• Cuentos sobre el Shabat

    shabatLos cuentos aquí presentados fueron publicados en su mayoría en el libro sobre Shabat editado por el Rabino Daniel Openheimer de la comunidad Ajdut Israel en la Argentina.

    Un fuego en Shabat
    Cierta vez, le dijeron a Rab Jaim Sonnenfeld que estaban cocinando en una casa particular. ¡Una violación del Shabat en Jerusalem! Inmediatamente el Rab corrió a la casa a preguntar.

    Las personas apagaron rápidamente el fuego cuando vieron a Rab Jaim venir. Rab Jaim empujó la puerta, la abrió, y miró a su alrededor. No había nada para ver.

    “Rabino”, dijeron enojados, “¡Esa no es manera de actuar! ¡Entrar en las casas de los demás sin golpear la puerta!”

    “Perdón”, dijo Rab Jaim. “Me dijeron que había fuego acá y corrí a salvarlos. En semejante emergencia, uno no tiene tiempo para la normal cortesía y delicadeza”.

    El rabino que defendio al Shabat
    Cuando Rab Elya Jaim era rabino de Lodz, se ocupó de promocionar la observancia del Shabat. El decía que “no va a haber profanación de Shabat en Lodz mientras que yo sea su rabino”.

    Y eso fue realmente lo que se hizo. Mientras que él fue rabino de Lodz, ningún judío abrió su negocio en Shabat.

    Cierta vez, Rab Elya Jaim escuchó que una persona que vivía en los suburbios de la ciudad abría su negocio en Shabat.

    El Shabat siguiente a la mañana, el Rab Elya Jaim avisó a su sinagoga que no lo espere. Fue hasta el negocio y se paró delante de él.

    A las nueve en punto el almacenero llegó con las llaves en su mano. Allí estaba sentado el Rab frente a la puerta de entrada. El almacenero esperó. Después de todo, el Rab estaba esperando sin duda para ir a un Brit Milá o a alguna otra celebración. Seguramente se iba a retirar pronto.

    Pasó una hora, y otra, y una tercera. El Rab seguía sentado, y el negocio permaneció cerrado. Finalmente, el almacenero se dio cuenta lo que el Rab estaba haciendo. Durante ese lapso, la mayor parte del día ya se había pasado y el Rab no había comido nada. Al final el almacenero se acercó al Rab y le dijo, “rabino, me doy por vencido. Vaya a su casa y coma. Le juro por mi esposa y mis hijos que de ahora en más mi negocio va a permanecer cerrado en Shabat”.

    ¿Quien va a comprar fruta?
    Una vez, justo cuando Rab Jaim se estaba preparando para Shabat, se abrió la puerta y entró una señora anciana, cargando una canasta con frutas. Estaba muy angustiada.

    “Rabino, yo soy una pobre mujer anciana”, dijo “y apenas me mantengo vendiendo frutas en el mercado. Hoy es viernes, y casi todo el día está perdido, todavía no vendí ninguna fruta en todo el día. No tengo ni un centavo para mis necesidades de Shabat.

    Rab Jaim se puso su abrigo de Shabat y le dijo a la mujer, “venga conmigo”. Fue al mercado, apoyó la canasta de frutas, y empezó a gritar, “¡fruta para Shabat! Hermanos judíos, fruta para Shabat!”

    Todos vinieron a ver por qué el Rav estaba vendiendo frutas, y dentro de pocos minutos la canasta estaba vendida.

    Rab Jaim le dio el dinero a la mujer y le dijo, “esto es todo suyo. Vaya y prepárese para Shabat”.

    La vaca que no se iba a mover
    “Levántate y trabaja, tú, vaca gorda y vieja”, el campesino gentil gritó mientras le daba al animal un golpe ligero. La vaca no desistía.

    John, el campesino, había comprado la vaca de su vecino judío, Shmelke. Los negocios de Shmelke andaban mal y necesitaba dinero urgentemente; fue por eso que le vendió su vaca a John. La vaca trabajó duro durante la semana y John estaba satisfecho. Pero ahora era sábado, y de repente la vaca se sentó y se opuso a trabajar.

    John decidió tratar con un nuevo método. Se posó sobre sus manos y rodillas: “Por favor” le rogó, “mi querida vaca, toda la semana has trabajado maravillosamente. ¿Por qué arruinarlo hoy? Te dejaré comer una porción más de pasto si vas a ser buena”. El campesino trató de tirar a la vaca por la cola para que se parara. Pero el animal no podía ser perturbado.

    “Bien, si esa es la manera que querés”, dijo John mientras se alejaba enojado, “iré y te devolveré a tu viejo dueño, Shmelke, y tendré otra vez mi dinero” y, habiendo dicho esto, se fue.

    “¿Qué necesita?” dijo Shmelke mientras abría la puerta. Shmelke estaba en medio de su comida de Shabat. Vestía su largo saco de seda y su kipá especial de Shabat.

    “John mi vecino, ¿cuál es el propósito de su visita en este santo día? Sabés que no puedo hacer negocios con vos en Shabat”.

    “Mi querido vecino Shmelke. Lamento deber molestar a un hombre piadoso como usted en su día Shabat. Pero yo no hubiera venido si no lo necesitaba. Es sobre la vaca que te compré. Toda la semana trabajó bien, pero…

    Shmelke lo interrumpió. “No digas nada más. Yo sé cual es su problema. Llévame donde está la vaca, y en unos minutos va a seguir tirando de tu pesado arado. Pero primero me tenés que dejar terminar mi comida y decir Bircat Hamazón.

    Y así fue, Shmelke volvió a la mesa, cantó las canciones de Shabat, terminó su comida y dijo Bircat Hamazón. Después, John y Shmelke fueron juntos al campo de trigo donde estaba sentada la vaca rebelde.

    “Shabat Shalom”, gritó Shmelke mientras se acercaba a la vaca. “¿Cómo estás mi querida vaca? “Ahora escuchame…” Shmelke susurró algo en la oreja de la vaca. Casi instantáneamente la vaca se paró, sus ojos se abrieron y empezó a tirar del arado por las hileras del campo.

    “Vos sos un mago”, dijo John. “Por favor decime la frase mágica que le dijiste a la vaca. Me gustaría saberla por si la vaca se pone haragana otra vez, se la voy a decir yo”.

    “No dije palabras mágicas” respondió Shmelke. “Usted ve, cuando la vaca era mía, no trabajaba en Shabat, porque nosotros, los judíos, no causamos que siquiera nuestros animales trabajen en Shabat. El día es dedicado totalmente a Di-s. Por eso mi vaca no quería trabajar, porque sabía que era Shabat. Yo le susurré en su oído y le dije que ella no pertenecía a un judío, y que ahora tiene que trabajar en Shabat.

    John estaba tan impresionado que por un largo rato no pudo hablar. Finalmente dijo: “Ya lo decidí. Yo también quiero ser judío. Si la Torá es tan buena, si su fe y devoción son tan fuertes que hasta una vaca sabe descansar en Shabat, pues debe ser la más maravillosa, completa y única manera de vida para una persona. Por favor enseñame. Yo también seré un observante de Shabat. Yo también seré un judío”.

    Y así fue, John el gentil se convirtió en Iojanan ben Abraham. El y su familia estaban muy contentos.

    (Esta es una adaptación de una historia real. El gentil convertido en judío se hizo un gran estudioso y es mencionado en el Talmud bajo el nombre de Yojanan ben Torso.)

    ¿Quien carga con todo el peso?
    Un hombre estaba andando un día en su carreta por un camino sinuoso, cuando se cruzó con otro señor que caminaba. Este hombre era mayor, y cargaba un pesado paquete. “¿Quiere venir conmigo?” preguntó el jinete. El hombre anciano aceptó y se subió a la carreta. Se sentó, pero no sacó el pesado paquete de su espalda. Después de observar al anciano por un rato, la curiosidad del jinete lo dominó. Se volvió al anciano y le preguntó, “¿por qué no saca ese paquete de su espalda y lo apoya?”
    El hombre anciano movió su cabeza. “Usted fue muy amable en dejarme subir. ¿Cómo voy a molestar más poniendo un paquete tan pesado sobre su carreta?”
    “No se preocupe” respondió el jinete. “El caballo cargará el mismo peso si usted pone el paquete en su espalda o en la del caballo. Usted puede hacerse las cosas más fáciles y poner el paquete directamente en el caballo”.
    Del mismo modo, tenemos que tener suficiente fe en el poder de Di-s y en Su capacidad de llevar la carga de nuestros problemas durante el Shabat. Después de todo, es El Quien nos carga todos los demás días de la semana. Por lo tanto, no tiene sentido la preocupación que si se observa el Shabat se va a sufrir muchas pérdidas. En la práctica, el Shomer Shabat solo se beneficia de su fe en HaShem.
    Buscando empleados

    Cada viernes a la mañana, Rab Leibale de Vilna, el hijo de Rab Ber, se paraba en la puerta de su casa. Cuando veía pasar a una persona que parecía angustiada porque le faltaba dinero para sus necesidades de Shabat, Rab Leibale lo paraba y le decía, “por favor, ayudame con mi trabajo”.

    Toda la mañana esta persona ayudaba a Rab Leibale. Al mediodía Rab Leibale le pagaba bien a su “trabajador” y le recomendaba ir y preparar bien las cosas para Shabat.

    El Shabat interrumpido
    Otra posibilidad
    Un agnóstico, queriendo ofender a Rab Elazar Moshé de Pinsk, le formuló al rabino una pregunta aparentemente inocente.

    “Rabino”, dijo, “¿hay alguna manera que fumar esté permitido en Shabat?”

    “Realmente la hay” respondió Rab Elazar Moshé.

    “¿Y cuál es? preguntó el hombre.

    “Instrúyele a un gentil que lo haga por vos”, contestó Rav Elazar Moshé con una sonrisa.

    El cartel desaparecido
    Todo almacenero o dueño de una tienda tiene un cartel arriba del local que indica cual es su trabajo. Aunque salga por unas semanas, el cartel indica que el dueño sigue en ese oficio. Pero si quita el cartel, es señal que el negocio cerró.

    Así es con el Shabat. El Shabat es una señal entre Di-s y los judíos que El creó el cielo y la tierra en seis días y el séptimo día cesó. El Shabat es también una señal para cada judío atestiguando a su judaísmo y al pacto entre Di-s y Su gente. Aunque un judío viole algún precepto, aún no ha perdido su judaísmo. La ausencia temporaria del dueño de un negocio no significa que el cartel deba ser sacado. Asimismo, mientras un judío observa el Shabat, está aún en “su trabajo”, pero si lo desprecia, saca el cartel que está sobre su entrada y anuncia que su alma judía no está realmente allí, así como el vendedor que abandona su negocio.

    A esto se referían nuestros Sabios cuando dijeron: “El que desprecia el Shabat es considerado como si renegara toda la Torá”.

    Yo no fumo
    Rab Azriel Hildesheimer tenía que estar el Shabat delante del Barón von Bismarck por un tema de preocupación para la comunidad judía. Von Bismarck le demostró mucha cordialidad y le ofreció un cigarrillo. Rab Azriel era tan fumador, que tenía un cigarrillo en sus labios casi continuamente los otros seis días de la semana.

    “Gracias, su excelencia”, dijo Rab Azriel, “pero yo no fumo”.

    Y desde ese momento hasta su muerte Rab Azriel nunca fumó otro cigarrillo.

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