PERASHA VAIGASH:
Agradecemos a Alberto Sueke por darnos autorización
de publicar esta sección
"La fuerza de voluntad"
La Perasha anterior concluyó con el tema de la copa que Iosef había
ordenado colocar en la alforja de su hermano Biniamin sin que éste se diera
cuenta. Por este suceso y acusándolo de haberla robado, Iosef le dijo a sus
hermanos -quienes no lo habían reconocido por los años que habían
transcurrido- que: "Biniamin quedará como esclavo y ustedes podrán
regresar en paz con vuestro padre" (Bereshit 44).
Nuestra Perasha comienza con la reacción de Iehuda, que está dispuesto
a todo con tal de no permitir que su hermano permanezca como esclavo. Sus
argumentos son claros: su padre anciano no podrá soportar que regresaran sin su
hermano menor. Después de veintidós años de la desaparición de su otro hijo
-el propio Iosef- Iaacob no soportaría otra circunstancia similar. ¿Por qué
Iehuda fue el único de todos los hermanos que reaccionó? El mismo Iehuda se lo
aclaró a Iosef: "porque tu sirviente (Iehuda) fue garante por el joven
(Biniamin) frente a mi padre, diciéndole que si no lo devuelvo a ti, pecaré a
mi padre todos los días". Rashi explica que el compromiso de Iehuda fue
tal frente a su padre, que le aseguró que si no traía de vuelta a Biniamin
estaba dispuesto a perder este mundo y el venidero. Más aún, nuestros Sabios
nos aclaran que Iehuda recibió sobre sí la responsabilidad ante cualquier tipo
de eventualidad que sucediera incluso que fuera accidental o imposible de
prever. ¿En qué se beneficiaba Iaacob con aceptar una garantía de este tipo?
Por otra parte, si sucediera algo imprevisible con Biniamin, ¿por qué Iehuda
debía perder los dos mundos? La respuesta es que existen dentro de cada ser
humano fuerzas ocultas que ni él mismo conoce, y si tomara conciencia de ellas
podría realizar muchas cosas que ni siquiera imagina. Si no hubiese sido porque
Iehuda había recibido esa responsabilidad, no habría tenido la fuerza de
enfrentar a Iosef como lo hizo, sino que se hubiese sentido exceptuado de salvar
a su hermano argumentando que no podía contradecir y enfrentar a la persona más
importante de Egipto.
Cuántos ejemplos hay en la vida diaria en donde decimos: "no puedo
hacerlo, no es para mí". Iehuda nos enseña que dentro de cada uno se
encuentra esa fuerza y que no hay nada que sea imposible: sólo depende de la
voluntad. El valor de una persona se sintetiza en cuáles son sus deseos y se
puede decir tranquilamente: "dime cuáles son tus aspiraciones y te diré
quién eres", ya que así se conoce la verdadera identidad del ser humano.
Hay quienes ponen todos sus pensamientos en recorrer el mundo; otros, en cambiar
el automóvil todos los años o en decorar su hogar continuamente y forman así
una personalidad basada en cosas materiales y pasajeras. Quienes aspiran a vivir
dentro de un marco de Torá y Mizvot se construyen a sí mismos con la Torá de
Hashem y transforman en eternidad cada instante de su vida terrenal.
La realidad es que lo que el ser humano realmente desea lo alcanza en su
vida y -por el contrario- lo que alcanza en la vida es el reflejo de lo que quería.
Cuando alguien desea algo espiritual con todo su corazón, lo ayudarán del
Shamaim para que pueda concretarlo. La fuerza de voluntad es el combustible del
motor de la vida de cada persona en particular y de la sociedad en general. A
veces -por ejemplo- una persona preferiría seguir durmiendo a la mañana sin
cumplir con sus obligaciones, pero el deseo de obtener una posición económica
que le permita satisfacer sus necesidades o simplemente por sentir que debe
cumplir con lo que debe, le da la fuerza necesaria para levantarse. Ese mismo
deseo lo lleva a superar obstáculos, olvidar ofensas y enfrentar cualquier
dificultad para poder continuar con su programa. ¿Acaso no escuchamos a los médicos
decir a sus pacientes que la recuperación de su enfermedad depende
exclusivamente de la voluntad que ponga para salir del problema?
Por lo tanto, la pregunta fundamental que cada uno debe hacerse es cuáles
son sus aspiraciones espirituales, ya que de ellas dependerá lo que alcanzará
en la vida. En una oportunidad, un Rab fue a conocer al Baal Shem Tob Z"L
para comprobar personalmente la sabiduría que había escuchado que tenía.
Luego de hablar durante varias horas acerca de distintos temas y ver la grandeza
espiritual que el Baal Shem Tob tenía, el Rab le dijo: "sólo hay algo que
no comparto, ¿cómo es posible que cualquier cosa que alguien escucha sea una
señal del Cielo?" El Baal Shem Tob le respondió que era realmente así y
en ese instante golpearon la puerta de la casa. Se trataba de una persona que
arreglaba baldes y le preguntó al Baal Shem Tob: "¿no tiene nada para
arreglar?". Luego de pensar, el Baal Shem Tob le contestó negativamente.
Cuando esa persona se retiró, el Rab le preguntó: "¿qué mensaje recibió
del Shamaim con ese vendedor?". El Baal Shem Tob le contestó que como el
agua representa a la Torá como dice el profeta en Ieshaia 55: "Toda
persona sedienta que se dirija al agua" y el balde es el recipiente donde
ella se encuentra, la pregunta del vendedor era si la Torá del Baal Shem Tob se
encontraba como debía ser o se había transformado en algo rutinario que debía
arreglar. Por eso, el Baal Shem Tob después de pensar le había dicho que no
era necesario arreglar nada. El Rab sorprendido le replicó: "discúlpeme,
pero no lo puedo entender". El Baal Shem Tob le contestó: "lo que
sucede es que no quieres entenderlo". El Rab lo saludó con respeto y salió
de la casa. Se subió a un carruaje para regresar a su ciudad y el hombre que
guiaba a los caballos comenzó a golpearlos, ya que el carro estaba trabado por
el barro. Los caballos no se movían y el conductor le pidió al Rab que lo
ayudara a empujar el carro. El Rab le respondió: "perdóneme, pero soy una
persona anciana y no puedo hacerlo". El conductor enfurecido porque perdía
el viaje, intentó golpearlo mientras le gritaba: "¡no quieres
hacerlo!". "¡No puedo!", contestaba el Rab; "¡no
quieres!", gritaba el conductor. El Rab debió escaparse a la propia casa
del Baal Shem Tob mientras gritaba: "¡no puedo!" y el conductor le
reprochaba: "¡no quieres!". Del Shamaim le habían mostrado al Rab cómo
lo que el Baal Shem Tob le había dicho era lo correcto.
Para comprobar hasta qué punto todo depende de la voluntad de la
persona, analicemos lo que sucedió con el reencuentro entre Iaacob Abinu y su
hijo Iosef después de veintidós años de separación: "y preparó Iosef
su carroza y subió al encuentro de su padre en la tierra de Goyen y lo vio a él
y cayó sobre su cuello y lloró sobre su cuello" (Bereshit 46). El versículo
acentúa que sólo uno de ellos cayó sobre el cuello del otro y lloró. ¿Quién
fue el que no lo hizo? Rashi nos aclara: "Iaacob Abinu no cayó sobre el
cuello de su hijo ni lo besó, nuestros Sabios dijeron que estaba diciendo la
Shemá". La pregunta es evidente: ¿acaso no podía haber dicho la Shemá
un instante anterior o posterior? ¿Por qué demostró esa aparente frialdad en
un momento de tanta alegría? Iaacob dejó de lado el sentimiento de un padre
que encuentra a su hijo después de tantos años, por algo que era más
importante aún: ser el padre de toda la nación que de él saldría. Hashem le
había prometido: "no temas en bajar a Egipto porque un pueblo grande te
concederé allá". ¿De qué temió Iaacob? No sólo del castigo físico
por el que en el futuro los egipcios esclavizarían a los Iehudim, sino que su
principal temor era por la probable asimilación que sucedería al estar rodeado
de costumbres y formas de vida ajenas a nuestra fe. A pesar de la promesa de
Hashem, sintió Iaacob que debía realizar un acto que marcara el futuro
espiritual del pueblo. El
momento del encuentro era el horario preciso para decir la Shemá y recibir
sobre sí mismo el yugo celestial. Demostró
Iaacob en ese instante cómo podía controlar su sentimiento de padre para
honrar a Hashem como correspondía. ¿Cómo llegó a hacerlo? Sólo con su
voluntad. ¿Nos imaginamos lo que sucedió? Su hijo Iosef corrió a su
encuentro, sus otros hijos observaban este momento tan trascendente, los propios
egipcios con curiosidad imaginaban un llanto y abrazo mutuo. Iaacob decidió
decir la Shemá sin pensar en otra cosa, para enseñar cómo debían comportarse
en Egipto sus descendientes. La identidad judía no debía perderse, debía
florecer en cada situación que se presentara como la única alternativa para la
continuidad del pueblo. No
debían dejarse presionar por ningún factor externo ajeno a nuestras raíces.
Los egipcios podrían pensar lo que quisieran al ver que Iaacob no lloraba ni
abrazaba a su hijo, pero él haría lo que correspondía, su abuelo Abraham
Abinu había marcado el rumbo de su descendencia. Lo que opinaran los egipcios no iba a
detener a Iaacob de cumplir con su obligación.
Debemos entender que la voluntad no es un don Divino con el que se nace,
sino que depende del deseo de la persona. Cuando alguien -por ejemplo- quiere
adelgazar por razones de salud u otro motivo y no puede hacerlo, se justifica a
sí mismo con frases tales como: "no tengo fuerza para controlarme".
La verdad es que quiere engañarse a sí mismo ya que dispone de esa fuerza, sólo
que no la pone en práctica. Quiere seguir comiendo dulces, chocolates y masas,
pero lo oculta argumentando su falta de fuerza. Ante la alternativa de estar
sano y delgado, prefiere seguir siendo obeso teniendo así provecho de esos
alimentos. Lo mismo sucede con todos los temas: levantarse temprano para hacer
Tefilá en el Bet Hakeneset, dejar de fumar, etc. Por un lado quiere
conseguirlo, pero seguir durmiendo o el "placer" de fumar y ocuparse
de cosas vanas no le permiten conseguirlo.