PERASHA SAV:
"El
fuego interno y externo"
"Y el fuego estaba sobre el altar encendido en él, no se
apagaba y encendía en él el Cohen maderas a la mañana"
(Vaikrá 6). Sobre este versículo de la Perasha, nuestros Jajamim
nos enseñan que en cada judío existe una llama de ese fuego
celestial que nunca se apagará. Si bien es cierto que en el altar en
donde se ofrecían los sacrificios, caía desde el cielo en forma
milagrosa el fuego necesario para que el Korban se consumiera, también
era necesario avivar el fuego por intermedio de las maderas. Debemos aprender en
forma similar, que el Iehudi que cumple con una Mizva lo debe hacer con entusiasmo
y entrega. Siempre debe agregar a esa llama celestial interna que posee, el
fuego particular de su propia personalidad para que el precepto sea íntegro
y no un simple acto automático y sin sentimiento.
¿Qué debemos hacer para que así suceda realmente? Al
cumplir las Mizvot en forma rutinaria nos acostrumbramos a ellas. Incluso
aquellos preceptos que en algún momento fueron realizados con entusiasmo
y devoción, con el correr del tiempo se pueden transformar en un acto de
un pequeño valor si no sabemos cuidar la llama inicial. En muchas
oportunidades, observamos a personas que hicieron Teshuba y sus Tefilot
-pronunciadas con concentración y sentimiento- despiertan nuestra
sorpresa y envidia simultáneamente. Una sensación de vergüenza
recorre nuestro interior, al descubrir esa demostración de entusiasmo y
fe frente a nuestro sopor y acostumbramiento.
Quien cumple un precepto con entusiasmo lo hace con alegría,
porque siente que ese acto lo eleva espiritualmente.
Está dispuesto a
entregar todo de sí mismo para realizarlo con integridad. Quien se acostumbró y por
rutina cumple una Mizva nunca sentirá esa felicidad. Ante la menor
dificultad buscará la excusa para quedar exceptuado de la misma. Si aún
no la encontró, el precepto lo realizará con frialdad y pereza.
Todos sabemos la diferencia que existe entre estudiar un tema con entusiasmo e
interés que hacerlo por algún tipo de compromiso. En el primer
caso, los conceptos quedarán grabados en nuestra mente y formarán
parte de nuestro propio ser. En cambio, quien estudia sin sentimiento ni cariño,
no retendrá esos conocimientos durante mucho tiempo.
Nuestros Jajamim nos aconsejan -por ejemplo- estudiar en voz alta con
dulzura y emoción, concentrándonos en cada palabra que sale de
nuestra boca. Es suficiente con probar una sóla vez esta receta mágica
para ver hasta qué punto es acertada. Un capítulo de Tehilim leído
en voz baja no despierta en nuestro interior esa llama Divina, salvo que se
trate de un momento especial y difícil. En cambio, un sólo versículo
de ese mismo capítulo pero dicho con concentración y con la tonada
correspondiente desde el fondo del corazón, descubre una nueva visión
del mismo versículo que ya conocíamos hace mucho tiempo atrás.
Hay una estrecha relación entre los actos externos de la persona y el
entusiasmo interno que despiertan. El libro Mesilat Iesharim en su capítulo
7 comenta que "es sabido que lo más querido por Hashem es el corazón
y el sentimiento". Es lo que el rey David le pedía a Hashem:
"como el ciervo brama por las corrientes de agua, así brama mi alma
por ti Di-s.... Mi alma tiene sed de Di-s, del Di-s vivo ¿cuándo vendré
y apareceré ante Di-s?" (Tehilim 42). El mejor consejo que
nuestros Sabios dan a quien no tiene ese deseo y ese sentimiento, es que intente
encontrarlo por intermedio de los actos externos que sí se encuentran a
su alcance. A esto se refería el profeta Hoshea 6: "y correremos
para conocer a Di-s". El entusiasmo es la demostración externa de la
fe latente en el corazón. Sobre el versículo del profeta Ieshaia
43: "y no me has llamado a Mí Iaacob, porque te has cansado de Mí
Israel", el Maguid Midubna nos da el siguiente ejemplo: un comerciante en
joyas regresaba luego de una exitosa operación comercial con la valija
llena de piedras preciosas de un valor incalculable. Pensó que a pesar
del poco peso de la valija se convertiría en millonario gracias a ella.
Se encontró con otros comerciantes que regresaban de una feria y en el
viaje dormitó de a ratos y debieron despertarlo para avisarle que habían
llegado a destino. Al bajar, tomó una de las valijas que estaban en un
rincón de la carreta pensando equivocadamente que era la suya. Al ir
caminando con ella para su casa, se dio cuenta de que la valija era mucho más
pesada que la suya y con desesperación regresó del carretero:
"¡Detente! ¡Espera! Confundí mi valija con la de otro comerciante,
esta valija es muy pesada, estoy seguro de que no es la mía". El
Maguid Midubna ejemplifica de esta forma las palabras del profeta Ieshaia:
"si te has cansado de Mí Israel", si los preceptos son para ti
una carga pesada, es una prueba de que no has comprendido el sentido de los
mismos: "no me has llamado a Mí Iaacob". El servir a Hashem
con el corazón despierta una felicidad enorme. Quien no la siente, es
porque está alzando una valija extraña y confundiendo el camino
real.
No alcanzarían las hojas para recordar el sentimiento que los
Sabios de Israel poseían al cumplir las Mizvot. A muchos de nuestros
Jajamim, luego de una Tefilá hecha con devoción y entusiasmo, debían
sus alumnos escurrir el Talit de la transpiración que tenía a
pesar de tratarse de un día de frío y nieve. Sadikim que pidieron
que los operaran sin anestesia para poder estudiar y hacer Tefilá a
Hashem durante la operación. Sabios que pedían perdón a
postes de luz con los que chocaban en el camino por estar sumergidos en su
estudio de Torá. Personas de un alto nivel espiritual que no dormían
en la primer noche de Sucot esperando la primera luz de la mañana que les
permitiera cumplir con la Mizva del Lulab. O simples Iehudim que en el momento
en que los nazis les hacían cavar sus propias tumbas, cantaban con
estusiasmo: "yo creo con fe íntegra en la llegada del Mashiaj".
Precisamente, esta semana se cumple el 62º aniversario del
fallecimiento de una mujer que con su entrega y entusiasmo hizo una revolución
en la educación de las hijas de Israel. ¿Cúal fue la obra de
la Sadeket Sara Shnirer Z"L (5643-5695)? Anteriormente, el lugar
natural donde cada hija de Israel recibía la educación judía
era en su propio hogar. Mientras que los padres e hijos se elevaban en los
caminos de la Torá en las Ieshibot y Baté Kenesiot, las mujeres
permanecían en el hogar ocupándose de las necesidades normales de
una casa y ayudando económicamente a sus esposos, tejiendo o realizando
trabajos caseros. Las hijas eran educadas por las madres y las abuelas con
las bases que ellas mismas habían recibido de sus predecesoras. Así
se cuidaron generaciones y generaciones de hijas correctas y recatadas que
absorvieron en sus hogares santidad y pureza. Pero las épocas fueron
cambiando. Nuevas corrientes ajenas a nuestras raíces empezaron a soplar
en Europa que poco a poco fueron contagiando a muchos de nuestros hermanos y
comenzaron movimientos laicos que pregonaban el liberalismo y la asimilación
entre las naciones. Los jóvenes que estudiaban en las Ieshibot y quienes
de una u otra forma estaban conectados directamente con la Torá, pudieron
superar la enorme dificultad que se presentaba gracias en gran medida al mérito
del propio estudio de la Torá que les daba la base necesaria. Pero las jóvenes
de Israel empezaron a tropezar con esa corriente extraña. Ellas no tenían el estudio necesario que las
protegiera, ya que sólo existían hasta ese momento escuelas judías
liberales o las escuelas oficiales del país. La educación que las jóvenes recibían
en sus hogares era muy débil como para poder enfrentar la nueva corriente
que amenazaba. El resultado fue terrible: hijas de Israel que se asimilaban
entre las naciones y otras que perdían toda la base de cumplimiento aún
de los preceptos más elementales. Los Sabios de la generación
clamaron por el peligro que acechaba. Ellos entendieron que si la mujer de
Israel no tenía su lugar en la educación judía, no habría
futuro para el pueblo. Pero lamentablemente, no había reacción y
la epidemia de la asimilación llegaba a las casas incluso de los que más
cumplían Torá. Hasta que una mujer, una madre de Israel llamada
Sara Shnirer Z"L, una mujer común y sencilla pero con un alma
especial y un corazón fervoroso lleno de entusiasmo y entrega, hizo una
revolución que llegó hasta nuestros días y que salvó
a esa generación y a las posteriores del desastre. Ella fundó
la cadena de seminarios "Bet Iaacob", donde las jóvenes fueron
educadas con los conceptos de Torá y temor a Di-s continuando así
el legado recibido en el monte de Sinai. Su lema era precisamente: "Bet
Iaacob (hijas de Israel) encamínense en la luz de Hashem"
(Ieshaia 2). Bajo esa bandera recibieron la educación pura de la Torá
miles de alumnas, gracias a su fuego interno y convicción pese a todas
las dificultades que se le presentaron para poder conseguirlo.
Los cientos de "Baté Iaacob" que existen en la
actualidad, son testimonio de la llama puesta por Sara Shnirer Z"L en sus
cincuenta y dos años de vida y que sigue alumbrando e intensificándose
día tras día. Cuando comenzó la primera guerra mundial y el
ejército alemán invadía Polonia, los Iehudim de Kraca
escapaban para Austria y muchos de ellos se radicaban en Viena. Entre ellos,
estaba la familia de Sara Shnirer. En el Bet Hakeneset al que concurrieron en
Januca, el Rab del lugar: Rab Flesh Z"L comenzó a disertar con un
lenguaje claro y puro que conmovía al público y por sobre todo a
esta Sadeket, que se encontraba en el sector femenino. En un momento, el Rab se
refirió a la figura de Iehudit en relación con el milagro de
Januca. Se dirigió a las mujeres diciendo: "hijas de Israel,
tomen como ejemplo a Iehudit, sigan sus pasos incluso en ésta época
y devuelvan a su lugar la corona de las hijas de Israel". Sara Shnirer
sintió que las palabras estaban dirigidas a ella. Decidió levantar
el guante y enseñar y transmitir los conceptos del judaísmo auténtico
a las mujeres de Israel. A partir de ese instante, fue escuchando todas las
clases del Rab y anotaba en sus cuadernos las futuras disertaciones que ella daría
cuando regresara a Kraca.
Cuando la guerra concluyó y retornaron a Polonia, comenzó
la obra que Hashem le había destinado. En principio citó a las
madres, luego a las hijas y la luz de la Torá comenzó a alumbrar
el camino. Sus palabras profundas y claras penetraban en los corazones, pero
ella sabía que no alcanzaba con disertaciones para cambiar las conductas
equivocadas. Se debía llegar a un cumplimiento natural de las Mizvot y
para eso había que empezar desde muy temprano, cuando aún la
pureza de las pequeñas estaba intacta. Debía enseñarles el
idioma hebreo y las letras para que pudieran desarrollarse solas en el futuro. El
desafío era grande, pero ella lo aceptó. En su propia casa,
comenzó a enseñar a niñas los conceptos básicos del
judaísmo, hasta que con la ayuda económica de dirigentes de la
ciudad pudieron alquilar un lugar para formar la primera escuela para niñas
"Bet Iaacob". Temas tales como historia judía, Tefilá,
Halajot y todo lo concerniente a una Bat Israel se enseñaban en la
escuela, hasta que el número de alumnas creció cada vez más.
No tuvo el Zejut de tener hijos, pero todo su potencial lo dedicó a sus
alumnas a las que engrandeció con Torá y Mizvot. No se conformó
solamente con la ciudad de Kraca, se encargaba de despertar la conciencia de
nuestra Torá en todo lugar. Enviaba maestras a las que ella misma había
enseñado para que los "Baté Iaacob" se abrieran por toda
Europa.
Para concluir este comentario, recordemos parte de la carta que la
Sadeket Sara Shnirer Z"L dejó no sólo a sus alumnas sino a
todos nosotros también: "Muchos son los pensamientos de la persona, pero
sólo la idea de Hashem es la que se cumple" (Mishle 19). Todo lo
que Hashem hace es para el bien, Alabado sea Su Nombre. Yo que toda mi vida
me lamenté de no poder llorar en el momento de la Tefilá, es difícil
para mí contener las lágrimas en este momento, porque siento una
unión espiritual hacia mis alumnas. Estoy segura de que ustedes también
llorarán cuando lean mis palabras. Que sea la voluntad de nuestro Padre
Celestial que nuestras lágrimas lleguen hasta Su Trono para pedir la
salvación de Israel. Me dirijo a ustedes, hijas queridas, que salen al
mundo para educar a las hijas de Israel y formar los hogares de Israel. Estoy
segura de que ustedes saben bien vuestra función, pero quiero advertirles
sobre dos grandes peligros que se pueden presentar: cuídense,
hijas mías, del orgullo y de la altivez que seducen a la persona haciéndole
creer que es digna de respeto; pero por el otro lado, cuídense del
extremo inverso, de creer que no tienen ningún valor porque eso trae
tristeza, depresión e introduce dudas en el corazón de la persona
sobre el éxito de su vida. La vida es difícil en muchas
circunstancias, pero ustedes poseen los elementos claves que las ayudarán:
"Temor a Hashem, cariño a Hashem y el servicio a Hashem".
Desde lo profundo de mi corazón, surge mi Tefilá a Hashem: Señor
del Mundo, ayuda a mis hijas en su difícil trabajo, no les presentes
pruebas duras y que se cumpla en ellas el dicho de nuestros Sabios: "Quien
desea purificarse, del Cielo lo ayudarán". "Fortalézcanse,
hijas mías, en vuestro trabajo sagrado, no debiliten vuestras manos ni se
cansen en vuestra entrega para servir a Hashem. Recuerdo ahora el suceso sobre
aquel Jasid que se presentó ante su Rab lleno de alegría: "¡Terminé
el Shas íntegramente!". El Rab lo miró con una sonrisa y le
dijo: "¿Y a ti qué te enseñó el Shas?". Sí,
hijas mías, disfruten del tesoro de la Torá que adquirieron, pero
no olviden que no es el estudio lo principal sino el cumplimiento. Termino
mis palabras con los versículos conocidos por ustedes: "Sirvan a
Hashem con alegría" (Tehilim 100). "Puse a Hashem delante mío
siempre" (Tehilim 16). "El comienzo de la sabiduría es el temor
a Hashem" (Tehilim 111). "La Torá es íntegra y
tranquiliza el alma" (Tehilim 19).
Que el ejemplo de esta Sadeket nos ilumine y nos guíe en nuestra
vida. Amén.