Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización de publicar esta sección

PERASHA ITRO:

"Cómo prepararse para recibir la Torá"

 

Leemos en esta Perasha el momento en el que el pueblo de Israel alcanzó el punto máximo de unión con el Creador, recibiendo el calificativo de "pueblo elegido": la entrega de la Torá en el monte Sinai. La revelación de Hashem al pueblo fue como está escrito en Debarim 5: "cara a cara habló Hashem con ustedes en la montaña, desde adentro del fuego". Rashi comenta sobre el versículo "tú viste y supiste que Hashem es tu Di-s", que cuando Hashem entregó la Torá les abrió los siete cielos y vieron como Él es único. Esta concepción se fue trasladando de padres a hijos a lo largo de todas las generaciones. Nuestros Sabios comentan que todos los seres que nacerían en el futuro presenciaron este fundamental acontecimiento.

 

Aparentemente, éste es el momento de mayor elevación espiritual que el pueblo alcanzó. Incluso parece ser superior al del corte del Iam Suf (Mar Rojo) -luego de la salida de Egipto- donde aún estaban impregnados de la impureza que los egipcios les habían contagiado y que provocó la acusación en el cielo de los ángeles fiscales: "tanto los egipcios como los judíos son idólatras". En el monte de Sinai la situación fue más favorable: habían visto todos los milagros ocurridos en el mar Rojo; tuvieron cincuenta días previos de preparación; se recuperaron de la debilidad espiritual que había provocado que el pueblo de Amalek los atacara; recibieron algunos preceptos en un lugar llamado "Mará" tales como el Shabat y la Pará Aduma; todo el mismo proceso previo a la entrega de la Torá: el monte cercado sin poder acceder a él, la voz de los truenos y relámpagos, la voz del shofar, el fuego y el humo que los rodeaba, etc.

 

Sin embargo, nuestros Jajamim nos explican que la revelación de Hashem en el Iam Suf fue aún mayor que la del monte de Sinai, ya que incluso la persona más simple del pueblo vio en ese momento lo que el profeta Iejezkel con toda su elevación no alcanzaría a observar. En el canto que dijeron a Hashem expresaron: "éste es mi Di-s y lo enalteceré". Nuestros Sabios deducen del término "éste", que cada uno "señalaba" con su dedo a Hashem. El Zohar Hakadosh nos enseña que el nivel de profecía que adquirieron en ese momento fue tal que todos -sin excepción alguna- pronunciaron las mismas letras y palabras sin adelantarse uno al otro, como si se tratara de una sola boca que hablaba. Incluso los bebés que aún estaban en el vientre de sus madres le cantaron a Hashem en ese momento, ya que -como comenta el Sefer Meam Loez al relatar los cincuenta milagros que sucedieron en el Iam Suf- el mundo se iluminó de tal forma que el vientre de las madres era un espejo por el que se podía observar lo que sucedía. ¿Cuál fue el motivo -entonces- por el que la revelación de Hashem que tuvieron en el Mar Rojo fue mayor a la del monte Sinai?

 

Para poder comprender la respuesta, debemos analizar previamente una pregunta que formulan nuestros Sabios: una generación como ésta, que vio con sus propios ojos la "mano" de Hashem al castigar a los egipcios, observó cómo las leyes de la naturaleza se modificaban de acuerdo con la orden Divina, alcanzó una categoría que el versículo atestigua: "y creyeron en Hashem y en Moshe, su sirviente" (Shemot 14), hubiese sido lógico esperar que, a pesar de cualquier acontecimiento negativo que se presentara, no abandonaran su fe íntegra. Nos sorprendemos al leer la Torá y encontrar que -por el contrario- tropezaron en diez oportunidades rebelándose contra Hashem, demostrando así una falta de paciencia que la lógica humana no puede aceptar. Placeres materiales ínfimos, como por ejemplo recordar alimentos como el pescado, la cebolla y la sandía que comían en Egipto los llevarón a negar por momentos la propia existencia de Hashem y a reclamar a Moshe querer regresar a Egipto. ¿Y la fe que habían adquirido? ¿Y la profecía con la que habían cantado a Hashem luego del corte de las aguas? ¿Se olvidaron de todo? A lo largo de la historia de Israel, muchos Iehudim entregaron sus vidas por Kidush Hashem sin haber visto todo lo que esa generación había observado. En el libro Shebet Musar -por ejemplo- está escrito el siguiente relato que sucedió luego de que los judíos fueran expulsados de España. En un barco donde hubo una epidemia, el capitán bajó a los enfermos en una isla desierta donde la mayoría murió de hambre y otros intentaron caminar en busca de un lugar poblado. Entre ellos iba un Iehudi con su esposa y sus dos hijos que, al ver que su familia moría de hambre, alzó sus ojos al cielo y dijo: "¡Señor del mundo, muchas pruebas me envías para ver si abandono mi fe, debes saber que soy judío y seré judío y nada de lo que suceda servirá para que abandone mi fe!". Enterró a su familia y avanzó en busca de un lugar poblado. Si un Iehudi común actuó de esta manera en un momento tan difícil, ¿qué sucedió con la generación del desierto?

 

Nuestros Sabios nos enseñan una base fundamental para poder comprender la respuesta: el trabajo de la persona en el mundo es personal y debe alcanzar con sus propias fuerzas la elevación espiritual que Hashem le asignó. Todo lo que adquiera de esa forma, se convierte en su propio cuerpo y materia y será muy difícil que lo pierda. Por el contrario, todo lo que reciba en forma gratuita o sin esfuerzo, será como algo externo que no tendrá relación con su propio cuerpo. No existirá ninguna garantía que permanecerá en él en el momento de la prueba. Es lo que sucedió -como comenta el Ramban- con el burro de Bilham el perverso, que luego de ver a un ángel de Hashem y tener la facultad de hablar como una persona cualquiera, siguió siendo un burro como lo era antes, ya que no existía relación alguna entre su identidad animal y el regalo Divino que había recibido por un momento.

 

Cuando analizamos, nos damos cuenta de que esto precisamente fue lo que sucedió con el pueblo de Israel luego de la salida de Egipto. Toda la revelación de Hashem que habían recibido, no había sido por mérito o esfuerzo propio, sino para superar la bajeza a la que habían llegado y que provocó esos conocidos 49 grados de impureza y que muchos Iehudim murieran en la plaga de la oscuridad porque no estaban dispuestos a salir de Egipto. Por otra parte, Hashem había programado que en cincuenta días recibirían la Torá. Para eso, debían elevarse espiritualmente siendo el regalo de Hashem el único camino posible, y eso fue lo que sucedió en el mar Rojo. Lo que se adquiere fácilmente se pierde de la misma forma. Es lo que sucede con los "hijos ricos" que reciben por herencia todo lo que sus padres adquirieron con años de trabajo y esfuerzo. No saben valorarlo y en muchos casos lo pierden rápidamente. Quizás con este concepto comprendamos en parte el comportamiento del Gaon de Vilna Z"L, sobre el que su alumno Ribi Jaim Mivoloshin Z"L comenta que no quería recibir a los "Maguidim" (ángeles enviados del cielo para transmitirle secretos de la Torá), porque si bien quería alcanzar el nivel espiritual más elevado, deseaba lograrlo con su propio esfuerzo y dedicación. Así incorporaría los conceptos dentro de su propio cuerpo y ninguna prueba de la vida podría modificarlo.

 

Ahora podemos comprender la diferencia de la revelación de Hashem en el Iam Suf con la de la entrega de la Torá, donde se necesitó una preparación previa para que cada uno alcanzara por mérito propio su nivel de acuerdo con su esfuerzo personal. Tenían cincuenta días donde debían elevarse de los cuarenta y nueve grados de impureza de Egipto. De ahí deriva también el nombre de la fiesta de Shabuot: "la entrega de la Torá" y no "el recibimiento de la Torá", ya que cada uno la recibiría de acuerdo con su propia preparación .

 

Nuestros Jajamim nos enseñan que no sólo en aquel momento se recibió la Torá, sino que debemos considerarla cada día como algo nuevo que recibimos en nuestras manos. Para que esto suceda debemos prepararnos para recibirla. El Or Hajaim Hakadosh comenta sobre el versículo de Shemot 19: "y partieron de Refidim y llegaron al desierto de Sinai y acamparon en el desierto y acampó allá Israel frente al monte", que en este versículo se encuentran las tres bases necesarias para poder adquirir la Torá y que forme parte propia de nuestro cuerpo: 1) esfuerzo y dedicación en el estudio y cumplimiento de la Torá. Esto se encuentra reflejado en el término "y partieron de Refidim" , ya que Refidim no sólo era el nombre del lugar donde habían acampado antes de dirigirse al monte de Sinai, sino que también -según explican Jazal- simboliza una palabra compuesta: "Rafu Iedehem Min Hatorá", o sea "debilitaron sus manos de la Torá" y por eso debieron soportar el ataque de Amalek. El Rab Jaim Shmulevish Z"L explica que la dedicación en el estudio no es simplemente para aquellos que quieran alcanzar un nivel o una categoría determinada, sino que de lo contrario la propia Torá tan sagrada se transforma en un veneno mortal. El Talmud en Shabat 88 comenta: "para los que se ocupan con todas sus fuerzas de entenderla es el elixir de la vida". Por eso, la Guemará la compara con la mano derecha que representa la fuerza principal de la persona. Si este "pequeño" detalle faltara, el Talmud comenta que se encontrará el elixir de la muerte, ya que la Torá no se adquiere salvo para quien esté dispuesto a entregar su vida por ella, renunciando a los placeres materiales e interiorizándose profundamente en ella. 2) En el término "y acamparon en el desierto" está reflejado el trabajo indispensable que se debe realizar arreglando las cualidades humanas, especialmente el orgullo. El Talmud en Nedarim 55 comenta que cuando la persona se convierte a sí misma en un desierto, recibe la Torá como regalo. Hasta dónde influye este tema para poder adquirir la Torá, lo podemos deducir de lo que el Talmud en Pesajim 66 relata sobre los hijos de Beterá que habían olvidado una jurisprudencia y fue Hilel el que se las recordó y lo nombraron jefe espiritual. Hilel les dijo: "¿qué provocó que tuviera que venir de Babel para ser jefe de ustedes?, vuestro haraganerismo que no les permitió aprender de los Sabios de la generación: Shemaia y Abtalion". Luego los Sabios le formularon una pregunta a Hilel y él no supo contestar, por lo que el Talmud concluye: "todo el que se enorgullece, si se trata de un sabio, su sabiduría se aparta de él". Paradójicamente, Hilel era el símbolo de la humildad: "el ser humano debe ser humilde como Hilel" (Shabat 31). Sin embargo, y a pesar de que toda su intención había sido reprocharlos por no haber servido como correspondía a esos dos grandes Sabios, Hashem encontró en sus palabras una pequeña porción de orgullo para su nivel que provocó que olvidara el estudio que había adquirido. Deducimos entonces la integridad total en las cualidades que se debe poseer para adquirir la Torá. 3) Unión completa y pura reflejada en el término: "y acampó allá Israel frente al monte". El versículo está expresado en singular, ya que todos fueron como un sólo hombre con un sólo corazón y así estuvieron en condiciones de recibir la Torá. Olvidaron las discordias, persiguieron la paz y el compañerismo y ése fue el mérito por el que Hashem les entregó la Torá. El Talmud en Sanhedrin 20 comenta sobre el versículo de Mishle 31: "falsa es la gracia", refiriéndose a la generación de Moshe y Iehoshua, donde a pesar de toda la Torá que hubo aún no fue lo ideal; "vana es la hermosura" se refiere a la generación del rey Jizkia, donde incluso niños conocían temas profundos tales como los de pureza e impureza, pero aún no era lo pretendido por Hashem. El final del versículo: "la mujer temerosa de Hashem es alabada", se refiere a la generación de Ribi Iehuda Bar Elhai, en la que seis alumnos se cubrían con una sola manta para estudiar Torá debido a la pobreza que existía, reflejando el punto máximo alcanzado superior a las generaciones previas. Normalmente una manta no puede cubrir a seis personas debido a que cada una de ellas intenta tirarla para su lado. Sólo cuando cada uno piensa en el prójimo y se preocupa porque su compañero esté cubierto, se podrán cubrir todos. Es lo que sucedió en esa generación y que nos marca esta otra base fundamental para adquirir Torá: transmitir los conceptos que adquirimos y no limitarnos a saber y comprender sólo nosotros, sino preocuparnos para que los que están a nuestro alrededor no se aparten del camino verdadero.

 

En resumen, debemos esforzarnos para poder recibir la Torá. Es común escuchar que muchas personas -por falta de conocimiento- creen que la Torá es algo incomprensible y antiguo para la época actual. Nuestra respuesta es preguntarles: ¿qué es lo que saben de la Torá? ¿Cuántas veces -aunque sólo sea superficialmente- se interiorizaron para saber de qué se trata? Si les diéramos una hoja y un lápiz para que escribieran los seiscientos trece preceptos escritos en ella, ¿cuántos de ellos estarían en condiciones de escribir? Lo peor que puede sucederle al ser humano desde todo punto de vista es la ignorancia. En este caso el tema es más grave aún, porque significa desconocer nuestra sangre, nuestra identidad y nuestra misión en la vida. Por otra parte, debemos trabajar sobre las cualidades humanas y preocuparnos por el prójimo para poder tener el mérito de recibir la Torá día tras día. Amén.