Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización de publicar esta sección.

PERASHA SHEMINI:

"Seamos responsables"

 

Es común escuchar en muchas situaciones de la vida -principalmente en el mundo de la política- que cuando hay una victoria son muchos los artífices de la misma, pero cuando se trata de una derrota no surgen los responsables. Nadie tiene la culpa de lo sucedido o -lo que es peor aún- aparecen las mutuas acusaciones de quienes hasta ese momento eran compañeros de la misma causa. Observamos en esta Perasha un comportamiento opuesto completamente por parte de Aharon, del pueblo de Israel y de Moshe Rabenu.

 

Cuando llegó el día tan preciado de la inauguración del Mishkan -el 1º de Nisan- Moshe Rabenu llamó a su hermano Aharon. Le indicó cuáles eran los Korbanot que debía realizar en ese día junto a sus hijos para que la Shejiná se depositara en el Mishkan. Sin embargo, y a pesar de que todos los sacrificios se habían ofrecido como correspondía, el resultado tan anhelado no llegaba: aún la presencia Divina no se posaba sobre el Mishkan. Rashi comenta que Aharon se dirigió a Moshe y le dijo: "sé que Hashem se enfureció conmigo y por mi culpa no se deposita la Shejiná en Israel... Moshe, hermano mío..... me avergüenzo"; enseguida ingresó con él Moshe Rabenu, pidieron Tefilá y se posó la Shejiná sobre Israel. En otras palabras, Aharon recibió sobre sí mismo toda la responsabilidad de lo que sucedía. No buscó culpar a nadie. Era muy fácil para él acusar quizás al pueblo que lo había amenazado de muerte para que hiciera el becerro de oro. No sólo que no lo hizo, sino que incluso en ese momento tan terrible pensó que era preferible que la responsabilidad de ese pecado recayera sobre sus espaldas. Ese era el comportamiento de Aharon Hacohen durante toda su vida: cargar sobre sí las culpas de lo que sucediera, a pesar de que a simple vista nadie compartía ese criterio.

 

¿Cuál fue el comportamiento del pueblo de Israel en ese momento? También Rashi nos aclara el concepto: "en los siete días previos a la inauguración del Mishkan fue Moshe quien sirvió en él y la Shejiná no se posaba; el pueblo avergonzado le dijo a Moshe: "¡Moshe Rabenu! Todo el esfuerzo que hemos hecho para que la Shejiná se posara entre nosotros y sepamos que se nos perdonó el pecado del becerro de oro". En otros términos, no hubo ningún reclamo a Moshe por haber pedido tantas donaciones y trabajo para la construcción del Mishkan si el resultado no se había obtenido. Por el contrario, ellos se autocriticaron como los responsables por haber hecho el becerro.

 

¿Cuál fue la actitud de Moshe? Todos los ojos estaban dirigidos hacia él, como el único que podía con su Tefilá conseguir que la Shejiná se posara sobre Israel. Evidentemente que era una gran oportunidad para demostrar su liderazgo, precisamente con el éxito en donde su hermano Aharon y el propio pueblo habían fracasado. Rashi continúa diciendo: "les dijo a ellos esto es lo que ordenó Hashem para que hicieran y se presente sobre ustedes la honra de Hashem: mi hermano Aharon es más importante que yo y por sus sacrificios y servicios se depositará la Shejiná en ustedes y sabrán que Hashem lo eligió a él". ¡Qué grandeza de espíritu! ¿Cómo es posible que delante de todo el pueblo haya reconocido que Aharon era más importante que él y que por su mérito se depositaría la Shejiná? ¡Era su oportunidad para elevarse aún más frente a todo el pueblo!

 

Tanto Moshe como Aharon y el pueblo de Israel asumieron sobre sí mismos la responsabilidad del fracaso. El éxito lo hicieron depender del otro. En el mundo en el que vivimos las cosas se presentan en forma inversa. Cuando hay dificultades, en lugar de pensar que quizás nuestros pecados las motivarón buscamos cargar las culpas sobre quien está más cerca. Si el problema es general y no particular, la salida es mucho más fácil aún, ya que siempre la responsabilidad es ajena. El Talmud en el Tratado de Taanit comenta que en las épocas de sufrimientos llevaban la Tebá a las calles de la ciudad, para que todos se avergonzaran de sus pecados y que cada uno se sintiera responsable de lo que sucedía, investigando sus propios actos y corrigiéndolos para así encontrar la solución al problema. Con esta base, nuestros Sabios explican lo que menciona el Talmud Sucá 53: "se comenta sobre Hilel Hazaken que cuando se alegraba en la fiesta de Bet Hashoaba decía: "si yo estoy acá, todos están acá; y si yo no estoy acá, ¿quién está?". Nos sorprendemos al escuchar esta frase de Hilel, que precisamente se destacaba por su humildad y aparentemente no concuerda con su estilo tan especial. Nuestros Sabios lo ejemplificaron de la siguiente forma: en un Bet Hakeneset donde concurrían personas adineradas festejaban Simjat Torá de una manera especial. ¿Qué hacían? Entre cada ronda brindaban con un vino exquisito. Los integrantes de otro Bet Hakeneset sin tanto dinero decidieron imitarlos, pero como las posibilidades económicas no lo permitían alguien tuvo una idea genial. Según ese consejo, colocarían un barril gigante en un costado del Bet Hakeneset en donde cada integrante depositaría cada Shabat el vino que había sobrado en los hogares. De esta forma, cuando llegara Simjat Torá tendrían un barril lleno de vino para todos. Así hicieron y finalmente llegó el día esperado. Al finalizar la primera ronda de Simjat Torá, abrieron el barril para probar el vino y brindar en honor a la Torá. Pero la sorpresa fue total cuando comprobaron que el barril estaba lleno de .... agua! Todos se miraron sin hablar, las palabras estaban de más. Todos habían sido los culpables, ya que cada uno había pensado que dentro de tanto vino nadie se daría cuenta de que alguien había puesto un poco de agua. El cálculo era correcto, sólo que como todos pensaron lo mismo el barril terminó llenándose sólo de agua. Precisamente ése fue el concepto que Hilel nos enseñó: "si yo estoy acá todos están acá", o sea, si deseo realmente arreglar tantos temas espirituales con los que tropieza la sociedad, debo empezar por mí mismo. Autoanalizarme y corregirme, luego hay posibilidades de que todo se solucione. Pero "si yo no estoy acá", o sea si sólo me limito a mirar las culpas ajenas excluyéndome de la responsabilidad, entonces "¿quién está acá?".

 

El Rab Jaim Shmulevish Z"L comenta que la grandeza del ser humano depende del grado de responsabilidad que asuma por sus actos, ya que la persona por naturaleza se esfuerza por liberarse y decir: "no soy culpable, no hice nada". Por eso el profeta Irmeia 2 dice en nombre de Hashem: "Te juzgaré por haber dicho no pequé", o sea, que el acento no cae sólo por haber cometido el pecado, sino por haber deslindado responsabilidades negándolo. Pero el tema no es novedoso, ya que el Midrash Tanjumá 9 menciona que cuando Hashem le dijo a Cain luego de haber asesinado a su hermano Hebel: "¿Dónde está Hebel tu hermano?", la respuesta que recibió fue: "¿Acaso soy el cuidador de mi hermano?". El Midrash amplía que Cain le contestó a Hashem que: "Tú eres el cuidador de las personas, ¿a mí me reclamas? Es como aquel ejemplo -continuó Cain- del ladrón que robó objetos de noche y al otro día fue descubierto por el cuidador que le preguntó por qué había robado los objetos. La respuesta del ladrón fue que había cumplido con su profesión de robar. La pregunta real era por qué el cuidador no había cumplido con su profesión de cuidar". Es lo mismo que Cain le dijo a Hashem: "yo lo maté ya que Tú creaste en mí el instinto del mal, pero Tú eres el cuidador de todo y me dejaste que lo asesinara. Tú lo has matado por haber aceptado los sacrificios de él y no los míos". El concepto es claro: Cain intentó por todos los medios exceptuarse de las culpas y todo giraba alrededor de un único punto fundamental: su "inocencia".

 

Nuestros Sabios y profetas tenían un comportamiento opuesto completamente, como observamos con Moshe y Aharon anteriormente. O cómo el ejemplo del profeta Ioná que cuando fue ordenado por Hashem para ir a reprochar a los habitantes de Nineve, intentó escaparse a Tarshish ya que temía que finalmente se corrigieran de sus pecados y que esto fuera una acusación contra el pueblo de Israel que no vuelve en Teshuba. Subió a un barco y Hashem envió una tormenta en el mar y el barco estuvo a punto de hundirse. "Los marineros temieron y clamaron a sus dioses" (Ioná 1), nadie quiso asumir culpas y a lo máximo que llegaron fue a hacer un sorteo que determinara quién había sido el responsable de que la tormenta apareciera. Cuando el sorteo recayó sobre Ioná, su respuesta fue: "álcenme y arrójenme al mar y así se callará el mar de sobre ustedes, porque yo sé que por mi culpa vino esta tormenta grande sobre ustedes" (Ioná 1). Nuevamente observamos otro ejemplo de asumir la responsabilidad y de no buscar culpables ajenos ni excusas. Ese es el comportamiento de los verdaderos dirigentes que Hashem elige para conducir a su pueblo en el camino correcto.

 

Veamos el ejemplo que nos da al respecto el rey David (Shemuel 2-24). El versículo atestigua que, como Hashem quería castigar a Israel por sus pecados, envió al Satán a que incitara al rey David a contar numéricamente al pueblo a pesar de que la Torá prohibe hacerlo. David podía argumentar que él no era responsable del pecado, ya que el Satán ordenado por Hashem lo había incitado. Frente a esa alternativa no había escapatoria posible. No fue ése el comportamiento del rey David: "Y dijo David a Hashem: pequé mucho con lo que hice y ahora Hashem perdona el pecado de Tu siervo porque cometí una necedad". Cuando el castigo llegó y en la epidemia murieron setenta mil personas, el ruego de David fue: "He aquí que yo pequé y yo transgredí. Este rebaño (las personas) ¿qué hizo? Pon Tu mano ahora en mí y en la casa de mi padre". ¿Quién puede encontrar un dirigente a lo largo de la historia con esta actitud? ¿Quién estuvo dispuesto a sacrificarse y entregar su vida y la de su familia con tal que su pueblo no recibiera ningún daño? Sólo el rey David y a pesar de que había sido incitado por el Satán y no era responsable de lo sucedido.

 

Esta cualidad de la responsabilidad fue precisamente la que le permitió a David ser el rey de Israel. En la Tosafta de Berajot se pregunta: "¿Por qué tuvo el mérito Iehuda de heredar el reinado para su descendencia de entre todos los hijos de Iaacob?". La respuesta es: "por haber salvado a su hermano Iosef", como está escrito en Bereshit 37: "Y dijo Iehuda a sus hermanos: ¿qué provecho tendremos si matamos a nuestro hermano y ocultamos su sangre?". Realmente sorprendente. ¿Por qué se arrepintió Iehuda? También él había participado junto a sus hermanos en un juicio estricto que había determinado la culpabilidad de Iosef, a quien le correspondía la pena de muerte por sus actitudes. Para entender la respuesta, debemos poner el acento en la frase "y ocultamos su sangre". El verdadero sentido de esas palabras era que si en la práctica no podían asumir la responsabilidad de la muerte de Iosef -a pesar de que realmente correspondía- y debían ocultarla del padre Iaacob, este simple hecho anulaba el juicio y el veredicto al que habían llegado. Esa virtud, la de asumir la responsabilidad por parte de Iehuda, fue la que le permitió a David -su descendiente- continuar por la misma senda. Ribi Akiba responde en la Tosafta a la misma pregunta diciendo que Iehuda santificó el nombre de Hashem en el momento en que debían cruzar el Mar Rojo, ya que ninguna tribu se animaba a ser la primera en hacerlo. Sólo después que la tribu de Iehuda se introdujo en el mar, como está escrito en Tehilim 114: "Cuando Israel salió de Egipto..... Iehuda fue Su Santuario e Israel Su dominio", el resto del pueblo siguió sus pasos. La necesidad del momento era que debían introducirse dentro de las aguas que aún no se habían cortado. No había otra alternativa. Hashem le había dicho a Moshe: "Habla a los hijos de Israel y que partan" (Shemot 14). En ese instante, la tribu de Iehuda por intermedio de su príncipe Najshon ben Aminadab sintió que la responsabilidad de todo el pueblo recaía sobre ellos. Ese sentimiento puro los engrandeció más que a todo Israel y tuvieron la fuerza necesaria para ingresar a las aguas como si éstas no existieran. Por ese gesto, los reyes de Israel provienen de la tribu de Iehuda.

 

Los ejemplos podrían continuar, pero todos apuntan a la misma enseñanza. Debemos ser responsables de nuestras actitudes. Es cierto, la humildad es una gran virtud. Pero en ciertos casos, debe ser dejada de lado para encontrar ese orgullo judío puro que nos lleve a crecer cada vez más en la senda de la Torá y los Mizvot, recordando que mientras más responsabilidad tenga la persona, más digna es de llegar a los cargos más importantes del pueblo de Israel.