• Tratado Pesajim

    pesajim

    Introducción
    La festividad de Pésaj abre
    el año hebreo, ya que Nisán es considerado el primero de los meses.

    Dos momentos importantes dan forma
    a esta festividad: uno es Jag Pésaj, que comprende el 14 de Nisán, día en
    que se ofrenda el Korban Pésaj (sacrificio pascual). Esa noche, en
    familia, se come Se Labait, el cordero, en recuerdo de la noche de la
    salida de Egipto.


    Jag Hamatzot

    es el momento que, durante los siete días (del 15 al el 22 de Nisan) recuerda la
    salida de Egipto, siendo su precepto más importante la prohibición de consumir
    Jametz y el cumplimiento del precepto de Matzá.

     


    Tratado de Pesajim

    Este Tratado aborda los dos
    componentes de la festividad: la eliminación del Jametz, la ingesta de
    Matzá
    y todos los aspectos que no tienen relación con el Korban Pésaj
    (sacrificio pascual), como también lo relacionado con el sacrificio pascual, y
    el servicio en el templo relacionado con el Korban.

    Resulta llamativo que este Tratado
    tenga un nombre —Pesajim— en plural. La razón, según unas opiniones,
    reside en lo citado anteriormente: los dos componentes, lo que ocurre en la
    noche de Pésaj (Jametz, Matzá, etc.), así como el Korban
    Pesaj
    y sus temas relacionados.


     


    Pesajim

    (dos pascuas), dos momentos de la festividad

    Otros opinan que la forma plural de
    Pésaj se debe a que el Tratado habla de dos pascuas: la primera, el 15 de
    Nisán, y la otra, el 15 de Iyar, para aquellos que por estar lejos o impuros no
    pudieron festejarla el 15 de Nisán.

    Hay quienes dicen que la forma
    plural —Pesajim— se debe a la cantidad de sacrificios que se celebraban
    en esa festividad.

     


    El orden del Tratado


    Pesajim

    está compuesto por diez capítulos, ordenados de un modo lógico y con criterio
    cronológico, desde el comienzo de los preparativos de la festividad hasta la
    hora del Séder (orden de la noche de Pésaj).

     


    Capítulo I – Or Learbá Asar
    (En la noche del 14 de Nisán)

    Se ocupa de las leyes de la
    revisión del Jametz y su eliminación.

     


    Capítulo II – Kol Shaá
    (Durante todo el tiempo)

    Disposiciones en torno a la
    eliminación del Jametz, y en lo referente a la preparación.

     


    Capítulo 3 – Elu Obrin
    (Estas son las cosas que han de ser apartadas)

    Definición y límites de la
    prohibición del Jametz.

     


    Capítulo 4 –
    Mekom Shenehagu (En el lugar donde sea costumbre)

    Trata sobre los trabajos permitidos
    en la víspera de Pésaj.

     

    Estos cuatro capítulos tratan sobre
    el Pésaj Rishon (Primer Pesaj), que cubre los temas de la víspera de
    Pésaj
    y lo relacionado con el Jametz.

     


    Capítulo 5 – Tamid Nishjat
    (El sacrificio diario)

    Cuándo y cómo se hará el degüello
    ritual del Korban Pésaj en la víspera de Pésaj.

     


    Capítulo 6 – Elu Dbarim
    (Estas son las cosas)

    Víspera de Pésaj que cae en
    víspera de sábado. ¿Cómo hay que regirse? ¿Qué cambia y que no?

     


    Capítulo 7 – Keitza Tzolin
    (¿Cómo se asa el cordero pascual?)

    Y todo lo relacionado con las leyes
    de la ofrenda, los imprevistos que pueden suceder (se perdió la ofrenda, se
    impurificó o fue descalificada en el momento de ingerirla).

     


    Capítulo 8 –
    Haisha (Cuando la mujer está en casa de su marido)

    ¿Quiénes son los que comen del
    sacrificio pascual? ¿Quiénes son aptos para hacerlo y quienes no?

     


    Capítulo 9 – Mi Shehaia (Si
    uno se encuentra)

    Quién cumple la Mitzvá en el
    Primer Pésaj y quién deberá ofrendar en el Segundo Pésaj. Cómo se
    festejó Pésaj durante las generaciones.

     


    Capítulo 10 – Arbei Psajim
    (En la víspera de Pésaj)

    Trata sobre el Séder de
    Pésaj
    , cómo hacerlo y las alabanzas y cánticos que son parte de la Hagadá
    de Pésaj.

     

    La Torá dicta en el libro de
    Shemot 12:15 “Siete días comeréis panes ácimos y desde el día primero
    apartaréis de vuestras casas la levadura: pues cualquiera que comiere pan
    fermentado, desde el día primero hasta el día séptimo, esa alma será cortada de
    en medio de Israel”.
     

    Y en el versículo 19 del mismo
    capítulo: “Durante siete días no ha de hallarse levadura en vuestras casas;
    pues quien comiere cosa leudada, su alma será cortada de en medio de la
    congregación de Israel, ya sea extranjero o nacido en el país”.

    Biografías
     1.
    HILEL HAZAKEN
     2.
    SHAMAY

    3.
    RABÍ MEIR “BAAL

    HANES”
     4.
    RABI
    YEHUDA BAR ILAY
     5.
    RABAN GAMLIEL
     6.

    RABÍ AKIVA BEN IOSEF
     7.

    RABÍ IOSI BEN JALAFTA
     8.

    RABÍ ELIEZER BEN HURKENUS
     9.

    RABÍ JANINA BEN JANANIÁ
     10.

    RABAN SHIMON BEN GAMLIEL
     11.
    RABÍ
    IEHUDA BEN BETERA
     12.
    RABÍ
    ELEAZAR BEN TZADOK
     13.
    RABÍ
    TZADOK
     14.

    RABÍ SHIMÓN BAR IOJAI

     15.

    RABÍ IOSI HAGUELILI
     16.

    RABÍ TARFON

     17.

    RABÍ ISHMAEL BEN ELISHA



     


    HILEL HAZAKEN

     


    Sus padres habían emigrado de Eretz Israel a Babilonia, y allí nació Hilel, que
    fue, por consiguiente, llamado Hilel Hababli. Por parte de su madre es
    descendiente del rey David. Se dedicó a estudiar la Ley y su hermano Sevna le
    mantenía de su negocio. El Talmud nos relata que a los cuarenta años
    emigró de Babilonia a Eretz Israel y se estableció allí. Estudió con los sabios
    Shemaya y Avtaliyon, fundadores de las primeras Yeshivot en Eretz Israel.
    Ellos le transmitieron la Ley Oral y, al final de sus días, Hilel superó en el
    estudio de la Torá a todos los Sabios de su época. Fue entonces cuando le
    nombraron presidente del Sanhedrín. Hilel era célebre por su amor hacia todos
    los hijos de Israel y su deseo de propagar entre ellos la Torá;
    contrariamente a su colega Shamay, que sólo aceptaba discípulos conocidos por su
    conducta irreprochable. Hilel opinaba que había que enseñar la Torá a
    cualquier persona, ya que el estudio transforma y purifica al ser humano.


    Se estableció un paralelismo entre Ezra Hasofer y Hilel: fue Ezra Hasofer quien,
    al venir a Israel, fortaleció la base de la Torá que se estaba olvidando.
    Del mismo modo Hilel, en un período en el que la Torá se olvidaba de
    nuevo, vino a Eretz Israel y reanudó su estudio, propagándola por todo Israel.


    A pesar de que Hilel era una gran personalidad, humilde y de espíritu muy
    sencillo, recomendaba al pueblo: “Sed de la categoría de los discípulos de
    Aharón Hacohen, que amaba la paz y la armonía; si es difícil llegar a ella,
    perseguidla hasta alcanzarla. Amad a todo ser humano y acercadlo a la Torá”.


    Hilel fue dirigente de Israel durante cuarenta años y murió en el año 3768. Sea
    su memoria bendita para siempre.

     

     


    SHAMAY

     

    Vivió en
    la época de Hilel Hazaken. Estudió en las Yeshivot de los Sabios Shemaya
    y Avtalyón. Shamay era muy estricto y temía siempre del pecado; por lo cual era
    muy riguroso en la aplicación del Din, del que insistía en que se hiciera
    de forma estricta. Amaba mucho a su pueblo, por lo cual ponía mucho ardor en
    interesarse en la solución de los conflictos —ya fueran de orden nacional o
    religioso— que existían en su tiempo en el país. Fue nombrado cabeza del
    Tribunal Sanhedrín (Av Bet Din).

    Se
    comportaba con severidad y furia con los pecadores, pero mostraba nobleza y
    dulzura hacia los rectos. Hilel y Shamay eran amigos sinceros y se amaban como
    hermanos, pero tenían opiniones diferentes concernientes a la aplicación del
    Din
    en muchas Leyes. Shamay era el más estricto. Se formaron por
    consiguiente dos tendencias: la escuela de Hilel (Bet Hilel) y la escuela de
    Shamay (Bet Shamay), que siguieron existiendo por mucho tiempo, hasta el período
    del Sabio Rabi Yohanan Ben Zakay (después de la destrucción del Segundo Templo),
    cuando la opinión de Bet Hilel fue adoptada por todos los Sabios como Halajá
    (decisión del Din).

    Shamay
    insistía en que el estudio de la Torá sólo tiene valor si la persona
    cumple sus deberes con D-s y con los hombres, tal como nos enseña la Ley. Ante
    la duda, siempre optaba por prohibir. Era severo y riguroso en todo. Hilel, en
    cambio, era más indulgente. Permitía no decir la verdad y aún mentir si se
    perseguía un fin armónico. A este respecto, el Talmud nos relata una
    controversia sobre la forma de cumplir con el deber de alabar a la novia delante
    del novio, con el fin de elevarla ante sus ojos. Shamay mantenía que hay que
    alabarla sin mentir y no decir que es hermosa si no lo es. Hilel consideraba
    elogioso alabar en cualquier caso a la novia, diciendo: “¡Novia hermosa y
    graciosa!”, lo cual Shamay rechazaba, exclamando: “¿Cómo es posible calificar a
    una novia ciega o coja de hermosa, cuando la Torá nos ordena ‘Te alejarás
    de la mentira?”. Hilel respondía: “Cuando la persona hace una mala compra,
    ¿acaso no es apropiado valorizársela ante sus ojos para que no se apene, si la
    compra ya está hecha?”.

     

     


     



    RABÍ MEIR “BAAL HANES”


     (El
    hacedor de milagros)


    (135-170
    e.C.)

     

    Rabí Meir
    fue el más grande de los tanaítas de la cuarta generación, el más importante de
    los alumnos de Rabí Akiva. Pertenece al grupo de sus cinco últimos alumnos,
    nuestros maestros del Sur (Rabí Meir, Rabí Yehuda, Rabí Iosi, Rabí Shimón y Rabí
    Eleazar), que “llenaron todo Israel de Torá” (Breshit Raba 61:3),
    después de los malos edictos romanos, de la rebelión de Bar Kojva, que
    prohibieron su estudio y su observancia.

    Rabí Meir
    estudió también con Rabí Ishmael. Uno de sus maestros fue Elisha ben Abuya,
    conocido bajo el nombre “Ajer” (el otro). Después de que hubiera
    abandonado el camino de la Torá, Rabí Meir siguió escuchando sus
    enseñanzas, diciendo: “Una granada comió, la cáscara tiró y su contenido
    ingirió”.

    Por
    cuestiones de seguridad fue Rabí Iehuda ben Baba quien lo ordenó como rabino,
    junto a los otros cuatro estudiosos.

    Durante la
    época de la persecución de los romanos, al prohibirse la intercalación del año,
    lo enviaron a Asia a realizarla (Meguilá 18:2).

    Después de
    la nefasta época romana, al regresar la tranquilidad al país, se formó un
    consejo bajo la presidencia de Raban Shimon ben Gamliel. Rabí Natan era el
    presidente del Sanhedrín y Rabí Meir fue nombrado jajam (sabio) (Horaiot
    13:2). Por una discusión que surgió entre Rabí Natan, Rabí Meir y el presidente,
    tuvo el segundo que abandonar su lugar y emigrar a Asia, pasando allí sus
    últimos días.

    Rabí Meir
    tuvo un papel importante en la recopilación de la Mishná según la
    tradición “Stam Mishná Rabí Meir” (una Mishná sin el nombre de quien
    emitió los conceptos). Sabido es que pertenece a Rabí Meir (Sanhedrín
    86:1).

    Se dice
    que Rabí Meir se destacó por su sagacidad e inteligencia privilegiada. “Todo el
    que ve a Rabí Meir en la casa de estudios es como si sacase las montañas de su
    lugar y moliese una con otra” (Sanhedrín 24:1).

    Fue
    admirado por sus congéneres y por las generaciones que le siguieron. Rabí Iosi
    ben Jalafta, su compañero, lo presentó ante la gente de Tzipori, diciendo: “Un
    gran hombre, un hombre santo, un hombre modesto” (Ierushalaim Moed Katan,
    3:5). Resh-Lakish llamó a Rabí Meir “la boca santa” (Sanhedrín 23:1).

    En la
    última generación fue colocado en la misma línea que Ezra, el escriba, Hilel y
    Raban Iojanan ben Zakai (Vaikra Raba 2:11).

    A pesar de
    su grandeza, no ameritó que fuese fijada la Ley según su opinión. Sobre eso se
    expresa Rabí Aja bar Janina: “Sabido es ante quién dijo: ‘el mundo fue creado
    tal que no hay en la generación de Rabí Meir un sabio de su nivel’. Y, ¿por qué
    no fijaron la Ley como él? Porque sus compañeros no podían precisar sus ideas,
    ya que de algo puro probaba que era impuro por medio de ciento cincuenta
    argumentos” (Eruvin 13:2).

    Rabí Meir
    se destacó también en la Hagadá. Era un gran orador y querido por todas
    las capas sociales. Su discurso lo dividía en tres partes: Halajá (Ley),
    Hagadá (Leyenda) y fábulas, dijeron los sabios. Al morir Rabí Meir
    desaparecieron los fabulistas (fin de Sota).

    Rabí Meir
    era un escriba. Escribía rollos de Torá y meguilot. Se destacó en
    su trabajo, especializándose en la caligrafía, para lo cual él mismo preparaba
    la tinta. Conocía las sagradas escrituras de memoria y, una vez, a falta de
    texto, escribió el rollo de Esther de memoria (Meguilá 18:2).

    Sobre su
    origen y su familia no tenemos conocimientos, contrariamente a sus otros
    compañeros, alumnos de Rabí Akiva, que fueron siempre mencionados por el nombre
    de su padre. Rabí Meir no fue llamado nunca por el nombre de su padre y nuestras
    fuentes no lo mencionan.

    Según una
    opinión, su nombre era Rabí Nehoray y su sobrenombre era Meir, porque alumbraba
    (Meir) los ojos de los sabios con sus explicaciones.

    Su mujer
    se llamaba Beruriá. Era hija del Tana Rabí Janina ben Teradión y famosa por sus
    conocimientos de Torá, su sabiduría y buenas acciones. Tuvo dos hijos que
    murieron a temprana edad, como nos relatan nuestros sabios.

    Rabí Meir
    estaba en el Bet Hamidrash (casa de estudios) un sábado, a la hora de la
    oración de la tarde. Fue entonces cuando murieron sus dos hijos. Beruriá, su
    madre, los acostó en la cama y los tapó con una cobija.

    Al
    terminar el sábado, Rabí Meir regresó de la casa de estudios y le preguntó a su
    mujer: “¿Dónde están los dos niños?”. Ella contestó: “Fueron al Bet Hamidrash”.
    Él replicó: “Los estuve esperando en el Bet Hamidrash, pero no los he
    visto”.

    Ella le
    ofreció comida a su esposo. Rabí Meir volvió a preguntar: “¿Dónde están los dos
    niños?”, y ella contestó: “A veces van a tal lugar, pero pronto regresarán”.

    Beruriá le
    ofreció comida a su esposo. Una vez dicha la bendición de después de la comida,
    ella le dijo: “Rabí, tengo que hacerte una pregunta”.

    —Habla.

    —Rabí,
    hace mucho tiempo vino un hombre y me confió un depósito. Ahora ha vuelto.
    ¿Tenemos que devolverle su depósito o no?

    —Hija mía,
    el que recibe un depósito está obligado a devolvérselo a su dueño.

    —Yo no lo
    habría devuelto sin habértelo dicho antes.

    Entonces
    tomó a su esposo por la mano, lo hizo subir a la recámara, se acercó a la cama y
    quitó la cobija que estaba extendida sobre sus dos hijos. Al verlos, Rabí Meir
    comenzó a llorar y a lamentarse. Beruriá le dijo: “Dios nos los había confiado
    por cierto tiempo; ahora su dueño los ha vuelto a pedir, ¡qué su nombre sea
    bendecido!”. En esta forma, su mujer consoló a Rabí Meir (Midrash Mishle
    28).

    Rabí Meir
    colocó el estudio de la Torá en el más alto nivel, porque ella educa a la
    persona, afina su espíritu y da forma a su comportamiento. Y así se expresa en
    el Pirke Avot (cap. 6:2).

    Rabí Meir
    dice: “Todo aquel que se ocupa de la Torá por la Torá misma se
    hace merecedor de muchas cosas, y no sólo ello, sino que el universo entero
    justifica su existencia por él. Es llamado amigo, amado, que ama al
    Omnipresente, ama a las criaturas; es revestido de humildad y reverencia. Se
    prepara para ser justo, piadoso, recto y fiel, se aleja del pecado y se acerca
    al mérito; es posible recibir de él, consejo, criterio, intuición y fortaleza,
    pues fue dicho: ‘Mío es el consejo y el criterio, intuición soy, mía es la
    fortaleza’ (Mishle 8:14). Le es otorgado el reinado, el dominio y el
    escrutinio de la Torá, le son revelados secretos de la Torá, se
    hace como un manantial que fluye sin cesar y como río, que no aminora su curso;
    tiene recato y paciencia, perdona las ofensas y se engrandece y eleva por sobre
    todas sus hechuras”.

    Como
    ocuparse de la Torá es lo más importante, Rabí Meir nos apremia a
    estudiar y nos previene de no desatender el estudio: “Sé parco en ocupaciones
    mundanas y dedícate a la Torá; sé humilde ante todas las personas. Si
    desatiendes la Torá, tendrás muchos obstáculos opuestos a ti; pero si te
    ocupas de la Torá, hay una gran recompensa que te será otorgada”. (Pirkei
    Avot
    4:10).

    Rabí
    Dostay, en nombre de Rabí Meir, dice: “A todo aquel que olvida una palabra de lo
    que aprendió, la escritura le considera como si hubiera perdido su alma”. (Pirke
    Avot
    3:8).

    La persona
    no sólo debe estudiar, sino también enseñar a otro, y del que estudia Torá
    y no la enseña se considera “que desprecia el verbo de HaShem” (Sanhedrín
    99:1).

    Cuán
    odiada es la ignorancia, porque si no hay Torá, no hay educación y
    respeto, y los ignorantes actúan groseramente, sin pena ni vergüenza. Por eso,
    todo el que casa a su hija con un ignorante es como si la atase y la colocase
    frente a un león (Pesajim 49:2).

    Junto a su
    gran amor por el estudio de la Torá, Rabí Meir nos aconseja no dejar el
    trabajo a un lado, y así enseña en el Tratado de Kidushin 82:a. Dice:
    “debemos enseñar a nuestro hijo un oficio digno, y luego rogar a Aquel que posee
    la riqueza, pues todos los oficios pueden conseguir que el obrero siga siendo
    pobre, o bien que se enriquezca; ni la pobreza ni la riqueza dependen del
    oficio, todo depende del mérito del obrero”. Sin embargo, agrega: “Rabí Nehoray
    dice: ‘dejo de lado todos los oficios del mundo, y sólo enseño a mis hijos la
    Torá
    , ciencia cuyos frutos se comen en este mundo, pero cuyo capital queda
    íntegro para el mundo futuro”.

    Todas las
    cualidades que proyectó Rabí Meir en la persona que se ocupa de la Torá
    por la Torá misma cristalizaron en él. Era amigo, amado, amó al
    Omnipresente y amó a las criaturas. Su gran amor por las personas sale a relucir
    en la siguiente fuente talmúdica:

    “Rabí Meir
    acostumbraba dar una clase todos los viernes por la noche en la sinagoga de
    Jamta. Una mujer solía participar, viernes tras viernes, para escuchar las
    sabias palabras del Rabí. Cierta vez, el Rabí tardó más de la cuenta y la señora
    regresó a su casa cuando la vela estaba ya apagada.

    —No
    entrarás a mi casa —dijo el esposo—, hasta que vayas y escupas en la cara del
    Rabí.

    Cuando
    Rabí Meir tuvo conocimiento del asunto, le pidió que escupiera en su ojo para
    sacarle el “ain hara” (mal de ojo), y que lo repitiera siete veces
    consecutivas. Cuando lo hizo, le dijo el Rabí: ‘Ve y dile a tu marido: ‘Tú me
    dijiste escupir una vez y yo lo hice siete” (Ierushalmi Sota 1:4).

    Como amaba
    a las personas, Rabí Meir no escatimaba esfuerzos para hacer las paces entre el
    hombre y su prójimo (Gitin 52:1). Amaba tanto a judíos como a gentiles,
    malos y buenos, porque el Santo Bendito ama a todas las criaturas.

    Su amor
    por Eretz Israel no tenía límites. Proclamaba: “Toda clase de plantas crecen en
    Eretz Israel, y no falta nada en Eretz Israel” (Berajot 36:2).

    “Las
    piedras de Eretz Israel todas son santas” (Kidushin 54:1). Un gran mérito
    es habitar en Eretz Israel. Grande fue su pena cuando tuvo que emigrar a Asia;
    decía que de todo aquel que habita en Eretz Israel, la tierra expía sus pecados
    (Sifri Haazinu).

    Antes de
    su muerte, ordenó subir sus restos a Eretz Israel, y hasta el momento de hacerlo
    habrían de colocarlo a la orilla del mar de Eretz Israel, para que sus aguas
    tocaran su ataúd (Ierushalmi, Kilayim 9:3).

    A pesar de
    su grandeza, era muy humilde y predicaba la importancia de adquirir esta
    cualidad: “Sé humilde ante todas las personas” (Avot 4:10). Cuando
    discutía con sus condiscípulos de “Halajá” (Ley) decía: “Nunca me dio mi
    corazón por desentenderme de las palabras de mis compañeros” (Shabat
    134:1). Se levantaba en honor a un anciano, por ignorante que fuera (Ierushalmi
    Bicurim
    3:3).

    Como Rabí
    Akiva, su maestro, recibía todo evento —por malo que fuera— con amor, y solía
    decir: “Todo lo que hace el misericordioso es para bien” (Berajot 60:2).

    También
    solía decir Rabí Meir: “Estudia con todo el corazón y con toda el alma para
    conocer mis caminos y estar atento a las puertas de la Torá. Guarda mi
    Torá
    en tu corazón, y que mi temor esté ante tus ojos. Aparta tu boca del
    pecado y purifícate y santifícate de tus culpas y las violaciones, y estaré
    contigo en todas partes” (Berajot 17:1).

    En este
    pensamiento, hablando en nombre de HaShem, nos transmite Rabí Meir un modelo de
    conducta para cada hijo de la nación hebrea.


     


     



    RABI YEHUDA BAR ILAY

     

    Conocido
    como Rabí Yehuda. Uno de los grandes tanaítas de la cuarta generación. También,
    uno de los últimos alumnos de Rabí Akiva, que volvieron y fijaron las bases de
    la Torá en Eretz Israel, después de la crisis causada por los malos
    edictos y exterminios después de la rebelión de Bar Kojva (135).

    Era hijo
    de Rabí Ilay, alumno de Rabí Eliezer y nativo de la ciudad de Usha, en la baja
    Galilea. Los conocimientos los recibió de su padre, quien le enseñó las
    enseñanzas de Rabí Eliezer.

    En su
    temprana infancia estudió Torá con Rabí Tarfón en Lod (Meguilá
    20:1). Rabí Tarfón le tuvo mucho cariño y lo llamaba “mi hijo”.

    Rabí
    Yehuda transmite sus dictámenes halájicos (legales) como también los de
    los otros sabios de Yavne: Rabí Eliezer, Rabí Ieoshua, Raban Gamliel, Rabí
    Elevar ben Azaria, Rabí Ishmael y Rabí Iosi el Galileo.

    Su maestro
    por excelencia fue Rabí Akiva, quien le enseñó los senderos del Midrash,
    y en éstos basó el Midrash halájico del libro Vaikra (tercer libro
    del Pentateuco).

    Junto con
    sus cuatro compañeros propagó la Torá, cuando el mundo quedó desolado
    después del caos y aniquilación dejado por la rebelión contra Roma.

    No fue
    Rabí Akiva quien lo ordenó como rabino, por causa de las persecuciones, sino
    Rabí Iehuda ben Baba, quien lo hizo en un lugar situado entre Usha y Shfaram, a
    escondidas, por la amenaza de muerte de los romanos (Sanhedrín 14:1).

    Después de
    que el gobierno romano cesó de publicar edictos, los sabios de la generación se
    reunieron en la ciudad de Rabí Yehuda y dijeron: “Todo aquel que estudió, que
    venga y estudie; y aquel que no lo hizo, que venga y estudie” (Shir HaShirim
    Raba
    2:5).

    El trabajo
    era inmenso. Rabí Yehuda y sus compañeros debían recuperar lo perdido a causa de
    la aniquilación y destrucción, y su acción fue coronada por el éxito. En corto
    tiempo llenaron todo Israel de Torá (Shabat 33:1).

    Más de
    seiscientas halajot (Leyes) se encuentran en la Mishná. Su nombre
    aparece en todos los Tratados Talmúdicos, con excepción del Tratado Kinim
    (nidos).

    También a
    nivel de la Hagadá encontramos su nombre, tanto en el Midrash,
    como en el Talmud.

    Sus
    alumnos eran sabios de la quinta generación de los tanaítas, entre ellos: Rabí
    Eleazar, hijo de Rabí Shimón, Rabí Ishmael y Rabí Iosi; también Rabí Iehuda
    Hanasí (el Príncipe), recopilador de la Mishná, era uno de sus alumnos.

    Rabí
    Yehuda era considerado muy piadoso por su gran humildad. Estaba siempre
    dispuesto a ceder su honor para hacer las paces entre hombre y mujer.

    Una vez
    dijo un hombre a su mujer: “Te prometo que no tendrás ningún provecho de mí
    hasta que hagas probar tu comida a Rabí Yehuda y Rabí Shimón”. Rabí Yehuda la
    probó, pero Rabí Shimón vio en ello una falta al honor de la Torá y no la
    probó (Nedarim 66:2).

    Como Rabí
    Tarfón, su maestro, opinaba Rabí Yehuda que la acción precede al estudio (Ierushalmi,
    Jagiga
    1:7).

    Rabí
    Yehuda amaba el trabajo y decía: “Todo el que no enseña a su hijo un oficio, le
    enseña a robar” (Kidushin 29:1), “pero, a pesar de eso, haz del estudio
    tu ocupación principal, y del trabajo una ocupación complementaria” (Berajot
    35:2).

    Rabí
    Yehuda proyectaba luz y bondad. Sus costumbres y maneras anunciaban su santidad
    y sabiduría. “En la víspera del sábado le traían un recipiente lleno de agua
    caliente, lavaba su cara y sus pies, y vestía de blanco, pareciéndose a un
    ángel” (Shabat 28:2).

     

     



    RABAN GAMLIEL (EL ANCIANO)


     

    Presidente
    del Sanhedrín y dirigente del pueblo decenas de años antes de la destrucción del
    Sagrado Templo de Ierushalaim (segunda generación). Era nieto de Hilel. Su
    sobrenombre (“el anciano”) le fue dado para diferenciarlo de su nieto, Raban
    Gamliel de Yavne. Fue el primero a quién se le agregó el apodo de “Raban”
    (nuestro Rabino), título especial de los presidentes.

    Se destacó
    por la unidad del pueblo, especialmente en momentos de desgracia. No tuvo
    consideración ni con su cuñado, cuando no quería aceptar a la mayoría, y lo
    execró (Babá Metzia 59:2). A
    alumnos no íntegros en cuerpo y alma no les permitió entrar en el Bet
    Hamidrash
    (Casa de estudios) (Berajot 28:1).

    Cuando
    Rabí Ieoshua ben Jananiá opinó contra el fallo de Rabán Gamliel, con respecto a
    la consagración del mes de Tishrei, le exigió: “Te ordeno que vengas junto a mí,
    con tu bastón y tu dinero en el día de Yom Kipur (día de expiación) que
    ocurre según tu cálculo” (Rosh HaShaná 2-8,9). Cuando volvió el año
    siguiente y ofendió a Rabí Ieoshua, el pueblo se rebeló contra él, durante una
    sección de trabajo del Sanhedrín, y decidieron sacarlo del cargo de Rosh
    Yeshivá
    (director de la casa de estudios) y nombrar en su lugar a Rabí
    Eleazar ben Azaria. Rabán Gamliel se reconcilió con Rabí Ieoshua, le devolvieron
    su cargo y nombró jefe del tribunal a Rabí Eleazar.

    Rabán
    Gamliel ordenó volver a redactar la oración del Shmona Esre, porque
    después de la destrucción del Templo tenía que cambiar la composición de las
    bendiciones y rezar por la vuelta del servicio sacerdotal en el Templo. También
    le ordenó a Shmuel Hakatan (el pequeño) redactar la Birkat hananim, la
    bendición que menciona la amenaza y el peligro que significaron las diferentes
    sectas que interpretaron falsamente nuestra fe (Berajot 28:2). Asimismo,
    ordenó que cada persona debe rezar la oración de Shmona esre cada día (Berajot
    4:3).

    Como
    presidente del pueblo hebreo, viajó en misiones diplomáticas a Suria, Roma, ya a
    otros lugares (Eruvin 7:3), fin de Macot y otras fuentes.

    Antes de
    morir ordenó que lo sepultasen envuelto en simple tela de lino, y todo el pueblo
    hizo como él (Babli – Ketuvot 8:2).

     

     



    RABÍ AKIVA BEN IOSEF

     

    Uno de los
    grandes sabios de Israel, de la tercera generación de tanaítas (110-135). Su
    sabiduría y su temor a D-s fue un ejemplo en su vida y en su muerte por
    Kidush HaShem
    , en aras del nombre del Altísimo.

    En su
    niñez no estudió Torá, y permaneció en la ignorancia hasta la edad de
    cuarenta años. Gracias a su propio esfuerzo y a la ayuda de Rajel, su esposa,
    llegó a niveles elevados en su conocimiento de todas las materias de la Torá.

    Leamos lo
    que nos relata la Guemará.

    Rabí Akiva
    era pastor del rico Ben Kalba Sabua, cuya hija, viendo cuán noble y modesto era,
    se enamoró de él. Un día le dirigió la palabra: “Si me caso contigo, ¿irás y te
    dedicarás al estudio para llegar a ser sabio?”. “Claro está”, le replicó Akiva.
    Y ella le desposó en secreto, y le hizo marchar a la academia. Cuando el padre
    se enteró, la expulsó de su casa y la desheredó.

    Rabí Akiva
    permaneció durante doce años en la Academia, al cabo de los cuales regresó
    acompañado por doce mil discípulos. Mientras estaba en su casa, oyó que un
    anciano le decía a su esposa: “¿Hasta cuándo vivirás como si fueras viuda?”. Y
    ella le respondió: “Si supiera que había de hacerme caso, le habría aconsejado
    que estudiara doce años más”. Y Rabí Akiva se dijo: “Entonces, con su
    consentimiento, puedo marchar”. E inmediatamente se marchó por otros doce años,
    al cabo de los cuales regresó con veinticuatro mil discípulos. Cuando llegó a la
    ciudad, su mujer le salió al encuentro. Un vecino le ofreció prestarle algunos
    vestidos y adornos para que se engalanara con ellos, pero ella le dijo: “El
    justo provee a las necesidades de su bestia”. Entonces se acercó a él y le besó
    los pies. Sus discípulos quisieron apartarla, mas Rabí Akiva les dijo: “Dejadla,
    todo lo que es vuestro es mío, (nuestros conocimientos) le pertenecen”.

    Cuando
    Kalba Sabua se enteró de que un gran hombre había llegado a la ciudad, se dijo:
    “Iré a verle, quizá me libre de mi voto” (la desheredación de su hija). Cuando
    llegó ante Rabí Akiva, éste le preguntó: “¿Habrías hecho el voto de haber sabido
    que el esposo de tu hija era un célebre maestro?”.

    Sabua
    replicó: “Si hubiera sabido un solo capítulo del Jumash o una sola
    Halajá
    (Ley), nunca habría hecho mi promesa”.

    Entonces
    Rabí Akiva le dijo: “Pues soy yo”. Sabua se inclinó y le besó los pies, y le
    regaló la mitad de sus riquezas.

    La hija de
    Rabí Akiva hizo lo mismo (que su madre) con Ben Azay.

    Esto es
    exactamente lo que el pueblo dice: una oveja sigue a otra; de tal madre, tal
    hija.
    (Ketuvot
    62b-63a).

    Cuando
    Rabí Akiva enriqueció, le regaló a Rajel, su esposa, una joya llamada “ciudad de
    oro”. Cuando la esposa de Raban Gamliel vio la impresionante joya, se llenó de
    envidia. Fue a Raban Gamliel y le dijo. Su esposo respondió: “¿Hubieses hecho
    como ella? Vendió sus trenzas para dejarlo estudiar Torá” (Ierushalmi
    Shabat
    6:1).

    Nunca dejó
    Rabí Akiva de agradecer a su esposa. Solía decir: “¿Quién es rico? Aquel que
    tiene una esposa virtuosa” (Shabat 25).

     


    Sus
    estudios

    Rabí Akiva
    residió en Bnei Berak (Sanhedrín 32:2). Se destacó por su constancia y
    profundización. Toda Halajá (Ley) que aprendía de sus rabinos, la
    analizaba y cuestionaba una y otra vez. Se preguntaba: ¿por qué fue escrita la
    letra alef? ¿Para qué fue traído este concepto? Una y otra vez pedía
    explicación de sus maestros (Adra de Rabí Natan 6).

    Rabí Akiva
    estudiaba hasta el último detalle, cada letra, punto y señal (Menajot
    29:2), buscando versículos en la Torá y el Tanaj (Biblia) para que
    sirvieran como prueba de toda Ley.

    Rabí
    Tarfón, con admiración, exclamó: “Rabí Akiva, todo aquel que se separa de ti, es
    como si se separase de la vida” (Kidushin 66:2).

    Se cuenta
    que Rabí Akiva jamás dijo en el Beit Hamidrash “es hora de acabar el
    estudio”, excepto las vísperas de Pesaj y del día de Kipur (Pesajim
    109:1). Cuando su hijo enfermó gravemente, no dejó ni un minuto de estudiar
    Torá
    (Smejot 8).

    Durante
    veintidós años estudió con Najum Ish Gam Zo, y fue influenciado por su escuela,
    que explicaba los temas de la Torá en forma especial. Rabí Akiva amplió
    la escuela de su Rabí, explicando cada palabra y letra de la Torá.

    Rabí Akiva
    se ocupó de todas las materias de la Torá, incluso de la parte esotérica,
    siendo el único entre cuatro rabinos que salió sano en mente y cuerpo del
    estudio de temas profundos (Jagiga 14:2).

    Rabí Akiva
    es considerado como el más importante Rabí de todas las generaciones. Cuando fue
    presentado ante el anciano Tana, Rabí Dosa ben Arginas, éste le dijo: “¿Eres tú
    Akiva ben Iosef, cuyo nombre es conocido hasta el fin del mundo? Siéntate, hijo
    mío. Que se multipliquen como tú en Israel” (Iebamot 16:29).

     

     



    RABÍ IOSI BEN JALAFTA

     


    Tana

    de la cuarta generación (135-170), es mencionado en la Mishná y otros
    como Rabí Iosi, uno de los cinco alumnos de Rabí Akiva, compañero de Rabí Meir,
    Rabí Yehuda, Rabí Shimon y Rabí Eleazar.

    Sus
    conocimientos los recibió de los sabios de Yavne, como también de su padre Rabí
    Jalafta y de Rabí Iojanan ben Nuri. Su rabino era Rabí Akiva, y cuando la
    situación durante la rebelión de Bar Kojva se volvió imposible, fue Rabí Yehuda
    ben Baba quien lo consagró como Rabí.

    Tuvo
    buenas relaciones con los sabios de la época, y era muy querido.

    Sobre Rabí
    Meir dijo: “Un gran hombre, un hombre santo, un hombre humilde (Ierushalmi
    Berajot
    2:7).

    Cuando le
    transmitieron las enseñanzas de Rabí Simón, citó el versículo de Mishle
    (24:26): “Besarán los labios de aquel que da respuestas acertadas”.

    Rabí
    Ieoshua, “el Príncipe”, era su alumno y lo admiraba (Nidá 68:2).

    Cuentan
    que cuando Rabí Yehuda quería objetar las palabras de Rabí Iosi, solía decir:
    “Nosotros, los pobres (en conocimientos) cuestionaremos las palabras de Rabí
    Iosi”. Como hay diferencia entre el “lugar más santo del Templo y el lugar más
    profano”, así la hay entre nuestra generación y la de Rabí Iosi (Ierushalmi
    Gitín
    6:7).

    Vivió en
    Tzipori (Galilea), allí tenía su Yeshivá y su Tribunal.

    Su
    profesión era la marroquinería (Shabat 49:1-2), y tenía un campo, el cual
    trabajaba (Shabat 118:2).

    Su hermano
    falleció sin dejar hijos, y Rabí Iosi cumplió con el precepto de “iebum
    (levirato). Se casó con la viuda y tuvo cinco hijos. Todos fueron eruditos de la
    Torá. Los más conocidos son: Rabí Ishmael y Rabí Eleazar. Orgulloso de
    sus hijos, Rabí Iosi dijo: “Planté cinco cedros en Israel” (ídem, ídem).

    Entre sus
    máximas encontramos: “Escuché una voz que susurraba como una paloma y decía:
    ‘oh, que destruí mi casa, quemé mi palacio, y exilé a mis hijos entre las
    naciones” (Berajot 3:1).

     

     



    RABÍ ELIEZER BEN HURKENUS

     

    Rabí
    Eliezer, tanaíta de la segunda generación, fue el primero de los alumnos de Rabí
    Iojanan ben Zakai y el más importante de todos.

    Sobre él,
    dijo su rabino: “Rabí Eliezer es una cisterna encalada que no pierde gota: si
    todos los sabios de Israel fueran colocados en un platillo de la balanza y
    Eliezer ben Hurkenus fuera puesto en el segundo platillo, pesaría más que todos
    ellos” (Avot 2:8).

    El gran
    tanaíta Rabí Eliezer Hagadol era hijo de un rico propietario llamado Hurkenus,
    quien poseía muchos campos y castillos. Sus hijos trabajaban sus terrenos.
    También Eliezer araba la tierra junto con sus otros hermanos. Tenía veintidós
    años cuando su padre lo encontró llorando y le preguntó:

    —¿Por qué
    lloras? ¿Tal vez no te gusta el trabajo y quieres que te cambiemos a otro campo?

    —¡Yo
    quiero estudiar Torá! —fue su breve y resuelta respuesta.

    Finalmente
    escapó de la casa paterna, yéndose a Jerusalén, a la Yeshivá de Rabí
    Iojanan ben Zakai.

    Al ver al
    joven recién llegado, Rabí Iojanan ben Zakai le preguntó:

    —¿Quién
    eres? ¿Y quién es tu padre?

    Eliezer no
    le respondió, sino que rompió a llorar.

    —¿Por qué
    lloras, hijo? —le preguntó cariñosamente el gran sabio.

    —Yo quiero
    estudiar Torá —contestó Eliezer.

    El Rabí
    volvió a preguntarle:

    —¿Alguna
    vez visitaste una escuela? ¿Por lo menos sabes Kriat Shemá, Tefilá y
    Birkat Hamazón
    ?

    —¡No! —fue
    la respuesta de Eliezer.

    Rabí
    Iojanan ben Zakai le enseñó a leer el Kriat Shemá, a rezar y a decir el
    Birkat Hamazón y comenzó a instruirlo en Torá hasta que Eliezer
    superó a alumnos que habían empezado a estudiar en la Yeshivá antes que
    él.

    En el
    primer tiempo, cuando recién había llegado a la Yeshivá, el Rabí le
    sintió el aliento pesado. Después de mucho esfuerzo, le fue posible enterarse
    que su nuevo alumno ayunaba la mayor parte del tiempo. Entonces empezó a
    interesarse más en él, conoció su historia y cómo se había ido de su casa sin la
    autorización paterna. Le consiguió un buen alojamiento a su costa y lo bendijo,
    deseándole que debido al hambre sufrida por la sagrada Torá fuese
    merecedor de pronunciar palabras de Torá que perfumaran el mundo.

    Eliezer
    estuvo tres años en la Yeshivá de Rabí Iojanan ben Zakai y, sediento,
    bebía de los claros manantiales del gran maestro, hasta que se destacó como uno
    de los mayores eruditos de su generación.

    En el
    ínterin, a Hurkenus le fueron mal los negocios y tuvo que irse con su familia
    con su familia por una temporada. Cuando la familia volvió a su tierra y
    posesiones, le dijeron los hermanos al padre:

    —Para los
    sufrimientos Eliezer no fue nuestro socio, pero para la herencia seguramente se
    presentará como heredero con los mismos derechos que todos nosotros.

    Decidieron
    que Hurkenus fuera a Ierushalaim y publicara en la Yeshivá que
    desheredaba a su hijo Eliezer.

    Cuando
    Hurkenus llegó a Jerusalén, Rabí Iojanan ben Zakai lo recibió con todos los
    honores, lo invitó a sentarse entre los sabios más grandes e importantes de la
    generación, como Nakdimón ben Gurión, Calbá Sabua y ben Tzitzit Hakeset, y
    ordenó que Rabí Eliezer pronunciase una disertación ese sábado. Cuando llamaron
    a Eliezer a exponer sus comentarios, él comenzó dirigiéndose a su maestro con
    estas palabras:

    —Yo soy
    comparable con un pozo que no contiene más que lo que en él vertieron.

    A ello
    respondió Rabí Iojanan ben Zakai:

    —No, hijo
    mío. Tú eres comparable a un surgente manantial del cual siempre brota agua
    fresca.

    Entonces
    Rabí Iojanan ben Zakai se retiró y Rabí Eliezer pronunció las más agudas
    palabras de Torá que se hubieran escuchado desde la época de Moshé Rabenu.
    Y su cara brillaba como el sol. Los alumnos corrieron a referirle a Rabí Iojanan
    ben Zakai cómo su rostro brillaba y resplandecía debido a su extraordinaria
    Torá
    .

    Rabí
    Iojanan ben Zakai se acercó a él y, besándolo en la cabeza, dijo:


    —¡Bienaventurados ustedes, Abraham, Itzjak y Yaacov, que un ser así descendió de
    vuestros hijos!

    —¿A quién
    están elogiando así? —preguntó el padre.

    A lo cual
    le respondieron:

    —¡A tu
    hijo Eliezer!

    Con gran
    turbación, el padre exclamó:

    —Siendo
    así, ¿por qué dijo “Bienaventurados Abraham, Itzjak y Yaacov? Tendría que haber
    dicho: “Bienaventurado yo, que un ser así descendió de mí”.

    Al darse
    cuenta de la presencia de su padre, Rabí Eliezer interrumpió su prédica y
    exclamó:

    —¡Padre!
    No puedo continuar estudiando si tú estás de pie.

    Hurkenus
    le respondió con énfasis.

    —¡Hijo
    mío! ¡Yo vine a desheredarte, pero después de haber presenciado tu grandeza en
    Torá, le negaré la herencia a tus hermanos y todo lo recibirás tú como
    regalo!

    Rabí
    Eliezer le contestó:

    —Al Padre
    Celestial no le pedí dinero ni riquezas, sólo recibir como regalo la sagrada
    Torá
    , y yo no quiero tomar más que mi parte.

    Con gran
    entusiasmo siguió estudiando y se convirtió en yerno del Nasi Raban Shimón ben
    Gamliel, al casarse con su inteligente hija Imá Shalom.

    Imá
    Shalom, la privilegiada hija del Raban Shimón ben Gamliel (uno de los diez
    grandes sabios que murieron por Kidush HaShem —santificar el nombre de
    D-s—, víctimas del Imperio Romano) y hermana del Raban Gamliel de Iavne, estaba
    entre las más renombradas de su época. Sus hijos eran de una extraordinaria
    belleza, y cuando le preguntaban cómo se había hecho merecedora de ese
    privilegio, ella respondía:

    —Debido al
    singular recato dentro de la vida familiar.

    En la
    vecindad de Imá Shalom y su hermano Raban Gamliel vivía un juez, un filósofo,
    que en todas partes trataba de mostrar una personalidad ejemplar, incapaz de
    aceptar soborno, y de esa forma estafaba a los que acudían a él para solucionar
    un litigio.

    Imá Shalom
    acudió al juez con un candelabro de oro como obsequio y le pidió que
    distribuyese lo que había quedado de sus padres entre ella y su hermano Raban
    Gamliel. En el juicio, el magistrado ordenó repartir la herencia por partes
    iguales.

    Rabí
    Gamliel le hizo esta observación:

    —Nuestra
    Torá indica que, en caso que haya hijos varones, las mujeres no reciben
    herencia alguna.

    El juez le
    respondió:

    —Desde el
    día en que comenzó vuestro destierro fue anulada la Torá de Moshé,
    ocupando su lugar otro conjunto de Leyes, las cuales indican que los hijos
    varones y mujeres heredan por partes iguales.

    Al día
    siguiente, el Raban Gamliel le regaló un valioso asno de Egipto. En la segunda
    sesión del pleito, el juez explicó:

    —He
    profundizado en el Código Romano y encontré un pasaje que reza: “Yo no vine a
    disminuir las doctrinas de Moshé, sino a agregar”. ¡Y la antigua doctrina indica
    claramente que en caso que haya descendientes varones, las hijas mujeres no
    reciben ninguna parte en la herencia!

    Imá Shalom
    exclamó:

    —¡Que tu
    vela arda y nos ilumine a todos!

    Con eso
    quería referirse al candelabro con el que lo había sobornado.

    A eso
    respondió Raban Gamliel:

    —¡El asno
    quebró el candelabro!

    Y todos
    los presentes en el tribunal comprendieron que Imá Shalom y Raban Gamliel habían
    representado esa farsa para poner de manifiesto que el incorruptible juez se
    había dejado sobornar.

    ¿Por qué a
    Rabí Eliezer lo llamaban Eliezer Hagadol, elevado título que ninguno de los
    tanaítas tuvo? Porque de los cinco gigantes de espíritu, los cinco alumnos más
    sabios del Raban Iojanan ben Zakai, Rabí Eliezer ben Hurkenus, Rabí Ieoshua ben
    Jenaniá, Rabí Eleazar ben Aroj, Rabí Iosi Hacohen y Rabí Shimón ben Netanel, fue
    reconocido Rabí Eliezer como el más grande, tal como lo determinó el mismo Raban
    Iojanan ben Zakai.

    Sobre sus
    elevadas doctrinas morales podemos leer en Pirkei Avot: “Que el honor de
    tu amigo te sea tan valioso como el tuyo; y no te entregues con facilidad a la
    ira contra otro; y arrepiéntete como mínimo un día antes de tu partida de este
    mundo; y que entres en calor frente al fuego de los sabios de la Torá; y
    ten cuidado de no tocar sus brasas calientes para no quemarte, porque sus
    mordeduras son como las de un zorro, y sus picaduras como las de un escorpión, y
    sus murmullos como los de una serpiente venenosa, y todas sus palabras son como
    brasas de fuego”.

    Estas
    breves reglas de moral son verdaderos brillantes, y es necesario comprenderlas
    en su fundamento y perspicacia. “Que el honor de tu amigo te sea tan valioso
    como el tuyo”
    tiene dos significados:

    1) Que la
    medida del honor brindado por tu amigo sea apreciada por ti como la tuya. Cuando
    honras a tu amigo, siempre crees haber cumplido tu obligación y hecho lo
    suficiente. De la misma manera, debes conformarte con los honores brindados por
    el otro y no considerarlos insuficientes.

    2) Que el
    honor que te brinda tu amigo no juegue en ti un rol más grande que si tú mismo
    te lo hubieras asignado.


    “No te
    entregues con facilidad a la ira contra otro”.

    La ira por
    sí misma no es un pecado para uno. Pero es una de las peores costumbres, porque
    en cuanto la persona cae en enojo, ya no es la misma que unos minutos antes. No
    piensa en forma natural. No habla como es debido y es capaz de cualquier maldad.



    “Arrepiéntete como mínimo un día antes de tu partida de este mundo”.

    Los alumnos de Rabí Eliezer le preguntaron: “¿Cómo sabe una persona cuándo va a
    morir para arrepentirse un día antes?”. Él les respondió: “Como nadie sabe
    cuándo va a ser el último día, tiene que arrepentirse cada día, porque nadie
    está seguro de llegar al día siguiente, y de esa forma el ser humano debe
    arrepentirse durante toda su vida”.

    Y lo mismo
    dijo el rey Salomón: “Que en todo momento sean blancos tus vestidos y que sobre
    tu cabeza nunca falte aceite”. Esto significa cuidarse siempre de los pecados
    aumentando la Torá y las buenas acciones que iluminan el alma igual que
    el aceite.


    “Que
    entres en calor frente al fuego de los sabios de la Torá”.

    La naturaleza del fuego es que, de lejos, se siente frío, y muy cerca, quema. Lo
    mismo sucede con los sabios: hay que seguir sus pasos para aprender de ellos
    virtudes, moral y buenas acciones. Pero todo con respeto y cortesía. El que está
    muy familiarizado con el sabio y se cree su igual, finalmente se quemará.

    Tiempo
    antes de la destrucción del Templo, el Raban Iojanan ben Zakai fundó en Yavne
    una gran Yeshivá. Rabí Eliezer, uno de sus grandes discípulos, también
    fue invitado entre ese conjunto de sabios. Entonces salió del cielo una voz que
    proclamó:

    —Dos de
    los representantes son aptos para ser poseedores de la Visión Divina y Shmuel
    Hakatán es uno de ellos.

    Todos los
    sabios estuvieron de acuerdo que el segundo no era otro sino Rabí Eliezer ben
    Hurkenus.

    Y cuando
    Rabí Iojanan ben Zakai salió de Ierushalaim en medio de la guerra con
    Vespasiano, emperador romano, fueron Rabí Eliezer y Rabí Ieoshua quienes lo
    sacaron de contrabando, escondido en un ataúd

    En esa
    época fue cuando Rabí Iojanan ben Zakai les dio el título a Rabí Eliezer ben
    Hurkenus y a Rabí Ieoshua. Y desde ese momento, Rabí Eliezer ocupó un lugar
    privilegiado dentro de la vida judía, como conductor y “grande” de su
    generación, junto con su cuñado Raban Gamliel (el cual se convirtió en Nasi
    a la muerte del Raban Iojanan ben Zakai). Rabí Ieoshua llevó a cabo numerosos
    viajes a Roma, tratando de conseguir que los grandes emperadores anularan los
    pesados tributos y decretos oprimentes para los judíos.

    La
    historia se repite, y lo sucedido entre Rabí Eliezer y su padre Hurkenus volvió
    a repetirse. Rabí Akiva se contrató en lo de Rabí Eliezer para trabajar tres
    años y en la víspera de Yom Kipur le pidió:

    —Dame lo
    que me corresponde en pago por mi trabajo. Quiero ir a mi casa para llevar
    alimentos a mi esposa e hijos.

    Rabí
    Eliezer le contestó:

    —No tengo
    plata.

    —Dame
    frutas.

    —No tengo.

    —Dame
    tierras.

    —No tengo.

    —Dame
    animales.

    —No tengo.

    Rabí Akiva
    tomó sus herramientas de trabajo y se fue a su casa totalmente desanimado.
    Después de Sucot, Rabí Eliezer cargó comida, bebida y diversos productos
    sobre tres asnos, así como el monto que le debía, y los llevó a la casa de Rabí
    Akiva. Después de conversar animadamente, comer y beber, le pagó lo que le
    correspondía y le preguntó:

    —Cuando yo
    te dije que no tenía plata, ¿qué pensaste?

    —Pensé que
    se le presentó mercadería muy barata y utilizó todo el efectivo.

    —¿Y cuándo
    te dije que no tenía animales?

    —Pensé que
    estaban alquilados a otra persona.

    —¿Y qué
    pensaste cuando te dije que no tenía tierras?

    —Pensé que
    se las alquilaba a alguien.

    —Cuándo te
    dije que no tenía frutas ¿qué creíste?

    —Consideré
    que aún no había separado Terumá y Maaser.

    —¿Y cuando
    contesté que tampoco tenía ropa?

    —Pensé que
    había consagrado su fortuna al Beit Hamikdash (Sagrado Templo).

    Exclamó
    Rabí Eliezer:

    —¡Así fue,
    lo juro! Debido a mi hijo Hurkenus, que no cumple la Torá, consagré toda
    mi fortuna al Beit Hamikdash, pero cuando me encontré en el Sur con mis
    amigos, ellos anularon mi promesa, y a ti, que entonces me juzgaste
    favorablemente, que el Altísimo también te juzgue favorablemente.

    Su
    grandeza sobrepasó todos los límites, y eso produjo una gran separación con los
    otros judíos sabios, en un juicio en el cual Rabí Eliezer se determinó puro y
    los sabios impuros. En ese día —cuenta la Guemará— Rabí Eliezer dio
    numerosas respuestas y demostró a los sabios su razón. Pero ellos no aceptaron
    su veredicto. Entonces exclamó Rabí Eliezer:

    —¡Si la
    Ley es como yo digo, que lo confirme este algarrobo!

    Y el
    algarrobo se corrió a cuatrocientos codos (ciento noventa y dos metros) de su
    lugar.

    Los sabios
    respondieron:

    —Eso no
    demuestra nada.

    Volvió a
    decir Rabí Eliezer:

    —¡Si la
    Ley es como yo digo, que lo confirme el manantial!

    Y el
    manantial se corrió de lugar.


    Respondieron los sabios:

    —Eso aún
    no alcanza.

    Dijo Rabí
    Eliezer por tercera vez:

    —¡Si yo
    tengo razón, que lo confirmen las paredes de la Yeshivá!

    Y las
    paredes empezaron a inclinarse. Rabí Yeoshuá gritó:

    —¡Cuándo
    los sabios discuten en un juicio, ustedes no tienen que inmiscuirse!

    Cuenta la
    Guemará que, debido a la honra de Rabí Ieoshua, las paredes no cayeron, y
    debido a la de Rabí Eliécer, quedaron inclinadas.

    Dijo Rabí
    Eliezer:

    —¡Del
    cielo van a confirmar que la Ley es como yo digo!

    Entonces
    salió una voz del Cielo:

    —¿Por qué
    luchan contra Rabí Eliezer cuando la Ley es siempre como él indica?

    Rabí
    Ieoshua se puso de pie y respondió:

    —¡La
    Torá
    ya no está en el Cielo!

    Con ello
    se refería a que la decisión sobre cada versículo fue entregada a los sabios de
    este mundo, tal como lo dice la misma Torá: “Ajarei rabim lehatot
    (seguir a la mayoría). Entonces se dictaminó impureza sobre lo puro por él
    decretado y se quemó para demostrar que así era la Ley. Y decidieron no volver a
    encontrarse ni discutir con Rabí Eliezer, y desde entonces él no volvió a Yavne,
    sino que estudió con jóvenes alumnos en su propia Yeshivá en Lod, donde
    residía. Ese día, en que los sabios dictaminaron en desacuerdo con Rabí Eliezer,
    los cielos huracanados y una gran medida de ira fue vertida sobre el
    mundo; el trigo, la cebada y los olivos disminuyeron en una tercera parte y
    también la masa preparada por las mujeres se arruinó.

    Raban
    Gamliel, su cuñado, estaba en aquella época realizando un viaje por mar y una
    gran tormenta lo amenazó, poniendo en peligro su vida. Entonces Raban Gamliel
    comprendió que eso solamente podía deberse al honor de Rabí Eliezer y,
    levantándose, dijo:

    —¡Señor
    del Mundo! ¡Tú sabes que todo lo que hicimos no fue por mi honor ni por el de
    mis padres, sino por el Tuyo, para que no se multipliquen ni extiendan peleas
    entre los judíos!

    Y la
    tormenta se calmó.

    Los
    comentaristas explican el concepto de Rabí Eliezer cuando trató de convencer a
    los sabios sobre el algarrobo, el manantial y las paredes de la Yeshivá,
    que indicaban que, de todas las necesidades humanas, como comer, beber y dormir,
    él sólo tomaba lo más necesario: gozaba de la fruta del algarrobo, bebía agua y
    siempre estaba entre las paredes de la Yeshivá, el lugar que lo llevó a
    sus elevados conocimientos en Torá.

    Su sed y
    fluidez para estudiar la Torá eran sobrenaturales. Él mismo lo afirmó:
    “Nadie llegaba a la Yeshivá antes que yo. Nunca descabecé ni el más
    ligero sueño dentro de la misma. Siempre salía al último y nunca me distraje con
    conversaciones vanas”. Y de esa forma superó con sus extraordinarios
    conocimientos a todos sus amigos, lo que le valió que Rabí Iojanan ben Zakai lo
    denominara “un pozo de cemento en el cual ni una gota de agua se pierde”.

    En el
    Midrash
    se relata que ejercía una poderosa influencia. Cierta vez, Rabí
    Ieoshua entró en la Yeshivá de Rabí Eliezer, después de la desaparición
    física de éste, y al ver la piedra donde el sabio solía sentarse a estudiar, la
    besó y exclamó:

    —Esta
    piedra es comparable al Monte Sinaí y el que sobre ella se sentó es comparable a
    las Tablas de la Ley.

    Rabí
    Itzjak dijo:

    —En vida
    de Rabí Eliezer todo lo que estudiábamos estaba tan claro como en el día en que
    la Torá fue entregada en el Monte Sinaí.

    ¡Hasta esa
    altura llegaron a valorarse sus conocimientos! Pese a eso, para que no hubiera
    excepciones en la Torá Oral, los sabios debieron oponerse enérgicamente a
    Rabí Eliezer con la autoridad dada por el “Ajarei Rabím lehatot” (seguir
    la decisión de la mayoría), y para evitar las disputas, acordaron no encontrarse
    más con él.

    Después
    que los sabios se separaron oficialmente de él, la soledad lo apesadumbraba
    enormemente. Por eso, su esposa, Ima Shalom, siempre cuidaba que, después de
    decir Shemona Esre, no dijera Tajnun, plegaria capaz de tener un
    efecto inmediato, y lo distraía con una conversación que anulaba esa propiedad.
    Cierta vez aconteció que un padre golpeó a su puerta y ella le alcanzó algo.
    Cuando entró en el cuarto y encontró a su esposo diciendo Tajanun, le
    dijo:

    —¡Detente!
    Ya mataste a mi hermano.

    No pasó
    mucho tiempo antes de que se supiera que Raban Gamliel había fallecido.

    —¿Cómo lo
    supiste? —preguntó Rabí Eliezer a su esposa.

    —Mis
    grandes padres me dejaron una Cábala: ¡todas las puertas pueden cerrarse, pero
    las puertas de un corazón oprimido que sufre y llora nunca están cerradas! —fue
    su respuesta.

    En el
    Talmud Ierushalmi
    se cuenta que una vez iba por la calle Rabí Eliezer y le
    cayó basura que una mujer tiraba sin darse cuenta de que alguien pasaba. Él se
    alegró y exclamó:

    —Agradezco
    que de hoy en adelante mis amigos volverán a amigarse conmigo. “De la basura se
    levantará un pobre”.


    Lamentablemente, su deseo no se vio satisfecho.

    Cuando
    Rabí Eliezer enfermó, sus alumnos fueron a visitarlo y le pidieron:

    —¡Rabí!
    ¡Enséñanos los caminos a través de los cuales podremos llegar a la vida
    verdadera y correcta!

    Él les
    respondió:

    —Hónrense
    uno al otro, enseñen a sus hijos Torá, de acuerdo con la correcta
    acepción de la Guemará, y manténganse siempre entre sabios. Y cuando
    recen, tengan en cuenta ante quién lo hacen.

    Con ello
    quiso decir que cuidaran los principios del judaísmo, estudiaran Torá con
    los niños desde su más tierna infancia y sirvieran con abnegación a Dios.

    En sus
    últimos días fueron a visitarlo Rabí Akiva con sus amigos. Rabí Eliezer estaba
    acostado en su cuarto y ellos entraron a la sala. Era un viernes después del
    mediodía. Mientras tanto, su hijo Hurkenus entró al cuarto para sacarle los
    Tefilín,
    pero él no lo dejó. Hurkenus dijo a las visitas:

    —Me parece
    que, debido a los sufrimientos, mi padre no está en sus cabales.

    A eso
    contestó el padre:

    —¿Por qué
    no te interesas en el encendido de las velas y en preparar comida caliente para
    Shabat, que huelen a prohibiciones de la Torá, y te interesas en
    que me saque los tefilín, lo cual no es más que una prohibición de
    nuestros rabinos?

    Cuando los
    sabios oyeron que estaba totalmente lúcido, entraron en su cuarto, pero se
    mantuvieron alejados de él cuatro codos.

    Rabí
    Eliezer les preguntó:

    —¿Dónde
    estuvieron hasta hoy?

    —No
    tuvimos tiempo.

    A eso
    respondió Rabí Eliezer:

    —No estoy
    seguro si estas personas van a morir en forma normal.

    Le
    preguntó Rabí Akiva:

    —¿Cuál fin
    será más difícil que su mundo? Porque con tu aguda inteligencia hubieras podido
    aprender mucho de mí (Rashi).

    Ellos le
    hicieron una pregunta referente a las Leyes de lo puro y lo impuro, a lo cual
    Rabí Eliezer respondió “puro”. Y con la palabra “puro” se elevó su santa alma.

    De
    inmediato se levantó Rabí Ieoshua y exclamó:

    —El voto
    está anulado.

    Lo
    acompañaron desde Cesárea a Lod, donde fue sepultado. Rabí Akiva lloraba
    desconsoladamente y, martirizándose, exclamaba:

    —¡Padre,
    Padre, gran luchador de la Torá, mucha plata me quedó sin tener quien me
    la cambie!

    Esto
    significa: “Muchas preguntas sobre Torá tengo para hacer y no quedó quien
    me las pueda responder”.

    En la
    Guemará
    se cuenta que hubo un año de sequía. Pese a los ruegos de Rabí
    Eliezer, las lluvias no cayeron. A los ruegos de Rabí Akiva, llovió. Los sabios
    pensaron que esa era una señal de que Rabí Akiva era más importante. Entonces
    salió una voz del Cielo:

    —No, no es
    que sea más grande, sino que pasa por alto sus costumbres.

    Rabí Moshé
    Jaim Lutzato explica que eso no quiere decir que Rabí Eliezer no tuviera la
    virtud de pasar por alto sus costumbres. Pero como Rabí Akiva descendía de
    conversos, sus buenas costumbres eran más distinguidas en el Cielo. Rabí Akiva
    mismo pensó que Rabí Eliezer podía sentirse relajado debido a eso, entonces se
    puso de pie y dijo:

    —Yo soy
    comparable al sirviente de un rey, al cual se le contesta enseguida y con el que
    no se mantiene largas conversaciones. Pero el Rabí es comparable al querido de
    un rey, el cual es muy distinguido por éste. Le gusta mantener con él largas
    conversaciones y por eso no le responde al momento.

     

     



    RABÍ JANINA BEN JANANIÁ, EL
    SUPLENTE


     

    Tanaíta de
    la primera generación, fungía como suplente del Gran Sacerdote en el Sagrado
    Templo de Ierushalaim, cuyo lugar ocuparía si a éste le ocurría algo que lo
    inhabilitara para el servicio.

    Rabí
    Nanina vio con sus ojos la destrucción del Templo, y su pena la expresó fijando
    la prohibición de sumergirse en la Mikve el día 9 de Av (Taanit
    13:1).

    Pronunció
    palabras sobre Halajá (Ley) como también sobre Hagadá. Apreciaba
    mucho la paz, “grande es la paz como la Creación misma” (Sifri Bamidbar
    12).

    Ordenó
    rezar por la paz en el gobierno: “Ora por la paz del reino, pues de no ser por
    su temor hacia él, el hombre destruiría la vida de su prójimo” (Avot
    3:2).

    Sobre todo
    puso énfasis en el estudio de la Torá, que salva al hombre de toda clase
    de calamidades, de pensamientos malos, necios y otros (Avot de Rabí Natan
    20).


     

     



    RABAN SHIMON BEN GAMLIEL


    (Cuarto
    Presidente de la casa de Hilel)

     

    Fue
    Presidente del Sanhedrín en la generación de la destrucción. Junto a los Grandes
    Sacerdotes, Janan ben Janan y Yeoshuá ben Gemala, actuó como dirigente de
    Ierushalaim durante la guerra con los romanos.

    Era
    considerado como un hombre inteligente, que supo apalear situaciones complejas,
    encontrando soluciones que fueron aceptadas por la comunidad.

    Era un
    dirigente moderado que bregaba por la paz, y se dice que fue asesinado por los
    celotes.

    Pocas son
    las enseñanzas que recibimos bajo su nombre, porque todas eran mencionadas en
    nombre de la casa de Hilel.

    Su hijo,
    Raban Gamliel de Yavne, nos transmite lo que le enseñó su padre (Mishná
    Eruvín
    6:2).


    Participaba activamente en la ceremonia de “Bet Hashoeva” (ver Mishná
    Sucá
    5:2-3) en el templo y danzaba teniendo ocho antorchas encendidas; las
    lanzaba y ninguna de ellas tocaba el suelo (Tosefta, Sucá 4:4).

    Entre sus
    máximas más conocidas encontramos en el Tratado de Avot: “Toda mi vida la
    pasé entre sabios, y nada hallé mejor para el cuerpo que el silencio; lo
    principal no es la teoría, sino la práctica”. Todo aquel que multiplica sus
    palabras, se introduce al pecado (1:17).

     

     


    RABÍ IEHUDA BEN BETERA

     


    El primer tanaíta que actuó en tiempos del Primer Templo, poco antes de su
    destrucción. Fue reconocido por sabiduría y erudición. Habitó en Netzivin,
    Babilonia.

     

     


    RABÍ ELEAZAR BEN TZADOK

     


    Era hijo del Rabí Tzadok, quien ayunó cuarenta años para que Ierushalaim no
    fuese destruida, y se enfermó. Rabí Ionjanan Ben Zacay le pidió al Emperador
    vespeciano que uno de sus doctores curara a Rabí Tzadok (Guitin 56:9-b).


    Rabí Elazar Ben Tzadok vivió antes de la destrucción del Templo, y junto a Shaul
    Ben Notnot trabajó en el comercio.


    Fue alumno de Rabí Iojanan HaJoranu, quien contó que cuando comió con Rabí
    Israel HaJoranu, vio que comía pan seco con sal en los años de sequía (Iebamot
    15:2).


    Transmitió información sobre el Templo y sus edificios.


    Sobre la hija de Nakdimon Ben Gurion, hija de las familias más ricas de
    Ierushalaim decía: “La vi juntando granos de cebada, entre las patas de los
    caballos en Aco (Ketubot 67:1).


    Muchas son las enseñanzas y costumbres que aprendió de la casa de Raban Gamliel:
    “Muchas veces comí en la casa de Raban Gamliel” (Tosafot Beitza 2:14).


    Una vez pasó en la casa de Raban Gamliel la víspera de Pésaj, que caía en Shabat,
    junto a su padre, Rabí Tzadok. Vino Zunin, el encargado de la residencia, y
    dijo: “Llegó la hora de eliminar el Jametz” (Pesajim 49:0).


    Sobre el testamento que le ordenó su padre con respecto a su entierro, contó:
    “Así me dijo mi padre antes de fallecer: ‘Hijo mío, primero entiérrame en la Bik-a,
    después reúne mis restos y ponlos en Glokema. No juntes los restos con tus
    manos’. Y así lo hice”.


    Entró Iojanan y los reunió y los cubrió con una tela. “Entré e hice keirá
    (desgarró sus vestimentas). “Como hizo a su padre, así lo haré yo” (Rabí Eleazar
    Bar Tzadok, Semajot 12).

     

     


    RABÍ TZADOK

     


    Rabí Tzadok era ya un anciano en los días de la destrucción del Templo. Contaba
    que cuarenta años antes de la destrucción, ayunaba y rezaba para que el sagrado
    templo no fuera destruido.


    Aunque era alumno de Shamay, se regía según la casa de Hilel (Iebamot
    15:2).


    Era muy cercano a Raban Gamliel el anciano (Mishná Pesajim, 7:2) y
    conocía sus costumbres.


    Una vez sucedió que dos Cohanim (sacerdotes) querían servir en el templo,
    y corrían y subían la rampa. Uno de ellos se adelantó a su compañero; tomó el
    otro un cuchillo y lo clavó en el corazón del primero. Vino Rabí Tzadok y,
    parándose en las escaleras de la sala del templo, le dijo: “Escuchen, mis
    hermanos, hijos de Israel, nos enseña la Torá: ‘Cuando se encuentre un
    cadáver en la tierra que HaShem, tu Elokim te da en posesión y no se sabe quién
    lo asesinó” (Devarim 21:1).


    Analicemos cuál fue la razón de este hecho criminal, ¿la carrera por la entrada
    al templo o por la entrada a sus salones? ¿Simplemente fue por una razón de puro
    celo a HaShem, o por algo personal que había entre ellos?


    Todo Israel irrumpió en llanto (Tosefta Shabuot 1:4)


    Después de la destrucción del templo, Rabí Tzadok pasó a vivir en Galilea, en la
    ciudad de Tibin, cercana a Haifa, y de allí enviaba sus preguntas a Yavne (Tosefta
    Nida
    4:3-4).


    Al viajar a Yavne fue recibido con grandes honores por Raban Gamliel, el
    Presidente del Sanhedrín.


    Así lo cuenta Eleazar, su hijo: “Cuando Raban Gamliel habitaba en Yavne, su
    padre y sus hermanos estaban sentados a su diestra (el padre de quién de
    Eleazar) y los ancianos a su siniestra (Ierushalmi, Sanhedrín 1:4).


    Rabí Tzadok falleció a muy avanzada edad, y antes de fallecer le pidió a su hijo
    que lo enterrara a manera antigua, que era costumbre en tiempos del Sagrado
    Templo.


     



    RABÍ SHIMÓN BAR IOJAI


     

    Tanaíta de
    la cuarta generación (135-170). Uno de los alumnos más importantes de Rabí Akiva,
    estudió con él en la Yeshivá de Bne Brak durante trece años, junto con su
    compañero Jananiá ben Janijai (Ktubot 62:2).

    Rabí
    Shimón fue quien preguntó en la Yeshivá de Yavne si la oración de
    Arvit
    (noche) es Reshut (si depende de la voluntad de la persona) o
    Joba (es obligatoria), pregunta qué hizo que Raban Gamliel renunciara a
    la Presidencia del Sanhedrín.

    Cuando
    Rabí Akiva fue apresado por los romanos, Rabí Shimón fue a escuchar sus
    enseñanzas.

    Rabí Akiva,
    su maestro, lo estimaba en gran manera, y le dijo: “Tu Creador y yo conocemos tu
    valor” (Ierushalmi, Sanhedrín 1:2).

    Muchas
    veces discrepaba con su maestro, pero grande era su admiración por él. Cierta
    vez que no le hizo el honor debido, “sus dientes se volvieron negros de tanto
    ayunar” (Nazir 52:2).

    Entre sus
    alumnos más importantes encontramos a Rabí Hanasí, que estudio en su Yeshivá
    en Tekoa (Eruvin 91:1), y su yerno, el Tana milagroso, Rabí Pinjas Ben
    Yair.

    Rabí
    Shimón bar Iojai amó inmensamente a la Torá, su pueblo y su país. He aquí
    algunos de sus conceptos:

    “El Señor
    ha dado a los Israelitas tres buenos regalos, que sólo les ha otorgado en medio
    de sufrimientos”.

    Estos tres
    regalos son: la Torá, la Tierra Prometida y el Mundo Venidero (Berajot
    5:1).

    “Midió el
    Santo, Bendito Sea, a todas las naciones, y no encontró ninguna nación apta para
    recibir la Torá, sino Israel…”. “Midió el Santo, Bendito Sea, a todos
    los países y no encontró un país apto y adecuado para la residencia de Israel,
    sino Eretz Israel” (Vaikra 13:2).

    Grande era
    su amor a cada uno de Israel: todos en Israel son hijos de reyes (Mishná
    Shabat
    14:6).

    “Ven y ve
    cuán querido es Israel ante el Santo, Bendito Sea, que a cada lugar que fueron
    exilados, la Shejina —Divina Providencia— fue con ellos, y cuando sean
    redimidos, ella vendrá con ellos” (Meguilá 29:1).

     


    Eretz
    Israel

    De la
    misma manera que amaba al pueblo de Israel, Rabí Shimón amaba a la Tierra
    Prometida, “Tebel”.

    ¿Por qué
    llamaba “Tebel” a la tierra de Israel?

    Porque
    tiene toda clase de condimentos (Tablin). Todos los países tienen una u
    otra característica, pero a Eretz Israel no le falta nada, ya que está escrito (Devarim
    8:9).

     

    Salir de
    Eretz Israel era considerado por Rabí Shimón uno de los pecados más grandes.

    Así nos lo
    relata el Midrash.

    Uno de los
    alumnos de Rabí Shimón bar Iojai salió fuera de Israel y volvió al país rico y
    poderoso. Sus alumnos lo vieron y se llenaron de envidia, decidiendo salir
    también al exterior. Rabí Shimón lo supo, los reunió y los llevó a un valle no
    lejos de Meron, elevó su voz y dijo: “¡Vale, Valle, llénate de talentos de
    oro!”. De inmediato comenzó a llenarse de monedas brillantes.

    Les dijo:
    “Si ustedes buscan monedas de oro, ¡tómenlas! Pero han de saber que lo que ahora
    toman es su parte en el mundo venidero” (Shmot Raba 52:3).

     


    Rabí
    Shimon y los romanos

    El Rabí
    odiaba a muerte a los romanos, opresores del pueblo hebreo. Sus opiniones las
    expresaba libremente y sin temor.

    Leamos lo
    que nos cuenta el Talmud.

    Rabí
    Yehuda (bar Ilay), Rabí Iosi (bar Halafta) y Rabí Shimón (bar Iojai) estaban
    sentados juntos, y con ellos, Yehuda ben Guerim (hijo de Yehuda, de padres
    conversos). Durante la conversación, Rabí Yehuda dijo:

    —¡Qué
    útiles y que hermosas son las obras de ese pueblo [romano]! Han establecido
    mercados, han tendido puentes sobre los ríos y han edificado baños”.

    Ante esta
    observación, Rabí Iosi calló; pero Rabí Shimón replicó:

    —Sí, así
    es, pero todo lo han hecho en beneficio propio. Han abierto mercados para
    sustentar el libertinaje, han edificado baños para su propio placer y han
    tendido puentes para cobrar impuestos.

    Yehuda ben
    Guerim fue y los denunció, y cuando la noticia llegó a oídos del emperador, éste
    mandó a publicar un edicto, en virtud del cual Rabí Yehuda sería ascendido, Rabí
    Iosi desterrado a Tzipori y Rabí Shimón sería apresado y ejecutado. Pero Rabí
    Shimón y su hijo Rabí Eleazar consiguieron refugiarse en una academia, donde
    eran mantenidos por la esposa del rabino, que les llevaba diariamente pan y
    agua. Cierto día la desconfianza se apoderó de Rabí Shimón, y le dijo a su hijo:

    —Las
    mujeres son volubles. Los romanos pueden importunarla y ella puede descubrirnos.

    Entonces
    se marcharon y se refugiaron en una cueva, en la que permanecieron doce años (CA)
    (Shabat 33b). Al terminó de los doce años, volvieron y estuvieron en la
    cueva un año más.

    Durante
    esos años se alimentaron de frutas de algarrobo, hasta que su piel se tornó de
    un color grisáceo (Prikta de Rab Kahana 88:2).

    Esos trece
    años de estadía en la cueva les hicieron alejarse de lo mundano y de las
    necesidades materiales.

    Entre las
    hojas del Talmud se encontraron sus enseñanzas, siempre envueltas en
    parábolas, aforismos y ejemplos. He aquí algunas.

    Rabí
    Shimón bar Iojai dijo a su hijo:

    —Han
    llegado unos eruditos y hombres de bien. Ve a la fonda y pídeles su bendición.

    El
    muchacho volvió y dijo a su padre:

    —En lugar
    de bendecirme, me han maldecido. Me han dicho: “Que siembres, pero no cortes el
    sembrado; que hagas entrar, pero no salir; que hagas salir, pero no entrar; que
    tu morada quede arruinada, pero tu vivienda temporal sea firme; que tu pan sea
    consumido y no llegue nunca año de regocijo”.

    —Esas no
    son maldiciones, hijo —dijo Rabí Shimón—, sino bendiciones. Este es su
    significado: tendrás hijos y no verás su muerte; verás entrar a tu casa tus
    nueras y no las verás abandonar a tus hijos para regresar al hogar de sus
    padres; a tus propias hijas las verás salir de tu casa, y no las verás regresar
    para vivir contigo; vivirás tanto tiempo que tu tumba familiar caerá en ruinas,
    pero tu casa será firme y perdurará por mucho tiempo. Tu pan será consumido por
    una familia grande. Finalmente, tu mujer vivirá mientras vivas tú, y no tendrás
    que volver a casarte, ni tener el año de llevar regocijo a una nueva mujer, como
    lo prescribe la Torá (Moed Katan 9).

    Una de las
    enseñanzas de Rabí Shimón bar Iojai es que cada judío es responsable de su
    prójimo, y como ejemplo relató lo siguiente: “Cierta vez uno de los pasajeros de
    un barco tomó un pico y comenzó a hacer un orificio debajo de su asiento. Los
    restantes pasajeros enseguida comenzaron a retarlo, a lo que él respondió:

    —¿Qué les
    importa a ustedes lo que yo hago bajo mi asiento? ¡He pagado por él!

    —Tonto, tú
    has pagado por el viaje, pero no tienes derecho a perforar el barco ni siquiera
    debajo de tu asiento, porque de lo contrario nos hundiremos todos.

    De la
    misma manera ocurre con el Pueblo Judío, ya que el comportamiento de cada
    individuo influye sobre sus semejantes”.

    Rabí
    Shimón bar Iojai, fue famoso por ser “hacedor de milagros”, y por ello fue
    elegido para viajar a Roma y anular los malos dictámenes y edictos decretados
    por el emperador.

    Fue Rabí
    Shimón quien dictó a su alumno Rabí Aba el Zohar, libro básico de la
    Cábala; el libro de la ciencia de la verdad, el libro que describe y revela a
    los estudiosos la esencia de todas las fuerzas existentes en el mundo. No existe
    nada en el mundo sobre lo cual el Zohar no exprese su opinión y posición.

    Rabí
    Shimón ameritó las tres coronas: las corona del sabio de la Halajá (Ley),
    la corona de la sabiduría esotérica y la corona del héroe de la nación.

    La más
    brillante de las tres es la corona del misticismo judío. Con el descubrimiento
    del libro del Zohar. Rabí Shimón salió de los límites del mundo terrenal
    para entrar en la esfera superior.

    Felices
    ellos, los que están en el umbral de su “lugar espiritual”.

    Todos los
    años en Lag Baomer, treinta y tres días del Omer, el 18 de Iyar, a
    Meron, donde se encuentra la tumba del justo Rabí, acuden decenas de miles de
    personas. Allí se reza, se leen Salmos de Tehilim, se estudian párrafos
    del Zohar, se encienden hogueras y se danza alrededor de ellas, en honor
    del santo y venerado Rabí Shimón bar Iojai.

     


     



    RABÍ IOSI HAGUELILI


     


    Tanaíta de la tercera generación, de los más importantes Rabinos de Yavne, nació
    en la Galilea y allí estudió Torá.


    Cuando llegó a Yavne ya era considerado grande en Torá, y el primer día
    discutió en Halajá (Ley) con Rabí Tarfón y Rabí Akiva, demostrando sus vastos
    conocimientos (Sifri Bamidbar 118).


    Muchas fueron sus discusiones con Rabí Akiva sobre diferentes temas talmúdicos y
    comentarios sobre el Tanaj (Biblia) (Mishná Sota, 8:5, Macot
    2:7 y otros).


    Rabí Iosi Haguelili era famoso por su gran piedad y devoción. Al orar al
    Altísimo podía lograr que lloviese.


    Cuando Israel se sumergió en el pecado y las malas acciones, trajeron a un
    anciano, como lo era el Rabí Iosi Haguelili, quien rezó a HaShem y las lluvias
    comenzaron a descender desde el cielo (Ierushalmi Berajot 5:2)


     



    RABÍ TARFON (80-110)


    Tanaíta de
    la segunda generación. En su infancia vio el sagrado Templo en construcción.
    Estudió con Raban Gamliel, el anciano, y con Raban Iojanan ben Zakai, pero
    también fue alumno de la escuela de Shamay, y en la casa de estudio de los
    sabios de Yavne era considerado uno de los más importantes de su generación.
    También en las generaciones posteriores se mencionaba su nombre con admiración,
    llamándolo el padre de todo Israel (Ierushalaim Ioma 1:1).

    Vivió en
    la ciudad de Lod, donde también residía Rabí Eliezer. Los sabios de la ciudad se
    reunían en “alyat bet nataza” (el piso superior). Rabí Tarfón era el jefe
    del grupo (Kidushin 40:2).

    Entre sus
    alumnos encontramos también a Rabí Akiva, aunque lo consideraban también como
    compañero por su elevado nivel de estudios. Una vez le dijo: “Akiva, todo aquel
    que se separa de ti es como si separarse de la vida” (Tosefta, Mikvaot).
    Entre otros, estudió con Rabí Tarfón, Rabí Yehuda y Rabí Janina ben Gamliel.

    Rabí
    Tarfón era un gran maestro y hacía que sus alumnos discutieran el tema por
    intermedio de preguntas dirigidas, logrando que ellos mismos llegaran a la
    respuesta correcta.

    Rabí
    Tarfón era “Cohen” y recibía los regalos del sacerdocio y las cinco
    monedas del rescate del primogénito (pidión haben).

    Tenía un
    espíritu espléndido, relata la Hagadá. Rabí Tarfón dio a Rabí Akiva
    ciento ochenta monedas de oro y le dijo: “Cómprate una propiedad, un terreno”.
    Fue Rabí Akiva e hizo muchas mitzvot (buenas acciones). Después de unos
    días, visitó a Rabí Tarfón. 

    —¿Qué
    hiciste?” —le preguntó—. ¿Qué tal el terreno que has adquirido? ¿Es bueno?

    —Sí, y no
    hay como él en el mundo.

    —¿Dónde
    está el documento de propiedad? —pregunto Rabí Tarfón.

    —Está en
    manos de David, quien dijo: “Esparce, da a los pobres, su justicia permanece
    para siempre” (Tehilim 112:9) (Vaikra Raba 34:16).

    Grande era
    su humildad, al punto de no querer revelar su nombre a nadie para no honrarse
    por su Torá. Una vez fue obligado a hacerlo para salvarse de un peligro,
    y se apenó de ello durante toda su vida. Incluso dijo: “ay de mí que usé la
    corona de la Torá” (Nedarim 62:2).

    El honor y
    respeto por su madre no tenían límites. La madre de Rabí Tarfón fue a dar un
    paseo por el patio un sábado y se desprendió el cordón de su zapato. Fue Rabí
    Tarfón, puso sus manos bajos su pie, y así caminó hasta llegar a su cama (Kidushim
    31:2).

    A su mujer
    y sus hijos les traía regalos en las fiestas (Ierushalmi 10:1).

     

     



    RABÍ ISHMAEL BEN ELISHA

     

    Uno de los
    más importantes tanaítas de la tercera generación. Según algunos, era nieto de
    Rabí Ishmael, el gran sacerdote que vivió a los finales de la época del Segundo
    Templo, y que fue uno de los diez mártires inmolados en la santificación del
    nombre de HaShem (Kidush HaShem).

    En su
    infancia fue llevado prisionero a Roma y rescatado por Rabí Ieoshua, quien vio
    en él a un futuro maestro del pueblo de Israel.

    Ocurrió
    que Rabí ben Jananiá fue a la ciudad de Roma. Le dijeron: “Hay un niño en la
    prisión de ojos hermosos, bien parecido, de cabello enrulado”.

    Fue y se
    presentó en la puerta de la prisión. Citó el versículo: “¿Quién entregó a Yaakov
    para ser saqueado y a Israel a los ladrones?”.

    Contestó
    aquel niño, completando el versículo, “No fue el Señor, contra quien hemos
    pecado, porque no quisieron andar en sus caminos, ni fueron obedientes a la
    Torá
    ” (Isheiau 42:24). Rabí ben Jananiá dijo: “Estoy seguro de que
    será uno de los grandes de Israel; prometo no moverme de aquí hasta que lo
    rescate, por el monto que me exijan”.

    Se dice
    que no se movió de allí hasta que lo rescató, pagando mucho dinero, y no pasó
    mucho tiempo antes de que el niño se convirtiera en uno de los grandes maestros
    de Israel. Ese niño era Rabí Ishmael ben Elisha (Gitin 58:1).

    Rabí
    Ieoshua fue uno de sus primeros maestros. También estudió con Rabí Eliezer y con
    Rabí Nejunia ben Hakana. Su amigo cercano era Rabí Akiva, aunque discutió con él
    sobre muchos aspectos.

    Tanto Rabí
    Akiva como Ishmael crearon dos escuelas sobre el estudio de la Torá. Él
    fue el primero en resumir los trece principios y las reglas de estudio según las
    cuales se pueden analizar y deducir las Leyes de la Torá.

    Fijó
    también otras reglas para el entendimiento de la Torá. “Habló la Torá
    en la lengua de los humanos”. No hay adelanto o atraso en la Torá. De
    todo tema que se repite, algo nuevo se aprende (Sota 3:1 y otros).

    Sobre Rabí
    Ishmael dijo Rabí Tarfón: “Es un gran sabio y conocedor de las Hagadot” (Moed
    Katan
    28:2).

    Rabí
    Ishmael vivió en Aziz, una aldea al sur de Yehuda. Dos de sus hijos fallecieron,
    uno tras otro. Los cuatro compañeros vinieron a consolarlo en su dolor: Rabí
    Tarfón, Rabí Iosi Haglilí, Rabí Eliezer ben Azuria y Rabí Akiva.

    En su gran
    humildad predicó actuar con respeto a toda persona. “Está presto para servir
    ante un hombre importante y honorable; sé complaciente con la juventud y acoge a
    todas las personas con alegría” (Avot 3:12). También a los estudiosos de
    la Torá los juzgaba favorablemente. Se ha enseñado en la escuela de Rabí
    Ishmael: “Cuando veas a un erudito cometiendo un pecado de noche, no pienses en
    él de día, porque tal vez haya hecho penitencia” (Berajot 19:1).

    Dio
    honores a sus compañeros y admiraba a sus maestros. En cierta ocasión no respetó
    una regla que ordenaba, porque estaba seguro de sí mismo, la infringió y
    reconoció su error. “Una vez —contó— leí a la luz de la vela (era sábado) y
    quise inclinarla (para ver mejor). Cuán grandes son las palabras de los sabios,
    que dijeron: ‘no se lee en las noches del sábado, a la luz de la vela”.

    Según
    algunos de nuestros sabios, inclinó Rabí Ishmael la vela y escribió en su
    cuaderno: “Yo, Ishmael, hijo de Elisha, leí e incliné mi vela en la noche del
    sábado. Cuando se reconstruya el Sagrado Templo, traeré una ofrenda como
    expiación” (Tosefta Shabat 1:13).

    Gran
    importancia dio al estudio de la Torá. Cuando le preguntó Eliezer ben
    Dama, el hijo de su hermana, si podía estudiar filosofía griega después de haber
    aprendido toda la Torá, Rabí Ismael le contestó diciendo: “El libro de la
    Torá no debe apartarse de tu boca, lo meditarás día y noche” (Ieoshua
    1:8). Y añadió: “Busca el momento en que no es de día, ni de noche, y dedica
    este lapso de tiempo para estudiar la filosofía griega” (Menajot 99:2). A
    pesar de eso enseñó a sus alumnos a orar en la época de siembra, y a sembrar y a
    cosechar, porque la Torá no fue dada a los ángeles (Berajot 35:2).

    Grande era
    su amor por el pueblo de Israel, y gran caridad hacía con ellos. Según la
    Hagadá
    , Rabí Ishmael fue como Rabí Akiva, su compañero, uno de los diez
    mártires inmolados por la santificación del nombre.

    Capítulos 1 al 4
    Capítulos 5 al 10

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