haber conocido el mundo que existía fuera del Gan Eden (Jardín del Edén), a pesar de su conocimiento claro de haber sido creados por D”s, a pesar de su identificación natural con la palabra de D”s que gozaban inicialmente, optaron por posicionarse del lado del goce físico que les permitiría y obligaría elegir el bien y el mal desde una situación de confusión de placeres y valores; entre los deseos del cuerpo y la palabra de D”s.

    El Gan Eden ya no era el lugar ideal para que siguieran cumpliendo su rol. Fuera de él, y con condiciones físicas de privación e incertidumbre, tendrían que encontrar su camino para volver a él. Fue el primer exilio, una vez que el ser humano se debió esconder, por sentirse alejado y humillado frente a la Voz de D”s. Nosotros seguimos aún en aquel exilio.
    No obstante, la maldición recayó sobre el rendimiento de la tierra y no sobre el hombre mismo, quien nunca pierde su condición de portar la imagen Di-vina consigo.
    Su simiente (Caín) sufre de celos y de una urgencia de ser “dueño” de la tierra y de sus bienes, un mal del que sufren la mayoría de los hombres (y mujeres) de hoy y, al mismo tiempo, de depresión y frustración al no lograr los fines económicos deseados. Más allá de cuál fue exactamente la discusión entre Caín y Hevel (el hermano), Caín terminó asesinando a Hevel. El resultado del homicidio fue que Caín sufrió un exilio aun mayor, al no poder considerar ninguna tierra como propia y ser nómade de sitio en sitio por el resto de su vida.
    De mal, en peor
    La descendencia de Caín no mejoró su vínculo con el Todopoderoso. De niños eran “educados” a desconocer a D”s (Mejuiael), tarea a la cual se dedicaban activamente de grandes (Mejiael). De allí salió Lemej, quien siguió la “costumbre” de su época: La bigamia. ¿Para qué? Para poder procrear con una esposa, quien se dedicaría a la crianza de los niños, y al mismo tiempo seguir gozando de la “buena vida” con “la otra”. Ya la humanidad cayó así en el hedonismo puro, con un tinte claro de “usar” a las mujeres como “objetos de placer”. Otra precipitada caída.

    ¿Qué puede esperarse de los hijos fruto de tal unión?
    Grandes inventores y descubridores. Instrumentos musicales – para la idolatría. Construcción de casas – para la idolatría. De cuchillos – para el homicidio (Rashí).
    ¡Que no se mal interprete! Los progresos científicos no son malos en sí. Sí lo son, más veces que no, los objetivos y los usos que les da el hombre. Es que, por lo general, la maldad (léase: la envidia, el egoísmo, el odio, etc.) posee mejores recursos (de inventiva y creatividad) hasta en nuestra propia mente, que las causas nobles…

    ¿Qué otra cosa se podía presumir, acaso, de la descendencia de Caín? Sin embargo, Adam volvió a tener hijos e hijas. El mejor de ellos, Shet, a su vez tuvo un hijo: Enosh, en cuya época se comenzó a difundir el nombre de D”s. ¿En serio? ¿Pero, para qué? ¿No estaba vivo, acaso, por muchos años más el abuelo de todos los seres humanos, Adam, quien sin duda les podía contar cómo él mismo fue creado por D”s?

    Es que muy rápido la humanidad “se las arregló” para que las cosas no estuviesen tan claras. El hecho de que en la generación del propio nieto de Adam fuese menester predicar acerca de la existencia de D”s, significa que las cosas ya estaban muy mal (Rav Sh.R.Hirsch sz”l en nombre de su maestro Jajam Bernays).

    Pasaron los años.
    Apareció un hombre que iba verdaderamente en contra de la corriente: Janoj. Pero no era lo suficientemente fuerte para contrarrestar la tendencia. Por lo tanto, falleció joven.

    Mientras las descendencias de Shet y Caín seguían cursos independientes sin contaminarse, había esperanzas, mas con el tiempo, esto se perdió. Y allí comenzó la cuenta regresiva hacia la destrucción total. La dignidad que caracterizaba a la estirpe de Shet, se mezcló con la perversa descendencia de Caín, con las lógicas influencias nefastas.

    La violencia fue en franco aumento. El deterioro que llevó a la corrupción que causó el Gran Diluvio, fue gradual. Comenzó con la toma de mujeres por simple capricho, sin determinar si tal mujer sería una esposa ideal para tal varón. De allí se extendió a la toma de esposas por la fuerza. No faltó mucho para que las parejas estuviesen formadas por relaciones prohibidas en la Torá (tomaron mujeres casadas, homosexualidad y zoofilia – Rashí). La suerte de la humanidad estaba sellada.
    Aun cuando el ser humano pudiere haber perdido de vista el objetivo de su creación, su Creador es Eterno e Inalterable y así son también Sus Objetivos. Ni un hombre, ni una generación, ni toda la humanidad, van a modificar Su plan, por el cual el ser humano llegará a reconocer la sola Autoridad de D”s, someterse libremente y obrar acorde a Su voluntad.

    1656 años pueden ser muchos para nosotros, pero no significan nada ante la Eternidad. La próxima oportunidad la tuvo un hombre y su familia – Noaj- a quien estudiaremos en breve.

    Cain Y Hebel
    ANALIZANDO AQUEL PRIMER HOMICIDIO
    Lamentablemente hoy estamos viviendo en una sociedad violenta. Esa violencia (gran parte de la cual es verbal y emocional) se traduce en actos físicos agresivos, entre los cuales podemos citar la tortura y el homicidio, el deseo de herir a otra persona manteniéndola con vida pero secuestrada, o querer hacerla desaparecer.
    Tantos casos escuchamos por relatos de la propia víctima o por los medios de comunicación, hasta que llega el momento en que incluso perdemos la sensibilidad ante estos flagelos y los consideramos parte natural de la vida, solamente deseando que nunca nos toque a nosotros o a los que están cerca nuestro.
    De ahí, el continuo clamor por la falta de seguridad en ciertos estratos de la sociedad.
    Sin duda, cada agresión tiene sus propios motivos y no comienza ni termina en el acto injustificable en sí.

    Si bien no deben servir como pretexto que lo convalide, existen muchísimos factores previos en la vida del agresor y del agredido, que llevan a cada acción violenta. El común denominador en casi todos los casos de homicidio es el menosprecio por el valor de la vida. Cuando nos referimos al “valor de la vida” pensamos en el potencial inestimable que posee todo ser humano en cada momento, mientras el aliento lo acompaña. (“Kol haNeshamá… – por cada vez que respiramos, Te agradecemos – D”s).

    ¿Resulta extraño, pues, que en esta primer lectura de la Torá encontremos un homicidio perpetrado entre dos hermanos que nacieron de los primeros padres de la humanidad – Adam y Javá?
    Recordemos que todas las historias que nos relata la Torá en el libro Bereshit, son para enseñarnos acerca de las características humanas y cumplir con nuestra tarea Di-vina en este mundo, adecuadamente.
    Cain y Hevel
    Analicemos entonces la descripción del homicidio de Hevel.
    Javá dio a luz inicialmente a dos hijos, y a sus respectivas hermanas mellizas (el nacimiento de las hijas de Adam se menciona en Bereshit 5:4).
    El primero en nacer fue Cain. Ya en su nacimiento, la madre, Javá, le había puesto el nombre Cain haciendo alusión al concepto de “Kaniti ish” = he llegado a poseer un varón.

    Podemos deducir de aquí dos enseñanzas.
    La primera consiste en tomar conciencia de que los nombres influyen sobre el carácter de los niños. El nombre de la persona es su identificación y los padres expresan mediante el nombre sus ideales y el modelo de vida que proponen para su hijo. Puede ser el nombre de un antepasado, cuyos pasos se espera sean un ejemplo para el joven, o, por otro lado, puede ser un nombre que “esté de moda”, lo cual también es un mensaje…

    La segunda lección es que – aunque muchos padres no lo admitan públicamente – los progenitores frecuentemente expresan con sus actos aquel mismo sentimiento que manifestó Javá respecto a “poseer su hijo”, o sea: actúan con sus hijos como si se tratara de una de sus pertenencias.
    La verdad es otra: no somos dueños ni de la vida, ni del futuro de nuestros hijos. Sí, en cambio, tenemos la no fácil tarea de educarlos. En última instancia, si hemos sido un buen ejemplo para ellos en todo sentido (con sus actos, en muchas instancias, los hijos demuestran ser los más implacables fiscales de la autenticidad de nuestras convicciones) y los hemos instruido y adiestrado para ser buenas personas, podemos rezar a D”s que nos permita sentir esa satisfacción (Najat) de verlos seguir siendo personas judías rectas. No obstante, la elección de vida será en definitiva de ellos.

    Junto al nombre que le fue dado, Cain heredó ese deseo de poseer… todo. Literalmente todo. Ver que su hermano Hevel compartiría el mundo con él, no lo dejaba dormir en paz.

    No faltan ejemplos en el TaNa”J de personas que eran muy adineradas y a quienes el apetito de “algo más” les provocó la caída.
    El Talmud (Sotá 9:) menciona a Cain en la nómina de aquellos (Koraj, Bil’am, Do’eg, Ajitofel, Avshalom, Guejazí, etc.) que incluso pretendieron acceder a lo que no les correspondía, y terminaron perdiendo lo que ya poseían legítimamente…
    Así también sucedió muchos años más tarde con el rey Aj’av: debido a su gran ambición permitió que se matara a su primo Navot, quien no quería acceder a venderle su viñedo, y luego espuriamente tomó posesión de él.
    Asimismo, Hamán no toleró el hecho de que Mordejai fuera el único que no se prosternara ante él, aun cuando absolutamente todos los demás lo hacían.

    Volvamos a nuestra historia:
    La Torá nos cuenta mucho acerca de la vida de estos hermanos. Sin embargo hace hincapié en el oficio que ambos tenían, y cómo su labor influyó en la actitud que tomaron posteriormente.
    A pesar de ser el menor de los hermanos (hasta aquel momento), nos relata primero la labor de Hevel: pastor de ovejas.
    Lo suyo fue novedoso. Si bien Adam había sido echado del Gan Eden “para trabajar la tierra” (Bereshit 3:23), Hevel eligió una labor que lo vincularía con el cuidado del ganado.
    El trato de los animales, que – al igual que los humanos – ocasionalmente pueden padecer dolor y requieren ser atendidos compasivamente por los seres humanos que les brindan cuidados especiales, estimula en la persona que ejerce esa profesión los sentimientos humanos más nobles y altruistas, y la responsabilidad por estar atento y proteger a aquel que necesita de uno.

    La agricultura ejercida por Cain, en cambio, ata al individuo a la tierra, y a través de los tiempos, condujo a los pueblos a subyugarse a ella, llevándolos a venerar las fuerzas climáticas de las que dependía para lograr el rinde de sus frutos. Esta veneración finalmente condujo a la idolatría generalizada.
    El cultivo extenso de la tierra y la ambición de los dueños de los latifundios por poseer más y más, fue asimismo un gran motor para el sometimiento a la esclavitud de los más débiles desplegada por algunos “seres humanos”.

    Esto no significa que necesariamente un agricultor deba convertirse en idólatra ni en esclavista. La Torá indica una serie de leyes que protegerían a los judíos de este flagelo, recordándoles periódicamente que la tierra pertenece exclusivamente al Todopoderoso, y que en Su merced, nos permite usufructuar de ella mediante el crecimiento de sus frutos. Nos está vedado mezclar ciertas especies en la siembra (Kil’aim), tener provecho de los frutos que rinden los árboles en sus primeros tres años luego de ser plantados o injertados (Orlá). Asimismo, otra leyes agrarias nos hacen recordar nuestras obligaciones con el menos afortunado: al renunciar a lo que se olvida en el campo (Shikjá), lo que se cae (Leket) y un costado del área cultivada que permanece intacto, para que lo recojan los necesitados (Pe’á), la Torá protege al judío de caer en la avaricia y el egoísmo (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Cain y Hevel se proveían mutuamente de los productos de su labor respectiva.
    Las ofrendas
    Había llegado el fin de una temporada. Ambos, Cain y Hevel, habían prosperado en sus emprendimientos. Por lo tanto, era la ocasión adecuada para agradecer a Quien les había provisto los medios necesarios para progresar.
    A su vez, Adam también hizo saber a sus hijos que era momento de ofrendar a D”s. Era la víspera de Pesaj, y en el futuro, en esta fecha sería obligatorio que los israelitas ofrendaran un cabrito por su emancipación de Egipto (Pirkei d’Rabi Eliezer 21).

    Cain, en carácter de primogénito (al igual que la Torá indicaría en el futuro), tomó la iniciativa y ofrendó primero. Tomó, para este fin, del producto de sus campos, sin preocuparse por consagrar algo de una calidad extraordinaria. La ofrenda no consistía en algo bello, pues para Cain el hecho de agradecer no significaba un deber valioso. Por lo tanto, no se percibió en ese momento, una aceptación por parte de D”s.

    Hevel no se sintió representado con la ofrenda que ofreció Cain ante D”s, precisamente porque había sido deficiente en calidad e intención.
    Él, en cambio, trajo los mejores especímenes de su ganado, los primeros que habían parido sus hembras, y los mejor alimentados. D”s respondió, pues, dando señal que la ofrenda de Hevel había sido aprobada.

    En la manera de expresarse del pasaje de la Torá (Bereshit 4:4,5), dice que D”s oyó “a Hevel y a su ofrenda. Y a Cain y a su ofrenda no oyó”. Del modo de expresarse, entendemos que el énfasis no está puesto en la ofrenda sino en la persona: sus intenciones y propósitos, su modo de actuar en general, y sus objetivos. Las ofrendas y las donaciones a beneficio de causas nobles, no eximen al donante de conducirse de modo apropiado, y no lavan aquellas acciones de las que es culpable…

    Más adelante, la Torá indicaría que los judíos debemos abstenernos de vestir prendas que poseen lana y lino en ellas. Si bien la Torá no manifiesta un motivo para esta prohibición, el Midrash (Pirkei d’Rabi Eliezer 21) indica que esta proscripción se remonta a aquel triste episodio de Cain y Hevel.

    Cuando D”s mostró la aceptación de la ofrenda superior de Hevel, la cual, a su vez, manifestaba su cualidad positiva de austeridad en sus ambiciones personales, Cain expresó su sentimiento de “Let Din veLet Daián” – “No hay justicia (en este mundo) y no hay Juez” (Targum Ionatán, Bereshit 4:8)). Da lo mismo ser justo o no serlo…
    Esta expresión es grave: niega uno de los principios de la creencia del judaísmo. En el 11° Aní Ma’amin manifestamos que D”s premia y castiga a cada uno según sus actos.

    Lo peor de Cain, no fue su frustración por lo que ya había sucedido (“VaÍjar leCain me’od” – en tiempo pasado), sino su falta de voluntad en resolver su futuro (“VaIplú panav” – en tiempo futuro Rav Sh.R.Hirsch sz”l).
    Cain hizo lo mismo que tantos otros posteriormente repitieron en situaciones similares. Al no tener la voluntad de corregir su situación, buscando la falencia en sí mismo, Cain salió a la pesquisa del “culpable”. ¡Y quién podía ser más culpable que Hevel – aquel que puso de manifiesto la debilidad propia!

    Sepa, querido lector, que la mayoría de las veces en las que nos parece que el culpable de nuestro dolor es un tercero, en realidad estamos mirándonos en un espejo…
    El libre albedrío
    Ante los indicios de abatimiento de Cain y su falta de disposición para corregir su actitud, D”s habló a Cain: “¿por qué tu frustración y tu falta de voluntad? – ¡todo depende de ti! Si tú decides enmendar tu predisposición y comportamiento, serás admitido, y si no, tu pecado te acompañará hasta el castigo. Sin embargo, ten presente que está dentro de tus facultades dominar las tendencias erradas, y el único propósito de estas propensiones es que tú las reduzcas y te sobrepongas a ellas”. (En otras palabras, D”s le hizo saber que, axiomáticamente, el libre albedrío es parte inherente del ser humano).

    Cain escuchó, pero hizo caso omiso a las palabras de D”s. Fue así que eliminó a Hevel después de una discusión sobre la cual la Torá no nos relata cuál fue el motivo (existen tantos temas para polemizar – para aquel que quiere pelearse – que nos es indistinto cuál fue el pretexto que desencadenó el homicidio).
    El Midrash dice que discutieron sobre cómo se debe dividir el mundo entre Hevel y él. Otra versión opina que contendieron acerca de las mellizas que habían nacido con ellos.
    La Torá tampoco dice cuánto tiempo vivió Hevel. En el Midrash hay varias opiniones al respecto. Hevel no dejó descendencia, motivo por el que D”s luego reclamó por “las sangres” (en plural) de Hevel. En otras palabras: Cain no era responsable solamente por el homicidio del propio Hevel, sino por el potencial destruido, o sea, por los sucesores que hubiesen nacido de Hevel, si no hubiese sido asesinado por Cain.
    De haber sido por la conducta de Cain, el mundo hubiese revertido a las condiciones iniciales de “tohu va’vohu” – sin sentido ni propósito aparentes (Midrash Rabá, Bereshit 2:3).

    Finalmente, muchos años más tarde, Adam tuvo más hijos. Aquel de quien desciende la humanidad se llamó Shet. A diferencia de Cain, el nombre Shet implica “dar” o “brindar”, lo que armoniza con el propósito de la creación de la humanidad.
    El Gran Educador
    También es importante destacar que al igual que después del pecado de Adam, D”s no incriminó directamente a Cain por lo que había hecho.
    Tanto en Adam (a quien D”s le cuestionó acerca de “Aieka – ¿dónde te encuentras?”, después de comer del fruto prohibido), como en Cain (a quien le preguntó acerca del paradero de Hevel), D”s comenzó la conversación de manera que el interlocutor pueda reflexionar sobre lo que acababa de hacer mal (“Lehikanés imó biDvarim – entrar en conversación”), y enmendar por sí mismo el error.

    D”s es el Educador de la humanidad.
    Mediante ciertas reglas que Él implementa para no ponerse en evidencia en la vida de los hombres, D”s nos conduce a situaciones en las cuales podamos evaluar nuestras acciones y corregirlas. El error es posible por el libre albedrío, pero el castigo es evitable.
    En ambos casos, en Adam y en Cain, decidieron inicialmente no aceptar la propuesta y no hacerse cargo de su acción. Recién después que Cain se vio enfrentado con las consecuencias del homicidio, el castigo de ser para siempre nómada, sin tener acceso a su “propiedad” que tanto ansiaba, se arrepintió y respondió a D”s que el castigo sería difícil de sobrellevar.
    Su modo de responder a D”s fue un tanto insolente: “Si Tú has de perdonar a 600.000 hombres (los israelitas en el desierto, al haber hecho el becerro de oro, pecaron en contra de D”s, que a ojos de Cain era aun peor que su pecado perpetrado en contra de un ser humano) – ¡¿acaso no me puedes perdonar a mí?!” (Sanhedrin 101:).
    ¡¿Puede, acaso, mi poder de pecar ser más fuerte del Poder de D”s de perdonar?!
    (Sefer haIkarim 4:21)

    Aun así, D”s le perdonó y redujo su condena.
    Si bien la tierra no le daría frutos, Cain gozaría de la protección de D”s durante siete generaciones. Para que esto se cumpla, D”s otorgó una letra de Su sagrado Nombre, que cuidaría a Cain hasta que finalmente sería asesinado por su propio descendiente Lemej.
    Cain salió “de delante de D”s” (como si Lo pudiera “engañar” ocultándoLe sus verdaderas intenciones).
    Los Sabios (Midrash Rabá 22:13,28) cuentan que Cain se encontró con su padre (que estaba acongojado por su propio yerro de haber comido del árbol prohibido). Adam le preguntó cómo había sido juzgado por D”s. Cain respondió que se había retractado de su error, y que había sido perdonado. La reacción de sorpresa de Adam fue contundente: “¡¿tal es el poder de la Teshuvá?!”.
    De inmediato compuso el Salmo 92: “Mizmor shir leIom haShabat” (el vocablo Shabat responde etimológicamente también al concepto de la Teshuvá), “tov lehodot laHashem…” – es adecuado reconocer (los pecados) ante D”s (y volcarse a la Teshuvá).

    Entendamos, sin embargo, que la Teshuvá (arrepentimiento) no es la misma cuando surge del miedo al castigo, que cuando proviene del reconocimiento personal del mal en sí.
    Aun así el acto de Cain fue condonado.
    Como dijimos antes, nuestra propia historia es distinta a la de los personajes de la Biblia, pero las actitudes hacia las frustraciones con las que nos encontramos y la óptica hacia nuestros errores – cuales fuesen – no distan de tener rasgos muy similares. ¿Cuándo vamos a aprender?

    Noaj
    PANZA LLENA, CORAZÓN CORRUPTO
    En una escena de la obra “El violinista sobre el tejado”, hay una canción que se hizo famosa con el tiempo: “si yo fuera rico…”.
    Esta es la ilusión que la gente tiene de confiar que habrán de resolverse todos los problemas “si tuviera una Parnasá un poco más abundante…”
    Seguramente sea eso lo que lleva a muchas personas a adquirir billetes de lotería semana tras semana, con la expectativa de que quizás, con ese billete llegue la felicidad ansiada. Otros tantos son asiduos (y adictos) concurrentes a casinos, que en sus carteles publicitarios muestran – solamente – retratos con rostros sonrientes (quizás los que perdieron todo lo que poseían, no posan para las imágenes de difusión).

    Efectivamente los seres humanos vivimos gran parte de nuestra vida “corriendo” por nuestra subsistencia, y siempre pareciera ser insuficiente…

    Y… ¿por qué no?, ¿está mal soñar?, ¿acaso no se puede cumplir alguna vez esa fantasía que nos parece eludir siempre?: ¡Todos los problemas se solucionarían por arte de magia!

    El objeto de las líneas que siguen, no es solamente traer un poco de sobriedad a nuestro pensamiento, sino quitarnos esa imagen por la que creemos que es “más verde el césped del otro lado del cerco”, y que termina causándonos más angustia por utopías incumplidas, que alegría sana y tranquila – imprescindible para vivir bien.

    La vida no era fácil.

    Sembraban trigo y crecían yuyos y malezas. Todo el trabajo había que hacerlo a mano. Al no existir hoces para cosechar el trigo, ni arados para labrar la tierra, ni hachas para cortar árboles, todas estas tareas había que hacerlas con las propias manos. Nosotros, que vivimos en la era de la tecnología y de la computación, ni podemos imaginarnos el trabajo hecho a mano con el uso de estas herramientas – ¡mucho menos sin ellas!

    Todo esto se debía a la maldición que había recibido la tierra a raíz del pecado de Adam y Javá al comer del árbol que no debían – y que por tradición se sabía que duraría toda la vida de Adam. Adam había fallecido. Lemej (el descendiente de Shet, no confundir con el homónimo descendiente de Kain) tuvo un hijo, y esperanzado le dio el nombre Noaj con el deseo de que a partir de él terminaría el sufrimiento generalizado del trabajo pesado que hacían (Bereshit 5:28). Y efectivamente, Noaj cambió el estado de cosas. Como inventor de las herramientas de trabajo, logró aliviar eficazmente la vida de la gente.

    Si viviéramos en aquella época, no solo le daríamos a Noaj el premio Nobel, sino que le estaríamos agradecidos por hacer que nuestra vida valga la pena de ser vivida. ¡Por fin un poco de vacaciones, un horario de trabajo más corto, tiempo para estar más con la familia, un poco más de prosperidad para esos gastos extra y pequeños lujos que nos querríamos permitir!

    Bueno. Pero la cosa no fue tan así. Si la conducta moral había decaído ya desde las primeras generaciones después de Adam, la nueva tranquilidad y prosperidad solamente empeoró las cosas – y de manera categórica.
    Los congéneres de Noaj no sabían – o no querían saber – cómo aprovechar el respiro que se les había dado. La tierra se llenó de violencia y de inmoralidad.
    Volviendo a nuestro tema: tanto el paquete de la indigencia como el de la opulencia son difíciles de cargar, y cada uno tiene sus ventajas y sus dificultades. Veamos:
    La vida en Polonia y Rusia en la preguerra era muy afligida. Años de persecución y maltrato desde las épocas de la emperatriz Catalina la Grande II del siglo XVIII, lograron que los millones de judíos que habitaban esa zona – la de mayor población de judíos de la era – cayeran en un empobrecimiento catastrófico. Gran parte de ellos vivían en la absoluta miseria y los demás sufrían de severas limitaciones económicas. Si bien se auxiliaban mutuamente, el sufrimiento era terrible. Esta fue la principal causa de la migración hacia estas orillas. Surgieron por entonces nuevas ideologías político-sociales que solucionarían (mágicamente) todos los problemas de la población. Muchos de los jóvenes judíos apoyaron esas quimeras maravillosas – y se perdieron de nuestro seno. No todos tenían la fuerza para seguir adhiriendo a una vida desafiada por los sueños de igualdad que permitirían vivir en un standard económicamente más digno.
    Hay que tener una extensa y férrea preparación y convicción para perseverar en la ideología propia ante la posibilidad de enfrentarse solo frente a las corrientes y actitudes en boga.

    La demasía es tan – o más difícil de sostener a nivel moral que la pobreza. Esto no es nuevo. La Torá nos advierte (Dvarim 8:11-14) del potencial riesgo que se vislumbra a raíz de la prosperidad de los israelitas en la tierra de Israel. La contínua exposición mediática de los modelos de vida con posesiones materiales exuberantes, hacen creer que realmente la vida es más fácil para aquellos que tienen más. Pero no es así. Aun si – seguramente – en otros estratos sociales no se deban preocupar por ciertas necesidades que sufren los que tienen menos, su situación para nada está exenta de problemas – muchas veces más espinosos de resolver.

    ¿Acaso el dinero garantiza la tranquilidad, la salud, la comprensión en la pareja, la buena convivencia con los hijos, la capacidad de razonar, la alegría de vivir, etc.?
    La diferencia, obviamente, pasa por la preparación para estar en un estrato distinto al que uno vivió hasta entonces. ¿Cómo dice la gente: “malo y conocido, mejor que bueno por conocer”?
    (En algún momento leí acerca de una estadística de personas que se arruinaron la vida a partir del instante en que se “sacaron la grande” en la lotería.)

    El pasaje de Mishléi (30:8) nos enseña que se debe pedir: “profusión y escasez no me dés (D”s), (sino) aliméntame el sustento (preciso) que necesito”. Pues el más sabio de los hombres (el rey Shlomó), nos legó esta enseñanza elemental.
    ¿El sustento justo?, ¿y cuánto será lo justo?

    Claro, los criterios para evaluar las necesidades humanas serán tan dispares como rostros de personas hay. Obviamente también, lo que hoy puede ser una necesidad imprescindible, tal como agua potable de la red, servicio de cloaca, conexión eléctrica, etc., eran lujos fabulosos en otras épocas.

    Digamos entonces que, mientras los accesorios de la vida y la comodidad, permiten una mejor administración del tiempo y de las fuerzas para emplear en asuntos que son realmente más valiosos, no estamos hablando de lujos. La premisa es, sin embargo, que sepamos cómo administrar esos espacios de tiempo y fuerza ahorrados.

    Pero, aun cuando hoy gozamos de inumerables facilidades adicionales a las que conocieron nuestros abuelos de hace apenas dos generaciones atrás, nuestra vida no se tornó más feliz. Muchos no sabemos qué debemos hacer con el tiempo libre que tenemos a disposición, ni con el dinero que no necesitamos para los menesteres más esenciales.
    El dinero, identificado con el poder, obnubila la visión de la gente. Urge a todos a correr tras fines y espejismos inalcanzables.

    La generación de Noaj nos debe dejar una enseñanza. No siempre “más” – es mejor.

    CUANDO LA FIESTA SE HACE AGUA
    Siempre que se vienen elecciones, se escucha la siguiente cuestión: ¿a quién va a votar? ¿y con qué criterio?
    Cuando formulo esta pregunta a los interlocutores que me escuchan en distintas circunstancias, la respuesta es invariablemente la misma: “al menos malo”.
    ¿Qué pasa? – me pregunto – ¿estoy rodeado de “indecisos”? ¿o será que la mayoría de los votantes no confían en ninguno de los candidatos que se presentan para cubrir los cargos gubernamentales? A la pregunta anterior, le agrego otra menos simpática: ¿Por qué, si ningún candidato inspira confianza, no aparece otro (de entre millones de habitantes) que sea realmente bueno?
    Antes de seguir, quiero que sepa, apreciado lector, que este problema no es argentino, sino que es común a la población de la mayoría de las democracias.
    “Mire” – me contestó alguno – “la política siempre es sucia…”. Otro: “cuando los políticos empiezan son buenos, pero se corrompen con el tiempo, cuando le sienten el sabor al poder…”.
    Pregunto, entonces: ¿Estamos hablando de gente con principios éticos tan sólidos que, sin embargo, se les pierden en el camino? La próxima cuestión sería analizar a quién se puede calificar realmente como bueno. Por ejemplo, ¿entra en la categoría de bueno “quien no mató a nadie”?
    Si este es nuestro criterio de evaluación, entonces la mayoría de los ciudadanos son “buenos” (porque no son asesinos) y están habilitados para gozar de nuestra confianza…, pero la realidad no es así.
    El vecino de arriba de mi departamento es una persona muy correcta. Siempre saluda, paga sus expensas puntualmente y nunca coloca su auto en la cochera de manera que pudiera molestar a otro vecino. Cuando lleva a pasear a su perro, pertenece a los pocos que limpian la vereda que su perro ensucia. Es gerente de una de las cadenas más grandes de supermercados. Realmente es muy apreciado en su compañía en la que escaló posiciones “porque la levantó”, haciendo desaparecer a todos los pequeños comercios de la zona. Al mismo tiempo, dado el gran prestigio del que goza, logró que su empresa donara un pabellón en un hospital del barrio. ¿En qué categoría calificaríamos a este modelo de persona exitosa? ¿Es buena persona?
    Quizás sea oportuno, a esta altura, volver a la historia de Noaj y enfocarnos en el primero de los dos acontecimientos principales que allí se describen. Estos eventos cambiaron la historia de la humanidad radicalmente: el primero fue el diluvio que hizo morir ahogado a todo el género humano que vivía en la época de Noaj (con excepción de Noaj mismo y de su familia) y, posteriormente, la torre de Bavel, en cuyo caso, fue interrumpida la construcción por Hashem y se constituyeron los pueblos e idiomas diseminándose sobre la faz de la tierra.

    Es inadmisible para la mente del hombre aceptar que D”s destruya a todos los mortales. Si hoy nos cuesta aceptarlo, menos lo querían o podían hacer los contemporáneos de Noaj, (obviamente, pues de otro modo debieran haber modificado su proceder), ni tampoco Noaj mismo podía imaginar que la amenaza de destruir a todas las personas se concretaría. ¿No es D”s, acaso, lo más compasivo que la mente pueda concebir?

    “Seguramente” – pensaba Noaj, aun después de haber trabajado durante 120 años en el proyecto del arca que lo iba a proteger, y hasta el mismo momento en que el diluvio efectivamente comenzó (Bereshit 7:7, Rash”í) – pasando a ser de una persona que había sido respetada por haber inventado el arado (Bereshit 5:29, Rash”í) que facilitó la tarea en el campo, a convertirse en el hazmerreír de su generación – “seguramente, esto no debe ser sino una terrible advertencia que nunca se llevará a cabo. Es sólo para asustar a la gente para que se arrepienta. Al final, D”s siempre perdona”.
    Pero no. Esto no quedó en palabras…
    -“¡Noaj!”
    -“Estoy ocupado”.
    -“¿Qué estás haciendo Noaj?”
    -“Estoy construyendo un arca”
    -“¿Qué es un arca, Noaj?”
    -“Es como una casa flotante”
    -“¿Para qué sirve eso?”
    -“D”s va a traer un Diluvio sobre la tierra ¡y todos se van a ahogar!”
    -“Noaj, parala y no hagas chistes, ¿querés que hagamos un curso de natación?”
    Noaj siguió trabajando durante ciento veinte años construyendo un barco que ocuparía lo que sería un cuarto de manzana de nuestra ciudad.

    La pregunta que surge es evidente:
    ¡¿Para qué lo hizo trabajar D”s a Noaj durante tantos años armando un arca en el que de todos modos no caben todos los animales de modo natural y sería necesario recurrir a un milagro?!
    La respuesta reside en que los seres humanos no debemos depender de milagros, sino que debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance.
    ¿El resto?
    Está en Manos de D”s. Él no nos exige lo que está fuera de nuestras posibilidades reales, pero sí quiere que hagamos todo lo que sí podemos llevar a cabo.
    La construcción del arca
    D”s ocupó a Noaj en la construcción del arca precisamente durante aquellos 120 años en los que fue objeto de burla y de amenazas de muerte (por parte de sus adversarios), para que las personas que lo rodeaban puedan recapacitar, cosa que no ocurrió. Al final de todos esos años, se les concedió siete días adicionales. Aun entonces, cuando ya comenzó a precipitarse la lluvia, cayó inicialmente en forma de un aguacero que puede terminar siendo una bendición Di-vina. Pero… no pasó nada. La gente no tenía la voluntad de cambiar.

    ¿Un fracaso? ¿De quién? D”s determinó desde un principio que no obligaría al ser humano a elegir el camino correcto y que Su rol se limitaría a ser su Educador. La total libertad de las personas para elegir su camino moral es, justamente, lo que verifica la imagen Di-vina en ellos. Si toda esa generación obraba mal, pues entonces todo volvería a comenzar a partir de los descendientes de Noaj. El malogro de lo que sucedía, no se puede atribuir a D”s, sino a los seres humanos.
    Lo que sí debemos estudiar, es por qué D”s determinó en aquella circunstancia que esa gente ya no tenía solución.
    ¿Por qué no consideró que quizás podrían arrepentirse en el futuro? ¿Por qué “perdió” la esperanza?
    Aparte de eso: ¿no había otras personas buenas, aparte de la familia de Noaj?
    Si seguimos analizando el texto más de cerca, encontraremos que Rash”í nos dice que en ciertas ocasiones, cuando reinan la promiscuidad y la idolatría, esto lleva a una destrucción de magnitud tal, que no distingue entre “buenos y malos”.
    “¡Qué injusticia!” – pensamos. ¿No decimos que D”s es “Justo en todo su proceder”? ¿Por qué caen los buenos con los malos? Sigamos mirando un poco más. Al describir a Noaj, la Torá no dice que era simplemente “buena persona”. Miremos al comienzo de la crónica, cómo cuenta que Noaj era “justo, íntegro, y se encaminaba con D”s”.
    ¿Cuál es la diferencia entre Noaj y los “buenos” de su generación que perecieron sin merecer sobrevivir?
    La Torá nos dice que si bien pecaban de muchas maneras, lo que selló su destino fue el “Jamás” – robo con violencia. ¿A qué llama la Torá “violencia”?
    Presión. Obligar a otro a vender o a comprar en contra de su deseo. Buscar los agujeros dentro de la ley para ser “inocente”. Llevar “prestado” menos de un mínimo (el valor de una prutá) pues debajo de ese monto no ser puede iniciar juicio legalmente.
    Es decir: robaban con viveza, “dentro de la ley”, con guantes blancos. Nadie se animaría a armar un escándalo por un monto mínimo, por miedo a parecer ridículo. Nadie puede protestar por el hecho de que los adversarios lo llevaron a la quiebra bajando sus precios hasta el punto en el cual él no podía competir, pues, reglamentariamente, actuaron dentro de la ley.
    Imagine que Ud. ha comprado una planta para decorar el frente de su casa. Se tomó el trabajo de obtenerla, plantarla y regarla. Un buen vecino ve la hermosa planta y decide que sería bueno tener una igual en su jardín. Se acerca y le quita un pequeño gajo, que luego plantará al fondo de su casa. “Total” – piensa – “un pequeño gajo no es nada”. A medida que los transeúntes se llevan cada uno un pequeño souvenir de aquella planta, esta va perdiendo su belleza. Ud. lo ve por la ventana y… no le dice nada. “Queda mal” protestar por sutilezas. ¡Cómo se va a quejar por un gajo! Va a parecer ridículo ante la gente. “¿Se queja por un gajito?” Tampoco le dice al otro vecino que lleva a su perro a pasear y le deja un recuerdo en su vereda…

    Los “buenos” de aquella generación entonces, eran aquellos que se consideraban relativamente mejores que otros, es decir que no iban a la cárcel pues actuaban dentro de la legalidad, y no se les podía imputar ninguna trasgresión. Sin embargo, D”s no creó a los seres humanos simplemente para que no vayan a la cárcel. La expectativa de D”s con respecto a cualquiera de nosotros, es que seamos como Noaj, “justos, íntegros, encaminados con Su voluntad” “tzadik, tamim… et haElokim hithalej Noaj”. Ser mejores que otros, significa muy poco ante D”s. Dado que toda la generación ya había caído en aquella filosofía de vida reglamentaria, no cabía la esperanza de que su conciencia le exigiera más. El “techo” máximo de espiritualidad ya estaba puesto.

    Más allá de Noaj, nadie, ni siquiera los “buenos” entre ellos, querrían llegar. Al desaparecer la voluntad de vivir como seres creados a imagen Di-vina, la única opción fue comenzar todo de nuevo. ¿Ud. se sigue preguntando por qué los candidatos son los que son? Quizás la respuesta sea que no son más que una fiel imagen de lo que es la sociedad a la que dicen representar. No nos gusta mirarnos en el espejo. Nuestra sociedad vive con la publicidad del tabaco, a pesar que sabe que crea vicios – y no lo denuncia. Nuestra sociedad vive con la abundancia de diarios, revistas y publicaciones televisivas obscenas, avisos publicitarios sugestivos por todos lados, lo cual, aparte de lo antireligioso, aporta a la insatisfacción conyugal, destrucción familiar, a la promiscuidad, a la propagación del S.I.D.A., a los abortos clandestinos, provoca el estímulo principal que lleva a las violaciones, etc., pero no lo denuncia.
    Nuestra sociedad sabe que el capitalismo salvaje destruye al individuo y a su dignidad al quitarle los medios para trabajar dignamente, pero no lo ayuda. La hiper-publicidad por bienes y servicios de una población cada vez más materialista, crea más miseria que la supuesta “calidad de vida” que pretende vender, y ¿a quién le importa?
    ¿Qué dice Ud.?: “Que no se puede cambiar todo…” No lo sé.
    Sin embargo, seguro que no somos lo “lindos” que proclamamos ser. Por lo menos, aprendamos a lavarnos la cara y reconocernos.

    QUIEN REMÓ CONTRA LA CORRIENTE
    Si bien no acostumbramos ver en la persona de Noaj un antecesor del pueblo judío, pues pertenece a la humanidad que vivió antes de Avraham, no dejamos de invocarlo en nuestras plegarias tanto de Rosh HaShaná como en las de Hoshaná Rabá y pedimos protección y lluvia en su mérito.

    Es verdad, Noaj no llegó a la grandeza de Avraham.
    Rash”í trae tanto la opinión de aquellos que señalan que Noaj no hubiese sido considerado como un personaje especial si hubiera sido contemporáneo de Avraham, como la de aquellos que reconocen en él al único que pudo mantenerse digno dentro de una generación corrupta, lo cual no es poca cosa. Aprendamos algo más sobre quién fue Noaj, y la enseñanza que nos legó.

    “Diez generaciones transcurrieron desde Adam hasta Noaj, para que aprendamos cuánta paciencia tuvo el Todopoderoso con aquellos que Lo intentaron enojar hasta que trajo el diluvio sobre ellos.” El mundo que precedió a Noaj había fracasado en lo moral. Primero se corrompió la línea de los descendientes de Caín. A partir de la maldición de la tierra, cuando Adam fue echado del Gan Eden, trataron de revertir la maldición haciendo de este mundo un lugar más confortable. No lo lograron. Tal como lo demuestran los hijos de Lemej (descendiente de Caín), los seres humanos inventaron un mundo tecnológicamente superior, pero moralmente vacío (como lo demuestra también el objetivo siniestro de la bigamia del propio Lemej). Luego se contagiaron los primos que provenían de Shet cuyos matrimonios “mixtos” (entre los de Caín y los de Shet) sólo contribuyeron para “nivelar hacia abajo”.
    Cuando apareció Noaj en escena, ya estaba instalada la corrupción en toda la sociedad.
    El desafío de Noaj
    La situación de Noaj no era la de un privilegiado.
    Tenía que soportar las burlas de sus contemporáneos, quienes se mofaban y amenazaban con destruir el arca si lo veían a Noaj ingresar en ella. Asimismo, tenía la ardua tarea de reunir los alimentos para todas las distintas dietas de animales y aves, como así también alimentarlos durante el año que estuvieron encerrados en la nave por el diluvio. (Si tiene dudas, vaya al zoológico y averigüe cuánto comen los elefantes, hipopótamos, rinocerontes, etc.).
    Que esta misión no le resultó en absoluto fácil, lo encontramos en el versículo “Vaieshaer aj Noaj” (y quedó “aun” Noaj), del cual deducen los Sabios que quedó herido por el peso del trabajo. El arca ha sido siempre una fuente de inspiración para artistas que intentaron diseñar el arca con los animales y Noaj, siempre anciano con una larga barba blanca…, y siempre contento.

    Mas los Sabios, luego de afirmar todas las virtudes de Noaj, también nos cuentan de sus errores. Cuando Noaj salió del arca y se encontró con un mundo desolado, encaró a D”s y le reclamó por haber destruido todo. (Hasta que a uno no le atañe enfrentarse con la soledad, no sabe lo que es).
    D”s le respondió: “¿Ahora te acuerdas? – ¿cuando ya está todo perdido? – ¿y por qué no pediste por ellos antes?”

    Y, en realidad, a diferencia de Avraham – quien suplicó a D”s por los habitantes malvados de Sdom – Noaj simplemente obedeció al construir el arca y no pidió por su generación. Seguramente, como en el caso de Avraham, su rezo no hubiese revertido la situación, lo cual no lo exime de intentarlo. (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l). A su vez, Noaj, aun en el arca, envió inicialmente al cuervo para conocer la situación de la tierra. El cuervo se resistió. Al ser la única pareja en salvarse de entre toda su especie, temía que si le llegara a suceder algo quedaría el mundo sin cuervos. “¿Y quién te necesita?” – le contestó Noaj. (Ialkut Shim’oní)

    El ejercicio del poder logra emborrachar aun a algunos de los más santos. Después de un año de servicio abnegado a la futura humanidad, Noaj no quedó exento de esta debilidad de los humanos.
    La respuesta no tardó en llegar. Al rato, envió a la paloma con la misma misión. En su primer recorrido, la paloma volvió “con las manos vacías”. Sin embargo, una semana más tarde le trajo a Noaj hojitas de olivo en su pico (¿símbolo de la paz?). ¿Qué quiso decir la paloma a D”s? “Amo del mundo – prefiero que mi alimento sea entregado por Tu mano aunque sea amargo (como la oliva), y no dulce y de manos de seres humanos”.
    Hasta los propios animales pueden percibir la soberbia de los hombres.
    Un nuevo orden
    Noaj salió del arca, construyó un altar y trajo ofrendas a D”s. D”s pactó con él que se modificaría el clima del planeta pero que no volvería a ocurrir un nuevo diluvio sobre la tierra, aun si la humanidad pecara y, a su vez, volvió a impartir las 7 leyes de ética universales que obligan a todo ser humano.

    Sin embargo, allí no termina la historia.
    Noaj comenzó a reconstruir el mundo, se volcó a la agricultura y lo primero que decidió sembrar fue una vid. No faltó mucho y Noaj estaba tirado en el piso de su tienda, desnudo y borracho por el vino que había bebido. Al querer disponer de la vida de los demás (del cuervo), perdió hasta el control sobre si mismo. (Be’ayin Iehudit I).
    A partir de allí, Noaj transmitió a sus hijos (Shem, Jam y Iefet) una profecía que caracterizaría el futuro de la descendencia de cada uno de ellos. Después de esto, ya no escuchamos nada acerca de la vida de Noaj. Si bien vivió hasta después de la edificación de la torre de Babel, tanto él como los otros tzadikim de su época, temieron oponerse abiertamente a Nimrod, el ideólogo de la construcción de la torre. Nuevamente, transcurrieron diez generaciones esperando que aparezca la persona que tuviese la voluntad de “remar contra la corriente” y desafiar al mundo con la verdad.
    Ese fue Avraham, pero faltaba aún que “corra mucha agua bajo el puente…”.
    EL RIESGO DE ESTAR EN EL PODER
    A medida que todo cambia, todo sigue quedando igual.
    Las caras de los personajes se van sustituyendo, pero no se modifica el modo de actuar.

    Una de las pocas referencias que tenemos en la Torá acerca de la vida en la antigüedad, es la longevidad que tenían las personas del mundo que existió antes del Gran Diluvio de la época de Noaj. Dada la enorme diferencia que existe en la edad a la que llegaba la gente en aquella tan remota era y la nuestra, esta situación siempre llama la atención.
    ¿Por qué vivía la gente tanto (y qué haría en tantos años…)? ¿y por qué abruptamente se redujo el plazo de vida para los seres humanos después de aquella infausta instancia inicial?

    Por un lado, podemos atribuir la disminución en la edad, posiblemente a los cambios climáticos que D”s hizo devenir en la tierra a partir del Diluvio. Sin embargo, esta respuesta no nos da una explicación moral al cambio estipulado.
    Sin obstar a esta primera respuesta, Rav Sh.R. Hirsch sz”l nos explica que uno de los factores que permitió un deterioro ético tan pronunciado en las generaciones previas a Noaj, fue precisamente la longevidad a la que accedían las personas.
    La permanencia en el poder de los mismos individuos por un término tan extenso, lograba que se incrustaran en sus funciones, sin que haya cuestionamientos ni posibilidad de recambio.

    En su explicación al pasaje de Bereshit (8:21), expone en su comentario que la naturaleza y la motivación prístina de los jóvenes suele ser pura y justa, aun cuando nos pareciera que son también cuestionadores. Esta última condición les suele valer el nombre “na’ar” en hebreo, relacionado etimológicamente con el verbo “lena’er”, que significa sacudirse. En otras palabras, la propensión de los adolescentes, tal como D”s los creó, es no aceptar los sistemas y las consignas sin que cumplan una lógica correcta. Esto no está mal en sí, pues – como veremos – es el mecanismo de traer “aire fresco” de justicia a la humanidad. Así lo dice en el pasaje del Tehilim (8:3), que “(D”s) de la boca de los lactantes fijaste Tu fuerza”.

    Si bien los jóvenes nacían puros también en aquella época y sin el perjuicio de la degeneración que suelen sufrir los más maduros, no llegarían a “tener voz y voto” en lo que sucedía en el mundo, hasta que ellos mismos – durante el transcurso de tanto tiempo – se corrompieran al igual que los veteranos.
    A partir del diluvio, la vida de la gente se fue acortando de manera tal que nadie pudiera ejercer el mando eternamente. Desde entonces, las nuevas generaciones podrían acceder al poder y derrocar a sus mayores antes de corromperse ellas mismas por el mal ejemplo al que se irían acostumbrando con el correr de largos años que habían estado sus predecesores.

    La gesta ambiciosa por el poder interesado es atroz. Lo vemos todos los días.
    En las elecciones para ejercer cargos públicos cunde el desprecio y la exposición de los errores, faltas e incorrecciones reales y supuestas de los adversarios, más que cualquier propuesta seria de los que los votantes necesitan. Este fenómeno se da con la connivencia del público que (en gran parte) ni siquiera prestaría atención a propuestas concretas (quizás también por no creer en los candidatos), y prefiere el “espectáculo” de pelea que se asemeja más al “show” personal al que se ha convertido su vida personal y las comedias mediáticas (con sus fascículos diarios) y que se han traducido hasta circunstancias criminales de renombre nacional.

    Rav Eliahu Dessler sz”l (en el primer tomo de Mijtav Me’Eliahu – Kuntres haJesed) cuenta que en cierto momento, cuando estaba en los países fríos nórdicos, se encontró con una escena muy particular:
    Una manada de lobos estaba persiguiendo una presa para comerla. Finalmente la abatieron y querían consumirla. Sin embargo, los lobos eran muchos y no alcanzaría para todos.
    Comenzó entonces la riña. Se mordían y desgarraban entre ellos. Esto duró un tiempo, hasta que los más débiles habían caído moribundos en la nieve. Aun entonces, los más fuertes que habían quedado, no querían compartir la rapiña. Comenzó nuevamente la disputa de mordeduras y rasguños entre los más fornidos, hasta que, por último, el más recio de todos, huyó con el botín en sus fauces. Él también estaba muy lastimado en todo su cuerpo – a raíz de las mordeduras que había sufrido durante la refriega…

    Mientras los lobos son lobos, es la naturaleza que D”s les otorgó. Cuando los “lobos” son seres humanos, sabemos que la aventura egoísta por llegar y mantenerse en el poder, está lejos del ideal por el cual D”s nos creó. A esta altura, no convencen ni los sloganes ni las palabras huecas que dicen o gritan los candidatos.

    ¿Y qué relación tiene todo esto con nuestra vida – más allá de la obligación cívica de participar en los comicios?
    La dificultad radica en permanecer ajeno a las actitudes que no nos incumben y se constituyen en la oficialización de la bajeza humana, aun siendo parte de una sociedad que nos acogió y a la que debemos aportar con esfuerzo ciudadano y con buena conducta.

    La Torá cuenta que cuando los israelitas se acercaron a la frontera con Edom, pidieron atravesar su país para ingresar a la Tierra de Israel. Los edomitas se negaron, y el pueblo debió circunvalar su territorio para alcanzar la Tierra, por otra vía. Sin embargo, en esa coyuntura perdieron a Aharón, hermano de Moshé y también líder del pueblo de Israel.
    ¿Por qué?

    Responde Rash”í (Bamidbar 20:23) que por el mero contacto con los edomitas (sin siquiera traspasar su país), los hebreos se “contagiaron” de sus acciones y cayeron moralmente. ¿Podremos – o querremos – nosotros salir ilesos e incontaminados de los embates diarios del día a día, y no copiarlos en nuestra vida doméstica y comunitaria?

    Nos queda una gran incógnita: ¿es irreversible esta situación?
    El profeta Ieshaiahu (65:17-20) nos dice y pronostica que no será así. En las profecías de consuelo, nos presagia que “crearé nuevos cielos y una nueva tierra… y recién a los cien años de edad sería responsable de sus acciones…”. (Las palabras de los profetas no deben ser tomadas en su traducción literal, y no sabemos la práctica de las mismas hasta que los sucesos que se describan acaezcan en la realidad – Ramba”m, Hil. Melajim 12:2).

    La humanidad no está condenada al canibalismo político o económico ni a la incrustación permanente de regímenes autoritarios. La libertad, a la que aspiramos en este sentido, radica en permanecer libres de réplica de actitudes nocivas del egoísmo humano.
    Esperemos merecer ser realmente libres.

    UNA COSA MARAVILLOSA…
    ¿DE QUÉ COLOR?
    La humanidad había fracasado. Después de 1656 años de creado el género humano, responsable de toda la Creación, se llegó a un punto de corrupción tal, que su fin se volvió irreversible. Los seres humanos habían tenido hasta entonces una situación muy cómoda y un clima perpetuamente primaveral. D”s decretó su destrucción, previamente advirtiéndoles sobre el fin que se acercaba progresivamente, agonizando la humanidad por las consecuencias del mal que se había instalado en el poder.

    Una vez concluido el diluvio, D”s modificó el ámbito en el cual iba a desarrollarse la “nueva” humanidad desde ese momento en adelante. Como vimos recién, se acortó el período de vida para los hombres, y habrían de experimentar los cambios de las estaciones anuales. Para educar al ser humano, D”s tomó otras medidas y pactó nunca más exterminarla del modo en que lo había hecho en el diluvio. Como señal de esta determinación, nos dedicó el arco iris.

    El arco iris es uno de aquellos efectos naturales que provocan curiosidad. ¿Será porque aparece en muy pocas ocasiones? ¿o se debe a sus colores?
    De todos modos, vemos que despierta interés. En muchos libros y diseños infantiles aparece el arco iris como un símbolo de encanto y hermosura.

    Los judíos recitamos una bendición al avistar el arco iris, del mismo modo en que bendecimos a D”s al divisar otros fenómenos de la naturaleza que vemos ocasionalmente. En este caso, la bendición es: “Bendito Eres… Quien recuerda el pacto, es Leal a Su pacto y firme en Su palabra”.
    Una bendición un tanto extraña que hace alusión al pacto que cerró D”s con la humanidad después de la destrucción, producto del diluvio. Dado que el arco iris tiene un significado especial como veremos más adelante, quien advierte la presencia del arco iris, preferiblemente no debe anunciar su presencia al compañero (Mishná Brurá 229:1). La pregunta obvia es porqué el Todopoderoso eligió precisamente el arco iris para utilizarlo como elemento de pacto con los seres humanos.

    Rav Iosef Albo, autor del Sefer haIkarim (Libro de los Fundamentos), explica que D”s es comparado frecuentemente con la luz, denominado Or Israel (La luz de Israel), y permite que Su Rostro se ilumine hacia nosotros (en la bendición de los Cohanim). Esta alegoría significa que del mismo modo que la luz no puede ser negada a pesar de no ser una sustancia material y que la esencia de la luminosidad sea enigmática e insondeable, así tampoco se puede contradecir la Existencia de D”s, a pesar de que D”s no se pueda describir con la materia y ser Su esencia inexplicable para el raciocinio humano.

    A partir de esta explicación, sigue exponiendo el significado del versículo que está en la descripción de Ma’asé Merkavá (“Visión del Carro Di-vino”) en el primer capítulo de Iejezkel (1:28): “Así como el aspecto del arco iris que está sobre la nube el día de lluvia, así también es la apariencia del resplandor alrededor. Aquel fue el aspecto de la semblanza de la Gloria del Eterno”.
    Esto quiere decir que del mismo modo en que los colores del Arco Iris no son materiales – dado que el color no está dentro de las minúsculas gotas de lluvia – sino que solo se muestran como tales al ojo humano, así también todos los atributos con los cuales D”s se manifiesta al ser humano, no son cualidades inmanentes de D”s, sino los modos en que nosotros Lo podemos percibir, mientras que Su Esencia permanece inexplorable. De esa manera se entiende también lo que dice el Talmud (Jaguigá 16.), que “aquel que observa el Arco Iris, sus ojos son débiles”, se refiere a que está contemplando algo que en la realidad concreta no está…

    Si bien el arco iris es producto de la impresión visual causada por la luz fraccionada al atravesar un prisma y ya existió (según muchas opiniones) antes del diluvio, D”s lo eligió para que sirviera como recordatorio – para nosotros – que no somos destruidos por culpa de nuestros actos deficientes, solo por el hecho de que D”s así lo prometió. A raíz de este concepto se señala que en las épocas de ciertos tzadikim no apareció el arco iris en el firmamento (Rash”í, Bereshit 9:12).

    Los colores del arco iris
    Los colores del arco iris van desde el rojo hasta el celeste/violeta (Tejelet), es decir, desde lo más terrenal – el rojo – cuya luz es la menos desarticulada dentro de la gama de colores – hasta el Tejelet que es el color que se agrega a uno de los hilos del Tzitzit (hoy en día, carecemos del conocimiento acerca de cuál es la criatura acuática de la cual se debe extraer la tintura para teñir los flecos del Tzitzit, por lo cual observamos solamente el resto de la Mitzvá, es decir, el Tzitzit sin flecos violetas). Por más sombrío y tenebroso (al igual que el día densamente nublado) que pudiera parecer el futuro de la humanidad, D”s la guiará hacia su objetivo existencial, pues Su Merced y Gracia siempre están presentes (Rav Sh. R. Hirsch). Asimismo, D”s se manifiesta y se vincula a través de toda la gama de seres humanos – por distintos y variados que sean.

    El color rojo – que se parece a la sangre – lo encontramos en la comida que deseó Eisav, hermano de Ia’acov, quien optó por el aspecto carnal, material y terrenal de la vida, en lugar de una conducta espiritual (Bereshit 25:30). Asimismo, la vaca roja con cuya ceniza mezclada con agua de manantial se purifica a los impuros, es una vaca que “nunca llevó sobre sí un yugo” (que equivale a la falta de asumir responsabilidad). (Bamidbar 19:2)

    Por otro lado, la Torá nos dice que al ver los Tzitzit suspendidos de nuestras prendas, “recordaremos todos los preceptos ordenados por el Todopoderoso y los obedeceremos”. ¿Cómo sucede esto? Los Sabios nos enseñan que el tono del Tejelet se parece al reflejo del mar y éste se asemeja a la imagen del firmamento. Este, a su vez, se iguala al Trono Celestial (Talmud Menajot 43). De esta manera, al vestir el Talit, la persona tiene presente a su Creador y, por consiguiente, recuerda todas sus obligaciones corrigiendo así su modo de vida.

    Ahora bien. Ud. se puede preguntar porqué uno ve el color celeste o violeta en distintos materiales, y, sin embargo, no le produce este efecto. La posible respuesta radica en que el resultado del que habla el Talmud no es una indefectible consecuencia milagrosa. Para que el color celeste le recuerde la Omnipresencia del Todopoderoso, debe existir previamente el deseo interno de la persona de estar cerca de D”s. Si así ocurriera, entonces todo elemento que tuviese aun una semblanza remota con D”s, le haría recordarLo…
    La forma (arqueada hacia el cielo) que D”s le dio al arco iris, señala la voluntad de D”s de que nunca más la humanidad deba ser castigada. A diferencia de la percepción que tienen algunos de cómo se entiende a D”s, la Torá claramente muestra como D”s no desea que el ser humano sufra. Si este se merece experimentar padecimientos, esto es solamente el fruto de su propia conducta.

    La Mishná en Pirké Avot (5:9), dice que diez elementos fueron creados el sexto día de la Creación al atardecer (en el momento de transición entre los seis días de la Creación física y el primer Shabat). Todos estos integrantes de la Creación son factores del mundo físico, pero su propósito se asemeja más al del Shabat: su función corresponde a entrenar al ser humano en su destino moral. Uno de aquellos elementos es el arco iris.
    Vimos, entonces, que más que algo estético o hermoso en colores, el arco iris, como “todo lo que D”s creó correcto en su debido momento” (Kohelet 3:11) cumple su rol por su forma y los colores que posee.

    (Parte del texto de este capítulo ha sido extraído de la prédica de mi padre, el Rav Iosef Oppenheimer sz”l, de Parshat Noaj 5721)

    PRIMERO EL AGUA, Y LUEGO… EL VINO
    “Noaj y su familia encontraron gracia a ojos de D”s” (Bereshit 6:8).
    Cuando el Todopoderoso determinó que la maldad humana había alcanzado niveles irreversibles y debía ser aniquilada y vuelta a establecer, la familia de Noaj (su esposa, sus tres hijos y respectivas nueras) serían las personas mediante las cuales la humanidad se volvería a fundar.
    Después de 120 años de construcción del arca, Noaj ingresó a ella y permaneció allí durante un año, con su familia y con los animales que sobrevivirían al diluvio.

    Una vez acabado el diluvio, llegó el momento de comenzar la reconstrucción del mundo.
    Noaj empezó un emprendimiento agrícola: “Plantó un viñedo” (Bereshit 9:20).
    Bajo circunstancias comunes, este hecho hubiese sido una labor rural como tantas otras.
    En este caso, era diferente: fue la primera tarea a la que Noaj se lanzó. Al haber pan que representa la base de la alimentación, la uva y el vino lo complementan. Pero el trigo no estaba sembrado aún.
    Según las palabras de los Sabios, Noaj se degradó con este comienzo.
    Las consecuencias no se hicieron esperar. Bebió el vino, se embriagó y se expuso desnudo en su tienda (o en la de su esposa).

    Lo que siguió fue un grave desprecio hacia el señero patriarca por parte de su propio hijo Jam. Dado lo escueto de los pasajes de la Torá, hay una diferencia de opiniones entre los Sabios acerca de cuál fue exactamente el acto de Jam y cuál fue el protagonismo de Cna’an (el hijo de Jam) en este episodio. Algunos dicen que su desprecio fue la burla al mirar al padre en su miseria, gozando de la situación y narrando jocosamente a sus hermanos lo que había presenciado. Otras fuentes opinan que castró a su padre, mientras que algunos Sabios expresan que lo vejó. También hay una discusión rabínica acerca de los motivos que impulsaron a Jam.
    Reacciones distintas de los hijos de Noaj y sus consecuencias
    Los hermanos – por iniciativa de Shem y seguido por Iefet – se acercaron, ingresando al aposento del padre caminando de espaldas para evitar mirar a este en aquel estado de desdicha, y lo cubrieron con una prenda.

    La acción de cada uno de ellos y el nivel de esmero fue recompensado por D”s, cada uno de acuerdo a su gestión, y en cada caso el resultado estuvo relacionado con el cuidado y valor de la dignidad del cuerpo humano (Rash”í):
    1. Los descendientes de Shem (que fue quien tomó la decisión y desafió a Jam) fueron galardonados con el precepto de los Tzitzit (que se colocan en las puntas de las vestimentas y que confieren un significado espiritual a las prendas y a los cuerpos humanos que están destinadas a cubrir).
    2. Los de Iefet merecerán una sepultura digna en la guerra (futura) de Gog (Iejezkel 39:11).
    3. Los de Jam, en cambio, serán conducidos a su exilio desnudos y descalzos (Ieshaiahu 20:4).

    Noaj supo lo que había sucedido durante su borrachera (se enteró por una visión profética, o entendió que Jam había sido quien lo humilló a raíz de los antecedentes que tenía de él, cuando – según el Midrash – violó la ley de abstinencia matrimonial durante la travesía en el Arca).

    Fue en aquel momento, que Noaj vaticinó una profecía que tendría vigencia para todas las épocas (Bereshit 9:25-27 – Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    Antes de continuar, debemos esclarecer etimológicamente los nombres de estos hijos:
    1. Shem – en hebreo – significa “nombre”, y la sabiduría de definir las cosas según el propósito para el que fueron creadas, está íntimamente vinculada al intelecto de la persona.
    2. Iefet – en hebreo también – está relacionado con la estética y la apertura del ser humano a percibir y expresar artísticamente sus impresiones (Iofi = belleza).
    3. Jam – por último – expresa calor, y en términos humanos representa la pasión y efusión que imprime la persona a sus acciones.

    Todos ellos eran hijos del hombre que la Torá caracteriza como “Tzadik, tamim” (Bereshit 6:9) y aun así tuvieron caracteres tan disímiles.
    D”s decretó que los tres debían sobrevivir al diluvio, o sea, todos podían y debían ser parte del mundo, y sublimar su esencia al servicio del Todopoderoso.
    En un sentido alegórico, las tres características son parte del ser humano y funciones inherentes a su existencia, y D”s determinó que así fuese.

    En aquel momento la posteridad de los tres hijos de Noaj fue presagiada:
    1. Jam – (en su hijo Cna’an) fue maldecido y declarado esclavo de sus hermanos.
    2. Shem –fue bendecido con un futuro en el que lo más eximio de su descendencia (en la forma del patriarca Avraham) sería portador de la Palabra de D”s, – y Cna’an sería su esclavo.
    3. Iefet – también fue bendecido con la capacidad de su prole (Grecia) a la percepción de las artes – permitiéndole participación para que su obra adorne las Tiendas de Shem (en las que More D”s), – y Cna’an sería también su esclavo.

    Si volvemos al significado metafórico, veremos que la sensualidad es riesgosa cuando es la que establece la trayectoria de la gente, aun más al estar manifiesta públicamente y, por lo tanto, fue “esclavizada” a los otros hermanos.
    Las naciones que dispusieron su actitud – llevados por el enardecimiento de sus pasiones, arrasaron y dejaron solamente destrucción y desolación a su paso.
    Únicamente cuando la pasión, el entusiasmo y el ímpetu están sometidos y regidos por el intelecto, entonces cumplen el rol de enaltecer y profundizar lo que el entendimiento manda: “está sedienta de Ti mi alma…” (Tehilim 42:3, 63:2).

    También han existido aquellas naciones que han dedicado sus energías a la beldad cultivando las artes y la estética, respondiendo al discernimiento de que debe haber un ideal superior, al que se debe aspirar. Este criterio los ha llevado a vestir sus apetitos físicos más ásperos con un manto de elegancia. Guiados por sus nociones de gracia y belleza, se han dedicado a actividades intelectuales y espirituales tales como la poesía, la música y las artes delicadas – expresando aquello que fue adjudicado a Iefet.
    Sin embargo, aun la estética como medio de educación, no es el mayor bien al que se puede aspirar, pues aquella cultura que provee al individuo una creciente satisfacción de sus apetitos, como único parámetro con el cual se miden las actividades humanas, sin proporcionarle objetivos que lo trasciendan, no puede perdurar y se consumirá en si misma.
    Solamente un ideal que permita al ser humano elevar su espíritu al conocimiento, y su emoción al discernimiento de lo que es verdaderamente bueno y cierto, lo puede conducir a cumplir su auténtica misión.

    D”s mora en las Tiendas de Shem y el objetivo humano es construir un espacio terrenal para la Shejiná (“morada” y “vecindad”) de D”s, permitiendo con su quehacer, la evidencia de la proximidad de D”s a la actividad de las personas.
    Las enseñanzas a futuro
    ¿Por qué la Torá nos ha narrado este extraordinario episodio de Noaj?

    Ramba”n deduce de esta historia que incluso una persona del calibre de Noaj, que tuvo el mérito de salvar y continuar la humanidad, no pudo abstenerse de sucumbir ante el placer del vino, lo que denota una responsabilidad aun para aquel que ha tenido una trayectoria brillante, a no sentirse “a prueba” de errores. Asimismo, nos hace saber los riesgos del vino y de otros excesos.

    Un punto más: la Torá repite una y otra vez que Jam dio lugar a la gestación y al desarrollo de Cna’an (Bereshit 9:18). ¿Qué significa esto?

    El castigo que los hijos sufren por haber despreciado a sus progenitores, se suele plasmar en la falta de respeto que luego sufrirán ellos mismos a manos de sus propios hijos, quienes a su vez, también ridiculizarán su modo de vida.
    Aun si los hijos llegaran a conocer ciertos defectos de sus padres, deben saber cubrir los aspectos no deseados – no como Jam, que gozó al observar a su padre en su ignominia – y sí, en cambio, emular deferentemente todos los buenos ejemplos que ellos – y los antepasados de generaciones anteriores – les brindaron y el rumbo espiritual que les legaron. Esto permite que las sucesivas generaciones alimentadas por las raíces de su estirpe, crezcan progresivamente para perfeccionar su conducta. (Rav Sh.R.. Hirsch sz”l).

    La actitud de Jam fue copiada una y otra vez en la modernidad, en particular por aquellos que buscan convalidar su libertinaje basándose en el hecho de que en épocas anteriores existían duplicidades éticas, y que detrás del manto ético que se pregonaba, muchos individuos violaban sus propias normas morales declaradas. Así, so pretexto de las hipocresías de las generaciones previas, auspician un abismo y una anarquía moral en la que “todo vale”.

    Claro que son todas excusas de poco valor. Pero: ¿habrá algo de razón en sus argumentos?
    Sin duda que no.
    Aun si en distintas civilizaciones las personas predicaban conductas correctas, pero que no querían o sabían sostener en la práctica, este mal es menor que el directamente no sostener criterios claros y firmes de lo que es el bien y lo que es el mal – como suele ser en la actualidad en la que todo es aceptable y no hay espacio para cuestionar comportamiento alguno, pues toda forma de conducta debe ser admitida bajo la amenaza de ser declarado un “discriminador”, fanático e intolerante.

    Por último: este es el primer sitio en el que la Torá menciona la esclavitud – y precisamente no en términos de ser prisionero subordinado de terceros, sino sometido a las propias apetencias.
    Frente a esta actitud, Shem lo enfrentó pavimentando el camino para quienes deseen – libremente – crear una Morada para D”s en este mundo.

    LAS NACIONES des-UNIDAS
    La familia de Noaj se había multiplicado y después de 300 años ya era un verdadero pueblo numeroso – el único que habitaba la tierra – todos viviendo en un solo lugar, todos hablando un solo idioma – el idioma Di-vino (el hebreo de la Torá).

    Si bien inicialmente habían abandonado el Monte Ararat, donde se había posado el Arca de Noaj, para dirigirse a la Tierra de Israel (reconocían la singular santidad de aquel sitio, perfectamente propicio para el cumplimiento de las Mitzvot y sentirse cercanos a D”s), los descendientes de Noaj fueron disuadidos de aquel noble ideal por quien los regía demagógicamente (Rav Avigdor Nebenzahl shlit”a).
    Estaban gobernados por un rey: Nimrod, quien accedió por mano propia y ejercía el poder en forma absoluta (Eruvin 53., Julin 89., Torat Cohanim Bejukotai 2:2). Todos, absolutamente todos, debían responder a su orden. Y era realmente popular. Sus buenas ideas contagiaban a todos sus contemporáneos.

    Repetían sus sloganes. “La unión hace la fuerza…”, “los hermanos sean unidos…”, “un pueblo unido, jamás será vencido”.
    ¡Qué bárbaro, qué hermoso!
    Sabiendo que la violencia había sido el motivo por el cual la generación del diluvio fue destruida, el “nuevo orden” de unión y fraternidad universal vaticinaba un mundo realmente mejor. Fue así que, por orden del rey Nimrod, se asentaron todos en el valle de Shin’ar (Babilonia) y comenzaron a construir una ciudad con una gran torre, que debía llegar hasta el mismísimo cielo. ¿Para qué?

    Así decían: “…hagámonos un nombre (seamos famosos), para no dispersarnos sobre la faz de la tierra…” (Bereshit 11:4). Estemos unidos para no dispersarnos… El versículo no nos cuenta ante quién querían hacerse famosos (no existían posibles adversarios, pues ellos eran los únicos que habitaban la tierra), ni porqué era tan terrible que la gente se dispersara.
    Al no haber piedras aptas para la construcción en Shin’ar, ¿cómo harían para llevar adelante semejante proyecto?
    Inventaron el ladrillo. Quemar “lo que sea”… con tal de lograr su objetivo y construir su torre. Nada impediría que se realice la obra (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    Coaliciones perversas
    Lo cual nos da para pensar. ¿Es importante la unión entre las personas?
    Pues sí.
    ¿Por qué?
    Porque los individuos somos vulnerables y no podemos auxiliarnos por nuestra propia cuenta en caso de enfermedad, soledad o peligros externos. Mientras que, estando unidos, podemos hacer un frente en común para defendernos y ayudarnos mutuamente.

    Sin embargo, ninguna de esas laudables preocupaciones se menciona en el caso de esta gran edificación. Es más, cuando la Torá nos relata acerca de Nimrod, que era un “gran cazador delante de D”s…” (Bereshit 10:9) (– ¿qué lugar del mundo no es “delante de D”s” y qué tiene que ver el hecho de ser cazador con D”s?), los Sabios ya nos aclaran que su “caza” no se reducía a la captura tradicional de animales, sino que estaba destinada a “las mentes de las personas”, es decir, que sabía embaucar a la gente con sus ideas monárquicas y esas brillantes y pícaras iniciativas conducían a confundir a la población para causar una rebelión unificada en contra de D”s (Rash”í).
    “Marcharon (miKedem) del este” – que en hebreo también se entiende como un premeditado intento de alejamiento de D”s.

    El Midrash nos describe, a su vez, una de las particularidades de esta inaudita construcción: la gente lloraba ante la pérdida de un ladrillo, más que por la caída de una persona accidentada en la obra (Pirkei d’Rabi Eliezer 24).

    El individuo no se apreciaba. La tecnología, sí.
    Lo único que valía en aquel momento era el proyecto “conjunto”.
    De a poco vamos entendiendo entonces qué es lo que sucedía: un rey logró cohesionar a su población para que no se disperse, mediante el slogan de estar unidos y tener fama para luchar en contra de… D”s (!).
    ¿Contra Quién?
    ¿Toda la humanidad en contra de D”s?
    Eso era lo que Nimrod quería lograr. No solamente eso, sino que buscaba asegurarse de que esta vez no hubiera un “disidente” al estilo de Noaj que pueda “encontrar gracia en los ojos de D”s” (Bereshit 6:8).
    Por lo tanto era importante estar bien unidos y no dispersarse. (Obviamente, solo en la mente de un idólatra, D”s puede ser considerado un “adversario”).

    Sin embargo, Nimrod necesitaba explicarle a la gente de algún modo un motivo alternativo que esclareciera el diluvio y que no redunde en definiciones Di-vinas morales.
    Eso no es tarea fácil, pues en el conciente colectivo de la población, estaba muy presente que había sido causado por malogros espirituales.
    Es más: el propio Noaj y su hijo Shem, testigos oculares del diluvio, estaban aún vivos. ¿Cómo quitar de la gente la lección moral de lo que esto representaba?
    Ciencia apócrifa
    A tal fin, la “ciencia” hizo lo suyo. Desarrollaron teorías nuevas y fascinantes…
    Era solamente cuestión de explicar el diluvio en términos racionales y científicos, que echaran por tierra las viejas “presunciones” religiosas en el sentido de que había sido un castigo de D”s.
    En los nuevos manuales escolares se leía: “Una vez, en cada 1656 años (el tiempo entre la Creación y el Gran Diluvio), los cielos ceden a la presión del agua acumulada…” – se explicaba con certeza absoluta. Por lo tanto, y para prevenir un nuevo tsunami universal, había que ser precavido y preparar para las generaciones venideras.
    “Hagamos soportes al cielo” – se decía.

    Otras teorías, que coincidían con la importancia de la gran edificación, anunciaban que desde la torre se podría “abrir los cielos para provocar lluvia” – cuando fuese necesario – un método que garantizaba la precipitación con más regularidad que simplemente rezarle a D”s y depender de Él.

    Se emplearon todos los métodos al alcance del gobernante: seducción a algunos, e intimidación a los disidentes manifiestos al proyecto.
    Quien dudaba que la torre fuese necesaria y prioritaria, debía callar. Si no, corría riesgo.

    Puesto que nosotros conocemos y estudiamos este evento desde una perspectiva tan lejana, nos cuesta entender que los contemporáneos de Nimrod estuviesen dispuestos a ser engañados con tanta facilidad. Sin embargo, sépalo, querido lector, que la gente tiene esa tendencia. “Para qué pensar yo mismo, si lo puede hacer otro por mí, sin que yo me ‘gaste’ el cerebro” – es una actitud muy difundida.
    Al mismo tiempo, se requiere un alto grado de voluntad para ser el único que se oponga a los slogans que estén de moda…
    Para el ciudadano promedio, el facilismo es “seguir a la manada” sin cuestionar (uno ya tiene tantos problemas en la cabeza, que ya no queda lugar para pensar y pelearse con “todo el mundo”…)
    La oposición
    Sólo se opuso una persona: Avraham. Y estuvo dispuesto a dar la vida por sus convicciones.

    De aquel Avraham, descendemos nosotros, los judíos… a pesar que a menudo pareciera ser que queremos olvidar nuestra condición pensante, para mimetizarnos más con nuestro entorno. El resto de sus congéneres contemporáneos perdió nuevamente una oportunidad de crear su vínculo próximo con D”s.
    Estando unido, tal como lo estuvo el pueblo de Israel años más tarde frente al Monte Sinaí, hubiesen podido pedir a D”s que les entregara la Torá.
    Faltaba solo esa voluntad – y ¡toda la humanidad hubiera recibido la Torá, en lugar de hacerlo solamente un pequeño (en número) pueblo!

    La unión hubiese sido buena, si los ideales también lo hubiesen sido. Como no lo fueron, el castigo fue el obvio: la gran dispersión.

    “La cohesión de los Tzadikim es buena para ellos, y para el mundo. Por otro lado, la separación de los malvados, es buena para ellos y para todo el mundo” (Sanhedrin 71:). Nada bueno puede surgir de su unión.
    Y así, D”s obligó, mediante la falta de comprensión entre ellos a la que los sometió, a que se dispersaran sobre la faz de la tierra.
    Aun así, y si bien el pecado de la generación que intentó construir la torre fue mayor al pecado de la anterior generación (la del diluvio) y ambas perdieron su porción en el Mundo Venidero, esta última no fue destruida como la primera, pues aun en su falta, se les atribuye la virtud de “haber vivido en paz” (aun una “paz” superficial y motivada por móviles no muy santos).

    La Torá enumera los setenta descendientes de Noaj que formaron naciones luego de esta disgregación (Bereshit 10:1).

    Rav David Feinstein shlit”a explica el significado de las múltiples correspondencias a las setenta naciones, a saber: las setenta lenguas a las cuales fue traducida la Torá, las setenta ofrendas que se traían en Sucot en el Bet haMikdash y los setenta miembros del Sanedrín.
    En el Midrash (Tanjumá, Toldot 5) se refiere a la epopeya de los judíos a través de los siglos comparando al pueblo de Israel con una oveja que está rodeada por setenta lobos (y al Gran Pastor que la protege y defiende de ellos).
    Israel: síntesis de la humanidad
    Efectivamente, en el pasaje: “(D”s) estableció los límites de las naciones según el número de los hijos de Israel (Dvarim 32:8)”, el comentario de los Sabios es que D”s estableció setenta naciones porque la familia de Ia’acov contó con setenta almas cuando junto a él descendieron a Egipto (Bereshit 46:27, Dvarim 10:22).
    ¿Por qué era necesario que el número de naciones corresponda al número de almas judías?
    Además: al finalizar la travesía de los cuarenta años en el desierto, Moshé explicó la Torá a los israelitas en “setenta lenguas” (Dvarim 27:8). ¡¿Por qué era necesario usar setenta lenguas cuando todos sus oyentes eran judíos que hablaban hebreo?!

    Cada una de las setenta naciones representó una característica distintiva, tal como señalan los Sabios: una se destacaba en la guerra, otra en el libertinaje, otra en la belleza, etc. Todas estas particularidades positivas o negativas de cada nación están presentes, desde entonces, en el pueblo de Israel, de modo que cada persona tiene inclinaciones especiales para desarrollar – y tentaciones para vencer. D”s desea que todas las naciones se eleven a su mayor potencial espiritual.

    Estas condiciones pasaron a estar presentes en los individuos de la familia de Ia’acov. Y las setenta lenguas usadas paralelamente por Moshé, como así también las setenta facetas en las que se puede explicar la Torá, cada uno “habla” a una de las setenta características con las cuales D”s ha poblado el mundo.
    También se puede sugerir que cada una de las setenta ofrendas del Bet haMikdash expiaba las infracciones de cada uno de estos setenta pueblos, cuyos rasgos nacionales están también dentro de Israel, y por consiguiente, las naciones del mundo se beneficiaban de esta purificación universal.

    Israel, como el modelo espiritual para el mundo, debe y deberá manifestar dentro de sí que la distinción está al alcance de cada nación, y el hecho de que cada categoría de persona puede vivir una vida de Torá. Es por eso que una parte significativa de la vida judía gira alrededor del número setenta, para simbolizar que cada rasgo nacional puede ser encauzado tras objetivos santos.

    De este modo, podemos observar también cómo la Torá da lugar a la diversidad. Sin ella, las diferencias se hacen notar de manera antagónica y destructiva. Los pueblos pelean para superarse unos a otros. Pero al vivir de acuerdo a como la Torá nos instruye, la pluralidad (dentro de la Emuná y el cumplimiento sincero de las Mitzvot) permite demostrar la amplitud multicolor de modos de servir a D”s.

    Nunca más habría unión entre los seres humanos, hasta que entiendan que hay un Verdadero Monarca: D”s, sobre todos ellos, que no es (¡en absoluto!) un adversario de la humanidad. Entonces podrán gozar nuevamente de un mismo idioma y ser una sola humanidad.

    Después de muchos siglos de invasiones y treguas, guerras y armisticios, agresiones y pactos, batallas y acuerdos de paz – que fueron sucesivamente firmados para luego ser desacreditados y volver a una nueva ronda de beligerancias, victorias, derrotas, luchas y matanzas, se creó después de la 1ª guerra mundial la “Liga de las Naciones”, que tendría como objetivo evitar lo que había sucedido en aquella gran conflagración. Sin embargo, su existencia no impidió que sobreviniera luego, la 2ª gran guerra.
    Entonces, se creó la Organización de las Naciones Unidas, para que no vuelvan a suceder destrucciones como en la que reincidió la humanidad. Pero, a nuestro pesar, somos testigos de que ese espacio cumple la función de convalidar la ley del más fuerte, legitimizando la imposición de la fuerza, en un mundo que no ha encontrado el rumbo hacia un destino feliz y constructivo.
    El mundo gira en un círculo vicioso sin encontrar paz (verdadera, duradera y justa).

    Una señal constante, sin embargo, es que los temas relacionados con Israel y con los judíos, han estado en el epicentro de los debates de aquel ente desde su misma fundación. Más allá de haber permitido la partición de la entonces Palestina para crear un estado para los judíos, las resoluciones en contra de Israel han representado la más constante preocupación de las naciones, poniendo en práctica el dicho talmúdico de que Israel es “una oveja que está rodeada de setenta lobos”…
    El Targum sobre Ieshaiahu (62:1) así nos lo enseña. Dice D”s: “por Tizón no callaré”. Mientras el pueblo de Israel no esté en paz (que hayan encontrado la armonía con su Creador) – tampoco las naciones vivirán en armonía.
    Avraham asumió el rol que cabía a todas las naciones que rechazaron a D”s y Su Torá (Pirkei Avot 5:3), mientras estas eran diseminadas. Cuando sus descendientes hayan encontrado su camino de vuelta, lo mismo sucederá con toda la humanidad.
    Esperanza para todos
    En la Tefilá de Rosh haShaná, cuando invocamos el pedido de Soberanía de D”s sobre el mundo, expresamos: “pon Tu temor sobre todas Tus creaciones… y que se conviertan todas en una coalición unida para cumplir Tu Voluntad con corazón íntegro…”.

    Asimismo, en la Tefilá “Alenu leshabeaj”, con la que concluimos nuestras plegarias diarias, también pedimos fervientemente:
    Por consiguiente, en Ti confiamos, nuestro D”s, que podamos ver pronto la gloria de Tu esplendor; eliminar la idolatría de la tierra y los falsos dioses serán totalmente eliminados, para así perfeccionar el universo a través de la soberanía del Todopoderoso. Entonces toda la humanidad invocará Tu Nombre, los inicuos de la tierra se volverán hacia Ti. Todos los habitantes del mundo reconocerán y sabrán que ante Ti cada rodilla debe inclinarse y cada lengua debe jurar. Ante Ti, nuestro D”s, todos se arrodillarán y se postrarán, rendirán homenaje a la gloria de Tu Nombre, y todos aceptarán sobre sí el yugo de Tu reinado…
    Ese día serás Único y Tu Nombre Uno solo.

    Abraham
    ¿QUÉ HAY DETRÁS DE LOS “IDEALES”?
    Si tomamos un libro de historia, como probablemente lo hemos hecho durante muchos años de nuestra escuela primaria y secundaria, nos encontraremos con nombres y fechas que modificaron el curso de la la historia de la humanidad.

    En los actos patrios, después de entonar el himno nacional, nos contaron en discursos cargados de emoción, acerca del prócer que se estaba idealizando en dicho acto, sobre sus luchas y hazañas, sobre sus obras y logros. Esto no es necesariamente por si mismo algo malo, pues el objetivo de quienes inventaron estos actos escolares, debe haber sido imbuir a los jóvenes con aquel mismo amor a la patria y devoción a estos eximios ideales.
    Se nos crea entonces la idea en la mente, de que ciertas personas de talla histórica gestan estas buenas propuestas, las piensan bien, y luego luchan por sus aspiraciones. ¿Es realmente así?

    La primer gran contienda, de la cual nos relata la Torá, fue entre Avraham y los constructores de la famosa “torre de Bavel” (anteriormente la diferencia entre Noaj y sus contemporáneos, no había sido una lucha por ideales, sino una decadencia general en pos de ganancia material). Como veíamos recién, los ingenieros de la torre predicaban la rebeldía hermanada en contra de las disposiciones de D”s sobre los seres humanos, teoría que se fue plasmando en paganismo y politeísmo, mientras que Avraham los enfrentaba con sus ideales de acatamiento a los dictámenes y al ejemplo de conducta y bondad de D”s.

    Una verdadera discusión filosófica… ¿verdad?
    A primera vista, sí.
    Sin embargo, RashӒ y los Sabios, no lo ven de esta manera.
    “Y bajó D”s a ver la ciudad y la torre que habían construido los seres humanos (lit. los hijos del hombre – ‘Bnei haAdam’)”.
    Pregunta Rash”í: “¿por qué dice ‘hijos del hombre’? ¿hijos de quién otro podían llegar a ser, acaso? ¿quizás hijos de burros y camellos? – sino (nos viene a enseñar) que eran (“dignos”) hijos de Adam, que había sido desagradecido (cuando la esposa lo condujo a pecar) y ellos, a su vez, fueron ingratos con D”s, que los había salvado del diluvio”. La base del error, entonces, no fue una aberración teológica, sino una falla en sus cualidades humanas: demostraron ser ingratos.
    Predisposición a pensar sin tapujos
    Avraham, por otro lado, encontró su creencia en la unicidad de D”s precisamente por medio de la contemplación: “al observar la belleza y la perfección de la Creación, se llena su corazón de amor a D”s…” (Ramba”m, Iesodei haTorá 2:2)

    El ecosistema. La alimentación de las plantas. La fotosíntesis. Las raíces. Los minerales. Los restos orgánicos que fertilizan la tierra. El universo. La distancia exacta de la tierra al sol. La posición de la tierra. Las estaciones. El cuerpo humano. Su sistema nervioso. Una maravilla. Su sistema digestivo. Perfecto. (Con papas y un bife tenemos fuerza para correr, eso es, después que pasaron por unos cuantos metros de ácidos y alcalinos, se desintegraron y la sangre llevó la energía por todo el cuerpo – perdón – me olvidé de la Coca Cola).
    El corazón, los pulmones. Los millones de poros y los vasos sanguíneos. La composición de la sangre. ¿Sigo? – El sistema reproductivo, etc. Todo exacto y perfecto.
    Y no solo eso… D”s simplemente podía haber creado un mundo perfecto… ¡pero aburrido e insulso!

    La alimentación del ser humano podía haber sido como el combustible de los autos. (¿Qué gustaría beber para el mediodía… común, súper o sin plomo?)
    Sin embargo, D”s no lo hizo así.

    En todas las cosas – D”s puso placer.
    No es lo mismo comer una manzana que una pera, una banana, un ananá.
    Cada fruta tiene su propio sabor, color, textura, aroma, su estación en el año.

    Si nos paramos frente a la verdulería, veremos cantidad de colores distintos.
    Lo mismo va en los paisajes.
    Las flores tienen aspecto distinto una de la otra.
    Los árboles, altos y bajos.
    Las hojas grandes y chicas y con forma diferente una de la otra.

    El comer nos trae satisfacción. Nos hace sentir bien.
    En la procreación D”s también hizo las cosas de manera tal que la pareja disfrute la Mitzvá de tener hijos.
    D”s estableció que los padres tengan placer de sus hijos aún cuando son pequeños y ensucian pañales…
    Por donde uno mire, va a encontrar que D”s quiere que todo lo que necesitamos hacer, al mismo tiempo sea agradable para nosotros.

    ¿Podía el mundo, acaso, no tener un patrón?
    Y si tenía un patrón…, ¡¿¿para qué lo creó??!

    Siguió pensando…
    Todos los demás no entienden nada fuera de su propia existencia. Ni los animales ni las plantas. Sólo yo el ser humano. Puedo equivocarme, recordar las cosas, aprender de mis errores, tengo raciocinio. ¿Para qué? Me doy vuelta y miro al mundo. ¡Todos idólatras! Adoran dioses a quienes les temen porque los sienten más fuertes que ellos mismos. Les sacrifican para calmarlos y para que no les hagan nada malo. Por otro lado, todos se esmeran en justificar todo lo que hacen.
    Desde Hitler al matar judíos hasta el que dibuja grafitis sobre las paredes de las casas ajenas. ¡Todos declaran que están obrando “bien”!
    ¿Por qué necesitan justificarse todos?
    ¿Quién dijo que existe un bien?
    Y, si evidentemente todos creen en que hay un bien ¿por qué no se ponen de acuerdo en cuál es el bien?
    ¡Todos “la cortan” a su manera y deciden que “bien” es lo que le conviene a ellos y lo que les queda más cómodo!…

    “Decidí ser médico.
    Cuando comencé con mi práctica se me acercó una mujer embarazada y me solicitó que le realizara un aborto porque ya tenía cinco hijos y no podía mantenerlos ni ocuparse de ellos.
    No podía decidirme.
    Por un lado, si no lo hacía, me sentía un inmoral porque tampoco me iba a ocupar yo de esos chicos.
    ¡¿Con qué derecho podía yo obligarla a tener uno más?!
    Pero… ¿y al futuro bebé… quién lo defendía?
    ¡¿No tiene él también “algún” derecho a vivir?! ¡¿Qué atribución tengo yo médico, a quitarle la vida?!
    ¡¿Cuál es el bien – después de todo?!
    ¿Puede ser que me pase toda mi vida justificándome que estoy haciendo el bien para luego enterarme que estuve equivocado todo el tiempo y que fui asesino de bebés miles de veces?
    ¿O enterarme al final de mis días que mi vida fue un desperdicio?”

    “¡D”s! – si hiciste un diseño tan perfecto, si me diste el uso de la razón, si me obligaste a justificar mis actos… ¡dime cuál es el bien!
    D”s respondió a Avraham ­ “¡Lej Leja!” (vete).
    “Dado que preguntaste y te molestaste en realmente saber la verdad, vete de tu casa a otro lugar: a la tierra de Cna’an. A tu descendencia ofreceré la ley (en Monte Sinaí) que tú anhelas conocer”.

    Avraham observó, examinó, comprobó… y agradeció. La vida de Avraham se caracterizó por su afán en emular los caminos de su Creador. Abrió las puertas de su casa en todo momento para brindar asistencia y hospitalidad a desconocidos: Gratitud.

    ¿Qué significa ser agradecido?
    ¿Es aquello que decimos a los niños: “¡dile gracias a la tía por el regalo que te trajo!”?
    “¡Gracias, tía!” – dice el niño obediente.
    “Te lo merecés” – responde la tía (el sobrino, en realidad considera que se merecía un obsequio más grande, pero tiene miedo de decirle a la tía que la cree algo avara…).

    Algunos padres pueden llegar a suponer que si el niño dice “gracias” sin que se lo hagan recordar, entonces merecen descansar tranquilos por haber cumplido con esta faceta tan vital de la educación de sus hijos.

    Sin embargo, esto no es así.
    Gratitud no es “decir gracias”, que en realidad es una formalidad y un modismo, sino que es un sentimiento que debe generar cada uno al apreciar la afabilidad y benevolencia que recibe de terceros (o en este caso: de D”s). Recitar las fórmulas, es relativamente fácil, mientras que valorar las acciones ajenas, es una cuestión bastante más compleja y necesaria para la convivencia. En este caso, resultó ser la gratitud de Avraham y la falta de ella en la mente de sus opositores, la que marcó la diferencia en el rumbo de vida de la humanidad.

    Las pruebas
    Los Sabios, en la Mishná Pirkei Avot (5:4) nos enseñan que “diez pruebas (situaciones que fueron éticamente desafiantes) atravesó Avraham, nuestro padre, y las superó todas, (esto es) para demostrarnos el amor de Avraham”. En todos esos escenarios Avraham salió victorioso, pudiendo superar el reto moral que cada circunstancia representó, demostrando de ese modo el amor que sentía Avraham por D”s, y la razón de porqué D”s confió en él.

    ¿Qué es una prueba, en relación a D”s?

    No quisiera traerle siniestros recuerdos de su paso por la escuela o por la facultad. No se trata aquí ni de “parciales”, ni de “finales”.
    El profesor, de carne y hueso, necesita valerse de una prueba que le toma a los alumnos pues no sabe con certeza cuántos conocimientos tienen sus educandos. Sin embargo, D”s no padece de esa limitación. Él sabe exactamente qué es lo que sucede dentro del corazón de cada uno. Él no necesita “probar” a los seres humanos. ¿Qué es, entonces, lo que indica el versículo cuando dice: “y D”s probó a Avraham”?. Ramba”n (Najmánides) explica que el significado de esta palabra (“nisaión”) está relacionado con “nes” utilizado habitualmente como “milagro”, pero que en realidad expresa “elevar” o “colocar como estandarte o emblema para ser visto”. Así lo emplea la Torá cuando D”s le indica a Moshé (muchos años más tarde) fabricar una serpiente de cobre y colocarla sobre un “nes” para ser vista por todos los judíos que sufrieron la picadura mortal de las serpientes. Aquí también, la Torá refiere que D”s decidió mostrar al mundo de entonces y a los propios descendientes de Avraham, quién era Avraham. Esto se puede verificar únicamente al requerir a Avraham estas exigencias que comprueban en la práctica (para terceros), el amor que sentía Avraham por el Creador. La traducción acertada de “nisaión” sería, entonces, exhibición y testimonio público de lo que ocurría en forma latente en el corazón de Avraham.

    Cuando la Mishná dice que D”s probó diez veces a Avraham, nos está manifestando que en diez oportunidades de distinto carácter y rigor, D”s demostró al mundo la maestría y destreza espiritual alcanzada por nuestro patriarca.
    Cada una de estas instancias debía ser diferente y más compleja que las anteriores, pues de otro modo, estarían incluidas en los logros superados y dejarían de constituir una prueba diferente y nueva. Entre prueba y prueba, transcurrió un lapso en el cual Avraham iba creciendo, lo cual le permitió acceder a un nuevo nivel. Fue de ese modo, que Avraham, que inicialmente se llamaba Avram (personaje o lumbrera de Aram, su país natal) se convirtió en Avraham (dignatario para una multitud de naciones).

    El Midrash agrega a esta Mishná: “El alfarero, que quiere vender su mercadería, golpea las vasijas más resistentes para demostrar que son de buena calidad (pues sabe que no se romperán). Así también, D”s prueba a aquel que Él Sabe que posee la fortaleza y vitalidad para prevalecer y progresar” (lo cual no quita que en última instancia todo termine dependiendo de la persona que ponga en práctica esa fortaleza con que cuenta).

    ¿Cuáles son las “diez pruebas” que menciona la Mishná?
    La Torá no utiliza la palabra “nisaión” salvo en el momento en que D”s le exigió la entrega de Itzjak sobre el altar. Por lo tanto, existen ciertas diferencias entre los comentaristas acerca de cuáles eventos en la vida de Avraham se consideran “pruebas”.

    Aquí seguiremos una de aquellas opiniones (que pertenece al compositor de la liturgia ashkenazí del segundo día de Rosh HaShaná):

    1. Avraham reconoció al Todopoderoso a pesar de no haber tenido el beneficio de una educación que lo motivara en ese sentido. Habitualmente, las personas no se cuestionan lo que ven y siguen a la mayoría sin reflexionar acerca de lo acertado de su modo de conducirse o si, posiblemente, existen aspectos reñidos con la ética, no sea que deban modificar su estilo de vida. Avraham analizó todo sin prejuicios sobre las consecuencias de su estudio.

    2. Cuando esta forma de pensar lo enfrentó al rey Nimrod (y al resto de la población), Avraham sostuvo su postura a pesar del riesgo físico que esto representaba y de las amenazas de muerte del propio rey que luego se concretaron y de la cual se salvó de manera milagrosa.

    3. Más tarde, D”s le ordenó abandonar su hogar y su país natal para asentarse en un lugar aún desconocido (que resultó ser la tierra de Cna’an). A pesar del peligro y del temor natural a separarse de lo que uno ya conoce, Avraham obedeció.

    4. Una vez que ya se había asentado en la tierra, de la cual D”s le había prometido que sería la herencia para él y su descendencia, sucedió que comenzó la primer hambruna severa de la humanidad. ¿Dónde? ¡Solamente en la tierra a él prometida! Avraham no aflojó.

    5. Fue interinamente a Egipto hasta que pasara el hambre. Allí le raptaron por primera vez a su esposa Sará. Avraham no decayó. D”s salvó a Sará.

    6. Una vez de regreso a Cna’an comenzó la primera guerra mundial (no la de este siglo) entre una alianza de cuatro reyes extranjeros que invadieron Cna’an y otra de cinco locales. Los conquistadores tomaron cautivo a Lot, sobrino de Avraham, junto al resto de los pobladores de S’dom (Sodoma). Nuevamente, Avraham no flaqueó. Persiguió con la poca gente que lo acompañaba, a estos guerreros que eran numéricamente muy superiores, y los derrotó.

    7. D”s propuso un pacto a Avraham. Parte de ese pacto consistió en el vaticinio de que sus descendientes serían esclavizados y oprimidos en una tierra extraña. Corrientemente, las personas se preocupan aun más por el bienestar de sus hijos que por el propio y no pueden tolerar ver cómo sufren. Avraham, aceptó las palabras de D”s a pesar de saber que sus descendientes sufrirían por las convicciones por él elegidas al momento de empujar esos mismos ideales.

    8. D”s ordenó a Avraham llevar a cabo el Brit Milá. Esto lo diferenciaría definitivamente de la gente. Para Avraham, el hombre más generoso y gran amante de la bondad, esto significaba una división tajante con sus semejantes. No obstante, acató.

    9. Hagar, la sirvienta de Avraham que Sará había insistido que se convirtiera en su esposa, tuvo un hijo: Ishmael. Este era un malísimo ejemplo de conducta para Itzjak, el hijo de Sará. No había otra solución, sino echarlo de la casa. D”s asintió con Sará. ¿Expulsar un hijo de la casa? Avraham accedió.

    10. Avraham luchó toda su vida en contra de los sacrificios humanos que practicaban los paganos. “D”s aborrece estos sacrificios” – argumentaba. Ahora, D”s le ordenaba hacer lo mismo con su hijo único y querido, Itzjak. En este acto estaba en juego todo el porvenir de los ideales de Avraham, cuyo único discípulo incondicional era Itzjak. Avraham nuevamente cumplió con la voluntad de D”s y caminó tres días con Itzjak, quien aceptó la veracidad de la profecía que su padre le transmitió y colaboró para poner en práctica lo que creyeron era la voluntad de D”s. La evocación de esta entrega suprema, es la parte primordial de muchas de nuestras plegarias.

    Nosotros pedimos diariamente que no seamos sometidos a pruebas. Sin embargo, nuestra historia está colmada de testimonios en que debimos afrontar situaciones muy difíciles. Todos los que pudieron, tuvieron un gran padre: Avraham.
    SOLO, COMO NADIE
    Somos todos “vivos”. Y sabemos perfectamente lo que hubiésemos hecho de haber estado en la situación de otro… que nunca estuvimos.
    Tantas veces escuchamos la historia de Avraham. Cómo tenía un padre idólatra… y cómo le rompió todos los ídolos… y estamos orgullosos de él porque introdujo la idea del monoteísmo en el mundo… (sin recibir hasta el día de hoy ningún premio Nobel por hacerlo).
    Es todo muy lindo, pero hay mucho más en esta historia que el simple cuento al que hacemos alusión, porque nunca es lo mismo vivir una historia siendo protagonista de ella sin conocer los resultados y las consecuencias, o leerla después de muchos años desde la cómoda posición de saber cómo sigue el argumento de la película.
    Por lo tanto, sería importante utilizar un poco de nuestra imaginación para situarnos en el rol de Avraham. Sería maravilloso llegar a la conclusión de que realmente tendríamos la misma actitud que nuestro ancestro. Y… quién sabe, si en nuestra vida no nos toca copiar su ejemplo en parte, en ciertos momentos…

    Como dijimos, Avraham se destaca por su generosidad.
    Cuando Avraham estudió las maravillas del mundo natural con aquel toque tan identificatorio del D”s que brinda un mundo placentero a los seres humanos, llegó a su conclusión de que el “bien” a practicar en este mundo no podía ser muy distinto a la manera misma de la bondad Di-vina universalmente generosa.
    Y es ese el camino por el cual optó Avraham personalmente. Copió y emuló lo que vio en D”s.
    Y no solo eso. Cuando recibió gente en su casa no solo les ofreció comida y bebida, sino que compartió con ellos sus ideas. Quien realmente ama a los demás, los participa en todo lo que les pudiese beneficiar y no puede permanecer callado y mirar a un costado al ver que están desperdiciando por desconocimiento o desidia, lo más preciado que poseen: su única vida.
    Quién hubiese imaginado
    ¿Ser progenitor del pueblo judío?
    ¡A quién se le ocurrió, acaso, que debe haber un pueblo judío! ¿No podían, acaso, ser todos los seres humanos servidores de D”s como él mismo?
    Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos, los planes Di-vinos fueron distintos a los que él suponía.

    Fue así que recibió la orden: “vete para tí de tu país, de tu tierra natal del hogar de tus padres… a la tierra que te mostraré”.

    Abandonar todo y a todos sus seres queridos para irse a “para tí”, es decir: para estar solo, es más difícil que todo lo que le había ocurrido hasta el momento.
    Avraham ya había estado dispuesto anteriormente a dar su vida por propagar lo que él sabía que era verdad, en contra de las ideas que estaban de moda. Ya lo habían arrojado al horno y se habían burlado de él. Pero ese precio lo paga aquel que se anima a pensar radicalmente distinto… y decírselo a los demás. Ahora D”s le exigía tomar distancia de todos, para convertirse en un pueblo separado. Aquel que sería el modelo para los demás.

    Hasta aquí hablamos de la dificultad para Avraham de separarse del resto de la humanidad, lo cual no condice exactamente con la cualidad de generosidad que Avraham eligió como propia. Pero allí es cuando la prueba se vuelve más dificultosa. D”s pacta con Avraham que “tu descendencia será extranjera en una tierra ajena y serán esclavizados y serán torturados por 400 años…”. Por si esto fuese poco, D”s le va mostrando cómo sus descendientes sufrirían a manos de los otros torturadores de turno: “y he aquí que un gran temor oscuro cayó sobre él…”

    Hoy, si bien no existe Avraham, no faltan aquellos que tienen la suerte de encontrarse con la oportunidad en su vida que alguien les muestre el camino hacia la Torá, que hasta el momento parecía tan distante y con tanto prejuicio. Y cuántas veces debe esa persona cumplir con el mandato de “lej lejá”, vete para tí, porque no se le tolera su nuevo estilo de vida. Y el Baal Teshuvá (retornante) también desea que todos vean lo que ve él y que todos hicieran Teshuvá. Él, por lo general, no quiere formar en el seno de su propia familia “un nuevo pueblo”… No obstante, muchas veces no hay otra opción y en la lucha entre la mente y las emociones queda en la difícil tarea de amar al prójimo y a sus familiares aun cuando aparece esa brecha en su mente.

    Los llantos van y los llantos vuelven… Cuántos abuelos lloraron por sus hijos y nietos que abandonaban parte del legado con el cual no sabían cómo entusiasmarlos. A solas y con el libro de Tehilim que les daba fuerza, inspiración y esperanza, dejaron en manos de D”s el sueño que no pudieron concretar en vida. Desde las alturas acompañan hoy a sus nietos, en quienes se despierta el gran emprendimiento de volver.

    LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
    Algo de historia.
    Ud. escuchó hablar de la primera guerra mundial, y si no recuerda exactamente (porque hace mucho que fue a la escuela…) quiénes eran los países protagonistas, al menos retendrá en su memoria que la primera guerra mundial ocurrió antes que la segunda guerra mundial. Si no lo sabía, le queremos decir también que hasta el momento en que hubo una segunda guerra mundial, la gente ni siquiera sabía que la otra había sido la “primera guerra”, y simplemente la llamaba: la “Gran guerra”.

    Bien.
    Todo esto sigue siendo para gente que no está bien informada. Pues es habitual que las personas crean que los acontecimientos contemporáneos son inéditos en el devenir de la historia, cosa que no necesariamente es así. Todo lo contrario: muchos de los eventos ya han sucedido en el pasado con pequeñas modificaciones. Como dice en Kohelet (Eclesiastés) “y no hay nada nuevo bajo el sol”.

    Es así como la Torá (Bereshit 14:5) relata acerca de una gran guerra.
    Comenzó todo con una invasión de cuatro poderosos reyes a la tierra de Cna’an. Ellos tomaron las zonas más ricas del país: los prósperos y lucrativos reinos de Sdom (Sodoma), Amorá (Gomorra), Admá, Tzvoím y Tzo’ar. En otras épocas, se los llamaría conquistadores “imperialistas”. Les interesaba “compartir” la fortuna de estas ciudades que ocupaban los verdes y fructíferos valles del Iam haMelaj (“Mar Salado”) más conocido como Mar Muerto (“muerto” hoy, pues Sdom y Cía. han sido destruidas – en aquel tiempo quizás se lo hubiese llamado “Mar Vivo”).
    Los habitantes de Sdom no eran precisamente santos, ni mucho menos, pero los invasores no eran éticamente superiores. Rash”í (Bereshit 14:2) señala cómo los nombres de todos estos siniestros personajes aluden a su tristemente célebre maldad.

    Por un tiempo, los reyes dominados abonaron tributos a los conquistadores, pero – con el tiempo – se rebelaron. Ante esta insubordinación, los colonialistas volvieron a atacar, pero esta vez, saquearon las ciudades y se llevaron a la población en cautiverio. Entre los ciudadanos allí residentes, se encontraba Lot, sobrino de Avraham., quien había ido a morar en las cercanías de Sdom dado que la vida moral junto a Avraham le resultaba demasiado exigente. Algunos años antes, Avraham le había ofrecido a Lot que eligiera el lugar del país que más se le apetecía, y éste había optado por Sdom, una ciudad decididamente contraria a los criterios de vida de Avraham.

    “Y tomaron toda la riqueza de Sdom y de Amorá y todas sus provisiones y se fueron. Y tomaron a Lot y sus posesiones – sobrino de Avraham – y se fueron; y él residía en Sdom” (Bereshit 14:11-12).
    Rav Sh.R.Hirsch sz”l destaca que la repetición de estos datos nos hace ver el hecho de que Lot – a pesar de ser extranjero en Sdom – fue tomado porque con el transcurso del tiempo se fue integrando en aquella perversa sociedad.
    “A través de la historia, los judíos que quedan marginados del tumulto mundial, evitan mucha de la calamidad. En la Edad Media, los guettos y la persecución previnieron que los judíos se convirtieran en asesinos y torturadores como los otros. Efectivamente, fueron considerados “inferiores” como para convertirse en oficiales o nobles, pero, por aquella misma razón, sus manos no se mancharon con sangre. Los guettos, asimismo, los protegieron frecuentemente de la venganza de los conquistadores por no estar contaminados con la corrupción de los países huéspedes”.

    A pesar de este pasado desagradable, apenas Avraham se enteró de la situación dramática de Lot, persiguió junto a sus colaboradores a los reyes que se estaban alejando con los cautivos. Según el Midrash, los conquistadores habían colocado a Lot en una celda, exhibiéndolo para mofar la inhabilidad de Avraham de rescatarlo o para embaucar a la gente haciéndole creer que se trataba del propio Avraham (porque eran muy parecidos).

    La diferencia numérica de combatientes era abrumadoramente desfavorable para Avraham, pero esto no lo disuadió. Alcanzó a los guerreros y los venció, rescatando así a todos los prisioneros y entre ellos a su sobrino Lot.

    Los reyes de Sdom y Amorá se sentían obligados hacia Avraham, quien los había salvado, y le ofrecieron que se quede con todas las pertenencias y riquezas de Sdom osando pedir que les reintegre nada más que a los habitantes de sus respectivas ciudades. Si bien hubiese estado en su derecho aceptar la oferta, Avraham se negó a recibir lo más mínimo de toda aquella fortuna. Conociendo el carácter de su interlocutor, Avraham no quiso que éste se atribuyera ser el origen de las posesiones de Avraham, quien nunca dejó de atribuir su patrimonio a la bendición de D”s – y nada más.

    No obstante, los Sabios critican a Avraham por haber dejado volver a los residentes de Sdom con su malvado rey, en lugar de llevarlos consigo, brindándoles la oportunidad de aprender una vida espiritual.

    Si bien Avraham rehusó todo el botín que le hubiese correspondido, insistió en que sus colaboradores: Aner, Eshkol y Mamré, sí llevaran sus respectivos despojos.
    ¿Por qué?
    El Jafetz Jaim explica que, aunque cada persona puede ser estricto consigo mismo en lo que va más allá de la Halajá, no está en su derecho exigirlo a los demás. Las “Jumrot” (rigurosidades) constituyen un espacio legal en el que cada judío puede expresar su deseo de obedecer con más esmero la Voluntad de D”s. Esto, sin embargo, no es posible requerir de otros.

    Así que – tristemente – ya hubieron guerras mundiales antes que las nuestras. No obstante, si la Torá nos relata con tantos detalles acerca de estas contiendas, deben tener mucho para enseñarnos respecto a nuestras beligerancias actuales.

    A primera vista pareciera ser que Lot, sobrino de Avraham, era una simple pieza más en la historia y que el hecho de ser tomado prisionero fue una simple “mala suerte” por estar viviendo en Sdom, una de las ciudades afectadas.
    Avraham, el hebreo
    Los Sabios no lo ven de este modo, pues cuando fue avisado Avraham acerca de la captura de Lot, señalan que le comunicaron a Avraham “el hebreo”. Esta no es la primera mención de Avraham en la Torá. ¿Por qué precisa la Torá – justo acá – recordar el origen de “hebreo” de Avraham?

    La respuesta radica en que fue la condición de hebreo de Avraham, la que causó todo el conflicto. El propósito detrás de la conquista de estos reinos consistió en aprisionar a Lot para así involucrar a Avraham en la guerra – derrotarlo y eliminarlo. ¿Por qué?

    “Hebreo” no es solamente un idioma.
    Proviene de la palabra “Ever” (orilla), y los Sabios indican que (alegóricamente) Avraham se encontraba en una orilla, mientras que todos sus contemporáneos (con el rey Nimrod, ahora el rey “Amrafel”) se situaban en la orilla opuesta enfrentándolo ideológicamente. Esta característica lo diferenció del resto de la humanidad durante la construcción de la Torre de Bavel.
    En su momento, Nimrod no pudo con Avraham polemizando con él, burlándolo públicamente ni intentando ejecutarlo. Esta coalición fue su nuevo intento para acabar con Avraham. ¿Le extraña que Avraham esté en medio de la contienda internacional? ¿Le sorprende que los judíos – numéricamente exiguos – estemos en el centro de la atención mundial también hoy?

    Hace algunos años, Irak ocupó a su vecino Kuwait. Según su gobernante, esta ocupación se debió a que Israel estaba “ocupando” territorio palestino. Nuevamente, los talibanes hicieron alusión a las privaciones de los palestinos para justificar su belicosidad y terrorismo, con el objetivo de que el resto del mundo presione a Israel a hacer concesiones resistidas, a sus vecinos.
    En una misiva hacia occidente, el primer ministro de Israel advirtió a los aliados a no volver a caer en esta clase de chantaje presionando a Israel, y les recordó el flagelo que cometieron al ceder la libre Checoslovaquia a los nazis queriendo así evitar entrar en conflicto con estos últimos, cosa que no pudieron evitar al final, pues la voracidad era mucho más de lo que imaginaban.
    Quienes no tenemos memoria histórica y conciencia judía, podemos llegar a creer que la analogía de Sharon es correcta.
    Pero… ¿es en verdad así?

    Israel no es Checoslovaquia.
    Ni es nuestra historia – salvando las diferencias y sin ofender a nadie – igual a la suya. Desde el mismo momento en que Israel adhirió a las enseñanzas de D”s en Sinaí, optó por tener el rol protagónico de ser los portadores de la Misiva Di-vina. Nunca más será “uno del montón”. Todo lo que haga o suceda con Israel posee un valor cósmico. Es verdad. Los laicos de nuestro pueblo han intentado una y otra vez, tratar de convencerse y convencer al mundo de que “seremos también nosotros como todas las naciones”. Pero, no ha de ser así. Hemos decidido llevar esta misión histórica moral: ya nada de lo que ocurra en el universo está disociado de nuestro quehacer. No nos podemos hacer los “tímidos”.

    Ieshaiahu (Isaías) en 62:1 dice en nombre de D”s, que “por Zion no Callaré y por Ierushalaim no Me detendré, hasta que salga brillante como la luz, su rectitud… ”. Sobre este versículo, dice el Targum: “mientras Israel esté desterrado, tampoco daré paz a las demás naciones”. La conciliación del mundo depende de Israel, por un lado, y simultáneamente, Israel no tendrá tranquilidad hasta que se haya reestablecido su vínculo de armonía con el Todopoderoso…

    ¿Nos cuesta hacer las paces con este concepto?
    Es muy posible. Pues es también una enorme responsabilidad. Sin embargo, tome Ud. el libro de historia y estudie nuestra tan asombrosa trayectoria. Los medios de comunicación, aun si quisieran ser imparciales y objetivos, jamás podrán transmitir las noticias desde el ángulo tradicional judío. La Torá cuando relata acerca de esta primera guerra, nos permite ver mucho más.

    LA ALIANZA ETERNA
    Avraham regresaba triunfante de una guerra desigual. Con solamente un puñado de adherentes logró vencer a cuatro poderosísimos reyes que habían invadido Eretz Cna’an (Israel) y sometido a Sdom y a cuatro ciudades más.
    Avraham era plenamente consciente que su victoria inverosímil en términos militares, era producto de la Asistencia Di-vina, que lo había acompañado a lo largo de su trayectoria: desde el primer momento que había desafiado al demagogo rey Nimrod, y a través de todas las peripecias que debió atravesar junto a su esposa Sará en su ciudad ancestral Jarán, en su morada actual de Cna’an y durante su traumática experiencia en Egipto.
    Pero… ¿qué le depararía ahora el futuro?

    Avraham y Sará, ambos de avanzada edad, no tenían hijos. Lot, el único familiar que los había acompañado en la etapa inicial de su emigración desde la tierra natal, los había decepcionado con una conducta deplorable, y Avraham se había visto en la inexorable necesidad de tomar distancia de él.

    Sus sirvientes – en particular Eliezer – le eran extremadamente fieles, y habían aprendido mucho de lo que Avraham les había instruido. ¿Serían acaso ellos, los que continuarían el legado espiritual de Avraham?
    La visión de las estrellas
    Fue entonces cuando Avraham mereció la visión profética que le señalaba que sería progenitor de un hijo y ancestro de una gran nación. El favor de D”s, al salvarlo en la batalla, no había – en absoluto – reducido los méritos acumulados a través de los años.
    D”s se dirigió a Avraham diciéndole que no debía temer.

    ¿Por qué creeríamos, acaso, que Avraham habría de amedrentarse?
    Avraham percibió que la naturaleza de la profecía a la que estuvo expuesto en esta oportunidad – a diferencia de las anteriores en las que D”s le había hablado – era atemorizante, presagiando que se avecinaban tiempos difíciles. Sin embargo, D”s le informaba que no debía sobrecogerse, pues su recompensa era abundante y lo ampararía.
    Avraham estaba totalmente entregado a D”s. No demandaba recompensa alguna, pues su lealtad a la Voluntad de D”s era incondicional. Fue él quien acuñó el nombre Ado-nai (en plural – Brajot 7.), que significa “mi único amo”, y E-lokim (escrito en hebreo con las cuatro letras del Nombre de D”s que no debemos pronunciar), que en esa dualidad de escritura y pronunciación, expresa que aun cuando D”s se conduce con el Atributo del Rigor (Din), esta actitud incluye Su Cualidad de Misericordia. Avraham seguiría a D”s aun si no comprendiera Su Conducta.

    – “Para mí no pido nada, D”s, pues todo lo que me has proporcionado ya es mucho, y aun si Tú me brindaras más de ello en Tu gran misericordia, todo caerá en manos de los herederos de mi siervo Eliezer, pues no tengo hijos propios a quienes legarles lo que Tú me ofreces”.

    En realidad, todo ser humano desea – en su intimidad – legar lo suyo a su prole, para que continúe desarrollando sus aspiraciones, principios y proyectos. Sin embargo, Avraham, quien se sometía totalmente a la Determinación de D”s, ni siquiera pedía modificar esta realidad. Aceptaba con el corazón íntegro las disposiciones de D”s, y ya había logrado vivir en paz con esa realidad.
    Los Sabios (Midrash Rabá, Bereshit 42:9) incluso deducen de las palabras de Avraham que él prefería no tener hijos si éstos en el futuro enojarían a D”s con sus acciones…

    Si bien los devotos sirvientes de Avraham habían aprendido mucha Torá y enseñanzas morales de su amo y guía espiritual, y podían llegar a crecer intelectualmente y obedecer preceptos – no eran sus hijos. Aun toda esta instrucción no cambiaría su talante, pues las características del temperamento espiritual se heredan genéticamente y jamás llegarían a abrigar el sentimiento judío en sus venas. Esto solamente sucedería con aquel que saliera de sus entrañas: su hijo biológico.

    La mención de las entrañas (de Avraham), representan el órgano humano que figurativamente expresa las sensibilidades – físicas y anímicas – del individuo.
    D”s, entonces, pidió a Avraham que saliera de su tienda y contara las estrellas.
    Esto no era para observar la infinita cantidad de las que adornan el firmamento, pues no sería necesario complementar la profecía con una acción contundente y práctica de estas características (salir y observar las estrellas).

    El mensaje de las estrellas era otro. La mirada a las estrella llevaba una referencia profunda. Habitualmente, todo lo que uno advierte en este mundo terrenal está elaborado por el intelecto y la acción humana. Las estrellas, en cambio, se mantienen en su naturaleza prístina e intacta tal como han sido creadas por D”s desde un principio.

    Del mismo modo también, alegóricamente, la probabilidad de paternidad de Avraham en términos terrenales y humanos, era nula. Sin embargo, en las Esferas Celestiales, en el Ámbito Di-vino, nada es “imposible”. Al igual que las estrellas – creadas directamente por Manos de D”s – el nacimiento producto de la simiente de Avraham, treinta años más tarde – cuando Avraham y Sará serían aun más ancianos – sería una Creación original y exclusiva de D”s.

    – “Mira, por favor, las estrellas. ¡No es como tú supones!” – le indicaba ahora D”s – “contrariamente a las reglas de la naturaleza y a lo que pronostica la astrología, tú serás papá” (Shabat 156.).
    Asimismo, el nombre “Itzjak” que llevaría su hijo, es una referencia a futuro del “tzjok” que significa “gracia”, por lo enigmático e incomprensible de aquel alumbramiento. La expresión hebrea conjugada a futuro del nombre Itzjak, simboliza que en todo su futuro el pueblo de Israel será mantenido y protegido de una manera inexplicable en términos históricos y/o geopolíticos.

    En Tehilim (147:2-5) se aplica la misma metáfora en relación a la redención de Israel: “D”s construye Ierushalaim, reúne a los exiliados de Israel. Quien cura a los quebrados de corazón y remedia su dolor, cuenta individualmente las estrellas, llamándola a cada una por su nombre. Grande es nuestro Amo, no hay límite a Su comprensión”. Aun en momentos de sufrimiento y dolor, el judío está individualmente nombrado y protegido directamente por D”s, y también en esta situación es Él Quien se ocupa particularmente de la salvación que es improbable en términos lógicos humanos (Rav Sh.R. Hirsch sz”l, como también las observaciones que siguen).

    A pesar de lo fantástico del vaticinio que acababa de escuchar, Avraham confió “en D”s” tal como lo había hecho siempre.

    No nos dice que Avraham creyó “a D”s”, sino “en D”s”. A diferencia de lo que puede suceder en otros credos en los que la creencia es un concepto de fe o una verdad que se debe creer intelectualmente, Avraham afirmaba su existencia basada en la Voluntad de D”s, en cuyos pasos encaminaba toda su vida, y se sentía como “la arcilla en manos del alfarero”.
    La cesión perpetua de la Tierra de Israel
    D”s le reconoció a Avraham su entereza por aquella aceptación sencilla y cándida, pero la profecía aún no estaba concluida: “Yo soy D”s Quien te ha extraído de Ur Casdim (el fuego de los caldeos), para cederte la tierra de Cna’an (Israel) para ser conquistada” – siguió diciendo D”s.

    Las primeras palabras coinciden en forma casi idéntica con las del comienzo de los diez mandamientos. La salvación de Avraham en Ur Casdim, en donde fue perseguido por el demagogo rey Nimrod por sus creencias (Midrash Rabá, Bereshit 38:19), sería un modelo para sus descendientes de cómo aferrarse en momentos de persecución, recordar y confiar.
    Pero… ¿cuándo sería esa conquista?; ¿cómo sabría Avraham si ya era el momento adecuado para salir a guerrear y conquistar la Tierra de Israel?

    Según los Sabios (Taanit 27:), las palabras de Avraham – el gran fiel y devoto seguidor de D”s (Nejemiá 9:8) – reflejaban un cierto escepticismo acerca de la realidad de merecer eternamente la Tierra.
    ¿Qué sucedería si sus descendientes no estuviesen a la altura de lo que D”s exige?; ¿perderían, acaso, su derecho a la posesión de Israel?
    D”s hizo saber con la visión de los animales que inmediatamente mencionaremos, que el mérito de los Korbanot les serviría para mitigar el efecto de sus pecados, y permanecer en la Tierra.
    “¿Qué sucedería, sin embargo, si son expulsados y no poseen el Bet haMikdash en donde ofrendar – ¡¿estarían entonces sujetos al arbitrio de las naciones que los quieran aniquilar?!” – insistió Avraham.
    “Pues entonces, ellos recitarán los pasajes de la Torá que se refieren a las ofrendas, y Yo consideraré como si trajeran los propios Korbanot sugeridos” – le aseguró D”s (Meguilá 31:).

    Los Sabios (Nedarim 32.) también mencionan este diálogo, como uno de los motivos por los cuales los descendientes de Avraham debieron ser exiliados a Egipto durante más de dos siglos. La leve insinuación de duda en la pregunta del creyente Avraham tendría repercusión magnificada en sus futuras generaciones (¡y de cuánta gravedad!).
    “Pobre del hombre que habla, y no sabe expresarse correctamente…” (Midrash Tanjuma, Kedoshim 13). Aun el primero y mayor de todos los creyentes (Shabat 97.), provocó un enorme daño por una aparente sutileza en la ambigüedad de su dicción y, como consecuencia, los descendientes fueron penados en Egipto (Saba de Slabodka en Or haTzafun 1, Avdut veJerut).
    El “pacto entre las partes”
    “No aún” – respondió D”s –, “toma tres terneros, tres cabras, tres carneros, una tórtola y una paloma”.
    Todas estas especies califican para ser ofrendadas sobre el Altar, y representan distintas características propias de cada uno de estos animales. De ahí, que la Torá ordene ofrendar unos u otros, según la naturaleza de la ocasión o del yerro cometido por el individuo oferente.

    El ternero (Eglá) es un animal de trabajo y fue utilizado históricamente para arar los campos.
    El cordero se ve como parte de un rebaño (Tzon) y simboliza al pueblo de Israel en su conjunto.
    El carnero (Ail) – el cordero maduro – representa a los líderes del pueblo quienes proveen con patrimonio para el bienestar de los demás.
    El chivo, o la cabra (Ez) desafía con sus cuernos a quien se le acerque, pero se somete dócilmente a su dueño.
    Las aves no poseen patrimonio ni medio de defensa, sino su posibilidad de escaparse volando ante una situación de riesgo y están satisfechas de mantenerse con vida.

    La visión que Avraham vería mediante estos animales reproducía la situación que sus descendientes deberían atravesar durante las próximas generaciones, desde su exilio a Egipto, y a través de sus sufrimientos y penurias en su extensa estadía en aquel país, hasta su redención. La puesta en escena de lo que sucedería con ellos en todo este tiempo, y la promesa de que serían salvados al final de soportar este rigor, fue la fuente de fe y convicción que permitió al pueblo de Israel permanecer íntegro en esa penosa y amarga época.

    Según este presagio, en Egipto serían progresivamente discriminados en calidad de extranjeros, desprovistos de su patrimonio y de su derecho a poseerlo. Asimismo, se convertirían en esclavos, situación en la que deberían servir a sus amos egipcios de modo íntegro y absoluto. Pero también serían torturados, perderían su poder de desafío y oposición, pues estarían sometidos a un nivel tal, que ni siquiera podrían enfrentarse o contraponerse a las atrocidades inhumanas que debieron sufrir a diario durante muchas décadas.

    Fue así que D”s dividió los animales – que Avraham había preparado – en dos partes, que yacían expuestas a la merced de toda rapiña que decidiera atacarla, si no fuera por el mérito de Avraham que la protegería del exterminio.
    El modo simétrico en el que estaban colocadas las mitades de cada una frente a la otra – como esperando volver a reunirse – simbolizaba que aun si la fuerza del trabajo, patrimonio y desafío habría de estar suspendida del pueblo de Israel exiliado, esta división sería pasajera y efectivamente volvería a unirse, volviendo posteriormente a la nación israelita su firmeza y vigor anteriores. El fuego y el humo que atravesaron en medio de las partes hacia el final de la visión, simbolizan la Presencia Di-vina que restaura a Israel al esplendor augurado.
    (Debemos aclarar que existen diferentes fuentes de exégesis que opinan que fue el propio Avraham quien dividió los animales en dos partes. Asimismo, hay muchas explicaciones respecto al significado de cada una de las especies de animales y aves mencionadas, y cada uno de los detalles de esta narración).

    Sin embargo, no dividió los pájaros, pues el pueblo jamás perdería la fuerza de resistencia pasiva, a través de todas las persecuciones a las que sería sometido.

    Habiendo señalado a Avraham la visión de los animales, D”s amplió y explicó lo que esto significaba: como ya citamos más arriba: “saber sabrás, que tu descendencia será extranjera en tierra ajena, los esclavizarán y los atormentarán – (todo esto en un total de) cuatrocientos años (este plazo se computa desde el nacimiento de Itzjak, hasta la salida de Egipto). Y también juzgaré a la nación a la que sirvan, y luego saldrán con una gran fortuna”.
    Recién la cuarta generación volvería a la Tierra de Israel.
    Mientras tanto, cuando los hebreos estarían esclavizados en Egipto durante tres generaciones, los habitantes actuales de Cna’an seguirían disfrutando y gozando de las bondades de la tierra, pues aún no se había colmado la iniquidad por la que serían luego expulsados para siempre.
    Los futuros exilios
    Todo esto lo dijo D”s en una aparición de tiniebla, penumbra y una profunda y atemorizante oscuridad.
    En pocas palabras, Avraham previó la síntesis de lo que sostendrían sus descendientes a través de los tiempos. Según los Sabios, las expresiones que acabamos de citar hacen alusión no solamente al destierro en Egipto, sino a los futuros cuatro exilios (aparte de Egipto, cuyo poderío era de otra naturaleza, pues era un adiestramiento preparatorio para la nación hebrea que se estaba formando) que cargarían los judíos hasta la era mesiánica, y cuyos regímenes serían crecientemente opresivos para con los judíos.
    Así lo expresa el Midrash Rabá (Bereshit 44:20):
    1. “he aquí un temor” – se refiere a Babilonia (los caldeos que destruyeron el Primer Sagrado Templo de Ierushalaim);
    2. “oscuridad” – hace alusión a Media (el impero persa bajo el que se promulgó el decreto de exterminio demandado por el malvado Hamán refrendado por el tirano rey Ajashverosh);
    3. “grande” – describe a Antiojus (el imperio greco-sirio que usurpó la Tierra de Israel, profanó el Segundo Templo e intentó impedir que se respetaran las leyes de la Torá);
    4. “cayó sobre él” – representa al imperio romano que destruyó el Segundo Templo, desterró al pueblo de Israel, y en sus diversas transformaciones posteriores lo siguió dominando hasta la actualidad.

    También los cuatro reyes que habían invadido la Tierra de Israel y contra los que Avraham se había visto en la necesidad de guerrear para rescatar a su sobrino Lot, representaban a los cuatro imperios que se apropiarían de la Tierra de Israel en el futuro. El cuarto de esos reyes se denomina en la Torá como “Tid’al, rey de Goim (= naciones)”, pues personaliza a los romanos que no constituían una cultura o etnia, sino un conjunto combinado de muchas culturas (Ramba”n).
    Los musulmanes, descendientes de Ishmael, no están incluidos en esta nómina, puesto que no usurparon la Tierra directamente de los judíos, y su dominio, si bien frecuentemente déspota, no creció de las ruinas de los vencedores de Israel.

    Con la palabra “y también” en ese contexto, D”s hizo saber a Avraham que sus descendientes prevalecerían y sobrevivirían no solamente a Egipto, sino a todos estos enormes imperios.
    A pesar de lo ominoso del presagio respecto a la historia del pueblo de Israel, Avraham tomó la Voluntad de D”s con tranquilidad, y no protestó la Determinación Di-vina.
    Asimismo, Itzjak y Ia’acov en el futuro volverían a aceptar sumisamente el sufrimiento de sus hijos a Manos de D”s, sin lamentarse por el dolor, sabiendo que – en última instancia – se trataba de un beneficio espiritual para el pueblo que se tornaría de lleno a pedir la Merced del Todopoderoso (Shabat 89:).

    Cuando se reflexiona acerca de este episodio entre D”s y Avraham, uno reconoce lo errado de la visión habitual – común y vulgar – de los “opinólogos” que creen saber las estrategias que debemos tomar en relación a nuestros opresores de turno.
    ¡Qué bien nos haría recordar continuamente que – al igual que las estrellas – D”s vela y cuida de nosotros, teniendo preparada la salvación apenas Lo invoquemos a Él con verdadera y absoluta sinceridad!

    ¡BIENVENIDO A SDOM!
    El avión se acercaba a Sdom. Desde el aire se veía la más bella de las ciudades, sus calles inmaculadas, sus lagos y fuentes de agua límpida y sus imponentes y artísticas construcciones. Era exactamente como en las postales. No por nada, todos querían visitarla.

    Bajando del avión, saqué mi pasaporte del bolsillo y dentro del gentío intenté buscar la fila adecuada para pasar el control de migraciones. El letrero luminoso declaraba a los recién llegados: “Bienvenido a Sdom – Immigration Service”. Más abajo, los carteles dirigían a los viajeros a las cabinas donde serían atendidos. Las cabinas 1 a 4 estaban reservadas para residentes de Sdom en posesión de su “green card” que los identificaba como tales.
    Desde la 5 a la 8, estaban destinadas para los visitantes V.I.P. que ostentaban tarjetas de crédito “de oro” o dinero en efectivo suficiente para garantizar que su estadía no significaría un cargo al tesoro nacional que era por cierto muy preciso y no contemplaba la posibilidad de desperdiciar dinero en extranjeros inútiles a la economía local.
    Dado que yo venía como representante de una empresa multinacional e invitado especialmente por la gobernación local, me ubiqué en esa fila.
    Las filas 9 a 12 estaban marcadas para “indocumentados, colectores de limosnas desautorizados y desocupados en búsqueda de trabajo”.

    Desde mi lugar intenté ver hacia dónde se orientaban a las personas que habían cruzado las cabinas. Todos los que desfilaban por las primeras ocho filas, seguían hacia las limusinas que los esperaban afuera con choferes de guantes blancos. Los demás, los llevaban a gritos hacia una sala que lucía la inscripción “Sala de instrucción cívica”.

    Al lado, había otra sala en la que decía: “reincidentes”. Primero pensé que se trataba de los que no habían aprobado la materia en la escuela. Sin embargo, a medida que adelantaba la fila y me acercaba hacia la cabina, escuché que los gritos venían de ambas salas.
    De repente, se entreabrió la puerta de la sala y pude alcanzar a divisar las personas que gritaban y algunos elementos de tortura. La puerta se cerró inmediatamente. Algunas personas habrían visto lo mismo que yo e intentaban pasarse de su fila a la nuestra, pero el inspector revisaba minuciosamente los documentos que presentaba cada uno para constatar su autenticidad. Por si acaso, controlé nuevamente mis documentos… ¿mi billetera? ¿mi tarjeta de crédito? ¿dónde la puse? ¡¿dónde la puse?! Empecé a buscar y pensar frenéticamente. ¿La dejé en el avión? ¿Me la olvidé en casa? ¿¡y si no me aceptan los papeles?! Comencé a transpirar profusamente… cuando, imprevistamente, sonó el despertador.

    ¡Welcome to Sdom!

    La sola mención del nombre “Sdom” le hace pasar un escalofrío por la espalda. La Torá está colmada con historias de personas buenas y malas, de su infortunio y destino. Son todas fuentes de enseñanza para nosotros, que pertenecemos a las generaciones posteriores. Sin embargo, la idea de una ciudad que se tornó totalmente hasta que no quedara ningún vestigio de ella, llama profundamente la atención. Algo muy terrible debe haber ocurrido como para que tenga consecuencias de tal magnitud y quede registrado en la Torá para nuestro análisis.

    ¿Qué hicieron tan terrible?
    La gente de Sdom no nació en un vacío histórico. Previamente, la generación del diluvio había sido penada por ladrona y violenta. No respetaban la propiedad y las pertenencias del prójimo. “El que dice lo tuyo es mío, y lo mío es mío, es un malvado” (Pirkei Avot 5:13). Le siguió la generación de la construcción de la Torre de Bavel y la posterior dispersión. No respetaron la individualidad moral del ser humano y fue su gesta rebelarse colectivamente en contra de D”s. “El que dice lo tuyo es mío, y lo mío es tuyo, es un ignorante”.
    Luego de la dispersión, los habitantes de Sdom tomaron el lugar más fértil y económicamente privilegiado de toda la tierra. A escasos 52 años desde su fundación, no sentían que fuese su rol compartir esta ventaja con el resto de la humanidad. En fin, nunca podría una ciudad sola, resolver el problema de la desocupación y miseria de todo el planeta. Decidieron pues, imponer leyes de inmigración estrictas para evitar el constante flujo de personas desafortunadas que llegaban a la ciudad para probar su suerte allí.

    Ahora bien. La ambición es una condición humana no poco frecuente. ¿Es, sin embargo, tan grave como para ser sancionada de modo tan severo? Veamos cómo examina la misma Mishná que mencionamos anteriormente la naturaleza de Sdom. “El que dice lo tuyo es tuyo, y lo mío es mío, es una persona promedio, y hay quienes dicen que esa era la característica de Sdom”. La avaricia suele ser una característica “promedio”. Promedio denota que es corriente.
    Lo cual no significa, en absoluto, que esté bien. La gran mayoría de la gente se ofendería si la tildaran abiertamente de avara. Es muy probable que no dirían las palabras textuales y contundentes: “lo mío es mío, lo tuyo es tuyo”. Pero, hay modos más sutiles de expresar estos sentimientos. Por ejemplo: “vos te tenés que ocupar de lo tuyo”, “no quiero que me pasen por encima”, “vos ofrecés un dedo y te llevan toda la mano”, “se están aprovechando de vos”, “una cosa es ser bueno, otra es ser tonto”.

    La sociedad inventó muchas maneras de manifestar la falta de colaboración, sin que uno se deba sentir culpable o mezquino. El común de la gente sostiene, entonces, que vivir bajo la norma de lo aceptado por la sociedad es correcto. Si una persona sale de la norma y una vez cada tanto da algo de sí, entonces, por eso solo, se siente que ya es un santo. Ese sentimiento es un exponente de la mediocridad ordinaria de la sociedad.

    Sin embargo, mientras esto es una cuestión particular de cada uno, aun con lo grave que es, no llega a compararse con lo acontecido en Sdom. En Sdom, la actitud aislacionista y xenófoba era la política oficial del estado. No querían personas necesitadas en su “country exclusivo”, porque quedaba mal, porque los haría sentir culpables y porque no querían gastar lo que sentían les pertenecía.
    Cuando lo perverso se convierte en ley
    La mezquindad hacia terceros no solo era legal, sino ¡obligación cívica! Aun los propios Sdomitas serían castigados en caso de violar esta ley. Si todo esto nos parece lejano a la realidad, recordemos que los decretos antisemitas de Nüremberg, también fueron redactados por abogados expertos. La ley nunca puede ser espiritualmente superior a quien la redacta. En todo caso es peor, pues mientras una persona que está obrando fuera de la ley puede tomar conciencia del hecho de que está obrando mal, al momento de redactar leyes corruptas, esto le da un aire de urbanidad y civismo a la maldad.

    Al describir la naturaleza de Sdom, los exégetas Onkelos y Rash”í explican el versículo que los describe como “inicuos y perversos”: “inicuos – con sus bienes, perversos – con su carne” (otras opiniones invierten el orden de ambos males – Bereshit 13:13) Es decir, que en su conducta se sumaba la ofensa de la avaricia con el descaro en la lujuria.
    ¿Existe alguna relación entre ambas impertinencias, o simplemente fue coincidencia que su comportamiento fallara en estos dos frentes?

    Probablemente exista una relación íntima entre ambos males: tanto la inclinación a no compartir lo propio, como la búsqueda de placeres físicos provienen de la falta de reconocimiento de la Autoridad absoluta de D”s y de la consecuente soberbia humana que se cree poderlo todo. Hoy en día también los países desarrollados creen que son superiores por poseer economías más firmes y, no por casualidad, se convirtieron en el ejemplo de la corrupción moral más indigna que abarca públicamente a las familias monárquicas y a los mandatarios más célebres y poderosos, sin que esto causara la más mínima señal de vergüenza. El hedonismo y el egoísmo nacen de la misma fuente idólatra en aquel entonces, al igual que hoy.

    Los habitantes de Sdom no podían creer lo que estaba por ocurrir: cuando Lot, intentó anunciar la inminente destrucción a sus yernos, éstos se le rieron en la cara refutándole: “¡hay música y alegría en este sitio, y tú hablas de catástrofe!”.
    La altanería humana no admite, en su arrogancia, la contingencia de su derrumbe. (Bereshit 19:14)

    Al otro extremo del espectro moral estaba Avraham, el prototipo de: “El que dice lo mío es tuyo, y lo tuyo es tuyo, es el piadoso”. Avraham construyó el primer pilar de generosidad, sobre el cual se basaría el futuro pueblo de Israel.

    BRIT MILÁ – MÁS QUE UN CORTE
    Brit Milá.
    Todos hemos presenciado esta ceremonia tan judía, que emociona cada vez que se repite, aun habiéndola repetido en tantas ocasiones.
    Incluso en círculos que desafortunadamente distan de observar los demás preceptos, esta Mitzvá es la que más se sigue cumpliendo en casi todas las comunidades de Israel.
    Los Sabios atribuyen este hecho a que desde un principio fue aceptado por el pueblo con alegría.
    Y si bien el recién nacido no deja de ser judío por no haber sido circuncidado, para muchos el Brit Milá es lo que hace ingresar al bebé al pueblo de Israel. Sin embargo, junto a la abstención de cumplir con el Korbán Pesaj (cuando estaba al alcance hacerlo), eludir esta ley se constituye en aquella que conlleva el más severo castigo Celestial.

    El precepto de Brit Milá es anterior a la aceptación pública y unánime de las Mitzvot en el Monte Sinaí. Avraham la recibió de D”s 401 años antes de aquel magno evento y la cumplió de inmediato a pesar de su avanzada ancianidad – en él, su hijo y todos sus esclavos.

    D”s no solamente le ordenó a Avraham llevar a cabo la circuncisión.
    Cuando analizamos las palabras Di-vinas, encontramos que este suceso estuvo precedido de la frase (Bereshit 17:1): “hithalej lefanai veheié tamim”, que significa: “condúcete (soberanamente – sin permitir que las circunstancias ajenas te desvíen, sino guiándote por determinación y energía propia e interna) delante de Mi, y sé íntegro”. (Rav Sh. R. Hirsch sz”l)
    El cambio de nombre de Avraham también se dio en ese momento. Tenemos aquí entonces, un cambio de identidad.
    Luego, tuvo lugar el pacto que D”s estableció con Avraham, al cual ya nos hemos referido, mediante el cual le aseguró que la tierra de Israel sería suya y de sus descendientes.

    Rav Hirsch amplía estos conceptos que repetimos cada vez que ingresa el bebé para su Brit Milá: “hithalej lefanai” – significa “tener presente a D”s en todo momento, mirar en cada movimiento hacia Él, Quien ha asentado los límites y fronteras a todo y Quien nos ha otorgado libertad a través de la disciplina de Su ley…”, “veheié tamim” – ser íntegro es “cultivar toda aquella esfera que D”s ha delimitado para el judío, sin traspasar aquellos confines…”. “El vocablo ‘averá’ – como se conoce comúnmente al pecado – es el traspasar (la’avor) estas márgenes Di-vinas…”
    “Vemos aquí nuevamente la diferencia que existe entre Avraham el judío, y Avraham – el anterior. En su carácter previo, lo que valían eran sus buenas intenciones, del mismo modo en que se suele justificar cualquier acto en el ámbito no-judío por sus justos intentos…, y hasta aquel momento, Avraham era querido por sus cualidades de buen corazón y carácter. Sin embargo, desde aquel momento se pretende algo más: una subordinación – libremente optada – de sí mismo ante la Ley de D”s.”

    Evidentemente fue este uno de los momentos más culminantes de la vida de Avraham. Uno más de los que marcaron “un antes y un después”.
    Vamos a ampliar aquí una idea que hemos esbosado más arriba.

    La dificultad que esto presentaba ante el patriarca, no se limitaba a una cuestión de dolor físico por el que debería atravesar siendo tan mayor. Tampoco le molestaba lo que podrían pensar de él. Toda su vida desafió a los demás con su búsqueda de la verdad. Es que el Brit Milá lo iba a marcar como “distinto” con lo que, posiblemente, no podría seguir relacionándose con sus congéneres como un “igual”. Esto lo diferenciaría definitivamente del resto de la gente. Para Avraham, el hombre más generoso y gran amante de la bondad, esto significaba una división tajante con sus semejantes.

    Si hasta aquel momento había estado esperanzado en que toda la humanidad pactara una comunión espiritual con D”s, desde ahí solo serían él y su familia – y los que se quisieran sumar. No obstante, acató.

    Desde que nacimos – cada uno de nosotros – los judíos que vivimos en el exilio, nos encontramos con la contradicción y la disyuntiva: vivir en el seno de un entorno ajeno, colaborar, pertenecer cívicamente a un país con otra cultura, estudiar y conocer esa formación, desarrollar una actividad productiva y honesta que nos permita alimentar a nuestras familias e identificarnos con las necesidades del país, y – sin embargo – permanecer distintos, mantener nuestras propias leyes y costumbres, y – lo que es más difícil – seguir pensando distinto y percibirnos como judíos – desemejantes, apartados y muchas veces hasta enfrentados al pensamiento popular local.

    No es fácil – en particular cuando se habla de diferencias muy sutiles – pero debemos recordar las palabras que pronunciamos cada semana en Havdalá cuando despedimos al Shabat: “D”s, quien dividió entre lo sagrado y lo profano, entre la luz y la oscuridad, entre Israel y las naciones, entre el día Shabat y los días de labor…”.
    Claramente incompatible. No hay espacio para “jugar a dos puntas”. En todo caso, es Israel, quien debe proyectar su enseñanza a las naciones, del mismo modo que el Shabat debe inspirar a los demás días de la semana, y la luz alumbrar la oscuridad.

    Esto se refiere a las prioridades de las conversaciones en casa, en la elección del lugar de paseo o de las vacaciones, al elegir el espacio de distracción, etc.
    Cuando en el lenguaje se mezclan expresiones tales como “porque todos”, “lo normal”, “así se usa”, entendamos claramente que nos subordinamos a los estilos y costumbres que no nos pertenecen.

    Ud. se preguntará: ¿antes no hubo influencia ajena en la liturgia judía?
    Es muy posible que la haya habido, y quizá también influyó negativamente sobre el pueblo. Sin embargo, es importante destacar que no podemos comparar en términos absolutos otras épocas a la nuestra. No contamos con los antídotos que poseyeron antiguamente para evitar caer en las persuasiones y seducciones detrimentales. Hoy, y cada día, se proyecta con más fuerza, nos integramos más, nos mimetizamos con mayor disposición – y vivimos con mayor riesgo.

    El Brit Milá es más que un corte de la piel del prepucio.
    Si para Avraham el desafío del Brit Milá fue el de ser el progenitor de un pueblo que sirva a D”s – dejando “afuera” al resto de las naciones, el nuestro consiste en divisarnos y notarnos realmente como diferentes, sin envidiar o sentirnos disminuidos, sino – justamente por el contrario – orgullosos con razón de nuestro acervo.

    La bendición que recitamos al legarle el nombre al recién nacido, comienza con las palabras “Quien santificó al querido desde el vientre (materno)”. Ese es precisamente el concepto: ennoblecer – y no profanar – a nuestros niños inocentes desde su más temprana niñez.

    “SIÉNTASE COMO EN SU CASA”
    En los años 30, muchos judíos de Polonia y el resto de Europa oriental vivían en un estado de pobreza crónico. Por lo tanto, muchos de ellos intentaron probar suerte en lugares con mayores posibilidades de conseguir un sustento digno. Uno de los sitios más requeridos era Austria, por estar ubicada relativamente cerca de Polonia. Dos muchachos llegaron en vísperas de Iom Tov a las oficinas de Tzeiréi Agudat Israel de Viena procurando asistencia para encontrar trabajo y hospedaje. Ni siquiera tenían un lugar para comer aquella noche.

    El secretario les trató de resolver el tema más urgente primero, y les sugirió ir a la sinagoga “Schiff Shul” (el nombre surgía del hecho que estaba ubicada en la calle Schiff), y asegurarse de que el Sr. David Schlesinger los viera. Él, sin duda, los invitaría a cenar en su casa. Cerca de 300 personas rezaban en aquella sinagoga en Shabat y aun más en Iom Tov. Los dos chicos intentaron que el Sr. Schlesinger los viera, pero no estaban seguros de que realmente los hubiera advertido.

    Al concluir la Tefilá, se colocaron al final del pasillo central, para que el Sr. Schlesinger los notara a la salida, pero cuando llegó el momento, el Sr. Schlesinger pasó al lado de ellos dialogando con otra persona, les inclinó la cabeza saludándolos… y siguió de largo conversando.

    Los dos estaban desesperados. Habían puesto todas sus esperanzas en la hospitalidad de este buen hombre, y no tenían un plan alterno para compartir la Seudá de Iom Tov. Cuando la gente terminó de salir de la sinagoga, quedaron allí parados, ambos, sin saber qué hacer. Transcurrieron unos minutos de terrible angustia, solos en lo oscuro de la noche y lejos de sus respectivas familias.

    De pronto escucharon los pasos de una persona que corría hacia ellos. Cuando se acercó, se alegraron de ver que no era otro sino el mismo Sr. Schlesinger!…
    “¿No me harían el honor de acompañarme en la cena de Iom Tov?” – les preguntó. Ambos rápidamente le “concedieron el favor” y caminaron con él hacia su casa.

    Cuando ya estaban en la mitad del banquete, su curiosidad fue demasiado fuerte: “Díganos, señor, Ud. ya nos había visto en la sinagoga. ¿Por qué recién se volvió para invitarnos después de retirarse?”
    El Sr. Schlesinger les respondió sonriendo:
    “Uds. se habrán percatado que yo estuve charlando con una persona al salir de la sinagoga. Esa persona solía estar en una muy buena posición económica, pero lamentablemente perdió toda su fortuna. Yo comprendí que si les mencionaba mi intención de invitarlos en su presencia, él se sentiría obligado a hospedar a uno de ustedes dos, cosa que está fuera de sus posibilidades, pues apenas le alcanza para alimentar a su propia familia. Por lo tanto, lo acompañé hasta la esquina como suelo hacerlo habitualmente y luego volví ansioso de que Uds. aún estuviesen esperándome, para agraciar nuestra mesa de Iom Tov”.
    (“Around the Maggid’s table”, de Rabbi Paysach Krohn)

    ¿Ud. se asombra por lo extraño de la historia?
    ¿“Extraño” por qué?
    ¿Porque no estamos acostumbrados a ver gente que se esmere hasta tal punto para agasajar a huéspedes, que no lo vea como algo optativo, sino como parte íntegra ineludible de su vida?

    Bien. Sería bueno entonces, recordar que los Sabios nos dieron varias señales y síntomas por los cuales podemos reconocer a los descendientes del patriarca Avraham. Una de estas tres manifestaciones es precisamente la predisposición a brindarse para albergar y amparar a quienes necesitan refugio (material, anímico y/o espiritual).

    La Torá narra un incidente en el cual, a pesar del calor sofocante del día, Avraham salió al cruce de tres viajantes desconocidos para ofrecerles lo mejor que podía, actuando como si fuesen viejos e íntimos amigos.
    Lo que llama la atención, al margen de la generosidad de Avraham y Sará, es la prisa con la cual proceden. Varias veces, en el transcurso del episodio, se menciona que Avraham “corrió” y “se apuró” (a escasos tres días del Brit Milá a sus 99 años).

    Más adelante, cuando el sirviente de Avraham viaja a Aram Naharaim a buscar una pareja adecuada para Itzjak, encontraremos nuevamente la misma terminología. Rivka, también aligeró y se apresuró para atender al sirviente foráneo.

    Los Sabios estudiaron minuciosamente cada gesto en la conducta de Avraham hacia sus huéspedes y señalaron que aquellas cosas que Avraham ofreció personalmente a los huéspedes (como ser el pan), más tarde, en el desierto, fueron retribuidas por D”s “por sí mismo” (en forma de Maná que D”s hizo precipitar para alimentarlos), mientras que aquello que les dio mediante terceros, que podían ser sus sirvientes, D”s, a Su vez, retribuyó por medio de terceros (como ser el agua, que Moshé hizo salir de la roca). (Rash”í) Esta observación nos hace ver claramente, cómo repercute la manera en la que se lleva a cabo una buena acción.

    Aun Lot, quien había renegado gran parte de las enseñanzas de Avraham por amor al dinero, cuando ya vivía en Sdom, una ciudad en la cual la hospitalidad a los pobres corría en contra de la ley, también se da prisa para llevar a los extraños a su casa.

    Aun así, la nobleza de Lot no se equipara a la de Avraham, pues Avraham salió al encuentro de personas con aspecto menesteroso, mientras que a Lot se le presentaron majestuosos, como ángeles. La generosidad genuina no conoce diferencias entre huéspedes pudientes y huéspedes indigentes. Las historias siguientes, nos pueden ayudar a reconocer esta característica en todo su brillo:

    El Sr. X, quien habita en Londres, se acercó a la Torá al estar en contacto con el Rav K, quien solía recibir diariamente en su casa a todo aquel que no tenía donde comer. Los huéspedes en su mesa podían ser decenas, y se acercaban sin necesidad de anunciarse previamente. Algunos ya eran “fijos”. Ni él los conocía, ni muchos de ellos lo conocían a él. En cierta ocasión, uno de sus comensales, sentado a su lado, suponiendo que él también era “visitante”, le inquirió acerca de cuánto tiempo uno podía comer en esa casa. “Entiendo que no debe haber problema” – le respondió honesta e inocentemente – “yo ya como aquí hace treinta años y nadie me echó…” (Historia verídica)

    Uno de los paradigmas legendarios que cumplió con la Mitzvá de Hajnasat Orjim fue R. Ia’acov Iosef Herman sz”l.
    Habiendo quedado completamente solo en las calles de Nueva York, a fines del siglo pasado, decidió con determinación absoluta que no profanaría el Shabat aun si eso le impidiera conseguir un trabajo fijo.
    Con el tiempo, abrió un comercio de pieles. Tuvo momentos de prosperidad, pero como muchos, perdió su fortuna en la depresión del año 1929. Tanto cuando las cosas le fueron bien, como en momentos de dificultad económica, su otro “negocio”, el de los huéspedes que se sumaban a su mesa, nunca cerró. En aquella época, la obtención de alimentos Casher no era lo que es hoy, ni tampoco existían los electrodomésticos que facilitan las tareas de la cocina como hoy en día. Todo debía elaborarse en la casa, y gran parte de la tarea era manual.

    En cierta oportunidad, Esther, su hija mayor de diez años que siempre ayudaba a la mamá, se preparó para un premio: iba a ir al puerto con la mamá a despedir a un tío que partía hacia Europa. La idea de ver “un barco grande” tenía intrigada a la nena (los chicos se alegraban antes con premios más simples…).
    Justo cuando ya estaba vestida y lista para salir, llegó el papá y les avisó que atiendan a un huésped que había traído. Esta actividad les llevó bastante tiempo, y cuando estuvieron listas… ya era tarde para ir.

    Esther estaba triste por la ilusión que había quedado frustrada y fue a llorar a su habitación. El papá la siguió. Tomó las manos de la niña en las suyas y le explicó: “la gente cuida muchas Mitzvot, pero ésta, la de recibir a los pobres, por alguna razón queda relegada. ¿Tú piensas que le estamos haciendo un favor a los Orjim?
    Son ellos los que nos honran con el privilegio de aceptar nuestro alojamiento. Con la Mitzvá que acabás de observar, hoy sos la niña más afortunada en todo el mundo.” Años más tarde, Esther relató cómo estas palabras sinceras del padre le hicieron cambiar su visión de las cosas. (“All for the Boss” de Ruchama Schein)

    Las palabras de R. Ia’acov Iosef a su hija tienen su fundamento en el Talmud. El significado de estas palabras no es teórico o alegórico, sino que está íntimamente relacionado con la manera de Servicio al Creador que enraizó Avraham en sus descendientes. El hecho de poder proveer para otros, nos permite a los seres humanos emular al Todopoderoso, Quien continuamente brinda vida y bienestar a quienes se lo merecen y a quienes no.

    Una de las personas a quien vi en mi juventud me impresionó por su abnegación hacia los huéspedes, fue nuestro maestro el Rav B. Baumgarten sz”l. Dadas las circunstancias de la vida, vivía solo en Bs. As. Para Shabat, buscaba pequeños de un orfanato de niños judíos y los ubicaba en casas de familia. En su propio hogar vivieron varios muchachos a quienes introdujo en el mundo de la Torá, aparte de brindarles con mucho cariño todo lo que necesitaban desde lo material.
    Uno de ellos, vivió varios meses en su casa. Lentamente, fue incorporándose al cumplimiento de las Mitzvot. Después, repentinamente se fue… sin siquiera decir gracias.
    Cualquier persona de menos convicción, hubiera perdido su deseo de seguir dedicándose con tal desinterés. No así él. Los fracasos no le impidieron seguir en su tarea.

    Rav Arye Levin sz”l, fue una persona que vivió con lo mínimo indispensable, y muchas veces con menos aun. Visitaba asiduamente las cárceles y los hospitales para confortar a los que sufrían.
    En cierta oportunidad, un ladrón preso fue dejado en libertad cerca de la noche y como no tenía adónde ir ni conocidos en Ierushalaim, se dirigió a la casa de Rav Arye. Éste lo atendió como a un rey, le dio de comer y le ofreció una cama para pernoctar allí. Cuando se levantaron a la mañana siguiente, el ladrón ya no estaba, ni tampoco los candelabros. En la casa hubo malestar por el abuso de confianza. Rav Arye inmediatamente pidió a todos que el lamentable evento no causara que en el futuro, su atención a los huéspedes disminuyera en lo más mínimo.
    (“Ish Tzadik Haiá” de Simja Raz; Feldheim Publishers)

    La conciencia de Hajnasat Orjim en nuestra comunidad se intensificó últimamente.

    Esto es maravilloso. Detrás de esta actitud, hay grandes corazones que se abren junto a las puertas de los hogares para mostrarse solidarios unos con otros. Antes de Shabat, están las compras voluminosas y costosas.

    Luego las horas en la cocina, a menudo en el calor del verano y, a veces, tarde de noche. Durante la comida, las mujeres están alertas a que cada uno de los huéspedes esté bien atendido. Los sábados a la noche, cuando termina Havdalá, pilas de platos esperan a las amas de casa antes de poder pensar en comenzar otra tarea, pasear o retirarse a descansar.
    Sin duda, verdaderas y leales sucesoras de Avraham Avinu.

    AMAR, CUANDO NO ES FÁCIL
    Ahora, indaguemos un poco más detenidamente en la Torá: ¿quiénes eran realmente los huéspedes que recibía Avraham y con quiénes polemizaba y demostraba acerca de la existencia de un D”s Único?

    Después de la destrucción de la ciudad de Sdom, enseña la Torá, Avraham se mudó (Bereshit 20:1). Uno de los motivos mencionados por Rash”í para justificar esta mudanza, es que a partir de la caída de Sdom se interrumpió el flujo de viajantes por la ruta en la que él estaba instalado. Se puede deducir de esta explicación, que sus asiduos visitantes eran quienes iban y venían de Sdom. Ahora bien, también sabemos que no cualquier persona era bien recibida en Sdom. Los carteles de entrada advertían claramente que “se prohibía la venta ambulante y se vedaba el ingreso a mendigos. La visa de entrada debía estar debidamente justificada con ingresos genuinos, patrimonio, etc.”
    Sabiendo esto, uno se cuestiona si Avraham sinceramente esperaba que los habitantes de Sdom y sus pares extranjeros se hagan eco de sus palabras espirituales, o si siquiera fueran merecedores del agasajo que él ofrecía gratuitamente y en forma personal.

    Sin embargo, esta dificultad se debe a que no conocimos a Avraham.
    Acerca de él, Pirké Avot (cap. 5) nos enseña que los alumnos de Avraham (aquellos que desean seguir su camino) poseen 3 cualidades
    1. un ojo bueno – se alegran cuando le suceden acontecimientos favorables a las demás personas.
    2. un espíritu modesto
    3. un alma sobria

    Cada una de estas tres características las encontramos en la narración que la Torá hace acerca de la vida de Avraham.

    Como vimos con anterioridad, cuando Avraham se tuvo que separar de Lot, le ofreció que elija el lugar que más le agradara de la tierra de Cna’an – que en realidad había sido ofrecida por D”s a él. Avraham mismo tenía “un buen ojo”.

    Cuando Avraham estaba pidiendo por la salvación de los habitantes de Sdom – llegando a “regatear” con D”s hasta que ya no quedaba forma alguna de defenderlos. (Bereshit 18:23-33)- en sus súplicas le dijo a D”s: “siendo yo polvo y cenizas”. Era modesto, y no se sentía merecedor de que D”s responda a sus rezos.

    Después de la guerra que sostuvo contra los reyes que habían invadido la tierra de Cna’an y llevado prisionero a su sobrino Lot, el rey de Sdom ofreció a Avraham que se quedara con todo el botín y que le diera nada más que los cautivos que Avraham había liberado. A lo cual, como vimos, Avraham respondió jurando que no llevaría “ni un hilo, ni un cordón de zapato”. Un alma sobria.

    Si estas eran las particularidades de Avraham, podemos intentar entender cómo se responde el resto de nuestras incógnitas.
    Hay personas a las que les gusta polemizar “por deporte”, o sea que siempre tienen opiniones en todo tema. Aun cuando su postura no esté basada en un estudio minucioso de cierto pensamiento, no van a abstenerse de establecer vehementemente cierta posición. Supongo que esto les trae satisfacción por tener “presencia” ante el público oyente. Esta actitud desafortunadamente hace que uno crea que es menester desprestigiar al otro para “tener razón”, y en lugar de esclarecer, esta insistencia verdaderamente muestra la debilidad del argumento expresado (“si grito más fuerte – ¿es porque yo tengo la razón?”)

    También está “de moda” que cualquier persona aventure suposiciones acerca de cuestiones judaicas y se aferre a ellas sin siquiera haber estudiado qué es lo que dicen las fuentes al respecto. Esta actitud es muy “barata”, (aun cuando esté bien intencionada), pues confunde a la gente. Quizás, quien lo hace, crea que así está defendiendo la religión y tal vez las personas que lo rodean, por ignorancia, lo desafíen en lo que él está cumpliendo en materia de Mitzvot, y lo diga para defenderse del entorno.

    Obviamente no se le puede impedir a nadie que diga lo que quiere, pero sí está en el derecho del observador interlocutor, pedir que se explique en qué basa el otro lo que está diciendo. ¿Lo estudió o lo escuchó “por ahí”?
    Nuestros Sabios invirtieron mucho estudio antes de opinar, y aun más antes de escribir y transmitir sus palabras. Si no estaban totalmente seguros de lo que decían, se expresaban con manifestaciones de duda respecto a la materia en discusión.
    Asimismo, Avraham estudió su postura durante años antes de polemizar, y desafiaba a sus huéspedes en materia de creencias en su intento de rectificar las creencias erradas de estos. Pero se requieren años en llegar a ser Avraham.

    En nuestro idioma existe una expresión que reza: “lo cortés no quita a lo valiente”. Sin embargo, lo de Avraham no se restringía a una mera cortesía: Era el producto del amor por la gente. Menos aun se trataba de “ofrecer la otra mejilla para ser golpeada”, pues tampoco eso es útil, ni lógico.

    ¿Qué siente el judío cuando observa a otro correligionario en situación de desobediencia de los preceptos?
    Dolor, mucho dolor – pues aquel otro, que ahora está en infracción, es tan judío como uno mismo. Eso mismo sucedía con Avraham cuando veía que sus semejantes sucumbían al paganismo, y, por ende, no escatimó esfuerzos en cada intento por esclarecerles la verdad. No necesitaba votos, ni se postulaba para un cargo público. Hubiese sido más cómodo para Avraham encerrarse y desentenderse del resto de la humanidad descarriada.

    Rav Iosef Jaim Sonnenfeld sz”l era Rav de Ierushalaim en momentos muy difíciles (a principios del siglo XX). La población judía estaba dividida. Por un lado, estaba la comunidad tradicional (el Ishuv haIashán) que respetaba las tradiciones, y por otro, los Jalutzim de ideología comunista, a quienes poco les importaba la heredad de sus antepasados. Algunos de ellos querían imponer sus creencias marxistas sobre el resto de la comunidad, y se sentían sumamente molestos de que existiera aquel grupo que se mantenía independiente y observante.
    La tentación de cruzarse hacia una vida más “fácil” era fuerte, y los Rabanim luchaban por mantener los ideales despiertos entre la juventud de los hogares enraizados en judaísmo, para que no se pierdan en el modernismo masificador.

    Una noche, cuando estaba el Rav estudiando con su nieto, irrumpieron algunos muchachos extremistas a su hogar y lo enfrentaron a los gritos y puños levantados amenazándolo por sus actividades “traidoras” y su actitud decidida en contra de los avances de la izquierda.
    Mientras el nieto muy asustado buscó refugio, Rav Sonnenfeld permaneció impávido en su asiento, mirando a sus agresores con un dejo de lástima y pena. Cuando estos acabaron su ataque verbal, el Rav se puso de pie, desabrochó su camisa y, mirándolos a los ojos, exclamó: “Estoy dispuesto a dar mi vida por la santificación del Nombre de D”s. Disparen, si desean. Prometo no resistir. Después, vayan y digan a quienes los enviaron que la comunidad ortodoxa no se dejará intimidar por gente vil. No podemos influenciar vuestras acciones, pero sí esperamos, que Uds. no interfieran en nuestro accionar independiente. Ninguna intimidación nos encrespará”.
    La postura férrea del Rav los enojó aun más, pero justo en el momento en que parecía que lo atacarían físicamente, se volvieron y se retiraron sin decir una palabra más.

    Rav Iosef Jaim más tarde reflexionó y explicó lo que creía que había sucedido.
    Analizando la precaria situación en la que el patriarca Ia’acov se enfrentó con Eisav, nos cuenta la Torá que en el momento crítico, Ia’acov “se agachó siete veces continuas hasta acercarse a su hermano” (Bereshit 33:3). Aun cuando Eisav mantenía la actitud odiosa y violenta, Ia’acov trató de enfocar mentalmente las virtudes de Eisav, y contener sus vicios. Fue aquella actitud de caridad y amor que irradiaba Ia’acov, la que modificó la disposición negativa de Eisav.

    “Es esa misma conducta, la que debemos aplicar con nuestros hermanos que se han desviado. Debemos juzgarlos para bien, y encontrar el bien en el corazón de cada uno de ellos. Aun cuando nos encontramos luchando por los ideales de la Torá, esa controversia debe realizarse con amor, y no con animosidad personal. Solamente de esa manera existe la posibilidad de que sus ojos se abran y reconozcan lo erróneo de sus caminos”.
    “Así es que juzgué a los jóvenes que acometieron contra nosotros. Los aprecié como hermanos, con compasión y simpatía. Esto, a su vez, los obligó a cambiar su actitud hacia mí, y se retiraron sin causar daño”. (Jojmat Jaim, de Artscroll/Mesorah)

    “D”s ama al peor de los malvados más de lo que amamos nosotros al más santo” – dijo un Sabio.
    …Más tarde Avraham rezó por el bienestar y la curación de Avimelej, rey de los Filisteos y de su familia, luego que fueran castigados cuando el rey raptara a su propia esposa Sará (Bereshit 20:17).

    Lot
    JUGANDO A LAS DOS PUNTAS
    Si bien con anterioridad ya nos hemos referido a Lot – hijo de Harán, el hermano fallecido de Avraham – vale la pena ahondar un poco más en este personaje, que tuvo mucha conexión con la vida de Avraham. D”s no le exigió a Lot acompañar a Avraham y se podía haber quedado viviendo cómodamente en la casa de su abuelo Teraj en Jarán.
    No obstante, siguió a Avraham hasta en las difíciles circunstancias de ir a Egipto a causa de la hambruna de la tierra de Cna’an.

    ¿Quién fue Harán, por qué falleció, y por qué Lot siguió a Avraham? ¿Por qué la relación de Lot con Avraham tuvo un final tan poco feliz?

    Algunas de las respuestas nos las da el Midrash. Sobre Harán, nos dice el versículo que “falleció frente a su padre Teraj en Ur Casdim”. ¿Cómo ocurrió eso? Dice el Midrash que cuando se le ofreció a Avraham la opción de renunciar a sus convicciones y unirse a los idólatras, Harán especuló: “Si Avraham sale victorioso, me adhiero a él. Si no, sigo al rey Nimrod…”.

    Avraham sobrevivió el intento de ser martirizado en la hoguera. Harán recién entonces lo apoyó “incondicionalmente” – pero fue consumido por las llamas. Sin embargo, ya vimos que Harán tuvo cierta simpatía, si bien sin la convicción debida, por las ideas que exponía su hermano Avraham. Aparentemente, Lot siguió la tendencia del padre, pues sentía aquella misma vocación “religiosa” por los ideales del tío.
    Quizás sea esa la razón por la cual lo acompañó.

    Tal como escribimos antes, Lot se sumó a Avraham en su viaje a Cna’an.
    Mudarse a un lugar nuevo en aquellas épocas no era ni más fácil ni menos riesgoso que hoy día.
    Apenas llegaron a Cna’an y D”s prometió toda la tierra a la descendencia de Avraham, pero apenas llegados se produjo una hambruna muy intensa (la primera vez en la historia de la humanidad que escaceó alimento en algún país) y Lot optó por seguir escoltando a Avraham (que era el único que había recibido la orden de D”s de mudarse), en lugar de volver con su abuelo Teraj a Jarán.
    Incluso en Egipto, cuando se le dieron obsequios a Avraham en la creencia que Sará era su hermana (que según el Midrash era, en verdad, hermana de Lot), Lot cooperó al mantener el secreto del vínculo conyugal que unían a Avraham y Sará. (Más tarde, ese silencio le sirvió de mérito en momentos críticos).

    Las discrepancias
    Sin embargo, cuando volvieron de Egipto, las cosas se tornaron agrias. Surgieron conflictos entre los pastores de Avraham y los de Lot. A raíz de aquel problema, Avraham ofreció a Lot separarse. Lot aceptó, y fue a vivir en las cercanías de Sdom, una ciudad que se caracterizaba por su egoísmo – la antítesis de su tío Avraham, cuyos actos de bondad y caridad ya eran legendarios.

    En todas las familias suelen producirse desavenencias, que luego, frecuentemente, se resuelven. Eso podía haber sucedido en la familia de Avraham. ¡Por lo cual, no se entiende por qué Avraham, que solía ser tan condescendiente y generoso con extraños desconocidos, no podía ser más tolerante con su propio sobrino Lot!

    RashӒ nos ayuda al explicar el motivo del conflicto entre los pastores de uno y del otro.
    Los pastores de Avraham tenían orden de colocarle bozales a sus animales hasta que llegaran a los campos que no tenían dueño, para que no comieran de campos privados ajenos.
    Lot no exigía a sus pastores ser tan escrupulosos. Ante el cuestionamiento de los primeros, los pastores de Lot contestaban: “D”s prometió la tierra a los descendientes de Avraham. Su único heredero es Lot. Por lo tanto, podemos considerar que todo el pasto igual nos pertenece”. Para aclarar que esa postura no tenía justificación legal, el mismo versículo nos aclara que el cna’anita y prizita habitaba la tierra en aquel momento – ¡y recién pertenecería a los descendientes de Avraham en el futuro!

    Avraham no quería tener más a Lot a su lado.
    Robar está mal y debe ser censurado. Sin embargo, mientras el ladrón comprende que está en infracción, tiene la posibilidad de rectificar lo que hace. No obstante, si ya decidió racionalizar sus impulsos y no les ve nada malo, no tiene solución.
    Después de años de proximidad a Avraham, Lot eligió acercarse al extremo moral opuesto: Sdom. Es decir, fue a las afueras de Sdom, quizás porque quedaba mal ir de la casa de Avraham a Sdom, pero, con el tiempo, sus negocios lo condujeron a la mismísima Sdom (otra coartada).

    Reincidente
    Recordemos que la ciudad de Sdom era muy opulenta y codiciada, y como vimos antes, pronto se vio involucrada en una guerra. En aquel momento, Lot ya era ciudadano de Sdom, con todos los derechos – y sus peligros. A pesar de que Lot se había desviado, Avraham se arriesgó y lo rescató. Lot no aprendió y – ¡volvió a Sdom!

    Pasaron unos cuantos años más.
    D”s le anunció a Avraham que la perseverancia Di-vina en relación a Sdom (y las ciudades adyacentes) había llegado a su límite. Sería destruida.
    Avraham, como mencionamos, impolró y regateó con D”s para salvar la ciudad, pero ésta no contaba con suficiente cantidad de gente merecedora. Su suerte estaba sellada. Para ese entonces, Lot ya era juez de Sdom.
    Un juez, se rige y tácitamente acepta las leyes del lugar.

    Lot recibió a los mensajeros Di-vinos en su hogar, a pesar de que la hospitalidad estaba en contravención a la ley local, pero los habitantes de la ciudad lo rodearon y amenazaron con destruir la puerta de su casa si no ponía a su disposición a los “huéspedes”.
    En aquel momento, Lot ofreció a sus dos hijas solteras como objeto de placer en “sustituto” de los visitantes.
    Los Sabios declararon al respecto: “Habitualmente una persona da su vida para preservar el honor de sus hijas y éste (Lot) las entrega. Para si mismo las guarda”.

    Los emisarios Di-vinos le advirtieron a Lot acerca del desastre que estaba por suceder para que salvara a sus otras hijas casadas y a sus yernos, pero éstos se burlaron de él. Lot quiso entonces salvar sus bienes, pero ya era tarde. Toda la fortuna malhabida que lo había tentado hacia Sdom, quedó sepultada bajo los escombros. Suponiendo que la lección de vida era ya más que evidente, los mensajeros le insistieron para que volviera con Avraham, pero no hubo caso. Vivir con el tío era una exigencia moral a la cual no estaba dispuesto a volver. En lugar de eso, fue a habitar en una cueva en la cual engendró los pueblos de Moav y Amón en una relación incestuosa con sus dos hijas.

    Las oportunidades en la vida se dan. Muchas veces, como en el caso de Lot, se desperdician.
    A Lot le gustaba la vida de bondad de Avraham, hasta el punto de copiar algo de sus hábitos al recibir a los emisarios Di-vinos en su casa de Sdom a pesar del riesgo que implicaba.
    Pero no estaba dispuesto a renunciar a las pasiones y a su apego, su afición y su devoción por lo material. Llega un punto en el cual uno debe decidir:
    ¿Hacia qué lado?

    Los descendientes de Abraham-Ytzjak e Ishmael
    DE TAL PALO, TAL ASTILLA
    Avraham y Sarai (Sará) ya estaban habitando en la tierra de Cna’an, país en el que diez años antes D”s le había prometido a Avraham que tendría descendencia.
    Sin embargo, la profecía que concernía a su posteridad tardaba en cumplirse.
    Otrora, en momentos de hambruna, Avraham y Sarai habían llegado hasta Egipto, en donde Sarai fue secuestrada por el rey Par’ó. A través del castigo que recibió por aquel exceso, Par’ó se percató de la santidad de Sarai, y decidió que era preferible que una de las princesas – Hagar – fuese sirvienta en casa de esta noble mujer, en lugar de ser infanta aristócrata en su propio palacio (Midrash Rabá, Bereshit 45:1). Y así, a partir de ese momento, Hagar acompañó a Avraham y Sarai en sus trajinados viajes.

    Al ver que la promesa de tener hijos no se cumplía, Sarai se sintió mal por Avraham que – sin duda – querría transmitir su enseñanza a un hijo propio. Creyendo que era ella quien, por algún motivo, impedía que se cumpliera el deseado vaticinio, ofreció a Avraham que tomara a su sirvienta Hagar como esposa. Si así lo hiciere, y Hagar le traería un hijo, Sarai tendría la oportunidad de educar a aquel niño de la sirvienta según las enseñanzas que lo convertirían en digno sucesor de Avraham.

    Las palabras de Sarai, al dirigirse a Avraham con su plan, fue que “quizás (ella) se construiría a través de aquel hijo”. En hebreo, el vocablo “Ben” se traduce como hijo, pero también forma la raíz etimológica de “Binián” (construcción).
    La relación entre ambos significados se establece a través de la noción que, al engendrar hijos y educarlos, uno aporta lo suyo a la construcción del pueblo – y de la humanidad. De este modo un hijo – Ben – es parte del gran Binián….

    Avraham, por su lado, no hubiese anhelado tener un hijo con otra mujer que no fuera su querida Sarai, pero al insistir ésta con su propuesta, Avraham accedió para que ella se sienta realizada con su propósito.
    Por otro lado, Sarai también debió convencer a Hagar que este ofrecimiento era beneficioso para ella (Midrash Rabá, Bereshit 45:3).
    Si bien uno hubiese creído que Hagar aceptaría de inmediato la oferta de Sarai, ella comprendió los riesgos involucrados. Ser esposa de Avraham requería regirse con una santidad muy elevada – co exigencia y compromiso mucho mayores al de ser sirvienta – y de faltar a la altura espiritual indicada, podía perder ese mérito y hasta frustrar su posibilidad de atender el hogar de personas tan santas.
    La sirvienta se convierte en esposa
    Finalmente, Avraham tomó a Hagar, y ella quedó embarazada muy pronto. Pero en lugar de que este evento fuera una circunstancia feliz, se tornó en una desventura desdichada. Las esperanzas de Sarai respecto a Hagar (y luego también en lo concerniente a la educación de su hijo), habían sido exageradas, y grande fue su desilusión.

    Hagar comenzó a despreciar a su ama. Aun cuando Sarai instaba a las mujeres a respetar y agasajar a Hagar, que aun siendo actualmente sirvienta, provenía de origen monárquico, Hagar fue ingrata, y en vez de estar agradecida a Sarai por haber cedido su espacio singular al compartir a su esposo con ella, Hagar comenzó a provocarla disimuladamente. Hagar hacía saber a la gente que aquello que se suponía acerca de la virtud e integridad de Sarai, no debía ser tan cierto. Pues, evidentemente, Sarai no había merecido gestar hijos para Avraham en todos estos años de matrimonio, mientras que ella misma había quedado embarazada de inmediato (Midrash Rabá, Bereshit 45:4).

    Sarai encaró a Avraham, haciéndole saber que esta rudeza encubierta (“Jamás” – en hebreo) de Hagar, se debía a su relación con él, la que la hacía sentir altiva y causaba esa situación. De hecho, Avraham, quien seguramente estaría enterado de la tosquedad de Hagar, no la había callado ni reprendido.

    Al final de su alegato, Sarai agregó las críticas palabras: “que juzgue D”s entre mí y entre ti” (Bereshit 16:4).
    Los Sabios nos hacen saber que esta expresión no fue acertada: “Todo aquel que invoca la Justicia Di-vina en contra de otra persona, es juzgado primero”. Y la consecuencia de este intercambio fue que Sará falleció mucho antes que Avraham (Talmud Babá Kamá 93.).

    Sin embargo, Avraham, le hizo saber a Sarai que él no podía impedir la conducta de Hagar, pues ella era su esposa. Era la propia Sarai, para quien Hagar seguía siendo su ama, la que debería frenar la situación adversa.
    Sarai entonces siguió tratando a Hagar con el rigor con el que había estado conduciendo su vida hasta el momento. Pero la situación se tornó intolerable para Hagar, hasta tal punto que terminó por rebelarse y escaparse.
    La nueva proximidad de Hagar con el espíritu elevado de Avraham no armonizaba con la idea de la esclavitud.
    Si bien no habían habido cambios en el trato de Sarai para con Hagar, aquello que Hagar había aceptado hasta aquel momento como esclava de Sarai, no lo podía o quería acceder más (Rav Arie Levin sz”l).
    La huída de Hagar…
    Ya no podía someterse a Sarai y buscó su libertad en el desierto, donde pensaba que no se encontraría con personas de su entorno. Mientras tanto, Hagar había perdido su embarazo.
    Sin embargo, y si bien no se toparía con seres humanos conocidos, pronto descubriría que D”s no se olvidó de ella.
    Fue así que se le presentaron sucesivamente Emisarios Celestiales para convencerla que debía volver a su rol y subyugarse como sirvienta de Sarai. Hagar no quiso.
    Aun cuando el próximo ángel le prometió que su descendencia sería numerosa, Hagar no accedió a retornar.
    Recién cuando se le dijo que volvería a quedar embarazada de un hijo que sería más liberto y emancipado que el resto de los humanos, aceptó volver a esclavizarse.
    Este último Emisario también le dijo que el nombre de su hijo sería Ishmael “pues D”s ha escuchado tu opresión”: el Todopoderoso no solamente ve lo que sucede en forma manifiesta, sino que también escucha lo que sucede en la intimidad de los corazones de los humanos. Y puesto que Sarai no la había oprimido físicamente, sino solamente le había señalado su relación de esclava que Hagar no quería aceptar más, este dolor del alma había sido notado por D”s, Quien la recompensaría con hijos que serían libres, o sea, sin tener que cargar el yugo de otros humanos.

    Hagar reconoció, pues, que D”s advierte todo lo que sucede en cualquier sitio (no solo en proximidad de Avraham), aun cuando las personas no lo advertimos, y estableció el nombre de aquel aljibe solitario haciendo alusión a aquel descubrimiento.
    …y su vuelta a casa de Avraham
    Hagar volvió a la casa de Avraham y todo fue tal como ella había visto en sus visiones del desierto. Nació Ishmael que luego sería progenitor de una nación numerosa.
    Ishmael provino de una mezcla de procedencias. Él y sus descendientes, conservan – por un lado – la inclinación por la sensualidad que caracterizó a su antepasado Jam (hijo de Noaj, de quien descienden los egipcios), pero también los caracteriza su obsesión por la autonomía que les legó Hagar. Y, al mismo tiempo, Ishmael lleva en su sangre los genes biológicos de Avraham, de quien obtuvo su fuerte apego al monoteísmo.

    Sin embargo, esta mezcla heterogénea de tendencias en la misma persona no podría llevar adelante las enseñanzas de Avraham. Ni siquiera la aspiración y dedicación de Sarai, podía modificar esta composición heredada. Debería nacer aún su otro hijo del vientre de Sará, quien le enseñaría a obedecer los preceptos incondicionalmente (R. Sh.R. Hirsch sz”l).
    El nacimiento de Itzjak
    Transcurrieron otros trece años, y Avraham recibió la orden de cumplir con el precepto de Brit Milá – él y todos los pertenecientes a su hogar. Al mismo tiempo, Avraham fue notificado que al año siguiente su esposa Sará sería madre de un hijo: Itzjak.
    El Brit Milá fue el punto de inflexión entre el nacimiento de Ishmael y el de Itzjak. Recién cuando Avraham fue “completo” habiendo cumplido con dicho precepto, alcanzó el punto en el que el cuerpo y sus apetencias estaban totalmente sometidos al alma. Recién en ese momento podía engendrar aquel hijo a quien le legaría este principio fundamental, que abarca tanto la fe (que también había heredado a Ishmael), como la subordinación absoluta a D”s en cada acción que realizara.

    Cuando nació Itzjak de padres tan ancianos, el impresionante acontecimiento fue recibido con incredulidad. Los propios monarcas de Cna’an se allegaron personalmente para verificar que esto había sido realidad, pues sospechaban que Avraham y Sará habían traído a su hogar algún niño abandonado de la calle (Bavá Metziá 87.).
    Y este hijo de Sará fue circuncidado a los ocho días, tal como había recibido la orden Avraham. La propia Sará, se expresó maravillada al sostener en brazos al bebé que constituía el futuro de una nación entera y el futuro espiritual de la humanidad: “D”s me provocó una algarabía, todo aquel que se entere, reirá por mí. Quien hubiese dicho esto de Avraham, Sará amamantó a muchos hijos”.

    Las grandes celebraciones de Avraham en torno al nuevo alumbramiento provocaron celos en Ishmael – ya adolescente para ese entonces – que pasó a ocupar el segundo plano.
    Sin embargo, la situación se tornó espinosa dada la conducta inadmisible de Ishmael que se convirtió en un riesgo moral y mortal para Itzjak.
    Si bien el escepticismo de la gente respecto a Itzjak había sido generalizado, en boca de Ishmael esto se vulgarizó directamente en una burla.
    La mofa, en torno, condujo a Ishmael a cometer los pecados más graves (Midrash Rabá, Bereshit 53:11).
    Por lo tanto Sará exigió a Avraham que echara a la sirvienta y a su hijo de la casa.
    El divorcio debía ser claro y contundente. Todos debían saber que Hagar era una esclava y su hijo Ishmael – si bien físicamente primogénito – era, consecuentemente, también un esclavo.
    La exigencia de Sará puede parecer dura y cruel, pero ella no podía tomar riesgos en el sentido de que, en caso que fallecieran ellos – Avraham y Sará -, Hagar o Ishmael decidieran acerca del futuro espiritual y moral de Itzjak.

    Obviamente, Ishmael debía recibir su herencia material – y así también terminó sucediendo en la realidad. También sería objeto de la bondad y generosidad de Avraham. Sin embargo, el futuro moral del pueblo no podía estar en juego.

    Avraham estaba muy preocupado por la mala conducta de Ishmael, pero no tomó acción sin que D”s se lo ordenara expresamente. Si viviendo en su proximidad, Ishmael seguía siendo influenciado por el carácter de su madre, ¡cuánto más cuando estuviese distanciado del propio Avraham!
    Sará sostenía que, de copiar Itzjak las conductas erradas de Ishmael, se provocaría un gran “Jilul haShem” (profanación del Sagrado Nombre de D”s). Avraham replicó que al echar a Hagar de la casa – después de haber sido recibida con honores de reina – también se causaría un terrible “Jilul haShem”, por lo que hablaría la gente…
    Sará sugirió, entonces, que D”s determinara cuál sería el curso a seguir (Tosefta, Sotá 5:7).

    Fue entonces que D”s dictaminó que Avraham debía escuchar la exigencia de Sará.
    Las mujeres tienen una percepción mayor respecto al carácter y temperamento de las personas.
    En particular, en este caso dicen los Sabios, que el nivel de profecía de Avraham era inferior a aquel de Sará (Midrash Rabá, Shmot 1:1).
    “El hijo de tu sirvienta (Ishmael) se convertirá en una gran nación, por ser tu descendiente (aun si no merece llamarse tu hijo ni heredar tu altura espiritual). Aun entre los descendientes de Itzjak, no todos alcanzarán esa cumbre (Eisav – su hijo – también se apartó del camino, y solamente Ia’acov – el otro hijo – siguió en la senda de Itzjak)”.
    Sin embargo, en lo que refería a la continuidad de la nación naciente, Ishmael ya no sería parte. D”s le habla del “muchacho” y del “hijo de la sirvienta”, pero no del hijo de Avraham.
    El destierro de Ishmael
    La situación no era fácil para Avraham, un hombre que había hecho de la generosidad el leit motiv de su vida. Sin embargo, acató el mandato y superó, con esta gestión, una más de las pruebas a las que lo sometió D”s.

    Temprano a la madrugada, Avraham amaneció y despidió a Hagar y a su hijo dándoles pan y agua para el camino. Sin embargo, Hagar perdió el rumbo, y se encontró confundida en el desierto.
    Mientras Hagar estaba todavía cerca de la casa de Avraham, su creencia permaneció intacta. Sin embargo, a medida que se alejaba, se fue desvaneciendo la enseñanza del hogar que abandonaba y cediendo su convicción religiosa.
    Como consecuencia, también se acabó el sustento material que había provisto Avraham (Pirkei d’Rabí Eliezer 30).
    Ishmael se desplomó por debilidad, requería más agua, y al terminarse ésta, estaba al borde de la muerte.

    Tanto Hagar, como su hijo, lloraban ante tan triste cuadro.
    El Midrash señala que en aquel momento los Acusadores Celestiales no querían permitir que D”s haga un milagro para que Ishmael se salve. Puesto que potencialmente sus descendientes atormentarían a los judíos que salían al exilio babilónico inhumanamente, ofreciéndoles comida salada y luego haciéndoles padecer una muerte cruel por la consecuente sed, sin duda que su ancestro no debía ser redimido precisamente de una muerte tan infame.
    D”s respondió que, más allá de lo que llegaría a suceder en el futuro, y aun si el motivo de aquella triste situación tuviese origen en sutiles sesgos perversos por parte de su antepasado, no se le imputaría ese hecho eventual, pues en el momento actual (cuando desfallecía junto a su madre) era aún inocente, y no merecía la muerte… (Midrash Rabá, Bereshit 53:14, y este es uno de los motivos por los que leemos este episodio en Rosh haShaná: rogamos a D”s que contemple nuestro estado actual de contrición, aun si presentimos no mantener ese mismo nivel en el futuro).

    A medida que se deterioraba la situación de Ishmael, Hagar se alejaba de él cada vez más para no presenciar la muerte del joven, a quien había arrojado debajo de uno de los arbustos.
    La distancia cada vez mayor de Hagar del cuadro tétrico de su hijo, permitía sentir el dolor con menos intensidad. Si así sucede con el corazón de una madre, aun más cuando una persona dice solidarizarse con una causa, jamás se compara con el sentimiento que lo colma estando presente en el propio escenario.

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l señala que la conducta de Hagar de alejarse del lugar “por no poder soportar el dolor” no es producto de su compasión, sino que refleja un cruel egoísmo, que es el resultado de una naturaleza tosca. Aun más: en su desequilibrio por los sentimientos hacia su hijo, ni siquiera cuidó adónde él caería, y si por su locura se dañaría con cardos que allí habían, agregando más sufrimiento innecesario al tormento de la sed ya existente – una conducta que jamás se esperaría en una mujer de la casa de Avraham.
    Es por eso que el clamor de Hagar no fue escuchado, sino el llanto de Ishmael.

    En su dolor, Hagar reclamó ásperamente ante D”s: “¿acaso eres Tú como los seres humanos que prometen y no cumplen? – ¡no has prometido Tú que multiplicarías mi descendencia extraordinariamente…!”.
    Si bien ambos suplicaban, D”s atendió el pedido del propio Ishmael más que al pedido de la madre.
    Los Sabios aprenden de este episodio, que la Tefilá de los enfermos, cuando se realiza con sinceridad y remordimiento auténtico, tiene más efecto que la de terceros que rezan por él.

    D”s comunicó entonces a Hagar, que no debía temer, pues ya había atendido la súplica del hijo. Debía levantar al muchacho y sostenerlo de la mano, pues D”s lo convertiría efectivamente en una gran nación.
    Donde previamente no había visto absolutamente nada, de repente Hagar notó un pozo de agua, de donde pudo extraer suficiente para saciar la sed de Ishmael. Hagar rápidamente se acercó y llenó su cántaro con agua.
    A pesar de haber escuchado nuevamente la Voz de D”s que le aseguraba el futuro de Ishmael, y presenciado el milagro manifiesto del fenómeno del pozo (según algunas fuentes rabínicas, el pozo siempre había estado allí, pero no se le había permitido advertirlo), Hagar desconfió temiendo que éste volvería a desaparecer, por lo que apuró a llenar su ánfora antes de levantarlo y darle de beber.

    La vida de Ishmael se desarrolló según las profecías que habían recibido oportunamente tanto Avraham como Hagar. Se asentó en el desierto de Parán, y su madre tomó para él una esposa egipcia.
    “Echa un palo al aire, y caerá sobre la base” – dicen los Sabios. La naturaleza de los niños suele parecerse a la de los papás, y así, Ishmael volvió al origen de donde había provenido Hagar. Si bien esto no significa que una persona esté inexorablemente limitada en su crecimiento moral por descender de antepasados defectuosos (el Talmud menciona muchos casos de grandes personas que provinieron de ancestros malvados), de todos modos refleja una realidad con la cual se debe vivir, y en muchos casos, un desafío que se debe afrontar.

    Con Ishmael fuera del hogar, el futuro del pueblo de Israel estaba centrado en la persona de Itzjak. Sin embargo, aun faltaba la mayor y más difícil de todas las pruebas: la Akeidá.

    BENDICIONES PARA NUESTROS PRIMOS
    Algunos comentarios más a cerca de Ishmael, antes de pasar a estudiar la akeidá.
    Más de la mitad de todos los judíos del mundo viven hoy en la tierra de Israel. Este es un fenómeno increíble – a pesar de estar expresamente vaticinado en la Torá – que costó mucho sacrificio y esfuerzo realizar.
    Sin embargo, y a pesar de las ilusiones de quienes se asentaron en la tierra, existe otro fenómeno desafortunado con el que se vive hace casi un siglo: la continua y creciente beligerancia del (gran parte del) mundo islámico hacia nuestro pueblo.

    Si bien en las duras contiendas armadas que se cuestionaba la supervivencia de Israel, D”s los protegió de sus enemigos (que eran numérica y militarmente muy superiores), no deja de preocuparlos la “Intifada” de los enemigos internos, y la abierta belicosidad de los adversarios que amenazan con sus misiles y posibles armas nucleares.

    Más allá de las cuestiones estratégicas, hay números que son impresionantes: los musulmanes – según distintas encuestas – son más de mil millones, que viven en todas las latitudes de este globo (frente a unos escasos 12 millones de los nuestros).
    El poder económico que está en manos de los musulmanes también es astronómico, gracias al petróleo que constituye un comodity imprescindible para el mundo industrial.

    Supongo que lo que más llama la atención son las muy publicitadas extravagancias – lujosísimas y prohibitivas – en las que derrochan el dinero los jeques de ciertos países que exportan petróleo y no saben qué hacer con tanto dinero… y que ciertamente provocan que la envidia se sume a la aprensión y desconfianza inducidas por los años de hostilidad.
    Detengámonos en este punto, pues debe ser analizado minuciosamente según nuestra creencia – y no simplemente por los sentimientos.

    Por empezar, no olvidemos que somos fieles a la Torá y que tenemos la certeza que solamente se cumplirá lo que en ella dice, pues es la Palabra de D”s. Toda especulación humana es fútil frente a lo que determine el Todopoderoso.

    Las agresiones y el terrorismo, duelen – y mucho. Mas, aun si efectivamente nos incumbe protegernos, y obviamente invocar al Único, Quien decide el curso de la historia, no somos quiénes para “dictarle” a D”s lo que deba hacer y cómo lo deba hacer.
    Sin duda, el futuro nuestro no se definirá por la “hinchada” que haga la gente a favor o en contra de los musulmanes. A D”s no le impresionan estas políticas, ni tantas otras que podamos idear los seres humanos.

    Vayamos, pues, a las fuentes y estudiemos qué es lo que nos enseña la Torá acerca del futuro de Ishmael, hijo del patriarca Avraham y progenitor de los musulmanes.
    Tres veces se menciona que los descendientes de Ishmael serían bendecidos.
    1ª bendición
    La primera aconteció antes de que nazca el propio Ishmael. Cuando Hagar se escapó de la casa de Sará, y perdió el embarazo, se le presentó un emisario de D”s quien la instó a volver con Sará y sojuzgarse a ella. Asimismo, le hizo saber que volvería a concebir, y que este hijo, Ishmael, daría lugar a una nación profusa (Bereshit 16:10,11,12), cuyo carácter sería rebelde e indómito: “su mano estará en todo, y la mano de todos contra él”.

    Los comentaristas – muchos de ellos vivieron hace muchos siglos – brindaron varias explicaciones a estas palabras ininteligibles. Por ejemplo, citemos:
    Dependerán de todos para su subsistencia – y todos dependerán de ellos (Onkelos). Guerrearán con todos (Ramba”n), y poseerán bienes raíces en todo el mundo (Jizkuni). No tendrán amigos, pero otros temerán oponerse a ellos (R.Sh. R. Hirsch sz”l).
    ¿Algo de todo esto le suena conocido…?
    2ª bendición
    La segunda oportunidad en la que D”s bendijo a Ishmael, aconteció a raíz de un pedido del propio Avraham.
    Antes que nazca Itzjak, no creyéndose merecedor de engendrar otro hijo con su querida esposa Sará, pidió por Ishmael (Bereshit 17:18,20).
    Sospechando que si D”s le prometía una milagrosa concepción de padres tan ancianos, esto significaba que Ishmael moriría, rezó a D”s que no eliminara a Ishmael, y que también él viviera con respeto a D”s.
    D”s respondió afirmativamente: lo multiplicaré con gran abundancia. Doce príncipes serían engendrados por Ishmael, aun si en última instancia su poder terminaría desapareciendo – así como las nubes que se disipan.
    Luego de esto Avraham llevó a cabo su ya mencionado Brit Milá, y el de todos los hombres de su casa – incluido Ishmael, quien no se opuso.
    3ª bendición
    Finalmente, muchos años más tarde, cuando D”s hizo aparecer una fuente de agua para salvar y refrescar a Ishmael, también allí lo bendijo (Bereshit 21:18), prometiendo que lo convertiría en una gran nación.

    Espero que leyendo lo que la Torá nos enseña, no tengamos dudas de Quién es, el que brinda a los descendientes de Ishmael todo lo que poseen.

    Contrariamente a lo que muchos sienten, uno de los comentaristas, Rabeinu Bejai (Bajié), un Sabio de la época medieval, hizo un cálculo de cuántos años habían transcurrido desde que Ishmael recibió sus bendiciones (2047, desde la Creación del mundo) hasta que finalmente se cumplieron (4384, equivalente al año 624 del calendario gregoriano, en el que fue la Heguira en la época de Mahoma).
    ¡Pasaron 2337 años! – sin embargo, si bien nadie debería dudarlo, las palabras proféticas de la Torá se cumplieron con creces, y el mundo islámico se propagó en menos de un siglo hasta Turquía, hasta Irán, y todo el norte de África hasta España.
    ¿Y nosotros?
    “Apenas” transcurrieron 1200 años (en su época), ¡¿y no tenemos la certeza de que se cumplirá todo aquello (bueno) que la Torá prometió que nos sucederá?!
    Evidentemente, los grandes Sabios saben mirar las mismas manifestaciones que nosotros – pero con otra óptica.

    ¿Son muchos? ¿poseen millones?
    La prodigalidad de Ishmael no debe preocuparnos. A D”s no Le falta para bendecir a cada uno con abundancia, y no por eso le faltará al de al lado.

    De todos modos, el gobierno y el dominio de Ishmael sobre la Tierra de Israel – si bien gobernó sobre ella durante muchos años – está destinado a concluir.
    Su Brit Milá – íntimamente ligado a la posesión de la Tierra de Israel, como es evidente en las Palabras de D”s a Avraham – le permitió regir sobre Israel durante mucho tiempo, dicen los Sabios, pero no fue acompañado por una aceptación de Mitzvot; por lo tanto, su imperio tuvo lugar sobre una tierra desértica – hasta que los judíos retornaran a su tierra ancestral y ésta volvería a dar sus frutos como sucedía hace mucho tiempo antes.

    Recordemos que antes que nazca Itzjak, Avraham hizo significativos intentos para lograr educar a Ishmael, anhelando que éste se convirtiera en su continuidad (Bereshit 18:7, Rash”í) espiritual. Una vez que la presencia de Ishmael en casa de Avraham se tornó irremediablemente negativa y Avraham lo debió alejar de su hogar – no lo dejó de amar (Bereshit 22:2, Rash”í, Sanhedrín 89:, Pirké d’Rabí Eliezer 30).
    Sin embargo, Ishmael no dejó de especular con volver a reemplazar a Itzjak como hijo principal de Avraham, en particular cuando D”s ordenó que Itzjak fuese ofrecido como Korbán en la Akeidá (Ialkut Shimoní, Vaierá 98).

    Efectivamente, Ishmael hizo Teshuvá hacia el fin de sus días, pero esto ya no cambió la naturaleza de sus descendientes, que siguieron una trayectoria que convirtió el robo y el homicidio en su modo normal de vida (Midrash Rabá, Bereshit 45), de tal manera que les impediría aceptar la Torá (Psikta Zutra Itró). Tan errada se tornó su conducta, que el Talmud (Sucá 52:) expresa que están incluidos entre aquellos de quienes D”s “se arrepiente” por haberlos creado (es menester entender que D”s Omnisciente sabe todo desde un principio, y podía no haber dado lugar a la existencia de los Ishmaelim…).

    Querido lector: espero no haber enojado a Ud. ni a nuestros queridos hermanos que posiblemente se sientan descolocados con estas palabras. Quizás interpreten que soy pacifista o “blando”. Quizás sientan que le doy la espalda a tanta sangre de inocentes que salvajemente han sido víctimas de los brutales ataques asesinos terroristas.
    En absoluto.
    Solamente creo en la Torá y en lo que ella dice, según lo enseñaron nuestros maestros. Nunca seremos más sabios que ellos.

    LA AKEIDÁ
    De todos los acontecimientos narrados en la Torá acerca de Avraham, el más difícil de comprender suele ser el de la Akeidá, que hemos de tratar en las próximas líneas.

    Como hemos venido estudiando, el rasgo que más caracterizó la vida de Avraham, fue su apego a la bondad para con todo ser humano. Precisamente por la singular importancia que Avraham otorgó a encaminar su vida en ese sentido, es que D”s lo probó en este aspecto: ¿seguía realizando actos de generosidad solamente porque D”s determinó que así se debe actuar – o simplemente porque se había convertido en su modo “natural” (y tal vez, irreflexivo) de vivir? ¿qué sucedería cuando D”s le exigiera la comisión de un acto que iría diametralmente en contra de la cualidad a la que él se había esmerado en lograr y afirmar toda su vida?
    La orden
    Muchos años después de haber alejado a Ishmael de la casa, D”s exigió a Avraham que “eleve” a su hijo sobre el altar. Ante la ambigüedad acerca de cuál de los hijos se refería, Avraham indagó, y D”s fue indicando sucesivamente que se trataba de su hijo “único” y “amado” – lo cual Avraham interpretó que podían ser tanto Ishmael (el único que tuvo con Hagar, y que igualmente seguía amando) , a quien había apartado, como Itzjak, hasta que, finalmente, D”s reveló que era exclusivamente Itzjak (Sanhedrin 89:).

    Asimismo, la palabra “Olá” (“elevación”) tiene cierta vaguedad, pues puede significar lo que supone en forma literal (“alzar” de un sitio – a otro más elevado) – o puede implicar – ni más ni menos – ¡una ofrenda! (que es como habitualmente se utiliza este término en la Torá).
    ¡¿A cuál aludía D”s?! ¿Quería efectivamente que Avraham ofrendara a Itzjak sobre un altar?
    No olvidemos que la Torá aborrece los sacrificios humanos, y Avraham había estado defendiendo esa postura toda su vida, frente a un mundo en donde esa escalofriante práctica era muy común (la Torá advierte al respecto en varias instancias, cuando nos exhorta a no copiar las costumbres cna’anitas).

    Avraham no entendía la orden de D”s.
    Negaba todo lo que había predicado durante su vida, demostrando lo atroz e indeseable de los sacrificios humanos que eran tan comunes en aquellos tiempos.
    Asimismo, se oponía a su naturaleza adquirida y trabajada del atributo de compasión y bondad.
    Con este acto, estaba por destruir toda la obra y el sentido de su vida…

    -¿Qué querría D”s de él?
    De concretarse la ofrenda, tal como se entendía según la terminología más común de “Olá” -¡¿quién, entonces, seguiría escuchando sus enseñanzas e instrucciones – habiendo demostrado públicamente cómo profanaba sus propios principios más sagrados?!
    -¿Quién siquiera visitaría su casa en adelante – ante tal “hipocresía”?
    -¿Quién sería su sucesor espiritual para transmitir toda la enseñanza sobre D”s, con la misma valentía de desafiar a todos – tal como lo había hecho él – si ya no estuviese Itzjak?
    -¡¿Y cómo enfrentaría a Sará y explicarle lo que había sucedido?!
    Al margen de todo esto… ¿acaso no había prometido D”s mismo que Itzjak sería su sucesor? – y entonces – ¿cómo ahora D”s se “contradecía”?
    Acatamiento incondicional
    Sin embargo, Avraham lo interpretó en la acepción más habitual y se predispuso de inmediato a cumplir la orden de D”s.

    Al día siguiente amaneció, ensilló él mismo el burro, llevó consigo a Itzjak y a dos ayudantes.
    Los Sabios deducen del modo de actuar de Avraham, cómo “el amor arruina los hábitos”. No era común que Avraham prepare su propio burro, teniendo sirvientes que lo podían hacer por él – ¡y ya tenía 137 años! Sin embargo, por el profundo amor que Avraham profesaba por D”s, no quiso demorar esperando que lo haga otro. Se ocupó él personalmente… (Midrash Rabá, Bereshit 55:8).

    Un viaje de tres días.
    ¿Por qué el viaje demoró tres días?
    Su destino era Har haMoriá, partiendo de Jevrón (40 Km.)
    Dice el Midrash (Tanjumá, Vaierá 22) que D”s no quiso que las naciones creyeran que la Akeidá se llevó a cabo en un rapto emocional de frenesí en el que Avraham no tuvo tiempo para reflexionar acerca de lo que estaba haciendo.
    La realidad fue otra: había mucho tiempo y oportunidades para retractarse. Calculadamente determinó obedecer a D”s.

    Una vez arribados a un punto desde el que Avraham pudo avistar a lo lejos el sitio indicado por D”s, padre e hijo se alejaron de sus asistentes subiendo juntos a la montaña (en el Monte Moriá, luego se alzaría el Bet haMikdash).
    Tanto padre como hijo, podían percibir que se habían acercado a un lugar especial. Los sirvientes no divisaron absolutamente nada (Midrash Rabá, Bereshit 56:2).
    Evidentemente, estos últimos no estaban a la altura como para presenciar el momento de grandeza inconmensurable de la Akeidá, por lo que Avraham les pidió que esperen allí junto al burro que los acompañó:
    “Nos prosternaremos, y volveremos con ustedes”.

    En la mente de Avraham, el supremo acto que estaba por realizar, no era un acto de “ofrenda” o de “elevación”, que hubiese atribuido un ensalzamiento propio. Por lo contrario: “Nos prosternaremos”, su acto sería una simple entrega total y absoluta (R.Sh.R. Hirsch sz”l).

    La palabra “haMa-kom” (el sitio) que Avraham vio “a lo lejos”, en hebreo también se utiliza para hablar de D”s (Quien ha creado todo el espacio). Ver a D”s a lo lejos, implica que, a diferencia de lo que había sucedido hasta el momento en toda su vida, Avraham no sentía el impulso natural de estar haciendo lo que corresponde. Si bien hasta entonces, “los riñones” habían brindado a Avraham la intuición de lo que era la Voluntad Di-vina (Avot d’Rabí Natan 33:1), esta vez no apoyaron la decisión de Avraham, y debió actuar total y racionalmente solo.
    Itzjak colabora
    Al principio Avraham no había dicho a Itzjak el objetivo de su viaje. Finalmente, se lo insinuó.
    Cuando Itzjak se percató de lo que sucedía, no solamente no impidió que su padre cumpliera con (lo que entendía que era) el Mandato Di-vino, sino que colaboró (a pesar de que tenía, según el Midrash, 37 años y hubiese podido evitarlo físicamente, o se podía haber escapado). Contrariamente, asistió pidiendo al padre que lo ate bien (de allí, la palabra “Akeidá”) para no invalidar el Korbán con un movimiento involuntario por parte de él, lo cual haría nula la Shejitá – Midrash Rabá, Bereshit 56:8). Según el Talmud, el Satán trató de disuadir también a Itzjak de participar de la Akeidá, obviamente sin lograrlo.
    Asimismo, si bien no está claro en los pasajes de la Torá, acerca de si Sará supo lo que estaba por acontecer, ella también demostró que estaba dispuesta a entregar su hijo (Ialkut Shimoní, Vaierá 98).

    Una pregunta obvia: puesto que Itzjak sabía que los sacrificios humanos están prohibidos – ¿por qué siguió al padre – si se suponía que Avraham en consecuencia estaría violando la Voluntad de D”s?
    Avraham era un profeta auténtico y acreditado. Eso significa que si transmitía la Palabra de D”s, y en ella habría un mandato de efectuar excepcionalmente algún acto que contradecía la Ley de la Torá – y no se trataba de idolatría – como judío, Itzjak debía obedecer la orden (en hebreo se denomina Hora’at Sha’á y hay más ejemplos en el TaNa”J donde se aplicó esta regla – Sanhedrín 89:).

    Una vez arribado al sitio preciso, Avraham hachó la leña y construyeron juntos el altar (Midrash Tanjuma, Vaierá 23).
    Por cada acto que realizó Avraham, aun los aleatorios, tuvo su recompensa: gracias al esfuerzo en cortar la leña, también se partió el mar ante el pueblo de Israel (al salir de Egipto).

    Luego ató a Itzjak sobre él para cumplir con la disposición de D”s (la sujeción tenía como fin, que Itzjak no se moviera en el momento crítico).
    “¡Padre!” – dijo Itzjak – “cumple con la Voluntad del Creador…lleva mis cenizas a casa, para que cada vez que mi madre lo vea, ella pueda exclamar con orgullo: ‘este es mi hijo , cuyo padre ha ofrendado”.
    “¡Padre!” – continuó Itzjak – “¿qué harán en vuestra ancianidad?” (= ¿quién proveerá para ustedes?
    A lo cual respondió Avraham: “sabemos que nuestro fin no está muy lejos – Quien nos ha consolado hasta el momento, nos seguirá consolando hasta nuestra muerte” (Ialkut Shimoní, Vaierá 101).

    Justo en el momento en que Avraham tomó firmemente y sin titubear el cuchillo en mano, para terminar por obedecer a D”s, una Voz Celestial lo detuvo: “Avraham!! Avraham!! – no toques al muchacho, ni le hagas herida alguna, pues ahora He reconocido que eres temeroso de D”s…”
    “Ahora – He reconocido”: estas dos expresiones parecieran contradecirse, por denotar el presente y el pasado.
    Los Sabios dicen que esto significa que en aquel momento se tornó manifiesto para todos los demás, aquello que D”s había reconocido desde siempre – la obediencia absoluta de Avraham.
    El desenlace
    Avraham se volvió y se encontró con un carnero – puesto allí Providencialmente – y cuyos cuernos estaban amarrados a un arbusto – sin poder liberarse del matorral.
    Avraham, pues, ofrendó el carnero en reemplazo de Itzjak.
    Avraham volvió a escuchar la Voz de D”s, que le aseguró que puesto que él había acatado lo que creía era la Voluntad de D”s, sería bendecida su descendencia para siempre.
    Nosotros hacemos alusión a este insólito episodio en Rosh haShaná, y lo recordamos en las plegarias, para ampararnos en el mérito del patriarca, haciendo sonar el Shofar (cuerno de cordero, como el que fue ofrendado).

    Este relato, obviamente deja muchas incógnitas.
    Una de las más evidentes es que previamente Avraham había rezado por los malvados de Sdom pidiendo e insistiendo a D”s que los salvara, a pesar de la indiscutible maldad de sus pobladores.
    Paradójicamente, Itzjak – su hijo, era un tzadik. ¡¿Por qué, pues, Avraham no rezó a D”s para que deje en vida a su hijo, si lo había hecho por los habitantes de Sdom?!
    La respuesta es, sin embargo, que Avraham no quería manifestar que la determinación de D”s le era inaceptable, o difícil someterse a ella. Precisamente, porque estaban los sentimientos de padre en juego, cualquier expresión en ese sentido podía contener elementos de no admisión de la prueba.

    Sin embargo, después de la Akeidá (cuando ya había superado la prueba) Avraham indagó a D”s para entender Su Voluntad (y aparente contradicción). “Cuando te dije que ‘tomes a tu hijo’, no te dije que ‘lo ofrendes”, sino que ‘lo eleves’, para demostrar tu amor. Ahora que has cumplido Mi palabra, bájalo”. (Midrash Rabá, Bereshit 56:5)

    Otra pregunta:
    ¿Por qué se denomina este acto una prueba para Avraham – en vez de considerarse una prueba para Itzjak?, ¿acaso no era Itzjak quien entregaría su vida?
    La respuesta a esta incógnita radica en lo que hemos explicado desde un comienzo. La naturaleza y el desafío de vida de Avraham era su carácter dadivoso – que con esta prueba sufriría su mayor reto. Itzjak, en cambio, lucharía por generar la característica de suprema valentía (Guevurá), y este acto precisamente no cuestionaba, sino que – por el contrario – confirmaba su tendencia.
    Además, de materializarse la Akeidá, Itzjak no volvería a la sociedad y no se le requerirían explicaciones difíciles de brindar. En cambio Avraham sí, tendría que enfrentar a la humanidad y sus cuestionamientos en pos de no aceptar la Autoridad de D”s que él tanto defendía.
    Hacia el futuro
    Este episodio fue el precursor de muchísimos otros que le siguieron en la historia.
    La experiencia de Avraham se volvió a repetir numerosísimas veces en el devenir del tiempo, pero – a diferencia de todos los que tuvieron que seguir el ejemplo de Avraham en el futuro (en la época de las cruzadas, de la inquisición, etc.) – Avraham no había tenido un ejemplo previo para inspirarse y aprender. Precisamente ese es el motivo de la singularidad que se le atribuye.
    Mediante este acto supremo, Avraham inspiró a todas las generaciones venideras que volvieron a demostrar la fuerza y determinación del judío.

    Brevemente, hemos señalado ciertos aspectos de la Akeidá. Aun si queremos entenderla cabalmente, no podríamos hacerlo, pues distamos muchísimo de ser Avraham.
    De todos modos, permanece con nosotros la enseñanza y el modelo para saber el potencial de la persona de quien descendemos, y por cuya virtud existimos y subsistimos hasta hoy.

    Luego de la Akeidá, Avraham pidió a D”s que jure que no lo probaría más. Con esta, se cumplieron las 10 situaciones críticas extremas a las que estuvo expuesto Avraham (Pirkei Avot 5:4), y que superó satisfactoriamente. De no haber aprobado este examen que equivalió a todos los anteriores juntos, hubiese perdido los logros ya acumulados (su descendencia no tendría el carácter que posee- Midrash Rabá, Bereshit 56:11).

    Avraham e Itzjak volvieron, y se encontraron con los sirvientes que habían dejado apostados al pie de la montaña antes de la Akeidá. Avraham volvió junto a ellos a su hogar.
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l señala que vemos aquí un punto más en la grandeza de Avraham.
    Acababa de experimentar el momento más trascendente de su vida. Lo había ofrecido “todo” para D”s. Recién había recibido una bendición de boca de D”s para toda su descendencia – pero Avraham seguía siendo el mismo. Con humildad viajó “junto” a sus sirvientes para regresar a su hogar.

    Abraham y Hebron
    FLUCTUACIONES EN EL MERCADO DE BIENES RAÍCES
    Cuando Avraham retornaba hacia Beer Sheva después de la Akeidá – el más magno momento de su vida – se encontró con la triste noticia del deceso de su querida esposa Sará, en Jevrón.

    ¿Por qué Avraham había ido a Beer Sheva – si su domicilio estaba en Jevrón?
    Muchos años antes, después de separarse de su sobrino Lot, Avraham se había establecido en Jevrón (Bereshit 13:18), donde vivió por muchos años.
    Más tarde, luego de la destrucción de Sdom y el mal nombre del que se hizo acreedor Lot, fue mudándose de un sitio a otro y, finalmente, pasó a vivir en Beer Sheva, en donde instaló un “Eshel” (lugar de hospedaje – Bereshit 21:33). Aun después de volver a Jevrón para morar nuevamente allí, mantuvo su Eshel en Beer Sheva, el cual visitaba de tanto en tanto. Allí se dirigió Avraham luego de la Akeidá.

    ¿Por qué habían vuelto a residir en Jevrón?
    Avraham y Sará entendían el valor espiritual de estar enterrados junto a Adam y Javá, pero desconocían el sitio de su sepultura, hasta que providencialmente se les permitió distinguir el lugar exacto.

    ¿Por qué el sitio de la tumba se llamaba “Majpelá”?
    Este nombre (derivado de “Kaful” – doble) responde a las características del interior de la cueva en la que había dos sectores – anterior y posterior, o superior e inferior. También revela el hecho de que cuatro parejas eximias están enterradas allí (Eruvin 53.).
    Años más tarde, al iniciarse el servicio diario matutino en el Bet haMikdash, los Cohanim dirigían su mirada hacia el sur en donde se encuentra la ciudad de Jevrón (Mishná Iomá 3:1), para registrar si la luminosidad del día llegaba hasta el sitio en el que están enterrados los patriarcas y las matriarcas, quienes – incuestionablemente – son nuestro modelo de vida.
    A partir de esta práctica, Rav Sh.R. Hirsch sz”l señala la importancia que poseen el elemento de “pareja” que sienta el fundamento de la familia, y la unión sólida (jibur) que articula a las generaciones sucesivas, como base del Servicio al Creador.

    De inmediato, Avraham se dirigió hacia allí para expresar su dolor por la pérdida irreparable y para llorarla.

    ¿Qué produjo la muerte de Sará?
    El Midrash narra que el ángel relató a Sará acerca de la Akeidá, y al escuchar esta reseña, Sará entregó su alma al Creador (en las palabras de los Sabios hay versiones diversas de quién y cómo advirtieron a Sará lo acontecido).
    El modo en el que dicho ángel vertió lo sucedido ocasionó el sobresalto en Sará: “casi no fue acabado” (en lugar de adelantar a Sará que Itzjak estaba bien, para luego referirle los detalles de lo sucedido).
    En primer lugar vemos de este episodio el cuidado que se debe tener al describir incluso eventos felices: un desliz de la lengua – aun si fuera bien intencionado – puede fácilmente arruinar un recado venturoso y tornarlo en un mensaje destructivo… (Rav Ierujam Levovitz sz”l).
    Hay quienes interpretan que la secuencia que produjo la muerte de Sará partió del modo en el que se narró el evento: Sará no pudo sobrellevar el pensamiento (errado que se presumía – a través de la descripción mal vertida) por la que se suponía que la Akeidá no se hubiese llevado a cabo por impedimento de su hijo Itzjak, que – supuestamente – no quisiera entregar su vida por el Todopoderoso…

    La relación establecida entre el acontecimiento de la Akedá y la muerte de Sará, se reafirma en las palabras de los Sabios (Midrash Rabá, Bereshit 58:5) donde se señala por un lado que Avraham “vino” (Bereshit 23:2) de la Akedá para llorar a Sará, y – por otro – que “vino” del funeral de su padre Teraj. ¿Cuál es la relación – el contraste – entre ambos?
    Indudablemente, si viniendo de un hogar idólatra como el de Teraj, Avraham pudo educar a un hijo como Itzjak, dispuesto a ofrendar su vida confiando en la palabra profética de su padre (Emunat Jajamim), entonces esto se debía a la educación que Sará había brindado al joven desde pequeño… (Rav Isajar Frand shlit”a)

    Volviendo a Avraham: la Torá no relata en detalle qué es lo que Avraham dijo. Seguramente lo sabría únicamente él.
    Avraham, como nadie más, supo lo que significó para Sará la mudanza desde el terruño hacia Cna’an, los años de esterilidad, la soledad de ser los únicos que públicamente alimentaban su creencia en un D”s Único, la burla manifiesta que eso acarreó por mucho tiempo, las múltiples situaciones en las que Avraham había corrido riesgo de vida, las veces que fue raptada, la guerra, la mala conducta de Hagar e Ishmael y, en particular, el desafío de recibir huéspedes desconocidos diariamente en su hogar – y en forma sostenida.

    ¿Cuál sería la homilía indicada? Solamente la que describe la propia Torá: “cien años – y veinte años – y siete años” (cada sección de la cifra está separado del resto: ¿Por qué?)

    En cada período de su vida, Sará hizo precisamente lo que debía hacer en esa etapa.
    No necesitó nada “especial” para ser recordada. “Los justos no necesitan monolitos ni pirámides, pues sus acciones son el medio por el cual son recordados”.
    El lugar de fallecimiento de Sará, se llama Jevrón. El verbo “le’jaber”, en hebreo, expresa “unir”, refiriéndose en este caso a que Sará (y los demás patriarcas) supieron unir este mundo con el Venidero mediante sus acciones terrenales, que por ser las correctas, hicieron del traspaso de uno al otro, una transición natural de algo que corresponde y no de algo difícil y contradictorio.
    Los últimos pasajes de Mishlei (Proverbios – que solemos cantar los viernes a la noche), también están dedicados a Sará.

    Rav Jaim Shmuelevitz sz”l mencionaba que las palabras de Rash”í, son las que encapsulan la síntesis de la vida de Sará: “kulam shavim le’tová” (todos fueron años parejos para bien). A pesar de los numerosísimos altibajos y traspiés, Sará mantuvo su aplomo y ecuanimidad.

    “Avraham, pues, ‘se levantó’ de su duelo” (que aún no había comenzado), para tratar el tema de la adquisición de una parcela de tierra a los hombres de Jet.
    ¿A qué se refiere el gesto de “levantarse” del duelo?
    Aun en los momentos del peor dolor – dada su preocupación por el sentimiento ajeno – Avraham no quería transmitir su malestar a las personas con quienes debería tratar el tema de la sepultura de Sará (Rav Ierujam Levovitz sz”l).
    Un interlocutor áspero
    Ahora debía enfrentarse a la negociación por la compra de una parcela de terreno.
    Efectivamente: D”s le había prometido toda la Tierra de Israel – para sus descendientes. Pero la realidad de aquel momento, era que ni siquiera unos pocos metros le pertenecían, y debía esperar que los Jititas estuvieran de acuerdo en vendérsela…

    Y así sucedió de inmediato: Avraham explicó a los habitantes locales, quienes cortesmente habían interrumpido sus labores para acompañar a Avraham en su dolor, la necesidad de adquirir el lote. Los Jititas respondieron que siendo Avraham “un príncipe de D”s” que habitaba entre ellos, cualquier lote estaría a su disposición: nadie le negaría un terreno a Avraham.
    Al escuchar esto, Avraham se agachó haciendo una reverencia a los hombres de Jet.
    “Si es así” – solicitó – “pues contáctenme con Efrón para que me venda la cueva de Majpelá que está situada al borde de su campo (su venta no dividirá su patrimonio en dos partes, restándole valor). “Estoy dispuesto a pagar el precio total del costo del terreno para que se convierta en una herencia para sepulcros”.

    De pronto, Efrón se había jerarquizado y convertido en un dignatario del pueblo – gracias a su trato y su nueva relación con Avraham.
    “Puede considerar el campo como suyo, y la cueva de Majpelá también. Abiertamente se la transfiero” – respondió Efrón. ¡Qué palabras tan generosas…!

    Inmediatamente Avraham se volvió a inclinar frente a los presentes (Bereshit 23:12)…

    ¿A qué se debía esta nueva muestra de cortesía?
    Esta vez, Avraham no se agachó por gentileza a la gente, sino por agradecimiento a D”s: finalmente había logrado su objetivo de poder dar sepultura a Sará en una parcela propia en la Tierra de Israel (Midrash Rabá Bereshit 58): “De aquí aprendemos que se debe mostrar gratitud por las buenas nuevas”.
    Aun en situaciones de amargura, se puede y debe sentir reconocimiento por los aspectos positivos de la vida.
    La compra del terreno
    Sin embargo, Avraham insistió que no llevaría la cueva de Majpelá sin abonar por ella su costo real: agradecía la magnanimidad de Efrón, pero no quería obsequios.
    Aceptar el lugar de sepultura en forma gratuita, sería un desprecio al fallecido – como si no valiera el esfuerzo de abonar por un lugar de descanso para él.

    En aquel momento sucedió un repentino “cambio” en la postura tan extremadamente generosa de Efrón: “Entre personas amigas como nosotros: ¡qué son cuatrocientos Shekel!, e inhuma ya a tu difunto”.
    Avraham, pues, satisfizo el pedido de Efrón – pagando con creces el abultado y exagerado precio exigido por Efrón – quien insistió en que el pago se realice con monedas especiales que tendrían aceptación en cualquier mercado…”.

    En primer lugar, Efrón se convirtió así en el prototipo del que “promete mucho – y ni siquiera cumple con una pequeña parte de lo ofrecido…” (Bavá Metziá 87.) – contrario al actuar de Avraham (de quien sabemos su conducta de colmar sus palabras austeras con mucho más de lo esperado, en su trato con los visitantes extraños que recibió…).
    El precio que según la Torá terminó pagando a Efrón fue astronómico (1.000.000 de shekel comunes bíblicos).

    ¿Por qué aceptó pagar tanto?
    Obviamente, Avraham tenía conocimiento cabal respecto a la trascendencia espiritual del sitio – un valor que no sería cuantificable en oro o plata.
    Avraham sabía con quién negociaba. Entendió que cuanto más larga la negociación, tanto más codicioso se tornaría Efrón. Por lo tanto, quiso cerrar la operación lo más pronto posible.

    Sin embargo – ¡¿Por qué el repentino cambio de actitud de Efrón – de Mr. Generoso a Mr. Mezquino?!
    En todo momento, Efrón intentó fingir una cara noble y digna – hasta que vio el dinero. En aquel instante afloró su auténtico temperamento y no pudo aparentar más.

    El verdadero cambio para el mejoramiento en las cualidades humanas requiere una profunda introspección y conlleva un largo y arduo trabajo interno para lograrse. Los “cambios” que responden a un mero disimulo cosmético, ponen en evidencia de inmediato la hipocresía…

    Los Sabios se refieren a Efrón en términos muy duros, pues mientras Avraham pesaba las monedas, Efrón fue sustrayendo algunas…
    Esta actitud engañosa de Efrón jugaría luego en su contra (D”s ya había asegurado a Avraham que “detestaría a quienes lo calumnien” (Bereshit 12:3), y también se describe en Mishlei (28:22): “precipitado para ganar fortunas, es una persona de mal ojo, y no se percata de que finalmente le llegará la privación”.
    En el momento de negociar, Efrón podía creer que estaba lucrando, pero la Torá lo castigó quitándole una letra del nombre (ahora escribe Efrón sin la letra “Vav”) a partir del momento del pago. Quizás, en aquel momento de miopía, Efrón no apreciaría la falta de una letra de la Torá, pero en el Mundo de la Verdad, ese detalle se estima en un valor de millones.

    Y, obviamente, de saber Efrón el tenor espiritual de lo que estaba vendiendo – jamás hubiese hecho la transacción. Pero, quien contempla exageradamente el dinero, por supuesto pierde contacto con la espiritualidad.

    La Torá vuelve a mencionar la adquisición de la parcela de Avraham para sepultar a Sará en varios lugares (Bereshit 23:17, 25:10, 49:30, 50:12). Efectivamente, fue nuestro primer espacio propio en Israel (aun cuando hoy lamentablemente sea disputado…).
    No solamente el momento crítico en que sucedió este episodio, sino el hecho de convertirse en el comienzo del asentamiento del pueblo de Israel en la más sagrada de las tierras, elevó el momento para darle connotación eterna.
    La vida terrenal de Sará había terminado, pero su formidable y milenaria obra recién comenzaba: Itzjak pronto contraería matrimonio y el pueblo de Israel se establecería con la familia de Ia’acov, su nieto, quien completaría el 3º pilar de la incipiente nación.

    La vida de Itzjak
    SE BUSCA UNA NOVIA… PARA ITZJAK
    Avraham volvió del funeral de Sará.
    Itzjak, a pesar de estar ya cerca de los cuarenta años de edad, no había aún contraído matrimonio.
    Pero: ¿quién sería la mujer adecuada para acompañarlo en su monumental misión de difundir y profundizar las enseñanzas de Avraham y Sará?
    A diferencia de todo padre judío que desea – acertadamente – ver a sus hijos casados, en este caso aparte de lo anterior estaba en juego – ni más ni menos – el futuro de la incipiente nación. La ulterior gestación del pueblo de Israel dependía ahora de Itzjak – y… de quien lo acompañara. Toda la tarea realizada por Avraham hasta ese momento estaba sobre el tapete.

    Las mujeres lugareñas de Cna’an ciertamente habían demostrado insuficiencia moral para tamaña responsabilidad.
    Eso significaba que la candidata debía provenir de otras latitudes.
    Avraham, pues, decidió que el sitio más adecuado para efectuar tal búsqueda, sería en su nativa Aram Naharaim – en la Mesopotamia (asiática).

    Sin embargo, Itzjak había sido ofrendado sobre el altar en la Akeidá. Por ello – y al igual de lo que sucedería con los Korbanot en el futuro – no debía pisar otros suelos que no fueran la sagrada tierra de Israel.
    ¿Quién, pues, se ocuparía de trasladarse hasta Aram Naharaim para encontrar a la muchacha indicada?
    Un mensajero apropiado
    …Fue así que Avraham pidió a su más leal sirviente, que se dirigiera a aquel lejano lugar para cumplir con la difícil misión.
    Eliezer, que según los Sabios era el nombre del sirviente de Avraham, no era una persona común. Los Sabios hablan de él en términos de gran respeto. Era un estudioso de la Ieshivá de Avraham, quien dominaba toda la erudición de su maestro y, a su vez, enseñaba la Torá a los alumnos (Iomá 28:). Aparte, tenía un parecido con su amo, a quien eligió servir a raíz de la profecía de Noaj (que los cna’anitas serían esclavos). Siendo así, ¡qué mejor que servir al propio Avraham! (Midrash Rabá, Bereshit 59:8, 60:2).

    El sirviente aceptó cumplir con el encargo de su amo, pero tenía ciertas inquietudes: ¿y si la muchacha no aceptara venir con él (sin conocer a Itzjak)?, ¿podría, en tal circunstancia, trasladar hasta allí a Itzjak? ¿o, podría tomar, en tal caso, a una muchacha local de Cna’an en su reemplazo?
    Avraham se negó rotundamente. Le hizo jurar que se mantendría dentro de las pautas pactadas. En caso que no pudiera cumplirlas, quedaría absuelto de la misión encomendada.

    Los Sabios nos hacen saber que Eliezer albergaba una secreta esperanza, aunque no estuviera en aquel momento totalmente consciente de ella: que Itzjak terminara casándose con su propia hija (Midrash Rabá, Bereshit 59:9). Sin embargo, eso estaba vedado, pues la descendencia de Cna’an había sido maldecida, y ese vínculo no sería posible. Los Sabios (Ialkut Shimoní 107), son muy críticos con Eliezer por imaginar tal posibilidad, arrogándole las palabras del pasaje: “Cna’an sostiene la báscula de engaño, para robar al amado (Itzjak)” Hoshea 12:8). A pesar de las grandes virtudes de Eliezer, esto no lo liberó de poder llegar a ser aun más perfecto (Or haTzafun, del Saba de Slabodka sz”l).

    Una vez bien aclaradas las reglas de la tarea, el sirviente llevó consigo todo lo que pensaba que sería necesario para el éxito de esta compleja misión. Tomó diez de los camellos de su amo y suficientes hombres que los atendieran. También llevó riquezas para demostrar a la candidata y a su familia que estaría materialmente bien protegida.

    ¡Tamaña responsabilidad la del sirviente!: ¡¿Cómo haría para encontrar y reconocer a aquella muchacha tan especial y cómo para convencerla de que esté dispuesta a acompañarlo desde la Mesopotamia hasta la tierra de Cna’an, sin siquiera haber conocido al futuro marido?!

    Obviamente debía ponderar todos los detalles del plan para que fuera exitoso. Asimismo, por supuesto, todo dependía también de la bendición de D”s, a Quien había invocado Avraham antes de su partida: “D”s del Cielo, Quien me ha tomado de la casa de mi padre y de mi tierra natal, y Quien se ha expresado por mi y ha jurado que ‘a ti te daré esta tierra’, Él enviará Su emisario delante de ti, y tomarás una esposa para mi hijo desde allí” (Bereshit 24:7), y a Quien volvió a invocar el propio sirviente al llegar a destino.
    Invocando la Asistencia Di-vina
    Ya estaba próximo a la fuente de agua en la entrada a Aram Naharaim, e ideó un plan para determinar quién sería la joven adecuada para Itzjak.
    Antes de poner en práctica este intento, dirigió sus palabras a D”s: “D”s de mi amo Avraham, haz suceder por coincidencia frente a mi hoy, y actúa con bondad para con mi amo Avraham” (Bereshit 24:12).

    El modo de expresarse del sirviente en este aspecto es singular. Las palabras “haz suceder por coincidencia” son solamente aptas en relación a D”s. En la visión de la actividad humana, los sucesos son programados o fortuitos. Sin embargo, aquello que para nosotros pareciera ser una simple casualidad, en realidad fue “hecho suceder” por Él.

    El vocablo “kará” escrito en hebreo con la letra hebrea “alef” al final, significa llamar (o sea, un acto premeditado) y la misma raíz pero finalizada con “he”, indica “desencadenarse” (o sea: fatalidad). Los seres humanos vemos los acontecimientos que nos sobrevienen como si se tratara de coincidencias, mientras que vistas desde la Conducción Di-vina, en realidad todas y cada una están programadas para que ocurran. Solo en el accionar recóndito de D”s, estas afirmaciones se aúnan (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Eliezer era plenamente consciente de lo complejo de su misión.
    Al implorar al Todopoderoso – como ya señalamos – delineó cuál sería la estrategia apropiada para la ocasión: la característica más saliente del hogar de Avraham era su constante y abnegada apertura a las necesidades de todo ser humano que requiera asistencia.

    Así lo habíamos observado en el episodio en el que Avraham recibió – como era su costumbre – a tres individuos itinerantes extraños, con los mayores honores. En dicho relato, recordemos, cada acto de hospedaje de Avraham se adelanta con las palabras “y apuró”, “y corrió”, o sea que había fervor en las acciones de anfitrión de Avraham en su búsqueda de complacer a los invitados (incluso absolutos desconocidos).
    La esposa de Itzjak – entendió el sirviente- no podría carecer de estos mismos atributos (Bereshit 24:14).
    Por lo tanto, decidió pedir a la muchacha un favor que permitiría comprobar si realmente poseía aquellas virtudes.

    Si bien al poner estas condiciones para aceptar a la doncella, corría el riesgo de que la muchacha tal vez tuviera otras (ocultas) falencias, se “arriesgó” a que todos los demás aspectos de la joven fueran acordes a lo que quería y que tuviera todas las idoneidades que la habilitarían para ser esposa del hijo de su amo (Taanit 4.).
    Gracias al mérito de Avraham, sin embargo, resultó ser que Rivká era la persona perfecta para Itzjak.

    Apenas había terminado Eliezer de suplicar a D”s, Rivká se estaba dirigiendo hacia la fuente de agua (de paso, la Torá nos describe a Rivká como muy hermosa…).
    Eliezer fue uno de aquellos que merecieron que el Todopoderoso le respondiera de inmediato (Midrash Rabá, Bereshit 60:4) y todos los eventos se desarrollaron con una armonía magistral. Si bien no era la costumbre habitual de Rivká – perteneciente a una familia aristocrática – salir a buscar agua al aljibe, aquel día “se produjo” aquella excepción Providencial (Pirké d’Rabí Eliezer 16).

    En seguida, el sirviente (aun sin saber de quién se trataba) corrió hacia ella y solicitó agua para beber.
    ¿Qué fue lo que vio Eliezer, que lo indujo a correr?
    Las aguas de la fuente fluyeron milagrosamente hacia Rivká, pues era una mujer santa. Sin embargo, el siervo no se dejó convencer por maravillas. La muchacha debía aún superar la prueba crítica…
    Antes que pida, D”s resuelve
    Rivká no solamente respondió positivamente a su solicitud, sino que ofreció también agua para los diez camellos que traía Eliezer y para los hombres que lo acompañaban (pues siendo extranjeros, no les estaba permitido llevar agua sin autorización de alguien local).
    El modo en que la Torá nos describe sus actos nos suena conocido: “y apuró”, “y corrió”…
    A pesar de estar en presencia de hombres fornidos que ni siquiera ofrecieron asistirla en la tarea, Rivká no se molestó por la situación. Al contrario: se alegró por la oportunidad de poder cumplir con la Mitzvá ella sola.

    El sirviente observaba atónito cómo sus súplicas se cumplían una tras otra.
    Apenas terminó de servirle agua a todos, Eliezer le obsequió algunas joyas, le preguntó su nombre – y si habría espacio en su casa para pernoctar esa noche.
    Y – ¡oh sorpresa! – la muchacha era una parienta cercana. Su padre, Betuel, era primo hermano de Itzjak. “Sí” – respondió – “puede incluso quedar más de una noche”.
    La muchacha corrió a casa a relatar a su madre lo recién sucedido.
    Apenas el hermano de Rivká, Laván, vio las joyas adornando las manos de su hermana, corrió hacia la fuente para invitar al “desconocido” a su casa, pensando que se trataba del propio Avraham, y no del sirviente.
    Eliezer comenzó aclarando que, efectivamente, él era el siervo – y no el amo (aun cuando eso se volvería obvio en las palabras que seguían), pues no quería atribuirse honores que no le correspondían, ni siquiera por uno pocos instantes (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l 5733:11).

    Una vez en casa de la familia de Rivká, se le ofreció de comer, pero él no comería hasta haber cumplido con su misión.
    Por lo tanto, narró a la familia de Rivká todos los eventos que habían conducido a aquel momento culminante. Finalmente, y ante la evidencia de lo providencial del encuentro, les propuso permitir que Rivká lo acompañara para convertirse en esposa de Itzjak.
    El arte de hablar adecuadamente
    La Torá nos vuelve a narrar toda la historia que ya conocemos, relatada ahora por boca de Eliezer – a pesar de que la propia Torá puede ser sumamente escueta en otros pasajes que son vitales por referirse a preceptos que debemos cumplir con todos sus detalles (tan es así, que muchas leyes se infieren de letras superfluas que se podía haber obviado sin perder el sentido del pasaje, por comparación de dos palabras idénticas que se repiten en contextos distintos o por la proximidad de dos temas en el texto de la Torá).

    ¿Por qué, entonces, la repetición “retórica” en una historia que ya conocemos?
    Responden los Sabios: para demostrarnos qué “hermosa (refinada) es la forma de conversar (aun) de los sirvientes de nuestros patriarcas” (Midrash, Bereshit Rabá 60:8), quienes aprendieron de sus amos a expresarse con prudencia y pulcritud. (Los comentaristas de la Torá hacen notar las pequeñas discrepancias que hay entre los sucesos y el relato posterior de Eliezer, y el motivo por el cual el siervo hizo esos cambios).

    La familia de Rivká, reconoció después del relato del enviado de Avraham, que la Mano de D”s había asistido en realizar el encuentro “casual” del sirviente y Rivká, y expresó: “MeHaShem iatzá hadavar” (Bereshit 24:50 – de lo cual deriva el Talmud que las parejas están asignadas por el Todopoderoso – Sotá 2:).
    Luego de obsequiar los bienes que había traído consigo para los familiares, Eliezer pernoctó.

    Al día siguiente, el fiel sirviente quería partir rumbo a la casa de Avraham – con Rivká – para que se concrete el matrimonio de ella con Itzjak (Bereshit 24:54).
    La madre y el hermano preferían demorar la ida de la muchacha y preguntaron su opinión a la joven Rivká, esperanzados en que ella apoyaría la idea de la dilación.
    Rash”í aclara en esta frase que los Sabios ordenaron no casar a una mujer, sino con su consentimiento, sin presionar, ni obligar…).

    Pero no: ella fue precisa, escueta y contundente: “¡Iré!”.
    Habiendo visto los modales del sirviente de Avraham, no quiso permanecer más en su casa.

    Y así sucedió. La familia bendijo a Rivká, y ella siguió a Eliezer hasta Cna’an.
    Itzjak, por su parte, volvía de haber buscado a Keturá (a quien los Sabios identifican con Hagar) para que su padre no quedara solo después del fallecimiento de Sará.
    Rivká se convirtió entonces en la esposa de Itzjak.
    Al llegar Rivká a la casa, volvieron todos los atributos espirituales que habían caracterizado ese hogar en vida de Sará, y que se habían perdido a partir de su fallecimiento. Este fenómeno consoló a Itzjak, quien aún observaba el duelo por su madre.

    Avraham y Sará dedicaron su vida a mostrar al mundo pagano de entonces, que existe un Creador y que sólo a Él se debe servir. Sus seguidores fueron numerosos y Avraham era conocido como el príncipe de D”s (Bereshit 23:6).
    Habiendo tantos creyentes en D”s en Cna’an entre sus discípulos y admiradores – ¿qué razón impulsó a Avraham a insistir en la elección de una muchacha de su propio terruño, un lugar al que sus enseñanzas no habían llegado?

    Varios comentaristas deducen y demuestran a partir de esta actitud, que la adaptación a una conducta de Midot para aquel/la que no fue educado así desde pequeño, es mucho más compleja incluso que el ajuste a cuestiones relacionadas con la fe y la creencia.
    Aun si Rivká no tuviera el conocimiento teológico y filosófico de la casa de Avraham, sus Midot (cualidades humanas) eran ejemplares, y justamente por eso, estaría seguramente dispuesta a adherir a las máximas de Itzjak.
    Existiendo las buenas Midot, las cuestiones de cosmovisión las aprendería pronto. Pero sin una ética clara, las lecciones de filosofía tampoco le servirían.
    Amor auténtico
    Cuando Itzjak y Rivká se conocieron, se casaron y recién luego… – nos destaca la Torá – “la amó”.
    Nos parece un tanto raro, porque no estamos acostumbrados a esta manera de obrar, y nuestro modo de encontrar “con quién” seguro que parece más sincera, más espontánea, más real, más lógica y más romántica (para las mujeres, al menos).
    Pero, lamentablemente, los matrimonios que se forman del modo diferente al de nuestro caso, son cada vez más frágiles, más egoístas, más efímeros y más “virtuales”…

    La Torá nos enseña a vivir.
    Si bien seguramente nadie va a elegir nuestra pareja para nosotros en nuestra época sin siquiera consultarnos, saber que existen los elementos en la Torá para hacer de nuestra vida y de nuestro deber algo agradable, es reconfortante: no estamos perdidos al haber una fuente de donde aprender a encontrar el rumbo.

    El agua que le sirvió Rivká al sirviente espontáneamente, demostró una predisposición a brindar, a la bondad, a la generosidad y a una vida simple y auténtica.
    Esa es la esencia de lo que nos enseña la Torá.

    EL ESPEJISMO EN LOS POZOS
    “¡Es un calco del padre!” – decía la gente acerca de Itzjak.

    Pero… ¿era realmente así?
    Superficialmente, sí. D”s había hecho que Itzjak tuviera un aspecto muy parecido al de su padre, para contrarrestar públicamente las ironías de quienes pretendían decir que Itzjak no era biológicamente hijo de Avraham y Sará.
    Sin embargo, debajo de los rasgos faciales que eran muy similares entre Avraham y Itzjak, había una diferencia muy pronunciada en las características de ambos, en lo que hizo a su Servicio personal al Todopoderoso. Aquella diferencia no era contradictoria, sino que, por el contrario, era complementaria. Cada uno de los patriarcas, Avraham, Itzjak y luego Ia’acov, adjuntó su propia enseñanza a la de los demás, para preparar entre todos, los fundamentos espirituales de la flamante nación engendrada por ellos.

    La Torá es sumamente breve en cuanto al relato acerca de la vida de Itzjak, en comparación con la de Avraham y de Ia’acov, a cuya vida y obra la Torá dedica muchos capítulos.

    ¿Por qué?
    Pues Itzjak representa la tarea interna de perfeccionamiento. Este rasgo no es visible hacia afuera, como sería, por ejemplo, la bondad demostrada por Avraham a huéspedes desconocidos.
    El temor íntegro
    Para tratar de entender lo que significa esta cualidad, intentaremos dar un ejemplo de la vida cotidiana. Uno puede observar una cantidad de judíos que asisten a alguna sinagoga un domingo temprano al Minián. Si bien todos llegan a la sinagoga a la misma hora, nos es imposible evaluar el esfuerzo que les significó individualmente para cada uno de ellos, llegar al Minián.
    Tal vez, alguno sufra de insomnio.
    Otro llegó tarde a casa de una fiesta la noche anterior.
    Un tercero, puede estar apurado pues tiene que llegar puntual a su trabajo.
    A otro, realmente, le gusta dormir – y se levantó de todos modos…
    ¿Es, acaso, posible comparar la fuerza de voluntad que tuvo que emplear cada uno de ellos para alcanzar un mismo fin?

    Ese fue el gran aporte de Itzjak al incipiente pueblo: exigirse a si mismo todo el potencial que se pueda alcanzar, analizando hasta el fondo cada una de las acciones que ha de realizar. En hebreo, el término que lo describe es: Guevurá.
    En la Mishná de Pirkei Avot (4:1) se pregunta: “¿Quién es un ‘guibor’ (una persona de poder)?”
    Y responde: “Hakovesh et itzró” (quien domina su propia inclinación negativa). Es decir que, si se busca una evaluación categórica de una persona que realmente ejerce el poder de manera absoluta, entonces solo se podrá decir que lo alcanzó aquel que gobierna sus propias pasiones.

    Habitualmente utilizamos el término “poder” en su aplicación de lo comparativo. Determinada persona o grupo de personas impera sobre otros y los somete. A tal fin, puede llegar a utilizar uno o varios métodos para imponer su voluntad sobre los demás.
    Esta es la connotación comúnmente negativa (si bien más habitual) del término en cuestión. La denominamos “negativa”, pues al imponer su deseo sobre otros, está coartando la libertad de los demás.
    En este sentido, da lo mismo si se impone por la fuerza física, por la dependencia emocional y seducción sensual, por el poder que le da su dinero o su posición política en un país o en una institución por sobre las necesidades materiales de otros, etc. En esta pulseada física o económica, gana transitoriamente quien ejerce en determinado momento, más poderío que sus adversarios.

    Sin embargo, esta clase de poder no conmueve al autor de la Mishná.
    Este “poder” va y viene, (pues todos somos relativamente fuertes o débiles dependiendo con quién y en qué área nos comparamos) y más que poder, esta actitud se debería denominar una debilidad por parte del que la aplica, pues no puede resistir tener en sus manos cierta fuerza sin imponerla sobre otros. (Los Sabios nos advirtieron que nos cuidemos de las esferas del poder gubernamental, pues habitualmente se acercan a la persona cuando lo necesitan, pero no están a su lado en momentos en que éste pasa apremios…).

    Antes de proseguir, volvemos a recalcar que la cualidad de Itzjak se suma a los atributos espirituales de Avraham. Es por eso que los Sabios llaman a Itzjak un “tzadik ben tzadik”, pues era una persona santa independientemente de ser hijo de un padre santo.

    Esto no obsta a que Itzjak obrara en muchas instancias reflejando el modo de actuar de su padre. Así encontramos varias instancias en la vida de Itzjak en las que, bajo circunstancias similares, intentó emular las acciones de Avraham. Esto sucedió tanto en el momento en que hubo hambruna en la tierra de Cna’an, como así también en la tierra de los filisteos en la coyuntura en la que su vida peligraba a causa de la belleza de su esposa. El desarrollo de una característica distinta, no excluía la vigencia del estilo de enseñanza del padre, si bien se incorporó su conducta personal.
    Pasaremos, pues, a describir estas difíciles experiencias, y algunas de las moralejas que de ellas se derivan.
    En la tierra de los filisteos
    En vista de la nueva hambruna, Itzjak se trasladó a la tierra de los filisteos. Oportunamente también su padre había habitado allí, y si bien había tenido unas mala experiencia dada la carencia de criterio ético originado, a su vez, por la falta de respeto a D”s, el propio rey Avimelej le había ofrecido que habitara en donde quisiera, en cualquiera de sus comarcas, y pactó una amistad con él, que debía seguir vigente para la posteridad, para sus hijos y nietos.
    Esto era motivo suficiente para que Itzjak se refugiara en aquel país (que según muchas opiniones está dentro de los límites de Eretz Israel).
    D”s le comunicó a Itzjak que no fuera a Egipto – como sí lo había hecho su padre – sino que permaneciera con los filisteos, pues allí recibiría Su bendición de prosperidad.

    Ante la indiscreción del pueblo, también Itzjak presentó a su esposa Rivká como si fuera “su hermana”. A pesar de las palabras de Avraham, nada había cambiado en aquel país – comenzando por el propio rey que espiando los quehaceres íntimos de Itzjak y su esposa, se percató que en realidad eran marido y mujer.
    Y también él recriminó a Itzjak por “permitir” que “por error” se llegara a violar a Rivká. Finalmente, por orden real, Itzjak y Rivká estarían protegidos de ser molestados por la gente.
    El hecho de requerir una disposición especial de amparo, no habla muy bien de aquel pueblo: ¡¿no deberían estar protegidos todos los ciudadanos – sin una orden especial?!

    A pesar que Itzjak había recibido la promesa de D”s de prosperar (sea como fuere) en Filistea, sembró como cualquier hacendado los campos y éstos tuvieron un rinde excepcional.
    Itzjak no quería poner de manifiesto tan públicamente el milagro de su bienestar, por lo que realizó una actividad terrenal – a pesar de las circunstancias climáticas desfavorables, que implicaba que nadie quisiera sembrar – para así encubrir parcialmente el fenómeno.
    Lejos de aprovechar su monopolio para enriquecerse de los bolsillos del pueblo hambriento, Itzjak llevó la cosecha al mercado para que todos se puedan beneficiar.

    Si bien inicialmente fue tolerada su presencia en Grar, capital de los filisteos, el éxito económico de Itzjak provocó envidia en el pueblo filisteo y hasta en el propio rey Avimelej, a quien Itzjak había superado holgadamente en lo material. La magnitud de la prosperidad de Itzjak era obviamente una bendición de D”s que se le prodigió en los años de escasez gracias a su conducta ejemplar.
    El rey, pues, instó a Itzjak a retirarse de la ciudad, por lo que Izjak decidió ir a establecerse en el campo.
    “Eres demasiado poderoso” – dijo el rey – “tememos lo que puedas hacer en nuestra contra”.
    Es muy común que quien guarda sentimientos negativos hacia otra persona, arguya que el otro posee justamente esos sentimientos hacia él. Muchas suspicacias tienen origen en la falta de sinceridad y franqueza propia…

    “Asimismo – decía Avimelej – todo lo que tú posees es gracias a nosotros. Tu riqueza nos la debes a nosotros. Al llegar al país no poseías más que un rebaño, mientras que ahora tu patrimonio ha crecido enormemente…” (Midrash Rabá, Bereshit 64:7).
    Con este acto, Avimelej rompió el pacto establecido otrora con Avraham.
    Sin embargo, había una diferencia notoria entre el proceder de los anfitriones hacia cada uno de ellos. Mientras Avraham solía ser considerado un “Nesí E-lokim” (príncipe de D”s) a ojos del populacho, Itzjak había nacido ya comenzada la era del exilio vaticinado por D”s a Avraham. De inmediato veremos cómo se dio esta relación.

    Itzjak debió cambiar su lugar de residencia reiteradamente.
    Toda actividad agropecuaria requiere agua para su desarrollo, por lo tanto Itzjak cavó pozos de los cuales extraería el agua necesaria para irrigar sus campos. Estos pozos ya habían pertenecido a su padre, pero los filisteos los habían tapado con tierra luego de la muerte de Avraham.
    No está claro en qué momento los filisteos taparon aquellos pozos. Pero para hacerlo, tuvieron un buen pretexto: presentaban un potencial peligro, pues los enemigos se podían valer de ellos y suministrarse agua durante un eventual ataque de invasión.

    “Los hijos deben preservar las instrucciones de padre” (Rabeinu Bajie).
    Los pozos excavados por su padre tenían nombres que hacían alusión a la creencia en D”s, cuya fe Avraham había estado diseminando durante toda su vida en Cna’an.
    Metafóricamente, la vuelta a excavar esos mismos pozos representa la gesta de Itzjak por afirmar las enseñanzas morales de su padre, en una tierra en la que se había intentado borrarlas y erradicarlas por completo.
    La tierra arrojada por los filisteos simboliza aquello que obstruye y entorpece a que reluzca la sabiduría representada por las aguas. Aun si los adversarios habían interinamente tapado los pozos, el trabajo previo de Avraham había ablandado la tierra, facilitando que Itzjak siguiera adelante con su tarea ya comenzada al volver a descubrir aquellos mismos pozos.
    También en los fueros internos de cada uno, se libra la batalla de las aguas puras que intentan trascender y comunicarse, mientras que – ocasionalmente – son ahogadas por la tierra que impide su acceso.

    Ya en el campo, los filisteos nuevamente intentaron obstruir la bonanza material y la tarea espiritual de Iztjak. Esto lo hicieron mediante un falso alegato, en el cual reclamaban ser los dueños de las aguas descubiertas por Itzjak: “Es verdad: el pozo es tuyo, pero las aguas son nuestras…” (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Itzjak eligió no enfrentarse con los filisteos. Apodó el pozo “Iská”, por la oposición de los lugareños, y se mudó a otro sitio. Nuevamente indicó cavar un pozo, pero los filisteos se opusieron a que las usen. Ya ni siquiera veían necesario un subterfugio para su reclamo.
    Itzjak llamó al pozo en disputa “Sitná” y optó por cambiar una vez más su domicilio.
    Itzjak era una persona de fe absoluta, y sabía que su sustento no requería que él se peleara con la gente para conseguirlo. Por lo tanto, simplemente abandonó los lugares en los que su manutención le llegaría mediante enfrentamientos.

    Una vez que Itzjak se fue de los sitios en los que los vecinos obstaculizaron su trabajo, automáticamente los pozos se secaron y los filisteos no pudieron tener el mínimo provecho de ellos.
    Así exactamente sucedió en muchas ocasiones del exilio de los judíos. Una vez que los gobernantes y el gentío los echaron para hacerse de sus bienes, la economía local se derrumbó.
    Volviendo a la tierra de sus padres
    El nuevo pozo que cavaron los sirvientes de Itzjak estuvo libre de litigios. Itzjak lo llamó Rejovot, lo que significa “amplitud”, pues finalmente había hallado el sitio en que podía desarrollar su tarea sin impedimentos.
    Sin embargo, Itzjak no permaneció allí, sino que se mudó a Be’er Sheva, su ciudad natal, en donde había vivido su padre muchos años, y ya más adentrado en la Tierra sagrada de Israel.
    Aquella misma noche, D”s se le volvió a presentar y le volvió a reiterar que lo bendecía.

    La pregunta evidente es: a qué se debió esta nueva mudanza, cuando después de tanto trajín y adversidad, ¡Itzjak finalmente había encontrado un sitio donde establecerse sin temer a las interferencias de los vecinos!
    La respuesta es que este traslado no tuvo objetivos materiales, sino – por el contrario – acercarse a un lugar imbuido de mayor espiritualidad, más cercano al centro de la Tierra de Israel y en el que su propio padre ya había sembrado las bases de las conductas y disciplinas éticas.
    Precisamente por ese motivo, se le apareció el Todopoderoso en aquel sitio aquella misma noche en que llegó, como recompensa por haber priorizado la elevación espiritual por sobre el enriquecimiento material, aun después de todo lo que había atravesado (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Una vez que Itzjak se hubo instalado en Be’er Sheva, sucedió lo increíble: después de todos los maltratos sufridos en aquel país, el propio rey Avimelej se acercó con una delegación de dignatarios filisteos a saludar a Itzjak y revalidar el histórico pacto que ellos mismos habían infringido.

    ¿Qué los hizo reflexionar?
    “Hemos visto que, al igual que en la época de tu padre, estás amparado por la Protección Di-vina…” – dijeron. Reconocieron cómo la Providencia había cuidado a Itzjak de modo sobrenatural. Avimelej estaba preocupado por si Itzjak o sus descendientes se sentirían ahora libres para tomar represalias en su contra.

    Frecuentemente, los adversarios conocen mejor que los propios judíos cómo D”s los ampara, pues sólo ellos saben sus maniobras que intentaron y que fueron frustradas Celestialmente.
    “Quizás tú piensas que te hemos dañado” – dijo Avimelej con su conocido aire evasivo – “sin embargo, debes estar feliz que no tocamos tus bienes, que has podido llevarte íntegramente contigo”.

    El Midrash matiza esta situación con una parábola:
    Un león había tragado un alimento que le dejó un hueso atravesado en la garganta. Al no poder liberarse de él, anunció que daría una recompensa a aquel que se lo pueda extraer.
    Solamente una cigüeña con un pico muy alargado se animó a ayudar al perturbado león. Luego de cumplir con él, la cigüeña solicitó su premio.
    “¿Premio?” – rugió el león – “puedes estar más que contenta con poder narrar a tus amigas que has introducido tu cabeza dentro de la boca del león, y has salido indemne…!”.
    Así también se excusó Avimelej: “Además” – continuó – “lo hicimos todo por tu bien, porque estando en nuestro país corrías peligro constante a manos del vulgo”.

    Itzjak se extrañó por el acercamiento inesperado de Avimelej. Sin embargo, era de las personas que Pirkei Avot describe como “”fáciles de apaciguar”, y de inmediato aceptó renovar el pacto.
    Avimelej se retiró al día siguiente, luego que Itzjak le ofreciera una generosa cena y reafirmaran a afirmar el tratado firmado con su padre.

    Al margen de lo que ya expusimos, Ramba”n señala que esta narración es premonitoria del futuro. El pueblo de Israel construyó ya dos veces su Bet haMikdash, pero estos fueron destruidos por querellas (“Esek”) en el primer caso, y por odio (“Sitná”) en el segundo.
    Sin embargo, el tercer pozo – que los filisteos no objetaron – representa el tercer Bet haMikdash, que se reconstruirá pronto en nuestros días y en el que podremos llevar a cabo una vida espiritual por siempre creciente, amplia e ilimitada (“Rejovot”).
    ¡Que así sea pronto, en nuestros días!

    La vida de Ia'acov
    SUCESIÓN Y SECESIÓN
    Uno de los episodios que más nos llamaron la atención al estudiar Torá cuando éramos niños, fue aquel en el que Itzjak bendijo a Ia’acov pensando que era Eisav, su otro hijo.
    Con el trasfondo de un hecho anterior, en el que Eisav había despreciado y vendido la primogenitura a Ia’acov, esta relación entre los hermanos cobraba en nuestras pequeñas mentes un sensacionalismo y un efecto dramático especial.
    Sin embargo, lejos de quedarnos con aquellas imágenes infantiles, debemos emprender el intento de entender el porqué la Torá narra estos episodios y el rol que tuvieron los protagonistas.

    Conviene recordar aquí lo que señalábamos en la introducción, respecto a que cuando nosotros leemos estas historias relatadas en la Torá, no debemos ponernos en el lugar de jueces para evaluar la conducta de los actores que se describen, sino que están narradas para aprender muchísimo.
    Rumbos distintos – desde la panza
    Volvamos a la historia.
    Durante su embarazo, Rivka había consultado con D”s acerca del porqué de los sufrimientos extremos y extraños que estaba padeciendo. La Respuesta Di-vina fue que en su vientre se encontraban dos naciones cuyo éxito en el futuro sería mutuamente incompatible. La soberanía de uno de ellos, significaría automáticamente la servidumbre del opuesto.

    El Talmud (Ketuvot 66:) así lo expresa: “Bienaventurados (sois) Israel: mientras vosotros cumplís con la voluntad del Todopoderoso, no hay nación que os pueda dominar; y cuando no cumplen con Su voluntad, son entregados en manos de una nación despreciable”.

    Según Rav Sh. R. Hirsch sz”l se entiende de las palabras que (en respuesta) recibió Rivká de HaShem, que una filosofía de gobierno jamás será compatible con la otra. El régimen que representa al pueblo puede estar basado en la nobleza humana que posee quien lo ejerce, en su grandeza espiritual y moral. La alternativa a este modelo, es aquel que se sostiene a través de su astucia y fuerza.

    La Torá no nos dice si Rivká informó de esta profecía a su marido Itzjak, lo cual nos permite suponer que Itzjak nunca supo este vaticinio (Ramba”n).

    Los mellizos nunca fueron iguales. Desde su nacimiento, ya habían sido distintos, pero recién más tarde se notó contundentemente.
    La Torá nos cuenta que “cuando crecieron los muchachos, resultó ser (vaiehí = lo inesperado) que era Eisav un hombre que se dedica a la caza, un hombre de campo, mientras que Ia’acov era un hombre recto, que reside en las tiendas (para estudiar)”.
    El hecho en sí, como explica Rash”í, de que “cuando eran niños, nadie supo distinguir la tendencia de cada uno de ellos”, es fundamental al intentar comprender el desvío de Eisav.
    Se lo educó, inicialmente, sin prestar atención a sus inclinaciones naturales.
    Desechar una tendencia de los hijos no implica que desaparezca. Muchas veces situaciones de vida forzadas sólo conducen a niños (y luego adultos) frustrados. En ciertas ocaciones, es útil procurar satisfacer la curiosidad y creatividad de los niños en otro área que les interese, aun más cuando la vocación por algún proyecto no es propia, sino adquirida por imitación a lo que “hacen todos”.

    Y así fue: mientras Eisav fue un experto cazador, Ia’acov fue un hombre de estudio y de vida doméstica.

    Itzjak y Rivká intentaron educar a sus dos hijos de la misma manera.
    Como buenos padres judíos, desearon que ambos, Eisav y Ia’acov conjuntamente, fuesen la base del futuro pueblo judío.

    Pero Eisav no tenía mucha paciencia para los libros. Le gustaba el campo abierto.
    De haber reconocido los padres esta tendencia a tiempo, hubiesen podido educar a Eisav aun dentro de su tendencia.
    Es posible ser comerciante, profesional, deportista, artista y muchas cosas – algunas más difíciles de plasmar que otras – dentro del propio seno de la Torá, si uno realmente lo desea hacer éticamente bien.

    Apenas Eisav pudo liberarse del estudio, lo hizo.
    De todos modos, tenía esa duplicidad mediante la que mantenía su estilo de vida, mientras simultáneamente era muy respetuoso con su padre.

    A diferencia de Rivká, quien amó en forma natural a Ia’acov, Itzjak asumió el desafío de amar a Eisav, el cazador.
    No era fácil hacerlo. Requería un afán especial para amar a una persona que cazaba. Cazar puede ser una actividad cruel y requiere de mucha práctica en trampas para poder tener éxito.
    Los Sabios recalcan que la caza de Eisav incluía la mente de su padre, a quien “cazaba” (embaucaba) con preguntas que lo presentaban con un aire meticuloso de santidad. Aun así, Eisav amaba profundamente a su padre y queda destacado para la posteridad como paradigma del precepto de honra a los progenitores.
    Una venta des-interesada
    El incidente de la venta de la primogenitura acentuó la disparidad creciente entre los hermanos. Aunque tenían tan solo 15 años, el mismo día en que falleció el abuelo Avraham, Eisav encontró a Ia’acov preparando un guiso de lentejas, comida de duelo – que cocía para su padre Itzjak, mientras él continuaba con su actividad campestre de cacería (según los Sabios, había cometido toda clase de tropelías y aberraciones morales en aquella lúgubre jornada).

    La primogenitura que Eisav desechó no era otra sino la tarea espiritual que le hubiese correspondido como hijo mayor de Itzjak. Esto hubiese implicado la dedicación y el liderazgo en materia religiosa, que poco significaba para Eisav teniendo en cuenta la actividad tan vulgar que desarrollaba.

    Durante muchos años, Rivká e Itzjak habían tenido opiniones encontradas acerca de cómo se debía considerar a Eisav. Rivká, que había recibido la profecía de D”s (Bereshit 25:23), sabía que la continuidad del pueblo elegido se materializaría a través de uno solo de entre sus dos hijos. A esa altura, ya estaba claro que Ia’acov seguía manifiestamente los pasos del padre y del abuelo, mientas Eisav tomaba esposas que iban absolutamente en contra del espíritu con que había sido educado, ni traían la mínima satisfacción a sus padres (Bereshit 26:35).

    Sin embargo, como dijimos, Itzjak esperaba que el pueblo de HaShem se constituyera mediante la participación conjunta de ambos hijos. Dado que Eisav tenía inclinación por la caza, Itzjak quiso responsabilizarlo por el futuro mantenimiento del aspecto material de la nación, mientras que Ia’acov sería quien aportara al pueblo el nivel espiritual. De este modo, aun la labor rural de Eisav cobraría una función relevante que serviría a la espiritualidad de la nación. Quizás este elemento lo motivaría a ser más delicado respecto a los impulsos y atribuciones que lo estimulaban a su faena.
    (Más tarde habría efectivamente tal acuerdo entre dos tribus de Israel: Isajar y Zevulún.
    Mientras los descendientes de Zevulún eran hábiles comerciantes y navegantes, compartían sus ganancias con los descendientes de Isajar, que se dedicaban full time al estudio, y, de ese modo, su labor material adquiría una dimensión Di-vina. También hoy en día, hay quienes siguen este convenio con aquellos que estudian solamente Torá, para permitirles dedicarse de lleno a esa sublime ocupación y compartir el mérito eterno, de aquel estudio).
    La bendición
    Esta discrepancia entre los hermanos Ia’acov y Eisav permanecería irresuelta durante muchos años.
    Eisav y Ia’acov ya tenían sesenta y tres años de edad, cuando Itzjak entendió que había llegado el momento de efectuar su legado postrero.
    Itzjak sintió que era el momento de bendecir a sus hijos, pues sospechaba que estaba llegando su fin en este mundo. Sus ojos ya no le permitían ver.

    Itzjak llamó, pues, a Eisav, y le pidió que preparara una comida, resultado de su caza, para poder bendecirlo.

    Cuando Rivká escuchó que Itzjak tenía la intención de bendecir a Eisav, sabía fehacientemente que éste no era el indicado para recibirlas, pues ya había demostrado que despreciaba la enseñanza moral y de fe de Avraham. Si bien Eisav respetaba profundamente a su padre, no estaba dispuesto a realizar el esfuerzo interno que se requería para alcanzar la espiritualidad.

    Efectivamente, Eisav vestía las ropas que D”s había obsequiado a Adam, el primer hombre (Nimrod se había apoderado de ellas y luego se las quitó a éste, Eisav. Estas vestimentas tenían el aroma del Gan Eden). Sin embargo, con el solo hecho de vestirlas, no se reemplazaba la ardua tarea de auto-mejoramiento.
    La espiritualidad debe nacer de adentro y no se puede disfrazar. Por lo tanto, Rivká intervino y alertó a Ia’acov para que fuera en lugar de Eisav y recibiera él las bendiciones materiales.

    Obviamente, no estaba en Rivká pensar que el engaño de Ia’acov pudiera pasar desapercibido. ¡Eisav volvería en cualquier momento y el ardid quedaría descubierto de inmediato!
    ¿Por qué, entonces, planificó esta simulación? ¿Fue – quizás – por su amor hacia Ia’acov?
    De ningún modo: “No por el hecho de que amaba a Ia’acov más que a Eisav hizo Rivká lo que hizo, sino que reflexionó: ‘¿Hasta cuándo va a engañar éste (Eisav) al padre?’” (Bereshit Rabá 65:3).

    Rivká quería que Itzjak se percatara de que – del mismo modo que Ia’acov podría hacerse pasar por Eisav al vestirse con su atuendo a través de las pieles que se había colocado sobre los hombros y los brazos – del mismo modo también Eisav se disfrazaba de Ia’acov ante Itzjak: utilizando un lenguaje de extrema piedad y devoción.

    Ia’acov obedeció a su madre, y a raíz de esa intervención de Rivká, Ia’acov recibió todas las bendiciones del padre.
    En las palabras que Itzjak confirió a Ia’acov, se observa el claro mensaje de bendición para los recursos materiales que Itzjak sentía que necesitaría Eisav para cumplir su misión como partícipe del pueblo elegido (Bereshit 27:28).

    Cuando Eisav volvió de la caza, preparó también él alimentos para su padre. Fue entonces que Itzjak se percató de lo que realmente había sucedido. Aun así, no se retractó de la bendición dada a Ia’acov. El desengaño de Eisav (y como lo expresó) permitió al padre comprender que él había errado toda su vida en la evaluación que había hecho de él. Aún cuando, “peor fue el susto en el momento de descubrir el error en la bendición, que el estar tendido sobre el altar (“Mizbeaj”) cuando el padre lo iba a sacrificar” (Midrash Rabá, Bereshit 67:2), en el preciso momento en que Itzjak se percató de su error, inmediatamente lo reconoció, y no se defendió del yerro cometido.

    Aquí es importante que nos detengamos a reflexionar sobre Itzjak. La Torá es sumamente breve al relatar acerca de la vida de este patriarca, en comparación con la de Avraham y de Ia’acov, a cuya vida y obra la Torá dedica varios capítulos.

    Pues, como ya mencionamos anteriormente (“El espejismo en los pozos”) Itzjak representa la labor interna de perfeccionamiento. Esto no es visible desde afuera, como sería, por ejemplo, la bondad demostrada por Avraham a huéspedes desconocidos o la labor fiel y abnegada de Ia’acov con el rebaño de su suegro Laván.

    El esfuerzo que realiza la persona es imposible de evaluar para el observador externo.

    Con esto, cuando Itzjak, luego de bendecir a Ia’acov, se percató de su error, e inmediatamente lo reconoció, demostró ser dueño de sus propias pasiones.

    Eisav insistió en recibir también aquella bendición, clamando con un alarido amargo y con llanto, pero su padre le explicó que esto no era posible.
    Eisav volvió a exclamar que su hermano lo había “despojado” de la primogenitura y ahora a ello había sumado también la bendición que “le correspondía”.
    Finalmente, el padre respondió asignándole también los favores materiales y productivos, y agregando otra característica: “vivirás con tu espada, y a tu hermano servirás, y será cuando él deje de observar las leyes de la Torá (explicado según el Tárgum Onkelos), quitarás su yugo de sobre tus hombros”.

    Este intercambio es un tanto difícil de entender: ¿por qué Itzjak no podía simplemente otorgar una bendición material a Eisav, sin que éste se lo pida con tanta angustia?; ¿acaso le falta a D”s bendición y bondad para suministrar a todos?; ¿no es D”s Quien “provee pan para todo ser vivo”?
    Además: si Itzjak quería conferirle una vida guerrera (con la espada), ¿por qué no lo hizo la primera vez, cuando con Ia’acov supuso que se trataba de Eisav?; ¿y por qué lo relacionó con la conducta – buena o mala – de Ia’acov?

    Eisav no quería simplemente recibir la bendición material de su padre. Eisav amaba a su padre y quería ser él su continuidad. Habiendo renunciado ya a los valores espirituales con la venta de la primogenitura, le quedaba solamente el rol de provisión terrenal para el incipiente pueblo de Israel…
    Salvo, que Ia’acov se adelantó y se tornó auto-suficiente también en el aspecto material.

    Habiendo recibido Ia’acov la bendición material, ya no necesitaría del apoyo de Eisav, y se convirtió en único heredero espiritual de Itzjak, sin el aporte de su hermano. ¿Qué rol tendría entonces el Eisav?
    Después de su ruego, Eisav finalmente recibió un papel: el de verdugo. Cuando Israel no obedeciera a D”s, ese sería el espacio de Eisav en el cual “ayudaría” a encarrilarlo hacia la senda correcta (esta tarea fue cuidadosa y escrupulosamente cumplida por nuestros enemigos durante todo el exilio…).
    La profecía que había escuchado Rivká en su embarazo, ahora tenía sentido: jamás gobernarían juntos, sino que – por el contrario – serían mutuamente excluyentes.

    Itzjak llamó a Ia’acov y lo volvió a bendecir.
    ¿Otra vez?; ¿no había sido bendecido suficientemente ya antes?
    Esta vez la bendición era aquella que le correspondía como legatario y sucesor único de Itzjak: “que D”s te otorgue la bendición de Avraham a ti y a tu descendencia…”.
    SOÑANDO CON ÁNGELES
    Itzjak había bendecido a Ia’acov y le había indicado que debía viajar a Padán Aram (Aram Naharaim) – lugar natal de su madre Rivká – y procurar casarse con alguna de sus primas de la familia materna.
    También pesaba sobre Ia’acov el peligro del deseo de venganza de Eisav, su hermano, originado en que Ia’acov había recibido (aparte de la propia bendición, la designada originalmente para él) también la que Eisav sostenía que le hubiese correspondido a él.

    Comenzaba así una nueva etapa en la vida del tercero de los patriarcas, un largo segmento de su vida, en el que sería perseguido tanto por su hermano como por su tío, y sufriría muchos padecimientos más.
    Durante esta secuencia de tormentos, sería muy difícil para Ia’acov entender el objetivo de la conducción de los eventos por parte de D”s. Es por eso que – a diferencia de la mayor parte de la Torá en la que el texto escrito está separado por espacios – la historia de Ia’acov en su exilio está unida y sin esos intervalos “huecos”. Esas pausas blancas, representan interrupciones para ponderar. Pero ante la dificultad de entender los acontecimientos, la historia no se interrumpe.

    Ia’acov salió de Beer Sheva, donde había vivido muchos años junto a sus padres.
    “Salió” – tranquilo – pero no sintió que se estaba “escapando” de Eisav. Aun cuando en el fondo de la cuestión su alejamiento era técnicamente una huída, Ia’acov mantuvo la serenidad y la dignidad del tzadik en momentos de penuria. Confiaba en que D”s estaba guiando sus pasos.
    No llevó nada consigo. Si bien era hijo de un padre muy pudiente, no quería dar la apariencia ante su hermano, que su gesta por lograr las bendiciones del padre Itzjak tenían como objeto una ganancia material.
    En la Ieshivá
    Ia’acov conocía las cualidades negativas del tío Laván y se debía preparar a fin de poder vivir junto a él por un tiempo que podía llegar a ser muy extenso. Es por eso que no fue directamente a la casa del tío, sino que se demoró catorce años estudiando con su longevo antepasado Ever, a quien le pediría instrucción para salir moralmente indemne en su convivencia con Laván.
    Si bien este paréntesis de estudio no está explícito en la Torá, se infiere a partir de ciertos hitos en la vida de los patriarcas.
    Obviamente, uno se pregunta qué es lo que Ia’acov quiso aprender de Ever, luego de haber estado estudiando junto a su padre Itzjak durante toda su vida hasta ese momento.
    La respuesta radica en la naturaleza de cada uno de estos dos hombres santos. Itzjak había crecido junto a Avraham y, en general, había tenido poco contacto con el mundo de los engaños y perfidias. En cambio Ever, contemporáneo de Nimrod, y testigo ocular de su demagogia, le podía ilustrar a Ia’acov sobre las artimañas de los tramposos que saben cómo tergiversar adulterar y fingir las situaciones – y cómo tomar distancia de estas zancadillas, cuando hay que estar expuesto a ellas a diario.

    La dedicación de Ia’acov al estudio durante aquel período fue singular, y se esforzó de lleno a crecer, a tal punto, que en aquella etapa no se recostó jamás a dormitar de manera estable y tranquila – en una cama – como lo hace habitualmente el resto de los mortales (Midrash Rabá, Bereshit 68:11).
    El sitio más sagrado de la tierra
    Una vez fortalecido con las enseñanzas de Ever, Ia’acov emprendió rumbo hacia Padán Aram. Sin embargo, a mitad de camino sucedió algo insólito. Al estar pasando por el Monte Moriá, se hizo de noche repentinamente, por lo que Ia’acov rezó las plegarias vespertinas y se quedó a dormir – acostado por primera vez en mucho tiempo – en aquel sitio.
    El Monte Moriá, era el lugar en el que muchos años antes el abuelo Avraham había preparado el altar y colocado a su hijo Itzjak sobre él, con la intención de ofrendarlo a D”s, creyendo que esa era la Voluntad del Todopoderoso.
    Obviamente, este paradero tenía un significado muy especial para Ia’acov, que sintió que era inapropiado que él lo pasara sin haber orado allí, tal como sí lo habían hecho sus antepasados.

    Se atribuye a Ia’acov el haber introducido la plegaria de la noche para el pueblo, tal como Avraham y Itzjak ya habían instituido previamente Shajarit y Minjá (Midrash Rabá, Bereshit 68:9, Brajot 26:).
    Arvit, la plegaria nocturna, simboliza claramente la vida de Ia’acov, quien – de entre los tres patriarcas – fue aquel que debió personificar y padecer la vida en el exilio que se asemeja a la noche, pues (como vemos en otro lado)– como en la oscuridad – es imposible percibir y reparar en el curso de los eventos y la Providencia Di-vina.

    Antes de acostarse, tomó piedras del lugar y las acomodó para que le brindaran protección de los posibles depredadores que lo podían atacar.
    Hay Midrashim que señalan que tomó doce piedras – que luego se fusionaron – para posar su cabeza sobre ellas.
    El número doce, también es revelador del futuro, pues el pueblo que debía nacer de él estaría constituido por doce tribus. Sin embargo, la fuerza de la nación radicaría solamente al unificarse todos los judíos de las distintas tribus (Pirkei d’Rabí Eliezer).

    Uno no deja de extrañarse con la maniobra de Ia’acov de colocar piedras alrededor de su cabeza: ¡¿acaso eso solo lo protegería verdaderamente de los animales salvajes?!

    El Alter de Kelm explica que los tzadikim (justos) viven con el concepto de que todo lo que sucede a nuestro alrededor es milagroso. A sus ojos no existe tal cosa como “teva” (naturaleza) en forma independiente. Todos los eventos de este mundo llevan la marca de la Mano clara e inconfundible de D”s, aunque a menudo está velada tras el manto de lo que llamamos naturaleza.
    ¡Ia’acov no temía a los animales! Solamente sospechaba no haber hecho lo suficiente a fin de minimizar el milagro que D”s haría para protegerlo.
    Los animales mismos no tienen poder propio. Únicamente D”s es Omnipotente. Si uno no ha hecho lo que estuvo en sus posibilidades, debe temer frente a D”s, y solo a Él, y en eso consistía el recelo de Ia’acov.
    Por lo tanto, colocó las rocas alrededor de su cabeza. Si bien esto es casi inútil para resguardarse de las bestias, no obstante, sirve para lograr la minimización del milagro. Habiendo hecho eso ya no tenía miedo y se fue a dormir tranquilo.
    El sueño de la escalera
    Cuando Ia’acov concilió el sueño, obtuvo una visión profética: vio cómo una larga escalera se extendía desde el cielo hacia la tierra.
    La escalera que vio Ia’acov, tenía una base muy amplia, de modo que podía ser abordada en su primer peldaño desde cualquier lugar que estuviera la persona: nadie está excluido de elevarse espiritualmente – si realmente lo desea hacer (Julín 91:).

    En la escalera, Ia’acov divisó ángeles de D”s que subían y bajaban por ella.
    Uno hubiese pensado que la escalera comenzara desde la tierra y que los ángeles emprenderían su camino iniciando su viaje desde el cielo. Sin embargo, lo que vio era lo opuesto.
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l explica que el mensaje de la escalera indicaba que desde las alturas se propone al ser humano embarcarse hacia un mundo más elevado. Sin embargo, la Morada Principal del Todopoderoso no está en las alturas sino aquí mismo en la tierra, que es el terreno en el que los humanos debemos desarrollar nuestra tarea de enaltecimiento.
    Los mensajeros de D”s (ángeles) moran entre nosotros, y llevan cotidianamente el quehacer de los hombres para ser evaluado frente a su contrapartida celestial, que es el potencial de cada ser humano. En algunos casos, el aspecto terrenal de la persona dista mucho de su homólogo celestial. En el caso de Ia’acov, en cambio, su efigie en ambos extremos era idéntica. Aun así, los mensajeros de D”s resentían el hecho que Ia’acov se acostara a dormir en el lugar que – por el contrario – debía despertar y estimular su aspiración por elevarse. También los ángeles podían (metafóricamente, y en su esfera) sentir “envidia” por Ia’acov, cuyo nombre está asentado en el Trono Di-vino, y ha superado ampliamente la santidad de los propios ángeles.

    Pero más allá de la evaluación de los ángeles, D”s Mismo se hallaba frente a él y compasivamente le aseguraba la protección que necesitaría ahora, en su viaje hacia la difícil misión que le esperaba: la construcción de su propia familia, sede del origen de las doce tribus de Israel.

    Puesto que los riesgos espirituales de cada época y lugar son distintos, así también el resguardo que proveería D”s en este momento en que Ia’acov abandonaba Israel para dirigirse a la casa de Laván, debía ser diferente a aquel del que había gozado hasta ahora. Por eso el “cambio de guardia” de ángeles representa el nuevo amparo moral de D”s frente a los actuales desafíos.
    La escalera también simboliza la continua moción de los humanos. Nunca uno está en un mismo lugar: o asciende – si se esfuerza y trata de superarse, o cae paulatinamente en el vacío de la carencia de objetivos.

    El Midrash (Pirkei d’Rabí Eliezer) señala, asimismo, que el sueño de los ángeles vaticinaba a Ia’acov – que estaba saliendo a su exilio – los destierros del futuro lejano para sus descendientes.
    En ese contexto, los ángeles representan cada uno, una de las naciones que subyugó a Israel en sus épocas de sometimiento (aparte de la venidera esclavitud de Egipto).
    Fue así que primero subía el ángel que representaba a Bavel (los caldeos que destruyeron el primer Bet haMikdash) unos setenta peldaños (comparables a los setenta años en los que los judíos fueron vasallos de aquella potencia), para luego bajar.
    Detrás de él, el ángel agente de los Medos (Persia) que dominaron a los judíos durante cincuenta y dos años, subió esa cantidad de estribos, para luego volver a caer.
    Lo siguió el representante espiritual de los griegos y también subió por la escalera. Éste alcanzó ciento ochenta escalones, antes de obligársele a descender.

    Por último, Ia’acov divisó al apoderado celestial de Edom (Roma, descendiente de su hermano Eisav) subir, y subir. Ia’acov esperaba expectante que también éste ángel bajara, pero no parecía dejar de subir. Ia’acov temió por su descendencia: ¿estarían, entonces, sus nietos subordinados a Edom eternamente?
    Sin embargo, pronto recibió la respuesta en la que D”s censura a Eisav por su ambición autocrática y totalitaria: “aun si te elevas como un águila, y aun si entre las estrellas colocas tu nido, de allí te haré descender, dijo D”s” (Ovadiá 1:4).
    Ia’acov aun no estaba tranquilo: quizás también su propia prole eventualmente caería, del mismo modo en que se derrumbaron los demás…
    Por lo tanto, volvió a asegurarle D”s que lo acompañaría a él y con su descendencia.
    La promesa de protección
    “Soy D”s, de tu padre Avraham y de Itzjak. La tierra sobre la cual estás tendido, te la daré a ti y a tus hijos. Ellos serán numerosos como el polvo de la tierra y se extenderán hacia el oeste, este, norte y sur, siendo tú y ellos fuente de bendición para los demás pueblos”.
    El pueblo de Israel ya había sido comparado previamente con las estrellas. En esta ocasión se equiparaba la magnitud de la descendencia de Ia’acov con el polvo. Este paralelo excede a lo simplemente numérico, y tiene connotaciones que lo vinculan a lo cualitativo del polvo; pues la tierra es elemental para la existencia humana – al igual que el pueblo de Israel – todo se construye a partir de ella, y todo finalmente vuelve a ella.
    Asimismo, la redención final de la prole de Ia’acov, recién ocurriría luego que el pueblo hubiera sufrido y soportado muchos años de ser pisoteado y degradado como el polvo de la tierra. Sin embargo, y al igual que el suelo, sobrevivirá a todos aquellos que lo hayan mancillado. La historia y epopeya de nuestra nación da crédito a esta interpretación.

    Respecto a la condición de Israel como “fuente de bendición” para las demás naciones (que suelen desconocer este atributo espiritual de nuestro pueblo), no se trata, D”s libre, de un simple chauvinismo. Cuando el Bet haMikdash estaba en pie, se traían en Sucot numerosas ofrendas con el objetivo de que las naciones sean agraciadas por D”s con amplia prosperidad. Tan es así, que el Talmud menciona que “pobres de las naciones que sufren carencia por haber destruido el Bet haMikdash, sin percatarse del daño que se han provocado a sí mismas”.
    La bendición emanará de una combinación de Ia’acov y su descendencia. La influencia espiritual de Ia’acov será percibida por las naciones recién cuando las sucesivas generaciones de sus sucesores hayan demostrado que sus hogares y todas sus labores materiales están firmemente fundadas en las enseñanzas y los mandamientos de D”s (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Siguió diciendo D”s: “Estaré contigo, te protegeré por donde vayas y te traeré de vuelta a esta tierra, pues no te abandonaré hasta haber cumplido lo que He dicho para ti”.
    Ia’acov no llevaba consigo absolutamente nada, salvo su bastón. A diferencia de Avraham, a quien D”s le prometió – al exiliarse de su ciudad natal para dirigirse a Cna’an – que le daría fama y reconocimiento entre los pueblos, Ia’acov se embarcaba ahora en un exilio severo e inclemente. Por eso la bendición de D”s se enfocaba en Su amparo y auxilio.
    ¡Qué sagrado, este sitio!
    Al despertar Ia’acov, percibió la santidad del sitio en el que estaba acostado y reflexionó acerca de lo que allí habría en el futuro: “No es esta, sino la Casa de D”s, y el portón (para alcanzar) del Cielo”.
    Modestamente, Ia’acov no atribuyó la singular circunstancia de haber recibido la profecía de D”s a su propio mérito por obtenerla, sino a la santidad del lugar que era más conducente a la profecía que cualquier otra parte. ¡Si hubiese sabido que D”s se le aparecería en los sueños, se hubiera preparado más para ser merecedor de tal auspicio! A pesar que mencionamos que Ia’acov (según muchas fuentes) sabía que allí había sido el sitio de la Akeidá, reconoció ahora no haber estado totalmente consciente de la magnitud espiritual que allí se hallaba. La Torá luego nos enseña a profesar un temor reverencial por los lugares de santidad.

    Efectivamente, en forma figurativa, es esa la Morada de D”s (aun cuando no estaba aún construido el Bet haMikdash), el espacio más apropiado para que se eleven desde allí las plegarias. También alegóricamente, se considera que el Tabernáculo terrenal está emplazado frente a su semejante celestial.

    Ia’acov, pues, amaneció y tomó la piedra que había colocado junto a su cabeza erigiéndola en forma de pilar y vertiendo una libación de aceite sobre ella.
    Originalmente, el Servicio al Creador se realizaba sobre pilares que consisten en una sola piedra natural e inalterada por el hombre, y que representa la naturaleza.
    Un altar, en cambio, puesto que está construido de muchas piedras, representa la alteración que hace el hombre, a la materia prima de la naturaleza.
    Antes que la Torá fuese dada, la Autoridad de D”s era evidente mediante la subordinación del hombre a la naturaleza. Con la entrega de la Torá, sin embargo, D”s quiere que la utilización por parte del hombre de la generosidad que brinda la naturaleza, sea dedicada a hacer Su voluntad. Esto está simbolizado por el uso de los altares para el Servicio del Bet haMikdash.
    La promesa para el futuro
    Finalmente, Ia’acov hizo una promesa de dar el Maaser (diezmo) cuando se cumpla el vaticinio de la custodia de D”s que lo traería a salvo – espiritual y materialmente – a su tierra natal.
    Si bien por lo general la Torá enseña que no hay que comprometerse mediante votos, aun si se trata de juramentos de realizar actos nobles, al tratarse de una situación de peligro, está permitido, y hasta puede ser recomendable comprometerse a cierta obligación moral, pues D”s considera que “una buena intención vale como si fuese una buena acción” (Kidushin 40., (Midrash Rabá, Bereshit 70:1)).

    En su promesa, Ia’acov mencionó que si D”s le habría de dar “pan y vestimenta”. No pidió lujos, sino solamente lo más esencial. Un hogar no es más judío a través de las ostentaciones y fastuosidades. Ia’acov temió que la pobreza lo llevara a desconfiar de la Justicia Di-vina, pero estaba igualmente preocupado por los riesgos espirituales de la opulencia.

    Ia’acov ya había construido su primer “casa” de piedras con la que precariamente se protegió de los animales salvajes. Ahora, con el fortalecimiento de la promesa de protección de D”s, estaba preparado para emprender su camino y edificar la más importante de sus obras, su hogar íntegramente judío en las circunstancias más precarias y adversas, y que sería, a su vez, el precursor de de todas las futuras moradas judías.

    SEA HONESTO… AUNQUE LE RESULTE MOLESTO
    Luego del profético sueño, Ia’acov continuó rumbo a la casa de su tío Laván. Lo que le aguardaba allí no sería algo fácil ni simple, tanto a nivel material como en el sentido espiritual, pues Laván era un emérito “profesional del engaño”.

    El propósito manifiesto de Ia’acov – sin embargo – era cumplir con la orden de su padre Itzjak: casarse con una de sus primas.
    Después de un mes de trabajar en forma voluntaria y gratuita en casa de Laván, éste le ofreció un pago.
    Ia’acov propuso entonces trabajar siete años cuidando el ganado del tío, para casarse con Rajel, su prima. Laván aceptó sin titubear (parece ser buen negocio el hecho de no tener que aportar dote y que – además – trabajen para casarse con su hija). Al cabo de los siete años – en la misma noche de bodas, – engañó a Ia’acov y lo casó con Leá, su otra hija.
    El gran embuste
    ¿Cómo sucedió eso?
    Laván tomó a Leá en lugar de Rajel y la condujo al casamiento, vestida de novia y, por supuesto, con velo sobre el rostro.
    Recién al otro día, Ia’acov notó que era Leá. No nos extraña de Laván, pues ya sabemos que era mentiroso y pudo así lograr que Ia’acov trabaje para él adicionalmente y gratis…

    ¿Y Rajel – dónde estaba?
    Dicen los Sabios (Bava Batra 123.), que Rajel colaboró con el deshonesto plan del cual se enteró a último momento, a pesar de que podría temer que Ia’acov se enojara y renunciara a casarse con ella por haber tomado parte activa en la artimaña.
    Sabiendo que el padre era embustero, Ia’acov y Rajel habían pactado entre ellos contraseñas previamente para darse a conocer y evitar así los potenciales ardides de Laván.
    Sin embargo, cuando se sucedieron los hechos y Rajel vio que conducían a su propia hermana Leá, dijo para sí: “Ahora mi hermana va a sufrir vergüenza”.
    De inmediato, transmitió a Leá la información acordada con Ia’acov y la salvó de ridiculizarse públicamente.
    Luego de las protestas de Ia’acov, Laván “se acordó” de decirle que, la costumbre local, era que no se casaba la hermana menor antes que la mayor…

    Pero, ¿qué sucedería ahora con Rajel?
    Para Laván eso no representaba un problema. Se la daría también a Ia’acov por el – módico precio – trabajo de los próximos siete años. Ia’acov, aun con todo lo que había sucedido, aceptó. Uno hubiese pensado que los segundos siete años impuestos por su tío-suegro, los hubiese cumplido refunfuñando, o al menos con menor ahínco que los primeros, que habían sido sugeridos por él mismo.
    Sin embargo, no fue así. Los Sabios comparan ambos períodos: “así como los iniciales fueron con lealtad, igualmente lo fueron los últimos” (Midrash Rabá, Bereshit 70:20).

    Transcurrieron los otros siete años. Ia’acov ahora quería regresar con su familia – que ya contaba con once hijos – a la casa de sus padres en Cna’an. Pero Laván no estaba dispuesto a perder un empleado tan eficiente y – finalmente – ofreció una remuneración material por el trabajo de Ia’acov.
    Aun así, Laván no perdió oportunidad de seguir intentando aprovecharse de la benevolencia y del espíritu trabajador de su sobrino. Corrieron otros seis años en los que Ia’acov trabajaría ahora, por un sueldo, que surgiría a partir del aspecto (color de las manchas del cuero) de la cría que tendrían los animales del rebaño de Laván desde aquel momento en adelante.
    Pero, cuenta la Torá, cuando Laván advirtió que Ia’acov prosperaba gradualmente, no toleró que a su yerno “le vaya bien”, lo engañó impunemente y le modificó las condiciones de pago decenas de veces.

    Mantener la paciencia en tal situación, es más de lo que la mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a aceptar. La traición, más aun viniendo de un tío-suegro, nos haría “explotar” en cualquier instante.

    En conclusión, llegó el momento impostergable de irse. La situación “no daba para más” y había quedado pendiente la promesa de Ia’acov a la que se obligó al salir de casa, de dar el diezmo cuando prosperara y el precepto de estar cerca de su padre para honrarlo.
    A su vez, D”s ordenó a Ia’acov que vuelva a su tierra natal, lo cual él refrendó comunicándoselo a sus esposas.
    “Uds. saben que con toda mi fuerza serví a vuestro padre. Sin embargo, él se burló de mí y modificó mi sueldo decenas de veces, pero D”s no permitió que me pueda causar daño…” (Bereshit 31:7).
    De inmediato, ambas – Rajel y Leá – asintieron decisivamente.
    Ia’acov, quien a esta altura de los acontecimientos, sabía “con qué bueyes araba”, reunió a su familia y emprendió el viaje, mientras Laván se hallaba en el campo esquilando sus ovejas.
    El “querido” suegro
    Pero la familia de Ia’acov no llegó a transitar mucho trecho.
    Laván lo persiguió, con la intención de eliminar a toda la familia (que incluía a sus propias hijas y nietos) – y hasta los amenazó encubiertamente, advirtiéndoles que estaba en su derecho hacerlo… si no fuese porque D”s le amonestó la noche anterior: que no tocara la familia de Ia’acov.
    Sin embargo, las palabras – siempre falaces – de Laván cuando alcanza a Ia’acov son las de un pobre abuelo dolido e injuriado porque no se le dio la oportunidad (¡pobrecito…!) de despedirse decorosamente de sus hijas y nietos… (Bereshit 31:27).

    Rajel, por su lado y sin contarle nada a su marido, se había llevado las estatuillas de la casa de su padre para apartar a este de la idolatría, razón por la cual Laván ahora revisó todos los bultos con las pertenencias de Ia’acov y su familia, a fin de cerciorarse si se habían apropiado algo de su casa.

    En veinte años de convivencia, es imposible que no se hubieran mezclado algunos utensilios de una familia con los de la otra (Rav Sh.R. Hirsch sz”l)…
    Sin embargo, la pesquisa dio resultado negativo. ¡No había nada ajeno!

    Una vez concluida esta investigación humillante (y que Ia’acov, siempre correcto y paciente permitió), le tocó el turno a Ia’acov de enojarse. “Va’ijar leIa’acov” (y Ia’acov se enojó).
    ¿Qué le dijo a Laván?
    Sinceramente, le podía haber dicho “de todo” y con justa razón. Sin embargo, no hubo nada de eso.
    “¿Cuál es mi infracción y mi pecado, que me estás persiguiendo? Buscaste entre todos mis bienes… ¿qué encontraste de lo que te pertenece…?
    En todo el discurso de Ia’acov, no percibimos una sola palabra de recriminación. Únicamente se defendió de la actitud que tomó Laván y nada más. Para nuestros parámetros, eso parecería ser una posición débil – pero no para la Torá.

    “Se reconoce a la persona “be’kisó, be’kosó v’ka’asó” – a través de su bolsillo (cómo utiliza – o malgasta – su dinero), de su copa (cómo bebe y come) y de su enojo (por qué cosas se enfada y cómo controla su ira).”
    Es más, no solo se da a conocer el carácter de la persona, sino que se considera una de las virtudes más sublimes el poder dominarse en momentos de adversidad.
    “El mundo no se mantiene, sino por aquellos que saben callar en momentos de peleas” (Julín 89:).
    El empleado fiel
    Ia’acov siguió hablando:
    “Son veinte años que he estado trabajando para ti. En todo este tiempo, jamás tus cabras o tus ovejas perdieron su cría, ni consumí alguno de tus carneros. Tampoco traje un animal que hubiera sido atacado por fieras salvajes, yo me hice cargo de todo ello – si restara algo de día o de noche. Todo esto lo hice aun bajo condiciones sofocantes del calor del día, o de congelamiento de noche, de modo que se me ahuyentaba el sueño de mis ojos…
    Trabajé catorce años por tus dos hijas, y seis años por tu ganado… – y, aun así, me engañaste repetidamente…
    Si no fuera por el temor que infundió el D”s de mis padres, me hubieses dejado ir con las manos vacías – mi maltrato y el esfuerzo de mis manos ha observado D”s, y por ese motivo te reprendió anoche” (Bereshit 31:41).
    “Más valioso es el esfuerzo del trabajo honesto – que el crédito por los méritos de los antepasados, pues mientras el mérito de los padres de Ia’acov sirvió para salvar su patrimonio (de manos de Laván), su trabajo honesto le asistió en salvar su vida”
    (Midrash Rabá, Bereshit 74:12).

    De nuestro patriarca Ia’acov, quien sostuvo una conducta proba frente al engaño continuo, cumpliendo su tarea con honestidad, aprendemos una de las lecciones de vida más nobles.

    Obviamente, todo esto depende de la actitud que uno tenga hacia el trabajo, el esmero y la responsabilidad en general. Los “miembros de la nobleza” de la Edad Media (y si se quiere, incluso hasta la actualidad) sostenían que trabajar era algo que se limitaba a los sirvientes. Ellos pasaban sus días practicando duelos, torneos, caza de animales y celebrando fiestas y orgías…

    Compartamos la siguiente conversación entre Jacky y Sandra, a fin de tomar conciencia de qué estamos hablando:

    -“¡Hola Sandra! ¿cómo estás?”
    -“¡Bien, Jacky, sos una ídola, gracias por llamar! ¿y vos, cómo andás…? Justito te iba a llamar yo. Me acordé de vos anoche en la fiesta de Yanina, terminó retarde y estoy molida, me estalla la cabeza… Llegué otra vez retarde al trabajo y no tengo fuerza ni ganas para trabajar…. Y dime… ¿cómo van esos preparativos para tu casamiento?”
    -“Me estoy volviendo loca, porque no doy abasto para hacer todo… El vestido todavía no está listo, el departamento no lo entregan, así que no sabemos dónde vamos a vivir, las tarjetas de invitación salieron mal y hay que hacerlas de vuelta, todo sale al revés… al trabajo voy día por medio y mi patrón no está de acuerdo que falte, porque dice que las cosas quedan hechas por la mitad…”
    -“Bueno, che, no es para tanto, él también tiene que entender que uno no se casa todos los días….”
    -“…”
    -“…”
    -“Bueno, Jacky, chau. Voy a colgar en cualquier momento, porque está por entrar mi jefe, y dice que hablo mucho por teléfono y aparte tengo una fila de gente esperando que la atienda y creo que acá necesitan el teléfono, mañana te llamo a esta hora, ¡un beso!”.

    ¿Malas intenciones?; ¿hablar a espaldas de otros?; ¿Lashón Hará?
    Son todas faltas graves, pero puede no serlo en este caso. Y, sin embargo, hay algo que está mal.

    La dificultad aquí que está relacionada con la honestidad: la ética del empleo.
    ¿Tienen Sandra y Jacky derecho a estar conversando sobre sus temas particulares en la hora del trabajo desde el teléfono del lugar de su empleo?; ¿pueden acostarse tarde de noche y que “la cabeza le esté estallando al día siguiente”?
    ¿O “faltar día por medio por sus preparativos para el casamiento”?
    Sin duda que no.

    Es verdad. No son las únicas que lo hacen. Lo cual no significa que esté bien.
    Aparte de todo – están los descargos…:
    “¿Quién es el empleador para quejarse del hecho que ellas se tomen unos minutos para refrescarse y despabilarse?”
    “¡Si quiere ser honesto, pues entonces que comience consigo mismo!; ¡que pague puntual, que cumpla él con todo lo que prometió!”
    Nunca faltan excusas para no cumplir diligentemente con las obligaciones laborales, pero eso – tal como aprendemos de Ia’acov – no modifica la ley.

    Acerca del modo de trabajar, nos dice el Ramba”m (Hil. Sejirut 13:7):

    “Del mismo modo en que el empleador debe ser cuidadoso con el pago de jornales a sus empleados, así deben estos ser escrupulosos en no perder tiempo de trabajo.
    Y notemos hasta qué punto los Sabios fueron puntillosos en este tema, que hasta lo liberaron (al empleado) de la cuarta bendición del Bircat HaMazón (que a diferencia de las primeras tres, es de orden rabínico y que se recitan después de comer – cuando se alimentó durante sus horas de trabajo)” – para que no distraiga mínimamente del tiempo de su jornada de trabajo.

    Debe el empleado trabajar con toda su dedicación, tal como la Torá refiere respecto a Ia’acov, el justo (cuando le dice a sus esposas que quiere volver a casa): ‘pues con toda mi fuerza trabajé para vuestro padre’.
    Es por eso que Ia’acov recibió su recompensa también en este mundo, tal como está escrito:
    ‘Y se expandió el hombre (Ia’acov) mucho’”.

    Existen más citas de los Sabios al respecto, por ejemplo: “más severo es el robo a un particular que el robo al Santuario…”.
    Positivamente, el detalle de estas leyes es más complejo que lo que se pueda abarcar en este capítulo, pero es bueno saber que estas leyes existen y que, así como la Torá protege los derechos del empleado (de cobrar su sueldo puntualmente, poder comer de lo que está produciendo, indemnización en caso de despido, etc.), también es muy estricta respecto a su trabajo honesto, como trabajó Ia’acov “con toda su dedicación”.

    Muchas de estas normas dependen de las leyes y costumbres del lugar y de aquello que se pactó al comenzar la relación laboral.
    En caso de diferencias entre las partes, deben acudir a un rabino competente en estos temas para resolver el pleito. Pero más allá de eso, reiteramos, el empleado, como Ia’acov Avinu lo demostró, no debe mermar del rendimiento óptimo de su capacidad.
    No debe, de manera unilateral, tomar un trabajo adicional que le quite fuerza y la concentración de un empleo previo. No debe llegar tarde al trabajo ni atender asuntos particulares cuando le están pagando para que se dedique a la empresa del empleador. No debe llegar cansado ni en ayunas al trabajo.
    Debe cuidar los recursos y la mercadería bajo su custodia, para no malgastarlos y cuidar que el producto sea bueno.
    Las huelgas no siempre están permitidas, y menos, el cobro de haberes por los días no trabajados. Peor aun son las huelgas “de brazos caídos”, pues es difícil cuantificar el daño ocasionado. Más aun, cuando la falta de dedicación de un empleado impide que otros, que dependen de su accionar, puedan seguir trabajando adecuadamente.

    Rav Iosef Henkin sz”l fue por muchos años el administrador de “Ezrat Torá” (una organización de caridad de Nueva York). Llevaba escrupulosamente un cuaderno en el cual anotaba los momentos que “quitó al trabajo” para atender un llamado particular y así no recibir sueldo por esos minutos…

    Puede ser que no seamos aún ni Ia’acov Avinu, ni Rav Iosef Henkin sz”l y que nos falte mucho para serlo. Sin embargo, decimos ser honestos. Honesto es más de lo que pensamos. La Torá es exigente al respecto y, si no somos Ia’acov, al menos aspiremos a serlo.

    Después de pactar con Laván que no se agredirían mutuamente, Ia’acov siguió el viaje con su familia rumbo a la tierra de Cna’an.

    En el camino de ida hacia Aram Naharaim, Ia’acov había soñado con ángeles que subían y bajaban por una escalera que alcanzaba el cielo. En aquella oportunidad el versículo de la Torá nos adelanta que “(Ia’acov) se encontró con el lugar…” (Bereshit 28:11).
    Ahora en el camino de regreso, nuevamente hubo un cruce con ángeles. Sin embargo, en esta oportunidad, “los ángeles lo encontraron a él (a Ia’acov – Bereshit 32:2)”.

    El panorama se había revertido. A su marcha de partida, Ia’acov estaba solo y quedó impresionado por el significado del acompañamiento de los ángeles.
    En esta nueva coyuntura, fueron los ángeles quienes acudieron a la cita, esta vez impresionados ellos por el cuadro de una familia ordenada y bien educada como la de Ia’acov (en quienes no había duplicidad alguna – Shabat 146.), que fue criada en circunstancias moralmente adversas – como la casa de Laván, y, sin embargo, siguieron los lineamientos éticos del padre y del abuelo (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    LA BRECHA QUE SE EXTIENDE
    “Dígame, por favor, ¿cuánto vale este cepillo de dientes eléctrico?”
    “5 dólares” – responde la vendedora.
    “Bueno, déme dos” – pide el cliente, sacando la billetera del bolsillo para abonar.

    ¿Se acuerda de estas palabras?
    Pertenecena a la época de la “plata dulce” – ¡Cuántos años ya transcurrieron desde entonces…!
    Mientras tanto, hemos bajado un poco a la realidad del mundo en el que nos toca vivir.
    Aun así, es oportuno analizar estas palabras que fueron populares en su momento: “¿Cuánto vale?” – realmente – ¿cuánto vale un cepillo de dientes eléctrico?; ¿5 dólares?
    Personalmente, lo dudo. Sin embargo, habitualmente cuando la persona dice: “¿cuánto vale?” se refiere a: “¿cuánto cuesta?”
    ¿Qué diferencia hay entre el costo de un objeto y su valor?
    Pues, veamos.
    Preparándose para el “todo o nada”
    Ia’acov regresaba luego de haber vivido en la casa de Laván durante 20 años, de labor física y elevación espiritual. Allí constituyó su familia, e incluso se convirtió en una persona muy acaudalada. Había llegado el momento de retornar a su hogar natal; ver a su padre Itzjak y cumplir con la promesa que había hecho a D”s al partir rumbo a Aram Naharaim y separar Ma’aser (el diezmo) de sus bienes al retornar.

    Pero había una gran expectativa en torno a su regreso. En Cna’an, lo esperaba su hermano Eisav, quien mantenía un profundo rencor hacia Ia’acov por las bendiciones que su padre le había conferido y seguramente dispuesto a provocarle el máximo mal posible.
    Ia’acov – conciente de esa probabilidad – intentó aproximarse a Eisav mediante el envío de emisarios, quienes anunciaban su próximo arribo y un saludo de paz y fraternidad. Mas estos no solo no fueron recibidos por Eisav, sino que informaron a Ia’acov que su hermano salía a enfrentarlo con cuatrocientos (según el Midrash, son muchos más) soldados armados para batallar. Ia’acov – por su lado – solo venía acompañado por su joven familia y sus sirvientes.

    ¡¿Para qué habría alistado Eisav a cuatrocientos hombres?!
    El panorama no parecía muy alentador, y por lo tanto, Ia’acov se previno para todas las posibles contingencias.
    Preparó un enorme y costoso presente compuesto por cientos de cabezas de ganado, a los cuales envió al encuentro de su hermano con la expresa orden de hacer saber a Eisav que se trataba de una señal de buena voluntad hacia él.
    Luego dividió a su familia para escapar – en caso de que el ataque militar de Eisav se concretara: “si vendrá Eisav contra un campamento y lo hiriere, será el campamento restante quien se salve” (Bereshit 32:9).

    Y – claro está – rezó a D”s: “Sálvame de mi hermano, de Eisav, pues le temo…” (Bereshit 32:12).
    Los Sabios se asombran del miedo del que Ia’acov habla. ¿Acaso no había D”s dispuesto que Ia’acov vuelva, prometiéndole que lo protegería (Bereshit 31:3)?
    Responde el Talmud (Brajot 4.): Ia’acov temía que “su pecado” interfiera con el augurio de D”s haciéndole perder el Resguardo Di-vino. Lo cual nos conduce a la próxima pregunta:
    ¿Qué pecado suponía Ia’acov haber cometido?
    Los Sabios no nos brindan una respuesta única: posiblemente le preocupara el haber pactado (una gestión humana posiblemente superflua, para su nivel) con su malvado tío Laván o el haber adulado a Eisav (si bien estas acciones se podrían justificar a la luz del riesgo que corría la propia familia).
    No por nada, algunos de los Sabios evaluaron el gesto inicial de Ia’acov hacia Eisav y lo consideraron innecesario e imprudente. “Quien sujeta las orejas de un perro que transita, se involucra en una pelea que no era propia” (Mishlei – Proverbios 26:17) – Eisav está en lo suyo (“ledarkó holej”), ¿para qué llamarle la atención?
    Cuando lo material también es importante
    Luego de estos preparativos preliminares, cayó la última noche antes del encuentro ineludible.
    En plena oscuridad, Ia’acov cruzó a su familia el último arroyo que lo separaba de Eisav. En cierto momento durante ese cruce, quedó solo, absolutamente solo, y lo atacaron.

    ¿Porqué Ia’acov quedó aislado en un momento tan fatídico?
    Dicen los Sabios (Julín 91.), que Ia’acov volvió para buscar unas jarritas.

    ¡Qué extraño!: ¿Ia’acov no tenía otra preocupación en ese momento?; ¿eran indispensables para proseguir su viaje?; ¿tendrían un valor tan extraordinario?; ¡¿no acababa de enviar un obsequio de magnitud asombrosa a su hermano?!

    Aparentemente se trataba de jarritas comunes y corrientes.
    Sin embargo, y para poder responder a estas preguntas, debemos entender previamente, algunos conceptos fundamentales en torno a la concepción del judaísmo sobre el rol que ocupan los bienes materiales en nuestra vida.
    Hay quienes creen que el solo pensar en las ideas “espirituales”, automáticamente excluye todo lo que sea material.

    Sin embargo, la cosa de ningún modo es así en el judaísmo.
    “Material” y “materialismo”, no son sinónimos. El mundo material no contradice al mundo espiritual, sino que le es auxiliar (y en cierta manera, indispensable).
    Todo lo material que está legítimamente en nuestras manos, no representa sino los suministros provistos por el Todopoderoso para el correcto cumplimiento de nuestra misión mundana. Ninguno de todos esos suministros puede ser superfluo, pues D”s es Perfecto y todo lo que brinda también lo es.
    Si no lo necesitáramos, entonces D”s no nos lo hubiera dado….
    El primer desafío por enfrentar
    La Torá nos sigue narrando que en el lapso preciso en el que Ia’acov estaba momentáneamente separado de su familia, se le presentó “un hombre” que luchó con él hasta el amanecer (los Sabios nos hacen saber que no se trataba de un ser humano, sino que era el representante espiritual de su hermano rival Eisav, que trataba de impedir su llegada a Israel por cualquier medio –MidrashRabá, Bereshit 77:3).
    Una lucha de otra dimensión
    El hecho de que el enviado de Eisav ataque a Ia’acov en el preciso momento en el que éste busque “las jarritas”, ubica este episodio en el marco de la pugna ideológica en la que se hallaban los hermanos: ¿Qué espacio ocupan los bienes materiales en la vida?
    Al demostrar Ia’acov con este acto que hay un solo Amo en este Mundo, a Quien todo le pertenece, y para Quien está destinada hasta la última jarrita que poseemos – el mensajero de Eisav intentó su último embate.
    Ia’acov estaba solo – sin apoyarse o confiarse en nada de lo físico como fuerza separada o independiente de D”s, y así emulando, hasta donde los humanos pueden, al Todopoderoso – esto constituía una paradoja que Eisav no toleraría.

    La “lucha” tuvo dimensiones categóricas, pues estaba todo en juego: “levantaron polvo que llegaba hasta el propio Trono Celestial” (Julín 91.).
    “Todo comercio que llevan a cabo los judíos exitosamente en este mundo, no lo logran sino a raíz del mérito de aquel ‘polvo’ de Ia’acov nuestro patriarca” (Midrash Rabá, Shir HaShirim 3:5). O sea: la Parnasá (sustento vital) del hombre, se respalda en la cosmovisión apropiada por la que luchó Ia’acov contra el ángel de Eisav.

    ¿Cómo se veía el representante de Eisav?
    Los Sabios (Midrash Rabá, Bereshit 77:2) nos dicen que tenía aspecto de pastor (al igual que Ia’acov) y practicaba magia (intentando engañarlo).
    En el Talmud hay opiniones que presumen que simulaba ser un idólatra, mientras que otros opinan que fingía ser un Talmid Jajam (estudioso). Todos estos conceptos no se contradicen, sino que se complementan coincidiendo en que se trata de una perfidia. El materialismo no tiene un perfil característico identificable. Puede y suele hasta disfrazarse de Sabio, portando las vestimentas y atuendo típico, actuando con aire místico, justificando su avidez por el dinero con miles de citas bíblicas y rabínicas, discurriendo alocuciones impresionantes y elocuentes, esgrimiendo proyectos con dialéctica refinada (quizás hasta convencido de estar actuando desinteresadamente), pero que solo encubren su deseo por dinero y poder.

    El “enviado” de Eisav no logró derribar a Ia’acov, pero pudo herirlo en el muslo, dislocándole la pierna y causándole renguera.
    El sitio del golpe que produjo el ángel, tampoco es fortuito…
    Si bien no pudo derribar a Ia’acov, intentó y logró herirlo…
    Aun si no pudo hacerlo caer a él, pretendió golpear a su descendencia…
    Y si bien no podría hacer desaparecer al pueblo de Israel, provocaría que deban errar de país en país durante el exilio…

    La contienda duró toda la noche, hasta el amanecer.
    Durante la noche – el Galut – no se “ven” las cosas. Cuesta distinguir contra quién se pelea y reconocer entre quién es amigo y quién adversario. Recién al amanecer, cuando se torne evidente la única Autoridad del Todopoderoso, se habrá finalizado la pelea y la fuerza de Eisav reconocerá su derrota frente a los ideales por los que Ia’acov luchó.

    Finalmente, al no poder desprenderse de Ia’acov, el ángel (al despuntar el alba) pidió que lo dejara libre, pues había amanecido (Bereshit 32:27).
    Ia’acov le preguntó: “¿eres tú un ladrón o un “Kubiustus” (asaltante o jugador) que necesitas esconderte de la gente de día?” (Julín 91:)

    “No” – respondió el otro – “soy un ángel, y desde el día en que fui creado, no llegó mi turno de cantar alabanzas ante D”s hasta hoy”.
    Los ángeles no son seres con voluntad propia, sino que son creados por D”s para cumplir cierta función específica.
    El mal existe para que las personas lo sometan y dominen. Una vez que esto ha ocurrido, ha cumplido su misión, y puede glorificar a D”s, pues mediante su existencia derrotada se manifiesta el Esplendor de D”s. En el momento que sucumbió ante Ia’acov, concluyó su cometido.
    Un triunfo con consecuencias para la eternidad
    Sin embargo, Ia’acov, se negó a soltarlo – salvo que antes lo bendijera.
    Estamos acostumbrados a pedir Brajot a los tzadikim. Pero… ¡¿por qué Ia’acov decidió pedir una bendición justamente al enviado del malvado Eisav?!
    Precisamente, como hemos explicado, la bendición en este caso no es otra cosa que la admisión del triunfo del bien.

    Como anticipo a la bendición, el ángel preguntó – retóricamente – cuál era el nombre de Ia’acov.
    El “nombre” no es sino el significado de lo que la persona representa, y en el caso de Ia’acov recordaba el hecho de que al nacer, estaba tomado del talón de Eisav.

    “¡No más!” – respondió el ángel – “se asociará tu nombre con ‘engaño’ por el modo en que has obtenido las bendiciones. Desde ahora tu nombre será Israel”, un calificativo aristocrático, que simboliza la posición distinguida del pueblo de Israel como Ministros de D”s, por haber prevalecido ante los obstáculos – sin sostenerse ‘del talón’ de nadie”.

    Ia’acov – a la inversa – preguntó ahora a su adversario por su nombre. La respuesta fue (aparentemente) evasiva: “¿Por qué preguntas por mi nombre?”
    “Mi nombre se modifica según la circunstancia” (Rash”í).
    Cambian, pero no cambian
    El semblante del mal que ostentan los malvados verdugos de Israel, reflejan de modo potenciado – y cambiantemente – las actitudes negativas que van asumiendo los judíos al asimilar conductas impropias, para que aprendamos a tomar distancia de aquellos errores.

    Asimismo: los enemigos de Israel se han revelado de las maneras más disímiles con el paso de las generaciones. Cuando se suponía haber registrado el “nombre” y el modo de actuar de los adversarios espirituales de nuestro pueblo – luego de haber sufrido los estragos causados por sus malas influencias – y creyendo haber creado los anti-cuerpos necesarios para contrarrestar futuros daños similares, aquellas fuerzas adoptaron un nuevo disfraz que requeriría mucho tiempo en descubrir…

    Fue entonces que “salió el sol para él (Ia’acov)”.
    Si bien el sol sale para todos, en este caso, salió para curarlo de su renguera. “Así como el ángel afligió a Ia’acov, lo harán los descendientes de Eisav con los judíos. Sin embargo, llegará el momento de su redención cuando “salga el sol” con la venida del Mashíaj, pronto en nuestros días” (Sefer HaJinuj 3), y este es el significado de la abstención de consumir el Guid haNashé (nervio ciático de los mamíferos, aun de tratarse de las especies permitidas).

    El ángel desapareció luego de bendecir a Ia’acov. Ahora Ia’acov debía enfrentarse al propio Eisav – el de carne y hueso.
    Al avistar a Eisav a lo lejos, Ia’acov dividió a la familia según lo planificado. Corrió hacia él, arrodillándose en el trayecto siete veces. Ante semejante exhibición de servilismo por parte de Ia’acov, Eisav corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lloraron.
    A continuación, las esposas y los hijos de Ia’acov mostraron su reverencia a Eisav.

    La pregunta más llamativa es: ¡¿qué sucedió aquí?!; ¡¿qué provocó un cambio de actitud tan radical por parte del belicoso Eisav?!
    Hay quienes dicen que el beso de Eisav no fue sincero. Otros opinan que si bien (“por Halajá”) la función y propensión de Eisav es odiar a Ia’acov, D”s modificó su actitud circunstancialmente.

    R Iosef Jaim Sonnenfeld sz”l explicó que aun cuando Eisav mantenía la actitud odiosa y violenta, Ia’acov trató de enfocar mentalmente las virtudes de Eisav, y contener sus vicios. Fue aquella actitud de caridad y amor que irradiaba Ia’acov, la que modificó – a su vez – la disposición negativa de Eisav.
    Esto nos aporta una lección importante en relación a la actitud a asumir con adversarios para apaciguar situaciones de enfrentamiento.

    Pero hay quienes agregan una reflexión adicional:
    Ia’acov nunca se arrodilló a Eisav, sino a D”s – pero delante de Eisav.
    Eisav – en su enorme vanidad – podía creer que la cortesía estaba dirigida a él.
    Ia’acov, no obstante, sabía que Eisav no era más que un títere (aunque tuviese libre albedrío para poder hacer el bien y el mal) en manos del Amo (D”s).

    Una vez presentada la familia y los saludos iniciales, Eisav indagó acerca del obsequio que acababa de recibir por parte de Ia’acov. Éste le explicó que se trataba de un gesto para encontrar gracia en sus ojos.
    Eisav primero rechazó el presente diciendo que cada uno quedara con sus propias pertenencias. Ia’acov insistió.
    Eisav nuevamente arguyó que no lo necesitaba, ya que él “poseía mucho” (Iesh li rav). Ia’acov, no obstante, perseveró diciéndole que D”s fue bondadoso con él y que por ende, “tenía todo” (Iesh li kol).

    ¿Qué diferencia hay entre “todo” y “mucho”?
    “Mucho” es jactancioso, comparativo y competitivo.
    En cambio, “todo” es un absoluto: con mucho o poco – no le falta nada. Nuevamente: “Si D”s lo creyera necesario, me hubiese dado – (más, o menos)”.

    Hubo un último intercambio adicional entre Eisav y Ia’acov, cuando Eisav le propuso continuar el viaje juntos. Pero Ia’acov declinó excusándose por el ritmo de marcha lenta que requerían sus niños, y el ganado. Eisav insistió con dejar algunos de sus soldados para escoltar a Ia’acov, pero éste nuevamente perseveró en seguir solo.

    Ia’acov quería a Eisav – lejos.
    No permitiría dejarse engañar. Los caminos se habían bifurcado desde un comienzo, cuando Eisav eligió la vida de caza – y la brecha continuaba ampliándose.

    Las bendiciones del padre – ambas con contenido material, servirían a propósitos distintos: en el caso de Ia’acov, sus menesteres terrenales facilitarían su deseo de servir a D”s y estudiar Torá, mientras que para Eisav los bienes materiales están íntimamente ligados a la puja por el poder y su vida con la espada (Bereshit 27:39-40).

    Ambas caras de Eisav, la desalmada y sanguinaria – y la dulce y delicada, son igualmente peligrosas. Obviamente, cuando los antisemitas muestran “su verdadera hilacha”, sabemos que estamos en riesgo. La segunda, cordial y amistosa, es doblemente temible. Tras una historia de tantos sufrimientos, innegablemente queremos paz, y ser aceptados por nuestro entorno. Sentimos gratitud hacia aquellos que se muestran como amigos – y muy posiblemente sean sinceros en su actitud.
    Pero Eisav no claudicó – aún.

    Tristemente, en nuestra sociedad el exquisito “guiso de lentejas” por el que Eisav estuvo dispuesto a vender su primogenitura (que no tenía para él significado alguno por tratarse de obligaciones morales y deberes religiosos) sigue cotizándose más que los preceptos y el estudio…
    Entonces, sepámosle dar el justo valor a las cosas
    ¿Quién es una persona materialista?; ¿será el que más posee?; ¿el indigente?
    Ninguno de los dos, necesariamente.

    “Materialista” es aquel que se identifica con los bienes materiales, es decir, que los ve como una extensión de si mismo, en lugar de verlos como meros medios que D”s le brindó para hacer lo que debe. A su vez, es materialista aquel que actúa como si la adquisición y posesión de los medios fuese un fin en si mismo.
    En cambio, cuidar los recursos que D”s nos proveyó, es parte de nuestra tarea espiritual. Es por esa razón, que el acaudalado Ia’acov está dispuesto a ir solo, arriesgándose en la mitad de la noche a buscar unas jarritas que quedaron olvidadas por allí. El hecho de que sea millonario, no obsta al valor que poseen aquellas jarritas.

    La dificultad en esta tarea consiste entonces, en aprovechar debidamente estas provisiones. Para expresarlo en otras palabras: los seres humanos, somos administradores de los bienes que se nos confían. Cualquier derroche o malgasto de los fondos, denota un desprecio hacia Quien nos encomendó esta responsabilidad.

    El famoso “déme dos”, cuando existió, significaba que gastábamos nuestro dinero en forma arbitraria, sin criterio de lo sagrados que eran los recursos que poseíamos. El invertir el dinero que uno posee para comprar algún bien, no depende únicamente de las posibilidades del bolsillo, sino, mucho más: de si lo que se va a comprar realmente es necesario y si es la manera óptima de desembolsar ese medio.

    ¿Cuánto vale un bolígrafo?
    Depende: si lo va a utilizar para rascarse la espalda, o si va a escribir una carta a un amigo o si va a tomar nota de palabras de Torá. Un bolígrafo puede entonces valer millones, mientras que tantas y tantas adquisiciones en que dilapidamos nuestros recursos, no valen siquiera una fracción de lo que gastamos (adaptado del comentario de R.Sh.R.Hirsch sz”l).

    Sin embargo, los Sabios no terminaron allí su explicación. ¿Cómo están tan seguros los justos de que sus pertenencias realmente fueron provistas por el Todopoderoso? “Pues no extienden su mano en robo”.
    Los justos tienen la certeza acerca de cada moneda que está en sus manos, que sinceramente les pertenece y que si hubiera alguna duda si les corresponde legítimamente, no la hubiesen tomado desde un principio. Si bien este no es el sitio, existen leyes muy exactas acerca de “Bal Tashjit”, o sea, el no destruir o malgastar las cosas útiles que poseemos.

    ¿Sociedad de consumo? Quizás para los demás.
    Consumir no es una virtud. Es una necesidad, en ciertos casos que se justifique, y con mesura. El hecho de que otro quiera vender, no implica que uno malgaste sus recursos…

    Más tarde, la Torá cuenta que Ia’acov llegó “Shalem” (íntegro) a la ciudad de Shjem.
    Una de las explicaciones sobre este versículo – (aparte de su connotación corpórea, por superar las secuelas físicas de su lucha con el delegado de Eisav, y espirituales – por no olvidar su estudio) – es que Ia’acov llegó a Shjem sin que le falte algo material a pesar del cuantioso obsequio con el que agasajó a Eisav.
    Efectivamente – siempre tenía “todo”.
    Verdad: lo material en función de lo realmente valioso
    Y, finalmente, juntó todos los bienes que había adquirido en la casa de Laván, los convirtió en un montículo de oro y plata (Kri), y dijo a Eisav: “Tómalo, a cambio de tu espacio en Me’arat haMajpelá (la cueva de sepultura de los patriarcas – Midrash Rabá, Shmot 31:17)”.
    ¿Cuánto valía ese sitio para Ia’acov?
    No tenía precio – lo valía todo.

    Los hijos de Ia'acov
    SOLIDARIDAD ENTRE HERMANOS
    La familia de Ia’acov había vuelto hacía más de un año de Padán Aram a la tierra de Cna’an, en donde habitaba el abuelo Itzjak. Luego de superar el difícil momento del cuasi enfrentamiento con Eisav, Ia’acov se estableció primero en Sucot y luego en las cercanías de la ciudad de Shjem. Para ubicarnos mejor en el mapa, Shjem queda a 85 Km. al norte de Ierushalaim, y los árabes la llaman hoy Nablus.
    Ia’acov adquirió allí una parcela de tierra. Fue la primera adquisición de una tierra en Israel, (aparte del lugar de sepultura que compró Avraham en Jevrón -la cueva de Majpelá- al momento de fallecer Sará, como vimos más atrás).

    Ia’acov tenía una hija menor llamada Diná. A esta niña se le ocurrió salir a pasear para observar los alrededores de su paradero y fue a Shjem para conocer las modalidades de las jóvenes del lugar. Este paseo no fue feliz. El hijo de Jamor, alcalde de la ciudad, que se llamaba a su vez, Shjem, la vio, la violó y la raptó manteniéndola secuestrada en su casa.

    La familia de Ia’acov se enteró de lo acontecido y se afligieron enormemente. Entendieron que la única razón por la cual Shjem se tomó la libertad de actuar de tal modo, era porque se trataba de una joven extranjera sin los derechos legales del lugar.

    En el interín, Jamor y Shjem se dirigieron a hablar con Ia’acov. Pensaron que podrían convencerlo fácilmente – dada su estado de indefensión – a fin de que su hija se casara formalmente con Shjem. Para Jamor y para Shjem, el tema monetario no representaba un problema. Shjem no tuvo inconveniente en ofrecer cualquier suma de dinero con tal de salirse con la suya. Seguramente pensó que con dinero se compra todo. Estaba muy equivocado (como muchos…).

    Ia’acov se encontraba en un dilema muy serio. Su hija estaba secuestrada en alguna parte de la ciudad de Shjem y no la podía recuperar. Tampoco podía dar su anuencia a un matrimonio con una persona carente de ética como Shjem. El acto de vejación está prohibido para todos los seres humanos y Shjem estaba en falta. Por la ley a cumplir por todos los descendientes de Noaj (una de las siete leyes universales), Shjem merecía la pena de muerte. Sin embargo, los habitantes de la ciudad de Shjem “hicieron la vista gorda”, seguramente porque se trataba del hijo del alcalde, dueño de la tierra. (La impunidad que gozan los poderosos de hoy tiene antecedentes históricos).
    La duplicidad de Shjem
    ¿Qué hacer?
    Los hijos de Ia’acov respondieron con astucia: “no podemos entregar nuestra hermana a una persona no circuncidada” – dijeron – “sólo consentiremos este matrimonio, si la gente de la ciudad de Shjem – todos los varones – deciden circuncidarse” – y aclararon puntualmente “si fuereis como nosotros (es decir, que aceptan el hecho de que la circuncisión significa un pacto de reconocimiento de D”s y el sometimiento incondicional a Sus dictámenes), entonces nosotros hemos de dar nuestras hijas para casarse con ustedes y tomaremos vuestras hijas para nosotros (bajo los términos espirituales y los ideales con los que vivimos nosotros). Caso contrario, tomaremos a nuestra hermana y nos iremos” – concluyeron.

    La idea le cayó muy bien a Shjem. Se trataba únicamente de una cirugía algo incómoda, y luego: tendría vía libre para disponer de Diná.
    El significado del Brit Milá no denotaba absolutamente nada para el presuntuoso Shjem.

    ¿Los habitantes de Shjem?:
    Como buen político, les iba a ofrecer de todo… con tal que lo acompañaran en esta empresa. Fue directamente a hablar a la población de Shjem. Les dijo todo lo del Brit Milá, pero bajo sus propios términos: “Nosotros tomaremos sus hijas y nosotros les daremos las nuestras… De este modo nos convertiremos en una sola nación”. ¿Y si preguntan qué sentido tenía entrar en tal intervención médica innecesaria? “Es buen negocio” – les dijo – “tienen mucha fortuna, y juntos, nuestra economía va a crecer considerablemente. No perdamos esta oportunidad histórica”. La gente asintió. La propuesta tenía sentido. Además Ia’acov les había enseñado a acuñar moneda, crear mercados y construir baños públicos, con lo cual se refrendaban sus dichos sobre el progreso común.

    A esta altura uno se pregunta: ¿realmente pensaban los hijos de Ia’acov unirse a los habitantes de Shjem?
    ¿Por qué el versículo dice que hablaron “con astucia”?
    Si la astucia se refiriera al hecho de que terminaron matando a los habitantes de Shjem, esto fue obra solo de dos de los hermanos de Diná: Shimón y Leví, únicamente. Los demás no participaron. ¡Difícilmente uno podría creer que realmente estuvieran de acuerdo en emparentarse con una familia carente de ética como Shjem!

    Posiblemente los hermanos creyeron que Shjem no estaría de acuerdo en hacer el Brit Milá. Aun si lo hiciera, era muy posible que los habitantes de Shjem no estuvieran de acuerdo en participar de la idea del soberbio Shjem. Y aun en el caso que todos se hicieran el Brit Milá, entonces, al estar débiles, los hermanos podrían entrar a la ciudad sin que nadie pudiera impedírselo, liberar a su hermana y llevársela.

    El Brit Milá masivo se llevó a cabo, (obviamente sin el objetivo espiritual que realmente lo exige). Fue una simple cirugía para adular al alcalde y a su hijo. Más que un sometimiento del cuerpo al alma, indiscutiblemente fue un medio para incrementar sus ambiciones materiales.

    Al tercer día luego del Brit Milá de los varones de Shjem, Shimón y Leví entraron a la ciudad y mataron a todos los hombres. Tomaron a Diná y fugaron. Cuando Ia’acov se enteró de lo que habían hecho sus dos hijos, se indignó intensamente con ellos. “Me desilusionaron con vuestra acción” – dijo – “me dejaron mal parado frente a los habitantes de la región. ¡Ellos escucharán de esta matanza y se unirán para destruirme!”. “¿Acaso podemos dejar que se trate así a nuestra hermana?” – contestáronle.

    El que habla último…
    Ia’acov no respondió por el momento a esta pregunta aparentemente innecesaria.
    Pasaron muchos años hasta que, momentos antes de morir, Ia’acov les recordó este triste episodio. No estaba enojado con sus hijos por el sentimiento que motivó el exterminio de los habitantes de Shjem. Al contrario, la solidaridad con su hermana era un elemento digno de alago. Es más, todo el pueblo de Israel debiera poseer esa característica encomiable.

    En todo caso, su reproche fue porque, aun si tuvieran razón en los argumentos, esto no les permitía tomar la justicia por mano propia y poner en peligro a toda la familia. En sus últimas palabras, antes de irse de este mundo, Ia’acov les dijo entonces que serían “divididos en Ia’acov y dispersos en Israel” (Bereshit 49:7). Los descendientes de Leví no tendrían porción independiente en la Tierra de Israel como las demás tribus y Shimón iba a residir dentro del territorio de Iehudá. El fervor idealista y desinteresado de Shimón y Leví para proteger a su hermana se difundirían, de este modo y de manera más tenue entre todo el pueblo.

    De todos modos, queda en pie la pregunta: los hermanos de Diná no eran asesinos.
    ¿Por qué, entonces, mataron a todos los habitantes de Shjem? Uno puede llegar a entender que Shjem mismo merecía la muerte por secuestrar a Diná. Posiblemente también su padre por encubrirlo y apañarlo. ¿Pero el resto de la población? Hay entre los Sabios varias opiniones al respecto. Por un lado, está la postura de Ramba”m (Hiljot Melajim 9:14) que sostiene que la razón de la matanza se debió a que todos los habitantes de Shjem (ciudad) debían haber llevado a Shjem (violador) al tribunal para ser juzgado.

    Una de las siete leyes universales obliga a juzgar a los transgresores morales. Sin embargo, ellos habían callado y prefirieron seguir las ideas de Jamor y de Shjem. Ramba”n (en su comentario a la Torá), por otro lado, dice que la justificación que encontraron Shimón y Leví para matar a los habitantes de Shjem, fue que ellos transgredían todas las demás leyes que incumben a la humanidad (eran idólatras, etc.), por lo cual merecían este castigo. La respuesta de Ia’acov fue que, de todos modos, habían actuado intempestivamente por el instinto de venganza y no por el deseo genuino de hacer justicia, pues, de otro modo, serían responsables a partir de allí, de juzgar a todos los habitantes de todas las demás ciudades idólatras.

    Lo acontecido en la ciudad de Shjem (un lugar de vergüenza – Rash”í Bereshit 37:14) quedó grabada en la memoria del pueblo de Israel también como símbolo de solidaridad ante los peligros que acechaban. Los hermanos de Iosef fueron allí diez años más tarde para tomar distancia de Iosef, de quien sospechaban que tenía la idea de apartarlos a ellos de la herencia espiritual de Ia’acov (R.Sh.R.Hirsch sz”l Bereshit 37:12).
    El legado de Shimón y de Leví queda para nosotros. No podemos permanecer impávidos cuando nuestros hermanos están padeciendo, aun si no los conocemos personalmente. Debemos identificarnos con su momento apremiante. Asimismo, nos quedan las palabras de su padre: el ardor ante la injusticia no nos autoriza a actuar de modo tal que se ponga en peligro la vida de terceros.

    Iosef
    CRONOLOGÍA DE UNA VENTA DESAFORTUNADA
    Un poco de… tranquilidad
    “Y Ia’acov se asentó” (Bereshit 37:1).
    Los Sabios nos cuentan que Ia’acov quiso “asentarse”, sintiendo que después de todo lo que le había pasado en su vida hasta ahora, tenía derecho a un poco de tranquilidad.
    ¿Acaso no había sufrido suficiente?

    Recapitulemos: primero debió huir injustamente de su hermano Eisav. Después cayó en manos de un tío que lo engañó unas cuantas veces – todas las que pudo – y hasta llegó a perseguirlo para darle muerte junto a toda su familia.
    Otra vez se encontró con Eisav… y esta vez secundado por un verdadero ejército.
    Luego murió su esposa Rajel al dar a luz a Biniamín.
    Más tarde le raptaron y violaron a su hija Diná.
    Dos de sus hijos mataron a todos los habitantes de Shjem – por lo hecho a Diná – y Ia’acov tuvo que defenderse de los pueblos que habitaban en la zona, que venían a tomar venganza.
    ¿Esto no alcanzaba?
    ¿No se merecía ya un poco de sosiego?
    Pues intentó “asentarse”.
    Dijo D”s: “¡¿No les alcanza a los hombres santos aquello (bueno) que les espera en el Mundo Venidero – que aquí también pretenden un pasar tranquilo?!”
    Este es un mundo de acción y desafío. No hay crecimiento espiritual sin adversidad y lucha para sobreponerse a ella.
    De inmediato comenzó la odisea de su hijo Iosef.
    ¿Por qué no juzgar para bien?
    La edad de todos los hermanos oscilaba entre los 23 (Reuvén, el mayor) y 17 (Iosef). Solamente Biniamín era el “pequeño”, con 9 años.
    Iosef era especial. Era más sabio que el resto de los hermanos, y su padre, Ia’acov, pudo transmitirle toda la Torá que había estudiado.
    El nivel de santidad de Iosef también era superior al de sus pares, y por lo tanto era más puntilloso en su exigencia respecto a los preceptos que todos debían cumplir.

    Por ese motivo, cuando Iosef observó a sus hermanos en actitudes que él consideró reñidas con la Ley, fue a su padre a relatar lo advertido, para que pudiera amonestar y corregir aquella conducta.
    En realidad, todas las circunstancias reparadas por Iosef, respondían a su interpretación de los hechos. Los hermanos no estaban pecando según la ley, pero parecían estar haciéndolo.
    La inferencia negativa que Iosef había hecho a partir de los sucesos, provocó en ellos un sentimiento de discordia hacia él.
    ¡Cuántas de las peleas cotidianas repiten este esquema de interpretación errada, y consecuente desconfianza mutua!

    Las intenciones de Iosef al traer los informes al padre, eran totalmente abnegadas, motivo por el cual no se aplicaría halájicamente en este caso la prohibición de Lashón haRá (maledicencia), él solo quería el bien de sus hermanos.
    Sin embargo, fue castigado por cada uno de sus relatos (Midrash Rabá, Bereshit 84:7), y fue colocado Providencialmente él mismo en todas las situaciones en las que había visto obrar “mal” a sus hermanos.
    ¿Cuál fue su error?
    Debía haber intentado primero corregirlos él mismo. No lo hizo, pues como sentía profunda amistad hacia los hijos de Bil’há y Zilpá, calculó que no le prestarían atención… (Saba de Slabodka sz”l).
    Del otro lado, también juzgan erradamente
    A su vez, los hermanos temían que Iosef tuviera intenciones de apartarlos del futuro pueblo de Israel, por creerlos inferiores a él y a sus ideales.
    Nosotros – hoy – sabemos que hay tres patriarcas, y que todos los 12 hijos de Ia’acov se convertirían en los padres de las tribus de Israel.
    Ellos, sin embargo, sospechaban que quedarían relegados al igual que lo fueron previamente Ishmael y Eisav, quienes no reunían las condiciones para continuar las enseñanzas de sus respectivos padres.

    Ia’acov amaba a Iosef por sus condiciones especiales, e hizo para él una túnica de rayas. Esta vestimenta tenía características especiales con una connotación monárquica, motivo por el cual los hermanos lo odiaron: ¡¿acaso tendría el padre intenciones de que Iosef mandara sobre ellos?!
    Sus primos, los hijos de Eisav, ya habían desarrollado un sistema de gobierno autocrático en el que regían los hombres fuertes (“Alufim”).
    ¡¿Sería también esa la intención de Iosef…?!

    “Dijo Rabba bar Majasia en nombre de Rav Jama bar Guria en nombre de Rav: Una persona nunca debe tratar a un hijo en forma diferente que a los demás, pues por el peso de dos monedas adicionales que gastó nuestro patriarca Ia’acov (por la túnica de colores que adquirió para Iosef diferenciándolo de sus hermanos), estos lo envidiaron y esto condujo a que nuestros padres terminaran esclavizados en Egipto” (Shabat 10:).

    Ante este nuevo escenario, los hermanos “no podían hablar con Iosef en paz”.
    El odio es nefasto, pero la duplicidad es aun peor. Puesto que no podían tratarlo correctamente, al menos fueron tomando distancia, pero no simularon “estar bien” con él.
    Los sueños de Iosef
    Iosef tuvo dos sueños consecutivos, de los cuales se interpretaba que él gobernaría sobre sus hermanos.
    En el primero, las gavillas de los hermanos se prosternaban a la de él.
    En el segundo, el sol, la luna y once estrellas (que simboliza la cantidad de hermanos), le reverenciaban.

    A raíz de los sueños proféticos que Iosef relató a su familia, la brecha fraternal se fue profundizando. Por parte de los hermanos, indudablemente los sueños confirmaban las aspiraciones monárquicas de Iosef.
    ¿Por qué Iosef narró los sueños a sus hermanos?; ¿creía, acaso, que le atraería más afecto por parte de ellos?
    El Gaón de Vilna responde que Iosef no tenía otra opción, sino describir sus visiones. Los profetas que tienen un mensaje de D”s, están obligados a transmitir ese recado, aun si esto les traerá animosidad por parte de los oyentes.

    Las cosas llegaron a tal punto, que los hermanos se alejaron de su casa en Jevrón y fueron con el ganado hacia el norte, hasta Shjem.
    El peligro va en aumento
    Shjem ya era un sitio conocido para ellos. Simbolizaba y recordaba el lugar en el que habían demostrado determinación y solidaridad en respuesta a la agresión de terceros. Ahora, según entendían la postura de Iosef, necesitaban apoyarse mutuamente para no ser segregados.
    El padre, viendo el desarrollo de los acontecimientos, decidió que la distancia geográfica entre Iosef y sus pares, ampliaría aun más la desconfianza mutua.
    Por lo tanto, pidió a Iosef que fuera a ver a sus hermanos y volviera con información acerca de su paradero y estado del ganado.
    Iosef presentía que no auguraba bien su encuentro con los hermanos tan lejos del padre, pero respondió de inmediato que obedecería su mandato.

    La Torá menciona que el padre lo envió desde “Emek” (lit. “el valle”) de Jevrón. Puesto que esto no concuerda con la topografía del lugar, los Sabios entienden que la palabra “Emek” (profundo) significa en esta instancia, que se cumpliría la determinación “profunda” (solo D”s sabe cómo se desarrollan y culminan los acontecimientos), de la promesa transmitida por D”s a quien dormita (está sepultado) en Jevrón (Avraham). A partir de este momento, comenzarían a sucederse los hechos que conducirían al pueblo judío al amargo exilio en Egipto… (lo que D”s le presagió a Avraham en el pacto concertado con él).

    Iosef llegó a Shjem, pero no halló a sus hermanos. Perdido en el campo, un “hombre” (mensajero de D”s), le preguntó: “¿Qué buscas?”. (Jamás olvides cuál es tu objetivo – ¡Qué buscas! No te dejes llevar por las múltiples propuestas pervertidas de Egipto).
    “Busco a mis hermanos” – respondió Iosef (quiero que me traten como a un hermano y no como a un adversario).
    “Se alejaron de aquí” – replicó el “hombre” – (ellos no desean tu fraternidad…) – “están en Dotán”.
    La sentencia
    Los hermanos de Iosef le veían acercarse. Se habían alejado de su hogar por el odio que sentían hacia él – ¡y ahora él los buscaba!.
    Viéndole aproximarse, determinaron que Iosef merecía la muerte y concertaron su ejecución.

    Sin embargo, Reuvén, el mayor de ellos, frenó a los demás: “No lo matemos…” (Bereshit 37:18-21).
    ¿Por qué Reuvén salvó a Iosef?; ¿acaso no era precisamente él – como primogénito – quien más estaba siendo agredido por las supuestas ambiciones de poder de Iosef?

    Reuvén, sin embargo, sentía una deuda moral con Iosef:
    “Y soñó, y he aquí que el sol, la luna y once estrellas se me arrodillan…” (en el sueño de Iosef obviamente, los astros representaban al padre, a la madre y a sus once hermanos que le rendían homenaje monárquico).
    “¿Once estrellas?” – dedujo Reuvén – “o sea que estoy incluido…”

    Esto lo tranquilizó, veamos:
    Reuvén estuvo muy preocupado durante todos los últimos años, por la falta de respeto que había tenido para con su padre, después de la muerte de Rajel, cuando – creyendo defender el honor de su madre Lea – había llevado las pertenencias de su padre al aposento de ésta última, para que el padre se afincara en forma permanente con ella, y no con Bilhá (Bereshit 35:22 – Rash”í).
    Después de reconocer que había actuado precipitadamente y errado, Reuvén sospechó que esa falta le habría de costar su exclusión como tribu del pueblo de Israel. Mientas todos los hermanos ahora veían en los sueños de Iosef un deseo de poder y sometimiento – razón de la envidia y rencor, Reuvén – por su parte – había encontrado un aspecto positivo: en aquel sueño se vaticinó que él aún era y sería por siempre, parte del pueblo.

    “Arrojémoslo al pozo” – dijo Reuvén (“si realmente se merece la pena de muerte, esto debe ser determinación de D”s, pero no lo ejecutemos nosotros”). Sin embargo, la intención verdadera de Reuvén era retornar solo y salvar a Iosef.
    Apenas vieron a Iosef, quitaron su túnica especial y lo lanzaron al pozo – a pesar de sus súplicas para que no lo hagan.
    Iosef se echaba ante los pies de cada uno de ellos, para que le tuvieran clemencia, pero no lo atendieron (Midrash Rabá, Bereshit 91:8). No había agua en la fosa – pero sí había serpientes y escorpiones… (no está claro si los hermanos se percataron de este hecho, y de la salvación milagrosa de Iosef).
    Algo extraño, pero que deja enseñanza
    Y se sentaron a comer pan.
    ¿Por qué la Torá nos agrega un detalle que parecería banal?
    Los hermanos no habían comido, pues al estar juzgando una situación de vida o muerte, no se le permite a los jueces comer (Rav Velvel Soloveichik sz”l).

    Obviamente todo esto es difícil de comprender. ¿Cómo sería posible que se equivoquen de tal modo?
    Rav Eliyahu Meir Bloch sz”l nos dice que el comienzo del error de los hermanos surgió a raíz de una mala cualidad humana: los celos.
    Si bien los hijos de Ia’acov alcanzaron un nivel extraordinario de pureza del espíritu, aun así no estuvieron concientes de que su juicio no era una causa imparcial.
    Vemos de aquí cuán poderosa es la naturaleza de las Midot aun en los hombres más nobles. Aun una pizca de envidia puede perjudicar su visión respecto a un dictamen…
    Estaban convencidos que Iosef revestía la condición de “rodef” (quien persigue para matar a otro, por lo que debe ser muerto si no hay otro medio para salvar al perseguido), y ni siquiera sintieron malestar por su veredicto. Pudieron comer en paz – a diferencia del pueblo que lloró (muchos años más tarde) al estar casi por desaparecer la tribu de Biniamín, en la época de los Jueces (Shoftim 21:2).

    Nosotros también creemos frecuentemente haber evaluado una situación y que hemos llegado a una decisión “l’Shem Shamaim” (ecuánime y correcta).
    No obstante, dado que somos humanos, no debemos dejar de cuestionarnos si es realmente así, pues de hecho, somos susceptibles a la ambición por el poder y el honor, y toda la amplia gama de tendencias humanas.
    Este fue el error de los hermanos de Iosef. No estamos hablando aquí de una simple rivalidad o envidia. Frecuentemente no se trata sino de la percepción que se tiene de un acto, y en este caso, llevó a la condena a muerte de Iosef, por creer que él los perseguía. (El hecho de excluirlos de la descendencia de Ia’acov, equivalía a la muerte).
    La famosa caravana a Egipto, la “venta” de Iosef
    En aquel momento, pasó ante ellos una caravana de comerciantes que se dirigía a Egipto, y que cargaba toda clase de especies aromáticas.
    Iehudá tomó la palabra: “¿Por qué habrían de matar a Iosef?; ¿no era preferible venderlo como esclavo a Egipto, a un lugar lejano del cual igualmente no podría escapar?
    Los hermanos accedieron a la propuesta de Iehudá – y fue así que terminaron vendiendo a Iosef a la caravana que lo conduciría a Egipto. No solo estaría lejos de su familia con muy remota posibilidad de volver a ver a su padre, sino que pasó a convertirse en esclavo, habiendo sido él, miembro de una familia patricia…

    No era común que las caravanas de aquella época llevaran estos productos (al contrario: solían cargar mercadería maloliente), pero se dio una excepción respecto a este grupo, a fin de que este Tzadik (Iosef), no tuviera que sentir el terrible olor de lo que habitualmente cargaban en aquellos momentos (Midrash Rabá, Bereshit 84:17).
    La Providencia Di-vina no permite que se castigue aun la más ínfima palmada – más de lo que está destinado a suceder a la persona: Iosef debía atravesar el exilio para expiar su pecado – pero no sentir olores nauseabundos.
    Epílogo de una cadena de errores
    Una vez vendido Iosef, los hermanos debían decidir qué hacer y cómo encubrir su acto ante el padre.
    Tomaron, pues, la túnica de Iosef, y la mancharon con sangre de un chivo, enviándola al padre para que la reconociera so pretexto de haberla hallado así.
    De inmediato Ia’acov reconoció la prenda y tuvo la “certeza” de que su hijo había sido atacado por una fiera salvaje. Comenzó entonces un duelo que duraría veintidós años – no había consuelo que lo tranquilice, pues, al estar (en verdad) Iosef vivo, las palabras de aplacamiento no surtían efecto.
    Aun cuando los hermanos sostenían que su fallo había sido el correcto – y así lo hicieron hasta el final (Midrash Tanjuma, Vaigash 5), se sintieron culpables por no haber obrado con condescendencia hacia Iosef.
    Una vez que cierto concepto se arraiga en la persona, es difícil modificarlo, aun cuando transcurrió el tiempo, y la sensación original ya pasó (Saba de Kelm).

    Ya no había retorno por la acción cometida. Decirle la verdad a Ia’acov, causaría un daño peor, pues el mero pensamiento de que Iosef estaría viviendo como idólatra en manos y bajo influencia de los gentiles, sería aun más doloroso que su muerte (como tzadik).
    Asimismo, el sufrimiento que padecería el padre al enterarse que sus propios hijos habían sido capaces de vender a un hermano, también sería terriblemente abrumador.
    Los hermanos debieron mantener su pacto de silencio, al mismo tiempo que veían sufrir al padre hasta que, finalmente, Iosef se dio a conocer a los hermanos siendo él ya virrey de Egipto, muchos años más tarde.
    Pero, cuando en aquel momento de hambruna se mudaría toda la familia de Ia’acov a Egipto, este hito se constituiría en el comienzo de un largo y sufrido exilio.
    Hasta el más mínimo detalle, es trascendente
    Pasaron muchos años, y cuando los israelitas prepararon la ofrenda de Pesaj en su última noche, previa a la salida de Mitzraim, debieron sumergir un atado de hisopo en la sangre del corderito y pintar las jambas de las puertas con ello.
    ¿Qué significado tuvo ese acto?
    Debían expiar aún el engaño de cuando los hermanos sumergieron la túnica de Iosef en sangre para hacer parecer que Iosef había sido atacado por animales feroces. Simbólicamente, estas dos circunstancias están íntimamente relacionadas. La túnica ensangrentada, representa el odio en el ámbito fraternal, que fue la causa del exilio a Egipto, mientras que el “atado” simboliza la unión entre los judíos (especialmente en momentos de dolor), que fue precisamente el mérito por el cual fueron liberados (Ben Ish Jai).

    Como vimos, mucho tiempo antes, el Todopoderoso había anunciado proféticamente a Avraham que “sus descendientes saldrían al exilio y que serían esclavizados en un país extraño”. El sitio y el momento preciso de cuándo y dónde eso ocurriría, no fue aclarado a Avraham.
    Pasaron los años, y la discordia que acaeció entre los hijos de Ia’acov, hizo cumplir esa profecía. Ellos no lo sabían, pero terminaron favoreciendo a Iosef, pues esa venta le permitió acceder al trono de Egipto, y sustentar a su familia durante la carestía (Midrash Rabá, Bamidbar 13:18).
    Sufriendo las consecuencias a través de la historia
    Sin embargo, y quizás por tratarse de tzadikim, la paga por este episodio fue onerosa para toda la nación a través de las generaciones.
    En la época de las persecuciones de los romanos luego de la destrucción del Bet HaMikdash, estos vedaron el estudio público de la Torá, entre otras prohibiciones con las que intentaron hacer desaparecer la vida judía de Israel. Los Sabios de la época supieron que no debían acceder y obedecer a los romanos y mantuvieron firme su convicción, a pesar de los riesgos involucrados.
    Diez de estos Sabios – todos ellos Tanaim de la época, autores de la Mishná – fueron martirizados en las maneras más crueles imaginables. Entre ellos encontramos a Rabán Shimón ben Gamliel, Rabí Ishmael Cohen Gadol y Rabí Akiva.
    Los Sabios atribuyen el sanguinario fin que tuvieron, a la venta de Iosef (los hermanos que lo vendieron fueron diez, pues Biniamín no había estado presente, y paralelamente los mártires también fueron diez… – “Eile ezkera” – liturgia de Musaf de Iom Kipur).

    Asimismo, Rav Eljanán Wasserman sz”l nos hizo saber otra consecuencia grave:
    Durante casi un milenio, los judíos hemos sido objeto en reiteradas ocasiones de las nefastas “calumnias de sangre”. Estas acusaciones falsas imputaban a los judíos el emplear sangre de niños cristianos para la elaboración de sus Matzot de Pesaj.
    Quien tenga aunque fuese los conocimientos más elementales del judaísmo, leyó que la Torá está reiteradamente dando advertencias en contra del consumo de sangre, motivo por el cual incluso siempre salamos o asamos la carne que consumimos (para eliminar todo rastro de sangre).
    ¿Cómo comenzó y se mantuvo, pues, esta mentira descabellada?
    Toda mentira, para perdurar en el tiempo, debe tener una minúscula partícula de verdad…
    Cuando los hermanos carnearon el chivo para engañar al padre, haciendo parecer como si se tratara de sangre humana, abrieron un nuevo camino al perjurio y a la falsedad. La mentira genera más mentiras y las torna tolerables. Tratándose de personas justas, el yerro tuvo una repercusión mucho mayor, y así se llegó a esta terrible acusación (“Reb Elchonon” – Artscroll/Mesorah).

    Hemos mencionado insistentemente, que no leemos la Torá para evaluar a sus personajes, sino para aprender y aplicar a nuestra vida enseñanzas de conducta. Y, entre tantas lecciones que nos deja este episodio, nos enseña también a considerar las insospechables consecuencias que poseen nuestros actos.

    SINCERIDAD
    En la vida de los hijos de Ia’acov, dos mujeres tuvieron un protagonismo central: Tamar y la esposa de Potifar.
    La historia que involucra a una, está narrada inmediatamente después de la de la otra, porque tienen un factor en común: ambas obraron en el episodio que se relata en la Torá de manera absolutamente sincera.
    No obstante, en el análisis final, los Sabios nos transmiten su enseñanza con un concepto totalmente opuesto para una mujer y para la otra.
    Antes de seguir con este paralelismo, debemos describir a grandes rasgos lo que nos cuenta la Torá, y luego haremos el intento de aprender qué debemos asimilar de estos eventos.
    Tamar
    Luego de la venta de Iosef, los hermanos destituyeron a Iehudá (el más influyente entre ellos) de su papel de líder, atribuyéndole que le habrían obedecido si hubiera decidido impedir la venta que querían efectuar (Bereshit 38:1). Iehudá se unió a un socio, Jirá, luego se casó y tuvo tres hijos: Er, Onán y Sheilá. Cuando el mayor de sus hijos creció, Iehudá le encontró una esposa adecuada: Tamar. Er no quería engendrar hijos y practicó la masturbación (lo que es considerado una falta muy grave para la Torá) para impedir que quedara embarazada su esposa (y disminuyera su belleza).

    D”s lo desaprobó, y Er murió. A pesar de que aún no estaba vigente la ley de la Torá, Iehudá sugirió que Onán tomara a su cuñada como esposa para cumplir con la Mitzvá de Ibum (levirato: por el cual los hijos concebidos por el cuñado – que toma a la viuda de su hermano – se titulan espiritualmente como hijos del fallecido). Tampoco Onán quería tener hijos, y repitió el pecado de Er. Él también murió.

    Ante el desconocimiento de la reiterada infracción de sus hijos y el motivo de sus decesos, Iehudá decidió esperar a que Sheilá – el menor – creciera para decidir qué hacer con su nuera, razón por la cual la instó a permanecer temporalmente en la casa de sus padres. Pasó un tiempo y falleció también la esposa de Iehudá. Cuando Iehudá estaba acercándose a Timná, el lugar natal de su nuera, ella se cambió la vestimenta de duelo y sentándose en el desvío que conducía al pueblo, cubriose el rostro, con la esperanza de que Iehudá la tomara como esposa o la diera a su hijo Sheilá en igual carácter.

    Ella estaba decidida a transformarse en la antecesora de la dinastía real que debía surgir de Iehudá. Este no la reconoció y, creyéndola una ramera, le solicitó cohabitar con él. (Según el Midrash Rabá, Bereshit 85:9, D”s envió un mensajero para inducir a Iehudá, diciéndole: “¿De dónde, sino, saldrán los reyes?”) . Ella le exigió que dejara su bastón, su chal y su sello como garantía de pago (cada uno de estos tres elementos tiene un significado con la monarquía, Midrash Rabá, Bereshit 85:10).

    Tamar rezó a D”s para que quedara embarazada de aquella intimidad (Midrash Rabá, Bereshit 85:8). Ella no debía unirse a nadie fuera de la familia de Iehudá, sin haber agotado las posibilidades de casarse con algún miembro de ella. Al enterarse del embarazo, el tribunal presidido por Iehudá decidió en consecuencia aplicarle la pena de muerte. Tamar no reveló el origen de su embarazo, sino que mostró los elementos de garantía que tenía en su poder, dejando a criterio de Iehudá la decisión de reconocer su paternidad, o… ir a la hoguera sin publicar ni avergonzar a Iehudá.

    De este hecho abnegado, los Sabios derivan que “es preferible ser consumido por las llamas, antes que avergonzar a otra persona en público” (Sotá 10:). Iehudá reconoció públicamente la verdad y Tamar dio a luz mellizos. Peretz, uno de ellos, fue antecesor del rey David.
    Madame Potifar
    Inmediatamente después, la Torá nos cuenta la historia de la esposa de Potifar:

    Iosef llegó a Egipto y fue adquirido (como esclavo) por el ministro Potifar (Bereshit 39:1). Dada la excepcional diligencia de Iosef, llegó a convertirse – a pesar de tener sólo 17 años y el estigma repudiado por los egipcios de ser hebreo – en el capataz de todas las actividades de Potifar. (Potifar podía tranquilamente ir a jugar al golf con el Faraón).

    Madame Potifar había visto en sus análisis astrológicos que tendría descendientes comunes con Iosef. Siendo fiel seguidora de su cosmografía, decidió que el estrellato le correspondía a ella. No escatimó esfuerzos en su intento de seducir a Iosef. Diariamente iba al shopping “Alto Egipto” para agregar a su vestuario alguna prenda que atrajera la mirada indolente e indiferente de Iosef. No hubo caso. Iosef no se dejó cautivar, ni por los encantos ni por las amenazas de Madame Potifar.

    Si bien en Egipto la seducción y la infidelidad eran “moneda corriente”, Iosef intentó infructuosamente hacerle entender que no renunciaría a los principios morales que le había transmitido su padre. Madame Potifar no entró en razones y esperó el momento en que podría obligar a Iosef a cambiar su postura. La oportunidad se presentó, pero en el momento en que Madame Potifar lo asió de la manta, Iosef la abandonó huyendo a la calle. Madame Potifar despechada, se vio en problemas y vociferó para atraer la atención de todos, acusando a Iosef de intento de violación.
    A raíz de este evento, Iosef debió sufrir largos e injustos años de cárcel.
    El contraste
    Ambas mujeres actuaron basándose en su deseo sincero de materializar sus sueños y visiones. Tamar pasó a la historia como una mujer santa. Por otro lado, Madame Potifar es recordada como una vil seductora.
    ¿Por qué?
    El Rav Ierujam Levovitz (Mashguiaj – guía espiritual – de Mir) respondió: cada acción posee una prueba de fuego que revela las intenciones genuinas: el fracaso.

    Cuando una persona malogra su propósito, ¿cómo reacciona? – ¿dice: “¡Mira D”s, intenté lo mejor posible. No pude. Está todo en Tus manos!” – o, por el contrario, grita, maldice y destruye lo que halla en su camino?

    Tamar inicialmente había fracasado.
    ¿Cómo reaccionó? Se preocupó en no avergonzar al prójimo.
    Madame Potifar también se frustró.
    ¿Cómo respondió? Acusando inmerecidamente a Iosef (Parsha Parables de Rav Mordechai Kamenetzky shlit”a).

    El ser humano debe aspirar a actuar de modo noble y desinteresado. Sin embargo, el deseo de obrar “l’Shem Shamaim” (por motivaciones celestiales y sagradas) con buenas intenciones, no es suficiente, dice Rav Shalom Shwadron sz”l. Puede ser un buen comienzo, pero todo dependerá de si cada fragmento de lo que sigue del proceso, se cumple de acuerdo a lo que sabemos es la Voluntad del Todopoderoso. Cualquier desvío del camino correcto, expone la realidad que la supuesta sinceridad y transparencia del propósito, realmente no era tan desinteresada.

    Tamar nunca perdió el sentido Di-vino de lo que estaba haciendo, si bien optó por un método poco convencional para lograrlo. Madame Potifar, por su lado, quiso obligar a Iosef a participar de su “l’Shem Shamaim”. Cuando Iosef se negó, ella decidió que debía destruirlo. Esta clase de l’Shem Shamaim, en la cual se arrasa todo en el camino, demuestra que nunca había sido auténticamente puro (Rabbi Yisroel Ciner shlit”a de “Parsha Insights”, torah.org).

    Elkaná tenía dos esposas: Pniná tenía hijos, mientras que Janá era aun estéril (Shmuel I 1:2). Pniná quería que Janá rece con más fervor, para lograr que D”s le conceda su deseo (de tener hijos). (Talmud Baba Batrá 16.) ¿Qué hizo? Cada vez que compraba o tejía una ropa nueva para alguno de los suyos, se lo mostraba a Janá, causándole aun más angustia. Pniná fue castigada duramente. ¿Por qué? Porque buenas intenciones no permiten proceder con crueldad. (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l)

    Todo esto nos deja varias lecciones: frecuentemente, en el trabajo comunitario, sucede que en las decisiones adoptadas, se toman en cuenta más las opiniones de un integrante que de otro. En la Tefilá del Bet HaKnesset puede invitarse a uno en lugar de otro a ser Jazán, o a subir a la Torá para una porción de lectura más codiciada.
    Lamentablemente, esto lleva a algunos participantes a sentirse ofendidos. En aquel momento, uno se debe preguntar: ¿estoy obrando realmente l’Shem Shamaim?; ¿deseo subir a la Torá para darle honor a D”s, o… para que todos me vean y me feliciten?
    Cuando discutimos situaciones comunitarias: ¿nuestra postura – que defendemos con vehemencia – refleja la convicción de lo que creemos es el bien común de toda nuestra comunidad, o una posición personal que adoptamos por costumbre o conveniencia?

    En la tarea de acercar judíos a la Torá, que sin duda es de las más vitales en nuestra época, encontramos maestros que obligan moralmente (apelando a su disposición de agradecimiento) a sus alumnos, a seguir participando en su institución y exigiéndole dinero como contribución.
    ¿Se puede denominar esta situación como l’Shem Shamaim?; ¿las instituciones están para servir a la gente o la gente está para llenar a las instituciones?
    ¿Acercamos a la gente al judaísmo o a la institución?; ¿cambia la perspectiva si se trata de una persona adinerada o si se trata de un necesitado?; ¿objetamos en contra de otros judíos observantes por el hecho de tener otra costumbre u otras prioridades, o quizás, decimos que somos mejores que ellos?

    En nuestra época, así como también en el pasado, se utilizó el nombre de D”s para justificar toda clase de barbarie. Como judío, quisiera poder afirmar que este lamentable fenómeno está lejos de nosotros. Sin embargo, no es así. Conocemos hechos aberrantes que propios judíos cometieron aun en el presente, invocando “el nombre de D”s”. ¡Cuánto cuidado debemos tener nosotros, entonces, al justificar lo “sagrado” de nuestros actos!

    ¿Cumplimos con los preceptos “porque nos hace sentir bien”?; ¿indagamos cuáles son nuestras obligaciones y deberes como judíos para poder cumplir con lo que corresponde, o elegimos lo que nos place y luego “lo metemos a D”s en el medio”?
    Estas historias debieran dejarnos una gran lección en términos de la pureza – o no – de nuestras intenciones.

    DE LA CÁRCEL AL TRONO
    Había una vez un país llamado “República Obediente”, que estaba gobernado por un rey muy justo y perfectamente íntegro. Lideró a su país durante 80 años con total integridad, y aun en situaciones muy difíciles de hambre y privación, se preocupó por el bienestar de cada uno de sus súbditos.
    Jamás – en todos aquellos años – tocó lo que no le correspondía por ley, y jamás hubo objeción alguna sobre su conducta en el gobierno. Si bien tenía oportunidad de ubicar a sus parientes y amistades personales en posiciones claves del gobierno para devolver favores o para sentirse más seguro y confiado en el poder – ello tampoco sucedió. (Una leyenda del país de las maravillas…)

    De todos los personajes de la Torá hay uno a quien se le da el título, según los Sabios, en términos de “tzadik” (justo) cuando se lo menciona. Esto no se debe a que fuese el único “tzadik” de la Torá, sino porque esa cualidad lo caracterizaba particularmente. Era Iosef, hijo de Ia’acov.
    ¿Y por qué se lo llama “tzadik”?
    En su vida se dieron tantas ocasiones que le permitieron demostrar esa virtud, que seguramente no podremos limitarle ese “título” por un evento en particular.
    Pasemos a citar algunas referencias.

    Vimos en el capítulo anterior, que a raíz de la calumnia de la esposa de Potifar, Iosef terminó preso en la cárcel. Allí D”s lo asistió nuevamente, haciéndolo caer en gracia a los ojos del responsable de la prisión. Fue así que Iosef terminó siendo el supervisor de todo lo que allí sucedía.

    Recordemos que Iosef había sido vendido como esclavo a Egipto a los diecisiete años de edad.
    Una tierra con una “cultura” muy fuerte y por cierto de una moralidad muy baja y perversa. Testimonio de eso lo tenemos cuando, al salir de Egipto, las casas de los egipcios estaban llenas de “primogénitos” de las distintas relaciones adúlteras que mantenían las mujeres egipcias con diferentes hombres – que no eran sus esposas legales.

    A los diecisiete años, podía haber sentido – con toda seguridad – que el destino lo trató con injusticia. Como esclavo (nunca en la historia un siervo logró escapar de Egipto) ya jamás volvería a ver a su familia, a sus seres queridos… pero eso no hizo cambiar a Iosef: no perdió ni un ápice de apego a su padre y a sus enseñanzas.
    Esta conducta no cambió ni siquiera en la cárcel, donde la frustración y el sentimiento de fracaso potencian las conductas negativas de las personas.
    Los dos ministros en la cárcel
    Pasaron los años, y dos de los ministros de más confianza del Faraón – el encargado de su bebida y el confiado con su pan – fueron colocados en la misma prisión que Iosef, por negligencias en sus tareas. Así quedaron bajo el cuidado de Iosef.

    Un año más tarde, ambos tuvieron un sueño la misma noche y amanecieron perturbados por la falta de comprensión de lo que habían visto en sueños. Iosef les vio la mala cara y averiguó el motivo. Después de escuchar la narración de cada uno, les interpretó a cada cual según el sueño – el encargado de la bebida sería restituido a su cargo anterior…y el confiado con el pan sería ejecutado tres días más tarde.
    Ambos supieron que Iosef había acertado en su definición, pues habían soñado también sendas elucidaciones (pero cada uno el desenlace del otro – Brajot 55.).
    Es más fácil vislumbrar la situación del otro que la propia, pues está ausente la subjetividad que opaca la comprensión. Sin embargo, no es sencillo hacerle ver la verdad al prójimo…

    Iosef, pues, pidió al ministro de servir copas, que cuando salga en libertad, aproveche su acceso al Faraón para liberarlo también a él, pues había sido secuestrado de Cna’an y recluido por Potifar injustamente (Bereshit 40:14).
    La interpretación que brindó al copero se materializó, pero este “olvidó” a Iosef inmediatamente – y no le demostró gratitud ayudándole a salir de la cárcel.

    A simple vista, la interpretación de Iosef contradecía toda lógica. En aquellos tiempos, quien había faltado al honor del rey podía ser ejecutado en el acto. Si tenía suerte y llegaba vivo a la cárcel, probablemente no volvería a ver la luz del sol. Y si llegaba a salir, por supuesto que no volvería a cubrir el cargo que ostentaba previamente.
    Sin embargo, Iosef le hizo saber al ministro de la bebida que reasumiría su puesto anterior – solamente para que lo liberara a Iosef de su encarcelamiento.

    Aun así, lo que más dio certeza al ministro que Iosef estaba totalmente seguro de lo que decía, fue la interpretación sobre el futuro del panadero.
    ¡¿Por qué arriesgaría Iosef – voluntariamente – pronosticar una predicción tan nefasta – la ejecución – si eso le podía significar su propio suicidio?!
    ¡Imaginemos por un momento el cuadro del ministro del pan si hipotéticamente hubiera salido en libertad después de tres días de agonía espiritual causados por un esclavo en la cárcel! ¡¿acaso no se ocuparía de torturarlo o matarlo?!
    Obviamente, Iosef no tendría la más mínima duda, que sus palabras eran verdad (Meshej Jojmá).

    Pero claro: la arrogancia del copero no le permitía aceptar ese punto – y “se olvidó”.
    El hombre de fe
    Los Sabios aplican el pasaje de Tehilim (40:5), “Bienaventurado el hombre que confía en D”s” – a Iosef, un célebre Tzadik que se mantuvo en la senda ética a pesar del entorno corrupto egipcio: “y no se dirigió a los arrogantes” – refiriéndose también a Iosef: por el hecho de haber recurrido a la ayuda del copero, permaneció (como castigo Celestial) ¡¡dos años adicionales!! en la cárcel (Midrash Rabá, Shmot 7:1).
    Los sueños del Faraón
    Transcurrieron esos dos años y el Faraón tuvo sus fatídicos sueños. En ellos veía cómo las siete vacas flacas devoraban a las vacas gordas, y lo mismo sucedía – en el sueño siguiente – con las espigas raquíticas que consumían a las espigas gruesas.
    Los intérpretes del Faraón estaban perdidos: no sabían calmar la profunda angustia que provocaba la incertidumbre al rey.

    En ese momento, al ver que el rey mostró estar totalmente insatisfecho por los análisis que le ofrecían los hechiceros, el copero recordó los dones de Iosef y se los hizo saber (aunque de manera muy despectiva) al Faraón, que el joven hebreo era experto en tema de sueños.
    El copero temía que el Faraón moriría de angustia – y posiblemente él sería reemplazado cuando entrara a gobernar el sucesor (Midrash Rabá, Bereshit 89:7), o que quizás finalmente Iosef sea llamado sin su intervención, por lo que corría el riesgo de serle reclamado su silencio.

    El Faraón hizo caso omiso al desprecio con que presentó el copero a Iosef. De inmediato, éste fue sacado de la cárcel, y dispuesto para presentarse ante el rey.
    Antes de interpretar los sueños del Faraón, Iosef le avisó que su supuesta habilidad no era propia, sino que simplemente “es D”s Quien responderá por el bienestar del Faraón” a través suyo.

    Lejos de vanagloriarse por el don que lo destacaba, Iosef adscribió públicamente a D”s lo que Le corresponde, sin intentar beneficiarse personalmente con lo improcedente.
    Dice el Rav Jaim Shmuelevitz sz”l (Sijot Mussar 5732:12) que esta virtud fue la que más impresionó al Faraón, quien luego otorgó a Iosef el cargo de virrey y administrador de los alimentos y del tesoro real.

    Iosef hizo saber al Faraón la gran responsabilidad que le incumbía como rey de la “primera potencia mundial” de aquella época. D”s había indicado mediante el sueño dos períodos de siete años muy contrastados, que habrían de suceder de inmediato: un período de enorme hartura – y otro similar, de total escasez (la insuficiencia de pan – simbolizado mediante las espigas vacías – es mucho más grave que la falta de carne – representada por las vacas flacas). La repetición del sueño señalaba la urgencia de la decisión que se debía tomar.
    Ciertamente al Faraón – que era el único que podía reglamentarlo – Iosef le aconsejó que debía economizar y atesorar el excedente de los próximos años, a fin de suministrar esa comida durante los años difíciles.
    ¿Quién sería el administrador?
    El valor de la lealtad
    El Faraón no se equivocó: Iosef demostró ser honesto con los bienes del Faraón del mismo modo que ya había sido perfectamente fiel a Potifar y al director de la cárcel.

    Esto aparenta ser bastante simple. Pero, en la vida real, se requiere mucha humildad y una absoluta creencia en D”s, para poder llegar un nivel tal.
    Sin embargo, queremos creer por nuestra experiencia de vida, que el poder corrompe, aun al más justo. Iosef nos demostró que no es indefectiblemente así.
    Administrar fondos ajenos, no es una ocupación que a los humanos nos resulte fácil de cumplir con honestidad. Iosef tuvo a todo el país (o a todo el mundo) en sus manos. Si no fuera por él, nadie hubiera tenido qué comer durante la terrible hambruna generalizada.
    Él salvó a todos de la muerte segura, al interpretar correctamente los sueños del Faraón y administrar eficientemente los recursos. ¿Habría algo que le impida beneficiarse de la situación?
    Ante los hombres y ante D”s
    Ahora, Iosef había pasado a ser el “hombre fuerte” de Egipto. El desafío de inmoralidad no se reducía a su acceso a todos los bienes de Egipto, sino también a la vida de libertinaje que llevaban los habitantes del país.
    En la bendición de Ia’acov a sus hijos, tenemos el testimonio de cómo las egipcias, para llamar su atención, literalmente le arrojaban sus joyas desde los balcones cuando aun en calidad de virrey, Iosef iba caminando con la cabeza baja para no responder a todos esos intentos de seducción.

    El Talmud (Iomá 35:) nos dice que existieron varias personas que “comprometen” (demuestran que todo es cuestión de voluntad) en momentos del Juicio Celestial. Uno de ellos es Iosef. Cuando una persona se presenta al Tribunal Di-vino y, ante el cuestionamiento acerca de su vida promiscua, quiere responder que su propia atracción física no le permitió controlar sus instintos, le responden: “¿Acaso eras más atractivo que Iosef…?”

    Iosef accedió así al puesto de virrey, desde donde – con el tiempo – pudo traer a su gran familia a Egipto y mantenerlos, proveyéndoles del alimento vital en los años de hambruna con los víveres que había bajo su responsabilidad.
    ¿Cómo sucedió esto?
    Llegan los hermanos
    Transcurrieron nueve años más: los siete de abundancia, y los primeros dos de hambruna. En esos dos años los hermanos vinieron a Egipto en busca de alimento, pero Iosef no se dio a conocer hasta tener la certeza que se habían resuelto las diferencias que los había dividido en el pasado.
    Iosef necesitaba quitar de su mente el concepto de que sus hermanos eran tan crueles que estaban dispuestos a vender a un hermano si creyeran que la situación lo imponía. Recién cuando pudieron ofrecer quedarse junto a Biniamín (“somos todos esclavos, tanto quien tiene la copa, como el resto de nosotros” – Bereshit 44:17), después de que este había sido acusado injustamente de robar la copa del Virrey, aun permitiéndosele a ellos volver a casa con la comida que sus familias necesitaban desesperadamente, desapareció de su mente el estigma de que ellos eran crueles, y se demostró que su arrepentimiento era total (Volveremos sobre este episodio en breve).

    Cuando finalmente se reencontraron, y felizmente Iosef pudo reunir a toda su familia, aun así no envió los carros del gobierno para traer a su padre Ia’acov desde Cna’an, hasta que el Faraón mismo le ordenó que así lo hiciera.

    ¿Cómo sabría Ia’acov que Iosef era el mismo Iosef que había dejado, a pesar de vivir en medio del Egipto éticamente corrupto de entonces?
    Más tarde, cuando le quiso enviar una prueba a Ia’acov que él, el gobernante de Egipto que parecía ser una persona de tanta dureza, era realmente Iosef, y que su vida espiritual permanecía intacta, le enseñó a sus hermanos el último tema que había estado estudiando con su padre: “Eglá Arufá” (el tema de la Torá que trata de un homicidio que no terminó de esclarecerse, y la consiguiente ceremonia de descargo de la ciudad más próxima al lugar del hecho). Recién cuando el padre vio esto (que Iosef permaneció en Egipto ¡¡22 años!! sin corromperse), “revivió” el espíritu de Ia’acov y aceptó ir a ver a su hijo añorado.
    Un ejemplo de corrección
    Y aun entonces, a pesar de que el Faraón le dijo que todo “lo mejor de Egipto estaba a su disposición”, Iosef repartió la comida para su familia “de acuerdo a los bebés”. Ni más, ni menos.
    Y cuando el Faraón le ofreció ubicar a los hermanos en posiciones de poder, Iosef se puso de acuerdo con ellos para evitar que eso ocurra. Sin duda, detrás de toda esta situación estaba la triste realidad que todos, tanto Iosef como el resto de la familia, se estaban sumiendo en el exilio que D”s le había vaticinado a Avraham en el pacto (“Brit ben habetarim”).
    También ahí observamos que los hijos de Iosef no aprovecharon ningún beneficio por el hecho de ser hijos del gobernante y, a la hora de la verdad, fueron esclavizados junto con el resto de los descendientes de Ia’acov.

    DESENLACE Y COMIENZO
    Los hermanos del “desaparecido” Iosef se hallaban nuevamente frente al “severo” Virrey de Egipto.
    En su tierra natal Cna’an – estaban esperando sus familias, que corrían riesgo de sufrir hambre al igual que todos los habitantes de la zona, si ellos no volvían a tiempo con los suministros vitales para sobrevivir.
    Justo cuando todo había llegado a aclararse y habían alcanzado a estar en buenos términos con el Virrey, precisamente cuando ya estaban camino a casa con el alimento tan preciado, y con el hermano Shimón ya recuperado (luego de haber permanecido en la cárcel del Virrey desde la primera expedición a Egipto hasta el segundo viaje), en aquel momento se volvió a complicar todo – y aun peor que antes.

    El emisario del Virrey, quien los había atendido personalmente y les había expendido los víveres, los persiguió con la inverosímil imputación de haber robado la copa del jerarca.
    Seguros de que se trataba de un error, ellos mismos propusieron revisar los bolsos de todos los hermanos, y… – ¡oh sorpresa! – la copa efectivamente se encontraba en el bolso de Biniamín, el menor.

    Volver a Cna’an sin Biniamín – a quien el Virrey quería retener en calidad de esclavo para expiar su evidente delito de haber sustraído el valioso cáliz del mandatario – simplemente no era una opción viable.
    El padre, Ia’acov, expresamente se había negado en su momento, a que llevaran a Biniamín a Egipto por temor a que le sucediera algo en el camino, del mismo modo que le había ocurrido a su madre Rajel, y a su único hermano materno, que había desaparecido y se daba por muerto.
    Solamente la garantía de Iehudá de traer a Biniamín sano y salvo a casa, había sosegado los temores del padre – ¡y ahora esto!
    Iehudá hace valer su palabra
    Fue, pues, Iehudá quien tuvo el coraje de enfrentar al Virrey.
    Sin duda, Biniamín no era ladrón. “Solo D”s sabe cuál es el pecado por el que estamos siendo sancionados” (Bereshit 44:16). Pero: ¿quizás Biniamín había sustraído la copa del Virrey por algún motivo – al igual que lo había hecho su madre Rajel, que había hurtado los “trafim” (objetos de idolatría o de adivinación) del abuelo Laván (Bereshit 31:19), para apartarlo de esas creencias?

    Su discurso era al mismo tiempo firme, desafiante y audaz, como también conteniendo un matiz de súplica por clemencia hacia Biniamín y, asimismo, simpatía y consideración hacia el anciano padre a quien habían dejado ansiosamente temblando al salir de Cna’an.

    ¿Por qué el Virrey había indagado acerca de los familiares, cuando ellos habían acudido la vez anterior? ¡¿Acaso ellos querían otra cosa más que adquirir alimentos – del mismo modo en que lo hacía el resto de la clientela que llegaba de otras latitudes – sin que se le indague datos personales o familiares?!
    Al no existir ningún interés por establecer lazos de matrimonio con ellos – ¿para qué les hizo tales preguntas?
    Sin embargo, ellos habían actuado correctamente y respondieron adecuadamente todo lo que se les había inquirido.
    Luego, y a raíz de la información proporcionada, había surgido la absurda recriminación de ser espías y la exigencia imprescindible de traer al hermano menor en un futuro viaje “para conocerlo, no más”, bajo apercibimiento de no permitírseles la entrada al país si no venía con ellos y con el agravante adicional de mantener secuestrado a Shimón como rehén hasta que eso ocurriera.
    ¡¿A esto, acaso, el Virrey llamaba “conocerlo no más”?!
    Sin tener otra opción, los hermanos habían vuelto a sus casas en Cna’an y relataron la terrible y angustiante situación a su centenario padre, quien finalmente solo lo había dejado ir luego de recibir la palabra de honor empeñada por Iehudá.
    “¡Su Majestad!” – terminó Iehudá su alegato – “nuestro padre sin duda morirá de pena si no traemos a nuestro hermano menor. Por lo tanto, le imploro que me permita permanecer como esclavo en su reemplazo. Francamente, no puedo volver a mi casa sin él. Si lo que Ud. quiere es un esclavo que lo sirva, ¡pues yo soy más experimentado y vigoroso y, por lo tanto, cumpliré aun mejor las tareas que Ud. requiera!”.

    La actitud responsable, abnegada y modesta de Iehudá, demostró una vez más que él era el hijo mejor preparado para asumir el trono del pueblo de Israel (Tosefta, Brajot 4:16). Efectivamente, antes de morir, Ia’acov legó el liderazgo monárquico a Iehudá.
    Iosef arriesga
    El clima en la cámara real era más que tenso. Se notaba claramente el nerviosismo de Iehudá y de los hermanos. Se trataba de un grupo de hermanos entre los cuales dos de ellos solos habían destruido años antes la ciudad de Shjem en defensa de su hermana Diná.
    Iosef – por su parte – no podía tolerar más la reiterada mención del sufrimiento que padecía su padre, Ia’acov.

    Alrededor del Virrey (Iosef) sus guardaespaldas escuchaban las apasionadas palabras de Iehudá; ¿cómo respondería el Virrey?
    De repente, éste dio una orden insólita: se debían retirar todos sus asistentes y soldados – de inmediato. ¡No debía quedar ni uno solo presente en el salón!
    Obedientemente, todos acataron. Iosef quedó entonces solo frente a sus hermanos.

    ¿Por qué Iosef echó a sus ayudantes?; ¿no conocía, acaso, la bravura de sus interlocutores? ¿no se exponía a que en aquel momento se unieran todos para asesinarlo?
    Los Sabios explican que Iosef no quería que hubiera nadie que presenciara la vergüenza de los hermanos al enterarse de que estaban nada menos que frente al hermano a quien habían injustamente vendido como esclavo.
    Con este gesto, Iosef repitió lo que ya había hecho Tamar, nuera de Iehudá, cuando no reveló la identidad de quien ella había quedado embarazada – ¡aun si eso le pudiera costar la vida!
    El desenlace – y su lección
    Iosef, entonces, se echó a llorar y dijo simplemente: “¡Yo soy Iosef! – ¿está, acaso, mi padre aún con vida?”
    Los hermanos quedaron atónitos y estupefactos ante esta revelación.
    Efectivamente, era el propio Iosef, quien hablaba perfectamente el Lashón haKodesh (hebreo), y estaba circuncidado al igual que ellos – no cabía la menor duda.

    “¡Pobres de nosotros el día del juicio, pobres de nosotros el día de la amonestación! Si Iosef, el menor (salvo Biniamín) de los hermanos reveló estas escuetas palabras, y ellos no pudieron responder… ¡¿qué sucederá el día en que el Todopoderoso repruebe a cada uno de nosotros según la propia conducta?!” – dice el Midrash Rabá (Bereshit 93:10).
    El desenlace de esta historia que había creado suspenso y angustia en los protagonistas, se presentó del modo menos esperado para ellos.
    ¡¿El odioso Virrey que tenían delante de ellos una y otra vez, y que les había provocado tantos cuestionamientos, era Iosef?!
    ¿Iosef no estaba muerto?; ¿Iosef no era esclavo?

    De repente, toda la enorme construcción mental de lo que había estado sucediendo desde su juventud, cayó frente a sus ojos como un castillo de naipes ante un soplido.
    Todo se veía ahora desde otro ángulo. Iosef, entonces, no quería destruirlos, ni expulsarlos.
    Los sueños de Iosef, de los que habían sospechado que eran tan solo una maquinación delirante, efectivamente habían sido proféticos…

    ¿Por qué el Midrash menciona que el Todopoderoso reprobará a cada uno de nosotros según su propia conducta?
    Es muy común que juzguemos las situaciones con doble vara – según convenga. De tratarse de nosotros o de personas por quienes sentimos afecto, se encontrarán todos los subterfugios y alegatos que justifiquen cualquier acción. No así, de tratarse de la misma acción cometida por un tercero, o peor, un adversario… En tal caso, mentalmente haremos recaer sobre él todo el rigor de la ley sin merced ni posibilidades de absolución.
    Pero, cuando todo está claro y delante de D”s, no hay espacio para esa doble vara. Se nos juzga – tal como hemos evaluado a los demás.

    Otro punto:
    ¿De qué “amonestación” habla el Midrash que hemos citado – si Iosef dijo tan solo que él era Iosef – sin recriminarles absolutamente nada?
    La respuesta, dice Rav Jaim Shmuelevitz sz”l (5732:13), radica en que no era menester que Iosef exprese la reprimenda. Las palabras que dijo y el peso de la verdad, se convirtieron en fuente de escarmiento – sin necesidad de entrar en detalles.
    “…¿está, acaso, mi padre aún con vida?”
    Esta interrogación no se entiende: ¿no acababa Iehudá de basar su alegato en nombre del dolor que provocaría al padre?
    La pregunta de Iosef puede ser retórica (“¡cómo permitieron Uds. causarle este sufrimiento!”, “¡cómo logró sobrellevar este tormento durante tantos años!”), o producto de su sospecha: (“¿está realmente vivo, o es un argumento simulado para conmoverme…?”).

    La reconciliación
    Iosef intentó consolar a sus hermanos. Efectivamente, ellos habían querido alejarlo de la familia. Sin embargo, aun involuntariamente habían sido el instrumento para hacerle acceder al trono del país más poderoso del mundo de entonces, y causar – de este modo – la salvación de toda la familia.
    Las palabras de Iosef estaban destinadas a cicatrizar la herida y la brecha que los había separado. Es como si le dijera que él estaba en deuda con ellos por haberlo favorecido permitiéndole materializar su sueño – obra de D”s – y alcanzar un puesto tan encumbrado. Nada que dijera en aquel momento hubiera sido mejor.

    En este contexto, Rav Ierujam Levovitz sz”l agrega: si una persona a quien le agradecen un favor realizado minimiza su acción, entonces el benefactor quita del beneficiario la oportunidad de demostrar gratitud, manteniendo así el compromiso moral que se estableció a través de la asistencia que efectuó y el sentimiento de estar en deuda.

    Una vez repuestos del sobresalto inicial, los instó, pues, a retornar lo más pronto posible a Cna’an y notificarle al padre el paradero de Iosef, invitándolo a ir a Egipto, donde Iosef podía garantizar su bienestar durante la hambruna prevaleciente.

    Para Biniamín, con quien tenía en común a la mamá ya fallecida, y quien había sido ajeno a todo el odio y resquemor fraternal, había palabras y sentimientos especiales.
    Al indagar (previamente) acerca de cómo se componía la familia de este, Biniamín había explicado que cada uno de los 10 nombres de sus hijos respondía a los sentimientos de añoranza, respeto y nostalgia que sentía hacia el desaparecido Iosef. Finalmente estaban nuevamente juntos. En aquel momento ellos percibieron no solamente su sentimiento personal de hermanos, sino lo que depararía el futuro a sus respectivas tribus. Lloraron, pues, por los Bet haMikdash que se levantarían en suelo de Biniamín y por el Mishkán Shiló que estaría en tierra de Iosef – pero que todos serían posteriormente destruidos por los enemigos de Israel.

    Ambos – Iosef y Biniamín – intuían que si bien en aquel momento la familia se había vuelto a integrar, aquella armonía y reconciliación sería pasajera, pues más tarde el odio gratuito volvería a aflorar y cobrar los santuarios como víctimas. Por eso lloraron. (Sfat Emet)

    Con permiso y la orden del Faraón, Iosef envió los carruajes reales para traer a su padre a Egipto. El Faraón estaba entusiasmado con la idea del traslado de la familia de Iosef a Egipto, porque demostraría al público que su principal encargado pertenecía a una familia patricia…
    Antes de partir, Iosef advirtió a los hermanos no discutir durante el camino sobre quién había sido responsable – o culpable – de todo lo que había sucedido. Dado que, evidentemente, los eventos habían sido orquestados misteriosamente por D”s, no era el momento de recriminarse uno al otro.

    Una vez llegados de vuelta a Cna’an, los hermanos debieron transmitir al padre las buenas nuevas sobre Iosef.
    Luego de tantas sorpresas y desilusiones, era difícil que Ia’acov les creyera.
    Ese es el auténtico castigo de quien ha mentido: aun cuando diga la verdad no se le cree (Midrash Rabá, Bereshit 94:3). La simulación respecto a la desaparición de Iosef, ahora hizo dudar al padre si realmente le estaban relatando la realidad.
    El traslado a Egipto
    Mencionamos anteriormente, que Iosef mandó recalcar al padre que el último tema que habían estado estudiando juntos antes de su ominosa separación, había sido “Eglá Arufá”.
    Al igual que en aquella ley, en la que se desconocen las circunstancias de un homicidio sin esclarecer, había también en esta situación un elemento Providencial del (“lo nodá”) “no saber” el motivo Di-vino insondable e inescrutable de su llegada a Egipto (“Bet Israel” de Gur).

    Ia’acov – en su humildad – consideró que su hijo lo había sobrepasado en su conducta, pues mientras Iosef se había mantenido minuciosamente en el camino de sus antepasados – a pesar de estar viviendo en medio de la corrupción moral egipcia y de tener motivo suficiente para sentir que D”s lo había abandonado, Ia’acov mismo había cuestionado el modo en que el Todopoderoso lo mortificaba (como si Se hubiera “ocultado” de él). Esto era el motivo por el que Iosef merecía que Ia’acov abandonara la tierra de Cna’an para dirigirse (y “bajar”) a Egipto.

    Antes de partir de Cna’an, pasó adrede por Beer Sheva, donde habían habitado Avraham e Itzjak, y allí ofrendó Korbanot.
    Aquella misma noche, D”s se le apareció en sueños, haciéndole saber que su viaje no se reducía a una mera reunión familiar: Ia’acov estaba saliendo con su familia al primer exilio que sufrirían los hebreos a través de la historia, y se cumpliría con ese viaje el comienzo de la profecía recibida por el abuelo Avraham en el pacto (Brit ben haBetarim) concertado con D”s…

    Cuando Iosef envió la invitación a su padre le mencionó que su lugar de residencia sería la tierra de Goshen (en el delta del Nilo – Bereshit 45:10), y, efectivamente, aquel lugar se convertiría en residencia de los judíos durante los próximos 210 años.
    Aun estando en camino, Ia’acov pidió a Iehudá que se adelantara hacia Goshen, a fin de encontrar un sitio adecuado allí (Bereshit 46:28), y según el Midrash, con la idea de establecer un lugar de estudio antes que arribara el resto de la familia para afincarse.

    Más tarde, cuando Iosef habló con los hermanos acerca de su pronta entrevista con el Faraón, nuevamente les instó a solicitar autorización para residir en la tierra de Goshen (Bereshit 46:34), cosa que hicieron en ese encuentro.

    Tomando precauciones
    ¿Qué se ofrecía en Goshen que fuera tan importante para Iosef y para Ia’acov?
    La respuesta es que – por sobre todo – querían vivir lejos del centro del movimiento “cultural” de los egipcios, y lejos del poder, en lugar de estar en la Capital, donde sí debía vivir Iosef…
    El estilo de vida de los egipcios, sus actitudes y prioridades no eran ajenos a la familia de Ia’acov, pues sus abuelos, Avraham y Sará, ya habían sufrido una mala experiencia a manos del propio Faraón de su época.
    Si bien Iosef había logrado mantenerse alejado de la decadencia moral egipcia, incluso siendo virrey del país, y había educado a sus hijos en el espíritu de las enseñanzas de su padre, – ¿¡cuánto podrían resistir el resto de la familia sin asimilarse?!
    Evidentemente, Ia’acov tenía otras prioridades en la vida. Egipto – aun con confort – no figuraba en su agenda.

    La reunión de Ia’acov con su amado hijo Iosef que salió a su encuentro, fue obviamente singular.
    Llama la atención que en aquel momento solamente se cuenta que Iosef saludó a su padre. ¿Qué estaba haciendo Ia’acov en aquel instante trascendental?
    Rash”í dice que Ia’acov estaba recitando el Shmá. Dedicó aquel monumental sentimiento de pasión al ver a su hijo a Quien Ia’acov más amaba: a D”s mismo, y con todo su corazón y alma.
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l nos hace ver que Ia’acov ya había llorado por el hijo que extrañaba durante veintidós años. Sin embargo, fue Iosef quien había estado ocupado con los más variados desafíos en todo aquel lapso – y quien tuvo ahora oportunidad de verter aquellas emociones.

    Iosef preparó a los hermanos para su encuentro con el Faraón.
    La identidad de una persona en Egipto estaba dada por su oficio. En Egipto, el valor de la persona era su capacidad de generar lucro (¿no le resulta raro?). Uno valía por lo que trabajaba. Por eso es que el Faraón preguntó a los hermanos de Iosef apenas llegaron: “¿A qué se dedican?”.

    “Y dijeron al Faraón: ‘para morar en esta tierra hemos venido, porque no hay pasto para las ovejas de tus siervos, pues el hambre es grave en la tierra de Cna’an; por lo tanto ahora te pedimos que permitas a tus siervos que habiten en la tierra de Goshen’”.
    Los hermanos no intentaron embellecer su identidad e intenciones, para conformar o adaptarse a los criterios del Faraón. Prefirieron presentarse como pastores – al igual que sus padres y antepasados – en lugar de ostentarse como los hacendados que ciertamente habían sido.

    Luego, Iosef llevó a Ia’acov y lo presentó ante el Faraón.
    Al verlo tan anciano y sufrido, le preguntó sobre su edad.
    El modo de expresarse del Faraón es muy cuidado: “¿Cuántos son los días de los años de tu vida?”
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l explica que el Faraón reconocía la talla de su huésped, Ia’acov, para quien no solo los años, sino cada día de ellos debía tener un sentido y significado especial.

    Ia’acov respondió y explicó (Bereshit 47:8) que sus días habían sido “pocos y malos”.
    A comparación de los logros de sus padres, Ia’acov sentía que sus propios logros no alcanzaban los crecimientos espirituales por ellos obtenidos…

    Efectivamente, uno no deja de coincidir con Ia’acov al evaluar las peripecias de su vida.
    Precisamente fácil, no fue su vida. Eso está claro.

    Sin embargo, el Midrash (en Da’at Zekenim al final de Va’igash) es más exigente: “Yo te salvé de Eisav y de Laván (dice D”s), y te devolví a Diná…, ¿y tú te quejas diciendo que tu vida fue mala?”
    Como consecuencia, la vida de Ia’acov se acortó acorde a la cantidad de palabras que hubo en la conversación con el Faraón.
    Rav Jaim Shmuelevitz sz”l (5731:3) señala en este contexto, que el hecho de que la cantidad de años disminuidos de la vida de Ia’acov por sus expresiones de dolor incluyen (en número) las palabras emitidas por el Faraón en su pregunta, se debe a que sus preguntas acerca de la edad de Ia’acov estuvo originada en el aspecto sufrido que percibía en el semblante de Ia’acov, y por el cual D”s también reprobó a Ia’acov (por lo tzadik que era, ni siquiera debían notársele rasgos de amargura…).

    ¿Final feliz con reencuentro familiar?
    Sí, pero también fue el comienzo solapado del Galut.
    El Midrash nos dice que Ia’acov debería haber sido conducido a Egipto encadenado en grilletes de hierro (tal como normalmente se va al exilio). D”s, sin embargo, se apiadó y en consideración a su talla espiritual lo trasladó de un modo honroso – en carruajes monárquicos.

    CHOQUES CULTURALES
    Nuestro primer exilio
    Nosotros hemos nacido y vivimos en medio de una sociedad con principios, estilos de vida y prioridades ajenos a los nuestros. Nuestros padres y abuelos también han nacido en entornos ajenos a los suyos (y distintos al actual) y, por lo tanto, hemos tomado este hecho como una circunstancia “natural” y tratamos de navegar lo mejor posible dentro de cada coyuntura sin destacarnos, pero también, sin perder nuestra identidad.

    De todos modos, nos costaría imaginar nuestra existencia sin aquel mundo diferente allí afuera, precisamente porque todas las generaciones recientes han estado viviendo así.
    Claro que la necesidad de no manifestarse diferente innecesariamente, no siempre favorece la no menos importante exigencia de no asimilarse.

    Por el contrario – se constituye en un factor que conduce a la pérdida de presencia y filiación para ser parte del resto del contexto, y esto suele ser uno de los mayores desafíos de nuestra existencia como judíos del exilio.
    Precauciones al arribar en Egipto
    No obstante, no siempre fue así.
    Hacia fines del libro Bereshit, encontramos a la familia de Ia’acov, que por decreto de D”s, arribó a Egipto, que en aquel momento era considerada la mayor “civilización” existente.
    Habiendo vivido hasta aquella coyuntura en un país que los reconocía como distintos, y por lo tanto mantenía la distancia social para con ellos, en el momento que debieron pisar Egipto en carácter de parientes del Virrey Iosef – que había salvado al país de la hambruna – se abrían nuevos horizontes y retos a su forma de pensar y vivir.
    Como vimos, cada uno de estos encuentros se describe en la Torá: en primer lugar la presentación de Iosef ante el Faraón. Luego, el encuentro de Iosef y sus hermanos y el de Iosef con su padre Ia’acov, como así también las audiencias que concedió el Faraón a Ia’acov y a sus hijos.
    En cada uno de los casos nos cruzamos con la disparidad en el modo de pensar, y también con el esfuerzo de la familia de Ia’acov por no integrarse a la sociedad egipcia a pesar que bregaban por el progreso del país que los recibía.
    El remedio antes de la enfermedad
    Antes de proseguir, tomemos en cuenta el factor Di-vino: D”s envió a Iosef a Egipto, y éste obtuvo allí una posición privilegiada que le permitió abogar por ciertas concesiones de parte del Faraón para con su familia.
    Pero, aun antes de ese momento, Iosef ya había dado claras pautas a los egipcios de que los hebreos se conducen con normas muy distintas a las de ellos.
    Como estudiamos anteriormente, el primer cargo que había ocupado Iosef en Egipto, había sido el de mayordomo del palacio de Potifar. La esposa de Potifar no tardó en reconocer las virtudes de Iosef, y con el típico método egipcio trató de seducirlo sin importarle en absoluto la infidelidad hacia su marido…, salvo que Iosef no era egipcio y no se dejó llevar por sus avances. (De todos modos, tengamos en cuenta también que la propia Madame Potifar no acometió en contra de Iosef, sino recién cuando lo vio un día – frente al espejo – arreglar su aspecto – Rash”í, Bereshit 39:7)
    Este episodio le costó la cárcel a Iosef, y durante muchos años fue el tópico de conversación de la gente – quizás precisamente por la singularidad de su férrea posición (Rash”í Bereshit 40:1).

    Más allá de lo que sufrió Iosef personalmente a causa de su oposición a la conducta promiscua de Madame Potifar, los egipcios se enteraron de que los hebreos eran claramente diferentes. No participarían de su inmoralidad, aun si cayeran presos de idolatría.
    Efectivamente así fue: mientras los egipcios ni siquiera tenían certeza acerca del linaje o paternidad concretos de sus “hijos” (Shmot 12:30, Rash”í) (ya vimos que las casas de los egipcios estaban llenas de “primogénitos” de las distintas relaciones adúlteras que mantenían las mujeres egipcias con diferentes hombres) los hebreos no cayeron en sus licencias disolutas (Bamidbar 26:5, Rash”í).
    Aun así, cuando el Faraón se dispuso a contender con los hebreos, no dejó de intentar hacerlos caer víctimas de tentaciones, limitando el contacto de maridos y esposas (Hagadá de Pesaj, sobre Dvarim 26:7).

    La propia Madame siguió manteniendo vivo el tema de Iosef a oídos de la gente. La cuestión no bajó “de cartelera” hasta que D”s mandó otro enredo en el séquito del Faraón, para que los programas de chismes tengan otros titulares en los que ocupar su insaciable curiosidad e indiscreción por lo privado de la gente.

    La arrogancia era parte integral de la vida egipcia. Hasta el reo más vil se alegraba y gozaba por el sufrimiento de quienes estaban en una situación peor que la propia (Rash”í Shmot 11:5 y 12:29).
    El propio Faraón respondió luego a Moshé: “No conozco a D”s, y no liberaré a Israel” (Shmot 5:2). También lo cita el profeta Iejezkel (29:3): “Mío es mi río (Ie’or) y yo mismo me he creado”.
    Es apropiado recordar aquí, que cuando después de varios años de cárcel, el Faraón mandó llamar a Iosef para que le interprete sus sueños acerca de las vacas y las espigas, luego de varios intentos infructuosos con sus hechiceros usuales, la respuesta de Iosef impactó en los oídos del Faraón: “bil’adai – no depende de mí, Su Majestad faraónica, sino de la Voluntad de D”s de transmitirme el significado de Su sueño” (Bereshit 41:16).
    Otro idioma – totalmente desconocido para quien vivió su vida rodeado de intrigas cortesanas llenas de envidias ataviadas con guantes blancos.

    En el mensaje que Iosef envió a su padre Ia’acov, por medio del cual lo invitaba a emigrar a Egipto, sabiendo lo intranquilo que estaría por la potencial influencia egipcia sobre su familia, le ofreció habitar en la tierra de Goshen, donde estarían apartados del grueso de la población (Bereshit 45:10). Ia’acov aceptó y envió a su hijo Iehudá para que preparara el sitio antes de su arribo (46:28).

    Es importante señalar que hemos atravesado una experiencia de 2.000 años de exilio.
    Las “culturas” y “civilizaciones” que hemos visto pasar frente a nuestros ojos, fueron numerosas y de las más diversas naturalezas. Por lo general, el tiempo que hemos permanecido junto a determinada sociedad, fue inversamente proporcional al tiempo que demoró nuestra adaptación e incorporación a dicha forma de vida – extraña a la nuestra. Es decir: cuanto más rápido nos asimilamos, tanto más pronto D”s provocó las circunstancias que nos obligaron a emigrar de dicho lugar.
    La historia se repite, aun cuando cambian los colores y la decoración del escenario.

    La familia de Ia’acov arribó (lit. “que llegan”) en Egipto “cada hombre y su familia” (Shmot 1:1).

    La proximidad entre los integrantes del núcleo familiar es fundamental para la supervivencia espiritual en un entorno hostil.
    Asimismo, el tiempo presente (en lugar de expresarse en pasado), de “quienes llegan”, nos transmite la imagen de aquel que acaba de inmigrar a una tierra desconocida. La sensación es de incertidumbre, sentimiento de desacierto, desconocimiento del lenguaje, falta de hábito en las costumbres locales, percepción de ser un extraño.
    En resumen: la imagen de vivir el destierro.
    Si bien el recién llegado y sus hijos suelen sentirse presionados a dejar atrás esa incomodidad y convertirse en “gauchos judíos”, la celeridad en que esa metamorfosis se produzca, jamás ha favorecido la continuidad de la identidad propia.

    Nosotros somos mayoritariamente 2ª, 3ª o 4ª generación de inmigrantes llegados a estas latitudes. Conocemos de cerca el fracaso de una rápida absorción a una sociedad ajena. Las lecciones de la llegada de la familia de Ia’acov a Egipto y las colisiones espirituales subsiguientes, deben dejarnos una enseñanza válida para la actualidad.

    DESPEDIDAS EN UN PAÍS EXTRAÑO
    Juntos, pero no mezclados
    Si bien los miembros de la familia de Ia’acov estaban exiliados y se sentían ajenos al país en el que habitaban, fueron aumentando rápidamente en número. Los años de carencia habían sido superados gracias a la bendición que fue Ia’acov, al llegar a Egipto.

    Los últimos diecisiete años de Ia’acov en los que residió allí, fueron tranquilos y diferentes a todos los anteriores, en los que había sufrido una penuria tras otra. Efraim, hijo de Iosef, quien seguía siendo virrey de Egipto, se estableció en forma permanente en la casa del abuelo Ia’acov para estudiar Torá con él durante ese período (Midrash Tanjuma 6, citado en Rash”í Bereshit 48:1), mientras que su hermano mayor, Menashé, acompañaba y secundaba a su padre Iosef en la gestión gubernamental.

    Finalmente Ia’acov sintió que sus días llegaban a su fin.
    Mandó llamar, pues, a Iosef, haciéndole un pedido muy especial: no quería que lo sepultaran en Egipto. No quería que los egipcios lo convirtieran en objeto de adoración – lo cual era muy probable por las costumbres supersticiosas de aquel pueblo. Constituirse en idolatría y potencial fuente de tropiezo espiritual – aun en forma pasiva – para la gente, causaba una terrible aprensión en Ia’acov.
    Ia’acov también vaticinó que la tierra en la que habitaba sería fuente de plagas, y no deseaba que sus restos tuvieran que padecer esa situación.
    Un pedido muy especial
    Ia’acov, sin embargo, sabía que Iosef ya no tenía el mismo apoyo incondicional del Faraón que gozara otrora, y que su pedido no sería fácil de ser satisfecho. Por lo tanto, requirió de Iosef jurar que cumpliría con su recado póstumo, para que oportunamente agote todas las instancias posibles.
    “Efectivamente” – siguió diciendo Ia’acov – “no enterré a tu madre Rajel con la misma dignidad que estoy solicitando de ti ahora. No la llevé hasta Me’arat haMajpelá en Jevrón, y ni siquiera la acerqué hasta Bet Lejem que quedaba cerca, sino que la sepulté al lado del camino que conduce a esa ciudad. No había lluvia ni impedimento climático para llevarla. Sin embargo, entiende que había un motivo imperioso para que yo así lo hiciera: la expresa orden de D”s”.

    ¿Por qué?
    Muchos años más tarde, sus descendientes – el pueblo de Israel – saldría al exilio de Bavel, y transitarían por aquel sitio, agobiados y humillados a manos de sus desalmados opresores.
    En aquel momento, el mérito de la matriarca Rajel, suplicaría ante D”s y se convertiría en fuente de aliento para los pobres refugiados.
    D”s escuchó las plegarias de Rajel, y respondió: “(Rajel) abstente de llanto, y tus ojos de lágrimas, pues hay una recompensa por tu acción, y volverán de la tierra de sus enemigos… y hay esperanza, y volverán los hijos a su territorio…” (Irmiahu 31:15-16).

    El esfuerzo de Iosef por enterrar a su padre en Israel, no quedaría impago.
    Existía un sitio que Ia’acov había adquirido personalmente en Cna’an: la parcela de tierra en la cercanía de Shjem (Bereshit 33:19).
    En aquel momento, Ia’acov legó a Iosef ese espacio que ya era propio, y, en particular, que le otorgaba el derecho como primogénito (Reuvén había perdido aquella atribución por actuar ofensivamente hacia su padre).
    Shjem tenía un significado especial para Iosef. Él había ido a aquel lugar en búsqueda de sus hermanos – cumpliendo la orden del padre. Los hermanos lo vendieron, comenzando así la extensa tragedia que lo separó de su familia.

    Antes de fallecer, Iosef hizo jurar a la familia que – a la salida de Egipto – lo llevarían consigo a Israel (Bereshit 50:25).
    Esa promesa se cumplió (Shmot 13:19). Al llegar a Israel, los restos de Iosef fueron sepultados en Shjem (Iehoshúa 24:32). “De Shjem lo robaron, y a Shjem lo devolvieron” (Rash”í), y de ese modo “se cerró el círculo”.

    Pasó un tiempo más. Y Ia’acov enfermó.
    El Midrash (Pirké d’Rabí Eliezer 52) nos hace saber que hasta que Ia’acov lo solicitó, no ocurría que las personas se enfermaran antes de morir (la muerte llegaba de manera súbita). Ia’acov pidió entonces, que se diera la situación de modo tal que cada persona pudiera prepararse antes de irse de este mundo y dejar instrucciones a su familia. D”s respondió que Ia’acov sería el primero a quien esto le sucedería.
    Es así, que la Torá nos narra acerca de su enfermedad terminal.
    La bendición para todas las generaciones
    Iosef trajo a sus hijos para que el abuelo los bendiga.
    Antes de bendecirlos, Ia’acov hizo saber a su hijo amado, que deseaba conferirle una potestad concedida a él por D”s.

    Si bien había doce hermanos que luego se convertirían en doce tribus, una de ellas – la tribu de Leví, no recibiría una porción dominial en la Tierra de Israel. Puesto que su función en el futuro sería dedicarse a educar al pueblo, habitarían en ciudades esparcidas por todo el territorio de Israel, y poseerían solamente un estrecho espacio alrededor de aquellas ciudades.
    En su lugar, los descendientes de Iosef, se dividirían en dos grandes tribus: Menashé y Efraim, tal como eran los nombres de los dos primeros hijos de Iosef (los que nacerían más adelante, formarían parte de aquellas dos tribus). Cada uno de ellos, luego recibiría una provincia en la Tierra Prometida.

    Ia’acov quiso, entonces, bendecir a estos dos nietos. Sin embargo, en aquel momento vio proféticamente que de ellos descenderían también reyes idólatras. Por ese motivo titubeó antes de extenderles la bendición.

    Luego de abrazarlos y besarlos – Ia’acov ya no veía, y el contacto físico permitía una cercanía para que se transmitan las bendiciones (Sforno) – colocó sus manos sobre las cabezas de los jóvenes.
    Sin embargo, en lugar de posarlas de manera directa cada una sobre sus cabezas, cruzó sus brazos, de manera que ubicó su mano derecha sobre la cabeza de Efraim, el menor y la mano izquierda sobre Menashé, el mayor.
    Iosef creyó inicialmente que su padre se había equivocado y trató de cambiar las manos, para corregir el “error”. La diestra correspondía que se ubique sobre el mayor de los nietos.
    Sin embargo, Ia’acov respondió “Iadati, bni, iadati” (supe, mi hijo, supe).
    “Sé mucho de lo que tú desconoces” (Midrash Rabá, Bereshit 97:6).
    Si bien es muy corriente que los jóvenes crean que los ancianos ya no están conectados con la vida y que no entienden los acontecimientos, en muchos casos, la percepción amplia e histórica de los eventos es más clara a los ojos de los mayores, pues pueden observar los sucesos mediante la visión de la experiencia de vida – de la que los jóvenes aún carecen.
    El porqué de una bendición
    Tanto de Efraim como de Menashé, saldrían personajes ilustres.
    Menashé sería el progenitor del juez (líder) Guid’ón, que salvaría al pueblo de los enemigos. Sin embargo, Efraim era el antecesor del discípulo y sucesor de Moshé – Iehoshúa bin Nun – quien conquistaría la Tierra de Israel y bajo su dirección ocurrirían muchísimos milagros a favor del pueblo de Israel – superados en calibre tan solo por el propio Moshé.
    Cuando uno analiza las expresiones que acabamos de verter, entendemos que las bendiciones en realidad son rezos expresados para el éxito de las gestiones. Iehoshúa, cuyo desafío sería enorme – más aun que el de Guid’ón, requería más plegarias por parte de sus ancestros.

    Ia’acov culminó la bendición a sus nietos de la siguiente manera: “Que por ti (= tomándote de ejemplo) bendiga Israel, repitiendo: ‘Que D”s te ubique como Efraim y Menashé’”.

    La pregunta obvia que se formulan muchos comentaristas es la siguiente:
    Teniendo Ia’acov tantos hijos y nietos, ¿por qué eligió de entre todos, precisamente a sus nietos nacidos en Egipto a Iosef como ejemplo para todos los futuros niños de Israel? ¿acaso no eran todos los nietos buenos y dignos descendientes de Ia’acov?

    Los exégetas formulan varias respuestas.
    A la luz de lo que hemos expuesto anteriormente, el hecho de que no hubiera celos entre ellos (a pesar de la diferencia manifiesta marcada por Ia’acov), es motivo suficiente para bendecir a los niños en el futuro.
    El mérito de Efraim y Menashé
    Otra explicación se relaciona con el entorno que rodeó a los hijos de Iosef en su primera infancia.
    A diferencia de sus otros primos, que fueron criados juntos y en la proximidad del abuelo Ia’acov, Efraim y Menashé vivieron sus primeros años en las cortes egipcias con todos los lujos que había en ellas y, al mismo tiempo, con el vacío moral que caracterizaba la vida mundana egipcia.

    Rav Iacov Weinberg sz”l explicó, por su parte, que los padres concientes esperan que sus hijos cumplan y aprovechen el potencial que D”s les dio. Sin embargo, en el caso de Efraim y Menashé, ellos excedieron aquel potencial inicial, pues si bien eran nietos de Ia’acov, merecieron finalmente ser considerados como si fueran sus propios hijos…
    Qué anhelar para los hijos
    Lejos de limitar la ambición de padres a cuestiones de bienestar económico, los anhelos de los grandes patriarcas de nuestra nación, pasaba por otro carril.
    Efraim – quien había optado por aprovechar la presencia de su abuelo Ia’acov para estudiar con él Torá – estuvo “por delante de Menashé”.

    El Talmud (Nedarim 81., Bavá Metziá 85:) menciona que los judíos fueron desterrados de su tierra “por no bendecir por la Torá antes (de estudiarla)”. La explicación simple de estas palabras, es que la Torá no se consideraba lo suficientemente valiosa y sagrada como para pronunciar la Brajá correspondiente antes de comenzar su estudio (la estudiaban por su “valor intelectual”, como una “Cábala” que le permite conocer lo oculto, o como una “materia” de la escuela – en lugar de saber la Torá como Enseñanza de D”s para entender el propósito de nuestra vida y obedecer Sus preceptos).

    Sin embargo, dice Rav Isajar Frand shlit”a, que estas palabras también simbolizan que los padres no desearon para el futuro de sus hijos que sean grandes sabios – como primera prioridad. Quizás también querrían que fueran estudiosos de la Torá – pero no ocupaba el primer lugar dentro de su escala de valores.
    Que sea esta también una enseñanza muy valiosa para nosotros.

    La despedida de Ia'acov
    LA TRANSICIÓN
    Por ser el último de los patriarcas, y en la precariedad espiritual del destierro, Ia’acov debía decir a sus hijos aquello que los habría de guiar durante el destierro y la opresión de Egipto, y para toda la eternidad.
    Ia’acov también sabía que aquel deterioro – tanto en la aclimatación de su familia al medioambiente, como también la animosidad solapada de los egipcios hacia los hebreos – que ya había comenzado en su vida, se acentuaría potenciadamente apenas él dejara este mundo.
    Los Sabios denominan ese momento con las palabras: “apenas murió Ia’acov, se cerraron los ojos y los corazones de Israel” (Rash”í – Bereshit 47:28).

    Luego de conferir a Iosef el privilegio de convertirse en padre de dos tribus de Israel que se constituirían a partir de sus dos hijos mayores (Menashé y Efraim), Ia’acov debía bendecir a cada uno de sus otros hijos, que más que individuos representaban – cada uno de ellos – una tribu que tendría particularidades y naturalezas diferentes una de la otra y que debían recibir la orientación de boca del patriarca.
    Al analizar las palabras de Ia’acov, observaremos que en algunos casos sus dichos manifiestan más una amonestación que una bendición.
    Sin embargo, Rash”í señala que todos recibieron su rezo para que disfruten de bienestar. Las duras palabras que dijo en algunos casos, no eran sino para hacer ver a cada uno de ellos el rumbo que debían reconocer y trabajar para desarrollar lo que el Todopoderoso esperaba de ellos.

    Al margen de las advertencias y recomendaciones particulares de Ia’acov, al comienzo de sus palabras insistió en que, más allá de las características específicas, cada uno debía concentrarse (“Heasfú”) en emplear esa singularidad al servicio del Creador.
    Asimismo, (“Hikavtzú”) subrayó que fueran unidos entre ellos, pues el pueblo de Israel requeriría de las condiciones que cada uno de ellos desplegaba y solo así progresarían en conjunto.

    (Lo que sigue no es una traducción literal de lo que Ia’acov habló a sus hijos, sino una elaboración basada en las glosas de algunos comentaristas de la Torá.)

    Llamó pues a cada uno y les habló:

    Reuvén, el primogénito, siendo el primero de sus hijos se le debería haber adjudicado el liderazgo del pueblo de Israel.
    Sin embargo, “dada tu inestabilidad (comparada con el agua que no posee firmeza ni viscosidad propia), has perdido estas prerrogativas: el sacerdocio pasó a la tribu de Leví, la monarquía a Iehudá, y Iosef fue quien se transformó en una tribu doble”.

    ¿En qué situación demostró Reuvén esta inestabilidad?
    Al fallecer Rajel, la esposa principal del padre, Ia’acov estableció su lugar de residencia principal en la tienda de Bilhá, la sierva a quien Rajel había traído como esposa adicional de Ia’acov. Reuvén sintió que esto representaba una ofensa hacia su madre – Leá – pues era más importante que Bilhá, y llevó los efectos personales de su padre a la tienda de su madre (Bereshit 35:22). A pesar que Reuvén actuó con intención de proteger el honor de su mamá, el hecho de inmiscuirse en los asuntos privados del padre provocó una profanación del Nombre de D”s y lo demostró precipitado como para ejercer la primogenitura.
    ¿Por qué Ia’acov no había amonestado a Reuvén anteriormente, en el momento que cometió el error?
    El patriarca temió que de haberle hablado mucho antes de su muerte, la vergüenza de Reuvén lo hubiera conducido a alejarse del padre y unirse a Eisav.

    Luego se dirigió a Shimón y Leví:
    Tampoco ellos serían dignos de ejercer el liderazgo político del pueblo.
    En el pasado, estos dos hermanos habían aniquilado a todos los hombres (recién circuncidados) de la ciudad de Shjem, cuando el hijo del alcalde de la ciudad violó y secuestró a Diná, la hermana de ellos (Bereshit 34:25).
    Efectivamente, poseían una cualidad importante para conducir al pueblo, pues demostraron ser (“Ajim”) hermanos solidarios. Sin embargo, puesto que utilizaron esa fraternidad para abrirse camino matando a los habitantes de Shjem alevosamente, estando sus víctimas débiles por el Brit Milá que se habían realizado engañados, fueron rechazados para el cargo. No obstante, fueron diseminados en forma de maestros (Shimón) y Sacerdotes (Leví) para que transmitan la importancia de la solidaridad entre el pueblo.
    (De paso, Ia’acov nos enseñó que en el pueblo de Israel, las acciones no se justifican por sus fines. Aun si sus hijos actuaron con justificada irritación, su acción fue severamente censurada).

    Siguió, entonces, con Iehudá.
    En Iehudá, Ia’acov reconoció el líder que Israel necesita.
    El poder de Iehudá no está en el uso de las armas. Su preeminencia natural conserva el coraje de un leoncillo, mientras que también goza de la discreción de un león maduro, que inspira respeto aun cuando descansa.
    Desde el momento que David – perteneciente a la tribu de Iehudá – asumió su reinado, la monarquía permanece en manos de sus descendientes, y esto seguirá siendo así aun cuando llegue el Mashíaj (ungido), a su vez, también él, descendiente de David. Y aun cuando Israel estuvo en el exilio y no tenía reino propio, también entonces sus dirigentes espirituales siguieron siendo de la estirpe de David.
    Recordemos aquí algunos méritos de Iehudá que hemos estudiado anteriormente.
    Iehudá salvó de la muerte a Iosef. Mientras sus hermanos demandaban que Iosef merecía la muerte, Iehudá sugirió su venta a una caravana que transitaba por ahí, preservando así su vida.
    Cuando su (anterior) nuera, Tamar, le señaló indirectamente que conservaba consigo ciertos efectos personales de él que había dejado con ella, a fin de que se hiciera responsable de la paternidad de los hijos que había en su vientre, Iehudá asumió esa verdad, sin temer por su prestigio.
    Asimismo, cuando Ia’acov no autorizaba que Biniamín vaya a Egipto en el segundo viaje con los hermanos, fue Iehudá quien garantizó su retorno salvo ante el padre (que luego cumplió cuando se le acusó falsamente a Biniamín de haber robado la copa del virrey).
    La responsabilidad – bajo toda circunstancia – es una condición inseparable del mando.
    Fue así, que Iehudá se tornó acreedor de aquella función para todos los tiempos.

    Pasó después a los últimos dos hijos de su esposa Leá:
    Zevulún viviría próximo a la costa. Puesto que a partir de allí se comerciaba con el exterior, Zevulún tenía ventajas comerciales que dedicó para apoyar a sus hermanos de la tribu de Isajar, que se dedicarían al estudio intensivo de la Torá.
    Si bien Isajar era el mayor de los dos, dado que fue el trabajo de Zevulún lo que le permitió crecer espiritualmente, se lo adelanta a este en la bendición, pues más grande es quien habilita a otro para que pueda realizar un buen acto, que el que lo practica en los hechos.

    Isajar simbolizado como un burro de carga, representa al judío industrioso que trabaja para poder tener tiempo libre y dedicarlo al estudio. En lugar de ser absorbido por el trabajo, y querer prosperar más y más en lo económico, Isajar es el prototipo del que considera su estudio como lo fijo, y su desempeño laboral, lo secundario.
    De Isajar salieron ilustres Sabios expertos en los movimientos de los astros, que fijan nuestro calendario (Divrei haIamim I 12:32), algo esencial para el cumplimiento de las Mitzvot (Rosh haShaná, Iom Kipur y las festividades).

    Ia’acov pasó luego a hablarle a Dan.
    De Dan saldría el famoso juez de Israel: Shimshón, uno de los últimos líderes del pueblo – antes que Shmuel inaugurara la monarquía con Shaul, y luego David.
    Puesto que en la época de Shimshón, el pueblo no merecía ser rescatado de las manos de los Filisteos totalmente, Shimshón debió emprender una guerrilla personal en contra de estos opresores de Israel.
    Fue así, que Dan recibió la comparación de una serpiente que muerde los talones de un caballo y logra derribar a su jinete. Sin embargo, puesto que este estilo de ataque se debió utilizar en circunstancias de extrema necesidad y no sería recomendado bajo coyunturas comunes, Ia’acov rezó a D”s que lo salvara moralmente para que prevaleciera su talante de “Ish Tam”, un hombre de integridad, y no la agresión disimulada y astuta.

    Gad, junto a Reuvén y media tribu de Menashé, vivirían en la otra ribera del río Iardén (la denominada: “Transjordania”). Moshé les adjudicó esa tierra, pues se la habían pedido, ya que era ideal para la gran cantidad de ganado que poseían.
    La condición que Moshé puso para que reciban esas tierras, fue que salieran primeros al frente del pueblo en la conquista de Eretz Israel propiamente dicha, pues Gad era una tribu muy valiente.
    Habitando en las provincias más lejanas, Gad estuvo más expuesto a los ataques contra Israel por parte de los vecinos (Amón y Moav), por lo que el patriarca los bendijo para que vuelvan ilesos de esas batallas.

    Asher habitaba en el norte de Israel y su tierra estaba cubierta de olivos, que producían las exquisiteces (los aceites de oliva) para el pueblo y para los Servicios del Bet HaMikdash (en los que se utiliza aquel aceite para encender la Menorá y para las ofrendas).

    Naftali habitaría junto al lago Kineret, también al norte de Israel. En aquella zona los frutos maduran antes que en el resto de la tierra, y motivan la bendición y alabanza a D”s que se expresa al consumir dichas delicias.

    La descendencia de Naftali incluye a la jueza y profetisa Devorá, quien salvó al pueblo junto a Barak de manos de Sisrá, el temido general Cna’anita, a quien vencieron juntos. Al acabar esa difícil guerra, Devorá compuso uno de los más célebres poemas del TaNa”J.

    Iosef ocupó un espacio especial entre los hijos de Ia’acov. No solo fue quien proveyó de sustento en la hambruna, sino que fue el ejemplo de rectitud aun ante la insidia de los hermanos y luego la difamación de la esposa del ministro Potifar donde Iosef era esclavo.
    Aun cuando se le intentó seducir a la corrupción generalizada de Egipto, Iosef se mantuvo fiel a las enseñanzas de su padre.
    Iosef se llama “un hijo con simpatía”, por el encanto que generó en todas sus diligencias, pero que también fue la causa de la envidia que provocaba. Según algunos comentaristas, este fue el motivo por el que si bien él también reunía las condiciones de ser el rey (“el coronado entre sus hermanos”), se le confirió el reino a Iehudá y no a él.

    Biniamín era el hijo menor de Ia’acov. En el futuro sus descendientes tendrían un protagonismo singular.
    En la época de los Jueces, sucedió un hecho penoso en el que los Jueces de Biniamín no castigaron a un grupo de violadores que había en su medio. Esto provocó la ira del resto del pueblo y condujo a una guerra civil enfrentando a la tribu de Biniamín con el resto del pueblo de Israel, diezmando casi por completo a esta tribu.
    Más tarde sin embargo, su rol fue realzado en el pueblo, primero por el rey Shaul que (“a la mañana”, o sea, en el amanecer de la nación) guerreó valientemente contra los opresores de Israel, y luego (“al anochecer”, cuando el pueblo había sido exiliado por Nevujadnetzar, el rey de Babilonia) por sus descendientes – Mordejai y Esther – que juntos salvaron a los judíos de manos del malvado Hamán.

    Con las últimas bendiciones e instrucciones, Ia’acov se despedía de sus hijos y sobrevino la evolución. Frente a Ia’acov había doce hijos Tzadikim que perpetuarían todos – cada uno de ellos – su legado espiritual.
    Todos recitaron la frase “Shmá Israel” confirmando su voluntad, y Ia’acov tuvo la tranquilidad de haber logrado la tarea comenzada por su abuelo Avraham. En aquel momento su círculo íntimo dejaba de ser una familia, para transformarse en un pueblo.
    Pasarían casi dos siglos de dolor hasta que ese pueblo estaría preparado para aceptar la Torá, pero la firmeza de la nación para su futuro estaba asentada.

    La vida en Egipto
    LA VIDA EN EGIPTO
    “Bienvenidos a Egipto”, decía el cartel con el que fueron recibidos Ia’acov y su familia en el paso fronterizo, cuando llegaron en la época en que Iosef era virrey.
    “¿Me permiten los pasaportes? Les debo extender las visas… ¿por cuánto tiempo piensan quedarse?”
    “¡Somos turistas!” – contestaron los hijos de Ia’acov – “vinimos al país en forma provisoria”.
    “¡Muchas valijas para una familia que planea quedarse por poco tiempo… pero… no importa, pasen igual porque veo que vienen en los carruajes del rey, así que debe estar todo arreglado”.

    Así empezó todo.
    Llegaron como turistas y Ia’acov bien se lo hizo saber a su familia.
    Pese a que vivían en Goshen, alejados de los centros “culturales” egipcios, dice el versículo que “vaieajazú ba” (“se asentaron en ella”) y se volvieron parte de la tierra. (Rav Sh.R.Hirsch sz”l). Ia’acov falleció y a duras penas lograron la visa de salida (transitoria) para ausentarse brevemente del país, custodiados por soldados egipcios y dejando a sus hijos en Egipto (¿cómo rehenes?) para enterrarlo en Israel. Fue su última visita al exterior. La frontera estaría cerrada para ellos por dos siglos.

    “Vatimalé ha’aretz otam” – la tierra se llenó de ellos. Por donde uno iba, veía judíos. En los teatros, en los circos, en la cancha…
    “¿Cuántos judíos deben haber? Están por todos lados…” pensaría más de un egipcio, alguna vez incluso en voz alta. “Ya no son los de antes, que se manejaban entre ellos discretamente. Ahora se creen los dueños del país”.

    “¡Lo mínimo que pueden hacer es callarse la boca…!” – pensaban algunos judíos – “gracias a nosotros que este país sobrevive. Si no fuese por Iosef, ya hubiesen desaparecido del mapa”.
    El gran “olvido”
    Sin embargo, el que desapareció, o, mejor dicho, falleció y lo hicieron borrar de los manuales de historia del país, fue el propio Iosef. Los egipcios no sabían – o no querían saber – de él. Así fue que comenzaron las sospechas y los prejuicios. “Cuidado, quién sabe… si los judíos son cada día más… Aparte, con lo bien que les va, podrían aportar un poco más al tesoro nacional para bajar la deuda externa…”.

    Los judíos no dejaban de extrañarse. “¿Por qué “se la agarran” con nosotros?; ¿acaso no demostramos que somos buenos ciudadanos y patriotas?
    ¡Cantamos fervorosamente el himno nacional, luchamos voluntariamente por nuestro ‘Vaterland’ (patria), nos ponemos la camiseta de la selección cada vez que hay un mundial…!”

    Puede que hayan tenido razón, pero no hubo caso.
    Habían caído en desgracia hasta con sus propios vecinos egipcios. Aquellos que todos los días los habían saludado cordialmente: “¡Good morning! ¿How are you today? – ¡Have a nice day!”, de repente les daban la espalda. (Estimado lector: las palabras en alemán y en inglés no solamente le permitirán a Ud. establecer las comparaciones con eventos posteriores análogos de la historia, sino que se deben también a que mi dominio de la lengua egipcia es muy pobre…)

    Fue en aquel momento cuando surgió la gran oferta del Faraón para que los patriotas pudieran demostrar que tenían la camiseta bien puesta.

    ¡Uncle Sam needs you!
    Venga y apoye los nuevos proyectos del Faraón.
    Se construirán ciudades de abastecimiento para que no falte nunca comida a nadie. Aporte tan sólo un ladrillo.

    (Una obra por cierto faraónica).
    Comenzó, pues, una gran discusión entre los judíos. La gran mayoría de ellos vieron esto como una gran oportunidad para demostrar lo “buenos egipcios” que eran. No fueron a aportar un ladrillo. Se los veía publicitando su causa: “Comisión Judía por un Egipto Grande”.
    Otros, los de la tribu de Leví, fueron más cautelosos. Dado que la Dirección Impositiva (egipcia) exceptuaba de pago a los “seminaristas” ya desde la época de Iosef, y de todos modos se dedicaban al estudio, decidieron seguir con lo que venían haciendo hasta el momento: estudiar.

    Los egipcios – y hasta algunos propios judíos – miraban a la tribu de Leví con desdén: “judíos parásitos”, etc., pero la tribu de Leví siguió con lo suyo. No pasó mucho tiempo y los “grandes contribuyentes” judíos no podían seguir el ritmo de los aportes que, mientras tanto, se habían convertido en obligatorios. En los carteles ahora se leía: “en contra de la evasión y a favor suyo”. Si no podían cumplir con su cuota, pues que aportaran con mano de obra. La “clase media” desapareció.
    Ahora pasaron a ser esclavos. (No olvidemos que la identidad de una persona en Egipto estaba dada por su oficio. Uno valía por lo que trabajaba).
    Primero turistas, luego ciudadanos, y finalmente – esclavos
    Sin embargo, hagamos una aclaración.
    Esclavos sí, pero con “estilo”.

    A pesar de haber caído hasta pertenecer a una nueva clase social, la de los esclavos, no había delincuencia entre ellos. No había delación, y, es más, los encargados judíos ofrecían su propia espalda para recibir los golpes de los látigos de los supervisores egipcios cuando los obreros judíos no llegaban a cumplir con su cuota.

    Pero lo que más enfurecía al Faraón era que los judíos se multiplicaban cada vez más y, para peor, que se siguieran distinguiendo de los egipcios como una nación aparte.
    Por la vestimenta que usaban, se notaba a la legua si una persona era judía, o no. Cada vez que venían a anotar a un recién nacido en el Registro Civil, aparecían con nombres que sólo ellos sabían pronunciar. Y entre ellos hablaban siempre ese mismo idioma raro “de ellos”.
    Es verdad que algunos adoraban a los “ídolos” egipcios (tenían los posters de “ricos y famosos” colgados en los dormitorios), lo cual no estaba bien, pero eso no cambiaba lo demás, que era admirable en esa coyuntura.

    Podemos observar los nombres de los lugares en los cuales los israelitas construyeron para el Faraón. Uno era Pitom y el otro Ra’amsés. Pitom y Ra’amsés no eran lugares aptos para la edificación. Pitom se llamaba así, porque la tierra se “tragaba” las construcciones que allí se erigían. Por otro lado, el nombre Ra’amsés significa que a medida que montaban sus construcciones, éstas se iban desmoronando.
    El objetivo verdadero de Faraón
    Lo cual nos deriva a una pregunta obvia.
    ¿Qué sentido tenía para el Faraón ocupar a la gente edificando lo que no perduraría en el tiempo? No podemos atribuir esta conducta aparentemente tonta a la falta de eficiencia en la jerarquía directriz egipcia, pues en ese sentido los egipcios demostraron ser sumamente sabios y racionales. Todo ello nos lleva a suponer que había otra intención oculta en la mente del Faraón, que estaría directamente relacionada con su objetivo de desmoralizar al pueblo de Israel, para que perdieran su identificación con su raíz y su pasado común. Si el ser humano se siente bien consigo mismo y con la actividad que desarrolla (no importa cuán intensa y cansadora sea), entonces mira hacia adelante con optimismo y su mente se mantiene sana e íntegra.

    Puede ocurrir que tenga mucho trabajo, pero eso no lo va a desalentar. Al contrario, el trabajo y no el ocio, dignifica al individuo. Sin embargo, cuando la labor que hace no es para nada productiva y no se ven resultados de su esfuerzo, esto en sí, es un factor que desanima y quita todas las ganas de vivir y de ser “alguien”.
    La persona a quien esto le sucede se va sumiendo en una peligrosa caída de abatimiento y desesperación (Ie’ush) que no le permite ver más allá, sino solo con pesimismo. Los Sabios nos advirtieron en distintas citas del Talmud, que nos cuidemos de no caer en ese tipo de desesperanza. De ahí, la importancia que se da a la Simjá (alegría) en todos los emprendimientos de la vida.

    El Faraón bien conocía la correlación que existe entre la libertad física y la espiritual. Mientras el hombre está limitado por la urgencia de sobrevivir y de “llegar a fin de mes” (o al fin del día) para pagar sus cuentas, le es muy difícil – y para algunos parece imposible – ver otro aspecto de la vida, aunque, si tuviese el espacio mental para concentrarse, éste le sea más importante y caro con el correr del tiempo.
    Moshé inicialmente le hablaba al pueblo del significado de la libertad espiritual, pero “no lo escuchaban, por impaciencia de espíritu y a causa de la dura servidumbre” (Shmot 6:9). Querían escuchar, pero no estaban en condiciones. El Faraón, a su vez, manifestó que: “ociosos estáis, ociosos, por eso decís: ‘Vayamos a ofrendar para nuestro Eterno’” (ibid 5:17).

    “Es cuestión de profundizar ‘el modelo’” – pensó el Faraón – “cuanto más estén enganchados los judíos con su trabajo, pues más rápido se van a olvidar de sus costumbres exóticas”. (Más tarde, cuando Moshé pidió que los judíos puedan salir por tres días a servir a D”s en el desierto, el Faraón respondió con trabajo adicional porque: “flojos están, flojos; por eso dicen querer servir a su D”s”.
    (La ecuación de la terapia ocupacional “cuanto más trabajo, menos tiempo para pensar”, sigue en pie hasta el día de hoy para los judíos que no quieren detenerse a saber para y por qué son judíos).
    Si la tierra de Ra’amses no era apta para la construcción y había que edificar lo mismo dos o tres veces, no había problema. ¿Quién tenía apuro, acaso?

    Al desánimo que sentían por la humillación y la falta de efectividad de su tarea, se sumó el decreto de arrojar los niños israelitas recién nacidos al Nilo. Se escuchaba decir a la gente: ¿para qué procrear y gestar hijos, si de todos modos, los tendrían que tirar al río? Esta sensación confirmaba el hecho de que los egipcios los dominaban totalmente, hasta en su vida íntima (Rash”í sobre B’midbar 26:5).
    Parecía ser que estaban por “tocar fondo”.
    Las mujeres no desesperan
    Fue en esa situación, que las mujeres hicieron lo suyo para salvar a sus maridos de desmoronarse psíquicamente.
    Según algunas fuentes del Talmud, las mujeres también tenían que cumplir tareas para los egipcios, y, acorde a la manera sádica de someter de los amos egipcios, las obligaciones de las mujeres eran tan poco adecuadas para su forma de ser femenina, como la de los hombres para la suya. Igual apoyaron a sus esposos para que no se sumieran en la depresión espiritual y el desánimo. Con intrepidez y energía, estas mujeres valerosas salían al campo donde sus maridos construían, para ofrecerles comida caliente y brindarles el ánimo suficiente para imaginar un futuro mejor. No por nada nos dice allí el Talmud que “por mérito de las mujeres valerosas de aquella generación, salieron los israelitas de Egipto”.
    Y no por nada Egipto se llama Mitzraim, del hebreo “Metzarim” = encierro, pues no hay peor encierro para aquel que no se permite el tiempo para evaluarse.

    Por si las cosas no estuviesen claras, el Faraón permitió a esta altura de los acontecimientos que cualquier egipcio se pudiera valer de cualquier judío para que le haga sus tareas domésticas (Vaia’avidu Mitzraim et Bnei Israel Befarej). “Haga patria, torture a un judío”.

    Los judíos aceptaban los golpes de los egipcios calladamente.
    Habían caído en la trampa. Demoró años para que se acordaran que sólo debían pedir a D”s, para ser redimidos. Lo peor de todo es que toleraban lo que no debía ser aceptable, como si fuese un fenómeno natural. Es por eso que D”s les promete sacarlos de “sivlot Mitzraim” = la tolerancia a lo egipcio. Serviles eran únicamente para sus amos egipcios.
    Sin embargo, para descargar responsabilidad frente a un compatriota judío (Moshé) que le amonestó a un judío por pegarle a otro judío, no tardó en venir la respuesta (que lamentablemente se repitió en la historia): “¡Quién te puso a vos de patrón!” (Rav Sh.R.Hirsch sz”l).

    Uno no deja de preguntarse para qué D”s quiso que fuéramos a Egipto en primer lugar. Si bien la Torá no nos cuenta el objetivo, podemos asumir que fue esencial para la posterior creación del pueblo.
    Nos formamos como nación en medio de una cultura totalmente opuesta a lo que pretendería la Torá para nosotros. La subsiguiente salida de Egipto tendría para nosotros un significado más del orden espiritual, que lo que había sido la esclavitud física. De todos modos, allí donde nos forjamos como nación, aprendimos nuestra primera lección de antisemitismo y de asimilación. ¿Cuál de las dos modalidades es la más peligrosa?
    LA VITALIDAD EN UN PUEBLO ABATIDO
    El Faraón vio en los judíos una nación que crecía continuamente y que podría convertirse en más poderosa que la propia.
    La sola existencia y demostración visible de los judíos, enfurecía al rey de Egipto, quien creía que la hegemonía egipcia sería eventualmente absorbida por los inmigrantes con orgullo.

    Si bien los judíos no se mantuvieron todo lo aislado que debían haberse conservado de acuerdo a las enseñanzas del patriarca Ia’acov, de todos modos seguían siendo vistos claramente como extraños a ojos de los egipcios, dado que no se mimetizaban a la cultura del lugar.

    ¿Cómo luchar contra los judíos?
    El Faraón decidió atacar el flanco más vulnerable – y a la vez el más trascendental: los niños.
    De una manera u otra intentó frenar su aumento.
    Paulatinamente fue empobreciendo a la población hebrea con impuestos y gravámenes exorbitantes que debían satisfacer, sólo por el derecho a vivir en su país. Luego los fue esclavizando, pero – se multiplicaban más y más.
    Las parteras valientes
    La próxima estrategia fue ordenar a las parteras hebreas matar disimuladamente a los varones recién nacidos (Shmot 1:16).
    Al convocarlas con el propósito de persuadirlas, modificó sus nombres hebreos por otros egipcios (tal como había hecho previamente el Faraón con Iosef), creyendo que sus nuevos nombres significarían una nueva identidad y se identificarían más con su programa “de control nacional de protección al exceso de población”.

    ¿Qué dio coraje a las parteras para resistir al rey?
    Fue su Irat Shamaim (respeto reverencial por la palabra de D”s – Shmot 1:17). De otro modo, hubieran encontrado motivos suficientes para colaborar con el Faraón. Podrían haber razonado: los bebés sufrirían el despotismo durante toda su vida, que convenía salvar a algunos más fuertes a costa de los demás que igualmente no sobrevivirían, etc. (Rav Elya Meir Bloch sz”l).

    Al advertir que su designio con las parteras había fracasado (pues ellas muy valientemente se negaron a obedecer la terrible orden), mandó arrojar a todos los recién nacidos al río (Shmot 1:22).

    Sin embargo, el versículo nos cuenta que a medida que el Faraón decía “pen irbé” (= “para que no se multiplique” – Shmot 1:10), la Voz Di-vina respondía “ken irbé” (= “justamente se multiplicaba” – Shmot 1:12).

    D”s premió a las parteras por desafiar la perversa disposición del Faraón, aunque fuera de modo encubierto.
    Cuando la Torá nos explica la naturaleza de su recompensa, nos habla de dos aspectos: “Y D”s benefició a las parteras y el pueblo creció” (Shmot 1:20). Y luego: “y fue porque las parteras temieron al Creador, Les otorgó hogares (Las volvió progenitoras de las casas del Sacerdocio y de la Monarquía de Israel” (Shmot 1:21).

    La segunda retribución es bastante clara.
    Sin embargo: ¿Qué es lo que nos trae el primer versículo en cuanto al “premio” del que se hicieron acreedoras?

    La respuesta radica en el hecho de que ellas pudieron corroborar que, gracias a su esfuerzo y arrojo, se cumplió su anhelo y aspiración de que el pueblo crezca – a pesar de los decretos del Faraón.
    La mayor distinción y gratificación que obtiene aquel que lucha de manera desinteresada por un fin benéfico, es el estímulo que siente al ver que se cumple el objetivo por el que está perseverando (Rav Elya Svei sz”l).

    El ejemplo de las parteras quedó grabado en los anales del pueblo de Israel.
    El Faraón persiste
    Después de su primer fracaso, el Faraón ordenó arrojar al Nilo a todo varón hebreo recién nacido, a fin de restringir la proliferación de los israelitas (según algunas opiniones, el decreto oficial no estaba dirigido hacia los hebreos, sino a la población en general, porque el Faraón se cuidaba inicialmente de no poner de manifiesto que sus intenciones eran anti-semitas, pero en la práctica, los hebreos eran los más afectados por aquella medida).
    Como introdujimos en el capítulo anterior, los padres hebreos se preguntaron desesperados:
    ¿Qué sentido tiene entonces traer hijos al mundo? ¿Sólo para asistir a los egipcios en su deseo de exterminio?
    Se separaron, pues, de sus esposas, siguiendo el ejemplo de su ilustre correligionario Amram.
    Sin embargo, su joven hija Miriam se dirigió a él diciendo: “Lo que tú haces es más inicuo y más aflictivo aun que el edicto del Faraón, pues éste solamente ordenó matar a los varones, mientras que tu ejemplo induce a interrumpir el nacimiento tanto de varones como de niñas. Además: no hay garantía que el decreto del Faraón se acate, pero el tuyo – siendo que eres tzadik (hombre justo) sin duda que se cumplirá”.
    Una encrucijada moral
    ¿Por qué realmente Amram había tomado una determinación tan drástica?
    Amram sentía una profunda compasión por el dolor de la gente. Realmente: ¿¡por qué traer niños a un mundo en el que serían cruelmente maltratados por el Faraón!?
    Sin embargo, la compasión de Amram – si bien genuina – estuvo desubicada. Más tarde vería cómo al volver con Iojeved, precisamente ese acto sería el comienzo de la redención (Rav Avraham Pam sz”l).
    Al oír este argumento convincente, Amram se unió nuevamente a su esposa Iojeved, y todos los maridos lo imitaron tomando otra vez a su lado a sus esposas (Sotá 12.).
    Amram no tuvo necesidad de lamentar el haber escuchado la reconvención de su hija. El fruto de ese fallido “control de la natalidad”, fue el hombre más grande que vivió sobre la tierra: Moshé – nuestro maestro.
    “Cuando nació Moshé se llenó su hogar de luminosidad” – comenta allí el Talmud.

    Pero Moshé – y todos los niños, corrían mortal peligro. El Faraón poseía un servicio de inteligencia mediante el cual tenía controlados todos los movimientos de los hebreos.
    Apenas nació, puesto que era prematuro – con apenas seis meses de gestación, los padres intentaron ocultarlo.
    Mas cuando vieron a los inspectores del Faraón llevando a cabo pesquisas en su zona, la madre fabricó una canasta en la que depositó la criatura. La canasta fue luego colocada en el río, en medio de los juncos que había en la orilla.
    La hermana, Miriam, quedó en la ribera del río para observar qué sucedería con el bebé.

    Miriam, que había recibido la profecía que su madre sería progenitora del liberador de los hebreos, no comprendía cómo ese pequeñuelo tendría un final tan infeliz…

    Nada de lo que la persona brinda queda impago – aun el gesto aparentemente más trivial.
    En aquel momento, Miriam “solamente” esperó un rato para cuidar a Moshé.
    Sin embargo, muchos años más tarde y estando en el desierto, hubo un incidente en el que Miriam comentó a su hermano (con buenos propósitos) acerca de la vida íntima del matrimonio de éste. Miriam fue sancionada con permanecer afuera del campamento durante siete días.
    “El pueblo no quiso continuar su travesía hasta que se reintegró Miriam” – dice el pasaje (Bamidbar 12:15). Fue así, entonces, que cuando ella lo necesitó, todos la esperaron.
    ¿Por qué la “retribución” por su acción ocurrió tantos años más tarde?
    En realidad, solamente D”s decide cuándo la persona más precisa que se le retribuya su gesto, porque solamente Él conoce toda la vida del individuo en cuestión.

    Mientras Miriam esperaba, la hija del Faraón bajó a tomar un baño en el Nilo y se percató de la canasta.
    Según los Sabios, la princesa fue a purificarse de la idolatría de su hogar, para adherir a D”s y al destino de los hebreos.
    Pidió a sus asistentes que le trajeran la cesta, y se encontró con la sorpresa de un bebé dentro de ella. De inmediato tuvo lástima por el bebé y determinó con certeza que se debía tratar de un niño de los hebreos. Efectivamente, el bebé estaba circuncidado.
    Si bien era princesa, su acto era un claro desafío a las órdenes reales. Estaba por salvar a un niño recién nacido, cuando la disposición monárquica era precisamente eliminarlo.

    Miriam se acercó ofreciendo buscar a una nodriza hebrea para que alimente al bebé, y con la venia de la princesa, llamó… a la madre de la criatura. Fue así, como Moshé fue criado dentro de su propio hogar – hasta que fue devuelto a la princesa.

    “Son muchos los designios en el corazón del hombre, pero (solamente) el plan de D”s se cumplirá” (Mishlei 19:21). El Faraón mandó arrojar al agua a todos los varones, al escuchar a sus astrólogos opinar que aquellos días nacería el redentor de los hebreos. Sin embargo, Moshé terminó criándose dentro de su propio palacio… (Steipler Rav sz”l)

    Si bien Moshé ya tenía nombres que le habían dado sus padres, la princesa le puso el nombre con el que se le conoció por siempre.
    El nombre Moshé surge de la frase “pues del agua lo he extraído”.
    La pregunta obvia es por qué precisamente el nombre que asignó la hija del Faraón es el que prevaleció en la historia.
    Responde Rav Jaim Shmuelevitz sz”l (5732:5): si bien, efectivamente, los demás nombres de Moshé señalan la magnitud de sus acciones, el nombre dado por la princesa denotaba su Mesirut Nefesh, la entrega valerosa y audaz por el acto de salvarlo de una muerte segura en el agua. Mediante este acto, imbuyó esta cualidad de arrojo en Moshé, y lo habilitó para llegar a ser el gran líder que terminó siendo.
    Así también está señalado en el Midrash (Midrash Rabá, Shmot 1:26) “de aquí vemos la recompensa de las personas generosas…”

    De ahí en más creció en el palacio del propio Faraón.
    Éste creía que un hebreo educado en su corte ayudaría a terminar por seducir y asimilar a los demás dentro del pueblo egipcio – pero D”s tenía otros planes.
    Moshé jamás perdió su identificación con los suyos, y los sentimientos solidarios inculcados por su madre en su más temprana niñez. Apenas salió del palacio, comenzó con su carrera de solidaridad con los suyos y el liderazgo natural que lo caracterizó durante toda su vida.

    Para nosotros, la construcción de un hogar representa nuestra ambición por transmitir la valiosa enseñanza que hemos recibido de nuestros antepasados.

    De ahí que padres tienen (o debieran tener) como prioridad preeminente, la educación judía de sus hijos. En muchos casos, esto se sostiene hasta el día de hoy.
    Lamentablemente, en otros, la educación judía de los hijos, quedó rezagada en el orden de preferencias frente a la inversión en bienes y comodidades que no son vitales para el judío como lo debiera ser la instrucción en las sabidurías de la Torá.

    El Faraón sabía por dónde atacar. Esto nos da una clara señal, por dónde somos más vulnerables.
    El ejemplo de las parteras debe ser una fuente de inspiración para reordenar nuestras prioridades en la vida.

    Se busca un lider. Los comienzos de Moshe
    SE BUSCA UN LÍDER
    Como parte de vivir en una democracia, sabemos de nuestro derecho y deber cívico de elegir la administración y las autoridades del país cada determinada cantidad de años. Nos acostumbramos también a que, ni bien se saben los resultados de una elección, ya se van posicionando los candidatos en miras a la próxima elección. Todo hace suponer que ejercer la autoridad es algo deseable. Quienes se postulan como candidatos no escatiman esfuerzos y palabras (muchas veces) huecas para llegar al poder.

    ¿No vemos, acaso, el esmero con que se presentan todos los políticos para mejorar su imagen frente a las cámaras?
    ¿No vemos cómo llenan las calles de posters con sus fotos de cuando eran 20 años más jóvenes…?
    ¿No vemos cómo miden sus palabras para presentarse ante el público interno y externo como estadistas confiables (que van a pagar la deuda externa sin subir los impuestos)?
    ¿No vemos cómo inventan eslóganes que no dicen nada sustancioso, pero parecen atraer a multitudes (“se puede”, “por un futuro mejor”, “todos unidos triunfaremos”, “síganme, no los voy a defraudar”, etc.)?

    Ya como votantes veteranos, frente a las urnas, votamos al… que menos daño pensamos que nos va a ocasionar. Las palabras ya no nos convencen y, menos aun, creemos que alguno de ellos tenga realmente vocación de estar al “servicio de la comunidad” como tendría, por ejemplo, la policía…

    ¿Es realmente “bueno” ser autoridad?
    Los Sabios ya nos advirtieron que hay que “odiar la aspiración (propia) por convertirse en patrón” (Pirkei Avot 1). El TaNa”J y nuestra historia nos muestran cómo los verdaderamente “grandes” hicieron todo lo posible para liberarse de la obligación de ejercer el mando. De esto, existen muchos ejemplos, pero al que nos queremos dedicar aquí es a Moshé, nuestro Maestro.
    Siete días estuvo D”s insistiendo para convencerlo que asumiera la misión de ir frente del Faraón para exigirle que permitiera la salida del pueblo de Israel “para festejar a D”s en el desierto”.
    Moshé se resistía. No confiaba en ser el más indicado.
    ¿Por qué Moshé?
    ¿Por qué tanta insistencia por parte de D”s?; ¿era Moshé un buen estratega militar?; ¿inspiraba confianza con su dialéctica?; ¿sabía enardecer a las masas?
    No.

    ¿Entonces?
    Moshé reunía las características que requiere una persona para que D”s lo vea apto para transmitir Su palabra. Estas condiciones no se redujeron a la persona de Moshé, sino que fueron requisitos para todos los profetas que le siguieron. No obstante, la misión de Moshé sería única (no sólo debería hacer que ocurran las plagas y maravillas en Egipto frente al Faraón y al pueblo, sino que debería conducir a una nación sumamente rebelde hasta la Tierra de Israel, transmitirles las leyes de la Torá y adiestrarlos para que la observen). No volvería a repetirse un profeta en Israel con la grandeza de Moshé (este es el séptimo de los 13 artículos básicos de la fe judía).

    ¿Cuáles fueron estas características?
    Estudiemos un poco su historia. Como dijimos, Moshé se crió en la corte del Faraón. No le faltaba nada. Llegó a ser el responsable del palacio del Faraón (Rash”í). No estaba atado a las tareas que debían cumplir los demás hebreos y tenía un “buen pasar”. Moshé salió del palacio y vio el dolor de sus hermanos.
    ¿Cómo podría asistirlos?
    Hizo ver al Faraón que tendría mayor rédito, si sus esclavos descansen un día por semana (que Moshé eligió que sea precisamente el Shabat). El Faraón asintió, y Moshé aprovechó para dar a sus hermanos palabras de apoyo y valor, estudiando los pergaminos con ellos.

    ¿Qué se trataba en los textos que Moshé daba a leer a los hebreos?
    El Talmud indica que Moshé fue el autor de ciertos capítulos de Tehilim (Bava Batra 14:). Una de esas secciones, el capítulo 92 se titula “Un Salmo para Shabat”.
    Al analizar aquel capítulo, uno se extraña, pues no encuentra mención alguna que hable de Shabat.
    ¿Cuál es, entonces, el vínculo entre el Salmo y el día sagrado?
    La relación se establece por su lectura en Shabat durante la esclavitud en Egipto. ¿Y de qué trata?
    “Cuando los malvados florecen como el césped y los malvados brotan” – tal como sucedía con los viles egipcios – esto es “para terminar siendo eliminados para la eternidad”.
    Los hebreos no podían entender por qué ellos sufrían mientras que sus opresores gozaban de una buena vida. Moshé los introdujo al mundo de la Torá – con sus pergaminos – los consoló y les alivió su dolor (Rav Iacov Kamenetsky sz”l).

    Debemos entender a esta altura que hay distintas maneras de “ver” las cosas. Todos los que no somos ciegos, vemos muchas cosas a diario. Algunas nos impresionan y otras… “no nos quitan el sueño”.
    Simplemente las vimos, y seguimos con lo nuestro.
    Moshé, en cambio, vio a sus hermanos y… actuó de acuerdo a lo que vio. Sintió el dolor del sufrimiento de cada uno de ellos. Intentó, según el Midrash, ayudar a sostener la pesada carga que debían soportar. Se solidarizó. Al ver cómo un supervisor egipcio estaba maltratando cruel e injustamente a un hebreo, fue inmediatamente a socorrerlo y eliminó al agresor.
    Cuando, ya en Midián, se encontró conque los pastores molestaban a las hijas de Itró, volvió a brindar su apoyo a las mujeres indefensas. Esta es una cualidad de Moshé: Solidaridad frente al dolor y necesidad ajenos.

    Al día siguiente del episodio con el egipcio, encontró a dos hebreos peleando. Moshé cuestiona: “¿Por qué le pegas a tu compañero?” Convicción. Le sería muy necesaria en el futuro cuando habría de enfrentar al pueblo entero para hacer valer la palabra de D”s en contra de la voluntad y el ánimo popular.

    D”s le ofreció a Moshé el cargo de guía del pueblo.
    “¿Quién soy yo para merecer tal honor?”
    Vemos aquí su modestia.

    No hubo persona modesta como Moshé en toda la historia de la humanidad.
    La modestia no significa desconocer las propias facultades y habilidades para emprender una tarea. Eso es haraganería. Sí es modestia el reconocimiento de que a uno le falta mucho para ser lo que verdaderamente podría llegar a ser.

    El Talmud aprende de Moshé que D”s hace posar su profecía sobre personas que son “sabias, fuertes, ricas y modestas”. Lo de “sabio” tiene que ver con el deseo de hacer uso de la inteligencia que D”s nos brindó y “aprender de cada persona” – sin mostrar soberbia. Sobre Moshé dice, al momento de equivocarse: “reconoció, sin sentir vergüenza”. “Fuerte”, desde lo físico, implica que ve claramente lo que D”s le quiere mostrar y no se confunde con alucinaciones. “Rico” es aquel que no necesita obsequios ajenos y, por lo tanto, será difícil de sobornar. El “modesto” transmite objetivamente aquello que se le encargó y no intenta “incluirse” en los libros de historia.

    ¡Sólo un Moshé podía “implorar”, “clamar” y “extender sus manos en súplicas” por el dolor del Faraón y el de los egipcios, cuando les ocurrían las plagas!
    Cualquier persona de menos calibre, si no se deleitara al ver sufrir a estos malvados sádicos, al menos estaría de acuerdo en que se les aplique el rigor de la Justicia Di-vina por obrar como lo habían hecho los egipcios.

    Sin embargo, es importante no saltear una reflexión.
    Por grande que fuese Moshé, no estuvo “por encima de la ley”. Nadie escapa a la exigencia minuciosa de D”s… y aun menos los grandes tzadikim (lo cual contradice totalmente el concepto moderno del poder).

    En camino a Egipto, Moshé dilató el cumplimiento del Brit Milá de su segundo hijo, quien había nacido justo antes de partir. D”s estuvo dispuesto a prescindir de Moshé por esta negligencia (a pesar de haber estado insistiéndole siete días en que aceptara el cargo) y Moshé se salvó únicamente porque Tziporá – su esposa -circuncidó a su hijo en aquel momento.
    No hay mayor grandeza en el ser humano que ser fiel cumplidor de la ley Di-vina, y esto también lo aprendemos de Moshé (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    En todo grupo humano, encontramos algunas personas que tienen un carisma especial. A veces nos parece que hubiesen nacido para ser líderes, posiblemente porque todos los escuchan y los siguen. En realidad, tener esta aptitud (la de atraer con facilidad a los demás o la de ser un modelo nato para otros) es una tremenda responsabilidad.

    Si bien en última instancia, cada persona es responsable de si mismo, quien ejerce un liderazgo negativo, también se le atribuye responsabilidad por quienes copiaron sus errores. (Pirkei Avot cap. 5, en referencia a Ierovam ben Nevat). Está en manos de los educadores, hacerle ver a quienes son influyentes, aquella responsabilidad que les cabe a fin de ejercerla para el bien.
    Grande, pero un ser humano
    Un punto más:
    D”s haría muchos milagros por medio de Moshé.
    Tanto las plagas de Egipto y la partición del Mar Rojo, como así también la supervivencia del pueblo en el desierto inhóspito, marcaron una conducta sobrenatural.
    De pronto, encontramos que la Torá interrumpe la “historia” y nos hace un recuento de la genealogía de Moshé (Shmot 6:14).
    Comenzando por los descendientes de la tribu de Reuvén, siguiendo por los de Shimón, la Torá se detiene y enumera a los de Leví para llegar hasta: “Estos son Moshé y Aharón, a quienes D”s les ordenó…”

    ¿Por qué interrumpe la historia de la epopeya justo donde crecía la intriga?
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l contesta que la necesidad de recordarnos quién era Moshé, responde al riesgo de que en el futuro la gente venerara su memoria como la de alguien sobrenatural y mitológico, en lugar de recordarlo como un ser mortal, de carne y hueso – como todos nosotros.

    A tal fin, la Torá nos recuerda quiénes fueron los padres, tíos y abuelos de Moshé y Aharón. Más adelante, al momento de fallecer, Moshé estuvo completamente solo: “y no supo persona alguna su lugar de sepultura hasta el día de hoy” (fin de Dvarim – Deuteronomio 34:6).
    Nuevamente, ¿por qué?
    La respuesta del Rav Hirsch es la misma: los seres humanos tienden a convertir las tumbas de sus seres apreciados en lugares de culto. Ya antes de morir, los israelitas querían evitar su deceso.
    “‘En la claridad de aquel día’ (Dvarim 32:48, Rash”í) – nos enseña que expresaron: quien nos extrajo de Egipto, nos partió el mar, nos alimentó con el Maná, nos brindó las aves (Slav) para comer su sabrosa carne, hizo surgir agua del manantial y nos enseñó la Torá – ¡no permitiremos que suba y fallezca! (mediante la fuerza de nuestros rezos – Sijot Musar)…”
    Si así fue la mentalidad y el apego del pueblo con su maestro Moshé antes de morir, ¿qué pasaría cuando falleciera?

    La postura de la Torá es, entonces, bastante clara. Los grandes de la Torá de todas las épocas fueron y son un ejemplo para aprender a conducirnos en nuestras vidas. El apego a ellos (uledavka bo = apégate a los Sabios de la Torá), es positivo en la medida que nos sirvan de modelo para imitar su esfuerzo por cumplir mejor la Torá. En ese sentido, es totalmente irrelevante si ocurrieron milagros evidentes en las vidas de los tzadikim, o no. Nosotros no nos postulamos como magos, pero sí debemos intentar ser buenos seres humanos.

    Al margen de todo lo que dijimos y volviendo a la persona de Moshé, no debemos olvidar las palabras del Ramba”m, quien nos recuerda que, aunque no nos toque nunca ese rol, “todos podemos ser santos como Moshé”.

    El Talmud busca un indicio de Moshé en la Torá (fuera de donde expresamente está mencionado) y lo encuentra en “Beshagam hu basar” (= pues aun él es carne – en referencia a la fracasada generación del diluvio). La libertad (y la oportunidad) de ser santos como Moshé se extiende hasta a la población corrupta del diluvio.

    Hablar de Moshé es hablar, entonces, de nuestro propio potencial y el de todo ser humano, aun si no necesariamente en la capacidad intelectual o de liderazgo, sí, sin embargo, en la posibilidad infinita de grandeza moral.

    MISIÓN DIFÍCIL, PERO NO “IMPOSIBLE”

    La etapa de la historia judía que más nos marcó para todo el futuro, fue la época en la cual fuimos esclavizados en Egipto.
    Todos los años rememoramos la salida de Egipto con una celebración – Pesaj – colmada de leyes que la transforma en un hito fundamental en el calendario anual hebreo.

    Si tantas veces nos recuerda la Torá que no olvidemos nuestra pasada condición de esclavos, es para que esta marca no se borre de nuestra memoria y que, por siempre, seamos sensibles al dolor ajeno y a las injusticias que surgen a partir del adueñarse unos, las vidas de los demás y del aprovechamiento del más débil a manos de los más poderosos (Irmiahu 34:15).

    De los 210 años que nuestros abuelos vivieron en Egipto, los primeros 71 Iosef vivía (si bien D”s vaticinó a Avraham que el exilio duraría 400 años, este cómputo comienza mucho antes – a partir del nacimiento de Itzjak). Los hermanos le sobrevivieron aproximadamente dos décadas, luego de lo cual la situación de los hebreos fue empeorando paulatinamente. Cuando nació Miriam, la persecución llegó al máximo, y así prosiguió por más de ochenta terribles años.

    En aquellas circunstancias había crecido Moshé en el palacio del Faraón.
    Al haber sido delatado, Moshé debió escapar a Midián, para huir del Faraón, que lo quería matar. En Midián encontró refugio y contrajo matrimonio con Tziporá, la hija del sacerdote de Midián, Itró, de la que tuvo dos hijos.
    Moshé cuidaba el rebaño de Itró y llegó con las ovejas hasta el Monte Jorev. Allí es donde D”s se le apareció en forma de una zarza (arbusto) ardiente.
    Comienza su misión
    ¿Por qué precisamente en aquel momento?
    “Y aconteció que en el lapso de aquellos muchos días murió el rey de Egipto; y los hijos de Israel gimieron debido a la servidumbre extrema y clamaron; y su clamor subió hasta D”s desde la servidumbre” (Shmot 2:23).

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l explica que mientras vivía el anterior rey de Egipto, los judíos estaban esperanzados que con su muerte se anularían los terribles decretos. Sin embargo, cuando murió y los decretos no caducaron, se percataron que no habría otra salvación sin la intervención Di-vina.

    Moshé se detuvo para observar el extrañísimo cuadro: la zarza no se consumía.
    ¿Qué significaba la zarza?

    El hecho de que D”s se presente a Moshé en forma de arbusto, demuestra, no solamente Su humildad, sino también que está Presente con nosotros en nuestro sufrimiento – aunque parezca estar oculto, y no podamos sentir Su protección.

    Y que el arbusto que vio Moshé ardiera incesantemente (y no se consuma), simboliza que la Torá arde siempre y no permite que el pueblo pierda su identidad a pesar de circunstancias difíciles como las que atravesaron en Egipto (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    D”s encomendó a Moshé presentarse al pueblo de Israel y anunciar la próxima redención. También lo comisionó para exigir al Faraón la autorización para su salida.
    Moshé tenía varias dudas acerca de la tarea que se le asignaba.
    ¿Era él, moralmente el indicado?; ¿no sería su tartamudeo un impedimento para convencer al Faraón?
    ¿Y cómo lo tomaría su hermano – mayor – Aharón?
    ¿Tenían los hebreos los méritos necesarios para ser redimidos?

    Después que D”s insistiera a Moshé que él era la persona adecuada para enfrentar al Faraón y pedir la salida de los hebreos, le dio señales que él habría de mostrar delante del pueblo, si es que ellos dudaran de la veracidad de su mensaje. Moshé efectivamente creía que la gente sospecharía que él se había auto-nominado.

    Primero D”s le ordenó arrojar su bastón al piso. El bastón se convirtió en una serpiente. Luego le mandó recogerla, y se volvió nuevamente bastón en su mano.
    Recordemos que la serpiente, ya desde la época de Adam, simboliza a quien recela e injuria, y en este contexto fue un reclamo a Moshé por haber dudado de la fe del pueblo.

    Seguidamente, la segunda señal consistió en introducir la mano en su falda, provocando así que esta se volviera leprosa. Al volver a meterla en aquel sitio y sacarla, la mano retornó a su estado sano inicial.
    Según los Sabios, el castigo de aquel que habla maledicencia es la lepra. D”s le estaba reclamando a Moshé: “¡¿Por qué sospechas de Mis hijos (los hebreos)?!”

    Luego D”s le indicó que, ya en Egipto, recogiera agua del Río Nilo, y al echarla al suelo, ésta se convertiría en sangre.

    Moshé se despidió de Itró encaminándose a cumplir su mandato.
    Y realmente, una vez que Moshé habló al pueblo, éste de inmediato le creyó, agradeciendo que finalmente sería redimido.
    Consecutivamente, Moshé debía dirigirse al Faraón con la orden de D”s solicitando permita al pueblo ausentarse durante tres días para servirLe con ceremonias religiosas.
    Moshé debía ir escoltado por los setenta líderes del pueblo. Sin embargo, al acercarse al palacio, los dirigentes se atemorizaron. Temían al soberbio y cruel Faraón. Solo Moshé y su hermano Aharón tuvieron la osadía de entrar y presentarse ante el trono del rey.
    Frente al Faraón
    Sin embargo, el Faraón se burló de lo que oía y enfurecido se rehusó a la solicitud de Moshé. No solamente se negó, sino que también ordenó a los capataces dejar de proveer a los hebreos los materiales necesarios para cumplir con las tareas. La cuota de trabajo – que ya era difícil de cumplir – debía mantenerse completa, pero desde ese momento ellos deberían conseguirse su propia materia prima para la construcción.

    Los subalternos de los capataces egipcios eran encargados hebreos que debían dirigir y hacer cumplimentar los cupos de sus hermanos. Puesto que sus subordinados no podían cumplir con su trabajo, los encargados hebreos – que se negaban a hacer sufrir aun más a sus correligionarios- solicitaron una audiencia al Faraón pidiendo que se retracte de su nuevo decreto.
    Fue entonces cuando el Faraón respondió con más sadismo aun “Esta gente es vaga y haragana” –– por eso piden: ‘queremos servir a Nuestro D”s’”.

    Al salir angustiados del palacio del Faraón, se encontraron con Moshé y Aharón: “D”s verá lo que Uds. nos han ocasionado. ¡Dada vuestra intervención, el Faraón ahora ve justificado su maltrato hacia nosotros, pues nos considera revoltosos…!” – expusieron.
    Increíblemente, la misión de Moshé había provocado aun más dolor a sus hermanos.
    Desilusión inicial
    ¡Qué fracaso! – esto era algo que Moshé no podía tolerar – “¡¿Por qué me has enviado a mí?!” – reclamó ante D”s – “sin duda yo no soy la persona adecuada para esta misión. No solamente no los salvé, sino que empeoré sus condiciones”.
    “Ya verás” – respondió D”s – “recién ahora comenzaré a aplicar Mi Mano dura sobre el Faraón – y recién entonces los dejará ir de su tierra”.

    ¿Por qué, efectivamente, D”s causó el empeoramiento inicial de la situación de los hebreos a través de la gestión de Moshé?
    D”s quería que hasta el propio Moshé sintiera la frustración y se diera cuenta de la “imposibilidad” de lograr un cambio en el Faraón – por vía de la razón y la persuasión. Recién cuando hasta el propio Moshé reclamara desengañado a D”s por su fiasco, comenzaría la salvación de D”s, que demostraría ser totalmente sobrenatural (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).

    Entonces, D”s volvió a hablar a Moshé: “¡¿adónde están los patriarcas?! – ellos no vieron los milagros manifiestos que tú verás, y, sin embargo, confiaron en Mí en forma absoluta, y a pesar de que lo que Yo les prometí no lo vieron materializado durante su vida, perseveraron en su fe sin queja alguna….
    El Faraón se cree dios y dueño de Egipto. Jamás consentirá la partida de los hebreos por buena voluntad, pues eso demostraría que hay Quien domina sobre él…
    Regresa nuevamente al Faraón, pues su corazón será duro y no accederá a permitir el éxodo de los hebreos, hasta que Yo haya demostrado manifiestamente que solo Yo impero sobre la tierra”.

    Las plagas de Egipto
    LAS PLAGAS DE EGIPTO
    Nuevo intento y cuestiones teológicas
    Moshé fue advirtiendo al Faraón que D”s le ordenaba autorizar la salida de los hebreos so pena de sufrir una plaga, y cada vez el rey se resistía nuevamente a cumplir la orden. Cuando padecía la plaga, tal como había anunciado Moshé, el Faraón lo convocaba, reconociendo su error y le pedía que rece para acabar con los estragos. Y siempre el Faraón prometía que, una vez transcurrida la calamidad, dejaría que el pueblo se fuera inmediatamente de Egipto.

    Pero cada vez sucedía lo mismo: Moshé rezaba con fervor por los egipcios, y luego el Faraón se retractaba de su promesa.
    Este esquema se repitió continuamente durante las diez plagas.
    Moshé no era ingenuo. Cuando la Torá menciona que Moshé imploraba, esto es porque sentía dolor genuino por los egipcios. ¿Cuántas veces aceptaría las promesas falsas del Faraón?

    La respuesta a esta incógnita reside en el hecho de que Moshé se subordinaba totalmente a la Voluntad de D”s, aun cuando no dejaba de ejercer su propio deber de reparar en el dolor del prójimo.
    Endurecimiento del corazón
    Esto, sin embargo, no responde otro problema teológicamente espinoso:
    El libre albedrío es un eje central en la cosmovisión de la Torá. Si no fuera porque somos libres de decidir actuar – o abstenernos de hacerlo – según nuestro deber, no podríamos ser premiados o castigados por nuestras acciones.
    A pesar de ello, leemos que si bien en las primeras plagas “el Faraón ensañó su corazón”, a partir de la sexta disciplina, “D”s endureció el corazón del Faraón”, de lo cual se desprende que el Faraón ya no estaba en pleno dominio de su arbitrio. ¿Cómo podría, entonces, ser castigado?

    Los Sabios responden a esta pregunta con distintas formas de pensar.
    Ramba”m dice que la quita de elección que sufrió el Faraón fue el resultado de sus propias actitudes previas, en las que aún gozaba de plena libertad de decisión. O sea: el castigo al Faraón fue precisamente que se endurezca su corazón (Iesodei haTorá, Hil. Teshuvá 6:3).

    Rash”í, en cambio, responde según el Midrash: en las últimas plagas, como consecuencia del accionar previo del Faraón, D”s robusteció su corazón brindándole fuerza adicional para que pueda tolerar el dolor que las plagas provocaban, manteniendo su actitud desafiante y sin necesidad de doblegarse ante D”s.
    Podemos apoyar esta opinión, con ciertos detalles que narra la Torá respecto a los estragos provocados por el granizo sin igual que cayó sobre Egipto:
    “el lino y la cebada se quebraron pues la cebada estaba en flor y el lino en su tallo; pero el trigo y la espelta no se quebraron, ya que eran tardíos” (y estaban aún pequeños – Shmot 9:31, 32). El hecho de que la Torá recalque este punto, es para darnos a entender que después de cada plaga el Faraón conservaba la impresión de que “no todo está perdido”, y “aún se puede sobrevivir”, facultándole a permanecer en su actitud de desdén (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    El sufrimiento de los egipcios
    Otra pregunta clásica:
    ¿Por qué fueron castigados los egipcios, si ya estaba determinado proféticamente con tanta antelación que los israelitas serían “esclavizados y afligidos”?
    Existen dos famosas respuestas al respecto: Ramba”m (Maimónides) sostiene que dado que la profecía concedida a Avraham no indicaba quién sería el verdugo que la llevaría a cabo, los egipcios no eran los responsables de ejecutarla. Cuando torturaron a Israel, los egipcios lo hicieron por maldad y sadismo propio y no con el objetivo de llevar a cabo la orden de D”s.
    Por otro lado, Ramba”n (Najmánides – Bereshit 15:14) sostiene que la razón por la cual los egipcios recibieron su castigo fue que ellos se excedieron en lo que D”s había anunciado a Avraham: más allá de discriminar, esclavizar y torturar, ellos persiguieron y asesinaron también a los niños.
    El orden de las plagas
    Rav Sh.R. Hirsch sz”l explica que hubo tres categorías de plagas que responden a la actitud maligna de los egipcios.
    El versículo en el que D”s vaticina a Avraham sobre el sufrimiento del exilio en Egipto reza del siguiente modo: “Saber, sabrás que tu simiente será extranjera en tierra no suya, y la esclavizarán y la afligirán…” Esto significa que el perjuicio de los egipcios en contra de los israelitas se desdobló en tres órdenes:
    1. Hacerlos sentir extranjeros (discriminación)
    2. Esclavizarlos (despojarlos de todo lo propio)
    3. Afligirlos (herirlos físicamente con tormentos)
    Las plagas que sufrieron los egipcios no fueron simplemente un castigo para que sufran, sino que constituían una lección para que comprendan en qué habían fallado. Esto concuerda con el principio, por el cual las sanciones de D”s son “Midá KeNegued Midá”, es decir un medio para que la persona reflexione y encuentre exactamente cuál es su error para modificarlo.

    Si dividimos las plagas en tres partes – tal como lo hizo Rabí Iehudá en la Hagadá, encontraremos que en cada uno de los grupos de tres plagas, la primera de ellas responde al flagelo egipcio de discriminar al extranjero, por no ser nativo de su país.

    A continuación – entre paréntesis, el número de plaga – expondremos lo dicho:
    D”s hizo modificar el clima y la naturaleza locales, para que los propios egipcios se sientan “extranjeros”: (1) convirtió el Río Nilo en sangre, (4) trasladó animales salvajes foráneos a su país e (7) hizo precipitar un granizo de cuyo género jamás se había conocido en Egipto.

    A su vez, D”s hizo ver a los egipcios que aquello que ellos creían “su propiedad”, podía ser cuestionado – del mismo modo en que ellos quitaron las propiedades y la libertad de los israelitas: (2) los sapos invadieron su propiedad, (5) sus animales se murieron, y (8) las langostas comieron cuanto alimento había brotado en sus vegetales.

    Por último, D”s causó a los egipcios aflicciones del mismo modo en que ellos habían oprimido a los israelitas: (3) fueron atacados por piojos, (6) sufrieron las úlceras en sus cuerpos, y (9) debieron estar inmovilizados por la oscuridad durante tres días (según el Midrash, la plaga de la oscuridad duró un total de seis días, con distintos matices de gravedad).

    Pero no solamente fueron las plagas una lección para los egipcios. Una moraleja principalísima también para nosotros, que leemos la Torá año tras año.
    Así lo explica el Ramba”n (Shmot 13:9):
    “Y cuando D”s elige una comunidad o un individuo y realiza para ellos un milagro que modifica el curso habitual y la naturaleza del mundo, se demuestra públicamente la anulación de todas estas opiniones, pues la maravilla expone que este mundo tiene un D”s que lo creó de la nada, Lo controla y ejerce todo el poder”.
    “Y cuando aquel milagro y aquella maravilla está vaticinada [previamente] por un profeta, se aclara aun más la veracidad de la profecía y el hecho de que D”s comunica [lo que determina] a los seres humanos, y expone Sus secretos a sus siervos – los profetas. Se confirma de este modo toda la Torá completa”.
    Algunas enseñanzas morales a partir de las plagas
    En distintos aspectos sobre lo que se nos enseña respecto a lo sucedido durante las plagas, los maestros del Musar, nos hacen ver conceptos relacionados con la conducta humana – incluso la nuestra actual, y para todos los tiempos.

    Una de las demostraciones más contundentes, por la que aprendemos que el agradecimiento que espera la Torá de cada uno de nosotros no se limita a pronunciar la palabra “gracias”, sino que está relacionado con un esmero moral interno, se encuentra en el hecho de que Moshé delegó en Aharón la tarea que le encomendó D”s de traer las primeras tres plagas de Egipto (sangre, ranas y piojos).
    Los Sabios entienden que la razón de esta delegación de misión, radica en que Moshé se había salvado del decreto del Faraón de arrojar a los niños al agua (la que luego se convertiría en sangre y de la cual saldrían las ranas) y que el polvo (que luego produciría los piojos) le había permitido ocultar al egipcio cruel al que había matado en cierta oportunidad al defender a un inocente judío.
    En realidad, siendo inertes, ni el agua ni la tierra sienten que les están agradeciendo, pero por parte de Moshé, sería “desagradecido” convertirlos en epidemia.

    La plaga de los sapos sucedió, según el Midrash, de un modo muy particular: inicialmente un solo sapo que salió del Nilo atacó a los egipcios, pero cuando le golpearon para eliminarlo, se multiplicó en dos. Y así continuó siendo con sus “sucesores”: cada golpe lograba multiplicar la cantidad de sapos indefinidamente.

    Pregunta obvia: si los egipcios observaban esta particularidad – ¡¿por qué seguirían pegando a los sapos?!
    La respuesta: los egipcios estaban enfurecidos con la situación, y cuando la persona se encoleriza, pierde todo control de la razón y la lógica… (Rav Frand en nombre del Steipler Gaon sz”l).

    El Faraón mandó llamar a Moshé y le imploró que rezara para quitarle la terrible calamidad. Moshé aceptó rezar por él: “¿Para cuándo quiere Ud. que se mueran los sapos?” – preguntó.
    “¡Para mañana!” – respondió el rey.
    Obviamente, uno se extraña: si tan molesto estaba el Faraón – ¡¿por qué demoraría la terminación de la plaga hasta el día siguiente?!
    El Faraón insistía en su tesitura que Moshé poseía poderes mágicos y de brujería, por los que sabía que los sapos morirían en el momento, por lo tanto quería poner esto de manifiesto, al desaparecer el flagelo antes de la hora prevista por Moshé…

    Quizás entendamos también la pregunta elemental:
    ¿Por qué el Faraón no intentó matar a Moshé cuando amenazaba con hacer las plagas, tal como trató de matarlo antes que él escapara a Midián?
    La puja entre Moshé y el Faraón no era política. Las palabras que Moshé decía en nombre de D”s, se oponían a todo lo que el Faraón pretendía representar: ser él mismo dios (Rav Elya Meir Bloch sz”l).

    Paulatinamente, aun los hechiceros del Faraón reconocieron que no se trataba de fuerzas mágicas superiores, pues ellos no podían “competir” con Moshé – pero el Faraón se tornó aun más terco.

    Se produjo la invasión de animales salvajes.
    El Faraón ofreció que los hebreos lleven a cabo la ceremonia religiosa en honor a D”s solicitada – pero dentro de Egipto.
    “No es correcto que lo hagamos aquí. ¡¿Acaso verían los egipcios cómo ofrendamos sus deidades sin apedrearnos?!” – respondió Moshé.
    ¿Moshé efectivamente temía que esto sucediera?; ¿y tenía el tupé de decírselo abiertamente al Faraón?
    Moshé no creía que eso sucediera, pero sí que los egipcios – ya humillados por las plagas anteriores desearan hacerlo aun si no lo llevaran a cabo. Por lo tanto, se expresó diciendo “no es correcto”, no podemos burlar a los ciudadanos egipcios con esta conducta (Rav Avraham Pam sz”l).

    Llegó el anuncio de la desolación que provocaría el granizo. En este caso, la advertencia permitía a los egipcios un modo de salvarse de la inminente penuria: albergar a los esclavos y a los animales bajo techo.
    Los temerosos de la palabra de D”s, ampararon a los suyos según las indicaciones de Moshé. Y “quienes no prestaron atención a la palabra de D”s”, abandonaron su hacienda afuera – permitiendo que se muera.

    ¿De dónde los egipcios tenían, acaso, animales?; ¿no habían muerto ya en la peste (que ocurrió antes que el granizo)? – pregunta Rash”í. Sin embargo, dado que la peste solamente sobrevino a “los animales que estaban en el campo”, algunos egipcios habían guardado sus bestias en los establos cubiertos.
    ¡¿No es absurdo – entonces – que ante la expresa advertencia del granizo, en la que se aconsejaba proteger a los animales para que no sufrieran, no los guardaran bajo techo?!
    Sin embargo, así es la naturaleza humana: resiste órdenes y coerción – aun cuando se sepa que obedecer esas disposiciones es absolutamente beneficioso para uno (Rav Frand en nombre de Elya Meir Bloch sz”l).

    La forma de identificar a quienes no respetaron el anuncio de Moshé como “quienes no prestaron atención”, es la fuente de la descripción de aquella persona que carece de “Irat Shamaim”.
    Aun cuando la realidad es palpable, aquel que no reconoce y respeta a D”s, actuará con superficialidad (falta de atención) para eludir la responsabilidad inherente a la lógica de la evidencia (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l).

    Antes de la última plaga – la muerte de los primogénitos – los egipcios sufrieron tres jornadas de oscuridad (más otras tres en la que la tiniebla los inmovilizó).
    En Tehilim (105:28) se menciona en este contexto que “no se rebelaron contra Su palabra”. ¿A qué se refiere?
    No tocar
    Uno de los milagros más evidentes, ocurrió el día previo al que los hebreos abandonaron Egipto.
    ¡D”s dio la orden que pidan de los egipcios objetos de oro y plata!…
    ¡La reacción de los egipcios fue sorprendente! Colmaron a los hebreos con joyas – aun las que no pedían – como si fueran los mejores amigos.
    Después de dos siglos de antipatía, desprecio y odio… de repente un despliegue de estima, apego y cariño.
    Previamente los hebreos “no se rebelaron contra Su palabra”: habían respetado la orden de no tocar nada de sus opresores durante la plaga de la oscuridad (en la que ellos sí podían ver y registrar lo que quisieran). Esto sirvió para poner de manifiesto el gran milagro de que HaShem es Quien determina que una persona caiga en gracia delante de otra.

    A pesar de todas las plagas que iba sufriendo, el Faraón permaneció – y hasta recrudeció – en su obstinación. Por un lado, fingía estar cediendo (“vayan por favor los hombres, los prestigiosos”), y al momento siguiente “los echó (a Moshé y Aharón) de delante del Faraón”, con sarcasmo e ironía (Rav Shimón Schwab sz”l).
    “Aproximadamente”
    Llegó, pues, el momento de advertir al Faraón sobre la plaga que se convertiría en el “golpe de gracia”: la eliminación de los primogénitos. ¿Cuándo sería?
    “Cerca de medianoche” – informó Moshé (Shmot 11:4).

    En realidad, el castigo fue puntualmente a medianoche. ¿Por qué, entonces, el “cerca de”, anunciado por Moshé?
    Pues Moshé temía que los hechiceros del Faraón erraran en su cálculo de “medianoche”, cuando según su cuenta viciada de humano error no se produjera el castigo, dirían con burla que “Moshé miente”, lo cual llevaría a una profanación del Nombre de D”s – aunque fuese por unos infinitesimales instantes….
    Esto se debía evitar.

    Los hebreos estaban celebrando el Pesaj. Sin temor por lo que los egipcios dijeran o hicieran, se circuncidaron todos los varones, tomaron un cordero por familia con cuatro días de anticipación, y lo ofrendaron públicamente.
    Mientras, aquella noche ominosa, el Faraón se acostó a dormir (lo cual significa que mantuvo su postura testaruda de negación) (Rebbe de Kotzk).
    D”s castigó a los egipcios en el golpe final, y al día siguiente los hijos de Avraham, Itzjak y Ia’acov, fueron un pueblo libre.

    El cruce del mar rojo
    EL CRUCE DEL MAR
    Egipto estaba literalmente arruinado. Un visitante que no conociera la historia reciente de la región, no podría adivinar qué es lo que había sucedido.
    ¿Había sido un aluvión?; ¿un terrible terremoto?; ¿una guerra?; ¿todo junto?

    Por las calles la gente transitaba cabizbaja, como si estuviesen todos de duelo por algún familiar.
    Sus orejas y narices tenían los rastros de las perforaciones por las joyas que solían ostentar, y que ya no poseían.
    En los comercios de alimentos, se formaban largas filas para conseguir algo para comer, y la gente del campo acudía a la ciudad para obtener comida, pues sus árboles estaban totalmente “rasurados”. Pareciera ser que una plaga de langostas había comido hasta la última hoja verde.
    El río que cruzaba el territorio, que antiguamente había sido la fuente de vida y riego, se parecía más a un Riachuelo maloliente con pescados muertos y ni siquiera la Ministra de Medioambiente se animaba a prometer que algún día se iba a bañar en él.
    El olor pestilente provenía también de montículos de sapos muertos que se veían por doquier. Los vidrios de las casas se habían roto por un horroroso granizo.
    La propia gente mostraba un aspecto singular. Todos tenían cicatrices de picaduras de piojos… ¿o eran los vestigios de una sarna?; ¿o acaso la suma de los dos?
    No se podía diferenciar bien.

    Muchos tenían incluso mordeduras de animales feroces provenientes del desierto.
    Otros tenían dificultad en caminar. Parecían acalambrados por haber estado inmóviles durante varios días.
    El aspecto general era calamitoso – ¡Impresionante!

    Uno de los elementos más extraños, eran algunos de los barrios “fantasmas”. Era la zona de Goshen, donde las casas estaban vacías. Se notaba que los pobladores se habían ausentado apurados. En las jambas de las puertas se observaba manchas de sangre y adentro de las casas, los restos del último asado que habían estado comiendo las familias.
    ¡¿Adónde se habían esfumado todos?!

    Algunos periodistas que conocían el país cómo había sido antes y habían venido a cubrir los macabros acontecimientos de la última época, no podían creer lo que veían.
    ¡¿Cómo había caído la superpotencia que lideraba el primer mundo?!
    ¿Cuántos años demoraría en recuperarse?; ¿habría un golpe de estado para destituir al rey terco que gobernaba el país?
    Ya se había rumoreado que los siervos del rey le habían advertido de la grave situación que atravesaba el campo y que el monarca obstinado había hecho caso omiso a todas las exhortaciones.

    En algunas plazas públicas, uno podía divisar los carteles que se habían escrito en apuros: “¡Judíos: Go home!” – “¡Si quieren, llévense las pirámides, pero váyanse!”, incluso: “¡Por favor, basta!”, “¡lucha, y se van!”.

    De pronto, se escucharon los altavoces y las trompetas que anunciaban que el rey Faraón dirigiría la palabra a la población por cadena nacional.
    ¿Iba a renunciar?; ¿iba a pedir perdón por el dolor que había causado?
    ¿Quizás iba a anunciar que permitiría el ingreso a los inspectores de la O.N.U.?
    Todos corrieron a escucharlo al balcón frente a la “pirámide rosada”.
    No se le notaba en absoluto la desesperación que él mismo había mostrado cuando lo vieron correr en pijamas (y sin corona) hacía apenas pocas noches, en búsqueda de Moshé, para rogarle que se vaya del país lo antes posible con todos los judíos, y que no volviera jamás.

    Totalmente repuesto y sin remordimiento manifiesto, dirigió la palabra al pueblo alzando ambos brazos: “¡Compañeros!” – exclamó – “hemos cometido un grave error al dejar escapar libres a los judíos. Se nos ha escurrido gran parte de nuestra mano de obra”.
    “¡Debemos recuperarla! – Se han llevado todos nuestros tesoros que supimos conseguir. Vamos a buscarlos al desierto adonde han huido.
    Yo iré al frente de las tropas. No tengo miedo ni a los judíos, ni a su D”s. Síganme. No los voy a defraudar. Recuperaremos el honor, la dignidad y la soberanía nacional. Compartiré todo el botín con Uds. Todos, sin importar de qué provincia provengan, tendrán su jubilación de privilegio”.
    El rey siguió su discurso ante el nutrido público.
    “¡Vengan a ver!” – exclamó – “yo mismo ensillaré la montura de mi caballo.”

    Los corresponsales no lo podían creer…
    ¿Estaba borracho?; ¿qué haría ahora la gente?; ¡Seguramente, lo iría a abuchear!

    Sin embargo, ¡no sucedió nada de esto!
    ¡Al contrario, la gente lo aplaudió!: “¡Viva! ¡Viva el Faraón!” – exclamaron al unísono – “vamos todos a seguirlo. Pueblo egipcio: ¡uníos!”
    Los periodistas quisieron hacer alguna nota para el noticiero de la noche, pero todos estaban tan entusiasmados con la idea de salir a guerrear contra los hebreos recién emancipados, que nadie les prestó atención.

    Leemos esta historia año tras año, y nos deja perplejos:
    ¿Cómo se entiende semejante locura?
    ¿Cómo se puede explicar que el Faraón y los egipcios, luego de la espeluznante capitulación apenas días antes, a raíz de las plagas cuyos vestigios aún se notaban en el Nilo, en los campos y árboles escuálidos, en sus tesoros desvalijados, y aun en sus propios cuerpos lastimados por mordeduras, sarna y piojos, y luego de haberle rogado a los judíos que se vayan – y terminar echándolos, los persigan al desierto para intentar recuperarlos y obligarlos a retornar?
    ¿Creían realmente que podrían vencerlos?

    Ir a Israel o escaparse de Egipto
    La Torá nos da ciertos indicios que nos pueden ayudar. Nos dice que el Faraón vio que “el pueblo escapó” (Shmot 14:5).
    ¿Qué significa esto? En realidad, los egipcios habían pedido y suplicado que se fueran.
    A su vez, Moshé había aclarado en numerosas oportunidades, que el objetivo era alcanzar la Tierra de Israel y establecerse allí como una nación santa que obedece la Ley Di-vina. Sin embargo, al Faraón le pareció que en realidad la partida había sido una huída y, por lo tanto, decidió apresarlos y traerlos para esclavizarlos nuevamente.
    ¿Qué diferencia hay si estaban encaminados hacia un objetivo o si huían?

    La diferencia entre quien va hacia un lugar y quien se fuga del sitio en el que se encontraba, es que el primero tiene un objetivo – sencillo o complejo – que intenta alcanzar. Teniendo ese fin ante sus ojos, aunque se presentaran obstáculos en el camino, procurará sopesar y analizar todas las posibilidades para franquear los problemas y llegar a cumplir su anhelo.
    Pero, quien se escapa de situaciones difíciles o incómodas, y no tiene metas claras que le guíen el rumbo, al encontrarse con dificultades mayores, optará por volver a lo “malo y conocido” con lo cual pudo vivir hasta el momento. Esto sucede en muchos órdenes de la vida.
    El Faraón especuló con esta posibilidad.
    “Seguramente” – pensó al entusiasmar a sus multitudes – “unos días en el calor del desierto van a hacer lo suyo y cuando vean el ejército egipcio en pleno, estarán contentos de poder volver y no prestarán más atención a Moshé”. (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l)
    El Faraón se equivocó… respecto a los judíos de su época. Pero no en su razonamiento…
    El cruce
    El itinerario por el que D”s condujo a los hebreos, no fue el más directo entre Egipto e Israel, pues por este trayecto habitaban los filisteos (descendientes de la mezcla de cretenses y egipcios), una nación guerrera que amedrentaría al pueblo de Israel recién emancipado.

    Apenas los hebreos se percataron de la presencia de sus ex-opresores que los perseguían, se estremecieron: el ejército egipcio era imponente y temible aun después de la catástrofe que habían sufrido. Además, venía acompañado por el populacho enardecido.

    La Torá describe la horda egipcia en singular aparentando ser “unida” (con un corazón, como un hombre” – Rash”í, Shmot 14:10).
    ¿Qué los unía? – Su odio hacia D”s y hacia Israel. Aun cuando habría diferencias propias de su sociedad materialista, su enemistad para con Israel mancomunaba su acción.

    Las diferentes categorías de judíos reaccionaron según había sido su conducta previa.
    La gente que ya había logrado una fe cierta, rezó a D”s. Quienes no eran firmes en su creencia, se volcaron con quejas inculpando a Moshé por la peripecia que estaban atravesando.
    Esta discrepancia suele ser constante: las personas manifiestan su reacción ante las emergencias según su actitud habitual hasta el momento….

    Los hebreos se parecían en aquel instante a una paloma que huye del halcón intentando ingresar en una pequeña grieta dentro de la roca, para percatarse que adentro la espera una serpiente…
    No puede entrar por el reptil – ni salir por el halcón. Desesperada gime y llora. D”s colocó a los hebreos en una situación en la que tendrían que clamar por Él: “mi paloma está en las rendijas de la roca… permíteme escuchar tu voz (la Tefilá), pues tu voz es dulce…” (Shir HaShirim 2:14, Rash”í).

    Entre los hebreos y los egipcios que los acorralaban, los separaba sólo la Nube Di-vina que los protegía de sus flechas, como una muralla.
    No parecía haber escapatoria. Su camino estaba cerrado, pues frente a ellos estaba el enorme Iam Suf (según ciertas opiniones, el Mar Rojo).
    Fue entonces que D”s indicó a Moshé que partiera el mar – utilizando el mismo bastón con el que antes había llevado a cabo las plagas de Egipto.
    Y así ocurrió: D”s causó un viento intenso de modo que el mar se partiera. En la oscuridad de la noche del séptimo día desde su partida de Egipto, comenzó la extraña travesía en medio de las aguas.
    Según el Midrash, el milagro recién sucedió cuando miembros de la tribu de Iehudá – o Biniamín – se arrojaron para atravesar el mar, aún antes que se partiera (Sotá 37., Midrash Rabá, Shmot 21:9).

    Los egipcios, a pesar de lo insólito de la situación – una clara y milagrosa señal de Asistencia Di-vina a los hebreos – ingresaron envalentonados e intrépidos detrás de los hebreos, a lo profundo del mar con sus carros de guerra y sus caballos, entre los murallones de agua petrificada que se cernían a ambos lados, (y, según el Midrash Tanjuma Beshalaj 10, como techo de un túnel).
    Justo cuando apuntaba el alba, los hebreos habían alcanzado la orilla opuesta (según algunas opiniones, volvieron a salir del mismo lado y viajaron en forma de U). D”s ordenó a Moshé volver a cerrar las aguas hacia su cauce normal – sobre el ejército egipcio que quedó atrapado dentro de las violentas olas.
    Ni un solo soldado egipcio sobrevivió, salvo- según ciertas opiniones – el Faraón, quien debía volver a Egipto para notificar públicamente las maravillas que había experimentado durante el cruce y el posterior desenlace catastrófico.
    La “cortina de humo”
    Por un lado, observamos que D”s incluyó un componente “natural” al hacer separar las aguas mediante un viento potente.
    Por otro lado, dicen los Sabios que los múltiples fenómenos que pudieron observar los hebreos (Midrash Tanjuma, Beshalaj 10) – aun las simples sirvientas (Mejilta Beshalaj 3) – frente y durante el paso por el Iam Suf, fueron superiores a las visiones proféticas que experimentó el mismísimo Iejezkel y el resto de los profetas.
    Esto último nos lleva a una pregunta: ¿cómo, entonces, no llegaron a superarse y crecer espiritualmente todos los presentes al nivel de Iejezkel?

    La respuesta radica en que los milagros no modifican por sí solos a las personas.
    El camuflaje de la maravilla detrás de un viento, es para que las personas alcancen el reconocimiento de la verdad mediante una labor espiritual propia.

    Solamente si aquel/la que advirtió la esplendidez Di-vina está dispuesto/a a permitir que aquel incidente modifique su pensamiento y actitud para siempre, se sentirá el efecto. De otro modo, permanecerá como el mismo individuo que había sido previamente (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l, 5732:39).

    Sin embargo, algunos hebreos seguían atemorizados. Al no advertir las huestes egipcias, sospecharon que habrían emergido del mar en otro sitio, y volverían sobre ellos (Psajim 118:).
    Los Sabios (basados en Tehilim 106:7, 13) consideran que los hebreos, en este episodio y en el que sigue en Mará, carecieron de suficiente fe. Habiendo vislumbrado todas las maravillas en Egipto, no debían sospechar ni un ápice que D”s los abandonaría.

    Fue por eso que D”s permitió que el mar hiciera flotar los cuerpos de las tropas egipcias ahogadas hacia la orilla en donde estaban los hebreos, y ellos pudieron alabar a D”s por su salvación definitiva con un cántico – los hombres con Moshé y las mujeres en otro sitio con su hermana Miriam – que recitamos diariamente en nuestra plegaria matutina de Shajarit: “Az Iashir”.

    El botín del que tomaron posesión los hebreos por los atavíos que llevaban los egipcios consigo a la guerra, fue incluso considerablemente mayor que las joyas obsequiadas a los hebreos previo a su partida días antes. Moshé debió obligarlos a continuar su viaje hacia el desierto, pues no acababan de hacerse del nuevo trofeo (Psikta Beshalaj).

    Asimismo, justo antes de salir de Egipto, mientras los hebreos habían estado recibiendo los presentes lujosos de los egipcios, Moshé cumplía con el compromiso heredado por todos los hermanos de Iosef: antes de fallecer, el Virrey que los había salvado, pidió que cuando llegara el momento, transportaran sus restos a la Tierra Prometida.

    Sobre Moshé dice pues el Talmud (Sotá 13.) que se aplica el pasaje (Mishlei 10:8) que “el Sabio ama las Mitzvot”. Para Moshé, el mandato de Iosef superaba la orden de D”s de recibir los donativos materiales de los egipcios…

    RUMBO A SINAÍ
    Mará y Eilim
    Viajaron tres días – sin agua, y arribaron a Mará. El agua en aquel paraje era salobre y amarga, y volvieron a protestar. Nuevamente, D”s los asistió con un milagro, señalando a Moshé una rama de árbol – amarga también – que debía arrojar a las aguas, las que milagrosamente se tornaron dulces y potables.
    El modo de expresarlo en el pasaje, es que no pudieron beber de las aguas porque “eran amargos” (aparentemente refiriéndose a los hebreos mismos).
    Cuando una persona siente amargura interna, suele proyectar ese sentimiento en gente u objetos ajenos a él… (Rav Menajem Mendel de Kotzk).
    La conducción Providencial se volvía más evidente, y allí también se recibieron los primeros preceptos.
    Al llegar a Eilim, sin embargo, sintieron como si todo estuviera preparado para ellos: doce fuentes de agua – una para cada tribu – los esperaban, y setenta datileras con fruta – al igual que los setenta Sabios que conducían y representaban al pueblo.

    Habían estado solamente un día en Mará, aquel sitio en el que se incomodaron por las aguas amargas, sin saber que de inmediato llegarían a Eilim, un sitio que ofrecía la comodidad que pedían, y en el que permanecerían 21 días.
    También nosotros, si tuviéramos en cuenta que un poco más adelante la situación puede mejorar radicalmente, no tendríamos una actitud negativa hacia el presente (Ibn Ezra citado en Rav Frand).
    El Man
    Cuando el 15 de Nisan salieron de Egipto, ni siquiera tuvieron tiempo de acopiar provisiones para el camino, pues fueron literalmente echados de Egipto a raíz de la plaga de la muerte de los primogénitos que había acaecido la noche anterior.
    Las Matzot que prepararon apresuradamente al salir, alcanzaron milagrosamente para un mes. Pasó este lapso de tiempo y allí estaban, en medio del desierto, y sin alimento.
    ¿Qué se hace? ¡El pueblo tiene hambre!
    No hay almacenes, ni shoppings, ni maxi-kioscos, ni supers en el desierto.

    El pueblo se quejó nuevamente a Moshé.
    ¿Tantas quejas?
    Aquel que siempre tuvo qué comer y nunca se fue a dormir con hambre, posiblemente pueda llegar a saber en teoría, lo que son los otros problemas de la vida, pero seguramente no podrá identificarse con el apremio que sintió la gente en ese terrible momento.
    D”s respondió inmediatamente a la necesidad de comida, pues nunca quiso – ni quiere – que los seres humanos o cualquier otra creación Suya suframos sin razón alguna.

    No obstante, convirtió la fuente de alimentación celestial del desierto en un elemento educativo que iba a trascender más allá de los años que el pueblo comió el Man (maná).
    El Man caía a la mañana temprano todos los días de la semana, salvo en Shabat.
    El viernes, por otra parte, caía una ración doble por persona, que les alcanzaría para cubrir las necesidades del Shabat para toda la familia.
    Cada cual juntaba el Man para su hogar a la mañana, y no variaba si traía mucho o poco a casa, pues al medirlo había exactamente un “omer” (la medida individual) de Man por persona.
    D”s provee a cada uno su sustento. El ser humano debe hacer su Hishtadlut (esmero adecuado) por procurarlo de modo lícito. Si la persona se esfuerza en demasía, esto de por si no le traerá más de lo que ya está asignado para él (por el Cielo).

    El Man debía ser consumido en el día, pues si alguien dejara restos de él para el día siguiente sin comerlo, este se pudría y llenaba de insectos.
    Hubo personas suspicaces – escasos de fe – que desconfiaron de la provisión de Man al día siguiente, e intentaron almacenar Man que, como había pronosticado Moshé, se pudrió (Midrash Rabá, Shmot 25). Aquellas mismas personas salieron a buscar Man en Shabat – a pesar de que ya se había anunciado que no caería aquel día – y poseían el que se había conservado de la porción doble del viernes. Obviamente, no encontraron Man.

    ¿El sabor?
    La Torá (Shmot 16:31) dice que el sabor del Man era como “tortillas fritas en miel”. El Talmud (Iomá 75.), sin embargo, nos cuenta que el sabor lo disponía el consumidor, según su deseo.
    ¿Y si uno no pensaba en un sabor en particular?; ¿qué sabor tendría entonces?
    “Si no se piensa ni reflexiona sobre lo que hace, pues entonces nada tiene ‘sabor’ – (sentido o significado)” – respondió el Jafetz Jaim.

    Según siguen explicando los Sabios, el Man era una comida singular: era asimilada totalmente por el cuerpo y no originaba desperdicios.
    Los atributos del Man permitieron a aquella generación dedicarse de lleno al estudio íntegro de la Torá. Al tener cubiertas todas sus necesidades físicas, no habría distracción alguna que desviara su atención. Es por eso que los Sabios enseñan que la Torá fue “otorgada a los consumidores del Man” (Midrash Tanjuma, Beshalaj 20).

    “¿Por qué caía el Man todos los días como ración diaria, en lugar de caer una vez para todo el año?” – pregunta el Talmud (Iomá 76.).
    Una de las respuestas radica en el hecho de que la necesidad de alimentar a la familia y lo perecedero del Man, provocaba una mayor adhesión y cercanía de los judíos con D”s (pues dependían de aquel alimento y debían rezar por él, día a día).

    Moshé ordenó a Aharón que tomara un frasco y lo llenara de Man “para la posteridad”, lo cual explica Rash”í, se refiere a la futura generación del profeta Irmiahu, quien amonestó al pueblo por su falta de dedicación al estudio de la Torá.
    Cuando la gente le respondió que el trabajo cotidiano les insumía todo el tiempo disponible, Irmiahu les reprendió señalando al Man guardado: “¡Miren Uds.! cuántos medios posee D”s para alimentarlos…”.
    Refidim
    Siguieron viaje y arribaron a Refidim.
    Nuevamente la falta de agua se tornó aguda.
    Y otra vez el pueblo protestó. Moshé sintió la presión de responder a su gente, a quien percibía agresiva.
    D”s indicó que se acerque a una roca próxima al Monte Sinaí (Jorev), y la golpeara con el bastón con el que había efectuado los milagros y las plagas de Egipto.

    El agua llegó, y la gente sació su sed, pero “bajaron las defensas” espirituales. El sitio donde esto ocurrió se denomina precisamente Refidim, pues (en acróstico) esto simboliza “que aflojaron sus manos de la Torá” (Sanhedrin 106.).
    En Refidim (que luego denominaron “Masá uMerivá”), el pueblo había exigido agua de una manera inapropiada, cuestionando si D”s realmente los estaba protegiendo, o no.
    “Dijo D”s: ‘Si ustedes Me están fiscalizando, vendrá el malvado y los examinará’”.

    Los Sabios enseñan también que la aparición repentina de Amalek fue el resultado de la debilidad espiritual de Israel: “Si (el pueblo de Israel) hubiera observado en la forma prescripta por HaShem aquel primer Shabat, no habría nación que los pudiera doblegar” (Shabat 118:).
    Como veremos, la respuesta a esta liviana desidia no se hizo esperar.
    Amalek
    De inmediato, “vino Amalek” (Midrash Rabá, Shmot 26:2). Estando en Refidim, se desató una nueva amenaza: el pueblo de Amalek no residía por la ruta que transitaba el pueblo recién liberado, por lo que no deberían tener temor a ser agredidos – sino que vino desde otras comarcas expresamente para combatir.

    En realidad la batalla fue contra D”s (en Midrash Rabá, Bamidbar 13:5, se describe cómo eso se manifestaba en sus acciones bélicas), y los judíos representaban “la cara visible” de lo que D”s aspira para los seres humanos.
    Así le había legado su abuelo Eisav (Midrash Rabá, Bamidbar 15:18) ¿Acaso no lo había bendecido el abuelo que “al jarbejá tijié – que se regiría por la espada”?

    Amalek no podía tolerar que D”s hubiera elegido a una sola nación para transmitirle la Torá, y que los hebreos entraran a las pocas semanas en su convenio con D”s al declarar ante el Monte Sinaí su predisposición a aceptar incondicionalmente toda la Torá. Todo esto iba en contra de la tradición de Amalek, para quien este mundo sería regido siempre por la ley del más fuerte y que las especies de sub-humanos o más débiles desaparecerían como en su teoría ocurría en el resto del mundo animal por selección natural.

    Menos aun podían resignarse a que las demás naciones mostraran la reverencia que estaban manifestando a este pueblo, por quien D”s había partido el Mar Rojo y hecho añicos la orgullosa potencia de la época que era el Egipto de los Faraones.

    La embestida de Amalek fue contra aquellos que sabía eran más débiles en términos espirituales (por sus faltas en el cumplimiento de los preceptos) (Sifrí Ki Tetzé 296).
    Entendía que por aquel flanco tenía más posibilidades de éxito.

    Moshé ordenó a Iehoshúa alistar los hombres más idóneos y salir a luchar. Mientras tanto, Moshé subió junto a su hermano Aharón y su sobrino Jur a la cima de la montaña a rezar, y desde donde se veía el campo de batalla.
    Cuando Moshé alzaba sus manos Israel dominaba a Amalek, mientras que si las dejaba de levantar, aventajaba Amalek.

    Los Sabios preguntan (Rosh haShaná 29.): ¡¿acaso las manos de Moshé despliegan la guerra o causan derrotas?!; ¿cuál es, entonces, el significado de estos gestos?
    Efectivamente – responden – las manos de Moshé no provocaban cambios en el balance militar. Pero sí permitían a los judíos observar a su líder inmerso en la Tefilá, lo cual los motivaba a “mirar hacia Arriba” y profundizar su fe en el Todopoderoso.

    Amalek, asesorado por el malvado profeta Bil’am (Midrash Rabá, Esther 7), sabía que podría perder la batalla, pero su interés y propósito al salir al cruce de Israel, era desmejorar la Imagen Di-vina ante el resto de los pueblos; enfriar el apego de los hebreos para con D”s, y así impedir que desearan aceptar la Torá – por lo que estaba dispuesto a perder la batalla militar – si lograba ese fin…

    D”s ordenó a Moshé (Shmot 18:14-16) dejar asentado para la posteridad que Él borraría a Amalek… pues es “la guerra de D”s a Amalek de generación en generación”.

    Recién después de abandonar Refidim, el pueblo de Israel llegó al nivel de aptitud para merecer escuchar la Voz Di-vina en el Monte Sinaí.

    El pacto que cambio el mundo-Los diez mandamientos
    EL PACTO QUE CAMBIÓ EL MUNDO

    Luego de haber superado el cobarde ataque de Amalek, el pueblo de Israel siguió su travesía por el Desierto de Sin, acercándose al Monte Sinaí.
    Allí arribaron al mes y medio de haber salido de Egipto.
    Atrás habían quedado las rencillas que los separaban y los cuestionamientos que habían efectuado a Moshé.
    El sitio y el momento
    El hecho de que la Torá la recibieran en el desierto, no es un detalle menor: el desierto – yermo y desolado – simboliza la adhesión incondicional a la Torá. Del mismo modo que las dunas áridas no presuponen reservas o cláusulas que impongan restricciones, así también el pueblo de Israel no antepuso limitaciones en su aceptación a la propuesta de D”s.
    Así también en el futuro, todo judío debe aceptar las determinaciones de D”s sin interponer condicionamientos a Sus exigencias.

    A Sinaí llegó un pueblo unido, que en muy poco tiempo había logrado abandonar las actitudes que habían asimilado de los egipcios.

    La elección del Monte Sinaí, a diferencia de otras montañas más ostentosas, también deja una lección para el pueblo.
    D”s reposa Su Majestad (y Su modelo perfecto de modestia) sobre los humildes y sencillos (Sotá 5.; Midrash Rabá, Bamidbar 13:4). Las otras cumbres – ciertamente portentosas – aparte de simbolizar pompa y jactancia, también eran defectuosas (Meguilá 29.) pues habían sido sede u objeto de idolatría (Midrash Rabá, Bereshit 99:1).

    Aquel día, D”s convocó a Moshé hacia la cima de la montaña, para ofrecer aquello que modificaría la historia de los humanos, como ningún otro evento lo haría.

    Desde el momento que creó el universo, D”s había determinado dotar a los seres humanos de la Ley verdadera, pero este hito fundamental de la historia – y propósito central de la Creación – se había postergado una y otra vez.
    Adam había pecado y fue echado del Edén. Sus descendientes también fueron pecadores y, por consiguiente, borrados por el diluvio. Los herederos de Noaj tuvieron una nueva oportunidad, pero construyeron la gran Torre de Bavel para desafiar a D”s – y no aceptar la Ley.
    Solamente Avraham, que vivió en aquella época, adhirió a la idea de someterse totalmente a la Ley Di-vina. Fue por eso que D”s pactó sólo con él, que su descendencia sería premiada con una nueva posibilidad de recibir la Ley.
    Habiendo crecido la prole de Avraham y atravesado el difícil martirio del exilio egipcio, estaban ahora dispuestos a aceptar el ofrecimiento de la Torá.

    Aquel momento era decisivo: si el pueblo de Israel aceptaba la Torá, el mundo seguiría su curso para que eventualmente la Torá incline su rumbo, conduciendo a una realidad en la que el Bien – según D”s determina qué es bien – prevalezca sobre el mal.
    Si Israel se negara a ser sumisa a la Ley de D”s, el mundo no tendría sentido de ser, y volvería a su nulidad (Shabat 88.; Midrash Rabá, Ruth, introducción).
    Se entiende, pues, porqué D”s provocaría un silencio absoluto en toda la Creación durante la Revelación (Midrash Rabá, Shmot 29:9): el universo entero dependía de aquel suceso.

    D”s, pues, indicó a Moshé que explicara a la naciente nación, que Su propuesta no era meramente un conjunto de leyes, sino que su aceptación los convertiría en “un reino de sacerdotes y una nación sagrada”.
    O sea: su vida se transformaría en cada uno de sus segmentos, y hasta el acto más “banal” se tornaría en significativo, y estaría contemplado por las normas.
    No solo eso, sino que serían el modelo de conducta para el resto de la humanidad, que hasta aquel día no había aún admitido la Autoridad Moral de D”s.
    Sin embargo, la aceptación de la ley de la Torá debía ser incondicional.
    Eso los diferenciaría de las demás naciones (a quienes se les ofreció la Ley, pero pusieron condiciones…).

    El pueblo asintió, a pesar de que esta aceptación los comprometía a una profunda modificación en la rutina de todos sus hábitos, y que el incumplimiento de sus deberes sería retribuida con escalofriantes sanciones, pues entendieron que su vida tendría significado y accederían a una Ley Eterna, que no estaría empañada con subjetividades personales o de coyuntura temporal.

    Al unísono respondieron: “todo lo que D”s dijo, es lo que haremos”.
    “Acataremos y aprenderemos”
    Este modo de responder del pueblo a la oferta de D”s fue único. El Talmud (Shabat 88.) señala que los judíos utilizaron en aquel momento una “expresión Celestial”, al adelantar su decisión de obedecer aun antes de comprender el significado de lo que debían cumplir, al igual que el manzano produce su fruto (con el que se compara la acción) – lo principal – antes que aparezcan sus hojas (el entendimiento), que son accesorias al fruto.

    Pero el pueblo no quería simplemente recibir la Ley mediante Moshé: “¡Deseamos ver a Nuestro Soberano!” (Mejilta Itró, 2; Rash”í 19:9) – reclamaron. Esto no implica que verían físicamente lo que no es visible, sino que llegarían a percibir la Torá por medio de la profecía de cada uno individualmente.

    La ambición espiritual de adherirse con más fuerza al Todopoderoso, requería una preparación especial.
    D”s, entonces, indicó que se apresten “veKidashtam” (se apartarán de los quehaceres mundanos) para escuchar los 10 mandamientos al tercer día (Shmot 19:10). El vocablo utilizado para señalar la acción de prepararse proviene del hebreo “Kedushá”: lo que es santo y excepcional.

    En la práctica – y aparte de la predisposición espiritual, el preparativo necesario antes de escuchar los Mandamientos de D”s, fue el apartamiento físico entre maridos y esposas durante tres días, la inmersión de todas las personas y sus vestimentas en la Mikvé (el Brit Milá ya lo habían practicado un día antes de salir de Egipto), como así también las ofrendas que traería Moshé en ocasión de la “conversión” nacional como “pueblo de D”s”, y de las cuales Moshé salpicaría de su sangre sobre toda la nación (Shmot 24:8 – Ievamot 46:, Kritut 9.).

    Independientemente, Moshé debería levantar un cerco alrededor del Monte Sinaí, para evitar que las personas – en su afán por aproximarse a la Presencia Di-vina – intentaran subir a la montaña durante la escucha de los Diez Mandamientos.
    El porqué del preparativo
    ¿A qué se debían los diversos pasos preliminares a la recepción de las leyes?

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l señala que la característica irrepetible del acontecimiento que estaba por suceder, era que el caso de la entrega de la Torá, no se trataba de un estatuto creado por seres humanos, sino de preceptos – externos a las concepciones reinantes de los hombres de aquel entonces – transmitidos por el Todopoderoso y legado a seres humanos.
    Inversamente, todos los reglamentos de los humanos han surgido desde adentro de una sociedad. Claramente, las leyes que elaboran los hombres están limitadas a la sociedad y a la coyuntura en la que fueron ideadas, y varían con los cambios de la gente y sus nuevas costumbres.
    La Ley de la Torá, en cambio, es eterna, y, por lo tanto, quienes la aceptaron debían aprestarse a recibirla mediante el compromiso de obedecerla aunque modificara su forma de vida.
    Los “tres días de restricción” demostraron que la Torá estaba siendo dada a quienes se comprometían con ella hacia el futuro, y no a quienes habían sido ellos mismos hasta aquel momento decisivo.
    La limitación respecto a subir a la montaña, separaba la esfera de Quien transmitía la Torá, respecto a quienes la recibían.
    Durante la ceremonia de la entrega, el Monte Sinaí pasó a pertenecer a la Órbita Celestial, separándose físicamente mediante el cercado del espacio de lo humano.
    Los diferentes aspectos de la Revelación Di-vina
    En el Seder de Pesaj entonamos los célebres párrafos de “Daienu”, alabando a D”s por los distintos momentos en que Él nos asistió. Entre otras loas proclamamos: “¡Si nos hubiese acercado al Monte Sinaí y no nos hubiese dado la Torá: Daienu – habría sido suficiente razón para elogiarLo!”
    Esta frase nos sorprende: ¡¿De qué nos hubiera sido útil estar presentes en Sinaí – sin recibir la Ley?!

    La respuesta a esta pregunta la encontraremos en los diferentes aspectos de este magno evento, que marcó “un antes y un después”.
    El nivel profético – y los engaños
    Uno de de los factores determinantes fue la extraordinaria y universal Revelación Di-vina.
    Encontrarse frente al Monte permitió a los judíos alcanzar un estado de profecía al cual sólo pueden acceder los profetas, después de muchos años de elevación espiritual.
    En aquella circunstancia, los judíos pudieron vivenciar algo que excede la percepción habitual de los cinco sentidos, con los cuales experimentamos lo que sucede en nuestro entorno, habitualmente.
    El versículo lo describe de la siguiente manera: “Y todo el pueblo veía las voces (pronunciaciones) y las llamaradas…”.
    “Ver voces” no responde a una sensación humana terrenal. Pertenece a la esfera de la profecía.
    Todos – frente al Monte – supieron con claridad absoluta, que D”s se manifiesta a la humanidad y le transmite lo que debe hacer. Este concepto es uno de los trece artículos fundamentales de nuestra fe.
    Así, dice el Ramba”m (Iesodei haTorá, 8:1): nuestros padres no creyeron porque vieron milagros, sino que experimentaron personalmente la Presencia de D”s que les hablaba.
    Aquel, cuya creencia está basada exclusivamente en haber contemplado fenómenos que superan a la naturaleza – tal como la conocemos, “posee perfidia en su corazón”.

    La Torá ya nos advirtió sobre no dejarnos llevar por personas que pretendan demostrarnos sus “verdades” haciéndonos milagros (Dvarim 13:2).
    Aun así, después que “escucharon-vieron” la Voz de D”s, y se percataron de que su elevado estado espiritual también significaría una incrementada y aun más minuciosa exigencia en la propia conducta, pidieron a Moshé que deseaban volver a su estado no-profético anterior, puesto que sospechaban que no estarían a la altura de vivir permanentemente como profetas, sin pecar, y siendo responsables hasta de los más minúsculos yerros: “Acércate tú y escucha todo aquello que D”s quiere decir, y dínoslo tú…. y nosotros atenderemos y obedeceremos”. D”s consintió a este pedido y les permitió renunciar a aquel obsequio especial.
    D”s ofrece un crecimiento espiritual ilimitado, pero no obliga a asumir niveles superiores a los que uno mismo desea.
    Fue entonces que Moshé mantuvo un grado de profecía al que no accedió ningún otro ser humano jamás.
    Desde ese momento volvieron todos – menos Moshé – a sus cualidades de vida cotidianas.

    Cotidianas, pero no a la misma vida anterior. Ahora no solo eran la nación de D”s y se habían comprometido a cumplir todos los preceptos que aún debían aprender, sino que habían desechado la mancha moral que reposaba sobre toda la humanidad desde que Adam y Javá – los primeros seres humanos – comieron del árbol del que debían abstenerse.
    Un nuevo comienzo
    La Revelación los había transformado en una Creación original – libre de todo vestigio de pecado (“Paská zuhamatán” – Shabat 146.).
    Del mismo modo en que se habían corregido todos sus defectos físicos, tal como se menciona en Shir HaShirim (4:7): “eres totalmente hermosa, mi querida, y no hay imperfección en ti”, así también se subsanaron sus insuficiencias espirituales.
    Efectivamente, los judíos que recibieron los mandamientos fueron como recién nacidos (Midrash Rabá, Shir HaShirim 8:1).

    Sin embargo, desafortunadamente, perdieron muy pronto parte de esta condición elevada que obtuvieron, al permitir posteriormente que algunos hicieran el becerro – apenas cuarenta días después.
    El impacto para la eternidad
    Adicionalmente, debemos recordar que este evento debería quedar grabado en la conciencia nacional para todos los tiempos.
    Efectivamente, la huella que estampó este suceso en nosotros, los descendientes de aquellos, nos permitió enfrentar muchas pruebas extraordinariamente arduas y sacrificadas.

    El relato de las circunstancias en la que ocurrió la Revelación está dos veces en la Torá: En Shmot (Cap. 19 y 20) y nuevamente en Dvarim (Cap. 5, cuarenta años más tarde), cuando Moshé advirtió a la segunda generación – aquella que ingresaría a la Tierra de Israel – que sigan observando la Torá. En aquella coyuntura, Moshé advirtió a los judíos que sean muy cuidadosos y no olvidar aquello que habían visto con sus ojos.
    Que nosotros vivamos como judíos hoy, a pesar de haber estado expuestos a tantas culturas antagónicas y sufrido tanto en el exilio, demuestra la fuerza y la magnitud de aquel evento único.

    Además, la Revelación imprimió una huella en el carácter y conducta de cada judío.
    Un elemento indispensable para permanecer fiel a la Torá, es el rubor ante el pecado. La vergüenza es la expresión de la conciencia – siempre y cuando ésta sea manifiesta y transparente.
    Es por eso que los Sabios mencionan que “todo aquel que no posee pudor, es una señal que sus antepasados no han estado frente al Monte Sinaí” (Nedarim 20.).
    No olvidar
    La Torá nos advirtió no olvidar el magno evento y transmitirlo de modo inalterado a hijos y nietos con la claridad y certeza que implican la vivencia personal de los que habían sido testigos oculares a través de todas las generaciones (Dvarim 4:9).
    En términos muy contundentes, la Torá exhorta a convertir para siempre esta convicción en punto de partida mediante el cual se evalúe cualquier teoría o propuesta que se presente.
    Esto solamente sucederá si el estudio de la Torá fuera establecido como prioridad en la mente de cada judío, evitando así que otras presunciones y proposiciones la desplacen de esa solidez lúcida (Pirkei Avot 3:8).
    El pacto singular
    Y no olvidemos: frente a Sinaí se selló aquel pacto singular entre D”s y los humanos – nuestros abuelos – que uniría por siempre el destino de nuestra nación con el objetivo por el que fue creado el universo.
    Cada una de las partes se comprometía a lo suyo. D”s accedía a un mayor acercamiento al pueblo de Israel y juró no abandonarlos jamás (pasamos allí a ser Sus “hijos primogénitos”) y el pueblo a su vez se comprometió a obedecer todas Sus leyes.
    En otras palabras, el curso de la historia que conduce adonde D”s determina que curse, está íntima e inseparablemente hermanado a la trayectoria del pueblo de Israel.

    El seis de Sivan, una vez que todos los judíos se hubieron preparado durante tres días para escuchar la Voz de D”s, la Presencia de Él se hizo notar en el Monte que estaba ardiendo y rodeado de un intenso humo, con fortísimos estruendos y el Sonido intenso en aumento inconmensurable del Shofar Celestial.
    Moshé entonces, condujo al pueblo hasta el pie del Monte. Allí permaneció junto a todos los judíos para escuchar los Mandamientos.
    La intimación a la ley
    El pueblo se paró “debajo de la montaña” (Shmot 19:17).
    Si bien se puede entender que el versículo nos indica que estaban al pie de la montaña, y esa debe ser la explicación simple e inmediata, el Talmud (Shabat 88.), sin embargo, tiene una tradición adicional sobre este versículo.

    En las palabras de los Sabios, este pasaje enseña que “D”s colocó sobre ellos la montaña en forma de olla” (en hebreo sería “kafá aleihem Har keGuiguit”), diciendo al pueblo: “si aceptan la Torá, bien; de otra manera, este será el sitio de vuestra tumba”.
    En otras palabras, lo que este Midrash nos está refiriendo, es que hubo un elemento de coerción Di-vina hacia el pueblo, en la aceptación de la Torá.
    De todos modos, el Talmud nos dice a continuación, que volvieron a someterse a la Torá en la época de Ajashverosh (el milagro de Purim), unos 1.000 años más tarde – sin aquella sujeción obligatoria inicial, sino por propia voluntad y albedrío.

    Más allá de este último consentimiento posterior libre de la gente, nos llama la atención el modo de expresarse del Talmud, en el sentido de que hubiera presión Di-vina, que obligara al pueblo de Israel a asumir la ley de la Torá, cuando los propios versículos de la Torá, parecieran indicar lo contrario.
    ¿No habíamos expresado previamente muy claro respecto al ofrecimiento de D”s al pueblo, que lo podía recibir de modo voluntario y espontáneo?
    Y el pueblo había respondido que “acataremos y aprenderemos”.
    ¿A partir de qué instancia se trae, pues, la noción de que hubo obligación de admitir la Torá?

    Cuando uno analiza en detalle el ofrecimiento de D”s, va a encontrar en la introducción de las palabras de D”s al pueblo, un párrafo que se podría haber ahorrado: “Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y los transporté a Uds. sobre alas de águila y los traje hacia Mí…” (Shmot 19:4). ¿Por qué era necesario este prólogo, y de qué manera se relaciona con lo que venimos tratando de entender?

    D”s “ayudó” a esa decisión del pueblo con una frase que tenía dos compromisos:
    En primer lugar, los israelitas no podían negar la Omnipotencia de D”s, pues – como lo advierte este pasaje – ellos habían presenciado y visto lo sucedido en Egipto: las plagas, la partición del mar, etc. No podían negar ni desconocer Quién rige los destinos de este mundo, ni el final al que conduce la maldad (como les sucedió a los egipcios).

    En segundo lugar, hay en estas palabras una apelación al sentimiento de gratitud que debe tenerse por la bondad que se recibió: “…y los transporté a Uds. sobre alas de águila y los traje hacia Mí…” De haber sido esclavos humillados y abusados, pasaron a convertirse en una nación libre, en ruta a una tierra propia, alimentados con pan celestial, y saciados con aguas milagrosas y protegidos en medio del desierto inhóspito. Ante semejante amabilidad y cortesía: ¿era posible negarse?

    De acuerdo a lo que acabamos de explicar, la frase de “estar bajo la montaña” cobra un significado revelador: la claridad conceptual y el deber ético de gratitud, representan un vigor de exigencia tan fuerte como si uno estuviese bajo una montaña, sin escapatoria. O sea: podían – en teoría – rehusarse a la lúcida verdad de lo percibido personalmente, y ser ingratos, pero no era sensatamente posible.
    La sinagoga: una recreación del suceso
    Estuvieron de pie, entonces, cuando D”s les impartió los Mandamientos.
    Nuestras sinagogas también poseen (y deben poseer) esa similitud con aquel único e histórico sitio y momento en que los seres humanos aceptaron y recibieron la Torá, que es la esencia de nuestra vida, nuestra razón de ser y debe transformarse en el fundamento ético de cada uno de los actos de nuestra vida.

    El momento de la lectura de la Torá debe ser tomado con toda la seriedad que implica: una reproducción y repetición en miniatura de lo que la Torá denomina este día como el “Iom haKahal” (Día de la Convocatoria – Dvarim 9:10, 10:4) pues allí definimos nuestra aceptación unánime e incondicional, que declara nuestra voluntad de obedecer la Torá y definirnos como judíos por sus leyes.
    Es por eso también, que el diseño de la sinagoga tiene el espacio destinado a la lectura de la Torá en el centro y en un nivel más elevado al resto de la sinagoga, y los feligreses ubicados alrededor de ese centro.

    Cuando se volvió a escuchar el Shofar luego de los Diez Mandamientos, Moshé se despidió del pueblo: subiría por cuarenta días a la Montaña a fin de aprender todas las leyes (hasta con sus más mínimos detalles y alcances) que deberían cumplir, para luego enseñárselas a todos.
    Con ellos quedarían su hermano Aharón y su sobrino Jur, para guiarlos durante su ausencia.

    La vida y los desafios en el desierto rumbo a la Tierra de Israel
    CUANDO DOMINA EL TEMOR
    La vida en el desierto
    ¿Vivió Ud. alguna vez en el desierto?
    No es que tenga algo de malo vivir en el desierto. Lo poco que conocemos sobre el desierto, lo sabemos de las enciclopedias o de los textos de geografía.
    Sin embargo, muchos de los habitantes con quienes compartimos el planeta, viven en condiciones de escasez y en el desierto mismo.
    No es fácil. Hay que estar acostumbrado a vivir, o, mejor dicho, a sobrevivir, allí. Para aquel que no está habituado, le costará un poco adaptarse a las condiciones climáticas.
    Si, de repente, estuviese allí desguarnecido de toda protección, o, peor, si tuviese consigo a su familia, a quienes no les pueda brindar una mínima ayuda para calmarles la sed, aliviarles del calor del sol, del frío de la noche, del hambre, etc…, bueno, nunca quisiéramos estar en tal situación que no es menos que desesperante.

    Para nosotros, que vivimos miles de años después de estos acontecimientos, nos es imposible imaginar el modo de vida que llevaban los judíos recién salidos de Egipto en el desierto.
    Acababan de alejarse de un modelo de sometimiento, corrupción moral e idolatría, para pasar a asumir una ley que reglamentaría toda su vida en una comunión nacional con D”s y que regiría hasta los temas más íntimos de su existencia.
    Complementario a esta situación – su vida no se parecía en absoluto a lo que estaban acostumbrados desde antes – o como sería en el futuro. Deambulando por un desierto totalmente inhóspito, de animales dañinos, y bajo el sol, vivían “como dentro de una burbuja”.

    La Torá nos relata sobre un evento que modificó para siempre el curso de la historia del pueblo de Israel. Aun si nos esmerásemos por comprender los sucesos, nos va a ser muy difícil identificarnos con los protagonistas, pues estamos tan lejos de su realidad, que toda comparación sería meramente superficial. Se trata del episodio de la construcción del becerro de oro, sobre el cual se explaya la Torá en el libro Shmot.

    No obstante, la Torá nos cuenta cómo se dieron las cosas, pues, sin duda, habrá mucho para aprender de las analogías que podamos establecer entre lo que sucedió entonces y nuestra propia vida.
    Moshé subió a la montaña
    Moshé realmente se había ocupado de todas las necesidades de los judíos y éstos se sentían seguros y resguardados junto a él.
    Después de la Revelación, como sabemos, Moshé les avisó que se iba a ausentar durante cuarenta días para estudiar la Ley de la Torá sobre la montaña con D”s mismo.

    Según los cálculos de la gente (equivocados, por cierto), los días que había prometido Moshé ya habían transcurrido… y Moshé no había vuelto.
    Moshé, quien les había gestado la salida de Egipto ante el Faraón, y había producido las plagas que sufrieron los egipcios hasta que provocaron la liberación y el éxodo, se había despedido del pueblo – permaneciendo solo en la cima de la montaña – durante 40 días. No había llevado consigo ni siquiera una pizca de alimento para mantenerse en ese extenso período de tiempo.

    “¿Qué le habrá pasado a Moshé?”, “¡¡Qué le habrá pasado!!” “¡¡¡Qué será de nosotros!!!” – comenzaron a preocuparse con creciente impaciencia y ansiedad.
    Moshé era de cumplir siempre con todo lo que prometía. “¿No le habrá ocurrido algo en la cima de la montaña?”
    Moshé mismo les había advertido de no acercarse a la montaña más allá del límite, por el riesgo de morir. Él mismo se había quedado con ellos durante la Revelación Di-vina. En “una de esas”, D”s se podía haber enojado con él por algo y lo castigó… (no sería la primera vez, pues antes de llegar a Egipto, Moshé casi muere por demorar el Brit Milá de su hijo…)

    ¿Sabe Ud. cómo funciona la histeria de las masas cuando cunde el miedo y la incertidumbre?
    La gente está propensa a creer cualquier cosa y nadie los puede parar. Como dicen: “el miedo no es zonzo”.

    Si Ud. aplica esta situación a un pueblo que está varado en medio del desierto con sus familias, pues, no es muy difícil imaginar cómo reaccionarían. ¿Quién, acaso, les garantizaba que al día siguiente tendrían Maná, agua y protección contra el sol?
    Lo que hubo en aquel momento, entonces, fue pánico colectivo. El pánico no tiene lógica. Hasta ese instante, en realidad, no les faltaba nada.

    Pero… ¿quién sabía lo que vendría?
    El Midrash aporta que en esa situación tuvieron “visiones” de Moshé que habría muerto y estaba siendo sepultado por los ángeles. Dado que Moshé era humano – ¿cómo podría haber sobrevivido, acaso, sobre la montaña durante cuarenta días sin comida?
    Cunde la sicosis
    Así, el rumor sobre la muerte de Moshé se convirtió en una “certeza”. “¿Qué hacer ahora?” – se preguntaron uno al otro. “¡Vayamos a Aharón y exijámosle que nos dé un sustituto de Moshé, una imagen para que nos saque de este lugar!” – propusieron algunos.

    Fue en aquella coyuntura que sucedió uno de los episodios más dolorosos y de mayor trascendencia de toda la historia del judaísmo. Apenas pasaron unas horas desde que – acorde a sus cuentas – Moshé debiera haber vuelto, cuando decidieron que sin duda Moshé no habría subsistido – y que ya no volvería jamás.
    De inmediato se generó el gran temor: ¿cómo harían ellos para salir de ese trance?
    Si ya no habrían de suceder más los milagros que había realizado Moshé – ¡se quedarían sin alimento y sin agua – y se morirían de la manera más cruel imaginable en medio del desierto!
    Rápidamente buscaron un reemplazo espiritual a Moshé. Esa substitución tomaría forma de becerro.
    Aharón se hace cargo, pero…
    Dicho y hecho. Aharón mismo estaba en un serio dilema.
    No es nada fácil frenar a la masa que no quiere entrar en razón. Hacía apenas cuarenta días habían escuchado claramente la prohibición de crear imágenes por el segundo de los diez mandamientos, aunque no fuesen objeto de adoración. (La mayoría de los comentaristas – Ibn Ezra, Ramba”n – explican que el pueblo no pidió adorar al becerro de oro que luego se creó.) Según el Midrash, su sobrino Jur intentó detener al gentío y lo “lincharon”. Dado que no había forma de disuadir a la gente, Aharón se decidió por otra táctica. Intentó ganar tiempo.

    Primero pidió que traigan las joyas de sus familiares para donarlas. De este modo, pensó, habría oposición en las casas y se ganaría tiempo. No funcionó. Al rato estaban allí todos de vuelta con las joyas. Después fundió todo el oro que se había juntado. Algunos hechiceros (en Egipto, la magia siempre estuvo de moda) se ocuparon de darle forma de ternero (ciertos comentarios explican el porqué de la elección de aquella imagen). Entre los egipcios que acompañaron a los hebreos en su partida de Egipto (el “erev rav” de Shmot 12:38), algunos sugirieron a los judíos que esta nueva imagen era la que había sacado a Israel de Egipto: “estos son vuestros dioses…” – dijeron (32:4).

    Aharón esperaba que al amanecer del día siguiente Moshé con seguridad estaría de vuelta, y, con eso, ya estaría resuelto el problema. Dado que Moshé traería consigo las Tablas de la Ley, anunció que al día siguiente habría una gran fiesta (32:5). Alguna gente, sin embargo, se adelantó y comenzó a adorar al becerro, y, como sucede habitualmente en los cultos, se prestaron a toda clase de desenfreno, cometiendo las peores ofensas (32:6).

    Antes que Moshé bajara de la montaña, D”s le avisó que el pueblo había pecado seriamente (en distintos grados) y que estaba dispuesto a destruirlos a todos – si Moshé se lo permitiera – para comenzar a partir de él, de Moshé, una nueva nación. Moshé dedujo de las palabras de D”s, que de él dependía – es decir, de sus rezos – que D”s no aniquilara al pueblo. Inmediatamente se puso a la altura de las circunstancias y rezó por ellos. De ninguna manera iba a acceder a que D”s los reemplazara por él.
    El jolgorio
    Moshé bajaba, y al pie de la montaña su discípulo Iehoshúa, que lo había estado esperando todo aquel lapso, desconocía lo que estaba aconteciendo con el resto del pueblo. Apenas vio a Moshé, lo acompañó en lo que restaba de la marcha para presentarse con las tablas ante el pueblo. A la distancia ya se escuchaba una gran bulla. El ruido del jaleo era tan intenso que Iehoshúa creyó que el pueblo estaba en guerra (Shmot 32:17).
    Moshé lo corrigió: “Las voces que escuchamos no son exclamaciones de victoria, ni alaridos de derrota: son voces de opresión – ‘Kol annot anojí shomea’ – las que yo escucho”.
    Rash”í explica que las “voces de opresión” se refieren a “expresiones de insulto que vejan al alma”. (Volveremos sobre el significado de estas palabras)
    La escena con la que se encontró, era exactamente opuesta a la que vivió algunas semanas antes – con ese mismo pueblo que exclamó, aceptando obedecer toda la Torá, sin condiciones y al unísono: “Naasé VeNishmá”. El jolgorio que tenía a la vista, provocó que Moshé decidiera romper las tablas: “y fue cuando vio el becerro y las rondas de baile, y se enojó y rompió las Tablas de la Ley” (32:19). (A fin de salvar al pueblo de un castigo mayor, Moshé destruyó las Tablas de la Ley, para que de ese modo no existiera la evidencia concreta de lo que D”s había ordenado recientemente a los judíos y estos traicionaron).

    Fue al becerro, lo destruyó y juzgó a los culpables. Cuarenta días y noches seguidos volvió a estar con D”s para suplicarle que perdonara el pecado de su nación y otros cuarenta días y noches para que D”s le escribiera sobre nuevas tablas, los diez mandamientos que había escrito sobre las primeras. D”s perdonó y no destruyó, pero la marca quedó.
    En todos los futuros castigos, se les agregaría una pequeña cuota de la sanción del becerro de oro (32:34).

    Hay un punto en esta historia que llama la atención: el primer día en que habían creado el becerro, D”s calló este hecho, y recién se lo hizo saber a Moshé al día siguiente, cuando se había desatado la fiesta. ¿Por qué?
    Asimismo, en el momento en que Moshé destruyó las tablas, el pasaje de la Torá nos menciona que vio “el becerro y los bailes” (Shmot 32:19). ¿No constituía el becerro razón suficiente para generar esa reacción en Moshé?

    Rav Ovadia Sforno (famoso comentarista italiano de la Torá del siglo XVI), nos hace ver la valiosa deducción del orden en que se nos narra estos incidentes.
    ¿Qué era peor? ¿el becerro de oro mismo – o las rondas y los bailes a su alrededor?
    Si D”s demoró en avisar a Moshé acerca de lo que sucedía, esto seguramente era porque había aun esperanza en que se retractaran de lo que hacían. Sin embargo, finalmente el jolgorio terminó por enfurecer a D”s (y a Moshé) – no menos que la ira que había causado el becerro.
    ¿Por qué?
    Pues, mientras solamente habían errado con el armado del becerro, aun podían reflexionar acerca de su error si comenzaban a ponderar la situación. Sin embargo, una vez que comenzaron a festejar, ya era difícil volverse atrás porque el objetivo del propio jolgorio era para no escuchar la propia conciencia y las posibles palabras de corrección de quienes los podían llegar a criticar. Una vez que se desata el desenfreno, este cobra vida propia y tiene propias consecuencias, independientes de la causa que lo provocó en primer lugar.

    El alma de cada individuo tiene sus medios para expresarse – siempre que esté quien la quiere sintonizar.
    Ahora bien: no siempre uno está abierto y dispuesto a escuchar. Por eso se eleva el volumen de la música – para ahogar el pudor e intentar callar la voz sensible interna que está llamando la atención.

    Por el lado de Moshé, aprendemos que el líder debe estar siempre al lado del pueblo, aun cuando hacen las cosas mal y no esperar que lo llamen para que los ayude a salir de los problemas en los que se metieron.
    Moshé no se detuvo cuando tuvo que enfrentar la situación para sancionar a quienes debía, no dejó de defender su causa ante D”s – en lugar de llevar “agua para su propio molino” y rezó por ellos para restablecer el anterior vínculo con D”s. (Rebbe de Slonim. Ibid).

    El yerro del becerro de oro, no fue el único ni el último de su índole.
    Hacemos referencia en nuestras Tefilot (oraciones) a él y repetimos las palabras del rezo de Moshé una y otra vez en Iom Kipur. Una de las lecciones para todos los tiempos es que, más allá de la importancia de no caer, debemos saber que, aun caídos – incluso muy profundo – siempre es posible levantarse. Eso es, si existe la voluntad de hacerlo.

    “Mientras el Rey estaba aún en el agasajo (Sinaí), mis malas acciones provocaron que disminuya el bálsamo agradable (al erigir el becerro); pero, mi Amado (D”s) respondió con un atado de mirra, la fragancia que irradiaría del Santuario (el Mishkán) en el que Él residiría prontamente; cual racimo de alheña, mi Amado multiplicó Su condescendencia para conmigo…” (Shir HaShirim 1:12, 13,14).

    “En Jorev (Monte Sinaí) fueron engalanados con coronas (espirituales que denotaban su nobleza espiritual), y en (el mismo) Jorev las perdieron”, pero “volverán a merecerlas en el futuro” (Shabat 88.).
    La Torá y el vínculo con D”s al que se habían obligado permanecerían con Israel para siempre.

    DÍA DE ALEGRÍA, DÍA DE TRAGEDIA
    Comenzó siendo la mejor de las circunstancias y se convirtió en la peor.

    El Mishkán (Tabernáculo) había sido finalmente completado, y la celebración por su inauguración, se había iniciado.
    La fecha era Rosh Jodesh Nisán, y había transcurrido ya casi un año desde la gloriosa salida de Egipto. En ese año habían sucedido muchas cosas. El evento más relevante fue la Revelación Di-vina frente al Monte Sinaí, que lamentablemente se vio eclipsado por los amargos acontecimientos que se precipitaron alrededor del alzamiento del becerro de oro. Cuando Moshé bajó con el segundo par de Lujot, indicó a su vez, cómo debía construirse el Mishkán.
    El pueblo respondió rápida y generosamente y los artesanos comenzaron la obra de inmediato.

    Con mucha dedicación y concentración, Betzalel y sus compañeros terminaron la obra, que ya estaba lista para ser ensamblada. Durante ocho días se entrenaron aquellos que comenzarían a ser Cohanim a partir de aquel momento – Aharón y sus cuatro hijos.
    A medida que se acercaba el gran día de la inauguración, la ilusión del pueblo de haber sido perdonado por el pecado del becerro, crecía.

    Finalmente llegó el gran día.
    Aharón vacilaba aun entonces si acercarse al Mizbeaj (altar). ¿Era él el indicado? ¿no había, acaso, colaborado en la aberración nacional del becerro de oro?
    Moshé respondió: “¿Por qué dudas? ¡Precisamente, ese es el motivo por el que fuiste elegido!” (Rash”í Vaikrá 9:7 de Torat Cohanim 8).
    No faltaban justificaciones para Aharón respecto a su proceder, cuando fue presionado a construir el becerro.
    En su momento, como dijimos, su intención había sido la de dilatar el requerimiento errado del pueblo a fin de evitar que suceda una aberración más grave hasta que llegara Moshé y se aclarara todo el panorama. Aparte de eso, vimos que en el tumulto ya habían matado a Jur, que lo acompañaba en secundar a Moshé, por oponerse a la solicitud de la gente.
    Sin embargo, Aharón no eludió su responsabilidad, colocando la culpa solamente en la gente que adoró al becerro de oro, sino que aceptó el yerro sobre sus propios hombros, porque la responsabilidad viene con grandeza (Rav Ierujam Levovitz sz”l).

    Aharón (el Sumo Sacerdote) y sus hijos, trajeron las ofrendas especiales, y se percibía mucha expectativa en el campamento de la nación judía que estaba a la espera de alguna señal de D”s que demostrara la disposición de volver a morar con ellos tal como cuando recibieron la Ley frente al Monte Sinaí.
    Sin embargo, no se veía nada fuera de lo normal. Aharón sentía una enorme vergüenza. Tenía la certeza que D”s lo consideraba a él culpable del gran pecado.
    Luego de bendecir al pueblo, y junto a Moshé, ingresó a la parte cubierta del Mishkán para pedir al Todopoderoso que haga notar Su Presencia en el lugar.

    Repentinamente, salió un fuego de D”s y consumió las ofrendas que estaban sobre el altar. Al ver esto el pueblo, estallaron en júbilo, corearon loas y alabanzas a D”s y cayeron en carácter reverencial sobre sus rostros, con una emoción inigualable.

    En medio de aquella exaltación, los dos hijos mayores de Aharón – Nadav y Avihu – tomaron cada cual su utensilio y trajeron una ofrenda de Ketoret (incienso) que no acordaba con lo que exige la Torá – “un fuego extraño que no había mandado D”s”.
    Al percibir el inmenso cariño que D”s exhibió hacia los judíos al perdonarles y enviarles Su fuego, quisieron reciprocar con su propio fuego terrenal (Sifri).
    Hay quienes opinan que Nadav y Avihu trajeron el Ketoret improcedente antes que bajara el Fuego Celestial, sorteando con su acción la autoridad de Moshé, que no había indicado hacerlo.

    De inmediato: “Y salió, pues, un fuego de delante de D”s y los consumió, y murieron ante D”s” (Vaikrá 10:1-2).
    ¿Qué hicieron Nadav y Avihu?
    Distintas opiniones del Talmud explican qué es lo que realmente sucedió (en qué habían errado).
    Algunos comentarios interpretan literalmente el versículo, tal como acabamos de exponer, afirmando que los hijos de Aharón dictaminaron una decisión halájica (ley bíblica) en presencia de su maestro – Moshé – al entender que debían sumar un fuego terrenal al Fuego Celestial recién evidenciado (Eruvin 63., Iomá 53.).
    Ciertas autoridades opinan que tomaron fuego del Mizbeaj (altar), mientras que otras dicen que llevaron un fuego “privado”. Otras mencionan que ingresaron al Kodesh haKodashim, sitio al que solamente entra el Cohen Gadol en Iom Kipur.

    Hay quienes juzgan que no llevaban puesto el uniforme de los Cohanim, o que no se habían lavado previamente las manos y los pies como deben hacerlo los Cohanim antes de proceder al Servicio del Mishkán.
    Otros dicen que llevaron a cabo su servicio en el Mishkán después de beber vino (Midrash Rabá, Vaikrá 12:1).

    Algunos sostienen que su verdadero castigo había sido merecido en el Sinaí, cuando se entregó la Torá. En aquel momento, Nadav y Avihu y los ancianos del pueblo, experimentaron la intensidad de la Presencia Di-vina, sin por eso mantenerse a la altura de lo que esa observación implicó (Shmot 24:11, Midrash Tanjuma Behaalotjá 15), o acercándose más de lo debido al Monte Sinaí mientras ardía (Zvajim 115:). El castigo por aquel descuido había quedado suspendido hasta el momento de la inauguración del Mishkán.

    Aparte hay quienes dicen que el castigo se produjo porque se negaron a contraer matrimonio, alegando que su linaje era tan digno que no habría mujer soltera que esté a la altura de casarse con ellos.

    Otra interpretación es que comenzaron a discutir su futuro liderazgo, tomándolo como seguro después que ocurriera el fallecimiento de los dos “ancianos” (Moshé y Aharón), y dudando si, llegado el momento, serían espiritualmente dignos de aquellos encumbrados cargos.

    En todas estas opiniones divergentes, se debe abordar una importante cuestión: si todos o algunos de estos descuidos que se describen fueron sus pecados reales – ¿por qué utilizó entonces la Torá la terminología “un fuego extraño que D”s no había mandado” para describir su transgresión – que es la única razón explícita?

    La respuesta es que lo que los Sabios nos describen no es el pecado mismo, sino las condiciones que condujeron a tal situación, pues personas de la talla de ellos, no caerían tan fácilmente en un error tan grave.
    Según todas las opiniones, ellos tuvieron las mejores intenciones, pero sus actos carecían de control y supervisión. La falta de vigilancia en las acciones puede conducir a resultados desastrosos.

    En realidad, Nadav y Avihu eran considerados muy santos y piadosos. Pero aquel pequeño grado de exceso de confianza, los llevó a actuar a cada uno en forma independiente – sin siquiera consultarse mutuamente.
    Esto terminó con su desaparición. Tal vez creyeron que estaban en condiciones de emitir una sentencia sin Moshé, o que un poco de vino podía mejorar su servicio.

    Esta fue la terrible violación: el pronunciamiento de una sentencia frente a un maestro. Cuando la gente emite opiniones y comentarios sobre todos los aspectos de la vida o Halajá sin consultar a sus mayores (en edad o conocimientos), están cometiendo una terrible injusticia para todos: nosotros y ellos mismos.
    En teoría, pueden haber sido ideas idóneas, pero tomaron las decisiones sin consulta, asesoramiento o consentimiento.
    El castigo de quienes están más próximos
    Efectivamente, se esperaba para ellos acceder al liderazgo – un liderazgo que nunca se materializó. Tenían el deseo de contribuir con su propio fuego, de acuerdo con sus propias visiones, pero fue considerado “ajeno” por la Torá.
    Esto también pone de relieve que el Servicio al Creador se define según Su mandato, y no se determina por la espontaneidad humana.
    Aun cuando se ofrenda los Korbanot voluntarios, estos deben cumplir los requisitos establecidos por la Torá.
    Opuestamente a lo que son los sacrificios paganos, en los que la persona quiere dictaminar a su deidad lo que debe hacer por él, en el Korbán el judío se pone a disposición de lo que D”s exige de él según Sus leyes (Rav Sh. R. Hirsch sz”l).

    Aharón estaba muy dolido por la pérdida de sus hijos, por lo que Moshé lo debió consolar: Moshé sabía que D”s demostraría mediante la sanción del error aun microscópico de alguna persona sumamente santa, la gravedad de la falta. Esto serviría de advertencia para todas las personas: las leyes relacionadas con el Mishkán son muy serias.
    Por lo tanto, aclaró a Aharón, que esto respondía a las palabras de D”s – “mediante Mis más cercanos Seré santificado (respetado)” (Vaikrá 10:3, Zvajim 115:).
    Precisamente, la punición de una persona santa es la que demuestra que nadie – aun el mayor intelectual – está por encima de la Ley. Cuando el rigor de la Autoridad de D”s se manifiesta inclusive en circunstancias tristes como la de los hijos de Aharón, las vidas de quienes provocaron esta revelación generaron un Kidush haShem: ¡vivir es una gran responsabilidad!

    Aharón calló y aceptó las palabras de Moshé (y la decisión Di-vina).
    Aharón logró esto debido a su inquebrantable fe en D”s. Una persona que puede ver la muerte de dos de sus hijos y reaccionar con el silencio y aceptación, demuestra la más poderosa y elocuente exposición de fe imaginable.
    Más allá del dolor por la pérdida de los hijos de Aharón, estos perduraron en el tiempo como medio para dar Gloria a D”s por la perfección de lo que acontece en este mundo, o sea, que cada acción pequeña o grande – de cada ser humano tiene suma trascendencia.
    La verdad de la transmisión
    El pueblo lloró la gran pérdida en el día de gloria.
    Sin embargo, y más allá del dolor que sufrían, Aharón y sus otros dos hijos, no debían interrumpir la ceremonia de inauguración por el duelo personal, e incluso debían consumir las ofrendas traídas como consecuencia del estreno. Esta era una situación excepcional para los hijos de Aharón, pues los Cohanim comunes (a excepción del Cohen Gadol), habitualmente observan el duelo por familiares directos y dejan las ofrendas durante el período de luto.

    Fue así que surgió una diferencia de opiniones entre Moshé y los sobrinos sobrevivientes – El’azar e Itamar – acerca de qué se debía hacer con la ofrenda de Rosh Jodesh. Ellos quemaron esta ofrenda – a raíz de su duelo, mientras que Moshé demandó que debían haberse consumido por ellos como las restantes.
    Ante el enojo de Moshé, Aharón defendió la postura de sus hijos.
    ¿Cómo llegó a errar Moshé?
    El enojo, aun cuando justificado como en el caso de Moshé (quien se enfadó por la conducta de Nadav y Avihu), engendra errores – aun en personas de su estatura.

    Moshé reconoció la razón en los argumentos de Aharón: “reconoció, y no se avergonzó en admitirlo” (Vaikrá 10:20, Rash”í).

    Al leer estas palabras, nuestra convicción en la veracidad de cada palabra de la Torá se fortalece.
    ¿Por qué?
    Pues el propio Moshé, quien había escuchado todos los mandamientos directamente de D”s, no estaba dispuesto a encubrir su error, y dejarlo solapado en la Torá.
    A nosotros, no nos es ajeno el disimulo para “salvar la cara”, pues por lo general, la gente está más preocupada por cuidar su imagen que con ser fieles a la verdad.
    Moshé podía haber temido en aquel momento que de difundirse un error de parte de él, la gente podría llegar a dudar de toda la transmisión de la Torá (quizás habrían más errores… – Rav Jaim Shmuelevitz sz”l 5732:27).
    No obstante, como se evidencia en el desenlace de esta historia, la Torá – por constituir la palabra de D”s – jamás permitirá ocultación alguna. Moshé fue explícito y nos enseñó una lección para todas las generaciones.

    Y así como Aharón supo callar, y fue premiado por ello, Moshé supo ser franco.
    “Hay un momento para guardar silencio, y hay un momento para enunciar” (Kohelet 3:7).

    EL QUE SE RÍE, SE RÍE DE SÍ MISMO
    Acerca de qué hizo el pueblo cada día durante sus cuarenta años de travesía por el desierto, no conocemos muchos detalles.
    Sí sabemos que en ese lapso los judíos aprendieron las Mitzvot y se prepararon, bajo la tutela de Moshé, para su ingreso a la Tierra de Israel.
    La Torá nos oculta, sin embargo, los incidentes que pudieron haber ocurrido en esos años, pues no proporcionarían alguna enseñanza trascendente para nosotros. Sin embargo, existen algunas excepciones. Una está relacionada con un individuo que violó el Shabat juntando ramas (Bamidbar 15:32). La otra, que sucedió en la misma época, con un hombre que maldijo el Nombre de D”s (Vaikrá 24:10). Puesto que la Torá no precisa el momento exacto en que estos episodios sucedieron, hay distintas opiniones al respecto.

    Moshé había indicado que cada uno de los hebreos debía acampar según su procedencia de linaje. Las doce tribus fijaban su sitio para morar en cada parada, a un costado del Mishkán. Cada miembro de aquella tribu tenía un espacio asignado dentro de aquella área.
    De este modo todos estaban ubicados y había orden en el campamento.

    Un hombre, sin embargo, no encontró su lugar en ningún rincón del campamento. Si bien era judío, su padre había sido egipcio. La asignación de plazas, no obstante, era según la ascendencia paterna, y, por lo tanto, no fue aceptado en la zona de la tribu de Dan de donde provenía su madre – Shlomit bat Divrí – aun después de litigar ante la corte de Moshé, de donde salió con un dictamen desfavorable.

    Según el Midrash, el padre egipcio de este hombre era aquel que Moshé había matado oportunamente para salvar al hebreo, a quien este había estado torturando casi hasta la muerte.
    El nombre de la madre refleja su actitud de entrar en conversación con todo aquel que se le presentara – una actitud lejana al recato que se espera de la mujer judía. La consecuencia de su conducta, fue este hijo que tuvo con el egipcio.
    De un litigio a la pelea
    Esta situación atípica condujo a que el “intruso” entre a pelear con un hombre de la tribu de Dan cuyo sitio quería usurpar, quien, sin embargo, se resistió a resignar su espacio.
    La Torá no relata los nombres de los contendientes (ambos permanecen anónimos en la historia), pues ambos no eran merecedores de mención. No solamente aquel que terminó maldiciendo, sino incluso el que participó de la pelea física, en lugar de llegar a buenos términos de una manera más dócil… (Kli Iakar).

    La pelea arrastró al hijo del egipcio a cometer una de las faltas más graves imaginables: blasfemó el sagrado Nombre de D”s.
    Recordemos que blasfemar es un pecado – no solo para los judíos – sino aun para las personas de todas las demás naciones. A pesar de eso, la Torá recalca que los vestigios de la ascendencia egipcia llevaron a que este hombre incida en lo que jamás hubiera hecho un judío educado por padre y madre (los conversos egipcios deben casarse entre ellos y no se pueden unir en matrimonio con judíos raigales hasta la tercera generación desde su conversión).

    Si el enojo del pecador era contra el individuo que le impidió establecerse en donde quería, o en contra de Moshé que falló en contra de su aspiración: ¿por qué insultó el Nombre de D”s?
    Posiblemente renegó contra el veredicto de Moshé que invocaba la Autoridad Di-vina en sus sentencias, o, según el Midrash mencionado anteriormente, porque su padre había muerto como resultado del Nombre de D”s invocado oportunamente por Moshé.
    El origen de la blasfemia
    Cuando la Torá introduce esta historia, comienza diciendo que este individuo “salió” – sin explicar de dónde “salió”. Acerca de esto existen varias opiniones entre los comentaristas.

    A simple vista, “salió” del área que tenían adjudicados quienes no pertenecían a las tribus, o que “salió” de la carpa para pelear.
    Hay quienes explican – además – que “salió” del párrafo anterior del que habla la Torá: allí se enseña que en el Mishkán se deben colocar semanalmente doce panes preparados de una manera muy especial. Cada Shabat, se cambian por panes nuevos, se quema el incienso, y los de la semana pasada son comidos por los Cohanim.
    La persona en cuestión se burló: ¡¿acaso delante de un rey se deja servido pan viejo (de una semana)?!

    En realidad, más allá del comentario sarcástico de este hombre, sucedían muchos milagros dentro del Bet haMikdash (a partir de cuando fue construido en reemplazo del Mishkán), tal como se enumera en el Talmud (Pirkei Avot 5:5, y en Iomá 21.).
    Una de aquellas maravillas que sucedían semana tras semana, era que el pan que se colocaba en el Mishkán permanecía fresco – como recién sacado del horno – hasta que lo consumían los Cohanim al Shabat siguiente. Cuando los peregrinos visitaban el Bet haMikdash en las Tres Festividades, los Cohanim levantaban la cortina para que estos judíos puedan apreciar el amor que se manifestaba a diario en el santuario mediante estos fenómenos (Jaguigá 26:).

    Al margen de la inexactitud de las palabras en tono de sorna acerca del pan, esta ironía le abrió el camino para que termine expresando la blasfemia.
    Aquellos que lo escucharon presentaron su testimonio ante los tribunales, y la Torá indica la sanción que recibe quien comete el terrible pecado, por lo que este individuo también fue condenado.
    El poder de la burla
    ¿Cómo puede ser que una persona caiga tan bajo – y tan rápido?; ¿acaso no había participado en las maravillas de la reciente salida de Egipto?

    Habitualmente, en condiciones normales, los cambios son paulatinos: el deterioro ético es acompasado, y la inclinación destructiva del hombre (Ietzer haRá) erosiona su voluntad, lenta pero progresivamente (Shabat 105:). De otro modo, el hombre no estaría dispuesto a modificar lo que está arraigado en él.

    La manifestación de quebranto moral vertiginoso, que lo encontramos en diferentes circunstancias en el TaNa”J, responde a la fragilidad de las persuasiones frente a la desestabilización del contexto en el que uno vive. Frecuentemente, las convicciones no son tan sólidas, y frente a las sacudidas emocionales, se derrumban lo que parecían ser certidumbres inconmovibles (Rav Jaim Shmuelevitz 5731:13).

    Sin embargo, para llegar a este perjuicio, hubo una trama previa: la burla. La expresión de ridiculez expresada por este hombre – aun cuando otros estarían maravillados al presenciar el milagro del pan – “desbloqueó” sus escrúpulos comunes con los que vivía. “Salió de su mundo” (como dice allí el Midrash). Sin los reparos que habrían protegido a otra persona, pudo llegar a blasfemar (Rav Jaim Shmuelevitz 5731:21).

    Esta narración de la Torá, nos permite analizar uno de los hábitos más comunes en nuestra sociedad, y que llevó al hombre en cuestión a su última ruina: la descalificación y la mofa.
    Puesto que es tan usual en el hablar de la gente, ya ni siquiera lo vemos como una rareza ni se condena como algo “tan” negativo…

    En Mesilat Iesharim (5º cap.) se compara al que habla con sarcasmo, como “quien se hunde en el océano, pues ya no funciona con la lógica y la inteligencia equilibrada, y es cual un borracho o un insano, a quien ya no se pueden atribuir responsabilidades”.
    Una vez destruidas las vallas levantadas por las consideraciones morales, no hay límite al derrumbe.

    La sátira y el desprecio son el atajo para la descalificación del adversario, cuando los propios argumentos esgrimidos son débiles o inexistentes. Es ese el motivo de la universalidad de este fenómeno: elude el razonamiento, y neutraliza toda capacidad de asombro y respeto.
    Koraj
    Otro que utilizó esta estrategia fue Koraj en su levantamiento contra Moshé (ver más adelante “La Insurrección”). Según el Midrash (Ialkut Shimoní, Koraj), Koraj mantuvo una reunión “partidaria” toda la noche de su rebelión, a fin de conseguir adeptos a su causa, precisamente mediante el uso de ficciones burlescas que pintaban la Torá como un invento absurdo de Moshé. En sus palabras, Koraj presentaba la normativa de lo que la Torá dispone para Cohanim, Leviím y necesitados, como un aprovechamiento de la clase dirigente.

    Los conceptos que Koraj vertió ante el público eran técnicamente ciertos – pero sacados de contexto – y, por lo tanto, tergiversados. El Midrash rotula este discurso como “Leitzanut” (ironía). Las “medias verdades” a las que hacía referencia son aun más peligrosas que si hubieran sido inventos concebidos por él.

    Los Sabios se expresaron respecto al hombre irónico con suma rigurosidad, pues aquel que opta por esa actitud, no tiene reparación. A diferencia del pecador común, que infringe porque siente cierta atracción momentánea por algo que está proscrito, pero que después de haber faltado a su deber se puede sentir avergonzado del acto – más aun si alguna persona le hace ver su error, el satírico elude toda palabra de censura o corrección (e incluso se burla de ella).

    Sigue Mesilat Iesharim: “tal como un escudo untado con aceite, de modo que las flechas que le llegan se resbalen y caigan, así también la ironía – con tan solo un poco de risa y burla – hace desviar su despertar y capacidad de asombro, de modo tal que no tengan efecto alguno sobre él, no por falta de capacidad intelectual, sino porque el poder de la burla destruye la moral y el respeto”.

    El cínico, junto al que habla maledicencia, el adulador y el mentiroso, pertenecen a las cuatro categorías rechazadas por la Presencia Di-vina (Avodá Zará 18:).

    “Grave es ‘Leitzanut’, pues los habitantes de Sdom no fueron castigados hasta que burlaron a Lot”.
    “Penoso es ‘Leitzanut’, pues los filisteos no fueron condenados hasta que hostigaron a Shimshón”.
    “Peligroso es ‘Leitzanut’, pues nuestros antepasados no fueron sentenciados hasta que deshonraron (las Mitzvot)”.
    “Engorroso es ‘Leitzanut’, pues los egipcios no fueron diezmados hasta que ridiculizaron a Israel” (Midrash haGadol).

    ¿Cuál es el origen psicológico y moral del sarcasmo?
    Shaarei Tshuvá (de Rabenu Ioná de Gerona), se explaya en el tema: “el creerse inteligente a ojos propios (o sea: su altanería). Y tanto lo domina esa cualidad, que a raíz de su engreimiento se desconecta del mundo, y es invalidado en su mente con su sonrisa cáustica y despreciativa”.

    Sin embargo, la burla tiene su seducción, y la gente la disfruta. De ahí, la gravedad del pecado (Mahara”l Netiv haLeitzanut 2, Netiv haEmet 1).
    Si el mal de la vanidad es tan evidente – ¿cómo es que el público presta atención al que se manifiesta de ese modo?
    La gente toma distancia de la seriedad y la mesura. La noción de que cada acto que uno realiza posee trascendencia y provoca un impacto en las esferas celestiales – para amparo, o para condena – esa noción misma, acarrea una sensación de cierto abatimiento sobre la persona. De ese modo, uno se torna tenso y busca un alivio, a fin de absolverse del peso de la responsabilidad y sentirse más libre. Esto lo encuentra en la licencia y frivolidad de la diversión (Rav Avigdor Nebenzahl shlit”a).

    El que se ríe, se ríe de sí mismo.
    Más de lo que manifiesta el desvergonzado sobre otros (a los que hace referencia), habla de sí mismo.
    Su actitud demuestra el concepto desvalorizado que tiene de su propio potencial espiritual, que luego proyecta en los demás seres humanos (pues no toleraría que otros fueran superiores a él), y, obviamente, esta actitud tiene “patas cortas”.

    Los Sabios (Avodá Zará 18:) también nos advirtieron del amargo fin que tienen aquellos que acostumbran llevar una vida de burla:
    “No ironicen, para que esto no les cause luego penurias”.
    “Aquel que caricaturiza, disminuirá en su sustento”.
    “Quien ridiculiza, trae destrucción al mundo”.

    Y una pregunta muy actual:
    ¿No hay espacio en la vida judía para una risa sana?

    Sin duda que la hay, es esencial, y los Sabios se expresaron en términos muy favorables – siempre y cuando se emplee en el modo y objetivo adecuado.
    Rabí Beroka se encontró con Eliahu el profeta en el mercado y le preguntó quién de entre los transeúntes era merecedor del Mundo Venidero.
    Dos de las personas señaladas por Eliahu caminaban juntas.
    Rabí Beroka se les acercó para indagar acerca de su actividad (para aprender de ellos). Estos le respondieron: “Somos humoristas y alegramos a los que están tristes. También reconciliamos a las personas que están peleadas” (Taanit 22.).

    Hay humor permitido, y humor prohibido:
    Los comentarios que desprecian los actos dignos, los que descalifican, invalidan, desautorizan los esfuerzos ajenos – pertenecen a esa categoría gravemente reprobada por los Sabios.
    Por otro lado, la gracia que permite ver las falencias de la sociedad para contrastar y realzar las enseñanzas de la Torá, es loable.
    Estos dos individuos, permitían – con su gracia – que las personas ansiosas y preocupadas por su sustento y demás problemas de la vida, puedan volver a confiar en que la manutención y el bienestar están sólo en Manos de D”s.

    Asimismo, Rabá no comenzaba su Shiur (curso de estudio) sin haber previamente deleitado a sus alumnos con palabras de humor, provocando gracia en sus alumnos. Luego, continuaba el Shiur con la seriedad que corresponde (Shabat 30:).

    Todo tiene su forma, su espacio y su medida. La gracia, como estímulo para relajar a las personas y tornarlas receptivas a obedecer y a estudiar con ahínco, para levantar energías decaídas, para suavizar ánimos ásperos o para permitir reunir a personas distanciadas por entredichos – y solamente por esta clase de motivos – es admitida, adecuada y loada.

    UN SUEÑO QUE SE DEMORA EN CUMPLIR
    Los judíos recién comenzaban su viaje hacia la Tierra de Israel. Después de haber permanecido en el desierto frente al Monte Sinaí por casi un año (el pecado del becerro de oro y sus consecuencias, habían demorado al pueblo en aquel sitio), finalmente había llegado el momento de volver a emprender viaje rumbo al destino que debían alcanzar desde su salida de Egipto.
    Esta vez se trataba – según se suponía en ese momento – del último tramo para llegar a la Tierra Prometida. (En realidad, dado que no estuvieron a la altura de lo que D”s esperaba de ellos, su viaje terminó demorándose 39 años más).

    Moshé, entonces, dispuso el orden en que debían acampar, y el sistema según el cual debían viajar. Las marchas no serían fáciles. Había sitios que poseían bondades por las que la gente querría permanecer – y se enteraba luego de desempacar sus bienes, que no se quedarían sino que seguirían la marcha inmediatamente. Mientras en otros, menos agradables, y que no tenían un gran atractivo para el pueblo, habrían de permanecer mucho tiempo. En ciertos momentos viajaban muchos días seguidos, y en otros, sus viajes eran espaciados. Jamás sabían con antelación cuándo y por cuánto tiempo viajarían o permanecerían acampando.
    Aun así, las quejas fueron pocas, y siguieron el ritmo de las nubes de día y la columna de fuego de noche, que indicaban el momento de partida y el sitio para detenerse.

    Una de las enseñanzas que nos deja esto, dice Rav Eliahu Dessler sz”l (Mijtav M’Eliahu 4° tomo), es que debemos estudiar la Torá y observar las Mitzvot más allá de la comodidad y las circunstancias externas reinantes.
    Es común escuchar que “si tuviera un poco más de tiempo…”, o “si no se tuviera que ocupar tanto de trabajar por el sustento”, “por los niños”, etc. entonces su Tefilá y su estudio serían distintos…

    Asimismo, durante nuestro largo exilio, hemos sido conscientes que jamás sabríamos cuándo y por cuánto tiempo viajaríamos o nos estacionaríamos en tal o cuál país. En cualquier momento el gobernante de turno podría decretar disposiciones que tornarían imposible la continuidad de una vida judía o directamente la expulsión de los judíos a… algún nuevo sitio que los recibiera.
    Sin embargo, nada de esto impidió que nuestros abuelos siguieran aferrados a su creencia y al cumplimiento de las Mitzvot de D”s.

    Comenzó un primer trayecto del viaje. Duró tres días (Bamidbar 10:33).
    Pero, de inmediato surgieron obstáculos: el modo de despedirse del Monte Sinaí no fue el adecuado. Considerando que en aquel lugar habían presenciado la Revelación Di-vina y habían aprendido las Mitzvot, el alejamiento debería haber desencadenado emociones de añoranza por separarse de un sitio de tanto ascenso espiritual. Pero ello no ocurrió así: por el contrario, el pueblo estaba feliz por irse de Sinaí, igual a un niño “que se escapa de la escuela” (cuando el maestro se acuerda a último minuto que los alumnos lleven tarea para el hogar – Shabat 116.). O sea: no sentían la necesidad de recibir más Mitzvot.

    ¡Qué contraste con el modo de distanciarse del mar, que había arrojado el botín que los egipcios llevaron consigo cuando salieron a capturar a los hebreos!: Moshé debió insistir y obligarlos a comenzar la marcha. En cambio ahora la partida fue marcada por una sensación de alivio… (Saba de Slabodka sz”l).
    Interrupción entre las desgracias
    En la Torá, encontramos que entre este episodio y el próximo, se intercalan dos versículos separados del resto del texto por las letras “nun” invertidas: uno de los motivos mencionados en el Talmud (ibid) a estos extraños símbolos, es la división entre los incidentes de conducta negativa de los israelitas.
    Estos son los versículos con los que acompañamos a la Torá en la sinagoga al retirarla del Arón haKodesh (Heijal) para leer de ella y al colocarla de vuelta en su lugar.

    Moshé, en estos pasajes y hablándole a D”s cuando comenzaban a trasladarse de un sitio al próximo, expresó su apego y sumisión íntegros a la Voluntad del Todopoderoso – en contraste al murmullo y a la lamentación reiterada del pueblo (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    Taveirá
    Parte del pueblo comenzó a murmurar.
    Hay distintas opiniones sobre si los que protestaron fueron del nivel inferior del pueblo (personas ordinarias) o si se trataba de personas con cargos jerárquicos.

    El sentimiento que expresaron fue “mit’onenim”: quienes practican duelo para sí mismos (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    Habitualmente, el duelo es una forma de manifestar la pérdida de un ser querido (Onen, en hebreo). En este caso, sentían que ellos mismos estaban “como muertos”, como si no existieran para todo lo que se considerara “práctico” y “real” en este mundo. Si fuera por lo que Moshé les estaba enseñando en la Torá, esta situación de “no integración” en los eventos del resto de la humanidad, tampoco cambiaría en el futuro.
    No participaban de las guerras y conquistas como las demás naciones – ni tampoco en el futuro sería importante dominar a otros pueblos.
    En materia económica, se alimentaban con la asignación diaria proveída por D”s, y aun cuando conquistarían la Tierra de Israel, no tendrían aspiraciones, ni debería serles significativo poseer lujos o ser más que otros en cuestiones materiales.

    En fin: todo aquello por lo que compiten las naciones, perdería valor a ojos de los judíos, que no estarían interesados en participar, ni superar a sus adversarios. Con el cumplimiento de las Mitzvot, se habían separado para siempre de la sociedad gentil general.
    Si bien, ciertamente, habían manifestado “Na’asé veNishmá” en el Sinaí un año antes, recién ahora todo esto se tornaba en una realidad palpable.

    Cuando las quejas se expresan en forma de siseo callado, suelen ser el resultado de sentimientos que las personas tienen vergüenza de manifestar en voz alta (en el fuero interno, una voz interior le hace dudar de la sinceridad de su argumento…).
    En el descontento personal, frecuentemente se mezclan las disposiciones que se perciben: lo que uno cree que es el motivo de su queja, puede parecer como si fuera la causa auténtica de aquel sentimiento, mientras que en realidad es el pretexto que se busca, para justificar el descontento…

    Entonces fueron castigados con un Fuego Di-vino quienes participaron de esa protesta, y Moshé intervino para evitar un castigo aun mayor para el pueblo.

    Pero las cosas no terminaron ahí.
    El menú con el que se nutrían a diario, era sumamente simple y monótono: Man a la mañana, al mediodía y a la noche. Esto sucedía todas las semanas, sin modificaciones en la carta. A nosotros, que estamos muy consentidos por nuestro estilo de vida, esto nos parecería totalmente imposible de sobrellevar, siquiera por una semana.

    Sin embargo, la Torá nos cuenta que, a esa altura, nuestros abuelos venían comiendo este alimento durante un año – sin protestar.

    Si bien físicamente la ración se digería en su totalidad, los judíos entendieron que esto era sobre-natural. Ellos conocían y recordaban lo que había sido la comida “acostumbrada” – en abundancia o en escasez – en Egipto. Por lo tanto, comenzaron a protestar: “no queremos ser seres ‘extra-terrestres’, queremos ser ‘normales’” – dijeron. Es decir: “queremos tener deseos por las cuestiones elementales, tal como los teníamos estando en Egipto”. No querían más la misma “comida con sabor a…”.

    Es así, que una parte de los judíos se rehusaron a seguir con esta modalidad impuesta por D”s. Querían tener los placeres tangibles a su alcance y, al mismo tiempo, lidiar con la pugna por auto-limitarse en los encantos terrenales. En las palabras de la Torá, dice que algunos judíos: “hit’avú ta’avá”, es decir que “apetecieron el deseo” (Bamidbar 11:4).

    Oculto, pero no menos grave en esta nueva queja, estaba el resentimiento porque se les habían prohibido los matrimonios con parientes que la Torá determina que se llaman incesto.
    El Sanhedrin de Moshé
    Moshé hizo llegar el pedido del pueblo ante D”s.
    Al analizar la forma de dirigirse a D”s, uno percibe la frustración que sienten los líderes cuando las personas a quienes están sirviendo y asistiendo continuamente – día y noche – no aprenden la lección y se quejan inútilmente.
    “¿Por qué has puesto esta carga sobre mis hombros? ¡Hasta cuándo deberé cargar con este pueblo así como lo hace una nodriza con la criatura!” (Bamidbar 11:11, 12).
    “¡¿Acaso estarán satisfechos si uno les proporciona todos los peces del mar?!”

    El Talmud enseña de esta frase que la obligación del líder judío es soportar y tolerar tantas situaciones inherentes a la tarea de ser precisamente eso: guías de la nación (Sanhedrin 8:), como fuera necesario.
    Fue entonces que D”s ordenó a Moshé reunir 70 hombres destacados del pueblo, para formar el primer Sanhedrín que acompañaría precisamente a Moshé en su gestión.
    Moshé debía adelantar a estas personas que su tarea incluía dotarse de la paciencia necesaria para tratar con individuos indóciles y revoltosos (Bamidbar 11:17, Rash”í), y sin embargo, deberían saber (al mismo tiempo) que su cargo era un privilegio: “tómalos con palabras alentadoras: Bienaventurados de estar (Uds.) a cargo de los hijos del Todopoderoso” (Bamidbar 11:16, Rash”í).
    Una disposición no quita a la otra…

    La convocatoria para formar el Sanhedrín de Moshé debía ser equitativa entre los integrantes de todas las tribus, y las personas invitadas debían ser aquellas que anteriormente – en Egipto – habían mostrado valentía y compasión para proteger a sus compañeros hebreos de los látigos egipcios. Fue así, que se presentaron seis miembros de cada una de las doce tribus (lo cual haría un total de setenta y dos). Al necesitarse tan solo setenta constituyentes para el flamante Sanhedrín, dos de ellos excederían del número requerido por D”s (72 en lugar de los 70).
    Fue por eso que Eldad y Meidad, muy modestos ciertamente, no se presentaron – ¡por decisión y voluntad propia!
    Pero, a pesar de su ausencia, la profecía posó sobre ellos y comenzaron a decir predicciones (no tenían opción de callarlas).
    Algunas autoridades sostienen que vaticinaron sobre las aves de Slav que estaban por acercarse al campamento, mientras que otros opinan que hablaron sobre la futura batalla de Gog. Una tercera opinión les atribuye el presagio de la futura muerte de Moshé en el desierto, y el posterior liderazgo de Iehoshúa para ingresar con el pueblo a la tierra prometida de Israel.
    Iehoshúa por supuesto se sintió mal por Moshé, y pidió que los detenga. Según algunos, Iehoshúa celó porque profetas menores no deberían predecir ante sus colegas mayores, mientras que otros ven en las palabras de estos dos hombres, una afrenta a Moshé.
    ¿Cómo quería Iehoshúa que se limite la profecía de Eldad y Meidad, siendo que sus palabras provenían de D”s?
    “Pon sobre ellos tareas comunitarias, y su profecía se acabará…” (al estar agobiados por las asperezas de la labor pública, entrarán en un estado de fastidio que los descalificará como profetas – Sanhedrín 17.).

    La respuesta de Moshé, fue digna de su esplendidez de corazón. No estuvo molesto por la profecía que a él le atañía: “Quisiera que todo el pueblo fuesen profetas – si tan solo D”s determinara posar Su Espíritu sobre ellos” (independientemente de lo que profetizaran, aun si fuera contra el propio Moshé).
    La tumba del deseo
    Volvamos al “apetito por el deseo”.
    D”s les dio la oportunidad. Hizo sobrevolar a baja altura por el campamento unas aves denominadas “Slav”, para que los israelitas pudieran hacerse de ellas y consumirlas. La reacción del pueblo no fue unánime. Hubo algunos integrantes que de inmediato pusieron manos a la obra. Cazaron cuantas aves podían y comieron. No un día o dos. Un mes entero estuvieron disfrutando de esa voracidad.
    Una vez que habían ingresado en el laberinto de la gula, ya era imposible salir de él.
    La condición humana se caracteriza por su potestad para decir: “NO”, pero eso no es tan simple.

    Habían perdido la opción de ser dueños de su propio proceder. Quedaron presos del hechizo seductor “de lo que todavía me falta”. El resultado fue la muerte “cuando la carne estaba aún entre sus dientes”.
    Esta descripción de la Torá respecto a la manera de morir de estos individuos es terriblemente punzante.

    ¿Qué les causó la ruina?
    Para responder a esta pregunta debemos hacer una reflexión que desafía una de las premisas tácitas de nuestra generación.
    Existe en una parte de la sociedad, la noción muy arraigada que hay un valor auténtico en el deseo como fin en si mismo.

    Efectivamente, es natural que los seres humanos tengamos antojos. Los instaló D”s en nosotros, como parte de nuestros instintos de auto-conservación, para que cuidemos la vida que se nos confió.
    La Torá no nos exige abstenernos del placer. Justamente al contrario: hay ocasiones, como por ejemplo, el Shabat, en los que nos deleitamos mesuradamente con manjares, para celebrar la categoría espiritual del momento.
    Sin embargo, como principio, todo este placer está encuadrado dentro de un marco de propósito moral, que a su vez es parte de la tarea moral de la persona. Para emplear las palabras del Talmud (Brajot 36.): “Está prohibido gozar de este mundo material (Olam HaZé) sin bendecir previamente por el deleite, y quien disfruta de este mundo sin invocar al Todopoderoso, se considera como malversación (de fondos sagrados)”.

    Excepcionalmente permite la Torá que una persona acepte sobre sí el voto de ser Nazir – quien se abstiene de acuerdo a ciertas leyes prescriptas por la Torá (Bamidbar Cap. 6) – y apartarse temporalmente de ciertos placeres cotidianos.
    El placer nunca es un fin en si mismo. El término que describe esa filosofía – en la que bien es aquello que le trae placer a la persona – es el hedonismo, y contradice los principios más básicos del judaísmo. Lamentablemente, nuestra sociedad no está lejana de esta concepción de vida, y este es el elemento que más coadyuva e impulsa a las distintas adicciones.

    Por otro lado, la noción por la cual la persona cree que tiene control sobre sus apetitos y que “se prueba solo un poco”, y se estará satisfecho y no se va a querer más, no es real.
    Más bien se trata de un espejismo: una ilusión falsa que difícilmente se cumpla. Al final, cuando se sucumbe al propio deseo, nada es suficiente.
    D”s castigó a los judíos insaciables. A ese sitio, lo llamaron: “Kivrot HaTa’avá” – la tumba del deseo (Bamidbar 11:34). No solamente la gente pereció. Así quedó muy vívido y claro para los sobrevivientes, adónde conduce el desenfreno.

    Este episodio provocó le demora adicional de otro mes en el viaje.
    Miriam
    Finalmente, aprendemos acerca del incidente que ocurrió cuando Miriam, hermana de Moshé, dedujo de un comentario que hizo su cuñada Tziporá, que Moshé y ella vivían separados. Fue así que conversó con su otro hermano Aharón al respecto, con el fin de remediar la situación.
    Siendo ellos mismos profetas, Aharón y Miriam, y al no haber recibido una orden de tal índole por parte de D”s, Miriam quería corregir lo que entendía era injusto para Tziporá.

    En realidad este hecho había sido una expresa orden de D”s a Moshé.
    Mientras todo el pueblo volvió a vivir su vida “normal”- incluyendo las relaciones conyugales suspendidas 3 días antes de la Revelación Di-vina en el Monte Sinaí- (Dvarim 5:27-28) Moshé debía mantener su nueva condición por el resto de la vida.
    Sin embargo, dada la modestia inigualable de Moshé (Bamidbar 12:3), esta condición de abstención conyugal no la dio a conocer a nadie.

    Cuando Miriam habló con Aharón acerca de la “ishá kushit” (mujer “cushita” – Bamidbar 12:1), se refería (mediante un eufemismo de la Torá) a esta castidad oculta (mientras que ellos aun siendo profetas no mantenían este rigor). En las palabras de censura de D”s que siguen, D”s les aclaró a Miriam y a Aharón, que aun siendo ellos mismos también profetas, todos los profetas – menos Moshé – tendrían apariciones opacas (en comparación a la de Moshé – Bamidbar 12:6-7) que era prácticamente diáfana.

    Solamente Moshé era confiable “en toda Mi casa”, y sus visiones serían cualitativamente señaladas como “aspaklaria hameirá” (visión radiante). La humildad perfecta y sublime de Moshé, permitió que se anulara totalmente ante D”s, como jamás volvería a ocurrir con nadie, y, por ende, la Voz de D”s se transmitiría diáfana a través de él, de manera como no volvería nunca más a suceder. Con esto, queda claro porqué ningún profeta posterior podría negar aquello que Moshé enseñó.

    Fue ese el motivo por el que Miriam desaprobó y comentó los hechos con su hermano Aharón. Sus buenos designios y su profundo amor y admiración por Moshé, no evitaron que Miriam fuera castigada por hablar lo que no correspondía (Bamidbar 12:10).

    D”s no aprobó esa actitud y, en consecuencia, Miriam sufrió de Tzara’at (una “lepra” ritual), durante siete días. (Miriam no sabía que, dado el calibre superior de la profecía de Moshé comparada a los demás profetas, su situación personal y familiar era distinta por orden Di-vina).
    Si uno considera que Miriam tuvo motivos fundados, que era la hermana mayor de Moshé y que en su niñez lo había protegido durante el decreto infanticida del Faraón, seguramente ella podía sentirse con pleno derecho a opinar acerca de la manera de conducirse de Moshé.
    Lo que la Torá nos enseña en este episodio, es que todos los pretextos y descargos que imaginamos, en el momento de la verdad son tan sólo eso: excusas infructuosas.

    Miriam fue sancionada: permanecería afuera del campamento durante esos siete días.
    “El pueblo no continuó su travesía hasta que se reintegró Miriam” – dice el pasaje (Bamidbar 12:15). (El porqué de esto lo vimos cuando estudiamos el episodio en que Miriam esperó y cuidó a su hermano bebé en la canasta).

    Siete días más tarde estaban listos para partir hacia la Tierra de Israel, pero… sucedió otro traspié.

    CONTRA-ESPIONAJE
    Uno de los episodios más tristes de nuestra historia y uno de los que más trascendencia tuvo en el futuro de nuestro largo devenir, se encuentra en la lectura de Bamidbar 13:1.

    Antes de entrar en tema, quiero compartir una sensación que supongo tengo en común con muchos estudiantes de Torá. Cada vez que leemos algún párrafo de la Torá o del TaNa”J, o digamos de cualquier narración verídica o inventada de nuestro acervo, participamos de los eventos poniéndonos automáticamente del lado de los “buenos”, de los que “ganan” (una vez que llega el “Happy end” de la historia).

    En ese sentido estamos equivocados en varios puntos: ni todas las historias, especialmente las relacionadas con la vida real, tienen un “happy end” inmediato, ni siempre en el momento ganan los buenos, y, lo que es más doloroso, es que ni podemos estar tan seguros que – de haber estado allí – hubiésemos estado del lado y apoyado a los buenos. Es muy posible pensar que hubiésemos apoyado a Koraj, a los revoltosos que pidieron agua de mala manera y comieron del Slav hasta hartarse, de los que exigieron que hubiesen preferido volver a Egipto antes de morir en el desierto comiendo este Man diario y aburrido, de no querer entrar a la Tierra de Israel y conquistarla…

    ¿A qué vienen estas preguntas hipotéticas, si de todos modos no estuvimos presentes en aquellos episodios?
    La respuesta es que, si bien nuestros maestros hicieron bien en identificarnos a priori con la posición de Moshé y de D”s en cada coyuntura conflictiva del desierto, solo podremos aprender de las moralejas que dejan cada uno de los episodios, si suponemos que no podemos asegurar nuestra inclinación espontánea hacia lo que realmente se debe hacer correctamente.
    Las historias están para que podamos trazar paralelos entre los errores (en este caso colectivos) del pueblo de Israel y las manifestaciones de las mismas debilidades y dificultades actuales. Solo entonces el estudio de los acontecimientos y nuestra reflexión objetiva nos permitirán crecer espiritualmente y, esperemos, obrar mejor cuando nos encontremos nosotros con desafíos análogos.
    La misión
    La Torá nos cuenta, entonces, sobre un grupo de espías que mandó Moshé a la tierra de Cna’an, que había sido prometida al pueblo de Israel, y que estaban a punto de conquistar.
    Los espías fueron a lo que sería la Tierra de Israel y la visitaron y reconocieron minuciosamente durante cuarenta días.
    En el informe posterior, todos los espías coincidieron en que se trataba de una tierra que – efectivamente – poseía todas las virtudes que D”s había prometido: habían visto un país que rendía frutos extraordinarios.
    Sin embargo, a ese punto, diez de los enviados comenzaron a difundir entre la población su parecer que los habitantes de la tierra estaban muy bien pertrechados y atrincherados, y que – por lo tanto – no podrían conquistarla.
    Estos rumores atravesaron el campamento de los israelitas rápidamente, y los judíos muy pronto estaban llorando en sus carpas aceptando el “hecho” de que no iban a poder tomar posesión de la tierra y que iban a morir en el intento o en el desierto.
    Llorar sin sentido
    Este llanto innecesario – ellos ya habían presenciado y visto personalmente cómo D”s los había salvado del ejército de los egipcios y de los amalequitas hacía no tanto tiempo – provocó que D”s los castigue: ellos mismos no entrarían a la Tierra de Israel, sino recién sus hijos – 38 años más tarde.
    Solamente dos de los espías: Iehoshúa bin Nun, alumno de Moshé, representante de la tribu de Efraim, y Calev ben Iefuné, representante de Iehudá, alentaron – infructuosamente – a la gente para que confiaran en la segura conquista de la Tierra de Israel. El pueblo los desoyó y amenazaron con apedrearlos.

    (Es importante marcar aquí dos puntos esenciales: los espías debían entregar su informe a Moshé, en carácter de líder del pueblo y no debían difundir opiniones entre la gente. A su vez, el pedido de informe era de cómo conquistar la tierra y no se le había preguntado sobre si era posible tomarla o no…)
    El orgullo y la modestia en el lugar adecuado
    ¿Cuál fue en realidad la dificultad moral del momento? ¿Fue “únicamente” el temor a la derrota frente a los pueblos de Cna’an?
    Cuando escuchamos a los espías hablar, oiremos las siguientes palabras: “y fuimos en nuestros ojos como langostas, y tal fuimos considerados por ellos”. Es decir que ellos se veían pequeños, “pobrecitos” e indefensos ante sus propios ojos.
    O sea: carentes del sano orgullo por el hecho de ser – nada menos – enviados de Moshé a la tierra que D”s prometió a los judíos.

    Visto “desde afuera”, no sabemos qué es lo que realmente creían los Cna’anitas en aquel momento. Sin embargo, pocos años más tarde, Rajav, la mujer que albergó en su hogar a los dos espías que envió posteriormente Iehoshúa, les confesó a ellos que estaban temerosos de los judíos, pues habían escuchado que D”s había partido el Mar Rojo delante de ellos (a pesar que ya habían transcurrido desde entonces 40 años).

    Nuevamente debemos señalar que hay quien ve esta misma idea en las palabras de Moshé, que les dijo a ellos en el momento de su partida: “sean fuertes y traigan de la fruta de la tierra (como muestra)”.
    ¿Por qué hacía falta “ser fuerte” para ir a traer unas muestras de fruta?; ¿se las iban a quitar en la aduana?
    La respuesta es que a ojos de aquel que no cree que la tierra realmente le corresponde, porque D”s se la prometió, hasta el mero hecho de quitar una fruta requiere de un “esfuerzo”.

    Moshé bendijo a Iehoshúa antes de salir y le agregó una letra (la Iud) al nombre (pues antes se llamaba Hoshea) para que pudiera salvarse de la idea (el riesgo espiritual) que representaba la misión de espionaje.
    ¿Por qué justamente a Iehoshúa? Pues una cualidad valiosa que distinguía a Iehoshúa era su modestia.
    La modestia puede fácilmente confundirse con la falta de auto-estima (una característica humana negativa) y con la haraganería (“de todas maneras, ¿quién soy yo para…?”)
    Calev, por otro lado, se separó del grupo y se dirigió a Jevrón para rezar junto a las tumbas de los antepasados.
    Permanecer sin ser influenciado negativamente por los pares, es una de las dificultades mayores que debe afrontar la persona (especialmente en nuestros tiempos de generalizada falta de auto-estima).

    El sabio Steipler Rav sz”l, comenta sobre aquel Midrash que relata que los espías encontraron durante su misión numerosos cortejos fúnebres, lo cual condujo a que ellos dictaminaran equivocadamente que la Tierra de Israel “consume y devora a sus habitantes”.
    La razón por la cual D”s había causado todos estos decesos, era para que los Cna’anitas estuviesen ocupados con sus propios asuntos y no prestaran atención a estos espías extraños, de modo que no fueran descubiertos fácilmente. Los espías podían deducir fácilmente que las numerosas muertes debían responder a una coyuntura especial (la protección de D”s), pues si esta fuese la naturaleza del lugar, ya no quedaría nadie fuera a los cortejos hacía tiempo…
    Sin embargo, dice el Rav, la gente ve lo que quiere ver y deduce lo que le interesa.

    Justamente aquello que D”s había hecho para favorecerlos (los funerales Cna’anitas), lo utilizaron de modo opuesto (para despreciar la Tierra de Israel y asustar a los judíos). Una de las enseñanzas de este episodio es que está prohibido hablar peyorativamente de la Tierra de Israel.
    Cada vez que Israel atraviesa un momento difícil, debemos volver sobre el fundamento que nos enseñó Kalev: “si D”s nos va a querer (por nuestra conducta adecuada) entonces será nuestra” – sin que nadie pueda cuestionarnos nuestro derecho sobre ella.
    El triste epílogo de esta misión
    Finalmente, lograron lo que quisieron: aquella generación no ingresó a la Tierra de Israel. Pero no solamente tuvo consecuencias coyunturales, sino que provocó enormes pérdidas espirituales a largo plazo.

    El origen de Tish’á Be’Av es muy anterior a la destrucción del Bet HaMikdash: el llanto no solo no fue considerado ni admitido por D”s, sino que fue duramente censurado por Él: “¿Uds. han llorado un llanto innecesario? ¡Yo os daré motivo válido (las penurias del exilio) para llorar!”
    ¿Qué diferencia existe entre ambas lágrimas?
    ¿Por qué vale la lamentación de Tish’á Be’Av, mientras que fue castigada la generación del desierto por llorar?

    La respuesta pasa por la característica del llanto.
    El duelo de llorar por una pérdida es humano y aceptable.
    Sin embargo, el berrinche de los judíos en el desierto no se debió a una carencia o privación ocurrida, sino por la desconfianza en el futuro. Descreían del hecho que realmente podrían conquistar la tierra de Israel, con sus habitantes y guerreros fuertemente pertrechados. Habiendo visto los macabros milagros que ocurrieron frente a sus ojos en Egipto y durante el cruce del Mar Rojo, comiendo diariamente un pan celestial, bebiendo un agua maravillosa y estando protegidos por nubes Di-vinas, se esperaba de ellos más confianza en D”s. Este llanto de temor y prejuicio, fue el testimonio que efectivamente no estaban a la altura de ingresar a la tierra y la causa de los males posteriores.

    Al día siguiente, un grupo arrepentido decidió por su cuenta – contra la orden y advertencia de Moshé – avanzar e ingresar a la Tierra de Israel.
    Pero ya era tarde: habían desperdiciado la preciosa oportunidad.

    La Mitzvá – y la Asistencia Di-vina necesaria – dependen de la determinación de D”s. Israel es “nuestra”, cuando el Todopoderoso da Su beneplácito, pero jamás la adquiriremos “por la fuerza” y contra Su decisión.

    Los enemigos con los que se encontró este grupo de guerreros judíos los vencieron frustrando su intento de ingreso a la Tierra Prometida.

    La insurrección de Koraj
    LA INSURRECCIÓN
    Una de los incidentes más difíciles de comprender que experimentaron los judíos durante su travesía por el desierto, fue el levantamiento pergeñado por nada menos que el primo-hermano de Moshé: Koraj, quien trató de destituir a los mismísimos Moshé y Aharón de sus cargos.

    ¿En qué momento sucedió la sublevación de Koraj?
    Ibn Ezra ubica esta contienda inmediatamente después de la puesta en funciones de los Cohanim en reemplazo de los primogénitos (pues Koraj mismo era primogénito, y se sintió desplazado). Ramba”n, en cambio, opina que Koraj esperó y aprovechó el malestar generalizado que provocó el dictamen de D”s, en el sentido de que aquella generación moriría gradualmente en el desierto por la desconfianza que provocaron los espías, mientras que solo la generación de los menores de 20 años a esa fecha, ingresaría a Israel. Así pudo llevar adelante la protesta en contra de Moshé y Aharón, aun cuando sus desazones internos eran motivados por razones completamente distintas.
    Si bien el malogro de los espías fue producto de la exigencia de la gente de enviar a estos emisarios, y su posterior llanto inapropiado – y no de Moshé, siempre es más fácil culpar a otro por los fracasos propios (Rav Ierujam Levovitz sz”l).

    Los Sabios nos transmitieron los designios internos que tuvo Koraj para intentar el golpe, como así también, qué le hizo sentir tanta seguridad como para convencerse que su alzamiento sería exitoso.

    Las decisiones que tomamos los humanos – aun cuando pregonamos y creemos que hay un argumento justificado y auténtico que provoca aquella acción (tal como Koraj proponía), no dejan de estar influenciados – en mayor o menor medida – por pasiones subjetivas que permiten que la mente humana fantasee en cierta dirección. El caso de Koraj no fue una excepción a este fenómeno: hubo una cuota importante de envidia en su acto de sedición.
    ¿Por qué?
    Koraj era una de las personas más renombradas entre el pueblo y, al margen de ser difícil sostener la preeminencia de su primo Moshé, se “le colmó el vaso” con la designación de otro primo (Elitzafán – hijo de un hermano menor de su padre) al cargo de jefe de la rama leviita de Kehat. “La envidia corrompe los huesos…” (Mishlei 14:30).

    Koraj era también una persona muy adinerada. La posesión de riqueza suele ser un gran desafío espiritual. En el caso de Koraj, lo llevó a sentirse arrogante y finalmente lo hizo caer. Así versa el pasaje: “riquezas abarrotadas por sus dueños para su infortunio” (Kohelet 5:12).

    Koraj no actuó solo: ¡lo acompañaron en este golpe 250 de las máximas y más respetadas personalidades de la época! – a quienes arrastró consigo a la perdición.
    Uno de los peores males que desvían a los seres humanos del camino correcto, es la adulación de la que sean objeto.

    Koraj invitó a sus secuaces a brindar con él. La lisonja fue mutua. Mientras Koraj agasajaba a sus acólitos, ellos lo apoyaron en su gesta. Finalmente cayeron todos juntos como producto de su propio ardid (Sanhedrín 52.).

    Si bien los argumentos que Koraj esgrimía decían defender la igualdad de todos los judíos (“¡¿acaso no es todo el pueblo santo y está D”s entre ellos…?!”), no se abstuvo de crear patrañas que hicieran parecer la enseñanza de Moshé, como producto de su egolatría, restándole la importancia inherente a su condición de ley Di-vina.

    Los absurdos con los que Koraj “demostró” la “certeza” que La enseñanza de Moshé no era de origen Di-vino, se describen en el Midrash:
    ¡¿Cómo puede ser que un Talit de color íntegramente Tejelet, requiera que se le agregue hilos con Tejelet?! o:
    ¡¿cómo se concibe que una casa llena de rollos de Torá requiera igualmente una Mezuzá (que es un texto que aparece en la propia Torá) en el dintel de su puerta?!
    Seguidamente, Koraj narró una historia inventada, en la que una pobre viuda perdía progresivamente todas sus pocas pertenencias a raíz de las distintas cargas (ordenadas por Moshé = la Torá) que debía aportar para los Cohanim…
    Una visión selectiva
    Nos falta responder: ¿qué le hizo creer que su alzamiento sería exitoso?
    Koraj también conocía parte del eximio futuro que tenía predestinada su prole.
    El gran profeta Shmuel, quien equivalía a Moshé y Aharón, sería descendiente de él. Este discernimiento permitió que Koraj entrara en su delirio de poder superar a Moshé y le dio la falsa sensación de “seguridad”. Siendo así – ¡¿acaso podía estar él tan equivocado?!
    Lo que no supo en aquel momento, era que si bien él caería como consecuencia de su rebelión, sus hijos se retractarían a último momento, permitiendo así que el vaticinio de su prodigiosa sucesión se cumpliría sin él…
    Koraj podía haber juzgado de manera opuesta: “considerando que afortunadamente tengo el privilegio de tener un descendiente del calibre de Shmuel – ¡¿para qué debo involucrarme en esta clase de pleitos?! Sin embargo, desafortunadamente, el conocimiento de un dato importante no obliga a su interpretación ideal. Así fue que Koraj tergiversó lo que supo, hacia el lado opuesto… (Rav Avraham Pam sz”l).
    La primera gestión de disuadir
    Moshé intimó a Koraj y a su gente a que, si estaban tan seguros de ser ellos los líderes auténticos del pueblo, entonces trajeran todos (los 250 seguidores) el incienso (tarea exclusiva del Sumo Sacerdote) al día siguiente, a sabiendas que solamente uno de ellos sería elegido por D”s. Los demás morirían (ellos ya lo sabían, pues conocían lo que había sucedido con los propios hijos de Aharón).
    No obstante, los 250 hombres trajeron incienso…
    ¿Qué atravesó sus mentes?
    “Yo soy el verdadero elegido” – deben haber pensado – “y quienes me acompañan en la revolución, mis compañeros de fórmula – morirán…”, y fueron juntos a ofrendar el incienso que al final les provocaría la muerte a todos.

    Uno de los argumentos con los que Koraj retó a Moshé fue el hecho de que el sacerdocio se transmitiera en forma de dinastía: ¡¿y si los descendientes de Aharón no tuvieran la misma calidad y talla que su abuelo?! ¡¿con qué derecho mantendrían aquella distinción?!

    Sin embargo – argumentó Moshé – con tal razonamiento los judíos también dejarían de ser judíos si no hubieran de mantener los atributos de sus antepasados. Siguiendo esa línea de pensamiento, el futuro del pueblo sería dudoso. “Pero” – respondió Moshé – “del mismo modo en que D”s separó tajantemente el día de la noche, así también apartó definitivamente a Israel de las naciones. Asimismo, la designación de la prole de Aharón para el cargo de Cohanim es irreversible”.
    Dos mujeres muy distintas
    Koraj regresó a su tienda después de haber sido elevado al status de Leví. En dicha ceremonia le habían rapado todo el cabello de la cabeza (al igual que a los demás leviim, por orden de D”s).
    “¿Qué te pasó?” – indagó la esposa.
    “Moshé me rapó la cabeza como parte de la ceremonia y Aharón me levantó como a un bebé…” relató Koraj.
    “¿A ti? ¿no te da vergüenza que te pongan en el papel de ridículo? ¡Se están burlando de ti!” – insistió ella.
    Koraj trató de defenderse de los embates de su mujer, pero no hubo caso. Ni siquiera sirvieron los argumentos en el sentido de que los propios hijos de Moshé habían “sufrido” el mismo trato. “¡Con tal de hacerte pasar vergüenza a ti, Moshé es capaz de cualquier cosa!” La señora de Koraj acompañó (o empujó) a su marido a la perdición.

    Al comenzar la rebelión, la esposa de On ben Pelet se encontró con que su marido estaba a la par de Koraj en la organización del alzamiento.
    El Talmud (Sanhedrín 109:) relata que On llegó a casa aquel día en que se había sumado a la rebelión y le contó a su sabia esposa la novedad. Ella, muy pronta, le preguntó cuál era el beneficio personal que tendría de esta pugna: “Si Moshé es el maestro, tú eres el alumno, y si Koraj es el maestro, tú eres el alumno – y nada más que eso”.
    On escuchó y sintió que su esposa tenía razón. “¿Qué puedo hacer ahora? ¡Ya le juré lealtad a Koraj y no me puedo echar atrás! ¡Le dije que lo seguiría y ahora no lo puedo defraudar!” – respondió. “No te preocupes, yo ya sabré qué hacer” – volvió a responder la esposa.
    Le dio de tomar unas cuantas copas a su marido hasta dejarlo borracho. Luego se quitó lo que tenía puesto sobre su cabeza para taparse el cabello, y cuando vinieron los compañeros de On a buscarlo a la otra mañana para seguir en la lucha, se alejaron al verla a ella con el cabello descubierto (lo cual nos enseña incidentalmente sobre el grado de recato moral que poseían, aun aquellos revoltosos). La rebelión y la caída de los sediciosos terminaron sin On.

    Una de las necesidades más elementales de todo marido, es sentirse apreciado por su esposa. Sobre esta actitud aplica el Talmud el pasaje: “la sabia entre las mujeres construye su casa, mientras que la necia la destruye con sus propias manos” (Mishlei 14:1).
    Otro intento por evitar lo peor
    Moshé hizo todo lo que estaba a su alcance para evitarle un daño a Koraj, a sus cómplices y a resto del pueblo.
    Por lo tanto, llamó a Datán y Aviram, colaboradores de Koraj y viejos y repetidos provocadores, para hacerles entender su error. Pero éstos se negaron a ir: acusaron a Moshé de abusar del poder de su autoridad, cuando el digno Moshé ni siquiera se había tomado el atributo de utilizar un burro del pueblo cuando estaba ejerciendo su cargo de líder, precisamente dada su perfecta rectitud moral.
    Finalmente, la rebelión fue creciendo hasta el punto de convencer a todo el pueblo y conducirlo hacia el abismo.
    No se trataba “solo” de la afrenta de Koraj a D”s y a sus elegidos, sino que ponían en riesgo la mismísima creencia – a futuro – de la veracidad absoluta de cada palabra de la Torá escrita y oral. De este modo, la rebelión de Koraj en contra de Moshé era, y en consecuencia – en contra de D”s (“todo aquel que discute a su maestro, es como si combatiera a D”s”).

    Moshé, entonces, hizo un pedido inédito a D”s a ojos del pueblo entero: “Sólo Tú conoces lo que sucede en la mente y el corazón de cada persona, y distingues entre instigador y quien fue arrastrado incautamente. Si esta gente provocadora muriera una muerte habitual, entonces – efectivamente, como argumentaba Koraj – su enseñanza simplemente no había sido genuina. Sin embargo, si D”s habría de crear una muerte original, y la tierra se abriera tragándose a ellos y sus pertenencias, entonces todos deberían saber que estos hombres sediciosos habían injuriado a D”s.

    Apenas Moshé hubo concluido su plegaria a D”s, sus palabras se cumplieron. La tierra se abrió y tragó a Koraj, Datán y Aviram y a sus respectivas familias. Solamente se salvaron los hijos de Koraj, quienes, como anticipamos, se arrepintieron a último momento (según ciertas opiniones Koraj cayó junto a los 250 hombres que lo acompañaron en desafiar a Moshé y ofrendar el Ketoret que no debían, y que fueron consumidos por un fuego espiritual – Sanhedrín 110.).

    “Ven y mira qué terrible es la fuerza negativa de las peleas, pues si bien los tribunales terrenales no condenan a quien no ha llegado a la mayoría de edad, y los Tribunales Celestiales no lo hacen hasta los veinte años, ¡en este caso cayeron aun los bebés e infantes” de las familias de Datán y Aviram! (Rash”í)”.

    Normalmente, si un tercero molestara a sus hijos, nada impediría a los padres defenderlos de cualquier modo que tuvieran a su alcance. Sin embargo, cuando los propios padres se involucran en un litigio, dañan enormemente a sus hijos – y no hay quien proteja a estos… (Jafetz Jaim).
    Al día siguiente
    Con la muerte de Koraj y sus seguidores, la situación se debería haber tranquilizado.
    Sin embargo, al día siguiente, el pueblo se alzó nuevamente acusando a Moshé y a Aharón de “haber provocado la muerte” de Koraj y sus partidarios (?!).
    Puesto que creían que el error de Koraj era haber ofendido a Moshé, su castigo si bien obviamente Di-vino – podía haberse mitigado si Moshé mismo no hubiera sido tan estricto con el respeto que se faltó hacia su investidura.
    ¿Acaso, no podría haber habido otro modo de demostrar la veracidad de la designación de Moshé, sin recurrir a un castigo tan severo?

    Esta vez, el castigo al pueblo fue inmediato, llegó en forma de epidemia, la que duró hasta que Aharón corrió y preparó un incienso que en medio de los moribundos, la interrumpió.

    ¿Por qué el Ketoret (incienso) tiene un poder curativo?
    Una particularidad del Ketoret es que contiene el Jelbená, un ingrediente de olor muy desagradable, pero que en el conjunto de las demás especies aromáticas que componen la fragancia, le suma una nota grata. Así también, aun los pecadores, al estar unidos al conjunto de quienes obedecen la ley, son amparados (Rav Nisan Alpert sz”l).
    El Ketoret, que se ofrenda en forma silenciosa (a solas) en el Bet haMikdash, expía el pecado de la maledicencia – que habitualmente también se lleva a cabo “a solas” (a espaldas de la persona de quien se está comentando – Zvajim 88:).

    Pero aun así, las pérdidas fueron muchísimo mayores: ¡cayeron 14.700 judíos!
    Las consecuencias de este segundo episodio fueron más graves que las anteriores, en las que había participado Koraj mismo.
    Hay “peleas y peleas”
    Pirkei Avot (5:17) menciona la contienda de Koraj en yuxtaposición a otros grandes que también polemizaron: Hilel y Shamai (y luego las Ieshivot que ellos establecieron).

    Es posible una disputa franca que no significa que haya disgusto – sino amor – entre los protagonistas. Esto sucede cuando ambos persiguen la verdad con sinceridad y libre de “tener razón”, y – aun menos – búsqueda de petulancia y aplausos.
    Es así que hasta hoy estudiamos las opiniones de ambos: Bet Hilel y Bet Shamai, con la misma devoción, aun si en la práctica solamente nos podemos conducir como una de ambas opiniones (según hayan determinado los Sabios). Ambos dictámenes no caducaron con el tiempo pues había motivación Di-vina en sus palabras. Por lo tanto había también absoluta objetividad en sus posiciones.
    Los integrantes de ambas Ieshivot mantenían relaciones cordiales de vecindad entre ellos (e incluso celebraban matrimonios entre las familias perfectamente): amaban férreamente la verdad y la fraternidad, sin que estos dos conceptos se contradijeran.

    Por otro lado, también está la “unión” que encubre un odio latente. (Koraj y sus secuaces). Personas que se unen en protesta, cuando en su corazón cada uno de ellos desea él mismo el poder hegemónico sobre los demás, como sucede en los partidos políticos. Moshé no es el adversario. Son ellos mismos quienes en realidad no se toleran entre si.

    Sin embargo, hay también quienes ven un paralelo en las controversias de Hilel y Shamai, y la de Koraj. Los seguidores de Koraj efectivamente pretendían más santidad y un vínculo más estrecho con el Todopoderoso – al igual que los Cohanim, lo cual es encomiable. Sin embargo, cuando la contienda tomó un cariz de motivos mezquinos por ego personal, debían haberse apartado.

    Si bien en otros aspectos de la Torá, una persona debe observar las Mitzvot aun si sus intenciones no son del todo abnegadas – pues con el tiempo llegará a cumplirlas de modo puro (Sanhedrín 105:) – una pelea, aun si está originada por motivos nobles, no se puede seguir adelante si las intenciones no son íntegramente francas. En tal caso, es preferible abstenerse del todo (Rav Ierujam Levovitz sz”l).

    Se reconoce a la persona por cómo actúa cuando tiene razón, si por esa circunstancia se siente con derecho a agraviar a sus opositores… (Rav Frand en nombre del Rebe de Belz).
    La prohibición de generar pleitos innecesarios
    “Y que no sean como Koraj y su gente…” – nos advierte la Torá. De aquí se aprende que no debemos crear peleas inútiles (Sanhedrín 110.).
    ¿Como cuáles? Por supuesto, no se refiere a las discusiones de Bet Hilel y Bet Shamai. ¡Al contrario! Debemos luchar por la verdad de la Torá y no comprometer nuestra convicción por una unión ilusoria.
    ¿Quizás no argumentar por temor a provocar odio? Las discusiones objetivas no producen odio…
    ¿Y Koraj? Aquí ya entramos en el terreno de las ambiciones personales. Siempre será importante analizar sinceramente los motivos reales de las discusiones…

    El modo ideal de evitar pleitos, es pactar claramente las obligaciones mutuas en cualquier sociedad o compromiso que se contraiga y no dejar los detalles “que después se verán” (Ahavat Jesed de Jafetz Jaim).

    Si bien la insurrección había finalizado, quedaba aún la posibilidad de alguna duda en la mente de los israelitas.: ¿Efectivamente, Moshé debía haber elegido a Aharón como Sumo Sacerdote?
    D”s ordenó, pues, que Moshé pidiera a todos los jefes de las tribus que acercaran sus bastones de mando y los colocaran frente al Arca. El bastón de Aharón estaría en medio del resto de los bastones (para evitar toda sospecha posterior). Al día siguiente quedaría claro que el sacerdocio pertenecía – por Orden de D”s – solo a la descendencia de Aharón.

    Así fue. Cuando amaneció, se encontraron con que el bastón de Aharón había brotado, los pimpollos habían florecido y el mismo único bastón estaba cubierto con flores y almendras (¡todo a la vez!).
    Las flores se mantuvieron, aun cuando también había almendras que son el fruto, pues a diferencia del mundo material en el que la flor – que desaparece con el tiempo – es tan solo el elemento preliminar a la fruta, en la gesta espiritual el esfuerzo (la flor) no desaparece con el logro (Rav Frand en nombre de Rav Moshé Feinstein sz”l).

    El bastón quedó de ahí en más, como demostración de la designación de Aharón (hasta que fue ocultado por el rey Ioshiahu, junto al Arca y la vasija que contenía la porción de Man que Aharón había preservado para el futuro – Horaiot 12., Iomá 52:).

    El castigo de Moshe
    ¿CUÁL FUE EL ERROR?
    Como ya notamos oportunamente, el objetivo de la narración de estas historias no es para que nosotros evaluemos los modelos de la Torá. Las circunstancias varían tanto a lo largo de los años, que el mero intento de elogiar o descalificar a las personas de la era bíblica comparándolos con nuestras vidas, resulta totalmente fuera de lugar. Además, el juicio de las acciones humanas pertenece únicamente al Todopoderoso.

    Lo que estamos diciendo se refiere a cualquier personaje de la Torá.
    ¡Cuánto más a Moshé, que fue único por su humildad en toda la historia de la humanidad, quien fuera designado por el Todopoderoso para ser el transmisor de la Torá al pueblo de Israel (cosa que no podemos decir de Ud. y de mí)!
    Cuando leemos que Moshé fue castigado en un episodio que protagonizó frente al pueblo después de conducirlos en la salida de Egipto y durante cuarenta años de su travesía por el desierto con la inhibición de su ingreso a la anhelada Tierra Prometida: Eretz Israel, quedamos muy confundidos.

    ¿Qué puede haber hecho Moshé para recibir un castigo tan importante?
    Ud. y yo podemos viajar y vivir en la Tierra de Israel. Solo hace falta tener voluntad (y los medios necesarios). ¿Nosotros nos merecemos ingresar a Israel – y Moshé no? Cuando analicemos el texto escrito de la Torá, veremos que la Torá ni siquiera es demasiado clara respecto a cual fue exactamente el pecado de Moshé. Esto confunde aun más.

    Entonces: ¿por qué están relatados estos acontecimientos en la Torá?

    Responde el Rav Itzjak Meir Alter (“Jidushei haRim”, el Rebbe de Gur): “si la Torá incluyó estas historias, seguro que es para que las estudiemos. Cada generación y cada comunidad están guiadas por D”s para encontrar en esta historia una lección y una enseñanza ética útil y apropiada para su época específica. Todas las distintas interpretaciones que ofrecen los comentaristas, pueden ser legítimamente encontradas en la historia de Moshé, pues cada una de ellas nos alecciona en un significado moral”.

    Volvamos, pues, al texto de la Torá e intentemos aprender lo que nos transmiten los Sabios:
    Nuevamente falta agua
    Los judíos habían llegado al desierto de Tzin hacia los comienzos del último de los cuarenta años de su itinerario por el desierto. En aquel momento falleció Miriam.
    Seguidamente, no hubo agua para beber.
    Recordemos que hasta ese entonces los judíos habían bebido agua de un pozo extraordinario que los acompañaba permanentemente por mérito de Miriam. Este pozo había comenzado a dar sus aguas a partir de una escasez que habían sufrido luego que se lanzaron al desierto después del cruce del Mar Rojo. En aquella primera oportunidad, en las cercanías del Monte Jorev (Sinaí), D”s había indicado a Moshé que golpeara la roca con su bastón.

    Nuevamente el pueblo se levantó contra Moshé, exigiendo agua para sí mismos y para el ganado. El pueblo se quejó otra vez por haber salido de Egipto (a pesar que esta nación había nacido en el desierto) y dijo que hubiese sido preferible morir de otro modo menos sufrido que por la falta de agua.

    D”s ordenó a Moshé que se dirija nuevamente a cierta roca y que le hablara para que diera sus aguas. Moshé fue con Aharón y con el resto del pueblo. Una vez que llegó al lugar, golpeó la roca dos veces con el bastón, lo que provocó que saliera mucha agua para el pueblo y su ganado.
    “Y dijo D”s a Moshé y a Aharón: dado que no han confiado en Mí para santificarMe a ojos de los hijos de Israel, por lo tanto no conducirán a este pueblo a la tierra que les di. Estas son las aguas de Merivá en que pelearon los hijos de Israel a D”s y fue Santificado a través de ellas” (Bamidbar 20:12-13).

    Las palabras que implican “falta de confianza en D”s” son muy fuertes.
    ¿Moshé no confió en D”s? ¿Y qué se podría decir, entonces, de nuestra confianza en D”s?

    Rash”í explica que la falta de Moshé consistió en pegar a la piedra. Si bien en la oportunidad anterior D”s expresamente había ordenado a Moshé que la golpeara, en esta coyuntura le ordenó que le hablara. Si Moshé hubiese hablado a la piedra y esta hubiese dado sus aguas, los judíos podían haber deducido que “si una piedra que no escucha ni habla ni requiere sustento, presta atención y obedece el mandato de D”s, ¡cuánto más nosotros!”.

    Esta explicación nos da para pensar.
    Habitualmente evaluamos los errores por las cosas que evidentemente se hicieron mal. Rash”í nos permite ver que no solamente es una ofensa el hecho de haber obrado con lo que llamaríamos una “mala acción”, sino que es tan perjudicial la pérdida de una oportunidad, en este caso la eventualidad que el pueblo de Israel hubiese podido derivar de la obediencia de la roca la enseñanza que ellos no debían ser menos. Nuestra visión del mal es muy limitada.
    ¡Cuántas circunstancias pasamos por alto, en las que hubiésemos podido generar tanto bien!

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l dice que el error de Moshé al enojarse con el pueblo (“¡¿acaso de esta roca podremos obtener agua?!”) consistió en perder la esperanza y la confianza en que los judíos llegarían a consumar su destino como pueblo. Se preguntó si toda su labor había sido en vano. Por eso, murió.
    Sigue comentando el Rav Hirsch: “Lo más extraordinario que nos queda, es el hecho de que a causa de un pequeño, fugaz y entendible desliz en la Emuná (fe), los líderes de la generación debieron sufrir el mismo desenlace que el resto de aquella generación del desierto que demostró tanta falta de fe.

    La tumba de nuestro gran líder próximo al límite de la Tierra Prometida a la cual había finalmente traído al pueblo, en cercanía a las tumbas de aquellos que murieron en el desierto, aporta el testimonio eterno a la imparcialidad del Juicio Di-vino, en la balanza en la cual los errores más triviales de los santos, pesan igual que los pecados más graves de otros mortales”.

    Son muchos más, los comentarios de los Sabios acerca de este hecho. Con esta reflexión, llevamos una lección atemporal de lo que significa la Justicia de D”s, y la responsabilidad que nos cabe a cada uno de nosotros.

    LAS SERPIENTES MAESTRAS
    La larga trayectoria estaba llegando a su fin.
    Los cuarenta años transcurridos desde que el éxodo de Egipto se habían cumplido y se acercaba la hora para que la joven generación ingresara a la Tierra de Israel.

    Moshé, a pesar que él mismo tenía vedada la entrada a la Tierra Prometida, solicitó permiso a los pueblos vecinos – Edom, Moav y Amón – para que les concedan el paso a los israelitas a través de su territorio. Estos pueblos no eran ajenos a la historia de los hebreos, pues tenían ancestros en común.
    A pesar de ello, estas naciones negaron a los hebreos atravesar sus comarcas, aun si éstos pagaran peaje y prometían consumir sus productos para beneficiarlos con sus gastos.
    Puesto que D”s había indicado que no se debía molestar a estas naciones, los hebreos debieron circunvalar sus fronteras, y esto agregó cansancio al pueblo que ya estaba fatigado y ávido por llegar a destino.

    Adicionalmente, y a pesar que el contacto con los habitantes de Edom había sido mínimo, la influencia de su deplorable moral se hizo sentir en los israelitas (nosotros no entendemos estas sutilezas, pues hoy ni siquiera nos percatamos de la magnitud del influjo de la conducta de los pueblos entre los que habitamos, sobre nosotros…).
    La muerte de Aharón
    El resultado de aquella caída ética de los hebreos provocó la pérdida de una de sus máximas autoridades: Aharón, a quien ya no merecieron tener entre ellos.

    Aharón era una persona muy querida por el pueblo, pues amaba la concordia y buscaba activamente la conciliación entre los judíos enemistados. Asimismo, su amor por la gente inducía a que se acercaran a la Torá (Pirkei Avot 1:12).
    Todo el pueblo sin excepción, pues, lloró el fallecimiento de Aharón.

    La muerte de los Tzadikim expía los pecados del pueblo (Moed Katán 28.) a través del duelo que practican y las demostraciones de honor que le hacen. Asimismo, el fallecimiento de los justos, provoca que la gente analice su propia conducta y realice las enmiendas necesarias.

    La muerte de Aharón derivó en el alejamiento temporáneo de las Nubes de Honor protectoras, lo cual dio una sensación de vulnerabilidad que no habían padecido durante muchos años. Esta situación fue aprovechada por los guerreros de Amalek, quienes atacaron nuevamente desde Arad, pero esta vez dando apariencia de ser cna’anitas, imitando su idioma para confundir a los hebreos cuando rezaran pidiendo Asistencia Di-vina (ante la duda, los hebreos rezaron a D”s para que “entregue a ‘este pueblo’ en sus manos”).

    Si bien los amalekitas fueron derrotados, el retroceso que tuvieron que hacer (marcha hacia atrás) a raíz de la batalla y del temor a los enemigos, dio pie a una nueva protesta contra Moshé (dudando nuevamente de la veracidad de su mensaje). Viejos lamentos se renovaron, tales como el de la comida extraña, el Man, que venían consumiendo.
    Como antes mencionamos, el fallecimiento de Miriam había interrumpido el flujo de agua milagrosa, mientras que el deceso de Aharón trajo aparejada la discontinuidad de la protección de las Nubes.

    La próxima muerte de Moshé ya estaba anunciada: ¡¿qué sucedería, pues, cuando él no estuviera más?!
    D”s quitó Su habitual protección permitiendo que las serpientes – muy comunes en el desierto – atacaran a los judíos.
    ¿Serpientes?
    ¿Por qué precisamente las serpientes?
    La serpiente es símbolo de maledicencia desde que hizo su “debut” en ese sentido, en épocas de Adam y Javá. Asimismo, la serpiente solo siente el sabor a polvo en toda comida que ingiera, y se convirtió en el elemento que debió castigar a Israel, que se quejó – falto de gratitud – del Man, con el que podían milagrosamente disfrutar el sabor que quisieran (Midrash Rabá, Bamidbar 19:22)

    De inmediato acudieron a Moshé reconociendo su falta y rogándole que implorara a D”s para que quite los reptiles mortales.
    D”s aceptó las prontas plegarias de Moshé y le indicó fabricar una serpiente “artificial” (que Moshé hizo de cobre) y colocarla sobre un sitio alto y visible, para ser vista por todos los judíos que sufrieron una picadura de serpiente. Al contemplar la serpiente y concentrarse en su significado, la gente se curaría del mal.
    La lección inmortal
    El Talmud (Rosh HaShaná 29.) pregunta: “¡¿Acaso una serpiente mata – o revive?!” (= ¿acaso no es un reptil al que todos temen por su poder destructivo?) – “esto no es sino para enseñar que mientras los israelitas elevaban sus ojos para adherir a D”s, se curaban – y, caso contrario – se derretían”.
    En otras palabras: el dispositivo que Moshé armó, no debía sanar de modo misterioso e incomprensible, sino que constituía un artilugio para que los hebreos dirigieran su mirada e invocaran a Quien realmente restablece y guarece de todos los males.

    ¿Por qué la curación debía suceder precisamente a través de una serpiente?
    El significado de observación y reflexión en la serpiente, debía llevar a recordar que en realidad las serpientes – y los demás peligros – están siempre presentes. El hecho de que podemos vivir tranquilamente, se debe al Amparo Di-vino continuo del que somos objeto.
    Lamentablemente, muchas veces relegamos la consciencia de aquel resguardo al fondo de nuestra memoria – como si no existiera. Esto conduce a una perenne situación de descontento y queja.
    De pronto, se nos da la oportunidad de divisar aquel recordatorio y vislumbrar que – estemos atentos, o no – gozamos de la Vigilancia incesante de D”s, cada día de vida es un obsequio que Él nos da (Rav Sh.R. Hirsch sz”l).
    “Y fue que todo aquel que fue mordido, miraba la serpiente de cobre – y vivía” (Bamidbar 21:9).

    Habitualmente, cuando una persona se enoja con otra, le gritará o le pegará. Si, en cambio, está feliz con su conducta, lo abrazará o besará. Sien embargo, todas las reacciones – recompensas y castigos – que emanan de D”s responden a Su amor por nosotros, pues espera lo mejor de sus amados hijos. Es así que la serpiente que causa dolor, es la que sana, pues ambas situaciones provienen de una misma fuente (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l).

    La presencia de la serpiente de cobre también debería recordar a los hebreos su error para no reincidir, tal como dijo David en Tehilim (51:5): “y mi pecado está frente a mi siempre”.

    El Talmud (Brajot 33.) narra que en cierta oportunidad un “arod” (cruza de dos reptiles) mordía y hería a las personas. Rabí Janiná ben Dosa pidió que le muestren la madriguera del animal para colocar su pie sobre la entrada (los comentaristas explican por qué Rabí Janiná podía exponerse al peligro).
    Pero cuando picó también al tzadik, ¡quien murió fue el Arod! Enseñó, entonces, Rabí Janiná: “no es el Arod el que mata (pues es solamente un medio que cumple el dictamen de D”s), sino el pecado (que provoca la vulnerabilidad ante el peligro)…”.
    Cuando las cosas buenas dejan de ser buenas
    ¿Qué terminó pasando con aquella misteriosa serpiente de cobre?
    Cuenta el TaNa”J (Melajim II 18:4) que, puesto que el pueblo lo había convertido en un objeto de adoración, el virtuoso rey Jizkiahu la rompió (con aprobación de los Sabios) modificándole el nombre a “Nejushtán” para descalificarlo, ¿Por qué?

    La gente tiene la tendencia a olvidar cómo distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Como en otras oportunidades, comenzaron a creer que la serpiente de cobre tenía “poderes” curativos. Era el momento de destruirla.

    La lucha contra las enfermedades fue y es una pugna constante del ser humano.
    Desde que tenemos memoria, sabemos de nuevas vacunas que se descubrieron para prevenir determinados males. Grandes laboratorios – en todos los centros famosos del mundo – invierten sumas astronómicas para lograr medicamentos que sanen los padecimientos humanos.
    Efectivamente, somos testigos de que se han conseguido importantes progresos. El promedio de vida de los seres humanos ha aumentado en muchos sitios de la tierra, y la mortandad infantil se ha reducido sustancialmente en la mayor parte del orbe.

    Sin embargo, hay una realidad que siempre nos deja intranquilos: a medida que se combaten y se reducen ciertas afecciones, aparecen otras, desconocidas hasta el momento…
    ¡Sin duda uno se pregunta por qué ha de ser así!
    ¿Será porque los seres humanos no queremos reconocer nuestra fragilidad? ¿queremos creer que somos imbatibles y que lo podemos todo?

    Curiosamente, el símbolo de la farmacopea está representado por una serpiente enroscada en un palo.
    Al avistar ese emblema, quizás recordemos que – a pesar de todo – somos humanos, y vulnerables. Quizás también hagamos memoria y recordemos que no hay curación “milagrosa” a través de serpientes de cobre, sino que nos debe impulsar a tener en cuenta que debemos buscar las respuestas allí “arriba”, y que todos los males con los que vivimos son llamados de atención de Quien nos ama y desea lo mejor para nosotros.

    Balak, Bilam y el poder de la palabra
    EL PODER DE LA LENGUA
    Prolegómenos y causas del intento del rey Balak
    Los sucesos de los últimos años habían sido sumamente turbulentos para la sociedad de Moav. El temido vecino Sijón – rey de los emoritas – los había humillado en la batalla, y se había conquistado una gran parte de su territorio – incluida la imperial ciudad de Jeshbón – como botín de guerra. Después de esa derrota, asumió un nuevo rey: Balak.
    Mientras tanto, se produjo un nuevo acontecimiento. El mismo triunfante Sijón salió confiado a guerrear contra Israel, que había solicitado tan solo atravesar pacíficamente su comarca.
    Sin embargo, esta vez Sijón fue rotundamente vencido. Todo su país, incluido lo que había pertenecido otrora a Moav, pasó a manos de los israelitas. Ahora, Moav debería coexistir con su nuevo (y temido) vecino Israel.

    Aun así, no era secreto para Moav que Israel tenía una orden estricta de no atacar ni invadir Moav. Anteriormente, Israel se había resignado a rodear todo el país de Moav por el único motivo de respetar esa determinación Di-vina. De todos modos, cundió el pánico en Moav por tener que compartir fronteras con el vencedor de su vencedor. Históricamente Moav y Midián no guardaban una buena relación. Sin embargo, unieron fuerzas para una lucha mancomunada contra Israel (Sanhedrin 105.).

    Balak optó, pues, por una estrategia diferente para deshacerse de lo que – suponía – representaba un peligro para su país. Siendo él mismo un fiel creyente en la fuerza del hechizo y practicante de esos ejercicios, se unió a los midianitas para solicitar los servicios del gran (famoso) brujo Bil’am, quien había demostrado en el pasado suma eficacia en el uso destructivo de dichas artimañas.
    ¿Quién era Bil’am?
    Bil’am no era ajeno a los judíos.
    Muchos años antes, él había sido uno de los asesores del Faraón (Sotá 11.), y precisamente aquel que desde ese cargo, más incitó al odio y los decretos crueles en contra de aquellos. Asimismo, cuando el mundo estuvo quieto para escuchar la Voz de la Torá que estaba siendo entregada, todas las naciones se dirigieron a Bil’am para que los orientara en lo que sentían estaba sucediendo (Zvajim 116.).
    “Siete profetas vaticinaron para las naciones” (Bava Batra 15:). ¿Por qué mandó D”s profetas a las naciones?
    Para que el Día de Mañana, al verse desposeídos de la recompensa que reciba Israel, no puedan argumentar que de haber sido guiados por profetas, hubiesen llevado una mejor conducta (Rash”í, Bamidbar 22:5).

    Cuando los emisarios moabitas y midianitas llegaron a la casa de Bil’am, éste se alegró sobremanera por la oportunidad de llevar a cabo el ataque verbal contra Israel (¡y ser remunerado por sus oficios al mismo tiempo!).
    A diferencia de nuestro patriarca Avraham, “quienes poseen una de estas tres cualidades es alumno de Bil’am: un “ojo malo” (deseaba el mal a otros), un espíritu altivo (arrogante) y un alma ávida (codiciosa) – (Pirkei Avot 5:19)”. Veremos a continuación, durante el transcurso de la historia, cómo se traslucen cada una de estas pésimas cualidades…

    Bil’am no podía evitar la consulta con D”s. Ninguna maldición sería efectiva – si no fuese aceptada por D”s. No tuvo alternativa, sino decir a los enviados, que deberían esperar hasta el día siguiente para tener una respuesta.
    Los midianitas, al percibir que aun Bil’am dependía del visto bueno de D”s, partieron de inmediato: “¡¿acaso existe algún padre (D”s) que odie a su hijo (Israel)?!” – exclamaron frustrados.
    D”s no aceptó la “propuesta” de Bil’am: el pueblo de Israel gozaba de la bendición de D”s (pues se habían armado con la audacia de ser portadores de la enseñanza de la Torá y convertirse en el modelo que proyectaría su sumisión a D”s al resto del mundo). Las palabras de Bil’am no podrían revertir esta realidad – aun si se esmerara en marcar todos los errores cometidos por los judíos.

    Esta respuesta contundente de D”s no quitaría la arrogancia de Bil’am. Difícilmente estaría dispuesto a reconocer sus limitaciones ante seres humanos. Su respuesta – ciertamente altiva – a los emisarios de Balak fue que ellos no eran suficientemente representativos para ser sus acompañantes.

    Tomando sus palabras como auténticas, Balak volvió a enviar una nueva delegación, que también debió pernoctar en casa de Bil’am. Ante la insistencia de Bil’am, D”s le concedió la posibilidad de ir – pero haciéndole saber que no podría emitir palabra alguna en contra de Israel, salvo aquella que D”s autorizara.
    Bil’am felizmente amaneció para personalmente ensillar su asna, ansioso por hacer daño a Israel – aun a sabiendas que su misión probablemente terminaría en fracaso.
    El odio echa por tierra las conductas de las personas: Bil’am dejó de lado su dignidad y se apresuró en intentar aquello que sabía de entrada tenía pocas probabilidades de éxito.
    El odio que enceguece al más advertido
    D”s le dio a Bil’am una oportunidad adicional para que entre en razones. En el camino se le presentó un enviado de D”s para advertirle que no tendría éxito en lo que estaba por intentar. A diferencia de Bil’am, inicialmente solo la asna vio la imagen del ángel. Tres veces modificó su hábito: la primera vez llevó a Bil’am por el campo, en la segunda ocasión en la que se le cerró el paso, aplastó la pierna de su jinete con el muro adyacente. Finalmente, no tuvo opción sino detenerse por completo ante el ángel.
    Tres veces Bil’am castigó a su asna, hasta que milagrosamente ésta abrió su boca y le reprochó por haberle pegado. Bil’am – tan ensimismado en su odio – ni siquiera se sorprendió por la anomalía de su asna hablando palabras como los humanos. Solamente atinó a decir que se sentía ofendido por la extraña conducta y que si tuviera una lanza en mano ya la hubiera matado.

    El absurdo era evidente: Bil’am necesitaba un arma para matar a su asna, mientras se arrogaba a sí mismo el poder de aniquilar a toda una nación…
    La asna insistió: “¡¿no soy acaso el animal que ha estado a tu servicio durante toda tu vida…?!” Bil’am debió consentir que el animal tenía razón.
    En aquel momento D”s permitió que Bil’am advierta la presencia de Su emisario. De inmediato reconoció que había pecado, aceptando volver si se le exigía que lo hiciera.
    Los malvados utilizan astutamente aun la extraordinaria influencia de la Teshuvá, para hacer el mal. Bil’am sabía que nada impide el castigo tanto como la confesión. Por lo tanto, accedió a decir “pequé” con tal de no ser herido por el ángel (Bamidbar Rabá 20:15).

    El ángel (era un enviado de misericordia que quería permitir una última oportunidad de reflexión a Bil’am), sin embargo, solo volvió a reiterar lo que Bil’am ya había escuchado: que no impediría su marcha, pero que no lograría vilipendiar a Israel aun aunque insistiera en hacerlo.
    Aun así Bil’am fue.
    “D”s conduce a la persona por la senda que desea transitar – le advierte una y otra vez, pero si insiste, no le impide el paso, aun si esto terminará en la auto-destrucción” (Makot 10:).
    Ya con la meta a la vista
    Balak recibió a Bil’am jubilosamente. Juntos se aprestaron a diagramar la estrategia a ejecutar en contra de Israel. Esto requeriría, según sus cálculos, neutralizar ante todo, el favor que unía a D”s con Su pueblo. A tal fin, prepararon cuidadosamente altares en la misma cantidad que lo habían hecho todos los antecesores de los judíos.
    Si bien nos costará entenderlo, los enemigos de Israel no dejaban de reconocer la Autoridad Superior e Infinita de D”s, aun cuando adoraban imágenes y cometían actos en contra de Su Voluntad.
    En el deseo subconsciente de los idólatras yacía la esperanza de poder deshacer el pacto celebrado por D”s con Israel en Sinaí, volviendo el reloj atrás, a la situación en la que todas las naciones vivían en su mediocridad moral, sin alguna en especial que marcara una diferencia ética. Esto solo se lograría, si se demostrase ante D”s que la imperfección de los judíos podía ser imitada por las acciones de ellos – los paganos.

    Tres veces intentó Bil’am pronunciar palabras de maldición contra Israel – y las tres veces – obligado por D”s – solo pudo hacer lo contrario: expresar elogios del pasado, presente y futuro del pueblo.
    Al examinar los dichos de Bil’am, reconocemos cuáles habían sido sus intenciones (que fueron inversas a lo que terminó profiriendo).
    Quiso que no tengan sinagogas ni Ieshivot, que no merezcan la monarquía de excelencia, ni una dinastía, ni valentía, ni dominio sobre las naciones, que no posean viñedos y olivos…
    No era una simple alocución
    Algunas de las frases emitidas por Bil’am, las mencionamos diariamente en nuestras oraciones. Una de las más célebres, expresada al observar el recato y pudor con el que estaban emplazadas las carpas de los judíos para evitar que desde alguna de ellas se viera por error la intimidad de la otra (Bava Batra 60.), reza: “¡Qué hermosas son tus tiendas Ia’acov, y tus moradas Israel!” (“ma tovu ohaleja Ia’acov…”).
    En las palabras de Bil’am encontramos el valor y la independencia de Israel – de las demás naciones: “Un pueblo que se establece solo, y no requiere la aprobación de las naciones”.
    También elogió los esfuerzos de Israel – que lejos de someterse a magias y hechizos, como lo estaban haciendo Balak y el propio Bil’am – rompe el día temprano para cumplir con su obligación de afirmar la unicidad de D”s al recitar el Shmá.
    Por último, vaticinó la futura victoria de Israel sobre Amalek y sobre el mal – haciendo saber la terrible desolación que acaecería sobre la nación que subyugara a los judíos cuando D”s determine volver a reunirse abiertamente con Su pueblo. (Hemos enunciado solamente algunas de las palabras laudatorias de Bil’am).

    Ante cada uno de los fracasos, Balak llevó a Bil’am a un sitio diferente, para intentar otro ángulo de óptica del pueblo. Sin embargo, cada intento – aun cuando Bil’am deseaba complacer a su anfitrión tanto como Balak apetecía la maldición, y aun más – resultó opuesto a lo que buscaron. En conclusión, y muy a pesar de ambos, debieron reconocer que no lograron quebrar la unión que hay entre D”s e Israel. Fue así que Bil’am debió volver con las manos vacías a su tierra.
    Lo peor que puede pasarle a un judío
    Frustrado por no poder materializar su pérfido sueño, ni poder responder a los deseos de sus anfitriones (ni, por supuesto, recaudar por los servicios prestados…), Bil´am optó por aconsejar a los moabitas respecto a un modo de derrotar al pueblo de Israel: “El D”s de estos aborrece la promiscuidad…”.
    El plan consistía en ataviar atractivamente a las jóvenes moabitas, para que los hebreos caigan apasionados por su “encanto”. De ese modo, al pecar, los israelitas serían castigados por D”s por las trasgresiones sensuales y por la idolatría a la que serían conducidos consecuentemente. Ese plan, efectivamente, tuvo “efecto”. El pueblo de Israel pecó y fue castigado con una epidemia. Más tarde – y por orden de D”s – tomó venganza de los midianitas que llevaron a cabo tamaño ataque moral.

    En realidad, toda esta historia sucedió a espaldas del pueblo de Israel, en la tierra de Moav. Ellos no supieron de la confabulación Balak-Bil’am, sino recién después de la represalia contra Midián. La Torá podía haber obviado narrarnos todo este episodio. ¿Para qué, entonces, la propia Torá nos cuenta esta historia?
    Quizás la respuesta está en las palabras del Tehilim (Salmos 121:4) “He aquí que no se adormece ni duerme, Quien vela por Israel”.
    Aun cuando no somos conscientes de Su protección y creemos que “resolvemos” las crisis por nuestros propios medios, D”s está allí – sin que nos percatemos de Su protección.
    Epílogo de un venenoso enemigo
    “Todo aquel que ambiciona lo que no le corresponde: lo que pretende – no lo logra, y lo que ya tiene – lo pierde” (Sotá 9:).
    El final de Bil’am fue merecidamente amargo: Cuando Israel guerreó con Midián, justamente Bil’am se encontraba allí buscando ser compensado por su “sabio” y perverso consejo. Los israelitas lo aprehendieron, el Sanhedrín lo juzgó y lo ajusticiaron apropiadamente.

    Bil’am tuvo acceso a aspectos de la Di-vinidad como ningún otro humano: solo él sabía calcular los momentos exactos de cuándo era oportuno calumniar a los judíos ante D”s (Brajot 7.). Puesto que D”s ama a Su pueblo, impidió que Bil’am pueda llevar a cabo su nefasta propuesta. Es así como D”s señala mediante las palabras del profeta (Mijá 6:5): “Mi pueblo: recuerda qué intención tuvo Balak… y qué respondió a él Bil’am… para que reconozcas la Bondad de D”s”.
    Qué debemos aprender de esta historia
    Sin embargo, queda claramente demostrado que aun las mejores aptitudes y talentos, no garantizan que serán empleados para una buena causa, aun más cuando el resto de las cualidades humanas no acompañan:
    Bil’am demostró tener un “ojo malo” desde el primer momento, pues si los moabitas temían por el poderío de Israel, simplemente los podía haber bendecido para que nada malo les ocurriese a sus “clientes”. En sus palabras se registra continuamente su espíritu altivo, y en particular cuando no quiso admitir su limitación ante los primeros emisarios de Balak.
    Por último, su alma ávida se manifiesta cuando dice a Balak: “¡¿acaso no dije a tus mensajeros: ‘aun si me diera Balak todo su patrimonio de plata y oro, no podré contrariar la Palabra de D”s, para decir bien o mal de acuerdo a lo que está en mi corazón’…?!”.
    Su pretensión era hacerse de toda la fortuna de Balak. “Lo que pretendió – no lo logró, y lo que ya tenía – lo perdió” (“El camello pidió cuernos – y le cortaron las orejas…”).

    ¿Y respecto al plan de Bil’am?

    Efectivamente, logró que Israel errara, y la sanción de D”s fue peor que todas las anteriores en la cantidad de bajas que provocó: 24.000 hombres, o sea 1 de cada 25 varones del pueblo. Sin embargo – y como lo dice Mijá –no pudo quebrar el vínculo perdurable forjado y concertado en Sinaí. Ese lazo es indestructible y sobrevivió a Bil’am y a todos sus semejantes – y así permanecerá para la eternidad.

    Pinjas y los celos por lo sagrado
    CELOS SAGRADOS
    En el contexto del recién mencionado plan llevado a cabo por los moabitas contra Israel, hubo un episodio que nos va a dejar varias enseñanzas.
    Aun en medio de la confusión – cuando muchos caían en el pecado de la promiscuidad con las mujeres – uno de los líderes de las tribus desafió abiertamente a Moshé trayendo al campamento a la hija de uno de los reyes de Midián para juntarse públicamente a ella. Moshé, que siempre había enfrentado todos los embates del Faraón y del pueblo entero, en aquella situación quedó atónito, imposibilitado de responder, como paralizado…

    En aquel momento, sucedió algo insólito: Pinjás, hijo de El’azar y nieto de Aharón (el hermano de Moshé), tomó la lanza en su mano y mató a este infractor manifiesto junto a la princesa midianita.
    Acto seguido, la epidemia Di-vina de punición se interrumpió. No murieron más hebreos.
    Si bien el efecto de esta “justicia por mano propia” fue positivo, mucha gente comenzó a protestar por este acto. “¡¿Quién, acaso, es Pinjás para asumir tal atribución?!” – reclamaban entre otras cosas menos dignas, que también recriminaban (respecto a los ancestros maternos de Pinjás).
    La recompensa
    En ese momento, D”s dirigió Su palabra a Moshé, rebatiendo las quejas de los que censuraban: “Pinjás, hijo de El’azar y nieto de Aharón quitó Mi enojo del pueblo de Israel…, por lo tanto, dile que he aquí le confiero Mi pacto de paz. Y será para él y para su descendencia el sacerdocio eterno, puesto que ha celado por su D”s, y ha expiado por los hijos de Israel”.

    Un premio que no nos deja de llamar la atención por varios motivos.

    ¿Por qué realmente estaba bien lo que hizo?; ¿quién le otorgó esa atribución?; ¿es, acaso, una práctica que debemos emular?; ¿no sería peligroso que esto sucediera?
    ¿Por qué la Torá hace mención al abuelo Aharón en casi cada una de las instancias en que se menciona a Pinjás (habitualmente, en la Torá, solo se menciona el nombre del individuo en cuestión y a lo sumo, el de su padre)?
    ¿Por qué la recompensa de Pinjás fue precisamente un premio de paz, de armonía, de concordia, cuando su acto esencialmente fue violento?

    Para explicar este acto extraño, debemos recurrir a las palabras de los Sabios que nos explicaron la situación, y esto, a su vez, nos dejará una enseñanza acerca de la aplicación de la “Kin’á” (“celo”) para defender las cosas que debemos considerar sagradas.

    Efectivamente, existe una ley que autorizaba a Pinjás a proceder de la manera que actuó (“haboél aramit, kanaim poguím bo” – Sanhedrín 81:). En la coyuntura en la que sucedieron los hechos, Pinjás, el kana’í (diligente y determinado), debió obrar en la manera que lo hizo. Quien no es kana’í en el resto de su filosofía de vida y en su modo de operar, no podría atribuirse esa responsabilidad.
    Sin embargo, esto no nos explica el carácter del galardón espiritual que recibió, ni la mención de su abuelo.
    Rigor con amor
    Rav Jaim Shmuelevitz sz”l, basándose en el modo en que la Mishná (Hilel en Pirké Avot 1:12) describe a Aharón como “…quien ama a las criaturas y las acerca a la Torá”, responde nuestras incógnitas.
    Estos dos atributos señalados en la Mishná – explican los Sabios – no son independientes uno del otro. Fue precisamente el amor de Aharón por la gente, lo que influyó sobre las personas para que se acerquen a la Torá.
    ¿Cómo sucedía esto?
    Como vimos en otra oportunidad, cuando los beneficiarios de su amor percibían que Aharón los quería, sentían vergüenza de pecar, por sentir que no serían dignos del afecto que Aharón les dispensaba.

    Todo esto explica porqué el celo de Pinjás se atribuyó necesariamente a las características del abuelo Aharón.
    Un ardor apasionado, aun si defendiera una causa noble como en este caso en que Pinjás salió a defender el Honor de D”s frente a una afrenta tan grave y notoria, no sería aceptable si no fuera sincera desde su ángulo auténtico de amor por el otro judío que lastimosamente ha caído en las garras del pecado, y está en situación de falta.

    Claro está que las personas con ideales defienden sus creencias frente a quienes las desafían. Esto no es una particularidad del judaísmo. Dolorosamente sentimos en carne propia los avatares de los que agreden, violentan y hieren en nombre de sus creencias.
    Con sus actos suman más a la violencia existente y generan aun más terror en sus víctimas y en si mismos. Difícilmente podríamos imaginar ternura, cariño o cordialidad en sus personas, tanto en el origen de lo que los motiva, como así también en el objetivo que persiguen…

    Por eso la insistencia de la Torá en determinar la fuente de la pasión de Pinjás: precisamente el amor que profesaba su abuelo.
    Asimismo el premio de Pinjás fue el sacerdocio: el fundamento del acercamiento de los judíos a Su padre, y el pacto de paz. Aun si su convicción pura lo llevó a salvar al pueblo matando a uno de sus príncipes, la esencia de Pinjás permanecería transparente y diáfana.

    Y todo esto nos brinda otra enseñanza para nuestro modo de actuar contemporáneo:
    ¿Debemos luchar por nuestros ideales?
    Sin duda que quien realmente cree en lo que pregona, arriesgará presentar sus ideas al público y perseverar en su búsqueda por la verdad.
    Sin embargo, esto solamente puede y debe ocurrir en un marco de amor por la gente, y no en un ambiente de competencia, rivalidad, triunfalismo y humillación del opositor – aun si se tratara del más noble de los objetivos.

    ¿Y cómo sabemos si nuestro celo es “tan” sagrado como pretendemos convencernos?
    Si una persona, o un líder (o aun un padre con sus hijos) reprochan cierto error solamente a cierto segmento de la población, y no expondría lo mismo a otros (por ser amigos o partidarios de uno) bajo las mismas circunstancias, evidentemente el celo no es tan sagrado como se aspira concebir y demostrar. Es más, es aun peor, por utilizar la Torá para arremeter contra otros mientras los objetivos reales son egoístas y despreciables.

    Solo si realmente nos preocupamos por el bienestar del prójimo – amigo, o no, entonces nuestro brío por corregir los males también se encuadra en aquel sentimiento altruista. Y entonces, estamos buscando el “pacto de la paz”.

    Las hijas de Tzlofjad
    SUCESORAS EJEMPLARES
    En el tramo final previo al ingreso a la Tierra de Israel, Moshé preparó todo aquello que estuviera a su alcance para facilitar la entrada y establecimiento de los hebreos en su preciada tierra.
    De acuerdo a la indicación de D”s, censó al pueblo [que serían a quienes se les adjudicarían los lotes y parcelas (Bamidbar 26:2, 53-55)]. Asimismo, indicó quiénes serían los encargados por cada tribu para representar a los suyos en aquella distribución de territorios (Bamidbar 34:18). Posteriormente, designó las tres ciudades de refugio sobre la margen oriental del Río Iardén, que junto a las otras tres que señalaría Iehoshúa en Israel cumplirían el propósito de albergar a quienes habían matado sin intención (Dvarim 4:41).

    Fue en aquel momento que se acercaron cinco muchachas hermanas, hijas del fallecido Tzlofjad a hacer un reclamo cuando Moshé estaba reunido e impartiendo las enseñanzas a los Sabios.
    ¿Quién era Tzlofjad?
    No sabemos mucho acerca de su vida, pero se le atribuye el pecado mencionado de haber profanado el Shabat (Bamidbar 15:32), justo a continuación de la grave infracción generalizada de los espías al desconfiar el pueblo si podrían ingresar a la Tierra de Israel. Es por eso que mencionan sus hijas que él murió “por su pecado” (como si hubiera sido conocido por todos).

    Según esta versión, el motivo de Tzlofjad al pecar, era que la gente tomara conciencia – en aquel lapso de desánimo y desmoralización – que aun si les estaba vedada la entrada a Israel, la Torá seguía en plena vigencia y demostró con su muerte que debían obedecer las leyes igual como antes.
    Otras opiniones del Midrash ubican a Tzlofjad junto a los Ma’apilim, o sea, aquellos que intentaron entrar por sus propios medios a Israel – después de haberse escuchado el dictamen Di-vino en el sentido de que la generación que desconfió de D”s (provocado por los espías) y se negó a entrar a la Tierra de Israel, terminaría deambulando en el desierto y muriendo allí. Moshé, oportunamente, había advertido a este grupo que su fervor había llegado extemporáneamente, y que fracasaría su empresa. Y así fue. Cayeron a manos de los enemigos (Bamidbar 14: 41, Dvarim 1:41).
    Mujeres sabias
    El Talmud (Bava Batrá 119:) califica a las hijas de Tzlofjad como sabias, estudiosas y Tzadkaniot (íntegras). Delante de Moshé demostraron su erudición y clara capacidad de deducción. Las leyes de herencia, que constituyen un beneficio para la persona (pues su patrimonio permanece dentro de la familia), fueron enseñadas y registradas en la Torá a partir de la demanda de ellas, precisamente como demostración de su virtud.
    El reclamo
    El pedido de las hijas de Tzlofjad consistió en que se les conceda a ellas la porción que correspondía a su difunto padre. Puesto que él no había participado de la conspiración de Koraj, ni de sus allegados, no habría motivo que impida que sus bienes pasaran a sus hijas.

    El deseo de heredar tierra por parte de estas muchachas, no se debía a una simple ambición patrimonial, sino a la voluntad de perpetuar el recuerdo de su padre (mediante ellas, que se establecerían en Israel), y tener ellas porción espiritual en la Tierra de Israel. Si el motivo de su interés hubiera sido económico, ya habrían hecho el reclamo por sus bienes muebles inmediatamente al fallecer su padre tantos años antes… (Imrei Emet).
    Por tal motivo, se menciona en el contexto de estas muchachas, que eran descendientes de Iosef – aquel que en su momento no había flaqueado en su añoranza por la Tierra de Israel (Bereshit 40:15). Así también ellas supieron demostrar la superlativa valoración que merece la tierra (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l 5733:25).

    La petición de estas mujeres se contraponía con la tendencia que habían mostrado los hombres en varias ocasiones, cuando insinuaron designar un cabecilla para que los llevara de vuelta a Egipto. Ellas, en cambio, suplicaban ¡“proporciónanos una parcela en Israel”!…
    Mediante esta actitud, y al igual que lo habían hecho previamente frente al becerro de oro, las mujeres tomaron distancia de la postura de los hombres, por lo que todas las de esa generación merecieron ingresar a la Tierra de Israel, aun cuando los hombres debieron morir en el desierto (Midrash Rabá, Bamidbar 21:10).

    Antes de proseguir con el tema, es menester entender que la división y asignación de la Tierra de Israel se realizó mediante un complejo sistema en el que se tomaron en cuenta a quienes habían salido de Egipto (y que sin embargo habían fallecido durante la travesía del desierto) como adjudicatarios de los lotes. En ese sentido, los “muertos (inicialmente, de modo virtual) heredaron a los vivos (quienes ahora entrarían a Israel)”, y, como segundo paso, se volvió al sistema de herencia de aquellos padres fallecidos a sus hijos.

    ¿Por qué Moshé no respondió directamente a su requerimiento?
    Por un lado Moshé sabía que el orden de herencia según la Torá implicaba que en ausencia de hijos herederos, las hijas (mujeres) heredan a sus padres.

    Sin embargo, el pedido de las hijas de Tzlofjad era múltiple: ellas pedían la porción que estaría adjudicada a su papá, pero también reivindicaban su parte proporcional (la que hubiera correspondido a su papá, de estar en vida) en la porción de su abuelo Jeifer, quien también había salido de Egipto, y a cuyo nombre habría de haber un terreno. Asimismo solicitaban, que puesto que su papá había sido el primogénito de la familia, le habría correspondido una segunda porción en los bienes del abuelo (y si bien la primogenitura solamente habilita a heredar doble en los bienes reales existentes al momento del deceso, en contraste a lo que obtendría el fallecido después de morir, la Tierra de Israel se llamaba “en posesión” de los hebreos apenas salieron de Egipto). Esta última ley aún no se le había aclarado a Moshé.

    Un motivo adicional por el que Moshé no quería participar personalmente de la decisión en lo que hacía a estas muchachas, fue el hecho de que ellas habían mencionado que “él no perteneció a la camada de Koraj…”. Puesto que Koraj había desafiado la autoridad de Moshé y la veracidad de su mensaje, estas palabras se podían interpretar como un “soborno” verbal (Rav Zalman Sorotzkin sz”l).

    Previamente – cuarenta años antes, cuando Itró sugirió el sistema de jueces intermedios para responder a las consultas de la gente, Moshé había repetido ante el pueblo las palabras de Itró: “y todo asunto grande (complejo) lo traerán a mí”. Si bien esta disposición tuvo el aval de D”s, en este gesto, había una pequeña gota de falta de humildad, lo cual debió aún resolverse cuando Moshé necesitó consultar esta cuestión (de las hijas de Tzlofjad) con D”s (Midrash Rabá, Bamidbar 21:12).
    Solamente una persona de la talla de Moshé entendería – después de cuarenta años – que una omisión en su conocimiento, respondía a una minúscula falla ya añosa para que sea corregida…
    Herencia de acuerdo a la Halajá
    Fue entonces, cuando Moshé enseñó al pueblo el orden de la sucesión al fallecer un miembro de la familia.
    Los primeros herederos naturales son los hijos varones (o sus descendientes varones, y en su ausencia, las hijas mujeres). A falta de hijos varones, heredan las hijas mujeres (también en este caso – sus descendientes varones, y en su ausencia, las hijas mujeres). Al no dejar hijos, la sucesión pasa al padre del fallecido, y de no estar él, se transfiere a los hermanos varones (o sus descendientes en el orden que ya se describió), o a falta de ellos, a las mujeres.
    El orden sigue sucesivamente por el abuelo paterno, los tíos paternos varones, primos, etc. siempre por la vía ascendente paterna.
    No hemos mencionado muchas leyes rabínicas, entre ellas la obligación de utilizar primero el patrimonio dejado por un fallecido para casar a las hijas solteras, antes que los hijos varones hereden los bienes del padre.

    En caso del fallecimiento de una mujer casada, el marido es el primer heredero. Si la mujer es viuda o divorciada, la sucesión pasa a sus hijos varones, y sigue el mismo orden que un hombre – siempre por vía paterna.
    Por otro lado, la viuda – aunque no hereda al marido – es compensada con el pago de la Ketuvá y con alimentos. Asimismo, existen muchos decretos rabínicos posteriores que regulan compromisos monetarios eventuales que se asumen en el momento de casarse (Shulján Aruj, Even haEzer 118).

    Es importante destacar que la ley de sucesión de la Torá sigue en vigencia, y si el deseo de una persona es testar a favor de una persona que no sería el beneficiario a quien la Torá le adjudica el legado, el documento – así como se suele testar habitualmente – carecerá de valor según la Halajá, pues no se puede – y es infructuoso – condicionar contrario a lo que la Torá prescribe.
    En tal caso, el legador deberá consultar con expertos de la Halajá en la materia, para que su voluntad se cumpla sin contradecir la ley de la Torá.
    Petitorio de la gente de Menashé
    Fue entonces que se acercaron los representantes de la familia amplia de las hijas de Tzlofjad – Guil’ad, y presentaron su propio reclamo ante Moshé (Bamidbar 36:1).
    Según ellos, el hecho de que estas muchachas recibieran parcelas de su tribu y luego llegaran a contraer matrimonio con miembros de otras tribus, pondrían en desventaja a su propia tribu, pues – al casarse y tener hijos con otros – ¡los herederos de estas estirpes adquirirían estas tierras – mermando del territorio adjudicado a la tribu de Menashé!

    Moshé escuchó este nuevo reclamo, y respondió de acuerdo a la indicación de D”s que, efectivamente, todas las mujeres legatarias de tierras en Israel de aquella generación – y que aún no habían contraído enlace – deberían casarse solamente con parientes por vía paterna (o sea, de la misma tribu).
    Incluso en el caso de las propias hijas de Tzlofjad, se les recomendaba casarse de este modo (ellas mismas dada su virtud ética, no estaban obligadas a hacerlo).

    La Torá nos dice que todas estas cinco mujeres, se casaron con sus primos (según los Sabios, ya no eran muy jovencitas, pero todas milagrosamente tuvieron hijos).

    La ley que impedía que otras mujeres que revistieran su misma condición se casaran fuera de la familia paterna, solo se aplicaba para aquella generación inicial, en la que los hebreos tomaban la Tierra de Israel y se asentaban según su linaje paterno.
    Las jóvenes de la próxima generación, ya no estuvieron limitadas por esta ley, sino que eran libres de elegir maridos aun fuera de sus tribus – incluso tratándose de mujeres beneficiadas con una herencia de Tierra en Israel. Es así que el 15 de Av se celebra, entre otras cosas, el hecho de que se permitiera estos matrimonios (Taanit 30.).

    ¿Qué objetivo tuvo la restricción a los matrimonios entre tribus en aquella generación que ingresó a la tierra?

    Rav Sh.R. Hirsch sz”l señala que el propósito de esta “separación”, era solamente transitorio hasta que cada tribu se asentara y echara raíces en la tierra recibida. Las tribus de Israel – cada una de ellas – poseía características únicas y valiosas que no deberían perderse en la homogeneización del pueblo, pues precisamente a través de aquella diversidad el pueblo era completo e íntegro.
    Al permitir que transcurra un período prudencial en el que cada territorio tuviera identidad propia, ya no se anularían las particularidades de cada una de las tribus. Es más: ya establecidos en su patria, se enriquecerían tres veces al año al encontrarse unidos – a pesar de sus diferencias – en torno al Bet haMikdash en las peregrinaciones por las festividades (Shalosh Regalim: Pesaj, Shavuot y Sucot).
    Habiendo señalado los límites del territorio de Israel, y designado a su sucesor – Iehoshúa, Moshé ahora se aprestó a advertir y alentar al pueblo al próximo gran paso – el ingreso propiamente dicho a la tierra prometida – que deberían dar sin estar acompañados y liderados por él.

    Las tribus de Reuben y Gad y sus prioridades
    LOS NIÑOS VAN Y VIENEN – LO QUE IMPORTA ES EL DINERO…
    Los judíos finalmente habían llegado a las orillas del río Iardén (Jordán), y acamparon allí frente a la Tierra Prometida: Eretz Israel (en aquel momento aún se denominaba tierra de Cna’an).
    Los últimos meses no habían sido fáciles. Dos poderosos reyes – Sijón, el rey de los emoritas (a quien nos referimos más arriba) y Og, rey de Bashán – habían salido a enfrentar a Israel con enormes ejércitos muy bien adiestrados. Gracias a la asistencia de D”s, Israel pudo vencerlos, y – en consecuencia – la tierra adyacente a Israel, en la ribera oriental del Iardén, quedó en manos de los judíos.

    En realidad, la margen oriental (donde hoy queda el reino de Jordania), no debía integrar la Tierra de Israel, ni jamás tuvo la misma santidad, hecho que se refleja en ciertas leyes rituales relacionadas con la agricultura de Israel.
    Sin embargo, dos de las tribus de Israel – Reuvén y Gad – poseían mucho ganado, y la tierra recién tomada, era muy fértil, adecuada especialmente para el pastoreo de sus animales.

    La tentación de quedarse a vivir allí era muy fuerte, y se lo hicieron saber a Moshé. Cuando dijeron que su pedido concreto era no atravesar el Iardén, sino quedarse a vivir allí, Moshé los reprendió con dureza.
    Si bien los aspirantes a radicarse en aquel lugar no habían nacido, o habían sido muy pequeños al salir de Egipto, Moshé les hizo recordar el motivo por el cual habían permanecido tantos años en el desierto:
    Sus padres, o sea la generación anterior, habían desconfiado de poder concretar el plan de asentarse en Eretz Israel, y en su escepticismo, reclamaron volver a Egipto.
    Esta nueva demanda ahora – la de quedarse allí – podía provocar una nueva demora en realizar la anhelada profecía de entrar a Israel. Es más, considerando que la tribu de Gad era conocida como una tribu valiente, su reciente interés en permanecer en la tierra ya ocupada, provocaría atemorizar y desanimar al resto del pueblo.

    Los integrantes de Reuvén y Gad, aclararon su intención: “establos para el ganado construiremos aquí, y ciudades para nuestros hijos, mientras que nosotros nos alistaremos para salir a la vanguardia de Israel hasta que hayan heredado toda la tierra…”.
    Evidentemente, no querían que sucediera nada de lo que Moshé estaba sospechando. Valientemente iban a permanecer en Israel hasta que cada judío tuviera su parcela, y recién después volverían a ver a sus familias.
    Cuestión de prioridades en la vida
    Mas Moshé no estaba impresionado. Algo en lo que habían dicho no correspondía: “establos… ganado…hijos…”.
    ¡¿Cómo?! ¡¿estaban preocupados primero por lo que harían con la hacienda, y recién después se ocuparían de sus niños?!; ¡aquí había un serio desorden en sus prioridades!.
    Moshé de inmediato les hizo ver su error. Los hombres de Reuvén y Gad repitieron y corrigieron lo que habían propuesto. Moshé aceptó, pero condicionó detalladamente el regreso a estas tierras a que se haya cumplido con lo pactado. No solo eso, sino que los instó a cumplir con su palabra (evidentemente tenía sus dudas).

    El modo de responder de Moshé parece un tanto tajante: ¿por qué tan categórico?; ¿por qué tan susceptible?

    Ciertamente los hombres de Reuvén y Gad se traicionaron a si mismos con su palabra. No había sido casual, y la rectificación lingüística, no lograría por si sola el cambio profundo que requería su error en sus preferencias vitales. Era muy evidente lo que priorizaban, y respondía a un modo de pensar que aqueja a gran parte de nuestra sociedad (aunque la gente lo niegue).
    Poder mirar al futuro
    Lamentablemente, con el tiempo, la sospecha de Moshé se materializó. Habiendo demostrado la importancia preponderante que atribuían a sus bienes materiales, su vida siguió ese curso, aun cuando cumplieron con las condiciones de Moshé. Estando lejos del centro espiritual de Israel (Ierushalaim), el descenso moral de esas tribus precedió a la del resto del pueblo. En Divrei HaIamim I 5:26, el TaNa”J cuenta cómo Tiglat Pileser de Asiria exilió a estas tribus antes que al resto de la nación, y no volvimos a saber nada de ellas.

    Amamos a nuestros hijos, y queremos que sean exitosos. Sin embargo, la definición de éxito depende del orden de prioridades que uno condicionó desde un principio. En una sociedad materialista, los logros se miden en términos del triunfo económico. En realidad, todo se termina calificando con el signo “pesos” (o Dólares, o Euros…). Esta realidad es natural, a tal punto que se la trata con espontaneidad y franqueza, como si no pudiera haber otra manera de ver el mundo.
    Lo que nos olvidamos, es que, si todo tiene precio, entonces el dinero también lo tiene. Si preguntamos pues: ¿cuánto vale el dinero? – la respuesta es que el dinero vale todo lo que uno debe esforzarse por conseguirlo. Obviamente necesitamos los medios para vivir. ¿Cuánto? y ¿cómo lograrlo? ¿Cuánto y qué sacrificar para obtenerlo?
    Son preguntas tan viejas como el mundo mismo.

    En la escuela nos enseñaron que el dinero sirve como “medio de canje” (para poder comprar y vender con más facilidad), y como “común denominador de todos los bienes y servicios” para expresar el costo de las cosas.
    Todo esto es teoría. En la práctica, cumple dos fines adicionales – y más célebres:
    Es el recurso de confianza de la gente (les brinda la “seguridad” que buscan, en lugar de confiar en D”s), y es lo que da el “Status” a cada uno en el seno de la sociedad: las personas suelen juzgar a los demás por el dinero que poseen. La gente convirtió así al dinero en el eje central de su razón de ser y de su quehacer diario.

    En ciertos países de habla inglesa, tienen una expresión coloquial “Time is money” (acá dicen: “el tiempo es oro”), para dar a entender que el tiempo no se debe desperdiciar. Detengámonos a estudiar lo que esto significa: como regla, cuando la gente hace una comparación y equipara una idea con otra para valorizarla, toma aquella de la que no tendría duda, o sea que “realmente” vale (a ojos del oyente) para utilizarla como calificativo para aquello que está intentando justificar. Es decir: para entender que el tiempo vale, hay que compararlo con el dinero.

    Compárelo, entonces, con la idea que se transmite en una expresión de uno de los Sabios lituanos de la generación pasada: “Geld is Zeit, und Zeit is Toire” (el dinero se debe cuidar, pues requiere tiempo para adquirirlo – y el tiempo dedicado a buscar lo económico, automáticamente se resta del estudio de la Torá). Si la Torá es el valor ulterior, por el cual se definen los elementos y su valor relativo, sabremos también cuánto cuesta el dinero.

    La despedida de Moshe
    EL MOMENTO DE LA DESPEDIDA

    La Torá está compuesta por cinco libros: el llamado Pentateuco.
    Al final del libro Bamidbar, se relata que el pueblo de Israel arribó a la orilla oriental del río Iardén, acampando junto a la frontera de lo que sería Eretz Israel.
    Dvarim, el quinto libro de la Torá, se compone en su mayoría de las alocuciones y enseñanzas que transmitió Moshé antes de morir, en las últimas cinco semanas de su vida.

    Por un lado, repitió ante el público todas las Mitzvot de la Torá, que si bien no todas se reiteran en forma escrita en el texto del libro Dvarim, se mencionan allí más de cien preceptos.
    Moshé debía insistir y repasar muchas de las Mitzvot que ya había enseñado. Ello, para motivar a los hebreos a observarlas una vez que ingresaran a la Tierra Prometida.
    Los famosos párrafos del “Shmá” y “Vehaiá im Shamoa” que recitamos a diario, como así también los Diez Mandamientos, están en Dvarim.
    A su vez, había muchos preceptos adicionales que no habían tenido posibilidad de ser practicados en el desierto, por lo cual era ese el momento adecuado para enseñarles su observancia y pormenores. Por ello, muchas de las leyes relacionadas al trabajo del agro se desarrollan con más detalle.
    Asimismo, Moshé debía enseñar cómo sería gobernado el pueblo en su nueva tierra: la investidura del rey, la autoridad del Sanhedrín, el rol de los profetas y el orden de la magistratura.
    Los riesgos inminentes
    Moshé sabía que una vez que el pueblo se estableciera en su propio país, diseminados a lo largo y ancho del mismo, las influencias de los idólatras habitantes de los países vecinos, se harían sentir (Dvarim 12:30). Ya no estarían todos unidos en cariñosa y respetuosa proximidad al Mishkán (santuario), prestándose apoyo mutuo como lo habían estado haciendo durante los últimos cuarenta años.
    Y ahora él moriría, con lo cual el riesgo espiritual se habría de potenciar: “hallándome yo junto a Ustedes, se han estado rebelando contra D”s – ¡cuánto más después de mi muerte!” (Dvarim 31:27).

    ¡Qué sentimiento de insuficiencia! Moshé tanto amaba a su gente, y, sin embargo, no podía asegurar que no cayeran en el error al quedar él ausente para siempre.
    Tal como un padre que observa con aprensión a su hijo crecer y cometer traspiés que le pueden costar caro, Moshé temía por el futuro de su amada nación.

    Cuando decimos la palabra “error”, no es simplemente la referencia a una cuestión menor.
    La Tierra de Israel estaba por ser cedida al pueblo, pero con la estricta condición de que observaran minuciosamente la Torá.
    Si así lo hicieren, se convertirían en la nación más dichosa del mundo. Prosperarían con la clara comprensión que aquel bienestar constituía la base de su vida espiritual. Asimismo, se transformarían en el modelo de conducta y honradez para todas las demás naciones.
    Pero de otro modo, si no estuvieran a la altura de lo que se esperaba de ellos, serían penados con castigos que ninguna nación habría de sufrir de modo similar.

    La generación a la que Moshé le dirigiría la palabra (inmediatamente previo a su fallecimiento), no había vivido personalmente las maravillas de la salida de Egipto, ni tampoco la Revelación Di-vina en el Monte Sinaí, ni los desengaños al Todopoderoso, que sucedieron en el año inmediato a la recepción de la Torá. Salvo los más ancianos – que habían sido niños en aquellos culminantes momentos – todos los demás habían nacido en el desierto, y esa era la única vida que conocían.

    Dentro de pocos años, su vida se transformaría totalmente. Luego de la conquista y distribución de las tierras, cada uno habitaría en su parcela – un tanto aislado del resto – siendo responsable de su propio crecimiento ético en forma autónoma.
    La holgura, la comodidad, se tornarían en el mayor riesgo una vez que vivieran en las comarcas que les serían asignadas (Dvarim 8:11). No es fácil permanecer concentrado en la misión espiritual, cuando el éxito económico nos da la sensación de que “uno puede”. Es más, el trabajo de la tierra les daría la convicción “obvia” que a más trabajo, mayor rédito.
    También entraría a jugar el temor a las inclemencias del clima y a las plagas, tan común en los pueblos idólatras de antaño, y que llevó a la humanidad a la superstición y consecuentemente a los hábitos paganos.

    Cuando mencionamos la palabra “influencia”, no nos limitamos a la potencial reproducción de actos bochornosos, sino a la sensación de permisividad que surge a partir de la cómoda comparación moral con ellos (Dvarim 9:4).
    Esto lamentablemente sucede hoy también, tanto en calidad de comunidad o pueblo, como a nivel personal. Cuando una comunidad o el pueblo, quieren destacar su pretendida virtud, no tiene que hacer más que compararse con el mayor contraste posible – el peor ejemplo, y hacer resaltar su bondad a diferencia del otro. Exactamente la misma evasión frágil podrá escuchar Ud. en las conversaciones diarias.
    Israel, en cambio, no debía ni debe compararse con otros. Eso es fácil, pero inconsecuente. El único balance válido y productivo – a nivel nacional, o personal – es con el potencial propio.

    Aquello que parecía sencillo y obvio al estar junto a Moshé, se tornaría en remoto y teórico con el tiempo, y requeriría un grandísimo esfuerzo moral para lograr llevarse a cabo.

    Y aun si la recelada caída ética no sucediera en la primera generación, sin duda la segunda y tercera estarían aun más alejadas de lo que habían vivido los abuelos y bis-abuelos cuando se forjó la nación – y por ende más vulnerables a decaer en lo espiritual.
    Hacer memoria
    Por lo tanto, Moshé debía hacer todo lo que estaba a su alcance para enraizar en el pueblo la experiencia vivida, las maravillas que habían experimentado al estar amenazados por el ejército egipcio, como así también los peligros del desierto, de modo que los hebreos puedan superar todas estas tentaciones – en ese primer comienzo, y también en el futuro más lejano.

    Debía hacerles recordar lo que había sucedido con sus padres cada vez que pecaron (aun cuando la Torá ya relató estos episodios en el orden en que ocurrieron cronológicamente), y la reiteración de ellos nos enseña – tal como ilustró a aquella segunda generación – cómo los sucesos originan consecuencias impensadas, y cómo se ven diferentes desde la perspectiva histórica.

    Moshé les refrescó la memoria respecto al pecado del becerro de oro (Dvarim 9:12). En ese contexto les hizo saber también cuánto rezó por el pueblo para que recuperara el vínculo anterior con D”s.

    Les hizo tener presente las consecuencias del pecado de los espías (Dvarim 1:22), y rememoró cómo ellos, al carecer del coraje y de la confianza en D”s para seguir adelante con la planeada conquista de Cna’an, llegaron a la absurda conclusión, que D”s los había conducido al desierto por “el odio” (?!) que les tenía, proyectando en Él su propia falta de amor, cuando, en realidad, eran ellos quienes carecían de suficiente apego a Él…(1:22).

    Les mencionó, asimismo, el desenlace que tuvo aquel mismo episodio cuando al día siguiente del dictamen Di-vino decidieron que al final de cuentas querían ir a Israel…
    Ya arrepentidos, al advertir las terribles consecuencias que tuvo para ellos su falta de convicción en D”s, decidieron que debían rectificar su equivocación y ¡marchar hacia Israel por sus propios medios!
    Moshé les advirtió que no debían hacerlo. El Arca de D”s no los acompañaría, y caerían vencidos frente a sus enemigos.
    Un grupo de individuos desoyó las advertencias e insistió. Fueron – y cayeron frente a los enemigos impiadosos…
    Pero: ¿acaso no se habían retractado del desacierto de ayer?
    Efectivamente, se habían arrepentido – pero D”s dijo: “¡No!”.
    Y cuando D”s dice: “¡No!”, significa que aquello que el día anterior había estado “bien”, porque así había sido determinado por Él, hoy estaba “mal”, por aquel mismo motivo.
    Dado nuestro esfuerzo en “intentar entender a D”s”, es fácil llegar a creer que uno realmente lo logra. Así se establecen los “portavoces” y “defensores” o “abogados” de D”s…
    Sin embargo, la verdad es que nuestra mente jamás “entenderá” a D”s. Efectivamente, por un lado las Mitzvot nos educan para elegir lo que corresponde hacer en cada instancia, pero en el momento en que D”s determina lo contrario, la Mitzvá (lit. “imposición”) deja de ser “Mitzvá”.
    Por lo tanto, no podemos provocar una profanación del Shabat o descuidar las reglas del recato, a fin de “acercar gente a la Torá” (en este punto existen muchas situaciones que la Halajá contempla, por lo que se debe consultar con autoridades rabínicas que respondan puntualmente a estas cuestiones).

    Aun cuando Moshé hablaba al pueblo, tuvo mucho cuidado en respetar su dignidad al no herir sus sentimientos.
    Si bien los hebreos – a quien estaba dirigiendo la palabra en aquel momento – no habían sido los protagonistas directos de los episodios que rememoraba, sentirían vergüenza por la mera mención de aquellos equívocos. Fue por eso, que muchos de los incidentes – la rebelión de Koraj, las quejas sobre el Man, la exigencia de carne, etc.- solo se mencionaron de manera solapada (Rash”í).
    Por ese mismo motivo, también, Moshé esperó hasta sus últimos días para decir ciertas reprimendas. De ese modo, la gente no se volvería a encontrar con él en el futuro, y no sentiría apocamiento al verlo.

    Esto en sí, nos deja una profunda enseñanza en lo que hace al modo en que se debe y puede amonestar… (Rav Jaim Shmuelevitz sz”l 5732:36, 5733:24)
    Lamentablemente, es muy común que la gente no sepa encontrar el equilibrio y el momento adecuado para decir las cosas que deben corregir otros. Tantas veces, entonces, los sermones terminan hiriendo y alejando, más de lo que reparan…
    Precisamente, por el hecho de estar aleccionando, se crea un clima de “autoridad” de quien habla, por sobre la “humillación” de quien es reprendido. Son esos los escenarios más propensos a permitir que se provoque el resultado contrario al deseado, por la resistencia y el desagrado del increpado, por aquella degradación (aun si no fue pensada en esos términos).

    En el último tramo de su vida, Moshé también debería volver a acordar con el pueblo un nuevo pacto – aparte de aquel convenido en el Monte Sinaí – por el que se comprometerían a no abandonar la Torá (Dvarim 29:11) y les enseñaría un poema en el que llamaría de testigos al propio cielo y a la tierra, de lo que sucedería en el futuro.

    ¿Qué faltaba aún?
    Las bendiciones y los augurios para un feliz ingreso a la tierra. Ese es el final de Dvarim.
    El lenguaje de Dvarim
    Uno de los aspectos del libro Dvarim que llama la atención de inmediato, es que el lenguaje que se emplea en este libro es distinto al de los otros libros de la Torá, de modo que en Dvarim, Moshé habla al pueblo en primera persona, en lugar de mencionarse a Moshé en tercera persona, como se había leído en los libros anteriores.

    Esta diferencia no obsta a que la Torá en su totalidad, y hasta la última letra, constituya la Palabra Di-vina.
    El Talmud (Sanhedrin 93.) dice que aquel que sostiene que (aun) una sola letra de la Torá no es de origen Di-vino, está blasfemando el nombre de D”s.
    En todo sentido práctico, este punto es el más crítico. El Talmud cita indistintamente los pasajes de cualquier sitio de la Torá, como respaldo de las enseñanzas recibidas, y las seiscientas trece Mitzvot, se completan recién al final del libro Dvarim.

    En cambio, sí existe una diferencia entre el nivel de profecía en el que se transmitieron los demás libros y Dvarim. Esto se observa en que en los anteriores “D”s hablaba desde la garganta de Moshé”, mientras que el modo de expresión de la profecía de Dvarim es con Inspiración Di-vina (Ruaj haKodesh), mediante la que Moshé supo lo que D”s quería que diga a la nación (Gaón de Vilna).

    ¿Por qué esa diferencia?:
    Moshé fue quien debió transmitir las normas a la nación. No debía quedar duda alguna en la mente de las personas acerca de que cada palabra de Moshé, realmente provenía de D”s.
    Por ello, D”s provocó que por naturaleza Moshé fuera tartamudo y no pudiera expresarse de modo natural en su coloquio o hablar mundano. Solamente cuando debía enseñar al pueblo cómo conducirse, las palabras fluían con elocuencia, y con facilidad milagrosa emitía las instrucciones. Esto demostraba que no era él, Moshé, sino D”s, Quien les hablaba por medio de Moshé.
    Todo esto ya no fue necesario cuando se repetirían las Mitzvot. Los potenciales cuestionamientos ya habían quedado atrás, y entonces Moshé pudo expresarse en forma autónoma, al igual que todos los profetas (Maguid de Dubno).

    SIMJAT TORÁ
    Cada vez que nos acercamos a Simjat Torá, sabemos que esta fecha marca la culminación de la lectura anual de la Torá. Aquellos que hemos ido muchos años a la sinagoga, conocemos que inmediatamente después de leer la conclusión del último libro de la Torá, comenzamos a estudiar nuevamente el libro Bereshit, y esperemos – dentro de un año – poder volver a festejar la terminación de la Torá con una sapiencia más profunda de ella por nuestra parte. También sabemos que el día de Simjat Torá, está íntimamente relacionado con el alboroto, dado que acudimos a la sinagoga con los niños, a quienes se les suele obsequiar golosinas (para señalar la identificación de la Torá con lo dulce) y los adultos retiramos todos los rollos de Torá del Arca para dar las siete Hakafot (“giras”) alrededor de la Bimá (atril central de la sinagoga) con la Torá en nuestros brazos y bailar con estos rollos.

    Sería importante no perder de vista la interpretación de un día tan especial: el final de la Torá.

    Bien.
    Si esperábamos encontrarnos con un “final feliz” al estilo de los cuentos de hadas, nos sorprenderemos con una lamentable desilusión: la Torá es tan verdadera y real que concluye con la muerte del propio Moshé, que fue quien transmitió esta Torá de Manos de D”s. ¡Qué tétrico desenlace! ¿No podía terminar la Torá con algo menos sombrío que el funeral de Moshé?

    El final de la Torá nos deja una sensación de pena luego de haber acompañado a Moshé a través de todos los problemas con los que tuvo que lidiar en vida, al dirigir a un pueblo revoltoso desde la salida de Egipto y en su travesía del desierto.
    Aun cuando sabemos que los rezos de Moshé no cambiarían el decreto de D”s (lo leímos ya el año pasado…) participamos de la esperanza y la desilusión de que no se cumpliría su principal deseo.
    El “final” de la Torá es el modelo de Moshé
    Cuando la Torá presenta este último tema, habla de Moshé como “Ish HaElokim” (hombre de D”s). ¡Tamaño elogio! Si bien todos los seres humanos debemos intentar copiar los atributos de D”s y convertirnos de ese modo en “hombres Di-vinos”, solo de Moshé se habla en estos términos.
    ¿Por qué? Moshé tenía todo “el derecho” a estar enojado con el pueblo. Él había suplicado tantas veces a D”s para que perdone sus pecados y no los destruya, salvándolos así de una muerte segura: después del pecado del becerro de oro, tras enviar a los espías y muchas veces más. Por otro lado: ¿no habían sido – acaso – ellos, los causantes del impedimento a su ingreso a la Tierra de Israel?; ¿no habían sido ellos, los que lo indignaron en Mei Merivá y lo condujeron a la situación en la cual se equivocó y cometió el error que lo convirtió en acreedor de este castigo?

    ¡Y ahora! Ellos estaban por pasar a la Tierra de Israel, mientras que él debía satisfacerse con verla desde afuera y… morir allí. Cualquier persona de menor talla espiritual, hubiese sufrido una muerte llena de amargura y disgusto. Sin embargo, lejos de estar resentido, Moshé: ¡bendijo al pueblo! antes de morir. Esto es un “Ish HaElokim” (hombre de D”s). El broche de oro a una vida de abnegación y modestia.
    Como un padre que ama a su hijo, se despidió de todos ellos deseándoles lo mejor en su próxima entrada a Israel y para todo el futuro. En este sentido emuló al patriarca Ia’acov, quien a su vez bendijo a sus doce hijos individual y colectivamente antes de morir en la tierra de Egipto.
    No solo eso, sino que – como marcan los comentaristas de la Torá – Moshé retomó en donde había dejado Ia’acov. Esto se ve en la palabra que elige la Torá para introducir el tema “VeZot (y esta) haBrajá” (Dvarim 33:1), al igual que Ia’acov que había dejado con “VeZot (y esto) es lo que les dijo su padre” (Bereshit 49:28).

    Antes de continuar, debemos aclarar que cuando usamos la palabra “bendecir” en este contexto, no nos referimos a un mero deseo de “buena suerte”. En la Torá ya hemos tenido varias instancias de bendiciones suministradas por seres humanos: Itzjak bendijo a sus hijos y Ia’acov a los suyos. La familia de Rivká la bendijo antes de su partida, Moshé y Aharón bendijeron al pueblo el día de la inauguración del Mishkán y los Cohanim deben hacer lo mismo con el pueblo cotidianamente.

    Como hemos mencionado oportunamente, la bendición es básicamente un rezo al Todopoderoso para que brinde al beneficiario de la bendición determinados recursos. Al mismo tiempo, y tratándose de personas de estatura profética del calibre de Ia’acov y de Moshé, estas bendiciones están íntimamente vinculadas al potencial interno del que las recibe, como – asimismo – de los desafíos espirituales y morales que le esperan en el futuro. En ambos casos, Ia’acov y Moshé hablaron específicamente a cada tribu para marcarle su capacidad y el modo cómo debía emplearlo en el futuro, rezando para que llegara a realizarlo cabalmente.

    Moshé comenzó exaltando la mayor de todas las virtudes del pueblo: el hecho de que hayan estado dispuestos a aceptar la Ley de D”s incondicionalmente. D”s ofreció la Torá a toda la humanidad. Fue de nación en nación para “vender Su mercadería”, Su Ley – sin la cual el mundo no cumple su propósito – pero sin éxito. Nadie quiso hacerse cargo de ser el portador de la misma. Solamente el pueblo de Israel se sometió a Su ley.

    Acto seguido, Moshé hizo entrega del bien más preciado que lega al pueblo: la Torá. “la Torá que Moshé nos transmitió, es el legado de la congregación de Ia’acov” (Dvarim 33:4).

    El Rav Mordejai Gifter sz”l señala la diferencia entre el concepto de “Najalá” (herencia) y “Morashá” (legado). Mientras en ambos casos, se trata de algo que se transmite de una generación a la próxima, en el caso de una herencia, el receptor la recibe y puede hacer con los bienes lo que él decida. No así en el caso de un legado. En este caso, el legatario es responsable de transmitirla de manera intacta a la generación siguiente.

    Moshé, a su vez, agració al pueblo con el nombre Ieshurún: “Y se reveló Rey en Ieshurún” (Dvarim 33:5). Esta palabra deriva de la voz hebrea “Iashar” (= recto). Únicamente si el pueblo se iba a conducir de manera honesta e íntegra (Dvarim 33:4), merecería que D”s (según la explicación de Rash”í) relacione Su Majestad a nuestra existencia.
    La bendición de la autonomía
    Luego de bendecir individualmente a cada una de las tribus, Moshé volvió a dirigir la palabra al pueblo en su totalidad. “Israel morará firme, en la soledad…” (Dvarim 33:28).

    ¡Cómo!; ¿por qué en la soledad?
    ¿No deseamos el reconocimiento de las demás naciones?; ¿no nos sentimos más seguros cuando los demás nos aprueban?
    “No” – dijo Moshé. Israel no depende de la aquiescencia y del beneplácito de las naciones para existir.
    Es más: los otros pueblos carecen de valores morales comparables a los de la Torá. No buscamos instigar querellas ni discordias con otros, pero tampoco dependemos de la aceptación por parte de ellos. “Y tú pisarás sobre sus alturas” (Dvarim 33:29).
    Allí, hasta donde llegan los principios éticos más elevados de la humanidad, es el punto de partida para tus propios valores que aprendes en la Torá (Rav Shimón Schwab sz”l).

    Con estas palabras Moshé subió al Monte Nevó desde donde D”s le mostró la Tierra de Israel, como así también el futuro de cada una de las tribus y los vaivenes de la historia de su pueblo, los momentos tormentosos y los más tranquilos, hasta el instante de la resurrección de los muertos (Rash”í en Dvarim 34:2). Allí sobre el Monte Nevó, falleció Moshé y la Torá acredita que no hubo otro profeta como Moshé que haya tenido contacto directo con el Todopoderoso “cara a cara”. Este es el final de la Torá. El resto del TaNa”J, los libros de los Profetas, si bien también son sagrados y responden al Ruaj haKodesh (Espíritu Di-vino), no tienen la misma graduación sagrada de la Torá.

    Serio por cierto. Al mismo tiempo alegre, pues – después de todo – somos los portadores y los responsables de estudiarla, de observarla y transmitirla.

    De eso se trata Simjat Torá. Más allá de la algarabía y de la satisfacción de los niños que juntaron muchos caramelos, es un momento de sobria y sana reflexión.

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