Shemot
Rabino Dr mordejai Maarabi
Cuando el fuego puede más que el agua...
En este Shabat comenzamos a leer un nuevo libro de nuestra Torá. Más
precisamente el Segundo, libro al cual la tradición rabínica dio en llamar
"Shemot"(Nombres), considerando la segunda palabra del mismo ("Ve-éle
Shemot"), y que la traducción lo llamó "Exodus" o "Éxodo", en franca
alusión a uno de los episodios centrales del mismo, como es la liberación
del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto.
"Shemot" inaugura, de alguna manera, una nueva circunstancia en la vida de
nuestros antepasados, y tal vez una instancia definitiva en lo que a su
conformación como pueblo se refiere. Un pueblo que "toma forma" en la
diáspora y que adquiere su carácter bajo el estado de sometimiento físico y
hasta espiritual. Pues aquellos hombres que descendieron con Iaacob y sus
respectivas familias, es decir sus hijos -las futuras tribus de Israel-, no
gozaban ahora del privilegio que les cupo en vida de Iosef. Es más, toda
aquella generación había desaparecido, y hasta un nuevo monarca se había
erigido en Egipto "que no conocía a José", al decir del texto... La gloria
del pasado dejaba su lugar al autoritarismo que se tornaba en poder
ignorando a quienes habían hecho florecer una civilización, a un pueblo, a
toda una humanidad tal vez...
Así principia nuestra perashá. Aunque también nos relata acerca del
asombroso crecimiento demográfico de los "Bené Israel", quienes se
multiplicaban y hasta medraron en aquella tierra. Y a partir de allí, lo
que todos conocemos: persecución, intolerancia, matanzas, órdenes de
ejecución por doquier... ¡empezando por los niños! Así crece Egipto.
Derramando sangre inocente. Sin embargo, dos parteras, -Shifra y Púa-,
actúan justicieramente, y desobedeciendo al Faraón permiten que los niños
hebreos -varones- puedan sobrevivir a la masacre.
Así "nace" la historia de Moshé. Moshé que es "Mashui", es decir, "salvado
de las aguas", ese niño que tan sólo alegró la vida de sus padres por tres
meses, después de los cuales, su madre, al decir del Rabino Shimshon Rafael
Hirsch, no lo pudo ocultar más, pues ya "...se empezaba a socializar con su
medio y a jugar, así como a esbozar sus primeras sonrisas", lo que
despertaría no la atención de los demás, sino por el contrario el dolor más
profundo en sus progenitores... ¡Disfrutar a un hijo en silencio!... Allí,
en el mutismo de una sociedad que se vio embrutecida hasta no escuchar el
clamor de los pequeños, allí, tiene origen la historia de nuestro pueblo.
En eso tal vez radique el porqué de nuestra dedicación a los niños, para
educarlos, para enseñarles que ante todo está la vida, y que después de
todo, se debe vivir también...
Y ese niño, creció. Vivió tal vez, por todos aquellos que no lograron ver
la luz del sol, un sol egipcio que era adorado, un sol que hacía rato se
había eclipsado por tanta muerte, por tanta esclavitud, ignorancia,
brutalidad... Pero Moshé creció físicamente en Egipto. Sólo al salir del
palacio pudo comprobar la realidad circundante. Sólo al pisar "la arena de
los hechos" tomó conciencia de su complicidad. Es entonces cuando mató al
egipcio, cuando "entierra" al egipcio que había en él, para dar paso a su
sublime sentido de la justicia, la equidad, la dignidad de la vida que mamó
de los pechos de su madre Iojeved...
Es en ese momento, tal vez, cuando descubre que sus propios hermanos no
estaban preparados aún para el desafío de la libertad. "¿Quién te ha puesto
como juez sobre nosotros? ¿Acaso me vas a asesinar, tal como lo hiciste con
el egipcio?", lo interpela uno de los de su pueblo. Así con crudeza. Casi
denunciando un hecho que el texto bíblico en cierto modo "ignora", cuando
asevera: "Y miró para un lado y para otro, y viendo que no había nadie,
castigó duramente al egipcio y lo mató". Y si es que no había nadie, ¿cómo
es que se había enterado este hombre? El texto de la Torá nos especifica
también que Moshé "enterró al egipcio en la arena". El autor del Tseror
ha-Mor, Rabi Abraham Sabá, interpreta lo escrito diciendo que: "Moshé no
temía que sus hermanos hebreos lo delataran, desde el momento en que se
había arriesgado por ellos. Por eso está escrito: 'y lo enterró en la
arena'. La arena hace alusión a Israel que fue comparado con la 'arena del
mar', y así como la arena no produce sonido alguno, así los hijos de Israel
habrían de guardar el secreto. Y por eso dice, continúa nuestro autor
diciendo, que 'enterró el asesinato en medio de sus hermanos' ". Lo que
Moshé ignoraba era que la esclavitud también pudo con la paciencia, la
dignidad y hasta con la solidaridad fraternal de su pueblo.
Así se terminan los días de Moshé como cortesano. Comienza el errar,
empieza a madurar el líder. Allí en la soledad del desierto, en el silencio
de arenas y vacíos, es cuando aquel niño da lugar a su Fe... Una fe que
ardía en él, que lo quemaba, que le reclamaba encender su alma al servicio
de un D-s creador, un D-s que escuchaba -con dolor- el clamor de un
pueblo... De su pueblo... De sus hermanos. De sus propios padres. Moshé
había sido "salvado" pero para "salvar". Pues "Moshé" es presente, no
pasado. Y ahora comenzaba otro tiempo. "Et miljamá", un "tiempo de guerras"
al decir del Kohelet. La guerra por la libertad. No la lucha por el ideal
de un hombre, sino del D-s Creador, de aquél que precisamente descubrió
Moshé en el fuego...
"Se le apareció el Enviado de HaShem a él, en el corazón (llama) de un
fuego, en medio de la zarza. Vio él y he aquí que la zarza ardía en fuego,
mas la zarza no se consumía.
"Dijo Moshé: He de desviarme ahora, y he de ver la visión grande, ésta.
¿Por qué no se abrasa la zarza?..." (ÉExodo Cap. 3:2-3).
Así planteada la sublime visión de la que todos tenemos la necesidad de
decir lo nuestro. Y que debemos interpretar por nosotros mismos. Pues ésta
es, a mi criterio, la experiencia mística que encierra el secreto de
nuestra existencia, como pueblo, como individuos, como herederos de una
tradición que arde como el fuego en medio de nosotros, sin consumirse
jamás, más allá de cuantas aguas han pasado en las olas de la historia de
la humanidad, y que han tendido a dejar "humeante" la memoria de nuestro
pueblo Israel. ¿Y por qué el Santo Bendito Él se reveló a Moshé en la
diminuta zarza? Tanto ha sido lo escrito al respecto, que fallaríamos al
intentar un resumen, pero basten algunas de las ideas acuñadas por nuestros
Sabios para dar vuelo a nuestra imaginación:
"Y el motivo que se reveló en la zarza... Para enseñarte que no existe
lugar en el mundo donde la Providencia Divina no esté presente". Y otra
opinión que enseña: "Para decirte que el Todopoderoso es Puro y sus
servidores son puros; pues todos los árboles pueden ser empleados para la
idolatría, con excepción de la zarza". Otra opinión refleja la siguiente
idea: "Así como en la zarza, toda ave que ingresa a ella sale con sus alas
desgarradas, así el sufrimiento de Israel por la esclavitud egipcia".
Una idea muy particular es aquella que considera el valor numérico de la
palabra "HaSNeH" (en mayúsculas las consonantes), que quiere decir "la
zarza". Dice esta enseñanza: "De acuerdo con el valor numérico de "HaSNeH"
(=120) reposó la Divinidad sobre el Monte Sinaí. Pues tres veces ascendió
Moshé al Monte, y en cada oportunidad permaneció cuarenta días (3x40 =
120)". Siguiendo idéntico criterio, "el valor numérico de 'HaSNeH' equivale
a los de la vida de Moshé Rabenu, quien vivió ciento veinte años".
Una idea original, expresada por nuestros maestros, nos habla acerca del
sentimiento de D-s para con su pueblo Israel. "Bejol tsaratám, Lo tsar..."
- "En todas las angustias de ellos, Él se afligió". Insinúa que tanto el
pueblo judío como su D-s, representan una unidad, "kibiajol" - "si es que
así lo podemos expresar". Y dice el Midrash: "Nos enseña que Le dijo el
Santo Bendito Él a Moshé: Tú puedes ver como Estoy agobiado, así como los
hijos de Israel están inmersos en el dolor, de momento que te estoy
hablando a ti en medio de las espinas (Nótese la zarza, arbusto espinoso,
simbolizando el "Dolor Divino"). Y así podríamos continuar. Citando
innumerables cantidad de frases que tienen que ver con un arbusto muy
pequeño, hasta diría insignificante, que contiene todo, o tal vez, la razón
de todo: "Esh ha-Torá", el fuego de la Torá, letra inclaudicable de nuestro
pueblo, esencia eterna del D-s Creador, hálito de vida para Adám, un ser
humano dotado de agua... y fuego. Un fuego que arde, y que cuando crece no
se consume jamás... ¿Cuál será tu interpretación esta noche, todas las
noches y los días, de la zarza ardiente de tu judaísmo? ¿Está encendido aún
ese fuego en medio de ti?